A veces el cine nos regala estupendas adaptaciones literarias de nuestros libros favoritos. Madame Bovary, la novela que ha fascinado a generaciones de lectores, no podía ser la excepción. Esperando ver pronto en la gran pantalla la versión que acaba de filmar Sophie Barthes, al fin me he podido asomar a la del maestro Claude Chabrol, que contó, como no podía ser de otra manera, con su actriz fetiche, Isabelle Huppert, para el papel principal.
En lo personal, la novela de Flaubert es uno de esos casos de narración que uno cree conocer muy bien (he leído el libro en tres ocasiones y las dos últimas me parecía estar leyendo algo diferente a lo que recordaba), pero en la que siempre se encuentran aspectos nuevos sobre los que reflexionar. Esta vez se me ha ocurrido - seguro que los múltiples estudios sobre la novela es un aspecto más que analizado - que las vidas de Emma y Charles ofrecen algunos paralelismos sorprendentes: ambos se pierden cuando quieren ir más allá del papel que la sociedad les ha asignado. En el caso de Charles, que es un médico rural competente siempre que se enfrente a casos ordinarios, el desastroso resultado de la operación de un pie deforme - convencido por los cantos de sirena del farmaceútico - causa su vergüenza y desprestigio profesional, aunque finalmente es capaz de volver sobre sus pasos a su posición de siempre, de la que nunca debió salir. Lo de Emma es mucho más radical, pero en el fondo es lo mismo: no es el farmaceútico, sino las novelas que lee las que la convencen de que el papel de digna esposa de un hombre gris no está hecho para ella. Por eso se embarca en un par de aventuras sentimentales en las que se siente como una princesa de cuento de hadas. Y como las princesas necesitan vestir como tales, los gastos se disparan, aunque los temas monetarios no tengan cabida en la burbuja de sus sueños. Emma es tan inconsciente que es un auténtico regalo para sus amantes, que pueden poseerla ofreciéndole tan solo vagas promesas. Cuando la señora Bovary despierta, la solución a los problemas que ha ido acumulando irresponsablemente, es tan radical como sus sueños.
Aunque no está realizada con una riqueza de medios excesiva, Madame Bovary de Claude Chabrol es una obra muy agradable para el espectador. Sin pretender experimentar a partir de la obra de Flaubert, como ya lo han hecho otros cineastas, literatos y autores de cómics, Chabrol se ciñe al texto original y confía en el buen hacer de sus actores. Isabelle Hupert compone a una protagonista llena de matices, interpretando con solvencia a Emma a distintas edades, siempre con un eterno aire de superioridad que a la postre será su perdición. Por su parte Jean François Balmer es el perfecto Charles Bovary, el médico que no se entera muy bien de lo que sucede a su alrededor y que está siempre dispuesto a perdonar a su mujer, a la que ama con locura. Como curiosidad, he de añadir que la película estuvo nominada a un Oscar al mejor vestuario.
martes, 11 de marzo de 2014
lunes, 10 de marzo de 2014
MATADERO CINCO (1969), DE KURT VONNEGUT Y DE GEORGE ROY HILL (1972). LAS CENIZAS DE DRESDE.
Resulta fascinante cuando uno se acerca a un libro con una idea y resulta que el contenido es totalmente distinto al imaginado. Yo siempre había pensado que Matadero cinco era una novela centrada en las experiencias del autor como testigo del bombardeo de Dresde, pero, aunque ese hecho histórico tiene una importancia fundamental en la trama, la narración camina por otros muchos derroteros. Desde que aborda el prólogo, el lector va advirtiendo que deambula por un terreno repleto de sorpresas. Y esta impresión se confirma a través de la estructura de la novela, repleta de saltos temporales, por lo que se nos muestra una visión fragmentada y la vez completa de la vida de Billy Pilgrim.
El bombardeo de Dresde es uno de los asuntos más controvertidos de la Segunda Guerra Mundial. Durante años, los Aliados se emplearon con saña contra las ciudades alemanas, destruyendo casi por completo algunas de ellas (no hay más que recordar la ofensiva aérea contra Hamburgo a mitad del año 1943, la primera tormenta de fuego). Hasta febrero de 1945 Dresde, la llamada Florencia del Elba, no había sufrido ningún ataque de importancia, había sido declarada ciudad abierta y sus habitantes esperaban llegar al final de la guerra con su ciudad prácticamente intacta. Pensaban que lo merecía, debido a su fabuloso patrimonio arquitectónico y artístico. Pero eso no eran más que ilusiones. La noche del 13 de febrero comenzó uno de los bombardeos más terroríficos de la contienda, que se ensañó con el centro histórico de Dresde, provocando numerosos incendios que fueron alimentándose en sucesivas oleadas de ataques, hasta provocar una tormenta de fuego que derritió todo a su paso, incluidos los ciudadanos que se escondían en unos refugios antiaéreos que se convirtieron en auténticos hornos.
Cuando todo terminó, de lo que era una de las más hermosas urbes de Europa no quedaron más que esqueletos de edificios, cenizas y montañas de cadáveres, un paisaje lunar que Vonnegut - que tuvo la fortuna de ser protegido junto a un grupo de prisioneros americanos en un refugio un poco mejor en el Matadero de Dresde - pudo contemplar fascinado y horrorizado al mismo tiempo. En su ocaso, los nazis aprovecharon la devastación de la ciudad para denunciar los bombardeos terroristas de los Aliados y entre estos últimos muchas voces se alzaron contra la barbarie de los ataques aéreos contra ciudades ya prácticamente indefensas. En esa época y hasta bastante tiempo después se calcularon las cifras de fallecidos en cientos de miles. En la actualidad se han realizado estimaciones más racionales y se ha llegado a la conclusión de que fueron unas treinta mil las muertes, lo cual no disminuye un ápice la atrocidad del ataque.
El escritor de Indianápolis recoge las palabras - reales o ficticias - que dirigió a su editor acerca de su percepción del asunto:
"Mira Sam, si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre. Solamente los pájaros cantan."
Pero, como he dicho, Matadero Cinco aprovecha las experiencias bélicas del autor para escribir una novela muy distinta a la que podría esperar un lector conocedor de tan terrible episodio histórico. En realidad la narración es la biografía fragmentada de su protagonista, incluyendo episodios de su infancia, de su adolescencia, la Segunda Guerra Mundial, su boda y su rapto por seres del planeta Tralfamadore, lo que le dota a la novela de un toque de ciencia ficción lisérgica muy propio de la época en la que fue escrita. Como es habitual en estos casos (a finales de los años sesenta estaba muy de moda el tema Ovni y una de sus derivaciones, las abducciones), la víctima describe a unos seres dotados de una tecnología imposible e intenta difundir su experiencia por todos los medios a su alcance. En esta ocasión el mensaje de los extraterrestres no tiene nada que ver con advertencias acerca de la frágil paz mundial, sino que es mucho más científico: el tiempo no es lineal, sino que todos los momentos existen en el mismo instante, por lo que Billy Pilgrim vive su vida saltando del futuro al pasado y otra vez al futuro sin orden alguno. Él experimenta esto como una realidad tranquilizadora: como todo está ya escrito, hay que aceptar lo que nos sucede (y nos seguirá sucediendo una y otra vez) con resignación y calma, incluso la muerte, que es una ilusión.
