En el prólogo de esta novela, magnífica y desconcertante a la vez, Kazantzakis apunta que su trabajo no es más que un intento de responder a la angustia que le poseía desde la juventud cuando se planteaba la doble naturaleza humana y divina de Cristo, por lo que su historia adopta un punto de vista adopcionista. El adopcionismo sostiene que Jesucristo era simplemente un hombre común que en un determinado momento se vio poseído por la gracia divina, que le encomendó una misión que era casi superior a sus fuerzas.
Jesucristo es un joven galileo corriente que vive en el Israel ocupado por los romanos de hace veinte siglos. Como es lógico, su existencia no podía ser ajena a las preocupaciones de la época. Pocas regiones bajo el dominio de las legiones del César eran tan conflictivas como aquella. Los judíos seguían considerándose un pueblo elegido, por lo que para ellos resultaba una humillación intolerable encontrarse gobernados por un pueblo extranjero. Muchos rezaban esperando un Mesías que los liberase. Otros, como los zelotes, organizaban una resistencia violenta, aunque con pocas posibilidades de éxito frente a la potencia militar romana. Mientras tanto Jesucristo se ve asaltado por dolorosos requerimientos divinos de cada vez mayor intensidad. Él intenta resistirse. Quiere ser impuro, pecador, para apartar de él unas fuerzas poderosas y agresivas que no puede entender. Puede que la mejor manera sea convertirse en el fabricante de las cruces en las que los romanos sacrifican a los rebeldes. Lo único que consigue el joven es ser tachado de traidor ante su pueblo.
Pero las exigencias de Dios no pueden rechazarse tan fácilmente. Entre dudas y sufrimiento, Jesús irá aceptando que ha sido elegido para algo excepcional. Como hombre, le cuesta mucho desprenderse de sus pasiones humanas, de su amor por María Magdalena, de su deseo de casarse y fundar una familia y es presa del demonio de la duda. ¿En qué puede beneficiar a la humanidad que él se sacrifique? Finalmente logrará centrarse en su misión y comenzar su predicación, consiguiendo que le sigan algunos discípulos, aun cuando su mensaje entra directamente en conflicto con los fundamentos de la religión judía.
Cuando yo era pequeño me contaron más de una vez en clase de religión la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro. Aparece en el evangelio de Lucas y es muy conocida. Trata de un hombre rico que se regalaba de copiosas comidas y de un pobre, llamado Lázaro, que vivía en su puerta, ansiando comer las sobras de sus banquetes. Cuando murieron ambos, Lázaro fue al cielo y el rico al infierno. Fue un castigo sin piedad. El profesor que nos contaba la historia la adornaba con los esfuerzos del condenado por aliviar un poco los tormentos del fuego eterno pidiendo que al menos le mojaran un poco los labios, pero no obtenía piedad alguna de los bienaventurados que gozaban de las delicias del cielo. La fábula era un hito en cualquier educación cristiana que se precie: hablaba de los enormes riesgos que corría quien no siguiera la doctrina. No habría piedad. Por eso, me sorprende el final que da a la narración el Cristo de Kazantzakis, que denota su condición humana y piadosa:
"«Dios mío —se dijo para sus adentros— ¿cómo puede ser uno feliz en el paraíso cuando sabe que hay un hombre, un alma que arde por toda la eternidad? Refréscalo, Señor, para que yo me sienta refrescado. Libéralo, Señor, para que yo me sienta liberado. De lo contrario, yo también comenzaré a quemarme». Dios oyó su pensamiento, se regocijó y le dijo: «Amado Lázaro, baja y toma de la mano al sediento. Mis fuentes son inagotables y tráelo contigo para que beba y se refresque. Así tú podrás refrescarte con él». «¿Por toda la eternidad?», preguntó Lázaro. «Por toda la eternidad», respondió Dios."
Pero no todo es tan hermoso en las prédicas del futuro Salvador. Pronto llegan las contradicciones, las dudas en la interpretación de los deseos de un Dios que parece jugar con sus criaturas. Jamás se ha visto a un Jesucristo más desorientado, más discordante con su propio discurso y más atormentado por sus deseos humanos. Paulatinamente su mensaje se vuelve más radical e incendiario. Mientras tanto, descubrimos que sus discípulos no carecen de intereses mundanos, apostando su pobreza temporal a la certeza de una posición de poder en el nuevo orden de cosas que sin duda instaurará su maestro:
"Pronto se sentará en el trono del Universo y todos nosotros, que fuimos suficientemente inteligentes para seguirlo, nos repartiremos los honores y las riquezas. Ya no andarás descalzo, sino que llevarás sandalias de oro y los ángeles se agacharán para anudártelas. Te digo, Natanael, que es un buen negocio; no dejes que se te escape entre los dedos."
En la narración de Kazantzakis el personaje de Judas se revela como alguien casi tan importante como el propio Jesucristo. Se tratade un apostol de la violencia que al final va a ser una pieza imprescindible para que se consume el sacrificio que ha de llevar a la salvación del género humano. El plan de Dios se puede definir como utilitarista: busca el máximo de felicidad para el mayor número posible de beneficiarios, pero a costa del sacrificio de algunos. Es posible que la misión de Judas, un hombre mucho más decidido que el propio Cristo, sea la más difícil:
"—Tendrás la fuerza necesaria, hermano Judas, Dios te la dará porque es necesario que yo muera y que tú me traiciones. Nosotros dos debemos salvar el mundo. Ayúdame.
Judas bajó la cabeza y, al cabo de un momento, preguntó:
—Si tú debieras traicionar a tu maestro, ¿lo harías?
Jesús permaneció largo tiempo pensativo. Al fin dijo:
—No, me temo que no. No podría hacerlo. Por eso, Dios me confió la misión más fácil: la de dejarme crucificar."
Otro personaje de gran interés en este drama es el de Mateo. Mateo es un escriba que se dedica a recopilar los hechos de los que es testigo. Claro que, como buen literato, no se priva de adornar la verdad, exagerando algunos episodios y eludiendo otros. El escritor no tiene reparos en manipular algunos eventos para que coincidan con los vaticinios de los profetas, usando del argumento típicamente religioso de que la verdad divina no tiene por qué coincidir con la verdad humana: la adulteración de los evangelios comienza en el mismo momento de su elaboración.
