domingo, 21 de agosto de 2011

FE Y RAZÓN: LA VISITA DE BENEDICTO XVI.


Pongo la tele esta mañana y me encuentro que continúa esa misa interminable celebrada ante una masa inabarcable de jóvenes que no se quieren perder detalle, aún a costa de soportar temperaturas infernales, a pesar de los rezos previos para que no hiciera demasiado calor. Además anoche una inoportuna tormenta de verano vino a interrumpir el discurso del papa, que no pudo enfrentarse a la furia de los elementos. Algunos dirán que fue la ira de Dios, que no puede consentir que su mensaje se tergiverse de ese modo, pero la explicación es mucho más prosaica: un fenómeno meteorológico que sucedió precisamente en ese momento. Ni la oración ni las ceremonias irracionales pueden influir en que la naturaleza siga su curso, por mucho que el discurso de la Iglesia nos intente convencer de lo contrario.

Desde el principio de su pontificado, una de las principales obsesiones del papa ha sido la conciliación imposible entre las ideas de fe y razón, términos antagónicos a mi parecer. El ideal para el catolicismo ha sido siempre el mismo: que toda la sociedad, incluidos los científicos, se plieguen a la doctrina de la Iglesia, que cualquier investigación , que cualquier descubrimiento sea compatible con la fe cristiana, y en este sentido habría que explicarles a los jóvenes cual es el auténtico mensaje del papa, de que les está hablando cuando lee sus discursos con esa voz monótona (al menos el papa anterior era un buen comunicador).

Benedicto XVI está ante todo angustiado por la falta de vocaciones, que bajan año tras año. A pesar de los miles de jóvenes reunidos en Madrid, un exiguo porcentaje de los mismos pretende consagrar su vida al servicio de la iglesia, como sacerdote o como monja (los roles están bien definidos) y el papa les pide que se comprometan, que lleven una vida de castidad y de servicio a la ideología religiosa. Por otra parte el papa les pide, como segunda opción, que se casen y tengan cuantos más hijos mejor. El otro día me horroricé cuando escuché a uno de esos locos a los que se les está dando voz estos días comentar que a los cristianos les gusta mucho el sexo, siendo la prueba de ello los catorce o quince hijos que suelen tener las familias del Opus Dei. Pero, eso sí, el sexo siempre dentro del matrimonio, sin posibilidad de divorcio (a no ser que se den ciertas circunstancias, o que la persona divorciada se haga miembro de la familia real). Sobre el aborto: que sea condenado en todas sus formas, aunque esté en peligro la vida de la madre, aunque el feto presente malformaciones terribles, aunque la mujer haya sido violada, algo que está en contradicción con la dignidad de la persona. Y sobre la homosexualidad, que la condenen siempre, que si tienen un hermano o un amigo homosexual, que lo consideren un desviado, y que intenten ayudarle para volver al camino correcto. Que no se queden en escuchar lo que les dice una persona famosa, que sale en la tele. Que reflexionen acerca de lo que significa ese mensaje para sus vidas y para las de los demás. Aún dentro de la iglesia hay grupos que apuestan por un diálogo más racional con otras posturas y por un retorno a la sencillez del mensaje (y de las formas) cristianas.

Claro es que en este penoso camino para conciliar fe y razón, flaco favor le han hecho al papa los escándalos de pederastía que salpican la iglesia desde hace años. Primero intentó ocultarlos, luego negarlos, luego ignorarlos y, cuando ya no ha tenido más remedio, los ha condenado, pero de una forma tibia, a mi parecer, como si fueran algo comprensible, una debilidad humana que puede combatirse simplemente trasladando al sacerdote de una diócesis a otra.

En esta semana han sucedido muchas cosas. Me ha desagradado mucho ver el enfrentamiento a gritos entre los componentes de las manifestaciones por el laicismo del Estado y los peregrinos. No me gusta nada que se llame a alguien ignorante por tener opiniones distintas. Desde mi punto de vista, andan errados, pero tienen todo el derecho a vivir y a pensar como quieran. El disgusto se me pasó en parte cuando leí que se había improvisado un debate en la Puerta del Sol entre ambos bandos acerca de la visita papal. Ese es el camino, por ahí se empieza.

