Gustave Flaubert es uno de los grandes estetas de la historia de la literatura. Famosa es su afirmación, quizá no realizada totalmente en serio, de que su ideal era escribir un libro sobre la nada, que se sostuviera tan solo por la fuerza de su estilo. Mucho de esto hay en la concepción de La educación sentimental, que ocupó a su autor durante cinco largos años. Una misiva dirigida a su amiga Mlle. Leroyer de Chantepie nos ofrece una valiosa información acerca de las intenciones de Flaubert cuando comenzaba el proceso de escritura:
"Estoy empeñado desde hace un mes en una novela de costumbres que se desarrollará
en París. Quiero hacer la historia moral, o más exactamente sentimental
de los hombres de mi generación. Es una novela de amor, de pasión como
puede haber ahora, es decir inactiva. El tema tal como lo he concebido
es, creo, profundamente verdadero, pero me pareció en sí mismo
probablemente poco divertido. Faltan un poco los hechos, el drama, y la
acción se desarrolla en un periodo de tiempo demasiado largo. En fin, estoy muy cansado y lleno de preocupaciones."
Flaubert necesitaba la perfección en cada página, pero sus novelas distan de ser tan solo estilo. Esta es solo la base que sostiene una perfecta construcción que sumerge al lector plenamente en un mundo totalmente distinto: el de la Francia de mitad del siglo XIX, en su sociedad, en sus intrigas, retratando a una gran cantidad de personajes con una inaudita precisión, propia de un observador de la realidad que nunca llega a implicarse de manera absoluta en la misma. Porque el maestro francés necesitaba vivir para su arte, por lo que era capaz de pasar días encerrado, ensimismado consigo mismo, con sus folios en blanco, rememorando su juventud para escribir la que será su obra más autobiográfica. Al igual que Proust partirá décadas después del recuerdo del olor de una magdalena para construir su obra maestra, Flaubert parte también del recuerdo de un episodio de juventud: el encuentro fortuito, en la playa de Trouville, donde pasaba las vacaciones con su familia, con la hermosa mujer que habría de marcar su existencia: Elisa Foucault. Además de ser trece años mayor que Flaubert, Foucault era una mujer ya comprometida, pero eso no fue óbice para que ambos mantuvieran durante décadas una relación platónica, nunca consumada.
La presencia espiritual de Elisa le sirvió a Flaubert para inspirar el amor de su personaje, Frédéric Moreau, por una mujer casada y honesta, la señora Arnoux, que a sus ojos es un ser puro y el auténtico causante de buena parte de sus decisiones vitales. Porque Frédéric orienta su existencia a estar cerca de la presencia del ser amado, aunque nunca llegue a poseerla del todo, ya sea por la virtud de ella, ya sea porque las circunstacias se alían en ese sentido. Evidentemente en la existencia de Frédéric habrá otras mujeres: la joven e ingenua Louise, la bella Roseanette, que representa la lujuria o la señora Dambreuse, que representa la oportuidad de adquirir prestigio social si llega a casarse con ella. Pero ninguna es capaz de despertar el sentimiento de plenitud que le hace sentir la presencia de la señora Arnoux, por quien, un joven en el fondo tan egoísta como Frédéric, es capaz de desperdiar magníficas oportunidades de prosperidad económica y social. Su auténtica ambición es la amorosa, aunque todo lo que no tenga que ver con aquella a la que llega a definir como "la sustancia de su corazón, el fondo mismo de su vida", le termina aburriendo, como cuando pasea en público con Roseanette, momento que debería ser triunfal para un joven como él:
"Entonces Fréderic se acordó de los días ya lejanos en que
ambicionaba la inefable dicha de encontrarse en uno de aquellos coches,
al lado de una de aquellas mujeres. Ya la poseía y no se sentía más
feliz con ella."
Además de las veleidades amorosas del protagonista, en La educación sentimental está presente la sociedad parisina y el pulso de la historia de aquellos años tan complicados, en los que el impulso revolucionario de los franceses se presentaba cada pocos años, mientras que doctrinas como la del socialismo se iban haciendo populares entre intelectuales y obreros. Flaubert describe el ambiente de la época, describe magistralmente los sucesos de París en 1848 y sus consecuencias: la caída de la monarquía y la proclamación de la II República. Además, nos ofrece algunos apuntes de su propio - y en buena parte conservador - ideario político:
"¿Quién sabe? ¿Tal vez el progreso no es realizable más que por una aristocracia o por un hombre? La iniciativa viene siempre de arriba. El pueblo es menor, digan lo que digan."