La versión cinematográfica de Martin Scorsese, con toda la polémica que suscitó (que no consiguió más que otorgar publicidad gratuita a la película), resulta ser la mejor versión que se ha filmado nunca de lo que pudo ser la vida de Jesucristo. Ya desde el primer minuto, un mensaje nos advierte de que se trata de una interpretación libre. En cualquier caso, aceptando que Jesús fue un personaje histórico, hay que concluir que en su época debió ser bastante irrelevante, dado que no existen testimonios fiables de su existencia por parte de los cronistas de la época. Así que, a pesar de los evangelios que fueron elegidos por la Iglesia como canónicos, lo cierto es que a un personaje tan oscuro históricamente como Jesucristo es lícito observarlo desde diversos prismas, sobre todo desde un punto de vista experimental y literario.
Lo mejor de la visión de Scorsese es que no se limita a ser fiel a la novela de Kazantzakis, sino que ofrece su propia versión de un personaje literario fascinante, con la ayuda de unos actores excepcionales. Si bien padece dudas constantes acerca de su condición divina, jamás lo hace respecto a su parte humana: Jesucristo es capaz de reir, de llorar, de enfadarse, de errar, de bailar en una boda y es presa de deseos sexuales, como cualquiera de nosotros. Pero ante todo le aterra la exigencia de tener que ser torturado y sacrificado, renunciar a la felicidad de un vida corriente en pos de un fin superior. Además, su existencia es campo de batalla entre Dios y el diablo, lo cual hace que muchas de sus elecciones sean confusas. ¿Cómo saber que quien habla no es el demonio disfrazado de Dios? Este es un problema que trajo de cabeza a los teólogos medievales y que casi le cuesta a la humanidad su presunta salvación. Magistal libro de Kazantzakis y magistral obra de Scorsese.
lunes, 22 de septiembre de 2014
jueves, 18 de septiembre de 2014
DOCE CUENTOS PEREGRINOS (1992), DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. LATINOAMERICANOS EN EUROPA.
En el magnífico prólogo de Doce cuentos peregrinos, Gabriel García Márquez cuenta el azaroso proceso de creación de este libro, que duró casi dos décadas. Los cuentos se escribían, se reescribían, se perdían entre otros papeles y volvían a encontrarse, practicando siempre el insaciable y abrasivo vicio de escribir de manera compulsiva, hasta alcanzar la perfección que siempre marca su estilo. Porque cada relato constituye una pequeña obra maestra de estilo que consigue el milagro de enlazar temáticamente con el resto. Se trata de narraciones que siempre tienen por eje las andazas de gente de Latinoamérica en Europa, ya hayan viajado al viejo continente por placer, por negocios, por devoción o exiliándose de su país. Son muy interesantes las palabras del escritor colombiano acerca de las diferencias entre cuento y novela:
" (...) el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela. Pues en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento, en cambio, no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura."
En estos relatos García Márquez sigue fundamentalmente explorando las posibilidades que ofrece el realismo mágico, tanto que si se nos diera a leer alguno de ellos sin saber el autor, seguramente podríamos adivinarlo sin muchos problemas. Existe una constante en muchos de ellos: la presencia agazapada de la muerte, esa dama que a veces nos visita en el momento menos esperado, como en el relato El rastro de tu sangre en la nieve, donde asalta a una bella recién casada, después de que esta se pinchara accidentalmente el dedo con la espina de una rosa. En otros como La santa, la muerte se muestra de forma insólita, dejando incorrupto el cuerpo de una niña, cuyo padre sacrifica su existencia para ver reconocido el milagro por el papa de una iglesia desbordada por peticiones similares. También se coquetea con el género de terror, ejecutando una pieza tan inquietante como Solo vine a hablar por teléfono, en el que una situación cotidiana se transforma en una auténtica pesadilla. Otro de los más destacables es Buen viaje, señor presidente, cuyos protagonistas se hacen entrañables al lector por diversos motivos y que contiene una nada grata reflexión sobre la realidad de Hispanoamérica:
"El presidente suspiró. «Así somos, y nada podrá redimirnos», dijo. «Un continente concebido por las heces del mundo entero sin un instante de amor: hijos de raptos, de violaciones, de tratos infames, de engaños, de enemigos con enemigos»."
Merece la pena acercarse a estos Doce cuentos peregrinos, sin más pretensiones que la de leer literatura de exquisita calidad, comprobando que, a pesar de su fijación por ciertos temas y asuntos, la escritura de García Márquez posee la misma maestría cuando aborda un relato corto que cuando lo hace con una novela.
" (...) el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela. Pues en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento, en cambio, no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura."
En estos relatos García Márquez sigue fundamentalmente explorando las posibilidades que ofrece el realismo mágico, tanto que si se nos diera a leer alguno de ellos sin saber el autor, seguramente podríamos adivinarlo sin muchos problemas. Existe una constante en muchos de ellos: la presencia agazapada de la muerte, esa dama que a veces nos visita en el momento menos esperado, como en el relato El rastro de tu sangre en la nieve, donde asalta a una bella recién casada, después de que esta se pinchara accidentalmente el dedo con la espina de una rosa. En otros como La santa, la muerte se muestra de forma insólita, dejando incorrupto el cuerpo de una niña, cuyo padre sacrifica su existencia para ver reconocido el milagro por el papa de una iglesia desbordada por peticiones similares. También se coquetea con el género de terror, ejecutando una pieza tan inquietante como Solo vine a hablar por teléfono, en el que una situación cotidiana se transforma en una auténtica pesadilla. Otro de los más destacables es Buen viaje, señor presidente, cuyos protagonistas se hacen entrañables al lector por diversos motivos y que contiene una nada grata reflexión sobre la realidad de Hispanoamérica:
"El presidente suspiró. «Así somos, y nada podrá redimirnos», dijo. «Un continente concebido por las heces del mundo entero sin un instante de amor: hijos de raptos, de violaciones, de tratos infames, de engaños, de enemigos con enemigos»."
