miércoles, 13 de noviembre de 2013

EL EXTRANJERO (1942) DE ALBERT CAMUS. NARRACIÓN DE UN HOMBRE AUSENTE.

La celebración del centenario del nacimiento de Albert Camus es una ocasión perfecta para repasar la que quizá sea su obra más emblemática, la que le dio la fama y la que más comentarios ha suscitado. Leída hoy, El extranjero sigue conservando su inmenso poder hipnótico y perturbador. 

El protagonista, Meursault, es una especie de ser aislado, ausente, que vive en sociedad pero se comporta como si necesitara estar a espaldas de ellas. Es una especie de animal humano, que se relaciona con los demás con el fin de cubrir sus necesidades básicas: comer, vestirse, hacer el amor... pero todo lo demás le es indiferente. Su código moral, si es que puede llamarse así, es personal e intransferible. Al principio de la narración recibe la noticia del fallecimiento de su madre con una perfecta frialdad, comportamiento que va a seguir manteniendo durante su velatorio y funeral. En cualquier caso, Meursalult tiene derecho a comportarse así, pues la sociedad también admite en su seno a seres asociales. No importa que carezca de ambiciones, que nunca adopte la iniciativa en las relaciones con otros seres humanos o que para él la existencia sea algo anodino y sin importancia; el contrato que le une al resto de la sociedad va a ser quebrantado irreversiblemente cuando cometa la acción más ignominiosa: el asesinato.

La segunda parte de la novela está dedicada casi por entero a la descripción de la detención y proceso de Meursault. Hay quien la emparenta con El proceso, de Franz Kafka, por lo absurdo de algunas situaciones, pero yo encuentro una diferencia fundamental entre Josep K y Meursault: mientras el primero desconoce su culpa, el segundo ha cometido un asesinato y asume casi con indiferencia las consecuencias de su acto. Es curiosa la actitud del protagonista, enfrentado a una posible sentencia de muerte en la guillotina: si bien se manifiesta a sí mismo que no le importa morir, puesto que todos hemos de morir tarde o temprano, no puede evitar anhelar la libertad perdida, cuando la atisba a través de los sonidos o los olores que le llegan del exterior. Esto nos pone sobre la pista de que aun no siendo del todo un ser humano corriente, el protagonista sabe diferenciar lo que es placentero y lo que no lo es. Solo que parece darse cuenta cuando ya ha perdido para siempre su libertad de elegir:

"Se levantó la sesión. Al salir del Palacio de Justicia para subir al coche, reconocí por un breve momento el olor y el color de la tarde de verano. En la oscuridad de mi prisión móvil, volví a encontrar uno a uno, como desde el fondo de mi cansancio, todos los ruidos familiares de una ciudad que amaba y de una cierta hora en la que solía sentirme contento." 

Dicho todo esto, si analizamos el juicio al que se enfrenta Meursault parece prestarse mucha más atención durante el transcurso del mismo a su conducta precedente (sobre todo en relación con el funeral de su madre) que al mismo hecho del asesinato: no parece juzgarse el acto, sino al hombre. Como si la sociedad quisiera purificarse describiendo a Meursault como un ser ajeno a la misma. El acusado tampoco parece tener la más mínima intención de defenderse. Tratar de justificar su acto sería hipócrita. Él es incapaz de mentir, de fingir, algo imprescindible para convivir en sociedad. Por eso cuando declara lo que sucedió de verdad, que el exceso de Sol le llevó a cometer el asesinato, el público ríe. Meursault sabe que ha quitado una vida humana, tan absurda y tan digna de ser vivida como la suya propia, por lo que acepta el veredicto. Luego la religión intentará aprovecharse de su situación para asaltar por última vez su alma, para redimir un crimen que se transforma en un pecado y que puede ser vencido a fuerza de arrepentimiento. Su instinto rechaza tal ofrecimiento de redención por parte del sacerdote porque "ninguna de sus certidumbres valía el cabello de una mujer".