Lejos de ser una fuente de confusión, la estructura de la novela, que coincide con los caóticos saltos temporales del protagonista, está tan magistralmente concebida que el lector sabe en todo momento situar a Pilgrim en la línea espacio-temporal correspondiente. Particularmente insólito y divertido es el episodio en el que éste viaja en una nave extraterrestre al planeta Tralfamadore para ser exhibido como un animal de zoológico, junto a una famosa actriz a la que se lleva junto a él para que se apareen ante la curiosidad y la admiración de los habitantes del lejano planeta. Otro pasaje muy original es la visita a los prisioneros americanos, en la víspera del bombardeo de Dresde, de un excéntrico personaje. Se trata de Howard W. Campbell Jr, el americano nazi, que quiere reclutar un ejército de jóvenes estadounidenses para enfrentarse a la que considera la auténtica amenaza: el comunismo. Una actitud que no hubiera desagradado del todo al general Patton. Por supuesto, el personaje es demasiado bueno para ser cierto. Se trata de una genial invención de Vonnegut.
Pocos años después de ser publicada la novela se estrenó su versión cinematográfica a cargo del prestigioso George Roy Hill (el director de Dos hombres y un destino). La película, siguiendo casi de manera literal a su original literario, pone énfasis en el absurdo de la guerra - una cruzada protagonizada por jóvenes casi niños - en un momento en el que los estadounidenses estaban hastiados del conflicto de Vietnam. Aún siendo simplemente una correcta traslación a la pantalla de la novela, existen algunas escenas por las que merece la pena visionarla. Particularmente me quedo con el panorama que se le ofrece a Pilgrim de las torres de Dresde desde el tren y el paseo posterior por su maravilloso casco histórico. Nadie sospecha lo que va a suceder solo unas horas después. Qué efímera es la belleza y que estúpidas son algunas decisiones humanas.
El bombardeo de Dresde es uno de los asuntos más controvertidos de la Segunda Guerra Mundial. Durante años, los Aliados se emplearon con saña contra las ciudades alemanas, destruyendo casi por completo algunas de ellas (no hay más que recordar la ofensiva aérea contra Hamburgo a mitad del año 1943, la primera tormenta de fuego). Hasta febrero de 1945 Dresde, la llamada Florencia del Elba, no había sufrido ningún ataque de importancia, había sido declarada ciudad abierta y sus habitantes esperaban llegar al final de la guerra con su ciudad prácticamente intacta. Pensaban que lo merecía, debido a su fabuloso patrimonio arquitectónico y artístico. Pero eso no eran más que ilusiones. La noche del 13 de febrero comenzó uno de los bombardeos más terroríficos de la contienda, que se ensañó con el centro histórico de Dresde, provocando numerosos incendios que fueron alimentándose en sucesivas oleadas de ataques, hasta provocar una tormenta de fuego que derritió todo a su paso, incluidos los ciudadanos que se escondían en unos refugios antiaéreos que se convirtieron en auténticos hornos.
Cuando todo terminó, de lo que era una de las más hermosas urbes de Europa no quedaron más que esqueletos de edificios, cenizas y montañas de cadáveres, un paisaje lunar que Vonnegut - que tuvo la fortuna de ser protegido junto a un grupo de prisioneros americanos en un refugio un poco mejor en el Matadero de Dresde - pudo contemplar fascinado y horrorizado al mismo tiempo. En su ocaso, los nazis aprovecharon la devastación de la ciudad para denunciar los bombardeos terroristas de los Aliados y entre estos últimos muchas voces se alzaron contra la barbarie de los ataques aéreos contra ciudades ya prácticamente indefensas. En esa época y hasta bastante tiempo después se calcularon las cifras de fallecidos en cientos de miles. En la actualidad se han realizado estimaciones más racionales y se ha llegado a la conclusión de que fueron unas treinta mil las muertes, lo cual no disminuye un ápice la atrocidad del ataque.
El escritor de Indianápolis recoge las palabras - reales o ficticias - que dirigió a su editor acerca de su percepción del asunto:
"Mira Sam, si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre. Solamente los pájaros cantan."
Pero, como he dicho, Matadero Cinco aprovecha las experiencias bélicas del autor para escribir una novela muy distinta a la que podría esperar un lector conocedor de tan terrible episodio histórico. En realidad la narración es la biografía fragmentada de su protagonista, incluyendo episodios de su infancia, de su adolescencia, la Segunda Guerra Mundial, su boda y su rapto por seres del planeta Tralfamadore, lo que le dota a la novela de un toque de ciencia ficción lisérgica muy propio de la época en la que fue escrita. Como es habitual en estos casos (a finales de los años sesenta estaba muy de moda el tema Ovni y una de sus derivaciones, las abducciones), la víctima describe a unos seres dotados de una tecnología imposible e intenta difundir su experiencia por todos los medios a su alcance. En esta ocasión el mensaje de los extraterrestres no tiene nada que ver con advertencias acerca de la frágil paz mundial, sino que es mucho más científico: el tiempo no es lineal, sino que todos los momentos existen en el mismo instante, por lo que Billy Pilgrim vive su vida saltando del futuro al pasado y otra vez al futuro sin orden alguno. Él experimenta esto como una realidad tranquilizadora: como todo está ya escrito, hay que aceptar lo que nos sucede (y nos seguirá sucediendo una y otra vez) con resignación y calma, incluso la muerte, que es una ilusión.
Lejos de ser una fuente de confusión, la estructura de la novela, que coincide con los caóticos saltos temporales del protagonista, está tan magistralmente concebida que el lector sabe en todo momento situar a Pilgrim en la línea espacio-temporal correspondiente. Particularmente insólito y divertido es el episodio en el que éste viaja en una nave extraterrestre al planeta Tralfamadore para ser exhibido como un animal de zoológico, junto a una famosa actriz a la que se lleva junto a él para que se apareen ante la curiosidad y la admiración de los habitantes del lejano planeta. Otro pasaje muy original es la visita a los prisioneros americanos, en la víspera del bombardeo de Dresde, de un excéntrico personaje. Se trata de Howard W. Campbell Jr, el americano nazi, que quiere reclutar un ejército de jóvenes estadounidenses para enfrentarse a la que considera la auténtica amenaza: el comunismo. Una actitud que no hubiera desagradado del todo al general Patton. Por supuesto, el personaje es demasiado bueno para ser cierto. Se trata de una genial invención de Vonnegut.