Merece la pena acercarse a estos Doce cuentos peregrinos, sin más pretensiones que la de leer literatura de exquisita calidad, comprobando que, a pesar de su fijación por ciertos temas y asuntos, la escritura de García Márquez posee la misma maestría cuando aborda un relato corto que cuando lo hace con una novela.
EL SECRETO DE LOS HERMANOS GRIMM (2005), DE TERRY GILLIAM. MALDICIONES ANCESTRALES.
Las narraciones orales, a las que posteriormente se denominó cuentos de hadas, aparecen prácticamente en todas las culturas humanas. Si bien en principio eran relatos de aprendizaje que se transmitían oralmente de generación en generación y empezaron a compilarse por escrito desde la Antigüedad. Los hermanos Grimm, que trabajaron ambos como bibliotecarios, se dedicaron a reunir leyendas del folklore alemán y a editarlas en forma escrita, quizá como una forma de reafirmación nacionalista frente al ocupante francés en la época de Napoleón. Lo más curioso es que paulatinamente tuvieron que ir cambiando el sentido de las narraciones para adaptarlas al público infantil. Los cuentos en su estado originario estaban repletos de crueldad y alusiones sexuales.
Decía Paco Alcázar, en una de las magníficas tiras que
publica en la revista Cinemanía que el cine de Terry Gilliam es como “una empanada gigantesca que está buena y
mala a la vez, que tiene efectos alucinógenos y que cuesta muchísimo de hacer”.
Algo
de eso hay en El secreto de los hermanos Grimm, el particular homenaje
del director de Doce monos al mundo de los cuentos de hadas. Partiendo
de una visión apócrifa de la biografía de los hermanos, nos los presenta como
unos embaucadores que se ganan la vida engañando a la gente, salvándolos de
espíritus y maldiciones imaginarias. El esquema que sigue Gilliam es similar al
que describía el estudioso de los mitos Joseph Campbell en su ensayo El
héroe de las mil caras:
"El héroe inicia
su aventura desde el mundo de todos los días hacia una región de prodigios
sobrenaturales, se enfrenta con fuerzas fabulosas y gana una victoria decisiva;
el héroe regresa de su misteriosa aventura con la fuerza de otorgar dones a sus
hermanos."
El secreto de los hermanos Grimm adolece de lo mejor y lo peor del cine
de Terry Gilliam. La historia está bien planteada, con dos timadores que de
pronto se encuentran con que se enfrentan a
verdadera magia, a una auténtica maldición que no tiene nada que ver con
los trucos que ellos usan habitualmente frente a los crédulos campesinos, pero la
apuesta por una presunta espectacularidad en vez de por el desarrollo de los
personajes lastra constantemente su ritmo. Es una lástima que este viaje a los
orígenes del folklore popular, que sabe crear un adecuando clima de terror y
misterio, al final acabe devorado por sus propios excesos. Además, dos actores de la categoría de Matt Damon y, sobre todo un Heath Ledger que pocos años después nos deleitaría con su interpretación del Joker en El caballero oscuro, no están a la altura, demasiado perdidos, sin encontrar jamás el tono de sus personajes.
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lunes, 15 de septiembre de 2014
CINEMA PARADISO (1988), DE GIUSEPPE TORNATORE. LA PANTALLA Y LA VIDA.
La Segunda Guerra Mundial terminó hace poco. Nos encontramos en un pueblecito de Sicilia que trata de salir adelante mientras recuerda a sus muertos y desaparecidos. Uno de estos últimos es el padre de Totó, que fue devorado por la insensata campaña de Rusia, a la que se adhirió con entusiasmo Mussolini. A pesar de los problemas en casa, con una madre viuda a la que le cuesta sacar adelante su hogar, Totó es un niño feliz. Ha nacido despierto e inteligente y además ha descubierto el cine. Siempre que hay sesión en el cine del pueblo, el Cinema Paradiso, allí está Totó para contemplar, fascinado, las vidas ajenas que muestra la pantalla. No tardará en trabar amistad con el operador, Alfredo, un hombre que va a suplir a su padre y va a convertirse en su auténtico maestro.
Lo milagroso de Cinema Paradiso es su magistral utilización del cine dentro del cine. Hay momentos mágicos en los que nosotros, el público que asistía al cine Albéniz, compartiamos las emociones de lo que veían en pantalla los habitantes de Giancaldo, para los que el cine era algo más que un entretenimiento: era una vía de escape, el único medio de conocer otras realidades, de conocer historias en las que triunfa el amor puro y en las que el bien suele triunfar. Pero también les proyectan filmes de Roberto Rossellini y otros neorrealistas. Y entonces el pueblo experimenta una plena identificación con las imágenes que contempla, con la dureza del trabajo diario y el amargo fruto que este dispensa a veces a la gente más humilde. Y mientras tanto, en la sala de cine (en la de la película, no en la nuestra, nosotros estábamos hechizados), bulle la vida. La gente se siente partícipe de la historia que está contemplando, la vive en sus propias carnes, rie y llora con los personajes y aún tiene tiempo para gastar bromas pesadas a sus vecinos. En Cinema Paradiso la vida se muestra a muchos niveles y Tornatore implica emocionalmente al espectador sin mucho disimulo, como si éste también formara parte de la platea dentro de la pantalla.