El extranjero, como hijo del movimiento existencialista, ha inspirado diversas interpretaciones a la actitud de Meursault. Para muchos él representa al hombre libre, al que escapa de la convenciones sociales para vivir una existencia libre de hipocresías, lo que lo desplazaría del resto de la sociedad. Así Mario Vargas Llosa, comentando la novela en su ensayo Las verdad y las mentiras, habla del sentimiento fingido como un instrumento imprescindible para la cohesión social:

"El sentimiento fingido es indispensable para asegurar la coexistencia social, una forma que, aunque parezca hueca y forzada desde la perspectiva individual, se carga de sustancia y necesidad desde el punto de vista comunitario. Esos sentimientos ficticios son convenciones que sueldan el pacto colectivo, igual que las palabras, esas convenciones sonoras sin las cuales la comunicación humana no sería posible. Si los hombres fueran, a la manera de Meursault, puro instinto, no solo desaparecería la institución de la familia, sino la sociedad en general, y los hombres terminarían entrematándose de la misma manera banal y absurda en que Meursault mata al árabe en la playa."

Así pues, más que un héroe rebelde, un ser que es capaz de vivir de espaldas a la sociedad, Meursault es un hombre cuya visión del mundo excluye la empatía hasta el punto de que asesinar a otro ser humano no es para él sino algo anodino, sin consecuencias en el propio yo, aunque las vaya a tener en su vida externa. La hazaña de Camus (recordemos que no tenía todavía treinta años cuando escribió El extranjero) es que el lector se sienta irresistiblemente atraído por la visión del mundo de Meursault, hasta el punto de que el personaje nos despierta ciertas simpatías, hasta que recordamos que es un asesino. La escritura simple y precisa del autor de La caída consigue que el lector saboree en todo momento la narración de manera pausada y reflexiva. Además Camus regala párrafos tan asombrosos como los que transcurren en la playa donde va a cometerse el asesinato, cuyo ambiente se vincula de una manera extrañamente natural con el estado de ánimo del protagonista. Se trata de una descripción tan precisa del ambiente, de la luz, del calor, que casi hay que leerla con las gafas de Sol puestas. Cada libro de Camus nos sigue demostrando que, contrariamente a otros de su época, es un autor que sigue estando de plena actualidad.

SÉPTIMO (2013), DE PATXI AMEZCUA. AL FINAL DE LA ESCALERA.

Séptimo comienza admirablemente bien, con esas tomas aéreas de la inmensa ciudad de Buenos Aires en plena actividad. Una enorme urbe que contrasta con el lugar donde se va a desarrollar buena parte de la trama de la película, un edificio de vecinos donde se pierden de manera absurda e inexplicable unos niños mientras bajaban la escalera. Esta especie de pesadilla va a conformar la trama de Séptimo, donde el personaje que interpreta Ricardo Darín asume un protagonismo casi absoluto.

A primera vista, Sebastián parece un triunfador. Es un abogado que lleva un importante caso de corrupción y su móvil no para de sonar mientras conduce su BMW por las calles de la ciudad porteña. Pero la vida de Sebastián esconde algunas miserias: se separó de su mujer, pero aplaza la firma de los papeles del divorcio. Ella le reprocha que su posición actual se debe a los manejos de su familia: hay muy malas vibraciones entre los dos que solo son neutralizadas cuando sus dos angelicales hijos hacen acto de presencia. El padre, que se encarga de llevarlos al colegio, practica con ellos un juego: les reta a que bajen por la escalera y que lleguen antes al aparcamiento subterráneo que el ascensor en el que él desciende. Cuando llega abajo, Sebastián comprueba, primero con preocupación y luego con horror, que sus hijos han desaparecido. Comienza un juego que se parece mucho al de esas novelas policiacas en las que se ha cometido un crimen en un recinto cerrado y el detective debe descubrir cómo ha sido posible.

