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martes, 2 de agosto de 2022

ALFRED HITCHCOCK (2003), DE PATRICK McGILLIGAN. UNA VIDA DE LUCES Y SOMBRAS.

Si enseñáramos la foto de Hitchcock junto a la de unos cuantos directores de cine famosos, la gente reconocería ante todo el rostro del realizador británico y lo identificaría como autor de películas de "suspense". Y es que Hitchcock dedicó buena parte de su vida a labrar su imagen como un tipo que sabía lo que quería el espectador, que conocía cuáles eran sus deseos más ocultos e inconfesables y trataba de mostrárselos en pantalla con una gran dosis de intriga, fabricando un cóctel perfecto que seducía a audiencias de todo el mundo. Su grado más alto de popularidad llegó con sus presentaciones de los episodios de su propia serie de televisión, en la que sabía conectar con el telespectador utilizando enormes dosis de ironía y retorcido sentido del humor. Para Hitchcock lo más importante siempre fue que su obra llegara al mayor número de personas posible, ya que sus personajes frecuentemente eran hombres y mujeres normales viviendo situaciones excepcionales. Y esto lo comprendió desde muy temprana edad:

"Hitchcock era un muchacho muy sensible que vivía la fascinación por la cultura el asesinato con miedo y placer al mismo tiempo o, como a él le gustaba decir, mezclando ambas cosas con "el placer del miedo". Solía comentar a menudo que sus películas trataban de "gente corriente en situaciones extrañas, y que él era el prototipo de eso. Era un hombre corriente que se imaginaba a sí mismo metido en casos de asesinato, dando rienda suelta a sus fantasías y elevándolas a la categoría de sospechas, suspense, miedo y deseo."

Pero el gran secreto del éxito de Hitchcock era su capacidad de trabajo, su habilidad para escoger los proyectos que le interesaban y dedicar a los guiones meses y meses hasta que los profesionales que contrataba - después de numerosas correcciones por su parte - le entregaban un diamante pulido listo para ser rodado con su correspondiente storyboard. Con todo este intenso trabajo previo, el director llegaba al rodaje con una idea clara de lo que quería filmar y una planificación al milímetro de la película. Esto gustaba mucho a los productores, pues sabían que con Hitchcock tenían garantizado un trabajo profesional, aunque con el director británico los problemas siempre venían por otra vertiente: su continuo deseo de insertar escenas escabrosas y sus eternos problemas con la censura y con las buenas costumbres de la época. Hitchcock, siempre astuto, solía preparar un cebo en forma de imágenes especialmente intolerables, que sabía que no le iban a dejar pasar, para desviar la atención acerca de lo que verdaderamente quería añadir a la película que en numerosas ocasiones eran soberbias metáforas de sexo y muerte.

Pero frente a todo ese éxito y reconocimiento, el tormento de Hitchcock era su físico y la imposibilidad de llevar a cabo sus numerosas fantasías y perversiones sexuales, lo cual tenía siempre reflejo en la pantalla. A pesar del indudable amor a su esposa Alma que expresó toda su vida, se han escrito ríos de tinta acerca de la relación del director con sus actrices rubias, de su acoso continuo a algunas de ellas (el caso paradigmático es el de Tippi Hedren), aunque a diferencia de Donal Spoto, McGilligan opina que hay más de leyenda que de realidad en todo esto y que, más allá de algún abuso evidente e intolerable, sobre todo a los ojos de hoy día, Hitchcock quizá utilizaba las continuas bromas sexuales como método para evadir sus complejos. Sin embargo, es evidente que a veces cruzaba la línea del delito que él siempre tanto temía cruzar en otros ámbitos:

"En las fiestas, si Alma no estaba y él había bebido más de la cuenta, era capaz de manosear a una mujer o de pellizcarle el trasero. Una de sus bromas consistía en besar a una mujer para darle la bienvenida o despedirse de ella, para luego sorprenderla metiéndole la lengua en la boca. No era inmune a perder la cabeza por las jóvenes actrices, aunque nunca lo hacía con las famosas. De vez en cuando, acompañaba a alguna por el estudio de una forma paternal, observando y esperando... eternamente."