Porque no hay que olvidar que la historia no es más que las imágenes de los recuerdos de un Totó maduro, un hombre de éxito que vive en Roma y que no ha vuelto a su pueblo ni siquiera para visitar a su anciana madre. El Totó adulto conserva la mirada pícara del niño que fue, pero también advertimos en él un poso de amargura, seguramente porque no ha vuelto a vivir la vida tan plenamente como en aquellos años. En cualquier caso, no cabe duda de que tiene que agradecer a Alfredo haberse convertido en la persona que es en ese momento. Como le pidió su mentor, tuvo que huir de Sicilia, tuvo que abandonar el sur para prosperar. Porque la maldición bíblica de la pobreza, la dureza del neorrealismo, ha seguido azotando esas tierras durante todos esos años. Tierras sin esperanza, pero en las que jamás faltan las alegrías primordiales de la vida. La demolición del Cinema Paradiso, el falso progreso de destruir un edificio histórico (al menos sentimentalmente histórico para los habitantes de Giancaldo) para construir un aparcamiento, es la imagen del desmoronamiento de los sueños de juventud. Por suerte el cine es inmortal. Siempre nos va a seguir haciendo compañía, renovando nuestras ilusiones, ofreciéndonos refugio temporal frente a las inclemencias de la vida diaria. Lo más parecido que tenemos al paraíso terrenal.
Lo milagroso de Cinema Paradiso es su magistral utilización del cine dentro del cine. Hay momentos mágicos en los que nosotros, el público que asistía al cine Albéniz, compartiamos las emociones de lo que veían en pantalla los habitantes de Giancaldo, para los que el cine era algo más que un entretenimiento: era una vía de escape, el único medio de conocer otras realidades, de conocer historias en las que triunfa el amor puro y en las que el bien suele triunfar. Pero también les proyectan filmes de Roberto Rossellini y otros neorrealistas. Y entonces el pueblo experimenta una plena identificación con las imágenes que contempla, con la dureza del trabajo diario y el amargo fruto que este dispensa a veces a la gente más humilde. Y mientras tanto, en la sala de cine (en la de la película, no en la nuestra, nosotros estábamos hechizados), bulle la vida. La gente se siente partícipe de la historia que está contemplando, la vive en sus propias carnes, rie y llora con los personajes y aún tiene tiempo para gastar bromas pesadas a sus vecinos. En Cinema Paradiso la vida se muestra a muchos niveles y Tornatore implica emocionalmente al espectador sin mucho disimulo, como si éste también formara parte de la platea dentro de la pantalla.
Porque no hay que olvidar que la historia no es más que las imágenes de los recuerdos de un Totó maduro, un hombre de éxito que vive en Roma y que no ha vuelto a su pueblo ni siquiera para visitar a su anciana madre. El Totó adulto conserva la mirada pícara del niño que fue, pero también advertimos en él un poso de amargura, seguramente porque no ha vuelto a vivir la vida tan plenamente como en aquellos años. En cualquier caso, no cabe duda de que tiene que agradecer a Alfredo haberse convertido en la persona que es en ese momento. Como le pidió su mentor, tuvo que huir de Sicilia, tuvo que abandonar el sur para prosperar. Porque la maldición bíblica de la pobreza, la dureza del neorrealismo, ha seguido azotando esas tierras durante todos esos años. Tierras sin esperanza, pero en las que jamás faltan las alegrías primordiales de la vida. La demolición del Cinema Paradiso, el falso progreso de destruir un edificio histórico (al menos sentimentalmente histórico para los habitantes de Giancaldo) para construir un aparcamiento, es la imagen del desmoronamiento de los sueños de juventud. Por suerte el cine es inmortal. Siempre nos va a seguir haciendo compañía, renovando nuestras ilusiones, ofreciéndonos refugio temporal frente a las inclemencias de la vida diaria. Lo más parecido que tenemos al paraíso terrenal.
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domingo, 14 de septiembre de 2014
UN ESPEJO LEJANO. EL CALAMITOSO SIGLO XIV (1978), DE BARBARA W. TUCHMAN. GUERRA, PESTE Y CARESTÍA.
A veces me sorprendo cuando alguien asegura que la época que estamos viviendo es la peor de la historia. Sería bueno que leyeran un poco de historia y se asomaran, por ejemplo, a la realidad del siglo XIV, repleto de calamidades, y que Barbara W. Tuchman estudia de manera tan magistral en este libro.
Según parece, la intención original de la historiadora era escribir una biografía acerca de unos de los personajes más interesantes del siglo, Enguerrand de Coucy, que fue el prototipo de caballero de la época. Vasallo del rey de Francia, los testimonios escritos que nos han llegado coinciden en mostrarlo como un ser muy apreciado por todos, incluso por sus enemigos. Coucy representa lo mejor y lo peor de una manera de entender la guerra, la de la caballería francesa, que pecaba de una insensata seguridad en sí misma, por lo que apenas atendía a las innovaciones bélicas y tácticas que empezaban a asomar para acabar con la forma de guerra medieval. A pesar de haber logrado victorias notables, la doctrina militar de aquel tiempo carecía de la sofisticación suficiente como para sacarles partido. El final de Coucy, después del desastre que supuso la batalla de Nicópolis, planteada como un firme intento de parar los pies a la expansión en Europa del sultán otomano Bayaceto, fue indigno de un caballero. Después de contemplar como los otomanos degollaban a casi todos sus compañeros prisioneros, que varias jornadas antes mostraban una imprudente confianza en su superioridad, fue encerrado hasta que se pagara un cuantioso rescate por su persona. Murió poco después en su cautiverio.
Pero sería erróneo definir Un espejo lejano como una mera biografía de Enguerrand de Coucy, porque el retrato del caballero no es más que una mera excusa para trazar un profundo fresco de la vida en uno de los peores siglos que ha conocido Europa. Fue un periodo marcado por la interminable Guerra de los Cien años, entre Francia e Inglaterra. Pero también por los estragos que causaba la peste negra, por el hambre que causaba en las clases más humildes la guerra y las malas cosechas, por la profunda crisis social y religiosa que acabó en un doloroso cisma entre Roma y Aviñón, por la violencia de las bandas de mercenarios que saqueaban al pueblo y por las sangrientas revoluciones a las que dio lugar todo ello. Para la mentalidad medieval tanta desgracia solo podía significar que Dios había abandonado al hombre a su suerte. Otros aseguraban que todos esos eventos tenían su lógica en la inminente llegada del Anticristo, ayudado por la proliferación de demonios y brujas y, por consiguiente, del fin del mundo.
