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viernes, 23 de febrero de 2018

LAS AMISTADES PELIGROSAS (1782), DE CHODERLOS DE LACLOS Y DE STEPHEN FREARS (1988) Y VALMONT (1989), DE MILOS FORMAN. TRATADO DE MORAL LIBERTINA.

El siglo XVIII fue paradójico en muchos aspectos. Mientras avanzaban la ciencia y el arte, se consolidaban como actividades de inmenso prestigio, cada vez más alejadas de la tutela de la religión, la organización política del Estado seguía siendo la del Antiguo Régimen. Frente a la miseria y semiesclavitud de la mayoría del pueblo, una minoría selecta vivía una existencia regalada en sus palacios y castillos. Muchos de ellos gozaban de las prebendas que otorgan títulos y cargos oficiales y solían gozar de mucho tiempo libre que podían dedicar al estudio y meramente a procurarse los más variados placeres. Precisamente el personaje del vizconde de Valmont es un prototipo en este sentido: un noble adinerado que dedica todos sus esfuerzos al arte de la seducción, un tipo cuyo objetivo primordial en la existencia es ir acumulando fama en los salones de París, por lo que cada vez se exige objetivos más difíciles, para que la satisfacción de la conquista sea mayor y el escándalo consiguiente más ruidoso. En su moral de libertino es principio primordial que la virtud aumenta el valor de la mujer, justamente hasta el momento en que deja de tenerla.

Pero Valmont no emprende en solitario sus intrigas. Cuenta con una aliada, la marquesa de Merteuil, una mujer que, después de haberse sometido a un duro aprendizaje acerca de los asuntos mundanos de la alta sociedad parisina, se dedica al noble arte de la manipulación y la corrupción de los seres más inocentes. Con Valmont mantiene una relación de amor-odio que al final va a ser decisiva en la resolución de esta novela epistolar. Ni que decir tiene que Las amistades peligrosas es una obra maestra de este género literario. Las cartas están concebidas para crear un clima de tensión permanente en las complejas relaciones entre sus distintos personajes y muchas de ellas, sobre todo las escritas por los dos protagonistas, son un modelo de doblez y de maestría en el arte de la consecución de los propios objetivos. Valmont y Merteuil son dos personajes absolutamente egoístas en su condición de profundos conocedores de las pasiones humanas. La religión y los conflictos de conciencia, algo que afecta a las resoluciones de los personajes débiles de la trama, son para ellos meros instrumentos para usar a su favor.

Puede verse también en Las amistades peligrosas una especie de justificación de lo que vendría pocos años más tarde, la Revolución Francesa. En este caso puede hablarse sin exagerar que el origen del mal, de la perdición de vidas moralmente intachables que fomentan las actividades subterráneas de los protagonistas tienen su origen en el aburrimiento, en una ociosidad prolongada que podía ser animada por la creación de estas intrigas llevadas a cabo con precisión quirúrgica y disciplina militar. La amoralidad como una de las bellas artes, el amor concebido no como una causa del placer, sino como un pretexto para conseguir éste.

La película de Stephen Frears refleja de manera magistral el espíritu de la novela. Con un reparto espectacular, en el que destacan unos John Malkovich y Glenn Close que parecen haber nacido para interpretar estos papeles, la adaptación deja lógicamente un poco de lado la intriga epistolar para relacionar más físicamente entre sí a los personajes. Destacan también el vestuario y el diseño de producción, que nos trasladan con todo lujo de detalles a los ambientes más aristocráticos del Siglo de la Luces. La versión que realizó un año después Milos Forman,  resulta estimable, pero muy inferior a la de Frears. Es una adaptación mucho más libre del texto de Lacros, poniendo más énfasis en el sentido del humor, pero el espíritu de la novela está mucho menos presente. A ello contribuye enormemente la composición de Valmont que realiza Colin Firth, un personaje interpretado desde un tono un tanto paródico y burlesco. La sombra de Malkovich, en este caso, es demasiado alargada.

jueves, 16 de julio de 2015

ALTA FIDELIDAD (1995), DE NICK HORNBY Y DE STEPHEN FREARS (2000). LA MÚSICA DE TU VIDA.

Muy entretenido mi primer acercamiento a la obra de Nick Hornby, un autor que sabe hablar a los lectores de su tiempo, con una escritura sencilla y repleta de humor. Me ha hecho recordar una época en la que escuchaba mucha más música que la actual... o al menos en la que la escuchaba de otra manera, más trascendente. Ahora, como en muchas otras cosas, uno es incapaz de darle más de una oportunidad a un álbum o grupo. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2015/07/alta-fidelidad-de-nick-hornby.html

domingo, 2 de marzo de 2014

PHILOMENA (2013), DE STEPHEN FREARS. EN EL NOMBRE DEL HIJO.

