Como la gran mayoría de los escritores rusos de finales del siglo XIX, Chéjov era un hombre profundamente preocupado por las desigualdades sociales en un país donde la clase aristocrática acaparaba la propiedad de la tierra y los altos cargos en la administración, frente a la gran masa obrera y campesina, iletrada y privada de los más elementales derechos. El joven Misael Polosnev, protagonista de Historia de mi vida, pertenece a la clase acomodada, pero se niega a asumir como propios los privilegios que le corresponden por nacimiento. Misael se aburre en los trabajos burocráticos que consigue por influencia de su padre, el arquitecto municipal de la pequeña ciudad en la transcurre la novela, y anhela conquistar su libertad a través del ejercicio de alguna profesión de las consideradas viles por los suyos: cualquier trabajo manual que conlleve esfuerzo y ensucie la propia ropa.
A ojos de su padre, los deseos de Misael son un ejercicio subversivo intolerable. Renunciar a la propia posición social es una locura que no puede ser perdonada, un atentado contra el orden natural del mundo. A pesar de que ya se había abolido la servidumbre en Rusia, los campesinos y los obreros seguían siendo considerados una especie de infrahombres cuya única misión en la Tierra era la de servir fielmente a sus amos. Cualquier proyecto de emancipación social de los mismos debía estar condenado al fracaso y sancionado por el Estado. El protagonista hace oídos sordos a todas estas consideraciones y empieza a vivir la vida que cree que debe corresponder a todos los hombres. A pesar de las dificultades y la miseria que le rodea en esta nueva existencia, Misael considera que, lejos de ser una actividad vil, el trabajo físico compartido por todos sería un instrumento de igualdad social:
"Es absolutamente necesario que todos, los fuertes y los débiles, los ricos y los pobres, tomen parte, en la misma medida, en la lucha por la existencia. Cada uno debe contribuir, con arreglo a sus fuerzas, en el trabajo humano. El trabajo físico debe ser obligatorio para todos, sin excepción, y sólo así se logrará que desaparezcan todas las injusticias sociales. Sólo así los fuertes dejarán de oprimir a los débiles y la minoría dejará de considerar a la mayoría una bestia de carga que debe trabajar para los parásitos."
Pero pronto las expectativas del protagonista se van a ver en buena medida frustradas por la realidad que encuentra cuando intenta mejorar la vida de un grupo de campesinos junto a su mujer, perteneciente como él a la clase social privilegiada, pero atraída por las ideas de Misael. Juntos comprobarán que siglos de opresión han dejado en los campesinos una mentalidad medieval: ofrecerán obediencia absoluta al amo que se muestre inflexible con ellos y se intentarán aprovechar de los que les tiendan la mano. El protagonista fracasará en proyecto tolstoiano, porque ante le idea de crear una escuela para sus hijos, la cooperación de los campesinos es mínima, porque no son capaces de advertir los beneficios a largo plazo que ejercerá sobre las vidas de sus hijos. Sus únicos horizontes vitales son el trabajo duro y las borracheras con vodka para soportarlo, aunque Misael será capaz de ver un poco más allá, encontrando indicios de una esperanzadora nobleza que quizá sirva para su emancipación en el futuro:
"(...) los campesinos vivían como cerdos, se emborrachaban, eran a menudo estúpidos, engañaban al prójimo…, y, sin embargo, yo advertía que en la vida campestre había una base sólida, real, una base de que carecía la vida ciudadana. Viendo al campesino trabajar la tierra olvidaba uno su estupidez, sus borracheras, y descubría en él una gravedad, una importancia que no existía en Macha ni en el doctor Blagovo; aquel campesino sucio, bestia y borracho aspiraba a la justicia, tenía la convicción profunda de que sin justicia la vida es imposible."
En cierta medida, Historia de mi vida puede ser leído como una denuncia de las condiciones en las que se encontraba el campesinado ruso a finales del siglo XIX, condiciones que motivaron en gran medida la Revolución de unas décadas más tarde, unos hechos de los que Chéjov ya no pudo ser testigo, debido a su temprana muerte.
lunes, 2 de noviembre de 2015
viernes, 30 de octubre de 2015
MARTE (2015), DE RIDLEY SCOTT. SALVAR AL ASTRONAUTA WATNEY.
De la posibilidad de viajar a Marte (y volver) se viene hablando desde hace décadas. Es una hazaña factible, pero muy cara. Quizá cuando todos seamos un poco más viejos tengamos el privilegio de ser testigos de ella o puede que se convierta en un proyecto eternamente aplazado. Marte ha despertado desde antiguo la imaginación de novelistas y de hombres de ciencia. Durante mucho tiempo se creyó que el planeta rojo estaba atravesado por una red de canales artificiales, por lo que era indudable la presencia de vida inteligente en el mismo, pero las visitas de nuestros ingenios mecánicos han descartado esa idea, incluso en su estadio más primitivo. Marte es un mundo muerto, aunque, a tenor de las imágenes que ofrece Ridley Scott en el film, de una extraordinaria belleza.
El argumento de Marte (resulta bastante insólito que no se haya respetado su título original, El marciano), es bien conocido y enlaza con un gran clásico de la literatura universal: Robinson Crusoe, lo que da pie a que, entre otras cosas, la película sea vehículo para el lucimiento de Matt Damon, que debe sobrevivir en solitario en un medio hostil, como ya hiciera Tom Hanks en la irregular Naúfrago, de Robert Zemekis. El cartel no engaña y a quien no le caiga muy bien este actor no le recomendaría de ningún modo que pasara por taquilla.
Como virtud principal de la propuesta de Ridley Scott tenemos que nombrar su condición de gran espéctaculo, destacando un soberbio apartado técnico, cuidado en todos sus detalles, así como un excelente asesoramiento científico, lo cual hace que la superviviencia del astronauta Watney no sea fruto del azar ni de la fe, sino de la aplicación práctica de conocimientos acumulados durante milenios para contrarrestrar una situación absolutamente hostil, algo que resume la grandeza de la condición humana. Por otra parte, Marte, no ofrece mucho más que eso: pura rutina cinematográfica, trufada de heroísmo por parte de Watney y sus compañeros, que arriesgan sus propias vidas para intentar rescatarlo. Hay cierto debate moral: ¿hasta dónde se puede llegar, en términos de riesgo de otras vidas y económicamente para rescatar a un solo hombre, sin garantía alguna de que la misión vaya a salir bien? Algo muy parecido se planteaba en Salvar al soldado Ryan, de Steven Spielberg. Si algo llama la atención en esta película, frente a otras propuestas de ciencia ficción del propio Scott es su mensaje optimista durante todo el metraje: la tecnología combinada con el esfuerzo humano pueden lograr las metas más inverosímiles. En este sentido me gustó mucho más la reciente Gravity, de Alfonso Cuarón.