A partir de este momento comienzan los mejores minutos del escaso metraje de Séptimo. Ricardo Darín sabe transmitir perfectamente los estados de ánimo del padre de familia que ha perdido a sus vástagos de forma absurda: de la incredulidad a la desesperación, de la desesperación a la rabia. Intentar racionalizar el suceso no le sirve más que para aumentar su frustración. La angustia es tal que siente que sus hijos deben estar cerca, pero todos sus intentos de encontrarlos dentro del recinto del edificio dan como fruto una mayor frustración. A mi entender existe un error en el planteamiento de estas escenas: el espectador no sabe en ningún momento cual es la estructura exacta del edificio, ni siquiera si se comunica con otros a través del aparcamiento, de otras escaleras o de la azotea, por lo que el espacio a abarcar podría estar formado por unas pocas plantas o por varios edificios comunicados entre sí.

Con la intervención de la madre en la búsqueda pasamos al tercer acto de la película, el del desenlace, cuando todo apunta a que se ha producido un secuestro. En esta última parte se desbarata de mala manera todo lo bueno que tenía la película. El espectador que haya prestado un poco de atención (a pesar de que se intenta ponerlo sobre falsas pistas) sabrá desde mucho antes de sus últimos minutos qué personaje es el culpable. Y el final va a ser verdaderamente ridículo, quedando el personaje principal - en contra de lo visto hasta el momento - como un ser fácilmente manipulable incapaz de ver lo que tiene delante de sus ojos hasta mucho después de que haya sucedido. Lo mejor de Séptimo son sus humildes pretensiones y el buen uso que hace de un buen actor como Darín. Lo peor, su conclusión, que deja al espectador con un pésimo sabor de boca, cuando se desmorona estrepitosamente la frágil arquitectura que sostenía la trama. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

CANAL NOU.

En este país nos encanta votar a políticos zafios y corruptos, de esos capaces de mentir varias veces seguidas, sin parpadear siquiera, mientras sonríen a cámara. No importa que construyan aeropuertos de juguete o que sean el alma de gigantescas tramas mafiosas, siempre contarán con el respaldo de su partido y éste contará con el voto agradecido de una gran parte de la ciudadanía. Tampoco importa que haya sindicalistas que estiman que la protección al trabajador comienza por la protección del cargo propio, ni presidentes autonómicos que no sepan nada de una trama que desvió millones de euros de fondos públicos y se retiren dignamente al Senado, para seguir sirviendo al pueblo. Tampoco importa que un Estado supuestamente laico subvencione generosamente el funcionamiento de la iglesia católica (aunque el partido que estuvo anteriormente en el gobierno proclame ¡ahora! que hay que revisar el Concordato con el Vaticano) mientras alguno de sus obispos desprecia la ley fundamental del Estado que le da de comer, publicando un libro que parece inspirarse en los tiempos del Concilio de Trento, asegurando que la mujer debe ser sumisa en todo al marido para que un matrimonio vaya sobre ruedas.

Todo esto está muy bien, lo sabemos, convivimos con ello todos los días (podría seguir dando ejemplos hasta el infinito) y los responsables políticos tiemblan ante la indignación que mostramos en las redes sociales, intercambiandonos entre nosotros chistes sobre Rajoy o Fabra a cual más original y revolucionario. Pero no lo habíamos visto todo todavía en este país. Nuestra capacidad de asombro ha sufrido una nueva prueba ante una nueva especie nunca vista: el periodista que se arrepiente de haber servido al político corrupto cuando este le quita el pan del que ha estado comiendo durante décadas. La lógica de la profesión periodística en España dista mucho de los planteamientos de independencia o deontología profesional que se enseñan en la carrera y está mucho más cercana a la de la sumisión al poder (ya sea este estatal, autonómico, provincial o municipal, que poderes a los que acogerse no faltan) poniendo la pluma al servicio del partido gobernante a cambio de un puesto de trabajo, si no bien remunerado, al menos que ofrezca cierta seguridad. Cualquiera pensaría que este es un comportamiento lógico, que hay que comer. ¿Pero pensarían igual de un juez que, dejando de lado los atributos fundamentales de su profesión, se dedicara a favorecer al poder?