La educación sentimental funciona también como una narración equidistante con Madame Bovary en muchos aspectos: si ésta última describe con todo detalle la psicología de una mujer frustrada de provincias, que vive en un mundo propio de ensoñaciones, algo de eso hay también en Frédéric, un joven de origen provinciano que se lanza a conquistar la capital, pero que el fondo es un inadaptado, alguien que necesita alimentar constantemente su ego y que, seguramente, si hubiera consumado su relación con la señora Arnoux, pronto se hubiera hartado de ella y se hubiera lanzado a la conquista de cualquier novedad. Solo que Madame Bovary es una obra un poco más redonda, puesto que profundiza más en su protagonista, algo que es posible en La educación sentimental solo a medias, por su abundancia de personajes y situaciones. En cualquier caso, ambas son obras imprescindibles de la literatura universal y lecturas complementarias, para conocer en toda su dimensión a un genio llamado Gustave Flaubert.
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miércoles, 16 de diciembre de 2015
martes, 11 de marzo de 2014
MADAME BOVARY (1991), DE CLAUDE CHABROL. LA FELICIDAD ILUSORIA.
A veces el cine nos regala estupendas adaptaciones literarias de nuestros libros favoritos. Madame Bovary, la novela que ha fascinado a generaciones de lectores, no podía ser la excepción. Esperando ver pronto en la gran pantalla la versión que acaba de filmar Sophie Barthes, al fin me he podido asomar a la del maestro Claude Chabrol, que contó, como no podía ser de otra manera, con su actriz fetiche, Isabelle Huppert, para el papel principal.
En lo personal, la novela de Flaubert es uno de esos casos de narración que uno cree conocer muy bien (he leído el libro en tres ocasiones y las dos últimas me parecía estar leyendo algo diferente a lo que recordaba), pero en la que siempre se encuentran aspectos nuevos sobre los que reflexionar. Esta vez se me ha ocurrido - seguro que los múltiples estudios sobre la novela es un aspecto más que analizado - que las vidas de Emma y Charles ofrecen algunos paralelismos sorprendentes: ambos se pierden cuando quieren ir más allá del papel que la sociedad les ha asignado. En el caso de Charles, que es un médico rural competente siempre que se enfrente a casos ordinarios, el desastroso resultado de la operación de un pie deforme - convencido por los cantos de sirena del farmaceútico - causa su vergüenza y desprestigio profesional, aunque finalmente es capaz de volver sobre sus pasos a su posición de siempre, de la que nunca debió salir. Lo de Emma es mucho más radical, pero en el fondo es lo mismo: no es el farmaceútico, sino las novelas que lee las que la convencen de que el papel de digna esposa de un hombre gris no está hecho para ella. Por eso se embarca en un par de aventuras sentimentales en las que se siente como una princesa de cuento de hadas. Y como las princesas necesitan vestir como tales, los gastos se disparan, aunque los temas monetarios no tengan cabida en la burbuja de sus sueños. Emma es tan inconsciente que es un auténtico regalo para sus amantes, que pueden poseerla ofreciéndole tan solo vagas promesas. Cuando la señora Bovary despierta, la solución a los problemas que ha ido acumulando irresponsablemente, es tan radical como sus sueños.
Aunque no está realizada con una riqueza de medios excesiva, Madame Bovary de Claude Chabrol es una obra muy agradable para el espectador. Sin pretender experimentar a partir de la obra de Flaubert, como ya lo han hecho otros cineastas, literatos y autores de cómics, Chabrol se ciñe al texto original y confía en el buen hacer de sus actores. Isabelle Hupert compone a una protagonista llena de matices, interpretando con solvencia a Emma a distintas edades, siempre con un eterno aire de superioridad que a la postre será su perdición. Por su parte Jean François Balmer es el perfecto Charles Bovary, el médico que no se entera muy bien de lo que sucede a su alrededor y que está siempre dispuesto a perdonar a su mujer, a la que ama con locura. Como curiosidad, he de añadir que la película estuvo nominada a un Oscar al mejor vestuario.