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miércoles, 28 de octubre de 2015
NO ESPERAMOS VOLVER VIVOS (2015), DE DIEGO BLASCO CRUCES (ED). TESTIMONIOS DE KAMIKAZES Y OTROS SOLDADOS JAPONESES.
Todos hemos pensado alguna vez en cómo nos sentiríamos si de repente fuéramos reclutados para ir a la guerra, sobre todo si llevamos una existencia relativamente cómoda y sin sobresaltos. En el Japón de los años treinta y cuarenta, una sociedad militarista que pretendía crear un imperio en Asia, los estudiantes universitarios estaban exentos de ir al ejército. Se les consideraba la flor y nata de la nación, por lo que su trabajo sería más útil dentro de las fronteras de la patria. Para muchos japoneses, tal privilegio era objeto de desprecio, pero esta situación cambió cuando los estudiantes fueron siendo llamados a filas, debido a las desastrosas derrotas que comenzó a acumular Japón a partir de 1942. Para finales del año siguiente, tales llamamientos eran ya masivos y sus protagonistas eran agasajados como los jóvenes que iban a darle la vuelta a la situación bélica.
Mientras todo esto sucedía, en el interior de estos recién graduados los sentimientos eran contradictorios. Por un lado sentían que no debían decepcionar sus deberes frente a la nación y al emperador, pero por otro experimentaban el miedo lógico frente a un destino incierto. Muchos de ellos se lamentaban íntimamente de su mala suerte y renegaban del concepto de patria de los que le obligaban a tomar las armas. Son gente sensible y culta, que han leído incluso a autores europeos y no se dejan engañar por la burda propaganda: saben que su vida va a estar sometida a partir de ese momento al capricho de oficiales crueles y que después de eso su muerte es prácticamente segura en el frente de combate y que será una experiencia horrible. Genta Uemura, fallecido en combate en Okinawa a los veinticuatro años habla de esto en una carta:
"La única cosa agradable acerca de la muerte es que, una vez experimentada, todo este sufrimiento llega a su fin. Sin embargo, el miedo a afrontar la muerte, para mí que tan desesperadamente deseo vivir, es tan terrorífico que sólo de pensar en ello pierdo el sentido."
Si bien la muerte de los soldados de infantería o de marina era altamente probable, en el caso de los kamikazes se trataba de su misión sagrada de combate. Casi todos estos aviadores suicidas fueron voluntarios, pero hubo algunos soldados que fueron obligados a tomar parte de esta locura. Aunque en muchos sentidos las cartas de los kamikazes a sus familiares se parezcan a las del resto de los jóvenes en el frente, resultan una lectura más estremecedora, porque sus autores saben con certeza que se están despidiendo del mundo y aun así muestran una rara serenidad en la descripción de sus últimas acciones pocas horas antes de despegar sus aviones, como si la existencia de pronto se hubiera tornado irreal y la muerte próxima no fuera más que un sueño.
No esperamos volver vivos es un libro de testimonios impactante, porque con su lectura descubrimos que los fieros y suicidas soldados japoneses eran jóvenes profundamente humanos y que una buena parte de ellos, aun deseando sacrificarse por su emperador, hubieran preferido una existencia más convencional y rutinaria. Es en los últimos instantes cuando se aprecia con mayor intensidad todos los matices que hacen de la vida una experiencia única y maravillosa, como prueban estas cartas, unos documentos sobrecogedores.
Mientras todo esto sucedía, en el interior de estos recién graduados los sentimientos eran contradictorios. Por un lado sentían que no debían decepcionar sus deberes frente a la nación y al emperador, pero por otro experimentaban el miedo lógico frente a un destino incierto. Muchos de ellos se lamentaban íntimamente de su mala suerte y renegaban del concepto de patria de los que le obligaban a tomar las armas. Son gente sensible y culta, que han leído incluso a autores europeos y no se dejan engañar por la burda propaganda: saben que su vida va a estar sometida a partir de ese momento al capricho de oficiales crueles y que después de eso su muerte es prácticamente segura en el frente de combate y que será una experiencia horrible. Genta Uemura, fallecido en combate en Okinawa a los veinticuatro años habla de esto en una carta:
"La única cosa agradable acerca de la muerte es que, una vez experimentada, todo este sufrimiento llega a su fin. Sin embargo, el miedo a afrontar la muerte, para mí que tan desesperadamente deseo vivir, es tan terrorífico que sólo de pensar en ello pierdo el sentido."
Si bien la muerte de los soldados de infantería o de marina era altamente probable, en el caso de los kamikazes se trataba de su misión sagrada de combate. Casi todos estos aviadores suicidas fueron voluntarios, pero hubo algunos soldados que fueron obligados a tomar parte de esta locura. Aunque en muchos sentidos las cartas de los kamikazes a sus familiares se parezcan a las del resto de los jóvenes en el frente, resultan una lectura más estremecedora, porque sus autores saben con certeza que se están despidiendo del mundo y aun así muestran una rara serenidad en la descripción de sus últimas acciones pocas horas antes de despegar sus aviones, como si la existencia de pronto se hubiera tornado irreal y la muerte próxima no fuera más que un sueño.
No esperamos volver vivos es un libro de testimonios impactante, porque con su lectura descubrimos que los fieros y suicidas soldados japoneses eran jóvenes profundamente humanos y que una buena parte de ellos, aun deseando sacrificarse por su emperador, hubieran preferido una existencia más convencional y rutinaria. Es en los últimos instantes cuando se aprecia con mayor intensidad todos los matices que hacen de la vida una experiencia única y maravillosa, como prueban estas cartas, unos documentos sobrecogedores.
domingo, 25 de octubre de 2015
EL CRISOL (1953), DE ARTHUR MILLER Y DE NICHOLAS HYTNER (1996). LA CAZA DE BRUJAS EN SALEM.