El conflicto entre Francia e Inglaterra estuvo marcado por la dolorosa derrota francesa en la batalla de Poitiers (1356), que supuso la cautividad de la flor y nata de la caballería y del mismísimo monarca galo, por los que se pidió un rescate que hundió aún más la economía francesa durante años. En cualquier caso, los problemas internos que posteriormente asolaron a los ingleses y las nuevas tácticas defensivas francesas, obligadas por la escasez de su ejército, volvieron a equilibrar la balanza un par de décadas después. En una época en la que la idea de Estado-nación era todavía incipiente, los reyes debían negociar con los distintos señores las condiciones de cualquier campaña y a veces se producían traiciones dolorosas por parte de personajes tan nocivos como Carlos de Navarra.
Lo cierto es que la principal víctima de la guerra era la gente más humilde, prácticamente abandonada a su suerte por los nobles y por la iglesia, cuando no masacrada por el terror de la peste negra, una plaga caprichosa, que podía acabar con el ochenta por ciento de los habitantes de un pueblo y respetar la villa vecina. Toda esta despoblación y miseria, con hombres y mujeres teniendo que dejar sus aldeas, soldados sin oficio cuando se firmaban las treguas y la población en general teniendo que hacer frente a través de impuestos cada vez más brutales a los gastos de los nobles y la iglesia, conformaban un cóctel explosivo que estalló en forma de brutales levantamientos revolucionarios "para destruir a todos los nobles de la Tierra y que así no haya más" y en la proliferación de las compañías francas, grupos organizados de excombatientes que se dedicaban a extorsionar territorios enteros y con los que nobles tenían que negociar para lograr apaciguarlos.
Era una edad crédula, bastante salvaje, anárquica y de costumbres bárbaras entre las clases populares:
"Entre los pasatiempos aldeanos, había uno en que los jugadores, con las manos atadas a la espalda, competían en matar a cabezazos un gato sujeto a un poste, con riesgo de que les desgarrase las mejillas o les saltase a los ojos. Las trompetas colaboraban a la excitación general. O bien un cerdo, metido en un corral ancho, era acosado por hombres con porras, con regocijo con los espectadores, mientras escapaba chillando hasta que, al fin, perecía a puros golpes. Las gentes medievales, habituadas a las tribulaciones y heridas, disfrutaban con el espectáculo del dolor, antes que sentirse repelidas por él. Los ciudadanos de Mons compraron a la población vecina un criminal para tener el placer de asistir a su descuartizamiento. Tal vez la dura infancia del Medievo produjo adultos que no concedían a los demás mayor importancia que la que ellos habían tenido en sus años de formación."
¿Y qué hacía la Iglesia ante este panorama? Podría parecer que la institución eclesiástica era la última esperanza de quienes lo habían perdido todo, que ofrecería consuelo a los más miserables. La realidad, salvo alguna excepción, era muy distinta. Jamás la Iglesia mostró una rapacidad semejante, una apetencia de bienes materiales tan desmesurada. El mismo papa Clemente VI, escandalizado, se expresaba en estos términos:
"(...)¿qué predicaréis al pueblo? Si humildad, sois los más soberbios de la creación, hinchados, pomposos y suntuosos en lujos. Si pobreza, sois tan rapaces que todos los beneficios del mundo no os bastan. Si castidad... Pero callemos aquí, que Dios sabe lo que cada uno hace y cómo muchos de vosotros hartáis vuestra concupiscencia."
Los intereses naturales de la Iglesia se encontraban claramente del lado de los más poderosos. Ambas partes se retroalimentaban. El noble se encargaba de la administración civil, de mantener una apariencia de orden y de recaudar los impuestos y el sacerdote tenía la tarea de amenazar con el infierno a quien no efectuara puntualmente el trabajo del señor, obedeciera las leyes o no pagase sus impuestos y diezmos. La gente del siglo XIV tenía una constante necesidad de comunicarse con Dios, pero no encontraba un mediador fiable en una Iglesia absolutamente corrompida, por lo que proliferaron sectas como los Begardos o los Hermanos del Espíritu Libre, además de las órdenes mendicantes en el propio seno de la Iglesia, que que predicaban una auténtica pobreza y una comunicación directa con Dios, sin mediadores interesados. El remate a las desgracias del siglo fue el cisma y la coexistencia de dos papas, lo que confundía a la gente humilde, que no sabía que partido tomar. Si la Tierra era un valle de lágrimas y la única esperanza estaba en seguir las enseñanzas de la Iglesia para alcanzar la vida eterna tras la muerte, ¿cómo saber cual era la iglesia verdadera? ¿y si siguiendo a uno de los papas se cometía herejía y se enfurecía a Dios? La principal virtud del libro de Tuchman es conseguir que el lector se ponga en el lugar de estos seres desvalidos, se estremezca experimentando los sucesos de una las épocas más oscuras de la humanidad y, sobre todo, agradezca no haber nacido por aquel entonces.
Según parece, la intención original de la historiadora era escribir una biografía acerca de unos de los personajes más interesantes del siglo, Enguerrand de Coucy, que fue el prototipo de caballero de la época. Vasallo del rey de Francia, los testimonios escritos que nos han llegado coinciden en mostrarlo como un ser muy apreciado por todos, incluso por sus enemigos. Coucy representa lo mejor y lo peor de una manera de entender la guerra, la de la caballería francesa, que pecaba de una insensata seguridad en sí misma, por lo que apenas atendía a las innovaciones bélicas y tácticas que empezaban a asomar para acabar con la forma de guerra medieval. A pesar de haber logrado victorias notables, la doctrina militar de aquel tiempo carecía de la sofisticación suficiente como para sacarles partido. El final de Coucy, después del desastre que supuso la batalla de Nicópolis, planteada como un firme intento de parar los pies a la expansión en Europa del sultán otomano Bayaceto, fue indigno de un caballero. Después de contemplar como los otomanos degollaban a casi todos sus compañeros prisioneros, que varias jornadas antes mostraban una imprudente confianza en su superioridad, fue encerrado hasta que se pagara un cuantioso rescate por su persona. Murió poco después en su cautiverio.