En cualquier caso, el legado de Hitchcock es tan inmenso que es imposible no ver algunas de sus numerosas películas - Vértigo, Con la muerte en los talones, La ventana indiscreta, Los pájaros... - más de una vez, ya que siempre tienen algo nuevo que decir, siempre se encuentran nuevos detalles que delatan una y otra vez al genio que había detrás de la cámara. Fueron los críticos de Cathiers du cinema los primeros que alertaron que Hitchcock no era un mero artesano, sino todo un autor dotado de un poderoso lenguaje cinematográfico, original y perturbador. Desde que lo conoció, Hitchcock guardó una estrecha amistad con François Truffaut y de ahí surgió el mejor análisis de su obra, ese libro-entrevista imprescindible llamado El cine según Hitchcock. Pero quizá la mejor biografía sea ésta e Patrick McGilligan, puesto que el historiador del cine logra profundizar con brillantez en la complejísima personalidad del director británico.

martes, 19 de julio de 2022

39 ESCALONES (1935), DE ALFRED HITCHCOCK.

Una especie de precedente de Con la muerte en los talones. Una película de ritmo frenético, espectacular para la época, que cuenta la huida de un falso culpable, tema predilecto del director. Cuenta con escenas tan memorables como la de la del puente ferroviario y además cuenta con el sutil erotismo que Hitchcock solía imprimir a sus películas y que solía burlar cualquier forma de censura. Aquí está simbolizado por esas esposas que debe llevar durante unos días esa pareja de desconocidos que vive una situación límite, mientras huyen y tratan de desenmascarar una conspiración extranjera. Desde luego, el público respondió masivamente a esta propuesta y 39 escalones se convirtió en una de la películas más taquilleras de la etapa británica de Hitchcock. No en vano, como sería una constante a lo largo de su extensa carrera, el director siempre quiso ofrecer algo nuevo, sorprender a quien pagaba en taquilla para que experimentara sensaciones inéditas dentro de una sala cinematográfica. Y aquí puso toda la carne en el asador, dentro de las posibilidades técnicas de la época en la que fue rodada.

P: 7

martes, 12 de julio de 2022

RECUERDA (1945), DE ALFRED HITCHCOCK.

Película famosa ante todo porque dio pie a una colaboración - fallida, todo hay que decirlo - entre Alfred Hitchcock y Salvador Dalí. Recuerda contaba con todos los ingredientes para haber sido una obra muy superior a la que terminó siendo, sobre todo por el muy deficiente y poco creíble guion de Ben Hecht, que utiliza las teorías del psicoánalisis de modo caprichoso para construir una historia muy mal resuelta. Con todo, el genio de Hitchcock asoma en ciertos momentos muy conseguidos: el beso de los protagonistas con esas puertas abriéndose sucesivamente o los planos subjetivos del vaso y la pistola. Cuando llega el momento culminante, el sueño diseñado por Salvador Dalí, se nota que sufrió agudos recortes y que nada quedó como lo concibió originalmente el genio de Figueras, aunque el conjunto consiga transmitir algo muy inquietante al espectador. Se nota mucho que Recuerda nació lastrada por los encontronazos entre Hitchcock y el productor David O. Selznick, que quería que las películas que financiaba llevaran su marca, no la del director que las rodaba.

P: 6

martes, 29 de octubre de 2013

LA VENTANA INDISCRETA (1954), DE ALFRED HITCHCOCK. EL PLACER DE MIRAR.

"Todos somos voyeurs", decía Alfred Hitchcock a François Truffaut. "Le apuesto a que nueve de cada diez personas si contemplan al otro lado del patio a una mujer que se desnuda antes de irse a acostar, o simplemente a un hombre que ordena las cosas en su habitación, no podrán evitar mirarlo. Podrían apartar la mirada diciendo: «No me concierne», podrían echar las cortinas, pues bien, no lo harán, se entretendrán en mirar."

Y es de la curiosidad de lo que trata este film, quizá el mejor del director británico, o al menos el que mejor resume la filosofía de su cine, el morbo de observar sin ser visto, como lo hace un espectador en la oscuridad de la sala cinematográfica. James Stewart representa a ese espectador. Es un fotógrafo profesional que se ha partido una pierna trabajando. Es alguien a quien le gusta mirar la vida a través del objetivo de su cámara y se desespera por su inactividad. Pero detrás de sus ventanas la vida sigue y Jefferies pronto se interesa por las historias que transcurren en los distintos pisos de sus vecinos de enfrente, como si fuera el espectador de distintos fragmentos de películas que su imaginación debe completar. Está la pareja recién casada, que se pasa el día haciendo el amor, la vecina atractiva y conquistadora, la mujer que vive en un continuo desamor, la pareja madura que quiere a su perrito como si fuera un niño... y un presunto asesino.