Pocos años después de ser publicada la novela se estrenó su versión cinematográfica a cargo del prestigioso George Roy Hill (el director de Dos hombres y un destino). La película, siguiendo casi de manera literal a su original literario, pone énfasis en el absurdo de la guerra - una cruzada protagonizada por jóvenes casi niños - en un momento en el que los estadounidenses estaban hastiados del conflicto de Vietnam. Aún siendo simplemente una correcta traslación a la pantalla de la novela, existen algunas escenas por las que merece la pena visionarla. Particularmente me quedo con el panorama que se le ofrece a Pilgrim de las torres de Dresde desde el tren y el paseo posterior por su maravilloso casco histórico. Nadie sospecha lo que va a suceder solo unas horas después. Qué efímera es la belleza y que estúpidas son algunas decisiones humanas.
sábado, 8 de marzo de 2014
AMOR (2012), DE MICHAEL HANEKE. SOBRE LA SENECTUD Y LA MUERTE.
Una dotación de bomberos ha sido avisada para que acuda a un domicilio parisino, debido al mal olor que emana de la vivienda. Después de llamar a la puerta y no obtener respuesta, fuerzan la misma, para encontrar lo que se espera en una situación así: el espectáculo de la muerte de unos ancianos solitarios.
Pero llegar hasta la muerte, hasta ese presunto descanso, no es una tarea fácil en la mayoría de las ocasiones. Viajamos al pasado inmediato. Vemos como la pareja formada por Anne y Georges sobrelleva bien su ancianidad. Llevan una existencia marcada por la lentitud, sabiamente sazonada por emociones profundas, como la música. Casi todo su tiempo transcurre en el interior de un piso burgués en el centro de París. El espectador descubre enseguida que se trata de una pareja culta: han sido profesores de música clásica y poseen una vistosa biblioteca. Sus salidas al exterior, además de las lógicas para hacer la compra, son especiales cuando asisten al concierto de algún antiguo alumno, lo cual les enorgullece y da sentido a la labor realizada en el pasado. Así transcurre la recta final de sus vidas, con resignación y sosiego, hasta que un día aciago la enfermedad empieza a acosar a Anne. La reacción de Georges, ante el reto que supone cuidar de una mujer moribunda, que va dejando atrás progresivamente su salud y su memoria, justifica plenamente el título de la cinta. No hay mayor prueba de amor que acompañar en la muerte al ser con el que se ha compartido íntimamente la vida.
El otro personaje importante de Amor es Eva, la hija de la pareja. Aunque quiere mostrarse compresiva con la situación de sus progenitores, jamás alcanza a comprender la intensidad del drama que están viviendo y, sobre todo, el profundo significado del sacrificio que está llevando a cabo su padre, que está gastando sus últimas fuerzas en cuidar a una mujer que tiende cada vez más hacia el estado vegetativo. Georges acaba cediendo en parte y contrata a una enfermera a tiempo parcial, pero se niega a internar a su esposa. Eva también asiste con impotencia al drama, pero solo en visitas esporádicas. Luego puede salir y continuar su vida, quizá con algunos remordimientos. Pero ¿qué se puede hacer contra la vejez y la decadencia? ¿la asumiremos nosotros cuando nos toque el turno? Es una etapa de la vida del ser humano que ha sido reflejada escasamente en el cine y en la literatura y, cuando se hace, se tiende a mostrar a ancianos amables y sabios y no a gente que sufre enfermedades degenerativas. Por eso la película de Haneke es tan perturbadora. Siguiendo el parsimonioso ritmo de la terrible recta final de la existencia de los ancianos nos damos cuenta de lo lenta y penosa que es a veces la muerte. Todo está mostrado con tal nivel de detalle que casi podemos oler las secreciones de Anne y sentir la impotencia de Georges. Como espectadores a veces queremos apartar la mirada ante el exceso de realidad que nos muestra el director austriaco. En nuestra vida cotidiana solo pensamos en la muerte en momentos íntimos, pero enseguida desechamos esa idea. Que se nos muestre el proceso con esa minuciosidad no es plato de gusto, pero no está mal recordar de vez en cuando lo que somos en realidad.
Haneke podía haber ido aún más lejos. Podría haber mostrado el mismo proceso en una pareja de ancianos pobres, que no contaran con ayuda de ningún tipo. Pero quizá nos está intentando mostrar que al final la decadencia es igual para todos y que el dinero no marca una gran diferencia para quien está agonizando. Amor puede ser visionada como metáfora de esa vieja Europa de la que hablaba el canalla de Donald Rumsfeld cuando intentaba que países como Francia secundaran a Estados Unidos en la invasión de Irak. Nuestro continente se parece en estos momentos a esa pareja de ancianos, viviendo en un hogar todavía digno, pero decadente, guardando el tesoro de la cultura clásica, pero a la vez asediados por una implacable senectud. Pero olviden todo lo dicho y admiren las últimas imágenes de la película, el mejor final posible para una obra dura y angustiosa.
Pero llegar hasta la muerte, hasta ese presunto descanso, no es una tarea fácil en la mayoría de las ocasiones. Viajamos al pasado inmediato. Vemos como la pareja formada por Anne y Georges sobrelleva bien su ancianidad. Llevan una existencia marcada por la lentitud, sabiamente sazonada por emociones profundas, como la música. Casi todo su tiempo transcurre en el interior de un piso burgués en el centro de París. El espectador descubre enseguida que se trata de una pareja culta: han sido profesores de música clásica y poseen una vistosa biblioteca. Sus salidas al exterior, además de las lógicas para hacer la compra, son especiales cuando asisten al concierto de algún antiguo alumno, lo cual les enorgullece y da sentido a la labor realizada en el pasado. Así transcurre la recta final de sus vidas, con resignación y sosiego, hasta que un día aciago la enfermedad empieza a acosar a Anne. La reacción de Georges, ante el reto que supone cuidar de una mujer moribunda, que va dejando atrás progresivamente su salud y su memoria, justifica plenamente el título de la cinta. No hay mayor prueba de amor que acompañar en la muerte al ser con el que se ha compartido íntimamente la vida.
El otro personaje importante de Amor es Eva, la hija de la pareja. Aunque quiere mostrarse compresiva con la situación de sus progenitores, jamás alcanza a comprender la intensidad del drama que están viviendo y, sobre todo, el profundo significado del sacrificio que está llevando a cabo su padre, que está gastando sus últimas fuerzas en cuidar a una mujer que tiende cada vez más hacia el estado vegetativo. Georges acaba cediendo en parte y contrata a una enfermera a tiempo parcial, pero se niega a internar a su esposa. Eva también asiste con impotencia al drama, pero solo en visitas esporádicas. Luego puede salir y continuar su vida, quizá con algunos remordimientos. Pero ¿qué se puede hacer contra la vejez y la decadencia? ¿la asumiremos nosotros cuando nos toque el turno? Es una etapa de la vida del ser humano que ha sido reflejada escasamente en el cine y en la literatura y, cuando se hace, se tiende a mostrar a ancianos amables y sabios y no a gente que sufre enfermedades degenerativas. Por eso la película de Haneke es tan perturbadora. Siguiendo el parsimonioso ritmo de la terrible recta final de la existencia de los ancianos nos damos cuenta de lo lenta y penosa que es a veces la muerte. Todo está mostrado con tal nivel de detalle que casi podemos oler las secreciones de Anne y sentir la impotencia de Georges. Como espectadores a veces queremos apartar la mirada ante el exceso de realidad que nos muestra el director austriaco. En nuestra vida cotidiana solo pensamos en la muerte en momentos íntimos, pero enseguida desechamos esa idea. Que se nos muestre el proceso con esa minuciosidad no es plato de gusto, pero no está mal recordar de vez en cuando lo que somos en realidad.