Hay ocasiones en las que las obras literarias nos hablan con mucho más elocuencia que el mejor de los ensayos acerca de los problemas que acucian a una determinada sociedad. Y no es raro que el escritor acuda a algún episodio del pasado remoto para establecer paralelismos con dicha situación, quizá para hacer ver que los avances sociales, que las libertades conquistadas, son siempre frágiles y que los retrocesos son siempre posibles. Arthur Miller sabía bien de lo que hablaba, porque había sufrido en sus propias carnes las consecuencias de lo que se dio en llamar caza de brujas, estimulada por los sectores más conservadoras de la administración y la sociedad estadounidenses. Hija de los años más severos de la Guerra Fría, la caza de brujas era consecuencia del temor a que elementos comunistas se hubieran infiltrado entre las élites intelectuales con el fin de ayudar a derrocar el sistema.
Como es bien sabido las comparecencias que se llevaron a cabo ante el Comité de Actividades Antiamericanas estuvieron presididos por la más absoluta falta de garantías fundamentales: no se buscaba la verdad, sino que existía una verdad preestablecida que los testigos o acusados debían confirmar, no bastando con ello, puesto que también era necesario que se delatara a antiguos compañeros. Una de las delaciones más famosas fue la efectuada por el cineasta Elia Kazan, que afectó, entre otros muchos, a Arthur Miller, que siempre había sido un simpatizante de la izquierda, aunque en todo momento negó haber estado afiliado al Partido Comunista. De hecho, en una de las acotaciones de El crisol, encontramos un rotundo rechazo de la intolerancia contra sus propios ciudadanos de la que hacían gala ambos sistemas en aquella época:
"En los países de ideología comunista, cualquier resistencia de cualquier tipo, queda vinculada al maligno súcubo capitalista, y en América, quien no tenga opiniones reaccionarias está expuesto a que se le acuse de aliado del infierno rojo. (...) Una determinada política se convierte en garante de la virtud moral y la oposición a ella en síntoma de una maldad diabólica. Una vez hecha tal ecuación, la sociedad se convierte en un amasijo de conspiraciones de uno y otro lado, y el gobierno pasa de tener un papel de árbitro a convertirse en el látigo de Dios."
No cabe duda de que escribir y estrenar una obra de las características de El crisol en un contexto como aquel, constituyó un rasgo de genialidad y valentía por parte del dramaturgo. La obra parte de un hecho histórico, ocurrido en la localidad de Salem a finales del siglo XVII. Salem era un pueblo practicante del puritanismo, una variante del protestantismo establecida por Juan Calvino. Uno de los postulados más llamativos de esta religión es el que dicta que algunos hombres que están predestinados a la salvación y otros no, por lo que en gran parte la existencia consiste en escrutar si uno mismo está entre los elegidos. Desde luego, el pecado es un indicio negativo en tal sentido. Esta tensión espiritual en el seno del que consideraba un pueblo elegido, unida a la acumulación de viejas rencillas a lo largo de los años, por asuntos relacionados con la propiedad de las tierras, resultaron ser un cóctel explosivo a la hora de abordar la situación generada por una mera anécdota protagonizada por las más jóvenes del pueblo.
Porque de lo que parte la histeria colectiva desatada en Salem es de un miedo: el miedo al diablo, que se adaptó como miedo al comunismo a mitad del siglo XX. Ambos son mecanismos de control de masas que fueron estudiados el siglo pasado, junto a otros muchos ejemplos por genios como Freud, Canetti u Ortega y Gasset. Que las acusaciones estuvieran sustentadas por unas jòvenes que claramente estaban desviando la atención de sus propias culpas parecía no importar: quien era acusado por un indicio tan leve como un testimonio histérico, era ya considerado prácticamente culpable y era él quien debía probar fehacientemente lo contrario. Para rizar más el rizo, la salvación de la horca solo se conseguía confesando la propia culpabilidad y acusando a su vez a otros. Una metáfora cristalina de los métodos del Comité de Actividades Antiamericanas. El Tribunal de Salem no era más que el reflejo de una visión maniquea del mundo, propia de una sociedad teocrática. A la vez que se atribuía la voz de la justicia divina, Danforth, su representante, pretende que el mismo sea un instrumento para frenar los tímidos intentos de secularización que ya se estaban dando en las sociedades puritanas:
"O se está con este tribunal o se está contra él. No hay ningún camino intermedio. Estamos en tiempos claros y precisos. Ya no vivimos en aquella noche tenebrosa cuando el bien y el mal estaban mezclados para confundir al mundo. Por la gracia de Dios, en estos momentos brilla la luz del Sol, y todos los que no la temen deberían felicitarse por ello."
Frente al poder de este Tribunal, la voz de un pecador como John Proctor (magníficamente interpretado en la adaptación cinematográfica por Daniel Lee Lewis) es ignorada, por mucho que su argumentación sea racional y esté sazonada por la verdad. La verdad que parece buscar el Tribunal no es la de este mundo, sino la del fortalecimiento de la religión del miedo, para la que la lucha contra el maligno justifica cualquier acción. El tormento interior de Proctor es enorme: a los remordimientos por haber caído en la tentación de la carne con Abigail, la más implacable de las acusadoras, se suma la repercusión que estos hechos van a tener sobre su virtuosa esposa, una situación con la que, en cierto modo, se sentía identificado el propio Arthur Miller, que en aquella época se acababa de enamorar de Marilyn Monroe, ante la incredulidad de su mujer.
Proctor simboliza también el aplastamiento del pensamiento individual frente al fanatismo de la comunidad. A pesar de ser un personaje integrado en la vida comunal, Proctor tiene su propia visión del mundo y es capaz de criticar algunos aspectos de una religión que sigue practicando fervientemente. El crisol nos advierte magistralmente de lo que sucede cuando se deja que la diosa razón sea sustituida por lo disparatado, cuando la voz de unas niñas afectadas de histerismo y llenas de miedo son la base de acusaciones absurdas que llevan a personas inocentes al cadalso. Al final Abigail y sus compañeras se sienten tan borrachas de poder que son capaces hasta de amenazar a los miembros del Tribunal si se atreven a dudar de sus palabras. Al poco los procesos fueron suspendidos y se intentó volver a la cordura, aunque el episodio jamás fue olvidado y su eco ha llegado a nuestros días, como ejemplo permanente de hasta donde puede llegarse cuando gobiernan la intolerancia y la irracionalidad.
