Mostrando entradas con la etiqueta comunismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta comunismo. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de junio de 2023

LIBRE (2021), DE LEA YPI. EL DESAFÍO DE CRECER EN EL FIN DE LA HISTORIA.

Lea Ypi nació y creció en uno de los países más aislados del mundo, la Albania del dictador Enver Hoxha y sus sucesores. Sin embargo, su infancia fue feliz, debido a que creía estar viviendo en el mejor de los mundos posibles. Como niña, creía toda la propaganda que escuchaba en el colegio y sus padres no tenían más remedio que ocultarle la realidad, tomando la escasez material de todo tipo de productos que sufría el país como algo natural. Solo la presencia esporádica de turistas extranjeros podía llamar su atención, así como las visitas a las tiendas reservadas para éstos, donde podía contemplar productos de los que jamás hubiera imaginado su existencia. Para sus padres y para sus vecinos conseguir decorar la casa con una lata de Coca Cola era un signo de distinción. La falta de libertad no impidió a Lea Ypi disfrutar de una infancia más o menos normal y eso se lo tiene que agradecer a sus padres que consiguieron, frente a viento y marea ocultar a su hija el pasado político de una familia que no se consideraba afín al Régimen.

Albania fue uno de los países que experimentó una transición más conflictiva del socialismo al liberalismo y la democracia. Aunque se intentó establecer un régimen parlamentario al estilo occidental, la anarquía pronto se apoderó del país, impulsada por el fraude - que afectó a medio país - de los fondos de inversión que prometían beneficios enormes e inmediatos. Albania entró casi de inmediato en un túnel oscuro de violencia en el que unas cuantas bandas pseudomafiosas se disputaban el control territorial del país, mientras miles de personas arriesgaban su vida huyendo a Italia, algo que consiguió la madre de la autora, para disgusto de su padre. La historia de Lea Ypi tiene final feliz, pues pudo desarrollar su carrera docente en Italia y en Londres.

Libre es un libro valioso porque es el testimonio lúcido de una persona que ha conocido la existencia en dos mundos totalmente distintos y contrapuestos, una experiencia que puede convertirse en un ejemplo para que el mundo no vuelva a cometer ciertos errores. En sus últimas páginas habla de compañeros universitarios, ya en Occidente, que seguían creyendo en la construcción del socialismo y que consideraban lo que había sucedido detrás del Telón de acero simplemente una experiencia desafortunada que podía enmendarse si se dejaban las riendas a hombres más capaces. Lo cierto es que solo cuando se ha vivido bajo un Estado opresor se conoce el verdadero significado de la palabra libertad. Una libertad que tampoco se ofrece en el mismo grado a todos los ciudadanos de nuetros países democráticos:

"No solo se nos priva de libertad cuando otros nos dicen qué tenemos que decir, dónde tenemos que ir o cómo debemos comportarnos. Una sociedad que presume de permitir a sus ciudadanos desarrollar su potencial humano, pero que no cambia las estructuras que impiden que todos progresen, es igual de opresora. Y sin embargo, pese a todas las restricciones, los seres humanos nunca perdemos nuestra libertad interior: la libertad de hacer lo correcto."

martes, 11 de abril de 2023

LAS PUERTAS DE EUROPA (2021), DE SERHII PLONKY. PASADO Y PRESENTE DE UCRANIA.

Ucrania es un país sacudido como pocos por la Historia. Y no solo porque se haya convertido - de nuevo - en el mártir de Europa después de la invasión rusa del año pasado. Su historia es la de un territorio enclavado en plena ruta de expansión de diversos imperios, por lo que su nacionalismo ha sido siempre inestable, pues la historia ucraniana es la de la confluencia entre lo oriental y lo occidental, entre el mundo mediterráneo y el norte de Europa, influenciado por Polonia, Rusia y otros países de su alrededor. La identidad de Ucrania se ha forjado a base de conflictos y desgracias. Los rusos reclaman el territorio nada menos que cómo la forja de su nación, mientras los ucranianos enfatizan sus diferencias y construyen su propia epopeya nacional, en la que no faltan hechos violentos. Incluso las más relevantes figuras históricas son objeto de reivindicación por ambas partes:

"Tanto Moscú como Kíiv reivindican la figura de Yaroslav el Sabio como uno de sus eminentes gobernantes medievales, y su efigie aparece en los billetes de ambos países. En el de las grivnas ucranianas, el príncipe luce un bigote al estilo ucraniano, similar al que llevaba su abuelo Sviatoslav y fiel a la tradición de los cosacos. En el de rublos rusos, vemos un monumento dedicado a él como fundador legendario de la ciudad rusa de Yaroslavl, mencionada por primera vez en una crónica diecisiete años después de su muerte. Ahí, Yaroslav aparece con la barba típica de Iván el Terrible y los zares moscovitas de su época."

Pero es el siglo XX el que va a poner a prueba verdaderamente la resistencia ucraniana: la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la Guerra Civil, la llegada del comunismo, la hambruna provocada por Stalin para doblegar a los pequeños propietarios del llamado "granero de Europa", la Segunda Guerra Mundial, la caída del comunismo y la inmensa corrupción política que acompañó sus primeros pasos hacia la independencia, incluyendo el envenenamiento de un dirigente como Víktor Yúshchenko, que intentó acercar a Ucrania a Occidente mucho más de lo que Vladimir Putin estaba dispuesto a tolerar.

A pesar de la brava respuesta a la invasión y al decidido apoyo de la Otan - que hace todo lo que puede hasta el límite de no llegar al conflicto abierto con los rusos - el resultado de la guerra sigue siendo incierto a día de hoy, por lo que el penúltimo capítulo de la odisea ucraniana está aún por escribirse. Leer esta crónica de Serhii Plonky es la mejor manera de entrar en antecedentes e intentar comprender un poco la complejísima historia de este país en la encrucijada de demasiadas ambiciones externas. Ojalá los próximos capítulos tengan que ver más con recuperaciones económicas e integraciones en Europa que con el desgraciado conflicto con el que tienen que convivir hoy sus habitantes.

lunes, 7 de diciembre de 2015

EL PUENTE DE LOS ESPÍAS (2015), DE STEVEN SPIELBERG. CABALLERO SIN ESPADA.

La Guerra Fría fue una época de tensión contenida en el seno de la sociedad estadounidense. A pesar de la prosperidad económica de los años cincuenta y de una evidente paz social (que terminaría estallando en mil pedazos en las dos décadas posteriores), la posibilidad de guerra nuclear contra la Unión Soviética estaba siempre presente en la vida cotidiana. Además existía cierta psicosis por la presencia de espías del bando enemigo ocultos entre los ciudadanos. Esta era la forma de guerra habitual que se desarrolló en estos años: la consecución de información y secretos del rival, con el fin de adquirir una ventaja estratégica que pudiera ser decisiva en el caso de un eventual enfrentamiento. Pero el punto más caliente de este conflicto no se hallaba en Washington o en Moscú, sino en Berlín, una ciudad dividida entre las grandes potencias después de la derrota nazi y en la que las tensiones diarias entre ambos bandos llegaron a su punto culminante con la construcción del famoso muro en 1961.

Basada en hechos reales, el protagonista de El puente de los espías es James B. Donovan (Tom Hanks), un abogado especializado en aseguradoras que es requerido para defender a un espía soviético capturado, Rudolf Abel, un hombre de aspecto pacífico, aficionado a la pintura, que podría ser definido más como un gris funcionario del enemigo que como un sanguinario enemigo. No obstante, se trata de un espía al que hay que castigar ejemplarmente. Por eso, se pretende que el papel como abogado de Donovan sea más simbólico que real. El juicio debe aparecer ante la opinión pública (y ante el resto del mundo) como la prueba de que la justicia estadounidense otorga todos los derechos de defensa a sus enemigos, aunque en la práctica la condena a muerte esté ya decidida, tanto por el gobierno, como por el juez asignado para el caso. En esta ecuación fallará el factor abogado. Donovan, un ciudadano idealista y convencido de que la esencia de su país se basa en los derechos civiles, hará todo lo posible por defender a Abel, con el que le unirá una especie de amistad basada en la mutua admiración. El enemigo también puede ser definido como un ser humano. En este sentido Donovan es un heredero directo de los héroes comunes y corrientes del cine americano clásico, personaje recurrente sobre todo en las películas de Frank Capra. 