Haneke podía haber ido aún más lejos. Podría haber mostrado el mismo proceso en una pareja de ancianos pobres, que no contaran con ayuda de ningún tipo. Pero quizá nos está intentando mostrar que al final la decadencia es igual para todos y que el dinero no marca una gran diferencia para quien está agonizando. Amor puede ser visionada como metáfora de esa vieja Europa de la que hablaba el canalla de Donald Rumsfeld cuando intentaba que países como Francia secundaran a Estados Unidos en la invasión de Irak. Nuestro continente se parece en estos momentos a esa pareja de ancianos, viviendo en un hogar todavía digno, pero decadente, guardando el tesoro de la cultura clásica, pero a la vez asediados por una implacable senectud. Pero olviden todo lo dicho y admiren las últimas imágenes de la película, el mejor final posible para una obra dura y angustiosa.
Etiquetas:
cine,
cine actual,
cine alemán,
cine austriaco,
cine francés,
michael haneke
miércoles, 5 de marzo de 2014
1914-1918, HISTORIA DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL (2013), DE DAVID STEVENSON. EUROPA HACE CIEN AÑOS.
Si comparamos la Primera Guerra Mundial con la Segunda, resulta que aquella es una gran desconocida. Se han publicado infinidad de estudios analizando cada detalle de cada una de las batallas de la guerra del 39. La figura de Hitler produce fascinación como villano perfecto de un drama absoluto y además, en comparación con la Primera, la Segunda Guerra Mundial es vista popularmente como una guerra buena, plenamente justificada, siendo aquella una locura auspiciada por igual por todos los bandos, que no podían entender el apocalipsis que estaban desencadenando por su falta de entendimiento en julio de 1914. Además, como ya han muerto prácticamente todos sus participantes, solo la conmemoración del centenario ha reavivado el interés por este conflicto, que nos parece casi tan remoto como las guerras napoleónicas. Sin embargo, el mundo que habitamos es así debido a las consecuencias de la Primera Guerra Mundial que, entre otras cosas, dejó puestas las bases para que se iniciara la Segunda, solo dos décadas más tarde.
Respecto a la idea de que todos los contendientes fueron igualmente culpables del inicio de la contienda, habría que decir que en realidad Alemania fue la principal responsable. No porque la hubiera estado planificando desde años antes, sino porque su reacción al atentado de Sarajevo distó mucho de lo que podía esperarse de una potencia que desea la paz. En vez de sosegar los ánimos del Imperio Austrohúngaro, alentó la ofensiva contra Serbia, mostrando su apoyo incondicional a su Aliado, calculando que derrotaría enseguida a Francia para poder centrarse después en una presa más apetitosa: Rusia. Jamás pensó (como el resto de contendientes) que la guerra sería tan larga y penosa. En cualquier caso, para 1917 parecía que podía ganar. Rusia quedó fuera de juego, debido a la revolución que vivía en su seno y Alemania pudo ocupar extensos territorios en Ucrania e incluso en el Caúcaso, algo que fascinó a Hitler y más tarde usó como modelo para sus propios planes. Pero esto fue un espejismo, porque la apuesta final de los germanos, con las grandes ofensivas de principios de 1918 no fue concluyente y la ausencia de Rusia fue sustituida poco a poco por la llegada de soldados estadounidenses a Francia. La rendición final de Alemania fue interpretada por muchos posteriormente como una puñalada por la espalda, como una traición de elementos izquierdistas que debilitó a un ejército que no estaba ni mucho menos derrotado. En realidad la situación de Alemania era insostenible. Acosada por un bloqueo económico auspiciado por enemigos cada vez más poderosos, la población no podía resistir la cada vez mayor escasez de productos básicos. Después llegó el tiempo de los tratados, siendo el más famoso de ellos el de Versalles, la excusa principal de Hitler para desencadenar una guerra de desquite y de conquista de espacio vital para Alemania.
Para los soldados del frente vivir la guerra era algo muy distinto que para sus dirigentes. Si por algo se caracterizó el conflicto fue por su crueldad y por el desprecio absoluto de la vida humana. La guerra de trincheras era un punto muerto en el que las ofensivas no conseguían arrebatar, con suerte, más que unos pocos kilómetros cuadrados al enemigo, a costa de miles de muertos. El soldado estaba expuesto a enfermedades, bombardeos constantes, falta de higiene, ataques con gases y, sobre todo, a un miedo al que jamás lograba acostumbrarse. La gran tragedia de esta guerra es que los dirigentes, no sufriendo ninguna derrota catastrófica en sus ejércitos, veían siempre la oportunidad de nuevas ofensivas que decidieran finalmente la suerte a su favor, para poder negociar una paz ventajosa. Pero durante cuatro años, la línea de frente apenas sufrió modificaciones en occidente, mientras que en oriente sí que se produjo algo parecido a una guerra de movimientos que finalmente se decantó a favor de los alemanes. Mientras tanto, su aliado austrohúngaro sostenía a duras penas su frente, mientras los movimientos nacionalistas tomaban fuerza en su seno.
Acabado el conflicto, las potencias echaron cuentas de lo que había significado un acontecimiento jamás visto hasta entonces: millones de muertos, heridos y mutilados. Una generación perdida y una Alemania vencida y humillada que pronto reclamaría venganza. Stevenson ha escrito un ensayo amplio y detallado acerca de distintos aspectos de la Primera Guerra Mundial, reflexionando acerca de lo que significan para el hombre de hoy unos acontecimientos de apariencia tan remota, pero que en realidad abrieron la puerta a todos los horrores del siglo XX. Una guerra comandada por dirigentes que se comportaban como auténticos criminales con sus pueblos, a cuyos ciudadanos exigían enormes sacrificios para satisfacer su prestigio personal y sus ambiciones imperialistas. Como bien dice el autor, tanta crueldad significó una inhumanización progresiva:
"En esencia, la guerra es trauma y sufrimiento, pues conlleva la captura, la mutilación y el asesinato de seres humanos, con la consiguiente destrucción de sus propiedades, por muchos que sean los eufemismos con los que cualquier lengua intente enmascarar su verdadero significado. Además, implica un proceso recíproco carecterístico, una competición en crueldad que puede acabar convirtiendo al hombre más pacífico en un asesino consumado y también en una víctima."
Ahora los europeos asisten estupefactos a enormes tensiones en Ucrania y algunos comentaristas recuerdan lo que sucedió hace cien años. Es bueno sacar lecciones y tratar de no repetir errores, pero nunca se sabe por que senda va a encaminar sus pasos la historia. Esperemos que esta vez sea por la de la paz y el respeto entre naciones.