Como es bien sabido las comparecencias que se llevaron a cabo ante el Comité de Actividades Antiamericanas estuvieron presididos por la más absoluta falta de garantías fundamentales: no se buscaba la verdad, sino que existía una verdad preestablecida que los testigos o acusados debían confirmar, no bastando con ello, puesto que también era necesario que se delatara a antiguos compañeros. Una de las delaciones más famosas fue la efectuada por el cineasta Elia Kazan, que afectó, entre otros muchos, a Arthur Miller, que siempre había sido un simpatizante de la izquierda, aunque en todo momento negó haber estado afiliado al Partido Comunista. De hecho, en una de las acotaciones de El crisol, encontramos un rotundo rechazo de la intolerancia contra sus propios ciudadanos de la que hacían gala ambos sistemas en aquella época:
"En los países de ideología comunista, cualquier resistencia de cualquier tipo, queda vinculada al maligno súcubo capitalista, y en América, quien no tenga opiniones reaccionarias está expuesto a que se le acuse de aliado del infierno rojo. (...) Una determinada política se convierte en garante de la virtud moral y la oposición a ella en síntoma de una maldad diabólica. Una vez hecha tal ecuación, la sociedad se convierte en un amasijo de conspiraciones de uno y otro lado, y el gobierno pasa de tener un papel de árbitro a convertirse en el látigo de Dios."
No cabe duda de que escribir y estrenar una obra de las características de El crisol en un contexto como aquel, constituyó un rasgo de genialidad y valentía por parte del dramaturgo. La obra parte de un hecho histórico, ocurrido en la localidad de Salem a finales del siglo XVII. Salem era un pueblo practicante del puritanismo, una variante del protestantismo establecida por Juan Calvino. Uno de los postulados más llamativos de esta religión es el que dicta que algunos hombres que están predestinados a la salvación y otros no, por lo que en gran parte la existencia consiste en escrutar si uno mismo está entre los elegidos. Desde luego, el pecado es un indicio negativo en tal sentido. Esta tensión espiritual en el seno del que consideraba un pueblo elegido, unida a la acumulación de viejas rencillas a lo largo de los años, por asuntos relacionados con la propiedad de las tierras, resultaron ser un cóctel explosivo a la hora de abordar la situación generada por una mera anécdota protagonizada por las más jóvenes del pueblo.
Porque de lo que parte la histeria colectiva desatada en Salem es de un miedo: el miedo al diablo, que se adaptó como miedo al comunismo a mitad del siglo XX. Ambos son mecanismos de control de masas que fueron estudiados el siglo pasado, junto a otros muchos ejemplos por genios como Freud, Canetti u Ortega y Gasset. Que las acusaciones estuvieran sustentadas por unas jòvenes que claramente estaban desviando la atención de sus propias culpas parecía no importar: quien era acusado por un indicio tan leve como un testimonio histérico, era ya considerado prácticamente culpable y era él quien debía probar fehacientemente lo contrario. Para rizar más el rizo, la salvación de la horca solo se conseguía confesando la propia culpabilidad y acusando a su vez a otros. Una metáfora cristalina de los métodos del Comité de Actividades Antiamericanas. El Tribunal de Salem no era más que el reflejo de una visión maniquea del mundo, propia de una sociedad teocrática. A la vez que se atribuía la voz de la justicia divina, Danforth, su representante, pretende que el mismo sea un instrumento para frenar los tímidos intentos de secularización que ya se estaban dando en las sociedades puritanas:
"O se está con este tribunal o se está contra él. No hay ningún camino intermedio. Estamos en tiempos claros y precisos. Ya no vivimos en aquella noche tenebrosa cuando el bien y el mal estaban mezclados para confundir al mundo. Por la gracia de Dios, en estos momentos brilla la luz del Sol, y todos los que no la temen deberían felicitarse por ello."
Frente al poder de este Tribunal, la voz de un pecador como John Proctor (magníficamente interpretado en la adaptación cinematográfica por Daniel Lee Lewis) es ignorada, por mucho que su argumentación sea racional y esté sazonada por la verdad. La verdad que parece buscar el Tribunal no es la de este mundo, sino la del fortalecimiento de la religión del miedo, para la que la lucha contra el maligno justifica cualquier acción. El tormento interior de Proctor es enorme: a los remordimientos por haber caído en la tentación de la carne con Abigail, la más implacable de las acusadoras, se suma la repercusión que estos hechos van a tener sobre su virtuosa esposa, una situación con la que, en cierto modo, se sentía identificado el propio Arthur Miller, que en aquella época se acababa de enamorar de Marilyn Monroe, ante la incredulidad de su mujer.
Proctor simboliza también el aplastamiento del pensamiento individual frente al fanatismo de la comunidad. A pesar de ser un personaje integrado en la vida comunal, Proctor tiene su propia visión del mundo y es capaz de criticar algunos aspectos de una religión que sigue practicando fervientemente. El crisol nos advierte magistralmente de lo que sucede cuando se deja que la diosa razón sea sustituida por lo disparatado, cuando la voz de unas niñas afectadas de histerismo y llenas de miedo son la base de acusaciones absurdas que llevan a personas inocentes al cadalso. Al final Abigail y sus compañeras se sienten tan borrachas de poder que son capaces hasta de amenazar a los miembros del Tribunal si se atreven a dudar de sus palabras. Al poco los procesos fueron suspendidos y se intentó volver a la cordura, aunque el episodio jamás fue olvidado y su eco ha llegado a nuestros días, como ejemplo permanente de hasta donde puede llegarse cuando gobiernan la intolerancia y la irracionalidad.
miércoles, 21 de octubre de 2015
VOCES DE CHERNÓBIL (2005), DE SVETLANA ALEXIEVICH. CRÓNICA DEL FUTURO.
