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jueves, 20 de mayo de 2021

EL FIN DEL "HOMO SOVIETICUS" (2013), DE SVELANA ALEKSIEVICH. HUMILLADOS Y OFENDIDOS.

Para Svelana Aleksievich no hay mejores personajes que las personas reales, aquellas que cuentan sus propias historias con un estilo literario a veces sorprendente. La escritora bielorrusa sabe que la historia la hacen - y padecen - los hombres y mujeres corrientes, aquellos que se levantan temprano todos los días para ir al trabajo y que no comprenden muy bien las decisiones de quienes están arriba, pero que sí acaban sufriendo sus consecuencias. Los antiguos ciudadanos soviéticos necesitan narrar sus historias, necesitan que alguien comprenda que fueron víctimas de un sistema inhumano, pero también que lo que vino después fue peor en muchos sentidos. Rusia en el siglo XX fue un país mártir: Revolución, Guerra Civil, hambrunas en Ucrania, represión salvaje de Stalin, invasión nazi, Guerra Fría, desabastecimiento económico, caída de la Unión Soviética, anarquía en las calles... Millones de muertos y muchas más víctimas de la represión, del hambre... El miedo siempre presente. Es difícilmente concebible que tanto sufrimiento sea posible, pero estos testimonios ayudan a acercarnos a lo que en muchas ocasiones era una realidad cotidiana de pesadilla;

"Soy esclava de las palabras… Tengo una fe absoluta en ellas… Siempre escucho las palabras que pronuncian las personas con las que me encuentro y también las de los desconocidos. De hecho, las palabras de los desconocidos me interesan aún más. Una puede esperar cualquier cosa de un desconocido. A veces siento deseos de hablar… Tardo en decidirme a hacerlo. Parece que estoy lista… Pero basta que comience a contar algo para que caiga en la cuenta de que no queda nada de aquel lugar del que quiero hablar. Sólo hay un vacío. Se han desvanecido todos mis recuerdos. De repente, hay un agujero donde antes había un recuerdo memorable. Y tengo que esperar un buen rato hasta que aparezca algo que lo llene. Por eso suelo estar callada. Y cocino mis recuerdos en mi mente. Me muevo a solas por el paisaje de mi memoria: caminos, laberintos, madrigueras..."

La figura de Gorbachov aparece en buena parte de los testimonios como un punto de inflexión en las vidas de los ciudadanos de la URSS. Por primera vez en muchos años la esperanza volvía a estar presente en las conversaciones semiclandestinas que se celebraban en las cocinas de los apartamentos de Moscú. Por fin un socialismo con rostro humano, alguien que se iba a ocupar no solo del poderío militar, sino también del bienestar de los ciudadanos. Al final se convirtió en una figura venerada en el extranjero y odiada en su propio país. El desmantelamiento de la Unión Soviética no trajo más que caos y miseria para la mayoría de la gente. Nadie estaba preparado para cambiar sus vidas de modo tan radical, para adaptarse de un día para otro a un capitalismo salvaje que exigía ganar dinero con los negocios para sobrevivir, mientras los bienes del Estado se repartían entre unos pocos privilegiados. Técnicos, ingenieros y gente con oficios prestigiosos se veían reducidos a vender sus bienes para poder comer. Los supermercados se llenaban de productos exóticos, nuevos comercios repletos de artículos insospechados comenzaban a proliferar en las calles, pero pocos se podían permitir comprarlos:

"De repente, nos veíamos inundados de millones de cajitas y frascos. Se los llevaban a casa como si fueran libros sagrados y cuando habían consumido el contenido de los frascos no los tiraban, sino que los exponían en sitios de honor en los estantes del salón. Las primeras revistas de papel cuché se leían con la devoción que merecen los clásicos. Se tenía fe en que tras esas portadas brillantes, en el interior de aquellas porquerías, una vida maravillosa esperaba agazapada. Hubo colas kilométricas para comer en el primer McDonald’s… Y reportajes en los telediarios. Hubo personas adultas, muy cultivadas, que se llevaron a casa las cajitas de las hamburguesas y las servilletas para mostrarlas después con orgullo a las visitas." 