En realidad las jornadas son una gran plataforma de propaganda para la iglesia católica, que funciona como esos grandes mítines de los partidos políticos: solo convencen a los ya convencidos, en un país en el que solo el trece por ciento de la población que se define como católica va a misa todos los domingos (mucho menor porcentaje entre los jóvenes). No creo que se logren muchas conversiones con este espectáculo ostentoso, en el que se echa en falta un poco de autocrítica, que hablen del papel de la iglesia en la Guerra Civil y en el franquismo, que expliquen la rapacidad con la que las diócesis han usado y abusado de una antigua facultad para inscribir bienes inmuebles a su nombre en el Registro de la Propiedad (bienes temporales, pero que siempre vienen muy bien).

Pero la iglesia se funda en lo divino, no en lo humano, por lo que sus acciones tienen la virtud de la perfección. Además, me ha chocado como ciudadano ver a todas las autoridades del Estado doblando la cerviz frente al poder religioso y colaborando activamente en transmitir su mensaje intolerante. A algún responsable político le he escuchado reprochar que cuando se celebra el día del orgullo gay nadie protesta. También es cierto que esta celebración no paraliza una ciudad entera durante una semana y no cuenta con el entusiasmo de nuestra autoridades. El día en el que el Rey asista a la inauguración del día del orgullo, podremos decir que se ha normalizado definitavamente un país en el que persisten muchos usos del franquismo.

CREMATORIO (2007), DE RAFAEL CHIRBES. LAS SEMILLAS DE LA CORRUPCIÓN.


El tema de la corrupción urbanística me interesa mucho, porque he vivido muy de cerca durante unos años muy de cerca el sector de la construcción. No todo era corrupto, pero sí que existía una sed contagiosa de dinero fácil que derivó en la situación que todos conocemos. La novela de Chirbes, aunque intachable desde el punto de vista literario, me ha decepcionado un poco en el sentido de que esperaba encontrar en la trama más información sobre estos asuntos, pero la novela se centra más bien en las reflexiones personales del protagonista y los seres que le rodean, aunque sin profundizar en el proceso que ha derivado en la crisis actual, que no solo es económica, sino también de valores (pero no en el sentido en el que lo dice el papa) Aquí el artículo:

Durante más de una década, el constante crecimiento de la economía española se ha sostenido en la especulación inmobiliaria, en una fiebre constructora que aumentaba año tras año, alimentada por la constante subida del precio de la vivienda y la facilidad de acceso al crédito. Estas circunstancias fueron especialmente sangrantes en los pueblos y ciudades del litoral mediterráneo, ya que el turismo de Sol y playa hace especialmente atractivas estas zonas para el comprador.

Si alguien que llevara un par de décadas ausente visitase hoy cualquier pueblo costero, quizá no sería capaz de reconocerlo. El urbanismo salvaje y la sed de ganancias rápidas han hecho que queden ya muy pocos kilómetros de costa virgen. Lugares que se caracterizaban por ser un remanso de paz se vieron invadidos de la noche a la mañana por numerosas grúas que en pocos años transformaron por completo el paisaje urbano. En demasiados lugares la corrupción campó a sus anchas estimulada por el tráfico de influencias entre representantes del ayuntamiento, promotoras y constructoras mientras las Comunidades Autónomas y el Estado hacían la vista gorda. Mientras hubiera trabajo, aunque fuese de poca calidad y cualificación, pocas voces disentian y las que lo hacían clamaban en el desierto.

La crisis actual, que ataca con especial virulencia a nuestro país, se deriva en gran parte de todo ello. Rafael Chirbes, en una entrevista concedida al periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung, cuenta las motivaciones que le llevaron a escribir esta novela, Premio Nacional de la Crítica en 2007:

"Hasta el año 2000 viví en un pequeño pueblo en Extremadura. Por las noches, desde el balcón, no veía ninguna luz en unos veinte kilómetros. Entonces me vine a Beniarbeig, donde, desde mi casa, puedo ver el mar. Pero la vida alrededor mío se convirtió en algo así como el sueño de un drogadicto. La región cambiaba constantemente. Donde antes no había más que naranjos, al día siguiente había una grúa. El paisaje se llenó de apartamentos, un centro comercial, escombreras. Se incrementó el tráfico tanto que hubieron de construirse calles más anchas. A mi alrededor dominaba una actividad frenética, una inquietud que me atrapaba. Y mi sentimiento era: nada queda.”