Ante esta explosión de acontecimientos ante su ventana, Jefferies se olvida de su propia vida y se centra en vigilar permanentemente la de los demás. Ni siquiera duerme en una cama, sino que dormita de vez en cuando en el sillón o en la silla de ruedas. Su rostro está sudoroso y acalorado, por la temperatura y por la curiosidad. Su novia es nada menos que la esplendorosa Grace Kelly, pero ni siquiera le presta a ella la atención suficiente: no quiere casarse y los fragmentos de vida que atisba desde su posición le reiteran en su idea, así que ella debe ir haciéndose cómplice de sus morbosas actividades e ir abandonando su escepticismo inicial respecto a las sospechas de que se ha producido un asesinato para abrazar una fe más ferviente aún que la del propio Jefferies. El mismo proceso sucede con su enfermera. No es difícil. Somos animales muy curiosos y a veces lo arriesgamos todo por disipar una duda...

La ventana indiscreta es un prodigio técnico: un decorado que resume la vida misma por el que nos movemos al mismo ritmo que la mirada de Jefferies, un personaje que no sólo usa su cámara para trabajar y para espiar, sino también como medio de defensa, intentado cegar a su enemigo con el mismo instrumento que él usa para ver mejor. Hitchcock nos recuerda que no hay tanta distancia entre cine y vida, que la curiosidad y la mirada son dos de los instrumentos más poderosos de los que la evolución ha dotado al hombre. Usarlos le hará progresar, pero también, si no lo hace sabiamente, pueden perderle.

lunes, 4 de marzo de 2013

HITCHCOCK (2012), DE SACHA GERVASI. LA GÉNESIS DE PSICOSIS.


En el célebre libro-entrevista de François Truffaut, El cine según Hitchcock, el director inglés se mostraba encantado con el resultado del rodaje de la que quizá es su película más célebre, Psicosis, porque supo manipular al espectador de una forma memorable: en los primeros minutos de la película desvió su atención a un hecho que a la postre resultaría secundario respecto a la auténtica trama de la película. Para que la escena de la ducha fuera una conmoción terrible. Por violenta e inesperada. Las palabras de Hitchcock recogen su ambición de realizar una película que reivindicara el cine como un arte que puede alejarse de los caminos convencionales: 

 "Mi principal satisfacción es que la película ha actuado sobre el público, y es lo que más me interesaba. En Psycho, el argumento me importa poco, los personajes me importan poco; lo que me importa es que la unión de los trozos del film, la fotografía, la banda sonora y todo lo que es puramente técnico podían hacer gritar al público. Creo que es para nosotros una gran satisfacción utilizar el arte cinematográfico para crear una emoción de masas. Y, con Psycho, lo hemos conseguido. 

No es un mensaje lo que ha intrigado al público. No es una gran interpretación lo que ha conmovido al público.

 No era una novela de prestigio lo que ha cautivado al público.

 Lo que ha emocionado al público era el film puro."


La película de Gervasi quiere celebrar el arte de Hitchcock, basándose en un libro de Stephen Rebello que narra el proceso creativo que llevó a la realización de Psicosis. Anthony Hopkins compone a un personaje tan complejo como el real, un Hitchcock obsesionado con seguir siendo el mejor, el más creativo, el más sorprendente director de Hollywood, admirado por crítica y público. Pero el proyecto en el que se empeña en esta ocasión va a chocar con la incomprensión de casi todo el mundo, aunque es apoyado firmemente por su mujer, tan protagonista del relato como el realizador, quien depende de su aprobación mucho más de lo que está dispuesto a admitir. 

Hitchcock es un estupendo ejemplo de ese género cinematográfico que es el cine dentro del cine, que en esta ocasión tiene mucho de juego. El director aparece presentándonos la película que narra como realizó otra película junto a Ed Gein, el inspirador del personaje de Norman Bates. En una de las mejores escenas de la película, se nos invita a ser espectadores-voyeurs de las sensaciones de los primeros espectadores de Psicosis, de sus desmedidas reacciones a la sorpresiva escena de la ducha. El propio Hitchcock actúa como cómplice del espectador mostrándonos como utiliza magistralmente la ironía y el engaño sutil para superar los obstáculos (sobre todo de la censura y de los dueños de la Paramount que debían distribuirla) para llevar a buen puerto un proyecto que incluía travestismo, incesto y necrofilia, un cóctel imposible en la mojigata sociedad de 1959, lo que denota rasgos de genio no sólo como realizador, sino también como manipulador de quienes debían apoyarle, puesto que no bastaba con poner el dinero de su propio bolsillo: la película debía ser aprobada por la censura (lo que consiguió a base de medias verdades) y por la distribuidora, que debió confiar ciegamente en la intuición del maestro.