Esta nueva y desoladora realidad surgida de otra revolución fallida consigue que Moscú, en los años noventa, sea tomada por bandas de mafiosos. Esto provoca que mucha gente mire al pasado con nostalgia, echando de menos incluso los peores años de Stalin. En ocasiones gente que tuvo familiares en el Gulag llega a reivindicar la época en el que el país era un imperio respetado por todo el mundo. Las auténticas víctimas de aquella época son las que nos hacen recordar el horror de ser despertado en plena noche para ser llevado a una tenebrosa sala de interrogatorios, torturado y luego sentenciado a trabajos forzados sin posibilidad de correspondencia con la familia. Estos son los testimonios más duros, los que nos hablan de la absoluta deshumanización que imperó en los años más oscuros del tirano, aquellos en los que nadie podía sentirse seguro, en los que cualquier delación anónima podía traer la desgracia a un hogar. Para muchos otros, vivir en la Unión Soviética significaba una seguridad material que, aunque modesta, se le hacía imposible en la nueva realidad de la Federación Rusa. También valoraban la seguridad emocional ofrecida por el Estado: desde el poder se les decía lo que estaba bien y lo que estaba mal y muchos necesitaban ser dirigidos por un líder fuerte e infalible. Quizá hoy este papel lo ha adoptado Vladimir Putin, el nuevo caudillo que quiere volver a hacer grande a la humillada Rusia por todos los medios posibles. 

Luego están los que padecieron las guerras. No solo la Segunda Guerra Mundial o Gran Guerra Patriótica, sino quienes tuvieron que luchar en Afganistán, Chechenia o el Caúcaso y enfrentarse a la brutalidad cotidiana de conflictos cuyas principales víctimas pertenecían a la población civil. Estas guerras provocaban millones de refugiados que no tenían más remedio que escapar a Moscú y otras capitales, donde eran tratados como escoria. Si algo ha faltado en Rusia a lo largo de su historia es una política humanista que ponga los derechos del hombre por encima de los del Estado. Estos hombres y mujeres aplastados al menos pueden alzar su voz en el libro de Aleksievich y narrar sus calvarios particulares de ciudadanos de un país mártir. Una auténtica obra maestra que retrata a quienes padecen la Historia con mayúsculas. 

miércoles, 21 de octubre de 2015

VOCES DE CHERNÓBIL (2005), DE SVETLANA ALEXIEVICH. CRÓNICA DEL FUTURO.

La concesión del premio Nobel de Literatura ha supuesto una agradable sorpresa este año. Alexievich nació en 1948 en la Unión Soviética (actualmente Bielorrusia) y esta identidad, a caballo entre dos mundos, ha marcado profundamente su obra, fundamentalmente dedicada a la indagación en la historia de su país (o de sus países). Aunque en España solo se ha traducido  esta estremecedora Voces de Chernóbil, se espera que sus obras vayan llegando en el futuro inmediato y así poder disfrutar de esta autora oculta hasta el momento, pero cuyos ensayos tienen mucho que aportar a cualquier lector interesado en algunos de los episodios que marcaron el siglo pasado, tratados desde un punto de vista periodístico, pero dotados a la vez de una especial sensibilidad literaria.

El desastre de Chernóbil ha quedado como uno de esos momentos en los que la historia se paraliza, porque sucede lo impensable, un acontecimiento que no puede explicarse con meras palabras, sobre el que se debe reflexionar mucho tiempo después para ser comprendido en toda su magnitud. Son sucesos únicos, como el Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial o la caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. El mundo contiene la respiración e intenta comprender. La vida no vuelve a ser la misma para muchos millones de seres humanos. Pero lo de Chernóbil tiene un matiz especialmente siniestro, por las características del suceso: la explosión de un reactor nuclear que suelta en la atmósfera una cantidad inusitada de elementos radiactivos, una amenaza invisible y por ello potencialmente más peligrosa que una guerra. Además, dentro de veinte mil años, la radiación seguirá ahí. Quizá Chernobil sea, o al menos eso es lo que quiere transmitirnos la autora, la acción más catastrófica realizada por el hombre, un acontecimiento que estuvo a punto, si hubieran estallado los restantes reactores, de convertir buena parte de Europa en un páramo sin vida:

"Cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción del tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido en este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?"

