La auténtica tragedia de El padrino se encuentra en su hijo Michael. Al comienzo se nos muestra como alguien que sigue teniendo vínculos con su familia, pero absolutamente ajeno a los negocios de ésta, hasta el punto de que ha luchado en la Segunda Guerra Mundial con la desaprobación del Don. Lo cierto es que Michael tiene varias posibilidades de ser feliz, primero junto a Kay (que luego se convertirá en su esposa) y después en su breve estancia en Sicilia junto a la joven e inocente Apolonia, que será asesinada por una bomba destinada a él. Cuando don Vito sufre un atentado que casi acaba con su vida, algo cambia dentro de Michael y se desarrolla en él un profundo amor por su padre y por su familia, convirtiéndolo en un asesino despiadado. Y lo más prodigioso de todo es que este cambio radical se desarrolla de un modo muy coherente con la narración. La interpretación de Al Pacino en este sentido es prodigiosa: su mirada helada, cuando comienza su tortuoso camino hacia la herencia de su padre es la de las que no se olvidan.
El padrino es también un discurso sobre el poder, sobre su ejercicio, mantenimiento y sus ceremonias. Uno de los aspectos más destacables de la película es cómo muestra los usos y costumbres de la Mafia siciliana, que curiosamente fueron adoptados por la Mafia real del momento. Aquí la Familia aparece como algo elegante, aunque pronto se le muestra al espectador lo que esconde tanta pompa y opulencia: las traiciones y la violencia se encuentran siempre agazapadas esperando el momento de salir a la superficie, cimentando el poder con la argamasa de litros y libros de sangre derramada. Para poder conseguirlo Michael es capaz de vender su alma al diablo. Su idea de poder absoluto está mucho más allá de las lealtades familiares: se convierte en un auténtico monstruo para los suyos, pero él estima que esa es la única manera de asegurar su alimentación. El Don debe proveer a numerosas personas, aunque sea a costa de perder todo rasgo de humanidad. En este sentido El padrino se alza como la tragedia griega perfecta, la de aquel que se convierte en un ser repulsivo por puro amor al legado de su padre.
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