La concesión del premio Nobel de Literatura ha supuesto una agradable sorpresa este año. Alexievich nació en 1948 en la Unión Soviética (actualmente Bielorrusia) y esta identidad, a caballo entre dos mundos, ha marcado profundamente su obra, fundamentalmente dedicada a la indagación en la historia de su país (o de sus países). Aunque en España solo se ha traducido esta estremecedora Voces de Chernóbil, se espera que sus obras vayan llegando en el futuro inmediato y así poder disfrutar de esta autora oculta hasta el momento, pero cuyos ensayos tienen mucho que aportar a cualquier lector interesado en algunos de los episodios que marcaron el siglo pasado, tratados desde un punto de vista periodístico, pero dotados a la vez de una especial sensibilidad literaria.
El desastre de Chernóbil ha quedado como uno de esos momentos en los que la historia se paraliza, porque sucede lo impensable, un acontecimiento que no puede explicarse con meras palabras, sobre el que se debe reflexionar mucho tiempo después para ser comprendido en toda su magnitud. Son sucesos únicos, como el Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial o la caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. El mundo contiene la respiración e intenta comprender. La vida no vuelve a ser la misma para muchos millones de seres humanos. Pero lo de Chernóbil tiene un matiz especialmente siniestro, por las características del suceso: la explosión de un reactor nuclear que suelta en la atmósfera una cantidad inusitada de elementos radiactivos, una amenaza invisible y por ello potencialmente más peligrosa que una guerra. Además, dentro de veinte mil años, la radiación seguirá ahí. Quizá Chernobil sea, o al menos eso es lo que quiere transmitirnos la autora, la acción más catastrófica realizada por el hombre, un acontecimiento que estuvo a punto, si hubieran estallado los restantes reactores, de convertir buena parte de Europa en un páramo sin vida:
"Cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción del tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido en este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?"
Pero Voces de Chernóbil no se dedica a resumirnos la historia tantas veces contada. Alexievich prefiere dejar hablar a los protagonistas de aquellos aciagos días, a los habitantes de la zona que no fueron conscientes del peligro hasta que no fue demasiado tarde, a los soldados que fueron enviados a tapar el inmenso agujero nuclear sin apenas equipo de protección, a los dirigentes políticos, a los niños condenados a muerte al nacer y a los campesinos de los alrededores, muchos de los cuales se negaron a ser expulsados de sus casas. A veces estos últimos representan la voz de la Rusia profunda (o de la Bielorrusia profunda), la de esos seres sencillos que aparecen en las novelas de Tolstói, cuya mentalidad no ha cambiado demasiado en siglos, por lo que no podían comprender de ninguna manera qué era eso de la radiación.
El Estado Soviético no estaba preparado para afrontar una situación como aquella. Las autoridades, desde el primer momento, se ocuparon más de ocultar la dimensión de la catástrofe que de proteger a la población. Se tomaron el asunto como una operación militar y se envió al ejército para intentar contener la fuga. La gente veía avanzar a las tropas y a los blindados y su memoria retrocedía a los tiempos de la invasión alemana de la Unión Soviética. Pero este enemigo era distinto. Estaba presente en los alimentos, en la hierba, en los árboles, bajo formas invisbles. Nada parecía haber cambiado, aunque el mismo aire se hubiera vuelto letal de repente. La gente que trabajó alrededor de la Central, bomberos, soldados, obreros, técnicos y liquidadores, fueron considerados héroes por el Estado. Héroes con destinos terribles, con muertes nunca vistas, como si el infierno se hubiera instalado en aquellas tierras:
"Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los últimos dos días… Le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne… Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro."
A los pocos días de sucedida la catástrofe, la gente empezó a darse cuenta de que sus dirigentes le ocultaban la verdad. La televisión estatal no paraba de repetir que la vida era segura en el entorno de la Central y que las noticias que estaban dando las cadenas occidentales no eran más que palabras alarmistas que trataban de desprestigiar al socialismo. Ese socialismo que hasta aquel momento había mostrado una fe absoluta en la técnica, en el dominio de la naturaleza por parte del hombre y ahora no sabía cómo enfrentarse al poder del átomo. La doctrina de Marx ofrecía pocas respuestas a una situación como aquella y Gorbachov, recordando la nula reacción de Stalin ante la invasión de la Unión Soviética por parte de Hitler, no apareció ante su pueblo hasta más de una semana después de la explosión. Se ninguneaba la opinión de los físicos nucleares y se optaba por no hacer cundir el pánico entre la población. Cuando ésta fue evacuada, se le aseguró que lo sería por un par de días. Se enviaron brigadas de limpieza que destruían casas y arrancaban la tierra contaminada, pero estos esfuerzos solo servían para que sus miembros enfermaran a los pocos meses.
Desde luego, las mayores víctimas de Chernóbil fueron los más pequeños. A pesar de que se creó una amplia zona de exclusión alrededor de la Central, miles de menores fueron irradiados y su infancia se convirtió en un infierno:
"Ante los ojos de estos críos, constantemente entierran algo o a alguien. Lo sumergen bajo tierra. A conocidos. Casas y árboles. Lo entierran todo. Cuando están en formación, estos niños caen desmayados; cuando se quedan de pie unos quince o veinte minutos les sale sangre de la nariz. No hay nada que les pueda asombrar ni alegrar. Siempre somnolientos, cansados. Las caras, pálidas, grises. Ni juegan ni hacen el tonto. Y si se pelean, si rompen sin querer un vidrio, los maestros hasta se alegran. No los riñen, porque no se parecen a los niños. Y crecen tan lentamente… Les pides en una clase que te repitan algo y el crío no puede; la cosa llega a que a veces pronuncias una frase para que la repita después y no puede. «¿Pero dónde estás? ¿Dónde?», los intentas sacar del trance."
Con Voces de Chernóbil la Premio Nobel bielorrusa nos ofrece una visión íntima y plural de un drama colosal, de una catástrofe que no ha terminado todavía y que seguirá produciendo víctimas durante miles de años y que ha dado lugar a anécdotas tan amargas como ésta, fruto de la desesperanza y la falta de futuro de varias generaciones de habitantes de aquella zona:
"Ayer iba en el trolebús. Esta es la escena: un chico no le cede el asiento a un viejo. Y el anciano le reconviene:
—Cuando seas mayor, tampoco a ti te cederán el asiento.