Respecto a la idea de que todos los contendientes fueron igualmente culpables del inicio de la contienda, habría que decir que en realidad Alemania fue la principal responsable. No porque la hubiera estado planificando desde años antes, sino porque su reacción al atentado de Sarajevo distó mucho de lo que podía esperarse de una potencia que desea la paz. En vez de sosegar los ánimos del Imperio Austrohúngaro, alentó la ofensiva contra Serbia, mostrando su apoyo incondicional a su Aliado, calculando que derrotaría enseguida a Francia para poder centrarse después en una presa más apetitosa: Rusia. Jamás pensó (como el resto de contendientes) que la guerra sería tan larga y penosa. En cualquier caso, para 1917 parecía que podía ganar. Rusia quedó fuera de juego, debido a la revolución que vivía en su seno y Alemania pudo ocupar extensos territorios en Ucrania e incluso en el Caúcaso, algo que fascinó a Hitler y más tarde usó como modelo para sus propios planes. Pero esto fue un espejismo, porque la apuesta final de los germanos, con las grandes ofensivas de principios de 1918 no fue concluyente y la ausencia de Rusia fue sustituida poco a poco por la llegada de soldados estadounidenses a Francia. La rendición final de Alemania fue interpretada por muchos posteriormente como una puñalada por la espalda, como una traición de elementos izquierdistas que debilitó a un ejército que no estaba ni mucho menos derrotado. En realidad la situación de Alemania era insostenible. Acosada por un bloqueo económico auspiciado por enemigos cada vez más poderosos, la población no podía resistir la cada vez mayor escasez de productos básicos. Después llegó el tiempo de los tratados, siendo el más famoso de ellos el de Versalles, la excusa principal de Hitler para desencadenar una guerra de desquite y de conquista de espacio vital para Alemania.
Para los soldados del frente vivir la guerra era algo muy distinto que para sus dirigentes. Si por algo se caracterizó el conflicto fue por su crueldad y por el desprecio absoluto de la vida humana. La guerra de trincheras era un punto muerto en el que las ofensivas no conseguían arrebatar, con suerte, más que unos pocos kilómetros cuadrados al enemigo, a costa de miles de muertos. El soldado estaba expuesto a enfermedades, bombardeos constantes, falta de higiene, ataques con gases y, sobre todo, a un miedo al que jamás lograba acostumbrarse. La gran tragedia de esta guerra es que los dirigentes, no sufriendo ninguna derrota catastrófica en sus ejércitos, veían siempre la oportunidad de nuevas ofensivas que decidieran finalmente la suerte a su favor, para poder negociar una paz ventajosa. Pero durante cuatro años, la línea de frente apenas sufrió modificaciones en occidente, mientras que en oriente sí que se produjo algo parecido a una guerra de movimientos que finalmente se decantó a favor de los alemanes. Mientras tanto, su aliado austrohúngaro sostenía a duras penas su frente, mientras los movimientos nacionalistas tomaban fuerza en su seno.
Acabado el conflicto, las potencias echaron cuentas de lo que había significado un acontecimiento jamás visto hasta entonces: millones de muertos, heridos y mutilados. Una generación perdida y una Alemania vencida y humillada que pronto reclamaría venganza. Stevenson ha escrito un ensayo amplio y detallado acerca de distintos aspectos de la Primera Guerra Mundial, reflexionando acerca de lo que significan para el hombre de hoy unos acontecimientos de apariencia tan remota, pero que en realidad abrieron la puerta a todos los horrores del siglo XX. Una guerra comandada por dirigentes que se comportaban como auténticos criminales con sus pueblos, a cuyos ciudadanos exigían enormes sacrificios para satisfacer su prestigio personal y sus ambiciones imperialistas. Como bien dice el autor, tanta crueldad significó una inhumanización progresiva:
"En esencia, la guerra es trauma y sufrimiento, pues conlleva la captura, la mutilación y el asesinato de seres humanos, con la consiguiente destrucción de sus propiedades, por muchos que sean los eufemismos con los que cualquier lengua intente enmascarar su verdadero significado. Además, implica un proceso recíproco carecterístico, una competición en crueldad que puede acabar convirtiendo al hombre más pacífico en un asesino consumado y también en una víctima."
Ahora los europeos asisten estupefactos a enormes tensiones en Ucrania y algunos comentaristas recuerdan lo que sucedió hace cien años. Es bueno sacar lecciones y tratar de no repetir errores, pero nunca se sabe por que senda va a encaminar sus pasos la historia. Esperemos que esta vez sea por la de la paz y el respeto entre naciones.
Etiquetas:
david stevenson,
ensayo,
ensayo bélico,
historia,
historia siglo XX,
primera guerra mundial
martes, 4 de marzo de 2014
CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN MARZO. BREVE HISTORIA DE UNA PRIMAVERA ETERNA.
Vivo en una ciudad de inviernos suaves. Tan suaves que se parecen mucho a la primavera de otros lugares más al norte. Sin exagerar demasiado podría decirse que aquí tenemos seis meses de primavera seguidos de seis meses de verano. Raro es el día en que se pierde de vista el Sol y cuando se oculta, las nubes no duran más que unas horas. A veces el cielo descarga con voracidad, como en cualquier sitio, pero lo normal aquí es poder sentarse cualquier día del año (a excepción de los días más calurosos del verano) en una de las innumerables terrazas a tomar algo sintiendo agradablemente los rayos del Sol en el rostro. Quizá esta bendición de buen tiempo eterno sea uno de los motivos por los que en esta ciudad se lee poco. Es difícil ver a alguien con un libro en una de estas terrazas, o en el transporte público. Si se lee algo es en la pantalla del móvil, un aparato que cada vez sirve para más cosas y pronto permitirá usos insospechados. Menos mal que nos quedan los clubes de lectura, con fieles compañeros siempre dispuestos a destripar libros de toda época y condición. En este mes continúan sus actividades en todo su esplendor.
En la Biblioteca Provincial leemos El cerco, una novela muy original y repleta de sabiduría literaria que su autor, nuestro compañero Pepe Jiménez, ha tenido la amabilidad de dedicarnos. Su presentación será a finales de mes.
En la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una de las mejores novelas del maestro Vargas Llosa, una disección sin contemplaciones de lo que significa padecer una dictadura para un país: La fiesta del Chivo.
El club de lectura de la tetería Zouk se traslada este mes a El Harén (a no ser que a última hora me lleguen noticias en otro sentido) y se comentará un libro que yo personalmente hacía tiempo que tenía ganas de leer: Matadero cinco, de Kurt Vonnegut, en torno a uno de los hechos más absurdos del final de la Segunda Guerra Mundial: el bombardeo y destrucción de la preciosa ciudad de Dresde.
En el club de lectura de Más Libros Libres, una novela de un autor húngaro, lo cual siempre es una garantía de calidad, que recorre buena parte del siglo XX a partir de la historia de una pasión: Breve historia de un amor eterno, de Szilárd Rubin.
Los clubes de lectura que organiza el Ateneo se dividen como sigue: en Málaga, una obra de uno de nuestros mejores escritores de la actualidad: Corazón tan blanco, de Javier Marías, en Torremolinos, un experimento muy original con la lectura de tres narraciones en torno a un tema similar: La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, y El avión de la bella durmiente y Memoria de mis putas tristes, de García Márquez. En Fuengirola, Los verdes campos del Edén, del exitoso Antonio Gala.
