Para culminar sus deseos, Jaime necesita apartar a Marina de su entorno, conseguir que él sea la única figura de referencia en su vida frente a su familia y amigos. Poco a poco el lector irá asistiendo al deterioro vital de la protagonista, con la paradoja de gozar de una existencia de lujos que jamás había soñado teñida con un sentimiento constante de miedo, porque los estallidos de furia de su pareja son terribles, por mucho que jamás llegue a agredirla físicamente. Nos encontramos ante un caso claro de violencia de género según las definiciones jurídicas actuales, pero también ante una relación tóxica en la que ella también padece problemas de autoestima, pues es una persona joven que todavía no ha superado la reciente muerte de su padre, por lo que se encuentra en un momento especialmente vulnerable. También es cierto que este tipo de maltrato también se da en sentido contrario. Muchas mujeres pueden aprovecharse de espíritus débiles para imponer su reinado de terror a su pareja. ¿Hubiera sido una novela más rompedora si se hubiera abordado de esta manera?
Comerás flores describe de una manera muy efectiva cómo es todo este proceso de imposición moral frente a la pareja indefensa. Cómo el maltratador sabe utilizar máscaras en las que se muestra ante los demás como un ser encantador, consiguiendo así dejar sin argumentos cualquier comentario de ella a sus íntimos. Desde luego Jaime consigue que Marina goce de días muy felices, pero estos siempre están bajo la sombra de un estallido que puede surgir con el menor pretexto. En este sentido la narración está diseñada para que el lector sufra junto a la protagonista y se sienta solidario con ella. Quizá el final es lo menos conseguido de la misma, pero el viaje previo al que nos ha invitado Lucía Sobral sí que merece la pena.

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