Y como en otras recientes producciones de Spielberg, especialmente Lincoln, lo que se narra en la pantalla entronca a la perfección con los sucesos del presente. Así lo asegura el director en una conversación con Martin Scorsese publicada en el último número de la revista Caimán, cuadernos de cine:

"(...) La atención moral a la Constitución y a la Carta de Derechos de los EE.UU, y el otorgar a los extranjeros la igualdad de derechos bajo la ley, que es esencial en democracia, era algo que nos hacía estar orgullosos de ser americanos. Todo eso se ha perdido y ha sido sustituido por la ira de mucha gente y la reacción militar y gubernamental ante nuestra ira por haber creado Guántanamo. Es como Lincoln suspendiendo el habeas corpus durante la Guerra Civil. Y eso no podría haber pasado en una nación orgullosa como la de los años cincuenta o sesenta."

Si la primera parte de El puente de los espías cuenta con todas las características del cine judicial, a partir del momento en el que el protagonista es enviado a Berlín para negociar el canje de Abel por el de un piloto estadounidense capturado en suelo soviético, la película se vincula plenamente al cine de espías, pero en su vertiente más realista, alejada de los estereotipos del cine de acción. El modelo de Spielberg en muchas de las escenas que transcurren en un Berlín oscuro y gélido parece ser el maestro Hitchcock, aunque para él el suspense no es más que un instrumento más en su afán por reflexionar acerca de un hecho histórico concreto. La capital alemana de la época, una ciudad muy diferente a la que puede hoy visitarse, está espléndidamente recreada, precisamente en uno de los momentos más negros de su historia, cuando, de la noche a la mañana, se construyó un muro divisorio que aisló a una zona de otra y separó por décadas a familias enteras. Algunos intentan escapar solo para advertir demasiado tarde que la policía fronteriza tiene orden de tirar a matar a los fugitivos. Precisamente dos escenas en este sentido (lo que ve Donovan desde un tren en Berlín y desde otro en su país) dará lugar a uno de esos constrastes que tanto gustan a Spielberg y que hablan con más elocuencia que cualquier discurso de un político.

A pesar de no estar dotada de la solemnidad y grandeza de Lincoln ni con la complejidad de Munich, El puente de los espías es una de esas películas que definen a Spielberg como uno de los grandes directores de la historia del cine. Lo que nos dice fundamentalmente es que un hombre puede marcar la diferencia entre la decencia y la mezquindad, por mucho que sus acciones se pierdan en las complejas corrientes de la historia y que - y esto es fundamental que nos lo apliquemos en el momento presente - el patriotismo ciego no hace buenos ciudadanos, sino esclavos del poder y que ser pragmático - lo cual no está reñido con el amor al propio país, pero desde un punto de vista más racional y crítico - es una actitud mucho más inteligente. Con este espíritu pueden rendirse mejores servicios que dejándose llevar por la marea del pensamiento único que dicten los tiempos. Ahora tengo muchas más ganas, si cabe, de leer el apasionante ensayo de Frederick Kempe, Berlín, 1961.

miércoles, 21 de octubre de 2015

VOCES DE CHERNÓBIL (2005), DE SVETLANA ALEXIEVICH. CRÓNICA DEL FUTURO.