En la Casa del Libros, dos clubes de lectura. El primero de ellos dedicado a todo un clásico del que ya tuvimos oportunidad de hablar hace un año en Cristóbal Cuevas: Otra vuelta de tuerca, de Henry James. El otro, dedicado a dos de los mejores autores de literatura fantástica de la actualidad: Terry Pratchett y Neil Gaiman con Buenos presagios.
En la Fnac, un libro de uno de los autores más originales y leídos del siglo XX: Roald Dahl con Mi tío Oswald.
En Librería Luces, todo un acierto el libro elegido este mes, una deliciosa novela que permanecía oculta al lector español hasta hace poco: Las chicas del campo, de Edna O Brien.
En la Biblioteca Emilio Prados, de El Palo, una novela perteneciente a la prestigiosa trilogía de Deptford, de Robertson Davies: Mantícora.
Y por fin, hay que hablar de los cine forums. En el que yo organizo en la Biblioteca Cristóbal Cuevas, un tema de máxima actualidad, el aborto, con la magnífica película rumana Cuatro meses, tres semanas y dos días, de Cristian Mungiu. En la Biblioteca Dámaso Alonso de Ciudad Jardín, un clásico indiscutible del gran Fritz Lang: M, el vampiro de Dusseldorf y en el Ateneo de Málaga, una singular película de Pasolini que tuve ocasión de ver hace unos meses: Pajaritos y pajarracos.
Todas las novedades y cambios que vayan surgiendo, como siempre, en la columna de la derecha. Que disfruten del Sol de esta inminente primavera. ¡Felices lecturas!
En la Biblioteca Provincial leemos El cerco, una novela muy original y repleta de sabiduría literaria que su autor, nuestro compañero Pepe Jiménez, ha tenido la amabilidad de dedicarnos. Su presentación será a finales de mes.
En la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una de las mejores novelas del maestro Vargas Llosa, una disección sin contemplaciones de lo que significa padecer una dictadura para un país: La fiesta del Chivo.
El club de lectura de la tetería Zouk se traslada este mes a El Harén (a no ser que a última hora me lleguen noticias en otro sentido) y se comentará un libro que yo personalmente hacía tiempo que tenía ganas de leer: Matadero cinco, de Kurt Vonnegut, en torno a uno de los hechos más absurdos del final de la Segunda Guerra Mundial: el bombardeo y destrucción de la preciosa ciudad de Dresde.
En el club de lectura de Más Libros Libres, una novela de un autor húngaro, lo cual siempre es una garantía de calidad, que recorre buena parte del siglo XX a partir de la historia de una pasión: Breve historia de un amor eterno, de Szilárd Rubin.
Los clubes de lectura que organiza el Ateneo se dividen como sigue: en Málaga, una obra de uno de nuestros mejores escritores de la actualidad: Corazón tan blanco, de Javier Marías, en Torremolinos, un experimento muy original con la lectura de tres narraciones en torno a un tema similar: La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, y El avión de la bella durmiente y Memoria de mis putas tristes, de García Márquez. En Fuengirola, Los verdes campos del Edén, del exitoso Antonio Gala.
En la Casa del Libros, dos clubes de lectura. El primero de ellos dedicado a todo un clásico del que ya tuvimos oportunidad de hablar hace un año en Cristóbal Cuevas: Otra vuelta de tuerca, de Henry James. El otro, dedicado a dos de los mejores autores de literatura fantástica de la actualidad: Terry Pratchett y Neil Gaiman con Buenos presagios.
En la Fnac, un libro de uno de los autores más originales y leídos del siglo XX: Roald Dahl con Mi tío Oswald.
En Librería Luces, todo un acierto el libro elegido este mes, una deliciosa novela que permanecía oculta al lector español hasta hace poco: Las chicas del campo, de Edna O Brien.
En la Biblioteca Emilio Prados, de El Palo, una novela perteneciente a la prestigiosa trilogía de Deptford, de Robertson Davies: Mantícora.
Y por fin, hay que hablar de los cine forums. En el que yo organizo en la Biblioteca Cristóbal Cuevas, un tema de máxima actualidad, el aborto, con la magnífica película rumana Cuatro meses, tres semanas y dos días, de Cristian Mungiu. En la Biblioteca Dámaso Alonso de Ciudad Jardín, un clásico indiscutible del gran Fritz Lang: M, el vampiro de Dusseldorf y en el Ateneo de Málaga, una singular película de Pasolini que tuve ocasión de ver hace unos meses: Pajaritos y pajarracos.
Todas las novedades y cambios que vayan surgiendo, como siempre, en la columna de la derecha. Que disfruten del Sol de esta inminente primavera. ¡Felices lecturas!
lunes, 3 de marzo de 2014
LA RELIGIOSA (1760), DE DENIS DIDEROT. INTERIOR DE UN CONVENTO.
Nunca podremos agradecer lo suficiente a los ilustrados franceses del siglo de las luces su lucha constante contra el oscurantismo religioso, en una época en la que todavía era peligroso atacar a la iglesia católica. Voltaire, Rosseau, Diderot o D´Alembert son ejemplos de una confianza total en el espíritu humano, en la cultura y la ciencia como medio de mejorar a la humanidad, desterrando para siempre a la superstición. La mejora de nuestras condiciones de vida, los derechos humanos que ahora podemos invocar sin temor a ser encarcelados, son hijas de esta época.
El origen de La religiosa es cuanto menos curioso. Diderot tuvo noticia del proceso al que se había sometido a una monja que pretendía renunciar a sus votos. El marqués de Croixmare también se interesó por el caso, intentando ayudar a la muchacha, circunstancia que fue aprovechada por Diderot para gastarle una broma, escribiendole una carta haciéndose pasar por la religiosa, solicitando su favor. Al final la misiva dio pie a que el escritor francés concibiera un relato, en el que el personaje principal, Susanne Simonin, era una religiosa que había sido ingresada en un convento en contra de su voluntad, por ser hija bastarda de una familia que no contaba con medios para otorgarle una dote.
La estancia de Susanne en el convento, esa ciudad de Dios regida por normas demasiado humanas, será un auténtico suplicio: privada de su libertad y sometida a los caprichos dictatoriales de su superiora, la religiosa va a conocer los sinsabores de la vida conventual, una sociedad aparte con reglas propias. Encerrada tras los muros del convento, Susanne va a intentar alcanzar su libertad por medios judiciales, algo auténticamente complicado en una época en la que todavía se confundían derecho y religión. Al menos sí que consigue que la trasladen a otro convento. Esta vez el pecado de la superiora es una lujuria que se traduce en un deseo incontenible por Susanne, que intenta disfrazar de fraternidad.