—Yo nunca seré viejo —replica el chaval.
—¿Por qué?
—Porque pronto moriremos todos."
El desastre de Chernóbil ha quedado como uno de esos momentos en los que la historia se paraliza, porque sucede lo impensable, un acontecimiento que no puede explicarse con meras palabras, sobre el que se debe reflexionar mucho tiempo después para ser comprendido en toda su magnitud. Son sucesos únicos, como el Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial o la caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. El mundo contiene la respiración e intenta comprender. La vida no vuelve a ser la misma para muchos millones de seres humanos. Pero lo de Chernóbil tiene un matiz especialmente siniestro, por las características del suceso: la explosión de un reactor nuclear que suelta en la atmósfera una cantidad inusitada de elementos radiactivos, una amenaza invisible y por ello potencialmente más peligrosa que una guerra. Además, dentro de veinte mil años, la radiación seguirá ahí. Quizá Chernobil sea, o al menos eso es lo que quiere transmitirnos la autora, la acción más catastrófica realizada por el hombre, un acontecimiento que estuvo a punto, si hubieran estallado los restantes reactores, de convertir buena parte de Europa en un páramo sin vida:
"Cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción del tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido en este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?"
Pero Voces de Chernóbil no se dedica a resumirnos la historia tantas veces contada. Alexievich prefiere dejar hablar a los protagonistas de aquellos aciagos días, a los habitantes de la zona que no fueron conscientes del peligro hasta que no fue demasiado tarde, a los soldados que fueron enviados a tapar el inmenso agujero nuclear sin apenas equipo de protección, a los dirigentes políticos, a los niños condenados a muerte al nacer y a los campesinos de los alrededores, muchos de los cuales se negaron a ser expulsados de sus casas. A veces estos últimos representan la voz de la Rusia profunda (o de la Bielorrusia profunda), la de esos seres sencillos que aparecen en las novelas de Tolstói, cuya mentalidad no ha cambiado demasiado en siglos, por lo que no podían comprender de ninguna manera qué era eso de la radiación.
El Estado Soviético no estaba preparado para afrontar una situación como aquella. Las autoridades, desde el primer momento, se ocuparon más de ocultar la dimensión de la catástrofe que de proteger a la población. Se tomaron el asunto como una operación militar y se envió al ejército para intentar contener la fuga. La gente veía avanzar a las tropas y a los blindados y su memoria retrocedía a los tiempos de la invasión alemana de la Unión Soviética. Pero este enemigo era distinto. Estaba presente en los alimentos, en la hierba, en los árboles, bajo formas invisbles. Nada parecía haber cambiado, aunque el mismo aire se hubiera vuelto letal de repente. La gente que trabajó alrededor de la Central, bomberos, soldados, obreros, técnicos y liquidadores, fueron considerados héroes por el Estado. Héroes con destinos terribles, con muertes nunca vistas, como si el infierno se hubiera instalado en aquellas tierras:
"Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los últimos dos días… Le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne… Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro."
A los pocos días de sucedida la catástrofe, la gente empezó a darse cuenta de que sus dirigentes le ocultaban la verdad. La televisión estatal no paraba de repetir que la vida era segura en el entorno de la Central y que las noticias que estaban dando las cadenas occidentales no eran más que palabras alarmistas que trataban de desprestigiar al socialismo. Ese socialismo que hasta aquel momento había mostrado una fe absoluta en la técnica, en el dominio de la naturaleza por parte del hombre y ahora no sabía cómo enfrentarse al poder del átomo. La doctrina de Marx ofrecía pocas respuestas a una situación como aquella y Gorbachov, recordando la nula reacción de Stalin ante la invasión de la Unión Soviética por parte de Hitler, no apareció ante su pueblo hasta más de una semana después de la explosión. Se ninguneaba la opinión de los físicos nucleares y se optaba por no hacer cundir el pánico entre la población. Cuando ésta fue evacuada, se le aseguró que lo sería por un par de días. Se enviaron brigadas de limpieza que destruían casas y arrancaban la tierra contaminada, pero estos esfuerzos solo servían para que sus miembros enfermaran a los pocos meses.
Desde luego, las mayores víctimas de Chernóbil fueron los más pequeños. A pesar de que se creó una amplia zona de exclusión alrededor de la Central, miles de menores fueron irradiados y su infancia se convirtió en un infierno:
"Ante los ojos de estos críos, constantemente entierran algo o a alguien. Lo sumergen bajo tierra. A conocidos. Casas y árboles. Lo entierran todo. Cuando están en formación, estos niños caen desmayados; cuando se quedan de pie unos quince o veinte minutos les sale sangre de la nariz. No hay nada que les pueda asombrar ni alegrar. Siempre somnolientos, cansados. Las caras, pálidas, grises. Ni juegan ni hacen el tonto. Y si se pelean, si rompen sin querer un vidrio, los maestros hasta se alegran. No los riñen, porque no se parecen a los niños. Y crecen tan lentamente… Les pides en una clase que te repitan algo y el crío no puede; la cosa llega a que a veces pronuncias una frase para que la repita después y no puede. «¿Pero dónde estás? ¿Dónde?», los intentas sacar del trance."
Con Voces de Chernóbil la Premio Nobel bielorrusa nos ofrece una visión íntima y plural de un drama colosal, de una catástrofe que no ha terminado todavía y que seguirá produciendo víctimas durante miles de años y que ha dado lugar a anécdotas tan amargas como ésta, fruto de la desesperanza y la falta de futuro de varias generaciones de habitantes de aquella zona:
"Ayer iba en el trolebús. Esta es la escena: un chico no le cede el asiento a un viejo. Y el anciano le reconviene:
—Cuando seas mayor, tampoco a ti te cederán el asiento.
—Yo nunca seré viejo —replica el chaval.
—¿Por qué?
—Porque pronto moriremos todos."
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martes, 20 de octubre de 2015
GOLPE DE ESTADO (2015), DE JOHN ERICK DOWDLE. LAS GUERRAS DEL AGUA.