Contra todo pronóstico, la película se convirtió en un gran éxito. Hitchcock supo alimentar el morbo de las masas y atizar un escándalo calculado para que nadie pudiera resistirse a acudir a la sala a enfrentarse con el horror de Norman Bates. Vista hoy, Psicosis no ha perdido un ápice de su capacidad perturbadora. Sigue siendo junto a unas pocas elegidas, como El exorcista o El resplandor, una de las grandes películas de terror de todos los tiempos. Es un acierto de Gervasi no haya filmado una película demasiado ambiciosa, sino que se haya centrado en el buen hacer de Anthony Hopkins y se haya dejado arrastrar por una historia realmente deliciosa: el viejo realizador que imparte una lección de innovación cinematográfica sin temor (más bien con la esperanza) de escandalizar.

jueves, 18 de agosto de 2011

MARNIE LA LADRONA (1964), DE ALFRED HITHCOCK. MATRIMONIO ORIGINAL.


Esta es una de esas películas que ví hace muchos años de la que apenas me quedan recuerdos más allá de algunas imágenes (una aterrada Tippi Hedren viendo el mundo teñido de rojo) y que tenía muchas ganas de volver a visionar, ya que no lograba determinar si en aquellos años me gustó o no.

Entre otras cosas el llamativo cartel de la película promete sexo. Promesa engañosa pues sexo es precisamente lo que no va a encontrar Mark (Sean Connery) cuando se case con Marnie, aún a sabiendas de que se trata de una mujer extraña, una ladrona compulsiva que se encuentra en una huida permanente, tanto de los demás como de sí misma.

Lo que más me ha llamado la atención es la relación matrimonial que se establece entre estos dos seres tan distintos. Mark es un millonario que parece mimado por la vida. Su atracción por Marnie no puede derivar más que de un deseo de dominio sobre un ser del que conoce todas las debilidades y al que, además, encierra en una cárcel dorada, pues una palabra suya podría llevarla a la cárcel, pero a la de verdad.

Desde el principio está claro que Marnie es un ser atormentado. La respuesta a sus angustias está claramente, tratándose de Hitchcock, en las páginas de Freud. ¡Cuanto debe el genial cineasta a sus lecturas del vienés! Aunque para algunos críticos "Marnie la ladrona" comparte podio con algunas de las obras maestras del director británico como "La ventana indiscreta" o "Psicosis", para mí está un par de escalones por debajo, lo cual quiere decir que se trata de una maravillosa película, pero no alcanza la perfección, quizá por su excesiva duración o por la falta de momentos memorables como los que abundan en las dos obras anteriormente citadas. Aún así, "Marnie" sigue siendo una pieza imprescindible en la filmografía de uno de los mejores directores de la historia del cine.

viernes, 11 de diciembre de 2009

CON LA MUERTE EN LOS TALONES (1959), DE ALFRED HITCHCOCK. EL HOMBRE ATRAPADO.


A veces, de una manera absolutamente irracional, necesitamos ponernos a ver de inmediato una determinada película. A mí me suele ocurrir con Luis Buñuel, David Lean o los Hermanos Marx, pero hoy precisamente me apeteció mucha esta producción de Hitchcock que suelo repasar cada tres años más o menos.

La peripecia del personaje de Cary Grant es de todos conocida: confundido con un espía inexistente se dedicará a huir de unos perseguidores que no paran de tenderle trampas en pos de su perdición. Los motivos no aparecen nada claros, aunque esto no importa en absoluto. El espectador no puede quitar ojo a la perfecta actuación del protagonista, acompañado por unos secundarios maravillosos. Roger Thornhill va derivando progresivamente de la incredulidad inicial a tomar conciencia de su absurda situación e intentar anticiparse a los movimientos de sus perseguidores.

Si lo analizamos fríamente, es difícil encontrarnos ante un guión más absurdo y poco creíble. Lo auténticamente maravilloso es que Hitchcock nos atrapa y no nos deja apenas respirar, proporcionando una gozosa sorpresa tras otra, usando a veces unos efectos especiales artesanales, pero absolutamente creibles por su maestría en la planificación de escenas. Hitchcock era un director muy meticuloso, que utilizaba sistemáticamente el storyboard, una especie de cómic que narraba la película entera antes de ser rodada.

Me reafirmo en mi idea secreta de que Cary Grant, un actor que actua divinamente incluso de espaldas a la cámara, hubiera sido un candidato perfecto para encarnar a un James Bond imperfecto y lleno de matices. Claro que hubiera dejado de actuar en muchas obras maestras como la que nos ocupa, algo más que una parodia del cine de espías, una cinta de aventuras y suspense simplemente perfecta y que merece más de una visión. Además, ofrece unas imágenes maravillosas de la vida neoyorkina a finales de los cincuenta.