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martes, 24 de mayo de 2016

EL ARTE DE LA VIDA (2008), DE ZYGMUNT BAUMAN. SOBRE VIVIR EN UN MUNDO LÍQUIDO.

El témino mundo líquido ha hecho fortuna como descripción de nuestro mundo y nuestra sociedad como algo en permanente cambio, sin demasiadas bases sólidas. Lo que antes eran certezas absolutas, ahora pueden ser discutidas. Incluso el sentido de permanencia a una nación o a una religión determinadas pierde importancia a pasos agigantados. Las fronteras, al menos las virtuales, han desaparecido gracias a la omnipresencia de la red de redes, que regula cada vez más aspectos de la existencia. Los aparatos que nos conectan a internet ya no representan solo algo tremendamente útil, sino una especie de amuleto que siempre ha de estar junto a su usuario, llegando a consultarse cientos de veces al día, en la mayoría de las ocasiones para asuntos banales o de manera inconsciente.

El ciudadano es tratado cada vez más como un consumidor. Las grandes empresas, las verdaderas diseñadoras del mundo líquido, refinan cada vez más sus técnicas de venta, incluso llegando a personalizar su oferta, esperando que cada individuo se sienta como alguien especial, como receptor de un estatus diferenciado, aunque al final todos queramos más o menos lo mismo. Uno de los últimos inventos son los productos exclusivos, aquellos que solo pueden llegar a ciertas personas con un nivel adquisitivo alto. Los productores, en el colmo del cinismo, organizan listas de espera para acceder a dichos productos, para que la fidelización del cliente sea absoluta, por la satisfacción de sentirse especial y agradecido a quien le distingue con la confianza de venderle un vehículo, una ropa o un ordenador con características únicas, aunque en el fondo su utilidad sea la misma que la de los productos más convencionales. El concepto de love marks, puesto de moda hace algunos años, acerca a las multinacionales a una especie de devoción religiosa por parte de unos consumidores fieles que necesitan nuevas dosis del efímero placer que proporciona pasar la tarjeta para ser poseedor de un producto Apple, BMW o Lacoste.

Frente a este panorama, ser libre se vuelve una tarea más difícil que nunca. Aunque las tendencias sociales del momento aboguen por el individualismo, por la idea de personas hechas a sí mismas y autosuficientes, al final, si se rasca un poco la superficie, nos daremos cuenta de que la mayoría de la gente tiene unos gustos y una forma de pensar bastante similares. Si uno es diferente, lo advertirá en el hecho de que se sentirá bastante perdido en ciertas reuniones sociales:

"Como anotó en su diario Max Frisch, el gran novelista y no menor filósofo de la vida, el arte de «ser tú mismo», con seguridad una de las artes más exigentes, consiste en rechazar y repeler con decisión definiciones e «identidades» impuestas o insinuadas por otros; en resistirse a lo actual, escapar a la sujeción incapacitadora del impersonal das Man de Heidegger, nacido de la multitud y poderoso a través de ella,(...); en resumen, en «ser alguien distinto» y no lo que las presiones externas obligan a todo el mundo a ser."

En cualquier caso - ¡estamos en un mundo líquido! - encontrar puntos de referencia verdaderamente fiable es tarea harto complicada. Habría que reformular los conceptos de términos como individualismo y cooperación, para hacerlos compatibles. Como bien dice Bauman, es hora de que el mundo se vuelva menos economicista, que el PIB no solo mida una serie de cifras que apenas dan idea del bienestar y la felicidad de la gente. La creación de cierta solidez empieza por abandonar paulatinamente el culto a la satisfacción inmediata y efímera y empezar a valorar y sacar todo su jugo a un consumo mucho más responsable.

jueves, 9 de mayo de 2013

VIDA LÍQUIDA (2005), DE ZYGMUNT BAUMAN. LA PRESUNTA LIBERTAD DE ELEGIR.