El periodismo se ha prostituido porque, si bien todavía puede decirse que existe cierta libertad de prensa, lo que no hay es independencia. Ni las televisiones, ni los periódicos ni las radios pueden morder la mano que les da de comer. Y menos en estos tiempos de prensa gratuita y caida en picado de los ingresos publicitarios. Todo esto es cierto, pero no justica que los impuestos de los ciudadanos se gasten en mantener unas televisiones públicas (cada comunidad, cada pueblo quiere tener la suya propia) que solo sirven para estar al servicio del partido político de turno. En el caso de Valencia, sus trabajadores, en un arranque de sinceridad cuando ya no tienen nada que perder, han denunciado presiones contínuas por parte del PP para ocultar unas noticias y manipular otras, además de hacernos ver lo obvio: que Canal Nou (como tantas otras empresas públicas) era un lugar estupendo para meter a gente enchufada. 

Un poco tarde llega este grito de rabia absurdo y ridículo. Me gustaría saber si ha habido héroes en tiempos anteriores. Periodistas que, en un arranque de dignidad, han dimitido de sus puestos cuando han visto socavada su independencia. Ojalá esto sirva para reflexionar y empezar a entender que el dinero público debe gastarse en colegios y hospitales, no en medios de comunicación llenos de noticiarios manipulados, programación infame y estómagos agradecidos. Los periodistas, los que puedan, que recuerden las palabras de Albert Camus, que recordaba a los periodistas cuales eran los cuatro puntales de su oficio: lucidez, desobediencia, ironía y obstinación.

domingo, 10 de noviembre de 2013

FURIA (1936), DE FRITZ LANG Y FRITZ LANG EN AMÉRICA (1969), DE PETER BOGDANOVICH. MASA Y PODER.

De entre todas las películas que realizó en Estados Unidos, Furia era la preferida de Fritz Lang. Quizá porque supo trasladar el espíritu de su denuncia de los totalitarismos a una historia concebida para la mentalidad de aquel país, en la que el héroe era un ciudadano corriente que se enfrenta, debido a un equívoco, a una ola de intolerancia descontrolada contra su persona. Porque no se puede razonar con la masa. La masa siempre tiene razón y sabe impartir justicia sin tener que sentarse y pensar en la misma. Lancé esta pregunta en el debate posterior a la emisión de la película: ¿provocarían la misma indignación las imágenes de Furia si el personaje de Spencer Tracy, linchado por la masa, hubiera sido un violador de niños o algo así? Piensen ustedes su respuesta. Y si pueden, lean Fritz Lang en América, un valiosísimo documento en el que uno de los mejores directores de cine de todos los tiempos habla de sí mismo y explica lo que quiso transmitir en cada una de sus obras. 

Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2013/11/furia-de-fritz-lang.html

martes, 5 de noviembre de 2013

EL CABALLERO SUECO (1936), DE LEO PERUTZ. LA FORJA DE UN LADRÓN.

Aunque no demasiado conocido en España - pese a que se ha publicado buena parte de su obra - Leo Perutz es un bocado exquisito para todo amante de la literatura. En mi caso, aunque tenía previamente alguna referencia de él, lo leo estimulado por la recomendación que nos hicieron mis amigos Begoña y Francisco Javier, autores de Lluvia púrpura, cuando pasaron por la biblioteca Cristóbal Cuevas.