Pero sería erróneo definir Un espejo lejano como una mera biografía de Enguerrand de Coucy, porque el retrato del caballero no es más que una mera excusa para trazar un profundo fresco de la vida en uno de los peores siglos que ha conocido Europa. Fue un periodo marcado por la interminable Guerra de los Cien años, entre Francia e Inglaterra. Pero también por los estragos que causaba la peste negra, por el hambre que causaba en las clases más humildes la guerra y las malas cosechas, por la profunda crisis social y religiosa que acabó en un doloroso cisma entre Roma y Aviñón, por la violencia de las bandas de mercenarios que saqueaban al pueblo y por las sangrientas revoluciones a las que dio lugar todo ello. Para la mentalidad medieval tanta desgracia solo podía significar que Dios había abandonado al hombre a su suerte. Otros aseguraban que todos esos eventos tenían su lógica en la inminente llegada del Anticristo, ayudado por la proliferación de demonios y brujas y, por consiguiente, del fin del mundo.
El conflicto entre Francia e Inglaterra estuvo marcado por la dolorosa derrota francesa en la batalla de Poitiers (1356), que supuso la cautividad de la flor y nata de la caballería y del mismísimo monarca galo, por los que se pidió un rescate que hundió aún más la economía francesa durante años. En cualquier caso, los problemas internos que posteriormente asolaron a los ingleses y las nuevas tácticas defensivas francesas, obligadas por la escasez de su ejército, volvieron a equilibrar la balanza un par de décadas después. En una época en la que la idea de Estado-nación era todavía incipiente, los reyes debían negociar con los distintos señores las condiciones de cualquier campaña y a veces se producían traiciones dolorosas por parte de personajes tan nocivos como Carlos de Navarra.
Lo cierto es que la principal víctima de la guerra era la gente más humilde, prácticamente abandonada a su suerte por los nobles y por la iglesia, cuando no masacrada por el terror de la peste negra, una plaga caprichosa, que podía acabar con el ochenta por ciento de los habitantes de un pueblo y respetar la villa vecina. Toda esta despoblación y miseria, con hombres y mujeres teniendo que dejar sus aldeas, soldados sin oficio cuando se firmaban las treguas y la población en general teniendo que hacer frente a través de impuestos cada vez más brutales a los gastos de los nobles y la iglesia, conformaban un cóctel explosivo que estalló en forma de brutales levantamientos revolucionarios "para destruir a todos los nobles de la Tierra y que así no haya más" y en la proliferación de las compañías francas, grupos organizados de excombatientes que se dedicaban a extorsionar territorios enteros y con los que nobles tenían que negociar para lograr apaciguarlos.
Era una edad crédula, bastante salvaje, anárquica y de costumbres bárbaras entre las clases populares:
"Entre los pasatiempos aldeanos, había uno en que los jugadores, con las manos atadas a la espalda, competían en matar a cabezazos un gato sujeto a un poste, con riesgo de que les desgarrase las mejillas o les saltase a los ojos. Las trompetas colaboraban a la excitación general. O bien un cerdo, metido en un corral ancho, era acosado por hombres con porras, con regocijo con los espectadores, mientras escapaba chillando hasta que, al fin, perecía a puros golpes. Las gentes medievales, habituadas a las tribulaciones y heridas, disfrutaban con el espectáculo del dolor, antes que sentirse repelidas por él. Los ciudadanos de Mons compraron a la población vecina un criminal para tener el placer de asistir a su descuartizamiento. Tal vez la dura infancia del Medievo produjo adultos que no concedían a los demás mayor importancia que la que ellos habían tenido en sus años de formación."
¿Y qué hacía la Iglesia ante este panorama? Podría parecer que la institución eclesiástica era la última esperanza de quienes lo habían perdido todo, que ofrecería consuelo a los más miserables. La realidad, salvo alguna excepción, era muy distinta. Jamás la Iglesia mostró una rapacidad semejante, una apetencia de bienes materiales tan desmesurada. El mismo papa Clemente VI, escandalizado, se expresaba en estos términos:
"(...)¿qué predicaréis al pueblo? Si humildad, sois los más soberbios de la creación, hinchados, pomposos y suntuosos en lujos. Si pobreza, sois tan rapaces que todos los beneficios del mundo no os bastan. Si castidad... Pero callemos aquí, que Dios sabe lo que cada uno hace y cómo muchos de vosotros hartáis vuestra concupiscencia."
Los intereses naturales de la Iglesia se encontraban claramente del lado de los más poderosos. Ambas partes se retroalimentaban. El noble se encargaba de la administración civil, de mantener una apariencia de orden y de recaudar los impuestos y el sacerdote tenía la tarea de amenazar con el infierno a quien no efectuara puntualmente el trabajo del señor, obedeciera las leyes o no pagase sus impuestos y diezmos. La gente del siglo XIV tenía una constante necesidad de comunicarse con Dios, pero no encontraba un mediador fiable en una Iglesia absolutamente corrompida, por lo que proliferaron sectas como los Begardos o los Hermanos del Espíritu Libre, además de las órdenes mendicantes en el propio seno de la Iglesia, que que predicaban una auténtica pobreza y una comunicación directa con Dios, sin mediadores interesados. El remate a las desgracias del siglo fue el cisma y la coexistencia de dos papas, lo que confundía a la gente humilde, que no sabía que partido tomar. Si la Tierra era un valle de lágrimas y la única esperanza estaba en seguir las enseñanzas de la Iglesia para alcanzar la vida eterna tras la muerte, ¿cómo saber cual era la iglesia verdadera? ¿y si siguiendo a uno de los papas se cometía herejía y se enfurecía a Dios? La principal virtud del libro de Tuchman es conseguir que el lector se ponga en el lugar de estos seres desvalidos, se estremezca experimentando los sucesos de una las épocas más oscuras de la humanidad y, sobre todo, agradezca no haber nacido por aquel entonces.
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viernes, 12 de septiembre de 2014
ROBOCOP (2014), DE JOSÉ PADILHA. EL HOMBRE DE HOJALATA.