En lo personal, la novela de Flaubert es uno de esos casos de narración que uno cree conocer muy bien (he leído el libro en tres ocasiones y las dos últimas me parecía estar leyendo algo diferente a lo que recordaba), pero en la que siempre se encuentran aspectos nuevos sobre los que reflexionar. Esta vez se me ha ocurrido - seguro que los múltiples estudios sobre la novela es un aspecto más que analizado - que las vidas de Emma y Charles ofrecen algunos paralelismos sorprendentes: ambos se pierden cuando quieren ir más allá del papel que la sociedad les ha asignado. En el caso de Charles, que es un médico rural competente siempre que se enfrente a casos ordinarios, el desastroso resultado de la operación de un pie deforme - convencido por los cantos de sirena del farmaceútico - causa su vergüenza y desprestigio profesional, aunque finalmente es capaz de volver sobre sus pasos a su posición de siempre, de la que nunca debió salir. Lo de Emma es mucho más radical, pero en el fondo es lo mismo: no es el farmaceútico, sino las novelas que lee las que la convencen de que el papel de digna esposa de un hombre gris no está hecho para ella. Por eso se embarca en un par de aventuras sentimentales en las que se siente como una princesa de cuento de hadas. Y como las princesas necesitan vestir como tales, los gastos se disparan, aunque los temas monetarios no tengan cabida en la burbuja de sus sueños. Emma es tan inconsciente que es un auténtico regalo para sus amantes, que pueden poseerla ofreciéndole tan solo vagas promesas. Cuando la señora Bovary despierta, la solución a los problemas que ha ido acumulando irresponsablemente, es tan radical como sus sueños.
Aunque no está realizada con una riqueza de medios excesiva, Madame Bovary de Claude Chabrol es una obra muy agradable para el espectador. Sin pretender experimentar a partir de la obra de Flaubert, como ya lo han hecho otros cineastas, literatos y autores de cómics, Chabrol se ciñe al texto original y confía en el buen hacer de sus actores. Isabelle Hupert compone a una protagonista llena de matices, interpretando con solvencia a Emma a distintas edades, siempre con un eterno aire de superioridad que a la postre será su perdición. Por su parte Jean François Balmer es el perfecto Charles Bovary, el médico que no se entera muy bien de lo que sucede a su alrededor y que está siempre dispuesto a perdonar a su mujer, a la que ama con locura. Como curiosidad, he de añadir que la película estuvo nominada a un Oscar al mejor vestuario.
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viernes, 20 de septiembre de 2013
GEMMA BOVERY (1999), DE POSY SIMMONDS. FLAUBERT EN NUESTROS DÍAS.
Madame Bovary es una de esas novelas que uno va leyendo en diferentes momentos de la vida, cuya cualidad principal es la de aportar siempre algo nuevo, como si el autor hubiera empleado los años transcurridos entre una y otra lectura en modificar el texto precisamente para sorprenderme con la fragilidad de mis recuerdos. Ante una obra así, que nunca termina de decir todo lo que tiene que decir, lo lógico es querer saber más, buscar las interpretaciones de otros, a través de ediciones críticas, de adaptaciones cinematográficas o de estudios tan penetrantes como La orgía perpetua, de Mario Vargas Llosa. Hace ya tiempo que es universalmente aceptada la idea de que un buen cómic puede proporcionar sensaciones tan profundas como las de la mejor literatura. Un buen ejemplo es esta descontextualización de la obra de Flaubert, llevada a cabo por Posy Simmonds, a la que yo conocía por alguna que otra referencia, pero sin haberme acercado todavía a ninguna obra suya.
La protagonista de Gemma Bovery guarda muchos puntos en común con el personaje de Flaubert, incluso en su psicología y su retrato está casi tan cuidado como el de la heroína literaria. Lo original aquí es que el relato está narrado desde el punto de vista de un vecino del matrimonio Bovery, que ha trasladado su residencia desde Londres a un tranquilo pueblo de la Normandía francesa. Gemma ha convencido a su pareja buscando los encantos de la vida tranquila en el campo. Lo que va a encontrar, al igual que su coétanea literaria, es un inmenso aburrimiento, del que intentará salir viviendo una aventura con un amante bastante más joven que ella. El panadero sigue los pasos de Bovery y narra lo que ve (ayudándose de los diarios de Gemma, que ha robado después de su muerte) como un auténtico voyeur (los lectores también hemos de considerarnos voyeurs) y nos descubre a una mujer absolutamente egoista, pero a la vez dotada de un encanto muy especial del que no puede sustraerse el lector.