La concesión del premio Nobel de Literatura ha supuesto una agradable sorpresa este año. Alexievich nació en 1948 en la Unión Soviética (actualmente Bielorrusia) y esta identidad, a caballo entre dos mundos, ha marcado profundamente su obra, fundamentalmente dedicada a la indagación en la historia de su país (o de sus países). Aunque en España solo se ha traducido  esta estremecedora Voces de Chernóbil, se espera que sus obras vayan llegando en el futuro inmediato y así poder disfrutar de esta autora oculta hasta el momento, pero cuyos ensayos tienen mucho que aportar a cualquier lector interesado en algunos de los episodios que marcaron el siglo pasado, tratados desde un punto de vista periodístico, pero dotados a la vez de una especial sensibilidad literaria.

El desastre de Chernóbil ha quedado como uno de esos momentos en los que la historia se paraliza, porque sucede lo impensable, un acontecimiento que no puede explicarse con meras palabras, sobre el que se debe reflexionar mucho tiempo después para ser comprendido en toda su magnitud. Son sucesos únicos, como el Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial o la caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. El mundo contiene la respiración e intenta comprender. La vida no vuelve a ser la misma para muchos millones de seres humanos. Pero lo de Chernóbil tiene un matiz especialmente siniestro, por las características del suceso: la explosión de un reactor nuclear que suelta en la atmósfera una cantidad inusitada de elementos radiactivos, una amenaza invisible y por ello potencialmente más peligrosa que una guerra. Además, dentro de veinte mil años, la radiación seguirá ahí. Quizá Chernobil sea, o al menos eso es lo que quiere transmitirnos la autora, la acción más catastrófica realizada por el hombre, un acontecimiento que estuvo a punto, si hubieran estallado los restantes reactores, de convertir buena parte de Europa en un páramo sin vida:

"Cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción del tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido en este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?"

Pero Voces de Chernóbil no se dedica a resumirnos la historia tantas veces contada. Alexievich prefiere dejar hablar a los protagonistas de aquellos aciagos días, a los habitantes de la zona que no fueron conscientes del peligro hasta que no fue demasiado tarde, a los soldados que fueron enviados a tapar el inmenso agujero nuclear sin apenas equipo de protección, a los dirigentes políticos, a los niños condenados a muerte al nacer y a los campesinos de los alrededores, muchos de los cuales se negaron a ser expulsados de sus casas. A veces estos últimos representan la voz de la Rusia profunda (o de la Bielorrusia profunda), la de esos seres sencillos que aparecen en las novelas de Tolstói, cuya mentalidad no ha cambiado demasiado en siglos, por lo que no podían comprender de ninguna manera qué era eso de la radiación.

El Estado Soviético no estaba preparado para afrontar una situación como aquella. Las autoridades, desde el primer momento, se ocuparon más de ocultar la dimensión de la catástrofe que de proteger a la población. Se tomaron el asunto como una operación militar y se envió al ejército para intentar contener la fuga. La gente veía avanzar a las tropas y a los blindados y su memoria retrocedía a los tiempos de la invasión alemana de la Unión Soviética. Pero este enemigo era distinto. Estaba presente en los alimentos, en la hierba, en los árboles, bajo formas invisbles. Nada parecía haber cambiado, aunque el mismo aire se hubiera vuelto letal de repente. La gente que trabajó alrededor de la Central, bomberos, soldados, obreros, técnicos y liquidadores, fueron considerados héroes por el Estado. Héroes con destinos terribles, con muertes nunca vistas, como si el infierno se hubiera instalado en aquellas tierras:

"Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los últimos dos días… Le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne… Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro."

A los pocos días de sucedida la catástrofe, la gente empezó a darse cuenta de que sus dirigentes le ocultaban la verdad. La televisión estatal no paraba de repetir que la vida era segura en el entorno de la Central y que las noticias que estaban dando las cadenas occidentales no eran más que palabras alarmistas que trataban de desprestigiar al socialismo. Ese socialismo que hasta aquel momento había mostrado una fe absoluta en la técnica, en el dominio de la naturaleza por parte del hombre y ahora no sabía cómo enfrentarse al poder del átomo. La doctrina de Marx ofrecía pocas respuestas a una situación como aquella y Gorbachov, recordando la nula reacción de Stalin ante la invasión de la Unión Soviética por parte de Hitler, no apareció ante su pueblo hasta más de una semana después de la explosión. Se ninguneaba la opinión de los físicos nucleares y se optaba por no hacer cundir el pánico entre la población. Cuando ésta fue evacuada, se le aseguró que lo sería por un par de días. Se enviaron brigadas de limpieza que destruían casas y arrancaban la tierra contaminada, pero estos esfuerzos solo servían para que sus miembros enfermaran a los pocos meses. 