Todos estamos de acuerdo en que uno de los recursos naturales más importantes del mundo es el agua, fundamental para la vida. Aunque en la vida de los occidentales dicho recurso se da por supuesto de una manera eficiente y barata, no todos los países tienen la suerte de disponer con tantas facilidades de este bien. Para algunas multinacionales el control del agua (al igual que el del petróleo) puede ser la llave de inmensos beneficios, aun a costa de los derechos humanos de los habitantes de un país. Este era el argumento de fondo de Quantum of solace, una película de Bond de hace algunos años y lo es también en esta Golpe de Estado, aunque el tratamiento sea muy diferente en ambos filmes.
Golpe de Estado comienza con la llegada del norteamericano Jack Dwyer y su familia a un país del sur de Asia para comenzar a trabajar como directivo en una multinacional del agua. En principio, Dwyrer toma un papel parecido al que ejercía Jack Lemmon en la magistral Desaparecido, de Costa-Gavras, el del yanqui que llega a un Estado extranjero sin conocer gran cosa del país, ni de sus costumbres, ni de su historia, con esa leve superioridad que otorga el papel histórico de colonizador económico. Bien es cierto que Dwyrer llega a su nuevo puesto arrastrado por la escasez de oportunidades que ha impuesto la crisis económica, con la aceptación a regañadientes del resto de su familia. Por todo ello, no es extraño que el golpe de Estado del que habla el título sea percibido, por su parte, con una mezcla de incredulidad e inconsciencia respecto a lo que está sucediendo. La irrupción repentina de la violencia adquiere desde los primeros instantes un matiz como de pesadilla, como de algo irreal que no puede ser explicado racionalmente, aunque finalmente Dwyrer acabe comprendiendo cuál es su propio papel en tan radicales acontecimientos.
Si bien resulta interesante el planteamiento de inicio y la forma de mostrar la violencia, sin concesiones, por parte del director, Golpe de Estado acaba cayendo en la trampa de la repetición: todo se convierte en una huida permanente en la que la familia tendrá que ir realizando el más difícil todavía para llegar a la siguiente fase. La recreación de la violencia de los primeros minutos empieza a perder su sentido y se convierte en algo casi rutinario, a veces incluso risible, sobre todo porque el espectador sabe perfectamente que nada va a sucederles a los protagonistas y que, por muy mal que lo pasen, el final feliz está garantizado, ya que ellos no son más que inocentes estadounidenses que viajaron al país a ganarse la vida, no sabiendo que iban a trabajar para una malvada multinacional. Lo único que anima la función es la presencia siempre efectiva de Pierce Brosnan, en esta ocasión interpretando un curioso papel, el de una especie de James Bond caduco y en las últimas, dispuesto a todo para defender los intereses más sucios de su amada Inglaterra. Cine de entretenimiento puro (y especialmente duro), que bajo su presunto mensaje contra la colonización económica del Tercer Mundo, no ofrece más que un espectáculo entretenido a ratos, aunque intrascendente.
Golpe de Estado comienza con la llegada del norteamericano Jack Dwyer y su familia a un país del sur de Asia para comenzar a trabajar como directivo en una multinacional del agua. En principio, Dwyrer toma un papel parecido al que ejercía Jack Lemmon en la magistral Desaparecido, de Costa-Gavras, el del yanqui que llega a un Estado extranjero sin conocer gran cosa del país, ni de sus costumbres, ni de su historia, con esa leve superioridad que otorga el papel histórico de colonizador económico. Bien es cierto que Dwyrer llega a su nuevo puesto arrastrado por la escasez de oportunidades que ha impuesto la crisis económica, con la aceptación a regañadientes del resto de su familia. Por todo ello, no es extraño que el golpe de Estado del que habla el título sea percibido, por su parte, con una mezcla de incredulidad e inconsciencia respecto a lo que está sucediendo. La irrupción repentina de la violencia adquiere desde los primeros instantes un matiz como de pesadilla, como de algo irreal que no puede ser explicado racionalmente, aunque finalmente Dwyrer acabe comprendiendo cuál es su propio papel en tan radicales acontecimientos.
Si bien resulta interesante el planteamiento de inicio y la forma de mostrar la violencia, sin concesiones, por parte del director, Golpe de Estado acaba cayendo en la trampa de la repetición: todo se convierte en una huida permanente en la que la familia tendrá que ir realizando el más difícil todavía para llegar a la siguiente fase. La recreación de la violencia de los primeros minutos empieza a perder su sentido y se convierte en algo casi rutinario, a veces incluso risible, sobre todo porque el espectador sabe perfectamente que nada va a sucederles a los protagonistas y que, por muy mal que lo pasen, el final feliz está garantizado, ya que ellos no son más que inocentes estadounidenses que viajaron al país a ganarse la vida, no sabiendo que iban a trabajar para una malvada multinacional. Lo único que anima la función es la presencia siempre efectiva de Pierce Brosnan, en esta ocasión interpretando un curioso papel, el de una especie de James Bond caduco y en las últimas, dispuesto a todo para defender los intereses más sucios de su amada Inglaterra. Cine de entretenimiento puro (y especialmente duro), que bajo su presunto mensaje contra la colonización económica del Tercer Mundo, no ofrece más que un espectáculo entretenido a ratos, aunque intrascendente.
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domingo, 18 de octubre de 2015
EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS (1940), DE DINO BUZZATI Y DE VALERIO ZURLINI (1976). LA FORTALEZA DE LA LARGA ESPERA.
Giovanni Drogo es un joven teniente que viaja a su destino, la fortaleza Bastani. En su equipaje le acompañan a la vez la ilusión y la inquietud: la ilusión de quien emprende una vida nueva y la inquietud de quien no está seguro de lo que está le deparará. La primera visión de la fortaleza, con ese desierto desnudo a sus pies, despierta sentimientos en su alma. Aunque no lo sabe todavía, Bastani se ha apoderado de él y ya no tendrá fuerzas para abandonarla, salvo esporádicamente, cuando pueda disfrutar de algún permiso, de los que volverá cada vez antes. Y es que, con el paso del tiempo, Drogo se dará cuenta de que su vida ya no pertenece a la ciudad, donde cada vez conoce a menos gente, sino que está consagrada a la eterna espera de acontecimientos parapetado tras los muros de la ciudadela fronteriza con un Estado enemigo.