Los dibujos de Posy Simmonds, sencillos y muy expresivos son ideales para este relato que se mueve entre el cómic y la literatura y que a veces nos da la impresión de ser una novela con ilustraciones, pero realizada con la mejor técnica del cómic. Gemma Bovery es un juego continuo entre realidad y literatura, un goce y a la vez un suplicio para el panadero que atisba la fatalidad, como si, a sus ojos, Gemma y Charles estuvieran destinados a vivir los mismos hechos que los personajes literarios, aunque él no acabe de creerse que tales coincidencias sean posibles. Como él mismo dice en cierto momento: "la Vida rara vez imita al Arte. El Arte siempre tiene un porqué, mientras que la Vida..."
La protagonista de Gemma Bovery guarda muchos puntos en común con el personaje de Flaubert, incluso en su psicología y su retrato está casi tan cuidado como el de la heroína literaria. Lo original aquí es que el relato está narrado desde el punto de vista de un vecino del matrimonio Bovery, que ha trasladado su residencia desde Londres a un tranquilo pueblo de la Normandía francesa. Gemma ha convencido a su pareja buscando los encantos de la vida tranquila en el campo. Lo que va a encontrar, al igual que su coétanea literaria, es un inmenso aburrimiento, del que intentará salir viviendo una aventura con un amante bastante más joven que ella. El panadero sigue los pasos de Bovery y narra lo que ve (ayudándose de los diarios de Gemma, que ha robado después de su muerte) como un auténtico voyeur (los lectores también hemos de considerarnos voyeurs) y nos descubre a una mujer absolutamente egoista, pero a la vez dotada de un encanto muy especial del que no puede sustraerse el lector.
Los dibujos de Posy Simmonds, sencillos y muy expresivos son ideales para este relato que se mueve entre el cómic y la literatura y que a veces nos da la impresión de ser una novela con ilustraciones, pero realizada con la mejor técnica del cómic. Gemma Bovery es un juego continuo entre realidad y literatura, un goce y a la vez un suplicio para el panadero que atisba la fatalidad, como si, a sus ojos, Gemma y Charles estuvieran destinados a vivir los mismos hechos que los personajes literarios, aunque él no acabe de creerse que tales coincidencias sean posibles. Como él mismo dice en cierto momento: "la Vida rara vez imita al Arte. El Arte siempre tiene un porqué, mientras que la Vida..."
martes, 26 de junio de 2012
EL LORO DE FLAUBERT (1986), DE JULIAN BARNES. SOBRE LA IMPOSIBILIDAD DE LA BIOGRAFÍA.
Lo primero que tengo que decir acerca de este libro de Julian Barnes es que sus primeras páginas me parecieron desconcertantes. Debido a una inicial falta de información, yo esperaba leer una novela y me encontré con un ensayo dedicado a uno de mis escritores favoritos. Pero según avanzaba en la lectura iba advirtiendo que tampoco se trataba exactamente de un ensayo. "El loro de Flaubert" puede más bien clasificarse como un libro de reflexiones muy personales de Barnes acerca del autor de "Madame Bovary". Por momentos, su estilo y su estructura, aparentemente caótica, me recordaban a Enrique Vila-Matas, otro autor que gusta de ofrecernos su particular visión de la literatura.
Y es que el escrito de Barnes puede tomarse como una broma extremadamente elaborada a costa del academicismo. Para el autor británico escribir una biografía de una persona célebre resulta un ejercicio tan complejo como peligroso. ¿Cómo sabe el biógrafo que las pistas acerca de la vida del personaje a estudiar no han sido deliberadamente dejadas por el mismo para despistar? ¿Cómo penetrar en los pensamientos, en la vida más íntima del otro? Imposible. Al final el biógrafo tiene que fabular, suponer, hilar muy fino para penetrar en las lagunas biográficas del gran hombre y salir airoso del intento. Pero siempre queda la duda. ¿Es verdad todo lo que estoy leyendo?
En cualquier caso "El loro de Flaubert" tiene un gran valor y, quizá por no tomarse demasiado en serio a sí mismo, ofrece datos interesantísimos acerca del autor francés. Me entero, entre otras muchas curiosidades que Flaubert planeaba una novela acerca de los trescientos espartanos de Leónidas. ¿Hubiera sido una nueva obra maestra de haberse escrito? También se ocupa, como no podía ser de otra manera en la vida amorosa del escritor, mucho más rica de lo que pueda suponerse, pero que tuvo como centro de gravedad a la famosa Louise Colet.
