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viernes, 12 de septiembre de 2014

ROBOCOP (2014), DE JOSÉ PADILHA. EL HOMBRE DE HOJALATA.

Al día siguiente de la muerte de Emilio Botín, los medios ya hablan del gran reto de su sucesora: elevar los beneficios, seguir recaudando dinero en progresión geométrica. Un año con beneficios, pero con menos beneficios que el anterior, es un fracaso que debe ser solventado con despidos y cierres de oficinas. Algo de esto hay en la filosofía de la multinacional OmniCorp, empresa que domina el mercado de armamento de alta tecnología para el ejército de Estados Unidos, amasando millones con los contratos de robots-policías para mantener el orden en paises controlados por la superpotencia por todo el mundo. Pero los directivos de OmniCorp no son felices. Existe una ley del Congreso que impide que esta tecnología se utilice en territorio americano y cada minuto que pasa con esta ley vigente, ellos dejan de ingresar muchos millones de dólares , lo que les hace sentirse muy desgraciados, porque podrían ser un poco más ricos si los congresistas entraran en razón.

Bajo esta premisa comienza la nueva versión de Robocop, película que, aun tratándose de un remake, quiere guardar algunas distancias con su predecesora. Aquí la historia se centra casi por completo en los sentimientos del protagonista, un policía que, después de sufrir un brutal atentado, y de hombre libre se ve transformado en un producto, en un híbrido entre humano y máquina que constituye la gran esperanza de OmniCorp para ablandar los corazones del pueblo americano y se permita que sus robots también patrullen las ciudades estadounidenses. Todo sea por sacar a los criminales de las calles. Ni que decir tiene que los métodos de OmniCorp no son muy respetuosos con los derechos civiles: se basan en el control de cientos de miles de cámaras de videovigilancia y el escaneo continuo de los ciudadanos, para comprobar que están limpios.

Así pues, Murphy, el policía, deberá ser a partir de ahora el emblemático Robocop, una especie de monstruo de Frankenstein aturdido y conmocionado, que no sabe si agradecer o maldecir al doctor Norton (un sobrio Gary Oldman), el genio responsable de su resurrección, su nueva y terrible condición. Solo por la escena en la que al pobre Murphy le quitan la armadura y comprueba que solo le han quedado intactos la cabeza, una mano y algunos órganos vitales, ya merece la pena asomarse a la película. Además, su cráneo se puede abrir fácilmente para que los técnicos de la empresa le puedan manipular el cerebro a gusto. ¿Dónde está el límite de lo humano? ¿Hasta que punto este personaje mutilado sigue teniendo la misma identidad de que gozaba como persona?

Si comparamos el Robocop de 2014 con la versión original de Paul Verhoeven, esta sale claramente ganando, por su originalidad, por su irónico sentido de la violencia y por su retrato de un mundo sin muchas esperanzas, dominado por la empresa privada y por una omnipresente publicidad (esos telediarios...). En la versión del director de Tropa de élite, esta ironía queda concentrada en las apariciones de un histriónico Samuel L. Jackson como una especie de telepredicador empresarial (¿llegará algún día ese oficio a hacerse realidad?) y la violencia ha bajado bastantes enteros, pareciéndose a veces las escenas de lucha más a la pantalla de un videojuego que a una pelea real, quizá para describir la sensación de irrealidad que en todo momento está viviendo el personaje principal. Además Verhoeven proponía un viaje diferente y más interesante para el protagonista: al principio su mente era la de un robot y poco a poco, a base de recuerdos fugaces, debía ir reconstruyendo su humanidad. Hubiera sido un error que Padilha repitiera el argumento tan al pie de la letra, por lo que ha optado por adentrarse en los límites identitarios entre hombre y máquina, consiguiendo unos resultados irregulares, pero bastante más interesantes de lo que hicieron ver en su momento las rigurosas críticas que se dedicaron a esta película. 

viernes, 7 de junio de 2013

TROPA DE ÉLITE (2007), DE JOSE PADILHA. VIGILAR Y CASTIGAR.


Resulta curioso que uno de los protagonistas de Tropa de élite, un policía que oculta su profesión ante sus compañeros, acuda a la facultad de derecho como alumno y realice un trabajo acerca de Vigilar y castigar, de Michel Foucault, el ensayo que estudia la evolución de las penas desde la Edad Media y como la vigilancia continua y la imposición de hábitos al delincuente parecen ser soluciones para su redención. Como el panóptico que ideó Bentham, las favelas son un espacio cerrado sobre sí mismo sometido constantemente a vigilancia por las fuerzas del orden. Sus habitantes nunca pueden saber cuando están siendo observados, cuando la policía va a caer sobre ellos saliendo de la nada (la especialidad de las tropas de élite que dan título a la película), por lo que los que se dedican al narcotráfico deben crear un sistema de contravigilancia, formado por niños apostados en puntos clave del laberinto de las favelas para tratar de avisar con bengalas cuando se produzcan estas incursiones. 

José Padilha retrata la vida cotidiana en las zonas más miserables de Río de Janeiro como una guerra permanente de todos contra todos, en la que la única forma de coexistencia consiste en una frágil tregua tácita por la que se consiente una presencia policial testimonial bajo control de las bandas (una de las denuncias más claras del film es que los policías convencionales tienen un sueldo tan escaso que han de complementarlo con los sobornos que les ofrecen los narcotraficantes). El frágil equilibrio de este ecosistema va a cambiar cuando el papa anuncie su intención de alojarse cerca de las favelas en uno de sus viajes a Río de Janeiro, lo que hará intervenir a la incorruptible unidad de élite de la policía, una institución de carácter fascistoide cuyo afán es cumplir las órdenes usando cualquier método que estime conveniente, entre ellos la tortura. No hay más que contemplar sus métodos de entrenamiento, aún más brutales que los del sargento Hartman de La chaqueta metálica.

Tropa de élite no es una narración de carácter moral. Padilha se limita a retratar las realidades más dolorosas de un país en el que sigue existiendo una muy estratificada división entre clases sociales. Los hijos de los burgueses lavan su conciencia acudiendo a la favela en representación de una Ong (con permiso de los narcotraficantes, los amos de la zona), pero aprovechan para consumir y traficar a pequeña escala. Mientras tanto, la policía de élite ejecuta su cruzada contra las drogas a sangre y fuego, sin importar las víctimas colaterales (niños incluidos) que va dejando en su camino. Un infierno de violencia y muerte del que no se puede salir, en el que los habitantes más pobres de Brasil deben tomar partido a favor de los delincuentes si quieren sobrevivir en el día a día y donde las autoridades del Estado son el enemigo. ¿No sería una solución más inteligente que ese mismo Estado asumiera el papel de los traficantes y afrontara esa responsabilidad? La película solo muestra las consecuencias de la política ciega que se ha seguido durante décadas y sus escenas de violencia, que recuerdan en ocasiones a las de Black Hawk derribado, de Ridley Scott, son un testimonio crudo de una realidad opresiva que sigue golpeando en el país del futuro, del que hablaba Stefan Zweig.