La muerte de Matías Bertomeu, hermano del protagonista, es el detonante de la novela. Cada capítulo es un viaje al interior de los pensamientos de los seres cercanos a Rubén Bertomeu, un arquitecto, que dejó aparcados sus sueños de juventud a favor de enriquecerse especulando y urbanizando los terrenos de su pueblo, Misent. Para ello no ha dudado en corromper a politicos y asociarse con criminales. Es el precio del progreso, piensa él, mientras contempla su obra, hileras de adosados, de chalets clónicos que ocupan hasta el último rincón de los montes cercanos a la playa de Misent, un pueblo que podría ser cualquiera de los que jalonan el litoral mediterráneo.

Porque si bien este proceso de urbanización rápido y desordenado puede tener algunos beneficios inmediatos (trabajo, llegada de turistas), también produce unos efectos negativos palpables por los habitantes del pueblo: sobrepoblación, colapso de servicios básicos al dispersarse la población, destrucción del paisaje, atascos permanentes en las carreteras en los meses de verano. Misent se convierte en un pequeño infierno del que los protagonistas no pueden ni quieren salir, al igual que estos turistas que emprenden cada año su viaje a la costa sabiendo la masificación y las incomodidades a las que van a hacer frente: el Sol y la playa, aunque la arena no pueda ni atisbarse bajo las infinitas sombrillas, son un reclamo suficiente:

"(...) este paisaje enfermo, todas las edificaciones apelotonándose unas sobre otras, los solares, las grúas y el mar quieto como una mortaja bajo la luz dolorosa del mediodía, una luz blanca, lívida, luz también de cadáver, de morgue, filtrándose a través del polvo en suspensión que envía el desierto; del que levantan las retroexcavadoras al hurgar bajo la piel del terreno, los camiones bañeras al volcar los escombros en alguno de los vertederos, luz como de pesadilla, polvo de maquillaje que envuelve los matorrales, los árboles resecos..."

Junto a Rubén se mueven otros personajes que, mostrando sus pensamientos al lector, ajustan cuentas con su presente y su pasado: Silvia, su hija, muy crítica con las actividades de su padre, con sus métodos, pero que no es consecuente con su discurso cuando acepta su dinero y gracias a él puede permitirse lujos, a pesar de sus continuas protestas ("Non olet", le dijo el emperador Vespasiano acercándole unas monedas a su hijo cuando éste le reprochó que cobrara un impuesto sobre las letrinas), Collado que fue socio de Rubén y una especie de hijo para él, representante de una juventud que quema el dinero fácil de la construcción en una orgía de alcohol, drogas, prostitutas y coches caros o Federico, escritor retirado con una enfermedad terminal, absolutamente amargado con su pasado, en el que los hermanos Bertomeu tienen gran protagonismo.

El lector que busque en "Crematorio" una exégesis de lo que ha sucedido con el sector de la construcción en nuestro país quizá se lleve una decepción, pues la novela funciona más como relato generacional que como crónica de la corrupción urbanística, de la que solo se dan unos apuntes. Además, en este caso no se retrata al estereotipo de constructor sin estudios que se mueve en ese mundo gracias a su experiencia y sus contactos. Rubén Bertomeu es un hombre refinado, arquitecto de gran cultura que ha recorrido medio mundo visitando las obras maestras de la edificación y comiendo en los templos gastronómicos más afamados.

Es decir, Rubén es un ser plenamente consciente de lo que está haciendo y de sus consecuencias. Es su idea de progreso, aunque él a veces se presente como una víctima de un capitalismo que devoró su alma y solo le dejó la posibilidad de enriquecerse. Al fín y al cabo el progreso solo es posible con cierta destrucción del pasado, por dolorosa que esta sea, como ha sucedido siempre. Esta es la historia reciente de nuestro país, la historia de una locura colectiva que nos ha dejado en herencia paisajes y vidas devastadas.