La existencia en el cuartel es rutinaria, la típica vida militar influenciada por la estricta observancia de un reglamento, lo que deriva en ocasiones en situaciones absurdas, más propias de la literatura kafkiana que de la vida heroica soñada por muchos de los soldados que sirven allí. Al final todos se acostumbran y se acomodan a la rutina de un servicio en el que casi nunca sucede nada y, cuando sucede, es difícil tomar decisiones por la falta de costumbre:
"(...) Pero había que tomar una decisión y eso le disgustaba. Habría preferido continuar la espera, quedarse absolutamente inmóvil, como provocando al destino con el fin de que se desencadenara de verdad."
El secreto para sobrevivir en Bastani es dejar correr el tiempo y habituarse a la falta de responsabilidades más allá de las exigencias del servicio. El único anhelo de Drogo es que alguna vez aparezca el enemigo por el horizonte, algo que daría sentido a su profesión. Pero el desierto permanece limpio. De vez en cuando hay alguna falsa alarma, pero pasan los años y todos se advierten que el único vencedor en aquella guerra invisible es el tiempo. Desde sus parapetos, los soldados se tornan filósofos, esperando un acontecimiento que nunca llega, engullidos por el río del tiempo:
"Entre tanto el tiempo corría, su latido silencioso mide cada vez más precipitado la vida, no podemos parar ni un instante, ni siquiera para una ojeada hacia atrás. "¡Párate! ¡Párate!", quisiéramos gritar, pero comprendemos que es inútil. Todo huye, los hombres, las estaciones, las nubes; y de nada sirve agarrarse a las piedras, resistir en lo alto de un escollo; los dedos cansados se abren, los brazos se aflojan inertes, nos arrastra de nuevo el río, que parece lento pero jamás se para."
Según Jorge Luis Borges, en El desierto de los tártaros "hay una víspera, pero es la de una enorme batalla, temida y esperada. Dino Buzzati, en estas páginas, retrotrae la novela a la epopeya, que fue su manantial. El desierto es real y es simbólico. Está vacío y el héroe espera muchedumbres." Genial el resumen del escritor argentino. Drogo se pasa la vida esperando ver aparecer al enemigo y, en el otoño de su existencia, el destino se torna cruel con él, cuando descubre que el auténtico adversario anidaba en su interior y éste era el tiempo.
La novela de Buzzati puede parecer anticlimática, pero en realidad, atendiendo al año de su publicación, late en la misma una profunda inquietud por el destino de su país, enfrentado a la prueba suprema de su participación en la Segunda Guerra Mundial, después de una espera de meses (él mismo era por esa época corresponsal de guerra para el Corriere de la Sera). Un país que se había militarizado, preparándose para un conflicto inminente y que, a la hora de la verdad, realizó un papel mediocre, aunque 1940 era todavía un año de entusiasmo y reafirmación fascista, para buena parte de la población italiana.
La adaptación cinematográfica a cargo de Valerio Zurlini, cimenta su calidad en dos factores: un profundo amor y respeto a la novela y la sólida interpretación de sus actores. Un proyecto arriesgado, debido a las características del material del que se partía, pero del que Zurlini supo salir airoso.
La existencia en el cuartel es rutinaria, la típica vida militar influenciada por la estricta observancia de un reglamento, lo que deriva en ocasiones en situaciones absurdas, más propias de la literatura kafkiana que de la vida heroica soñada por muchos de los soldados que sirven allí. Al final todos se acostumbran y se acomodan a la rutina de un servicio en el que casi nunca sucede nada y, cuando sucede, es difícil tomar decisiones por la falta de costumbre:
"(...) Pero había que tomar una decisión y eso le disgustaba. Habría preferido continuar la espera, quedarse absolutamente inmóvil, como provocando al destino con el fin de que se desencadenara de verdad."
El secreto para sobrevivir en Bastani es dejar correr el tiempo y habituarse a la falta de responsabilidades más allá de las exigencias del servicio. El único anhelo de Drogo es que alguna vez aparezca el enemigo por el horizonte, algo que daría sentido a su profesión. Pero el desierto permanece limpio. De vez en cuando hay alguna falsa alarma, pero pasan los años y todos se advierten que el único vencedor en aquella guerra invisible es el tiempo. Desde sus parapetos, los soldados se tornan filósofos, esperando un acontecimiento que nunca llega, engullidos por el río del tiempo:
"Entre tanto el tiempo corría, su latido silencioso mide cada vez más precipitado la vida, no podemos parar ni un instante, ni siquiera para una ojeada hacia atrás. "¡Párate! ¡Párate!", quisiéramos gritar, pero comprendemos que es inútil. Todo huye, los hombres, las estaciones, las nubes; y de nada sirve agarrarse a las piedras, resistir en lo alto de un escollo; los dedos cansados se abren, los brazos se aflojan inertes, nos arrastra de nuevo el río, que parece lento pero jamás se para."
Según Jorge Luis Borges, en El desierto de los tártaros "hay una víspera, pero es la de una enorme batalla, temida y esperada. Dino Buzzati, en estas páginas, retrotrae la novela a la epopeya, que fue su manantial. El desierto es real y es simbólico. Está vacío y el héroe espera muchedumbres." Genial el resumen del escritor argentino. Drogo se pasa la vida esperando ver aparecer al enemigo y, en el otoño de su existencia, el destino se torna cruel con él, cuando descubre que el auténtico adversario anidaba en su interior y éste era el tiempo.
La novela de Buzzati puede parecer anticlimática, pero en realidad, atendiendo al año de su publicación, late en la misma una profunda inquietud por el destino de su país, enfrentado a la prueba suprema de su participación en la Segunda Guerra Mundial, después de una espera de meses (él mismo era por esa época corresponsal de guerra para el Corriere de la Sera). Un país que se había militarizado, preparándose para un conflicto inminente y que, a la hora de la verdad, realizó un papel mediocre, aunque 1940 era todavía un año de entusiasmo y reafirmación fascista, para buena parte de la población italiana.
La adaptación cinematográfica a cargo de Valerio Zurlini, cimenta su calidad en dos factores: un profundo amor y respeto a la novela y la sólida interpretación de sus actores. Un proyecto arriesgado, debido a las características del material del que se partía, pero del que Zurlini supo salir airoso.
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