Desde luego, las mayores víctimas de Chernóbil fueron los más pequeños. A pesar de que se creó una amplia zona de exclusión alrededor de la Central, miles de menores fueron irradiados y su infancia se convirtió en un infierno:

"Ante los ojos de estos críos, constantemente entierran algo o a alguien. Lo sumergen bajo tierra. A conocidos. Casas y árboles. Lo entierran todo. Cuando están en formación, estos niños caen desmayados; cuando se quedan de pie unos quince o veinte minutos les sale sangre de la nariz. No hay nada que les pueda asombrar ni alegrar. Siempre somnolientos, cansados. Las caras, pálidas, grises. Ni juegan ni hacen el tonto. Y si se pelean, si rompen sin querer un vidrio, los maestros hasta se alegran. No los riñen, porque no se parecen a los niños. Y crecen tan lentamente… Les pides en una clase que te repitan algo y el crío no puede; la cosa llega a que a veces pronuncias una frase para que la repita después y no puede. «¿Pero dónde estás? ¿Dónde?», los intentas sacar del trance."

Con Voces de Chernóbil la Premio Nobel bielorrusa nos ofrece una visión íntima y plural de un drama colosal, de una catástrofe que no ha terminado todavía y que seguirá produciendo víctimas durante miles de años y que ha dado lugar a anécdotas tan amargas como ésta, fruto de la desesperanza y la falta de futuro de varias generaciones de habitantes de aquella zona:

"Ayer iba en el trolebús. Esta es la escena: un chico no le cede el asiento a un viejo. Y el anciano le reconviene:

  —Cuando seas mayor, tampoco a ti te cederán el asiento.

  —Yo nunca seré viejo —replica el chaval.

  —¿Por qué?

  —Porque pronto moriremos todos."

jueves, 10 de septiembre de 2015

EL TELÓN DE ACERO (2014), DE ANNE APPLEBAUM. LA DESTRUCCIÓN DE EUROPA DEL ESTE 1944-1956.

Existen muchos recovecos de la historia, también de la más reciente, que creemos conocer, pero de los que en realidad ignoramos gran parte de las auténticas circunstancias en las que fueron concebidos y desarrollados. La historia que comienza después de la Segunda Guerra Mundial en los países del Este de Europa ha sido en gran parte ignorada en Occidente, por la opacidad de los regímenes que se implantaron y por las implicaciones políticas e ideológicas que inevitablemente chocaban con la objetividad histórica que proporciona una perspectiva temporal más alejada y objetiva. Por eso el libro de Anne Applebaum puede resultar tan novedoso para muchos lectores que tenían una visión sesgada de lo que verdaderamente ocurrió en aquellas naciones durante las cuatro décadas que siguieron a la caída de Hitler, sobre todo en Alemania, Polonia y Hungría, en las que se centra el estudio de la historiadora. 

Lo cierto es que fue Stalin personalmente el que impulsó la interpretación más favorable para sus intereses de los tratados de Yalta y de Potsdam. La primera fase fue entrenar a cuerpos especiales de policía secreta, para que se hicieran cargo de la seguridad en estos países, incluso antes de ser conquistados, pero también se actuó con cautela, para no provocar el rechazo de los Aliados occidentales y se convocaron elecciones libres, que fueron un desastre para los comunistas. Ante esta tesitura, pronto se recurrió a métodos más duros: arrestos con falsas acusaciones de dirigentes y militantes de partidos de derecha y socialdemocráta, que iban a parar en muchas ocasiones a campos de trabajos forzados y de antiguos miembros de la resistencia, a quienes Stalin temía especialmente, por su experiencia combatiendo contra los alemanes. Muchos de ellos fueron deportados al Gulag, en Siberia.