SUPER 8 (2011), DE J.J. ABRAMS. E.T. VUELVE A CASA.


Los ochenta fueron una década mágica para quienes fuimos niños en aquella época. La falta de aparatitos electrónicos y la peor situación económica en general la supliamos con una gran dosis de imaginación en nuestros juegos. Ver una película determinada no era algo fácil. La llegada del vídeo fue una bendición en este sentido, pero los videoclubs prácticamente solo ofrecían novedades. Nada de clásicos. Pero por aquel entonces tener a tu disposición por un módico precio toda la saga de James Bond, la de Indiana Jones o la de Star Wars ya era suficientemente mágico, a pesar de que las cintas que se alquilaban no siempre se encontraban en el mejor estado. Además, las copias piratas de entonces eran infames, en algunas solo se apreciaba la oscuridad, pero aún así gozaban de gran éxito. En los cines de verano ponían algunas de las películas homenajeadas en "Super 8": "Los goonies", "E.T." o "Encuentros en la tercera fase".

El proyecto de J.J. Abrams era volver a las raices de un cierto cine que floreció en los ochenta, auspiciado sobre todo por Steven Spielberg: cine de palomitas, pero con pretensiones de entretenimiento de calidad. Para muchos críticos, esta tendencia fue el final del gran cine de los setenta, de la libertad del creador frente a los estudios que dio lugar a tantas obras maestras. Ahora la protagonista absoluta era la taquilla, es decir, las películas para todos los públicos. Y Spielberg supo aprovechar su oportunidad. El testigo sería recogido por otros directores como Joe Dante o Robert Zemeckis. Yo, como niño, estaba encantado con ese tipo de realizaciones, plenas de sentido de la maravilla. Como adulto, echo de menos en la década de los ochenta otro tipo de cine con planteamientos más adultos. Pero la nostalgia es un arma poderosa y "Super 8" reclamaba mi atención. Además, disfruté mucho hace un par de años de otra película de J.J. Abrams: "Monstruoso".

Mejor no hablar demasiado de la trama de "Super 8", porque desvarataría muchas cosas. Digamos que hay una pandilla de amigos y un extraterreste implicados en la misma. A base de continuos homenajes a los ochenta, la historia pierde mucha de su personalidad y deja en el espectador una continua sensación de algo ya visto, aunque esto no quiere decir que sea por completo desdeñable: la nostalgia es un arma de doble filo y a muchos de nosotros nos agrada volver a vivir algunas sensaciones de aquellos años. J.J. Abrams realiza un buen trabajo en la dirección pero, como digo, a la historia le falta personalidad propia y una película no puede tener su única base en el recuerdo a otras realizaciones.

jueves, 18 de agosto de 2011

MARNIE LA LADRONA (1964), DE ALFRED HITHCOCK. MATRIMONIO ORIGINAL.


Esta es una de esas películas que ví hace muchos años de la que apenas me quedan recuerdos más allá de algunas imágenes (una aterrada Tippi Hedren viendo el mundo teñido de rojo) y que tenía muchas ganas de volver a visionar, ya que no lograba determinar si en aquellos años me gustó o no.

Entre otras cosas el llamativo cartel de la película promete sexo. Promesa engañosa pues sexo es precisamente lo que no va a encontrar Mark (Sean Connery) cuando se case con Marnie, aún a sabiendas de que se trata de una mujer extraña, una ladrona compulsiva que se encuentra en una huida permanente, tanto de los demás como de sí misma.

Lo que más me ha llamado la atención es la relación matrimonial que se establece entre estos dos seres tan distintos. Mark es un millonario que parece mimado por la vida. Su atracción por Marnie no puede derivar más que de un deseo de dominio sobre un ser del que conoce todas las debilidades y al que, además, encierra en una cárcel dorada, pues una palabra suya podría llevarla a la cárcel, pero a la de verdad.