Al día siguiente de la muerte de Emilio Botín, los medios ya hablan del gran reto de su sucesora: elevar los beneficios, seguir recaudando dinero en progresión geométrica. Un año con beneficios, pero con menos beneficios que el anterior, es un fracaso que debe ser solventado con despidos y cierres de oficinas. Algo de esto hay en la filosofía de la multinacional OmniCorp, empresa que domina el mercado de armamento de alta tecnología para el ejército de Estados Unidos, amasando millones con los contratos de robots-policías para mantener el orden en paises controlados por la superpotencia por todo el mundo. Pero los directivos de OmniCorp no son felices. Existe una ley del Congreso que impide que esta tecnología se utilice en territorio americano y cada minuto que pasa con esta ley vigente, ellos dejan de ingresar muchos millones de dólares , lo que les hace sentirse muy desgraciados, porque podrían ser un poco más ricos si los congresistas entraran en razón.
Bajo esta premisa comienza la nueva versión de Robocop, película que, aun tratándose de un remake, quiere guardar algunas distancias con su predecesora. Aquí la historia se centra casi por completo en los sentimientos del protagonista, un policía que, después de sufrir un brutal atentado, y de hombre libre se ve transformado en un producto, en un híbrido entre humano y máquina que constituye la gran esperanza de OmniCorp para ablandar los corazones del pueblo americano y se permita que sus robots también patrullen las ciudades estadounidenses. Todo sea por sacar a los criminales de las calles. Ni que decir tiene que los métodos de OmniCorp no son muy respetuosos con los derechos civiles: se basan en el control de cientos de miles de cámaras de videovigilancia y el escaneo continuo de los ciudadanos, para comprobar que están limpios.
Así pues, Murphy, el policía, deberá ser a partir de ahora el emblemático Robocop, una especie de monstruo de Frankenstein aturdido y conmocionado, que no sabe si agradecer o maldecir al doctor Norton (un sobrio Gary Oldman), el genio responsable de su resurrección, su nueva y terrible condición. Solo por la escena en la que al pobre Murphy le quitan la armadura y comprueba que solo le han quedado intactos la cabeza, una mano y algunos órganos vitales, ya merece la pena asomarse a la película. Además, su cráneo se puede abrir fácilmente para que los técnicos de la empresa le puedan manipular el cerebro a gusto. ¿Dónde está el límite de lo humano? ¿Hasta que punto este personaje mutilado sigue teniendo la misma identidad de que gozaba como persona?
Si comparamos el Robocop de 2014 con la versión original de Paul Verhoeven, esta sale claramente ganando, por su originalidad, por su irónico sentido de la violencia y por su retrato de un mundo sin muchas esperanzas, dominado por la empresa privada y por una omnipresente publicidad (esos telediarios...). En la versión del director de Tropa de élite, esta ironía queda concentrada en las apariciones de un histriónico Samuel L. Jackson como una especie de telepredicador empresarial (¿llegará algún día ese oficio a hacerse realidad?) y la violencia ha bajado bastantes enteros, pareciéndose a veces las escenas de lucha más a la pantalla de un videojuego que a una pelea real, quizá para describir la sensación de irrealidad que en todo momento está viviendo el personaje principal. Además Verhoeven proponía un viaje diferente y más interesante para el protagonista: al principio su mente era la de un robot y poco a poco, a base de recuerdos fugaces, debía ir reconstruyendo su humanidad. Hubiera sido un error que Padilha repitiera el argumento tan al pie de la letra, por lo que ha optado por adentrarse en los límites identitarios entre hombre y máquina, consiguiendo unos resultados irregulares, pero bastante más interesantes de lo que hicieron ver en su momento las rigurosas críticas que se dedicaron a esta película.
Bajo esta premisa comienza la nueva versión de Robocop, película que, aun tratándose de un remake, quiere guardar algunas distancias con su predecesora. Aquí la historia se centra casi por completo en los sentimientos del protagonista, un policía que, después de sufrir un brutal atentado, y de hombre libre se ve transformado en un producto, en un híbrido entre humano y máquina que constituye la gran esperanza de OmniCorp para ablandar los corazones del pueblo americano y se permita que sus robots también patrullen las ciudades estadounidenses. Todo sea por sacar a los criminales de las calles. Ni que decir tiene que los métodos de OmniCorp no son muy respetuosos con los derechos civiles: se basan en el control de cientos de miles de cámaras de videovigilancia y el escaneo continuo de los ciudadanos, para comprobar que están limpios.
Así pues, Murphy, el policía, deberá ser a partir de ahora el emblemático Robocop, una especie de monstruo de Frankenstein aturdido y conmocionado, que no sabe si agradecer o maldecir al doctor Norton (un sobrio Gary Oldman), el genio responsable de su resurrección, su nueva y terrible condición. Solo por la escena en la que al pobre Murphy le quitan la armadura y comprueba que solo le han quedado intactos la cabeza, una mano y algunos órganos vitales, ya merece la pena asomarse a la película. Además, su cráneo se puede abrir fácilmente para que los técnicos de la empresa le puedan manipular el cerebro a gusto. ¿Dónde está el límite de lo humano? ¿Hasta que punto este personaje mutilado sigue teniendo la misma identidad de que gozaba como persona?
Si comparamos el Robocop de 2014 con la versión original de Paul Verhoeven, esta sale claramente ganando, por su originalidad, por su irónico sentido de la violencia y por su retrato de un mundo sin muchas esperanzas, dominado por la empresa privada y por una omnipresente publicidad (esos telediarios...). En la versión del director de Tropa de élite, esta ironía queda concentrada en las apariciones de un histriónico Samuel L. Jackson como una especie de telepredicador empresarial (¿llegará algún día ese oficio a hacerse realidad?) y la violencia ha bajado bastantes enteros, pareciéndose a veces las escenas de lucha más a la pantalla de un videojuego que a una pelea real, quizá para describir la sensación de irrealidad que en todo momento está viviendo el personaje principal. Además Verhoeven proponía un viaje diferente y más interesante para el protagonista: al principio su mente era la de un robot y poco a poco, a base de recuerdos fugaces, debía ir reconstruyendo su humanidad. Hubiera sido un error que Padilha repitiera el argumento tan al pie de la letra, por lo que ha optado por adentrarse en los límites identitarios entre hombre y máquina, consiguiendo unos resultados irregulares, pero bastante más interesantes de lo que hicieron ver en su momento las rigurosas críticas que se dedicaron a esta película.