En estas últimas semanas han coincidido entre mis lecturas varios libros que hablan acerca de la libertad humana. El más clásico de ellos es El miedo a la libertad, de Erich Fromm, que puede complementarse perfectamente con Vida y muerte en el Tercer Reich, de Peter Fritzsche, que ofrece algunas claves del proceso que llevó a los ciudadanos alemanes a entregar su vida y su libertad al nuevo régimen nazi. De Zygmunt Bauman puede decirse que, junto a Slavoj Zizek, es el filósofo de moda de nuestro tiempo.

Bauman analiza al hombre actual como consumidor, más que como ciudadano. La posibilidad de comprar productos cada vez más sofisticados, el ansia de novedades y la satisfacción (efímera) que con ello se obtiene, produce un sentimiento de fascinación que llega a ser adictivo. Esta es la clave de las multinacionales sean ya entidades mucho más poderosas que los estados. Las compañías utilizan sofisticados métodos psicológicos a través de campañas de publicidad en las que siempre sugieren que hay que estar a la última, dando por finiquitado lo que ayer se vendía como imprescindible:

"La sociedad de consumo justifica su existencia con la promesa de satisfacer los deseos humanos como ninguna otra sociedad pasada logró hacerlo o pudo siquiera soñar con hacerlo. Sin embargo, esa promesa de satisfacción sólo puede resultar seductora en la medida en que el deseo permanece insatisfecho o, lo que aún es más importante, en la medida en que se sospecha que ese deseo no ha quedado plena y verdaderamente satisfecho. Si se fijaran unas expectativas bajas a fin de asegurarse un fácil acceso a los productos que puedan colmarlas, o si se creyera en la existencia de unos límites objetivos a unos deseos "auténticos" o "realistas", sería el fin de la sociedad, la industria y los mercados de consumo. Precisamente la no satisfacción de los deseos y la firme y eterna creencia en que cada acto destinado a satisfacerlos deja mucho que desear y es mejorable son el eje del motor de la economía orientada al consumidor."

Así que, por si no lo sabía ya, cuando se gaste usted su dinero en el último i-pad o invierta en la última tecnología de teléfonos móviles, habrá de tener en cuenta que dicho producto, comprado con toda la ilusión del mundo, quedará obsoleto en el plazo de un año. Quizá menos. Pronto aparecerá una versión mejorada que le hará plantearse tirar a la basura el aparato que hasta ese momento parecía de una tecnología inmejorable. El otro día me di cuenta yo mismo de que, observando un ordenador portátil de hace solo dos años, su diseño parece totalmente desfasado. Es como si mente estuviera manipulada, como la de tantos otros, para rechazar lo reciente en favor de lo último.

Esta tendencia de innovación permanente se da también en el seno de las empresas, cuya máxima actual es la búsqueda de beneficios cada vez más cuantiosos y rápidos. Los proyectos empresariales a largo plazo son hoy día inconcebibles y para competir en un mercado cada vez más exigente, más vale ser poco ético: despedir a trabajadores perfectamente válidos y deslocalizar la producción a lugares donde no existen esos limitadores de la libertad empresarial que son los derechos laborales. Lo que se presenta como una gran emancipación liberadora, en la que se presuntamente estimula la creatividad del individuo para que se busque la vida por sí mismo y sea innovador no es más que una inmensa trampa, pues al final este individuo deberá competir en condiciones muy desfavorables contra enormes corporaciones. 

La vida líquida, pues, constituye una perfecta metáfora de la sociedad actual, obsesionada por el consumo y literalmente atrapada en las necesidades ficticias que le crean las grandes empresas. La clave está en la capacidad de adaptación permanente. Nada es ya seguro, nada es estable, ni en lo laboral, ni en el consumo ni en lo social, lo que produce una permanente ansiedad que solo puede ser mitigada con continuas escapadas hacia delante. Es el mundo de la precariedad, de lo inmediatamente desechable, de la inseguridad, en suma. Nosotros somos los que debemos reflexionar al respecto, acerca de si queremos un mundo acelerado e incontrolable o uno más ordenado, quizá menos consumista, pero más solidario y sostenible.