Desde el principio está claro que Marnie es un ser atormentado. La respuesta a sus angustias está claramente, tratándose de Hitchcock, en las páginas de Freud. ¡Cuanto debe el genial cineasta a sus lecturas del vienés! Aunque para algunos críticos "Marnie la ladrona" comparte podio con algunas de las obras maestras del director británico como "La ventana indiscreta" o "Psicosis", para mí está un par de escalones por debajo, lo cual quiere decir que se trata de una maravillosa película, pero no alcanza la perfección, quizá por su excesiva duración o por la falta de momentos memorables como los que abundan en las dos obras anteriormente citadas. Aún así, "Marnie" sigue siendo una pieza imprescindible en la filmografía de uno de los mejores directores de la historia del cine.

EL ABRAZO PARTIDO (2003), DE DANIEL BURMAN. LA BÚSQUEDA DE LA IDENTIDAD

Por cuantos avatares ha transcurrido la historia reciente de Argentina... Ariel, tan joven, ya se siente una de sus víctimas. Siente que la única solución para progresar es la emigración a Europa y la única manera de conseguirlo es haciendo uso de los orígenes familiares polacos que le otorgarían el ansiado pasaporte.

Su familia es judía y sus abuelos huyeron de Polonia para librarse del holocausto. De hecho su abuela está convencida de que en Europa siguen queriendo matarlos, por lo que solo en Buenos Aires se siente segura. Todas esas historias le quedan muy lejanas a un Ariel que prefiere mirar hacia el futuro, aunque este también tenga tintes grises y no tenga muy claro la orientación que pretende darle a su vida.

"El abrazo partido" es una película pequeña y sin grandes pretensiones y por ello resulta amable para el espectador. Me gusta mucho la presentación del submundo que componen los ocupantes de una pequeña galería comercial porteña. Da la impresión de que podría realizarse una novela con la historia de cada uno de sus habitantes, cuyas existencias transcurren paralelas y a veces se cruzan (con consecuencias insospechadas para la vida de Ariel) a través de los años. Lo cierto es que la mayoría de los comercios son absolutamente decadentes y anticuados, pero eso no les resta ni un ápice de encanto. De hecho, y muchos de ustedes compartirán mi opinión, los centros urbanos de las ciudades se han vuelto clónicos a raíz de la implantación de franquicias comerciales, siempre las mismas, en todas las ciudades civilizadas del mundo. Cuando uno encuentra un comercio original e independiente, parece haber encontrado un oasis en el desierto.

El gran tema de la película, que la hace oscilar entre la comedia y la tragedia, es la relación con el padre ausente, aquel ser misterioso que le dio la vida a Ariel para hacer enseguida mutis por el foro. Su regreso va a ser toda una prueba para el pobre protagonista, que oscila entre la atracción y la huida de ese ser tan misterioso y a la vez tan cercano. Una película que, sin pretender ser una obra maestra, constituye una lección de como hacer buen cine con pocos medios.

miércoles, 17 de agosto de 2011

HOOLIGANS (2005), DE LEXI ALEXANDER. LOS FALSOS HÉROES.


Comencé a ver esta película estimulado por las buenas críticas que encontré en internet. Esperaba una especie de estudio sociológico de esa plaga que son los ultras futbolísticos, esos aspirantes a héroes que ahogan sus frustraciones diarias desahogándose los domingos en un estadio de fútbol, creyendo que sus gritos de energúmeno son vitales para dar aliento a su equipo y, lo que es peor, que tienen el deber sagrado de enfrentarse físicamente con sus equivalentes del equipo rival, no dándose cuenta de que los necesita para justificar su existencia.

Esta plaga es especialmente virulenta en Inglaterra, cuyos hooligans, enardecidos por litros y litros de cerveza son especialmente peligrosos. La película de Alexander nos presenta a su protagonista (Elijah Wood) cuando es expulsado injustamente de la prestigiosa Universidad de Harvard, donde le quedaba muy poco para graduarse en periodismo. El muchacho aprovecha entonces para visitar a su hermana en Londres y conoce al hermano de su cuñado, un líder hooligan, por el cual queda rápidamente fascinado.