Una vez que el poder pasó formalmente a manos comunistas, con la esencial ayuda de la presencia masiva del Ejército Rojo, empezó la represión contra miembros del partido sospechosos de algún tipo de desviacionismo, llegándose incluso a organizar el espectáculo de juicios amañados al estilo de los celebrados en los años treinta en la Unión Soviética. La toma del poder por los soviéticos fue tan cruel que no se dudó en reciclar campos de concentración nazis para usarlos en la nueva represión, como el de Sachsenhausen o el de Buchenwald. En Budapest se siguió utilizando el tenebroso edificio de la avenida Andrássy, conocido como Casa del terror, como centro de represión y tortura de los disidentes, al igual que había hecho el régimen anterior. La visita al edificio es impresionante y consigue recrear a la perfección la sensación de miedo atroz que debían sentir sus huéspedes forzosos.

Según la doctrina económica comunista, todas las empresas, incluso las más pequeñas, debían ser nacionalizadas y el progreso económico se conseguiría a través de planes quinquenales al estilo soviético. Algunos de ellos eran demasiado ambiciosos para poder ser cumplidos y otros no tenían en cuenta la estructrura económica del Estado donde se iba a aplicar, amén del hecho de que la Unión Soviética había desmantelado buena parte de la industria. Se fomentaba la productividad, estimulando la competitividad entre los obreros con fórmulas basadas en el estajonovismo, que primaban la cantidad sobre la calidad del producto. Se crearon ciudades comunistas de la nada, que terminaron convirtiéndose en un pequeños infiernos altamente contaminados. En algunos casos se logró incrementar el bienestar de parte de la ciudadanía, pero las crisis eran constantes. Oficialmente se culpaba del pobre avance económico, sobre todo en comparación con los países occidentales, a la acción de espías y al sabotaje. A pesar de todo, la fe en los postulados científicos de la doctrina económica del socialismo se mantuvo incólume durante mucho tiempo en buena parte de los cuadros dirigentes y militantes: 

"Por mucho que en ocasiones nos cueste entenderlo, los comunistas creían en su propia doctrina. Aunque ahora, con la perspectiva del tiempo, la ideología comunista nos parezca desatinada, eso no significa que en su momento no inspirara fervorosas creencias. La mayoría de los líderes comunistas de Europa del Este —y muchos de sus seguidores— pensaban realmente que tarde o temprano la mayor parte de la clase obrera adquiriría conciencia de clase, comprendería su destino histórico y votaría un régimen comunista."

Una de las características más reconocibles de las llamadas democracias populares, era la omnipresencia del Estado en todos los aspectos de la vida de los individuos, en primer lugar a través de la presencia continuada de la propaganda, que presentaba a la gente una realidad muy distinta de la codidiana. Cualquier organización o pequeña asociación que no controlara el Estado era sospechosa de realizar actividades ilegales, incluso si se trataba de asociaciones tan aparentemente inocuas como los boys scouts, conjuntos de baile u organizaciones benéficas de corte católica. Todas ellas fueron siendo proscritas de un modo u otro, porque "los nacientes estados totalitarios no podían tolerar ninguna competencia por las pasiones, el talento y el tiempo libre de sus ciudadanos". La gente se iba adaptando como podía a estos cambios, en parte por miedo, en parte por un deseo de vivir en paz derivado de la reciente experiencia de la guerra. Algunos confiaban en las promesas del gobierno, pero otros muchos simplemente trataban de sobrevivir en el día a día sin llamar mucho la atención, mostrando una cara pública y otra en la más estricta intimidad. La única defensa del ciudadano contra la presión del Estado era el humor. Los chistes proliferaron y a más de uno su sentido del humor le costó años de libertad. Hay anécdotas tan curiosas como la que cuenta Andrezej Zalewski, un antiguo empleado de radio polaco:

"Un día de invierno, cometí la estupidez de escribir en el texto del guión: «Un frente atmosférico frío se acerca a nosotros desde Rusia». El locutor lo leyó en alto […] y a la mañana siguiente recibí una llamada: «Ve a ver al director». Fui a ver al director, que me hizo pasar de inmediato. «Zalewski —me dijo—, creí que eras más inteligente. A partir de ahora, recuerda que del Este solo llegan cosas cálidas y agradables.» En ese momento no me pareció gracioso…"

En las sociedades comunistas se hicieron cotidianos términos orwellianos, como doblepensar y se empezó a usar una especie de neolengua que trataba de ocultar el fracaso del sistema. La política se degradó tanto que se dieron situaciones tan kafkianas como ésta:

"Los millones a los que se les obligó a votar abiertamente se presentaron en sus fábricas, oficinas y otros lugares establecidos, y mientras sonaba música de banda los guardias armados los acompañaron a sus lugares de votación […] Les ordenaron que sostuvieran las papeletas —todas con el número tres [el número del bloque comunista]— en alto, por encima de la cabeza, mientras hacían largas colas, para que los guardias pudieran verlas bien.
 

Sin embargo, explicó Mikołajczyk, no todos obedecieron: «Cientos de miles de personas valientes llevaban escondidas papeletas con el número del Partido de los Campesinos, y al acercarse a las urnas se las arreglaron para arrugar la papeleta con el número tres e introducir la que ellos quisieron en el sobre…"

Como ejemplo, se puede decir que en 1954 en Polonia había un registro de elementos criminales y sospechosos de seis millones de personas, un tercio de la población adulta. La paranoia era tal, que en muchas ocasiones la gente ni siquiera podía fiarse ni de sus familiares más directos, ya que se decía que la policía secreta tenía infiltrados en todas partes:

"Un historiador cuenta la historia de dos hermanas húngaras, ambas leales comunistas, que cada una por su lado empezaron a desencantarse con el régimen durante los juicios. Pese a vivir en el mismo apartamento, cada una estaba convencida de que la otra seguía creyendo en el régimen, y ambas seguían repitiendo las consignas estalinistas, incluso la una a la otra, igual que hacían cuando estaban fuera de casa. Al igual que los acusados, la población también debía actuar como si creyera en la verdad de lo que se decía, aunque en realidad tuviera sus dudas."

El telón de acero es una lectura fascinante, un ensayo que nos muestra de manera magistral los distintos aspectos de la vida cotidiana en los países del Este de Europa durante la época comunista y los mecanismos de poder que la hicieron posible. Al final todo acabó cayendo estrepitosamente por su propio peso, aunque nadie esperara que el desmoronamiento fuera tan rápido y absoluto. Si esta situación duró tanto contando, si no con la complicidad, sí con la conformidad de buena parte de la población civil, se debió a muchos factores y este párrafo del libro de Applebaum lo explica perfectamente:

"El logro realmente extraordinario del comunismo soviético —tal como se concibió en la década de 1920, se perfeccionó en la de 1930 y se extendió por Europa del Este después de 1945— fue la capacidad del sistema para lograr que tanta gente apolítica de tantos países se sometiera sin oponer demasiada resistencia. La devastación de la guerra, el agotamiento de sus víctimas, el terror cuidadosamente dirigido y la limpieza étnica —todos los elementos de la sovietización descritos con anterioridad en este libro— forman parte de la explicación. Tanto el recuerdo de la violencia reciente como la amenaza de la violencia futura se cernían de manera constante sobre la población. Si una sola persona de un grupo de veinte era arrestada, eso bastaba para mantener a las otras diecinueve asustadas. La red de informantes de la policía secreta era omnipresente, y aun cuando no lo era, la gente creía que podía serlo. La inevitable y repetitiva propaganda en las escuelas, en los medios de comunicación, en las calles, y en toda clase de reuniones y acontecimientos «apolíticos» hizo que las consignas parecieran forzosas y el sistema, inevitable. ¿Qué sentido tenía oponerse?"