El fin del mundo ha sido siempre un motivo recurrente para el cine, pero solo en las últimas décadas se ha contado con los medios para hacer verosímiles este tipo de películas. Nuestra civilización se basa en unas costuras débiles, dependientes de la contención nuclear, de la estabilidad del clima o (como sucede en esta película) que nuevos virus no arrasen con la mayor parte de la humanidad. El problema de La constelación del perro es que el esquema en el que basa su argumento es muy endeble. Presenta una sociedad en la que sobreviven grupos aislados, la mayoría de ellos dedicados a arrasar los pocos intentos civilizatorios que quedan, pero no hay un contexto que explique cómo se ha llegado a esa situación. El protagonista vive con un hombre maduro con el que se ha asociado para sobrevivir y todavía es capaz de hacer volar una avioneta con la que explora los alrededores y con la que tiene el proyecto de acudir a verificar unos mensajes que escucha por la radio y que parecen ser enviados por una pequeña ciudad que se ha organizado como isla de civilización. El resultado final de su visita va a resultar cinematográficamente ridículo. Lo que más parece interesar a La constelación del perro es desarrollar la forzada historia de amor que se produce entre dos de los actores más atractivos del panorma actual, pero todo lo demás parece rodado con el piloto automático, incluyendo unos tiroteos que más parecen sacados de un videojuego que de una situación dramática real. Bien es cierto que se nota la mano de Ridley Scott en una dirección muy correcta, pero es algo tan importante como el guion lo que naufraga en esta película.
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