Pero Voces de Chernóbil no se dedica a resumirnos la historia tantas veces contada. Alexievich prefiere dejar hablar a los protagonistas de aquellos aciagos días, a los habitantes de la zona que no fueron conscientes del peligro hasta que no fue demasiado tarde, a los soldados que fueron enviados a tapar el inmenso agujero nuclear sin apenas equipo de protección, a los dirigentes políticos, a los niños condenados a muerte al nacer y a los campesinos de los alrededores, muchos de los cuales se negaron a ser expulsados de sus casas. A veces estos últimos representan la voz de la Rusia profunda (o de la Bielorrusia profunda), la de esos seres sencillos que aparecen en las novelas de Tolstói, cuya mentalidad no ha cambiado demasiado en siglos, por lo que no podían comprender de ninguna manera qué era eso de la radiación.

El Estado Soviético no estaba preparado para afrontar una situación como aquella. Las autoridades, desde el primer momento, se ocuparon más de ocultar la dimensión de la catástrofe que de proteger a la población. Se tomaron el asunto como una operación militar y se envió al ejército para intentar contener la fuga. La gente veía avanzar a las tropas y a los blindados y su memoria retrocedía a los tiempos de la invasión alemana de la Unión Soviética. Pero este enemigo era distinto. Estaba presente en los alimentos, en la hierba, en los árboles, bajo formas invisbles. Nada parecía haber cambiado, aunque el mismo aire se hubiera vuelto letal de repente. La gente que trabajó alrededor de la Central, bomberos, soldados, obreros, técnicos y liquidadores, fueron considerados héroes por el Estado. Héroes con destinos terribles, con muertes nunca vistas, como si el infierno se hubiera instalado en aquellas tierras:

"Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los últimos dos días… Le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne… Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro."

A los pocos días de sucedida la catástrofe, la gente empezó a darse cuenta de que sus dirigentes le ocultaban la verdad. La televisión estatal no paraba de repetir que la vida era segura en el entorno de la Central y que las noticias que estaban dando las cadenas occidentales no eran más que palabras alarmistas que trataban de desprestigiar al socialismo. Ese socialismo que hasta aquel momento había mostrado una fe absoluta en la técnica, en el dominio de la naturaleza por parte del hombre y ahora no sabía cómo enfrentarse al poder del átomo. La doctrina de Marx ofrecía pocas respuestas a una situación como aquella y Gorbachov, recordando la nula reacción de Stalin ante la invasión de la Unión Soviética por parte de Hitler, no apareció ante su pueblo hasta más de una semana después de la explosión. Se ninguneaba la opinión de los físicos nucleares y se optaba por no hacer cundir el pánico entre la población. Cuando ésta fue evacuada, se le aseguró que lo sería por un par de días. Se enviaron brigadas de limpieza que destruían casas y arrancaban la tierra contaminada, pero estos esfuerzos solo servían para que sus miembros enfermaran a los pocos meses. 

Desde luego, las mayores víctimas de Chernóbil fueron los más pequeños. A pesar de que se creó una amplia zona de exclusión alrededor de la Central, miles de menores fueron irradiados y su infancia se convirtió en un infierno:

"Ante los ojos de estos críos, constantemente entierran algo o a alguien. Lo sumergen bajo tierra. A conocidos. Casas y árboles. Lo entierran todo. Cuando están en formación, estos niños caen desmayados; cuando se quedan de pie unos quince o veinte minutos les sale sangre de la nariz. No hay nada que les pueda asombrar ni alegrar. Siempre somnolientos, cansados. Las caras, pálidas, grises. Ni juegan ni hacen el tonto. Y si se pelean, si rompen sin querer un vidrio, los maestros hasta se alegran. No los riñen, porque no se parecen a los niños. Y crecen tan lentamente… Les pides en una clase que te repitan algo y el crío no puede; la cosa llega a que a veces pronuncias una frase para que la repita después y no puede. «¿Pero dónde estás? ¿Dónde?», los intentas sacar del trance."

Con Voces de Chernóbil la Premio Nobel bielorrusa nos ofrece una visión íntima y plural de un drama colosal, de una catástrofe que no ha terminado todavía y que seguirá produciendo víctimas durante miles de años y que ha dado lugar a anécdotas tan amargas como ésta, fruto de la desesperanza y la falta de futuro de varias generaciones de habitantes de aquella zona:

"Ayer iba en el trolebús. Esta es la escena: un chico no le cede el asiento a un viejo. Y el anciano le reconviene:

  —Cuando seas mayor, tampoco a ti te cederán el asiento.

  —Yo nunca seré viejo —replica el chaval.

  —¿Por qué?

  —Porque pronto moriremos todos."