Perutz es uno de esos escritores centroeuropeos que nacieron a finales del siglo XIX y, por lo tanto, les tocó vivir lo mejor y lo peor de los acontecimientos de la primera mitad del siglo XX: la apoteosis de Viena como centro cultural europeo y las dos guerras mundiales, la segunda de las cuales partió su vida en dos, ya que la segunda parte de la misma transcurrió en Palestina. Es curioso observar que un punto de su biografía, en la primera década del siglo, trabajó en Trieste en la misma compañía en que lo hacía Franz Kafka en Viena. ¿La labor que se desempeñaba en la Compañía de Seguros Generales inspiraba a los genios literarios?

El caballero sueco tiene mucho de realismo mágico antes de que se inventara el realismo mágico. El lector va a seguir las andanzas de un ladrón que malvive en los caminos y que conoce a un oficial del ejército sueco que ha desertado a causa de un malentendido. El oficial, joven ingenuo, sigue creyendo en la nobleza de la causa del rey sueco y en la gloria que puede obtenerse en la guerra. El ladrón es un ser mucho más astuto y práctico y cuando se le presente la ocasión de adoptar la personalidad del oficial, va a aprovecharla en su beneficio. Antes liderará una banda de rebeldes que se esconde en el bosque y comenzará una campaña de robos hasta entonces inédita por sacrílega: el asalto de iglesias y conventos en busca del oro y la plata que acumulan desde tiempos inmemoriales.

Precisamente la novela de Perutz no ahorra críticas a la crueldad de la iglesia, personificada en un obispo del lugar que posee una inmensa fundición que todos llaman la Forja del Obispo y que es como una especie de infierno en la Tierra que sirve para redimir a los malhechores y para hacer a su dueño aún más rico. Los desventurados que acaban en la Forja del Obispo saben que morirán en pocos meses si el destino se apiada de ellos. Si no sucede así, el hombre que salga de allí después de unos años de trabajo infernal será muy distinto al que entró. Será un hombre sin miedo, pues ya ha vivido lo peor por lo que puede pasar un ser humano.

Así pues, el ladrón posee buenos argumentos para justificar sus crímenes contra la religión, argumentos muy avanzados e insólitos para la época:

"Todo lo que hay sobre la tierra es de Dios. El oro y la plata que tienen guardados los curas es de Dios, y seguirá siendo de Dios aunque los metamos en nuestros sacos. Creo que es una buena obra poner en circulación los tesoros que allí descansan. Y si es un pecado, como dices, debes saber que así como no se puede hacer un jubón sin una vara ni unas tijeras, ni una casa sin llamar a un carpintero o a un albañil, tampoco podrás tener mejores días sin haber cometido antes un pecado."

Además, tiene una opinión muy personal de la relación de los hombres con Dios:

"Es posible que Dios no quiera que ganen el cielo demasiados hombres. (...) Tengo para mí que Dios prefiere mantener a los hombres lejos de él, en los infiernos, antes que en el cielo. Porque ¿qué puede esperar de ellos? En cuanto hubo cuatro hombres en la Tierra se mataron a palos, y no creo que en el cielo vayan a hacer otra cosa."

El cielo y el infierno se dan cita en la vida del ladrón. Él sabe acoger a los dos, pero sabe que el destino es caprichoso, sobre todo con un hombre de su pasado. El ladrón es sabio y comprende que uno solo puede forjarse ese destino hasta cierto punto. Al final los pecados acaban pasando factura y hay que afrontarlos. El caballero sueco es una novela cruel y absorbente al mismo tiempo, una narración original que me deja con ganas de conocer más obras de Perutz.

domingo, 3 de noviembre de 2013

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN NOVIEMBRE. LOS LIBROS VUELAN LIBRES.

El proyecto Más Libros Libres se va consolidando mes a mes y en noviembre damos la bienvenida a su club de lectura, que comienza con el gran Gabriel García Márquez. Para quien no lo sepa todavía Más Libros Libres es una librería de Málaga que se alimenta de donaciones de libros de instituciones y particulares y cuya principal característica es que los volúmenes que se ofrecen en sus estanterías son totalmente gratuítos. Además, mi amigo Daniel, con el que estoy compartiendo un proyecto ambicioso que espero pueda llegar a buen puerto, organiza un encuentro informal en una tetería malagueña en torno a una novela de Bohumil Hrabal. El mes viene muy cargado, sobre todo en su segunda mitad. Veremos como me las arreglo para estar presente en todos los lugares que me gustaría estar. Siempre es un gozo ver como surgen nuevas iniciativas que tienen una meta común: hacernos más libres a través de los libros.