Nunca he sido un gran lector de biografías y me arrepiento. Leer novelas es como leer biografías ficticias, pero indagar en la verdad de los hombres debe ser una actividad mucho más difícil. Las hay auténticamente apasionantes (desgraciadamente no puedo dar muchos ejemplos): la María Antonieta de Zweig, el Franco de Preston, el Hitler de Kershaw, el Napoleón de Ludwig, personajes con conciencia histórica, que sabían que sus actos más íntimos iban a ser alguna vez analizados y juzgados. ¿Sucede lo mismo con los escritores? ¿No nos basta con sus novelas? Les dejo una reflexión al respecto del propio Barnes, el lector como devorador de la vida del ser admirado:
"¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor? ¿Por qué no podemos dejarle en paz? ¿Por qué no nos basta con los libros? Flaubert quería que bastasen: pocos escritores han creído con tanta firmeza en la objetividad del texto escrito y en la insignificancia de la personalidad del escritor; y aún así seguimos desobedientemente a nuestro aire."
domingo, 22 de abril de 2012
MADAME BOVARY (1857), DE GUSTAVE FLAUBERT. LA MUJER QUIJOTE.
La tercera ¿o es la cuarta? lectura que realizo de uno de mis clásicos favoritos sigue aportándome nuevos puntos de vista acerca de esta novela inagotable. ¿Por qué me parece siempre estar leyéndola por primera vez, a pesar de que ya sé lo que va a suceder? Es lo que tienen las relecturas: uno no le presta tanta atención a la trama y puede fijar su vista en otros detalles más sutiles. Para quien no se haya acercado todavía a esta obra maestra: hágalo cuanto antes, contiene muchas de las claves de la novela moderna. Aquí el artículo:
El trabajo literario de Gustave Flaubert es fundamental para entender la evolución de la literatura en el siglo XIX. Si lo comparamos a otro de los gigantes de su tiempo, Balzac, observamos que su obra ni se acerca a la extensión de la del autor de la Comedia Humana. Pero es que Flaubert era un escritor mucho más perfeccionista: vivía obsesionado por el estilo; se puede decir que era el literato puro y que no se interesaba por los problemas políticos de su tiempo (no encajaba con la definición de intelectual) si no era por motivaciones estéticas: para captar los matices de la realidad que le sirvieran para moldear mejor a sus personajes y sus circunstancias.
Hasta el siglo XIX la novela era considerada un género menor, que casi se practicaba siguiendo una serie de esquemas previos con los que el lector estaba previamente ya familiarizado. La irrupción del realismo, con autores como Balzac, Flaubert, Pérez Galdós o Zola va a prestigiar la narrativa como un espejo que es capaz de reflejar la realidad y profundizar en ella, llegando a desentrañar los misterios de la psicología humana. Una de las claves de la escritura de Flaubert es su objetividad: nunca juzga a sus personajes, sino que describe minuciosamente sus acciones y sus pensamientos y deja que sea el lector el que saque sus propias conclusiones, hasta el punto de que en una de las cartas que escribió a su amante Louise Colet, le confesaba aspirar a que en su libro no hubiera ni una sola reflexión de su autor.
La correspondencia del autor francés es una fuente fundamental para conocer el proceso de creación de la novela, sus dudas y sus fuentes de inspiración. También dan una idea de la terrible soledad del escritor ante el mundo que está creando, destinado a unos lectores que no sabe como reaccionarán ante su historia. Ante todo, Flaubert alimenta su relato con su propia realidad. Tras asistir al entierro de la mujer de un amigo médico, escribe:
"Sé que será muy triste, pero... espero encontrar material para mi Bovary y hacer llorar a los demás con las lágrimas de uno solo, pasadas por la química del estilo."