Y este es el primer error de la película a mi modo de ver. Que un americano al que suponemos culto y civilizado se transforme de la noche a la mañana en un hooligan es algo demasiado radical como para ser creíble. Y menos creible aún es que el pequeño Wood se meta en las más violentas peleas entre hinchas y salga triunfante, apenas con un labio roto y enardecido por la experiencia.

La película acierta al retratar el fútbol, el deporte, como algo secundario para esta gente, como una mera excusa para tener enemigos y desahogar la violencia. Lo malo es que más que condenar esta actitud, "Hooligans" parece justificarla, presentando a los hinchas como defensores de una forma de vida basada en la lealtad absoluta al grupo, que a su vez se basa en el odio al enemigo. Una especie de pensamiento militar pero sin tanta disciplina, válido solo para los fines de semana, pues el resto del tiempo los miembros del clan se dedican a sus respetables oficios: profesores, pilotos...

Lo más gracioso de todo es que cuando alguien muere (lo más lógico del mundo en peleas tan brutales) se busque algún chivo expiatorio al que culpabilizar. El líder del clan rival perdió a su hijo de doce años en una de estas refriegas y el muy imbécil, en vez de darse cuenta de que su conducta ha sido criminal e irresponsable al implicar a su hijo en sus canalladas, se dedica a buscar venganza en la horda rival. El final, que no voy a desvelar aquí, es patético y confirma, para cualquier espectador con dos dedos de frente, que estos personajes no merecen ni siquiera el nombre de animales, pues estariamos desairando a los miembros del reino animal. Más bien se les podría llamar cabezas huecas, siendo el protagonista el más idiota de todos ellos pues, con todos los encantos que ofrece Londres para el visitante, elige la peor de las compañías para su estancia.

Pronto comenzará de nuevo la liga y la irracionalidad de los hinchas encontrará nuevas justificaciones para cometer desmanes. Por suerte en España el asunto parece últimamente más controlado, pero mejor no bajar la guardia. Ya sabemos que la esencia del pan y circo son las fieras.

lunes, 15 de agosto de 2011

LA DE BRINGAS (1884), DE BENITO PÉREZ GALDÓS. EL MADRID DE LAS APARIENCIAS.


Hace unos tres años leí los dos primeros títulos de esta especie de trilogía galdosiana, en la que unos personajes ceden el protagonismo a los secundarios de la novela anterior, aunque, como siempre, la auténtica protagonista sigue siendo la ciudad de Madrid y el devenir de sus habitantes. "La de Bringas" está en la tradición de novelas decimonónicas de mujeres que se endeudan sin que sus maridos sean conscientes de ello. La mujer de aquel tiempo comenzaba a poder salir sola, a tener una vida propia, pero económicamente dependía siempre del hombre. La que quisiera una independencia más profunda debía hacerse cortesana. Aquí el enlace del artículo acerca de esta novela magistral: 


La España de mitad del siglo XIX es un periodo tumultuoso, lleno de cambios y de tensiones entre el orden establecido por el reinado de Isabel II y los elementos progresistas que pedían un cambio radical en la forma de Estado, en un escenario de grave crisis económica y social. Estas tensiones culminarían con el estallido de la revolución de 1868 y la toma del poder por parte de liberales y republicanos, lo que provocó que la reina se viera obligada a exiliarse. La solución fue la búsqueda, un tanto artificial, de un nuevo rey, Amadeo de Saboya, cuyo reinado solo duró dos años culminando todo ello en la efímera Primera República Española (1873-1874).

En 1884, el año en el que Galdós publicó La de Bringas, estos acontecimientos estaban todavía muy frescos en la memoria del escritor. Galdós, como es su costumbre, introdujo a sus personajes en un contexto histórico muy determinado, que va a influir muy poderosamente en sus acciones. Antes de emprender la lectura de La de Bringas, es muy recomendable haber leído previamente dos novelas que la preceden en el tiempo y que forman una especie de trilogía con aquella, ya que comparten personajes, El doctor Centeno y Tormento.

En El doctor Centeno, el protagonista, joven aspirante a médico, es testigo de los amores entre el sacerdote Pedro Polo y Amparo Sánchez, sacrilegio que será el tema central de Tormento, donde la protagonista, Amparo, vive sirviendo a unos parientes lejanos, Francisco Bringas y su mujer Rosalía, protagonistas de la novela que nos ocupa.