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jueves, 11 de septiembre de 2014
ULTIMÁTUM A LA TIERRA (1951), DE ROBERT WISE. EL EQUILIBRIO CÓSMICO.
A principios de los años cincuenta la Guerra Fría se había consolidado ya como un conflicto irresoluble entre los antiguos aliados de la Segunda Guerra Mundial. Hacía poco que se sabía que la Unión Soviética había obtenido la bomba nuclear y los puentes entre Truman y Stalin estaban prácticamente rotos. Es paradójico decirlo, pero si ambas superpotencias no llegaron a entrar jamás en combate de forma directa fue porque la destrucción mutua, como se había probado amargamente pocos años antes en Hiroshima y Nagasaki, estaba más que asegurada. Con este panorama se fomentaban las amenazas, se alentaba la guerra en escenarios más o menos remotos (Corea fue el primer ejemplo) y la tensión hacía vivir a los ciudadanos pensando en la posibilidad cierta de sufrir una horrible muerte abrasados en un infierno nuclear. No eran pensamientos descabellados. Más de una vez se estuvo cerca del desastre y no había fuerza en este mundo capaz de mediar entre tan poderosos contendientes.
En aquella época alguna mente privilegiada de Hollywood, basándose en los cientos de relatos de Ciencia Ficción que proliferaban en esos años, debió pensar que la única solución tendría que provenir de fuera, de nuestros vecinos del espacio. Y así comienza una historia inquietante, que debió inquietar a muchos espectadores de la época. Ultimátum a la Tierra comienza con una alerta: se acerca un objeto no identificado a la atmósfera de nuestro planeta. El Ovni aterrizará en Washington, ante la espectación del mundo entero. De su interior surge un ser antropomorfo, con todos los rasgos humanos. Aunque viene en son de paz, no se libra de conocer desde primera hora como nos las gastamos en la Tierra: recibe un disparo en un brazo y hay que trasladarlo al hospital.
Pronto Klaatu va a desvelar el objeto de su misión. Desde su planeta se ha detectado el uso de armas nucleares en nuestro planeta, un factor que podría desestabilizar la paz galáctica. Como es imposible reunir a los dirigentes de todos los países en una sola habitación, al extraterrestre se le ocurre hablar con una representación de los mejores científicos, sin duda gente mucho más racional y comprensiva que los políticos. Su mensaje es tan claro como contundente: la advertencia de que si los hombres no ponen fin a sus conflictos, el planeta será destruido. Se trata de una paz obligatoria, impuesta por unos seres mucho más poderosos, cuyo representante actúa con toda la diplomacia que da de sí su paciencia, que no es infinita, pero con firmeza. Su partida después de pronunciar su discurso es toda una metáfora de la espada de Damocles que estaba suspendida sobre el mundo en aquellos momentos. Para las dos superpotencias, recurrir a la violencia era lo mismo que suicidarse.
Visionar Ultimátum a la Tierra en una sala de cine sigue siendo una experiencia estimulante, aun en nuestros días. Puede que sus efectos especiales hayan quedado muy anticuados, que el robot Gort no nos impresione tanto como a los espectadores de hace sesenta años o que muchas de sus situaciones sean un poco ingenuas, pero el tono que da Wise a la historia sigue ejerciendo un inmenso poder de fascinación, quizá porque el extraterrestre no logra comprender jamás del todo la forma de actuar de los humanos y se pasa media película oculto o huyendo, bebiendo buena parte de su argumento del mejor género negro con toques de terror.
En aquella época alguna mente privilegiada de Hollywood, basándose en los cientos de relatos de Ciencia Ficción que proliferaban en esos años, debió pensar que la única solución tendría que provenir de fuera, de nuestros vecinos del espacio. Y así comienza una historia inquietante, que debió inquietar a muchos espectadores de la época. Ultimátum a la Tierra comienza con una alerta: se acerca un objeto no identificado a la atmósfera de nuestro planeta. El Ovni aterrizará en Washington, ante la espectación del mundo entero. De su interior surge un ser antropomorfo, con todos los rasgos humanos. Aunque viene en son de paz, no se libra de conocer desde primera hora como nos las gastamos en la Tierra: recibe un disparo en un brazo y hay que trasladarlo al hospital.
Pronto Klaatu va a desvelar el objeto de su misión. Desde su planeta se ha detectado el uso de armas nucleares en nuestro planeta, un factor que podría desestabilizar la paz galáctica. Como es imposible reunir a los dirigentes de todos los países en una sola habitación, al extraterrestre se le ocurre hablar con una representación de los mejores científicos, sin duda gente mucho más racional y comprensiva que los políticos. Su mensaje es tan claro como contundente: la advertencia de que si los hombres no ponen fin a sus conflictos, el planeta será destruido. Se trata de una paz obligatoria, impuesta por unos seres mucho más poderosos, cuyo representante actúa con toda la diplomacia que da de sí su paciencia, que no es infinita, pero con firmeza. Su partida después de pronunciar su discurso es toda una metáfora de la espada de Damocles que estaba suspendida sobre el mundo en aquellos momentos. Para las dos superpotencias, recurrir a la violencia era lo mismo que suicidarse.
Visionar Ultimátum a la Tierra en una sala de cine sigue siendo una experiencia estimulante, aun en nuestros días. Puede que sus efectos especiales hayan quedado muy anticuados, que el robot Gort no nos impresione tanto como a los espectadores de hace sesenta años o que muchas de sus situaciones sean un poco ingenuas, pero el tono que da Wise a la historia sigue ejerciendo un inmenso poder de fascinación, quizá porque el extraterrestre no logra comprender jamás del todo la forma de actuar de los humanos y se pasa media película oculto o huyendo, bebiendo buena parte de su argumento del mejor género negro con toques de terror.
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