La religiosa no funciona tan solo como una crónica íntima de la tragedia de su protagonista, sino también como la denuncia de una institución religiosa que enterraba a jóvenes en la flor de la vida tras los fríos muros de los conventos. Como en toda sociedad, las religiosas no eran ajenas a los conflictos internos, en los que acababan sucumbiendo las más débiles o, paradójicamente, las más creyentes, las que querían sobrevivir tan solo a base de amor al prójimo. Susanne sabe que en el exterior no le espera nada bueno, ya que, si logra liberarse, carecerá de medios económicos y quizá acabe siendo una perdida, aunque ella prefiera morir de hambre antes que llegar a eso. Lo que tiene claro es que quiere su libertad, que la vida religiosa no es para ella, aun cuando atesore un carácter mucho más virtuoso que la mayoría de sus compañeras. Así lo manifiesta continuamente en este largo monólogo, el grito desesperado de un alma encerrada:
"¿Todas las oraciones rutinarias que allí se hacen, valen acaso lo que una limosna que la conmiseración da a un pobre? Dios, que creó sociable al hombre, ¿aprueba que se le encierre? Dios, que lo creó tan inconsciente y frágil, ¿puede autorizar la inseguridad de sus votos? Estos votos, contrarios a la inclinación general de la naturaleza, ¿pueden nunca ser cumplidamente observados, excepto por algunas criaturas mal constituidas en las que los gérmenes de las pasiones están marchitos, y que con razón serían consideradas como monstruos si nuestras luces nos permitieran conocer tan fácilmente y tan bien la estructura interior del hombre como su forma exterior? (...) Hacer voto de pobreza es comprometerse mediante juramento a ser perezoso y ladrón; hacer voto de castidad equivale a prometer a Dios la infracción constante de la más sabia y más importante de sus leyes; hacer voto de obediencia es renunciar a la prerrogativa inalienable del hombre: la libertad. Si uno observa estos votos es un criminal; si no los observa, perjuro. La vida claustral es propia de un fanático o de un hipócrita."
El origen de La religiosa es cuanto menos curioso. Diderot tuvo noticia del proceso al que se había sometido a una monja que pretendía renunciar a sus votos. El marqués de Croixmare también se interesó por el caso, intentando ayudar a la muchacha, circunstancia que fue aprovechada por Diderot para gastarle una broma, escribiendole una carta haciéndose pasar por la religiosa, solicitando su favor. Al final la misiva dio pie a que el escritor francés concibiera un relato, en el que el personaje principal, Susanne Simonin, era una religiosa que había sido ingresada en un convento en contra de su voluntad, por ser hija bastarda de una familia que no contaba con medios para otorgarle una dote.
La estancia de Susanne en el convento, esa ciudad de Dios regida por normas demasiado humanas, será un auténtico suplicio: privada de su libertad y sometida a los caprichos dictatoriales de su superiora, la religiosa va a conocer los sinsabores de la vida conventual, una sociedad aparte con reglas propias. Encerrada tras los muros del convento, Susanne va a intentar alcanzar su libertad por medios judiciales, algo auténticamente complicado en una época en la que todavía se confundían derecho y religión. Al menos sí que consigue que la trasladen a otro convento. Esta vez el pecado de la superiora es una lujuria que se traduce en un deseo incontenible por Susanne, que intenta disfrazar de fraternidad.
La religiosa no funciona tan solo como una crónica íntima de la tragedia de su protagonista, sino también como la denuncia de una institución religiosa que enterraba a jóvenes en la flor de la vida tras los fríos muros de los conventos. Como en toda sociedad, las religiosas no eran ajenas a los conflictos internos, en los que acababan sucumbiendo las más débiles o, paradójicamente, las más creyentes, las que querían sobrevivir tan solo a base de amor al prójimo. Susanne sabe que en el exterior no le espera nada bueno, ya que, si logra liberarse, carecerá de medios económicos y quizá acabe siendo una perdida, aunque ella prefiera morir de hambre antes que llegar a eso. Lo que tiene claro es que quiere su libertad, que la vida religiosa no es para ella, aun cuando atesore un carácter mucho más virtuoso que la mayoría de sus compañeras. Así lo manifiesta continuamente en este largo monólogo, el grito desesperado de un alma encerrada:
"¿Todas las oraciones rutinarias que allí se hacen, valen acaso lo que una limosna que la conmiseración da a un pobre? Dios, que creó sociable al hombre, ¿aprueba que se le encierre? Dios, que lo creó tan inconsciente y frágil, ¿puede autorizar la inseguridad de sus votos? Estos votos, contrarios a la inclinación general de la naturaleza, ¿pueden nunca ser cumplidamente observados, excepto por algunas criaturas mal constituidas en las que los gérmenes de las pasiones están marchitos, y que con razón serían consideradas como monstruos si nuestras luces nos permitieran conocer tan fácilmente y tan bien la estructura interior del hombre como su forma exterior? (...) Hacer voto de pobreza es comprometerse mediante juramento a ser perezoso y ladrón; hacer voto de castidad equivale a prometer a Dios la infracción constante de la más sabia y más importante de sus leyes; hacer voto de obediencia es renunciar a la prerrogativa inalienable del hombre: la libertad. Si uno observa estos votos es un criminal; si no los observa, perjuro. La vida claustral es propia de un fanático o de un hipócrita."
Etiquetas:
denis diderot,
literatura,
literatura francesa,
literatura siglo XVIII,
religión
domingo, 2 de marzo de 2014
PHILOMENA (2013), DE STEPHEN FREARS. EN EL NOMBRE DEL HIJO.
Imaginénse que les llega la noticia de una organización de carácter religioso que, como castigo a las muchachas que han sido madres fuera del matrimonio, las obligan a trabajar durante años prácticamente como esclavas y les permiten estar con sus hijos solo una hora al día, para que no se encariñen en exceso con ellos, ya que su destino es ser vendidos a familias pudientes. Si esto hubiera sucedido con cualquier entidad que no fuera la iglesia católica, se hubiera prohibido su existencia, se la habría calificado de secta destructiva y se hubiera investigado a los responsables que hacían posibles tales comportamientos monstruosos. Pero estamos hablando de una organización que lleva siglos ejerciendo un extraordinario poder sobre millones de personas, y a veces determinando la política de Estados enteros. Basándose más en el miedo que en el amor en demasiadas ocasiones, la iglesia católica, lejos del ejemplo que dio su fundador, exige obediencia ciega a sus miembros, mientras acumula en su seno bienes muy terrenales.
Uno de los grandes escándalos de los últimos años en nuestro país (y últimamente tenemos donde elegir) apenas ha tenido repercusión en los grandes medios, más allá de algún que otro titular. Me refiero a la facultad que el gobierno de Aznar otorgó a la iglesia católica de inmatricular bienes inmuebles y tierras que no tuvieran dueño reconocido, sin restricción alguna. Así, la iglesia ha hecho buen uso de este privilegio y se ha adueñado de cientos - si no miles - de edificios y fincas por toda la geografía nacional sin más requisitos que presentarse en el Registro de la propiedad y decir: "esto es mío". Por este procedimiento últimamente están intentando (y seguramente al final lo conseguirán) quedarse con la propiedad de la mezquita de Córdoba ad aeternum. Pero estoy desviándome de los asuntos que trata Philomena, que tienen más que ver con otro escándalo sangrante que protagonizó la iglesia en nuestro país: los niños robados en el mismo momento del parto para ser vendidos, como castigo a sus pecadoras madres, a familias católicas de probada solvencia moral y económica. El modus operandi de las monjas irlandesas de la Magdalena, en Irlanda, era parecido, aunque más refinadamente sádico. Si en España las religiosas informaban a las desgraciadas madres que su bebé había nacido muerto, en aquel país dejaban que los niños crecieran un poco para después arrebatárselos a sus madres, que debían pagar durante unos años con duros trabajos de lavandería la merced otorgada al haber sido atendidas en el momento del parto.