La novela de Flaubert comienza relatando la historia del futuro marido de Emma, pero bien pronto el protagonismo pasa a la famosa criatura que le da título. Al casarse con Charles Bovary, Emma cree estar haciendo lo correcto uniéndose a una persona buena, honesta y trabajadora, tal y como le ha transmitido su educación con las monjas. Pero pronto va ir dándose cuenta que su marido es lo que ella calificaría como un auténtico hombre. Su ideal está en esas novelas románticas que ha ido leyendo a lo largo de su vida y que han constituido para ella una educación sentimental paralela. Una conversación con el primero de sus amantes, Rodolphe, un rico propietario que sólo desea una aventura es muy reveladora del mundo de fantasía que se va construyendo Emma:
"- ¡Pues no! ¿Por qué predicar contra las pasiones? ¿No son la única cosa hermosa que hay sobre la tierra, la fuente del heroísmo, del entusiasmo, de la poesía, de la música, de las artes, en fin, de todo?
- Pero es preciso - dijo Emma - seguir un poco la opinión del mundo y obedecer su moral.
- ¡Ah!, es que hay dos - replicó él -. La pequeña, la convencional, la de los hombres, la que varía sin cesar y que chilla tan fuerte, se agita abajo a ras de tierra, como ese hato de imbéciles que usted ve. Pero la otra, la eterna, está alrededor y por encima, como el paisaje que nos rodea y el cielo azul que nos alumbra."
Realmente Charles Bovary es un ser un poco bobalicón, una de esas personas que no controlan su propia existencia, sino que deja que sea la confianza ciega e ingenua en los demás la que lo haga. Aunque contemplara con sus propios ojos la ignominia cotidiana a la que lo somete su mujer, seguiría negando sus engaños, simplemente porque no es capaz de concebir que su ángel sea capaz de tales arrebatos y antes creería que el cielo va a derrumbarse sobre su cabeza que sospechar la más mínima tachadura moral en su mujer. En realidad Charles y Emma tienen mucho de almas gemelas, pues se complementan muy bien cada uno en su mundo ilusorio y viviendo así en un estado muy parecido a la felicidad, aunque ésta sea de manera temporal.
Mario Vargas Llosa es uno de los grandes devotos de la novela de Flaubert, de quien siempre ha confesado que es una de las grandes influencias de su carrera literaria. Uno de los mejores estudios de Madame Bovary salió de su pluma bajo el título La orgía perpetúa (1975), donde se ocupa con maestría de la psicología de la protagonista, a la que define como una inconformista con los usos sociales de su tiempo, una mujer quijotesca que quiere hacer realidad el ideal de la novela sentimental, tan de moda en aquel tiempo, sin haber aprendido a distinguir entre ficción y realidad:
"La rebeldía, en el caso de Emma, no tiene el semblante épico que el de los héroes viriles de la novela decimonónica, pero no es menos heroíca. Se trata de una rebeldía individual y, en apariencia, egoísta: ella violenta los códigos del medio azuzada por problemas estrictamente suyos, no en nombre de la humanidad, de cierta ética o ideología. Es porque su fantasía y su cuerpo, sus sueños y sus apetitos, se sienten aherrojados por la sociedad, que Emma sufre, es adúltera, miente, roba y, finalmente, su suicida. (...) Esta derrota, fatidica por las condiciones en que se planteaba el combate, tiene ribetes de tragedia y de folletín, y ésa es una de las mezclas a las que yo, envenenado, como ella, por ciertas lecturas y espectáculos de adolescencia, soy más sensible."
Y es que la creación del escritor francés nunca ha dejado de fascinar a artistas de todos los ámbitos de la creación (una de las últimas grandes obras que ha inspirado es una adaptación libre de la novela por parte del cineasta mexicano Arturo Ripstein, titulada Las razones del corazón). Esta fascinación se acentúa con el suicidio de la protagonista, magistralmente descrito por Flaubert, quien no ahorra dosis de crueldad, la crueldad de la realidad, al lector:
"Enseguida su pecho empezó a jadear rápidamente. La lengua toda entera le salió por completo fuera de la boca; sus ojos, girando, palidecían como dos globos de lámpara que se apagan; se la creería ya muerta, si no fuera por la tremenda aceleración de sus costillas, sacudidas por un jadeo furioso, como si el alma diera botes para despegarse."
La novela no se acaba con la muerte de Emma. Su presencia ha sido tan fuerte que sigue influyendo en las emociones de quienes le rodean como una poderosa presencia que no se ha extinguido del todo después de la tremenda escena de su fallecimiento. Una presencia que ha trascendido las páginas del libro y sigue hoy tan viva, tan influyente y tan moderna como cuando Flaubert la publicó.
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