En realidad, toda la narrativa de Galdós perteneciente al ciclo de las Novelas Contemporáneas parece formar una sola novela, una gran crónica del Madrid decimonónico donde tienen cabida todos los ambientes, desde la pobreza de Misericordia, hasta los hogares de las clases más pudientes. En La de Bringas Galdós lleva al lector al mundo de los funcionarios medianamente acomodados que trabajan directamente para la reina en las estancias del Palacio Real madrileño, en el ambiente agitado que precede a la revolución de 1868.

Francisco Bringas es presentado como un hombre cabal, aunque quizá demasiado austero a la hora de planificar sus gastos, por lo que cuenta con importantes ahorros. Rosalía, su mujer, ha seguido hasta ese momento los pasos de su marido, pero ambiciona poder lucir su posición ante los demás. Su amiga Milagros, la marquesa de Tellería, la visita frecuentemente y pasan horas hablando de moda. Visitan las más elegantes tiendas de Madrid y la marquesa la incita a hacer algo que nunca se le había ocurrido hacer: comprar a crédito.

Es en esta época cuando la sociedad empieza a rendir culto al dios dinero, único medio de escalada social. La alta burguesía va imponiéndose a una aristocracia venida a menos (ahí está el ejemplo de la marquesa de Tellería, que intenta mantener su grandeza a base de apuros económicos) y las mujeres que no tienen acceso al dinero de sus maridos piden a crédito. En este ambiente prosperan usureros como Torquemada, al que Galdós le dedicará un memorable ciclo de novelas. Lo único que importa en este Madrid son las apariencias, dar ante los demás una impresión de prosperidad, aunque esté fundada en cuantiosas deudas imposibles de pagar. Algo muy parecido a los cimientos de nuestra actual crisis económica:

"¡Ay!, qué Madrid este, todo apariencia. Dice un caballero que yo conozco, que esto es un Carnaval de todos los días, que los pobres se visten de ricos. Y aquí, salvo media docena, todos son pobres. Facha, señora y nada más que facha. Esta gente no entiende de comodidades dentro de casa. Viven en la calle y, por vestirse bien y poder ir al teatro, hay familias que se mantienen todo el año con tortillas de patatas... Conozco señoras de empleados que están cesantes la mitad del año, y da gusto verlas tan guapetonas. Parecen duquesas, y los niños, principitos. ¿Como es eso? Yo no lo sé. Dice un caballero que yo conozco, que de esos misterios está lleno Madrid. Muchas no comen para poder vestirse; pero algunas se las arreglan de otro modo..."

En este panorama la figura de Francisco Bringas, pese a su exagerada austeridad, se alza como la única voz razonable, pero predica en el desierto cuando dice: "de veras te digo que más vale comer en paz un pedazo de pan con cebolla, que vivir como esa gente, entre grandezas revestidas de agonía", ya que ni siquiera su propia mujer le escucha. Resulta paradójico que el único personaje que es capaz de ver la realidad quede temporalmente ciego.

La otra gran crítica de Galdós se centra en las autoridades Estatales, con una Reina a la que solo parece importarle su propio bienestar (Rosalía vendría a ser un trasunto de su majestad, viviendo al día, sabiendo lo que se le viene encima pero mirando para otro lado) y Joaquín Pez, representante de una clase administrativa absolutamente parasitaria, que hace del enchufismo y de los favores una forma de vida. Tan perfecto caballero al principio ante los ojos de Rosalía, finalmente acabará revelándose como un vulgar mujeriego, al cual se aferran las mujeres que quieren vivir de manera independiente, aunque sea a costa de ser consideradas desechos sociales.

Así pues La de Bringas, una de las novelas menos conocidas de Galdós se revela como un eslabón imprescindible en la cadena que el novelista fabricó para describir las grandezas y miserias de los madrileños de su tiempo, aquello que Unamuno llamó intrahistoria, la descripción de la cotidianidad en la que se acaban fraguando los grandes hechos, imprescindible para comprender el devenir de la historia.