Philomena Lee es una de estas víctimas, que ha mantenido en secreto la angustia por su hijo desaparecido durante su vida. Ya en la vejez, ha decidido hablar y contacta con un antiguo periodista para contarle su caso. Éste, al que al principio no parece interesarle mucho la historia, finalmente accede a investigar, puesto que puede haber materia para un buen reportaje. Pronto descubrirá en Philomena a una mujer singular, de otro tiempo, una mujer que no muestra ni un ápice de odio por lo que le hicieron y cuyo único interés es conocer a su hijo antes de morir. Philomena ha cargado durante toda su existencia con la idea de que fue justamente castigada por pecadora, tal y como le transmitieron las monjas. La idea de pecado, la del miedo a un castigo eterno, es una de las que con más fijeza pueden quedar en la conciencia de un individuo suficientemente condicionado. Martin Sixsmith, el periodista, no sale de su asombro cuando habla con la víctima que se siente culpable. Él es un hombre culto y ateo, pero también muy torpe a la hora de transmitir sus ideas a alguien que está en las antípodas de su educación y su pensamiento. Poco a poco irá reconociendo en Philomena a una auténtica cristiana, no en el sentido de seguidora de la iglesia, sino de las palabras de Cristo cuando decía que hay que amar a nuestros enemigos.
Stephen Frears ha cargado inteligentemente el peso de su película en sus dos soberbios intérpretes, sobre todo en una Judi Dench merecedora de todos los elogios. En su vocación de película pequeña, Philomena es capaz de conquistar al público, haciendo más efectiva la denuncia contra una institución que siempre sale impune de las mayores barbaries (mejor no hablar aquí de los casos, aún más sangrantes, de los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes, eso daría para otro artículo entero). La historia que cuenta Frears - basada en hechos reales - no es más que la exposición cruda de lo que sucede cuando un Estado deja de lado sus responsabilidades para otorgárselas a unas monjas de pensamiento medieval. Pensemos que no se trata de experiencias remotas, de épocas ya superadas, sino de personas que existen en este siglo XXI repleto de tecnología, que cayeron en sus días en las garras de personas que pudieron delinquir impunemente por estar respaldadas por una religión internacionalmente poderosa. Esos crímenes seguirán estando vivos en la conciencia de las víctimas mientras no existan medios ni voluntad para castigar a los verdugos con sotana. Los mismos miembros honestos de la iglesia, que los hay en abundancia, deberían ser los primeros interesados en limpiar el nombre del catolicismo, por muy dolorosas que sean las consecuencias.
Uno de los grandes escándalos de los últimos años en nuestro país (y últimamente tenemos donde elegir) apenas ha tenido repercusión en los grandes medios, más allá de algún que otro titular. Me refiero a la facultad que el gobierno de Aznar otorgó a la iglesia católica de inmatricular bienes inmuebles y tierras que no tuvieran dueño reconocido, sin restricción alguna. Así, la iglesia ha hecho buen uso de este privilegio y se ha adueñado de cientos - si no miles - de edificios y fincas por toda la geografía nacional sin más requisitos que presentarse en el Registro de la propiedad y decir: "esto es mío". Por este procedimiento últimamente están intentando (y seguramente al final lo conseguirán) quedarse con la propiedad de la mezquita de Córdoba ad aeternum. Pero estoy desviándome de los asuntos que trata Philomena, que tienen más que ver con otro escándalo sangrante que protagonizó la iglesia en nuestro país: los niños robados en el mismo momento del parto para ser vendidos, como castigo a sus pecadoras madres, a familias católicas de probada solvencia moral y económica. El modus operandi de las monjas irlandesas de la Magdalena, en Irlanda, era parecido, aunque más refinadamente sádico. Si en España las religiosas informaban a las desgraciadas madres que su bebé había nacido muerto, en aquel país dejaban que los niños crecieran un poco para después arrebatárselos a sus madres, que debían pagar durante unos años con duros trabajos de lavandería la merced otorgada al haber sido atendidas en el momento del parto.
Philomena Lee es una de estas víctimas, que ha mantenido en secreto la angustia por su hijo desaparecido durante su vida. Ya en la vejez, ha decidido hablar y contacta con un antiguo periodista para contarle su caso. Éste, al que al principio no parece interesarle mucho la historia, finalmente accede a investigar, puesto que puede haber materia para un buen reportaje. Pronto descubrirá en Philomena a una mujer singular, de otro tiempo, una mujer que no muestra ni un ápice de odio por lo que le hicieron y cuyo único interés es conocer a su hijo antes de morir. Philomena ha cargado durante toda su existencia con la idea de que fue justamente castigada por pecadora, tal y como le transmitieron las monjas. La idea de pecado, la del miedo a un castigo eterno, es una de las que con más fijeza pueden quedar en la conciencia de un individuo suficientemente condicionado. Martin Sixsmith, el periodista, no sale de su asombro cuando habla con la víctima que se siente culpable. Él es un hombre culto y ateo, pero también muy torpe a la hora de transmitir sus ideas a alguien que está en las antípodas de su educación y su pensamiento. Poco a poco irá reconociendo en Philomena a una auténtica cristiana, no en el sentido de seguidora de la iglesia, sino de las palabras de Cristo cuando decía que hay que amar a nuestros enemigos.
Stephen Frears ha cargado inteligentemente el peso de su película en sus dos soberbios intérpretes, sobre todo en una Judi Dench merecedora de todos los elogios. En su vocación de película pequeña, Philomena es capaz de conquistar al público, haciendo más efectiva la denuncia contra una institución que siempre sale impune de las mayores barbaries (mejor no hablar aquí de los casos, aún más sangrantes, de los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes, eso daría para otro artículo entero). La historia que cuenta Frears - basada en hechos reales - no es más que la exposición cruda de lo que sucede cuando un Estado deja de lado sus responsabilidades para otorgárselas a unas monjas de pensamiento medieval. Pensemos que no se trata de experiencias remotas, de épocas ya superadas, sino de personas que existen en este siglo XXI repleto de tecnología, que cayeron en sus días en las garras de personas que pudieron delinquir impunemente por estar respaldadas por una religión internacionalmente poderosa. Esos crímenes seguirán estando vivos en la conciencia de las víctimas mientras no existan medios ni voluntad para castigar a los verdugos con sotana. Los mismos miembros honestos de la iglesia, que los hay en abundancia, deberían ser los primeros interesados en limpiar el nombre del catolicismo, por muy dolorosas que sean las consecuencias.
Etiquetas:
cine,
cine actual,
cine inglés,
religión,
stephen frears
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