Imaginénse que les llega la noticia de una organización de carácter religioso que, como castigo a las muchachas que han sido madres fuera del matrimonio, las obligan a trabajar durante años prácticamente como esclavas y les permiten estar con sus hijos solo una hora al día, para que no se encariñen en exceso con ellos, ya que su destino es ser vendidos a familias pudientes. Si esto hubiera sucedido con cualquier entidad que no fuera la iglesia católica, se hubiera prohibido su existencia, se la habría calificado de secta destructiva y se hubiera investigado a los responsables que hacían posibles tales comportamientos monstruosos. Pero estamos hablando de una organización que lleva siglos ejerciendo un extraordinario poder sobre millones de personas, y a veces determinando la política de Estados enteros. Basándose más en el miedo que en el amor en demasiadas ocasiones, la iglesia católica, lejos del ejemplo que dio su fundador, exige obediencia ciega a sus miembros, mientras acumula en su seno bienes muy terrenales. 

Uno de los grandes escándalos de los últimos años en nuestro país (y últimamente tenemos donde elegir) apenas ha tenido repercusión en los grandes medios, más allá de algún que otro titular. Me refiero a la facultad que el gobierno de Aznar otorgó a la iglesia católica de inmatricular bienes inmuebles y tierras que no tuvieran dueño reconocido, sin restricción alguna. Así, la iglesia ha hecho buen uso de este privilegio y se ha adueñado de cientos - si no miles - de edificios y fincas por toda la geografía nacional sin más requisitos que presentarse en el Registro de la propiedad y decir: "esto es mío". Por este procedimiento últimamente están intentando (y seguramente al final lo conseguirán) quedarse con la propiedad de la mezquita de Córdoba ad aeternum. Pero estoy desviándome de los asuntos que trata Philomena, que tienen más que ver con otro escándalo sangrante que protagonizó la iglesia en nuestro país: los niños robados en el mismo momento del parto para ser vendidos, como castigo a sus pecadoras madres, a familias católicas de probada solvencia moral y económica. El modus operandi de las monjas irlandesas de la Magdalena, en Irlanda, era parecido, aunque más refinadamente sádico. Si en España las religiosas informaban a las desgraciadas madres que su bebé había nacido muerto, en aquel país dejaban que los niños crecieran un poco para después arrebatárselos a sus madres, que debían pagar durante unos años con duros trabajos de lavandería la merced otorgada al haber sido atendidas en el momento del parto.

Philomena Lee es una de estas víctimas, que ha mantenido en secreto la angustia por su hijo desaparecido durante su vida. Ya en la vejez, ha decidido hablar y contacta con un antiguo periodista para contarle su caso. Éste, al que al principio no parece interesarle mucho la historia, finalmente accede a investigar, puesto que puede haber materia para un buen reportaje. Pronto descubrirá en Philomena a una mujer singular, de otro tiempo, una mujer que no muestra ni un ápice de odio por lo que le hicieron y cuyo único interés es conocer a su hijo antes de morir. Philomena ha cargado durante toda su existencia con la idea de que fue justamente castigada por pecadora, tal y como le transmitieron las monjas. La idea de pecado, la del miedo a un castigo eterno, es una de las que con más fijeza pueden quedar en la conciencia de un individuo suficientemente condicionado. Martin Sixsmith, el periodista, no sale de su asombro cuando habla con la víctima que se siente culpable. Él es un hombre culto y ateo, pero también muy torpe a la hora de transmitir sus ideas a alguien que está en las antípodas de su educación y su pensamiento. Poco a poco irá reconociendo en Philomena a una auténtica cristiana, no en el sentido de seguidora de la iglesia, sino de las palabras de Cristo cuando decía que hay que amar a nuestros enemigos.

Stephen Frears ha cargado inteligentemente el peso de su película en sus dos soberbios intérpretes, sobre todo en una Judi Dench merecedora de todos los elogios. En su vocación de película pequeña, Philomena es capaz de conquistar al público, haciendo más efectiva la denuncia contra una institución que siempre sale impune de las mayores barbaries (mejor no hablar aquí de los casos, aún más sangrantes, de los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes, eso daría para otro artículo entero). La historia que cuenta Frears - basada en hechos reales - no es más que la exposición cruda de lo que sucede cuando un Estado deja de lado sus responsabilidades para otorgárselas a unas monjas de pensamiento medieval. Pensemos que no se trata de experiencias remotas, de épocas ya superadas, sino de personas que existen en este siglo XXI repleto de tecnología, que cayeron en sus días en las garras de personas que pudieron delinquir impunemente por estar respaldadas por una religión internacionalmente poderosa. Esos crímenes seguirán estando vivos en la conciencia de las víctimas mientras no existan medios ni voluntad para castigar a los verdugos con sotana. Los mismos miembros honestos de la iglesia, que los hay en abundancia, deberían ser los primeros interesados en limpiar el nombre del catolicismo, por muy dolorosas que sean las consecuencias.