En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, conmemoramos el aniversario de Albert Camus a través de la lectura de la más emblemática de sus obras: El extranjero.

En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, tendremos un encuentro con un autor de género de terror e intriga: Emilio Bueso con Esta noche arderá el cielo.

En el club de lectura Entrelíneas, del Ateneo de Málaga, otra interesantísima propuesta con el clásico de Thomas Mann La muerte en Venecia. Y en diciembre proyectarán la película de Visconti.

El club de lectura de Más libros libres debuta con la que está considerada una de las mejores novelas en lengua castellana: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

En el club de lectura de Fnac Málaga, una novela que hace tiempo me propuse leer, pues me la ha recomendado más de una persona, pero todavía no lo he hecho: La tienda de los suicidas, de Jean Teulé.

Una propuesta original: un encuentro informal, en la tetería Zouk de Málaga en torno al libro Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal.

En la Casa del Libro, dos clubes de lectura este mes. En el más tradicional, una propuesta intachable, La tregua, la obra maestra de Benedetti y en el dedicado a la novela histórica, La promesa del ángel, de Frederic Lenoir.

En el Centro Andaluz de las Letras, en uno de sus clubes, una novela de la esposa de Paul Auster, El verano sin hombres, de Siri Hustvedt y en el otro, una narración protagonizada por la mismísima reina de Inglaterra: Una lectora nada común, de Alan Benett.

En la estupenda biblioteca de Arroyo de la Miel, sigue muy activo el club de lectura dedicado a analizar los mejores clásicos. Este mes lo harán con Yerma, de Federico García Lorca, obra que leí no hace mucho.

En el club de lectura de la librería Luces, una novela muy popular, que fue un auténtico best seller cuando se publicó: Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda.

Además de todo esto, está previsto un encuentro de Zoé Valdés con los clubes de lectura de Málaga, en torno a su novela La mujer que llora.

Y, como siempre, les recuerdo la cita con el ciclo Literatura y cine, del cual soy responsable. Esta vez he elegido al gran Fritz Lang, con una de sus primeras experiencias en el cine americano: Furia, protagonizada por Spencer Tracy.

Ya ven, a pesar de que hay quien dice que noviembre es el mes más triste de todos, en cuanto a clubes de lectura y encuentros literarios resulta más que satisfactorio. Si todavía no lo ha hecho, anímese a acudir a algunos de los clubes de lectura que oferta la ciudad de Málaga. Leerá de una forma muy distinta a la habitual, pasará un rato muy agradable y hará muchos amigos. 

Como de costumbre, horarios y lugares aparecen en la columna de la derecha, así como cualquier nueva incorporación o modificación.

¡Felices lecturas!

THOR, EL MUNDO OSCURO (2013), DE ALAN TAYLOR. ODIO ENTRE HERMANOS.

En sus orígenes, Thor, el cómic, pretendía ser la serie más épica y mitológica del Universo Marvel. Ningún dibujante como Jack Kirby para plasmar la grandeza de Asgard, hogar de los dioses nórdicos. Pero Thor era un dios castigado, exiliado en la Tierra por su padre para que aprendiese humildad. Uno de los puntos más interesantes de los cómics era observar las relaciones de un dios nórdico con los habitantes de la Tierra del siglo XX. Como no podía ser de otra manera, el dios exiliado se encariña con este mundo y se convierte en uno de sus protectores. Mucho más tarde llegaría la etapa que es considerada por muchos el punto culminante de la serie: los años en los que Walter Simonson se hizo cargo del personaje.

