jueves, 12 de marzo de 2026

EL AMANECER DE TODO (2021), DE DAVID GRAEBER Y DAVID WENGROW. UNA NUEVA HISTORIA DE LA HUMANIDAD.

En cierto modo, El amanecer de todo es un libro revolucionario, que viene a poner patas arriba todo lo que nos habían contado sobre los orígenes de la civilización autores tan consagrados como Steven Pinker o Yuval Noah Harari. Partiendo de las teorías clásicas - y antagónicas -  de Rosseau (que estimaba que el hombre era bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompía) y Hobbes (que aseguraba que el estado natural del hombre era una especie de guerra de todos contra todos y la única manera de controlarlo es un Estado autoritario), se describía un proceso lineal en el paso del estado de naturaleza a la civilización, siendo la invención de la agricultura el factor determinante de este proceso. La amplia investigación emprendida por Graeber y Wengrow concluye que las cosas no son tan sencillas, puesto que hay numerosas evidencias de sociedades que no se corresponden con ese relato: ciudades basadas en la igualdad de todos sus habitantes, comunidades que cambiaban su autoridad dependiendo de la estación del año y sobre todo gente que vivía con grados insospechados de libertad y tiempo libre:

"En primer lugar, es muy raro imaginar que durante los 10.000 años (hay quien diría que, más bien, 20.000) durante los cuales se pintaron las paredes en Altamira, nadie —no solo en Altamira, sino en cualquier lugar del planeta— experimentara con formas alternativas de organización social. ¿Cuántas probabilidades hay de que haya sido así? En segundo lugar, ¿no es la capacidad de experimentar con diferentes formas de organización social, en sí misma, parte esencial de lo que nos convierte en humanos, es decir, seres con la capacidad de autocreación, incluso de libertad? La cuestión fundamental en la historia de la humanidad no es nuestro acceso igualitario a recursos materiales (tierra, calorías, medios de producción), si bien estas cosas son, obviamente, importantes, sino nuestra igual capacidad para contribuir a decisiones acerca de cómo vivir juntos. Evidentemente, ejercer esa capacidad implica que debería haber algo importante que decidir, en primer lugar.

Si, como muchos sugieren, el futuro de nuestra especie gira ahora en nuestra capacidad para crear algo diferente (digamos, por ejemplo, un sistema en el que la riqueza no pueda convertirse libremente en poder, o en el que no se les diga a algunas personas que sus necesidades son irrelevantes, ni que sus vidas carecen de valor), entonces lo que definitivamente importa es si podemos redescubrir las libertades que nos convierten, en primer lugar, en seres humanos. Ya en 1936 el prehistoriador V. Gordon Childe escribió un libro titulado Man Makes Himself. Más allá del machismo del título (que se traduce del inglés como «hombre se hace a sí mismo»), ese es el espíritu que queremos invocar. Somos proyectos de autocreación colectiva. ¿Qué tal si nos acercamos así a la historia de la humanidad? ¿Y si tratamos a la gente, desde el principio, como criaturas inteligentes, imaginativas y lúdicas que merecen ser comprendidas como tales? ¿Qué tal si, en lugar de contar una historia acerca de cómo nuestra especie cayó en desgracia desde algún idílico estado de igualdad, nos preguntamos cómo acabamos atrapados en grilletes conceptuales tan pesados que no somos capaces siquiera de imaginar la capacidad de reinventarnos?"

Estas evidencias de vida en libertad chocaron a los primeros colonizadores de occidente que llegaron a norteamérica, puesto que los seres que allí habitaban no se consideraban inferiores, ni siquiera intelectualmente, a los europeos recién llegados. Vivían de una forma alternativa en la que daban menos importancia a los bienes materiales, pero ellos decían contar con activos mucho más importantes: tranquilidad, comodidad y tiempo. Hay numerosos testimonios de la época de europeos que, por unas circunstancias u otras terminaban viviendo entre los indígenas y, más tarde, se negaban a volver a la civilización. Mientras tanto, nuestras sociedades son prósperas, pero la mayoría de los ciudadanos que emplea la mayor parte de su tiempo en empleos que no le aportan otra cosa que los medios de supervivencia, siente que las cosas podrían ser de otro modo, que el hecho de que un reducido porcentaje de la población controle la riqueza y el destino de todos los demás es una anomalía que quizá algún día se corrija.

Parece ser que numerosas comunidades vivían bajo la sombra de tres libertades: la libertad de abandonar la propia comunidad sabiendo que será bienvenido en tierras lejanas, la libertad de pasar de unas estructuras sociales a otras y la libertad de desobedecer a las autoridades sin consecuencias graves. Son postulados inconcebibles hoy en día, pero algo común, parece ser, en épocas pretéritas. Y esto podía funcionar así incluso en aglomeraciones importantes de personas, que no necesitaban una autoridad dictatorial para organizarse como sociedad, algo que empezó a ser frecuente mucho más tarde, con la creación de los primeros imperios en el área de Oriente Medio. Evidentemente no todas las sociedades del Neolítico fueron paradisiacas, aunque la guerra era una actividad menos frecuente de lo que se cree. Simplemente existían formas alternativas de organización social que parecen insólitas a nuestros ojos acostumbrados a Estados férreos que controlan mediante leyes cualquier aspecto de la vida social y sancionan, a veces duramente, a los que incumplen. El libro de Graber y Wengrow nos abre los ojos a formas alternativas de vida social y nos hace pensar en cómo serían las cosas si la historia hubiera avanzado de un modo alternativo.

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