Precisamente fue Simonson el que humanizó a Thor explorando los puntos débiles de su condición casi divina. Si hasta el momento uno de los inconvenientes de sus historias era que se trataba de un ser casi invencible y que había pocos enemigos que pudieran hacerle sombra (a excepción de su propio hermanastro), Simonson hizo que Thor perdiera su martillo a manos de un oponente aún más noble que él, que su rostro quedara desfigurado después de un enfrentamiento en el reino de Hela, la diosa de la muerte, que afrontara una maldición por la cual sus huesos se tornaron extremadamente quebradizos, para finalmente, en la vuelta de tuerca más sorprendente en la historia del personaje, que quedara convertido en rana durante una buena cantidad de números. La de Simonson fue una etapa repleta de imaginación y sorpresas y hubiera sido bueno que, tras la decepción que supuso la primera entrega cinematográfica dirigida por Kenneth Branagh, esta segunda parte bebiera de las fuentes de este gran guionista y dibujante.

Thor, el mundo oscuro comienza con la descripción de un par de batallas realizadas sin garra, unas escenas anticlimáticas que sirven para poner al espectador en antecedentes. Una de ellas pertenece al pasado y está protagonizada por el abuelo de Thor. Otra de ellas es del presente y muestra al dios del trueno, pacificando los nueve reinos a base de martillazos, pero sin que ello le suponga un gran esfuerzo. Después se nos va a mostrar algo que se echaba en falta en la primera entrega: algunas pinceladas de la vida cotidiana de los asgardianos y de las relaciones entre Thor y su familia. Aparte de Malekith, el enemigo que regresa del pasado remoto, dos son los conflictos que se plantean en esta segunda parte de las aventuras de Thor: su amor por Jane Foster, una mera mortal, desdeñando con ello a la magnífica diosa Sif y el destino de su hermanastro Loki, encerrado por sus crímenes en una celda acristalada, con lo que el personaje más interesante de la película pasa a formar parte de la ilustre lista de villanos inquietantes encerrados en este tipo de prisión: Hannibal Lécter, el Joker, Silva (de Skyfall)...

Precisamente los mejores momentos de Thor, el mundo oscuro vienen de la mano de la relación entre los dos hermanos, una relación repleta de cuentas por saldar. Loki es un dios malicioso y poco fiable y el actor Tom Hiddleston, que se había hecho perfectamente con el personaje en las dos películas anteriores (Thor y Los Vengadores) realiza una actuación repleta de ambigüedades y humor negro. Este humor está sorprendentemente presente en una película de la que esperaba un tono más oscuro, consecuente con su título. Algunos chistes son muy efectivos, otros francamente ridículos, como si de vez en cuando el director le dijera al espectador: "no te tomes muy en serio lo que estás viendo en la pantalla". Esta parte central de la película, que es un auténtico deleite, se acaba pronto. Taylor hubiera obtenido resultados mucho más satisfactorios si hubiera aprovechado la química entre Hiddleston y Hemsworth de manera más profunda y ofreciendo aún más vueltas de tuerca. Pero prefiere un final más rutinario, la consabida batalla final ambientada en Londres contra un enemigo, Malekith, que ha mostrado ser una amenaza muy seria, a la altura del dios del trueno, pero que al final resulta ser un enemigo rutinario. Nada que ver con Loki que, como ya he comentado, se erige en la estrella de la función sin mucho esfuerzo. Respecto a Natalie Portman, sigue sin encontrarse cómoda en el papel de Jane Foster y se le ve a ratos un poco perdida.

La película de Taylor queda al final como una obra muy irregular, que no sabe encontrar su tono adecuado, salvo en algunos momentos. El diseño de producción (con una espectacular visión de Asgard) y los efectos especiales son magníficos, pero no bastan para dotar de alma a la historia. A ver si para la próxima leen con atención a Walter Simonson y podemos ver a Bill Rayos Beta en pantalla.