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domingo, 16 de junio de 2024

LA HEREDERA (1949), DE WILLIAM WYLER.

Un clásico que va más allá de su original literario para dar vida a unos personajes inolvidables, unos personajes que psicológicamente son más ricos que los concebidos por Henry James. Catherine está marcada por su pertenencia a una clase social como rica heredera, por lo que su venerado padre necesita verificar que los candidatos a marido de su hija sean idóneos a sus ojos. Una hija a la que él considera poco agraciada, pero que cuenta con una rica herencia para compensar sus escasas cualidades. Cuando aparece el oportunista Morris, un galán que ha gastado una pequeña fortuna en Europa y que ahora carece de recursos, se activan todas las alarmas del padre, mientras ella cae rendida a los pies del joven. El conflicto familiar que se desata va a tener amargas consecuencias y para dar verosimilitud al mismo contamos con la extraordinaria actuación de Olivia de Havilland, que sabe transformar su personaje de joven inocente a mujer profundamente herida y amargada. Todo un melodrama de época elegantemente dirigido por uno de los mejores realizadores de la historia, William Wyler.

P: 8

sábado, 1 de octubre de 2022

LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA (1946), DE WILLIAM WYLER.

Nos encontramos en 1945, Estados Unidos acaba de ganar la Segunda Guerra Mundial y tres soldados regresan a casa. Son hombres que anhelan el reencuentro con sus seres queridos a la vez que lo temen. Los tres están heridos psíquicamente y uno de ellos ha perdido las manos y le han sido sustituidas por unos ganchos que el joven ha aprendido a utilizar con destreza. Lo peculiar de este último personaje es que está interpretado por un auténtico soldado que sufrió esa mutilación en la contienda. Harold Russell acabó ganando el Oscar por su inolvidable actuación. Los mejores años de nuestra vida carece del glamour de otras producciones del Hollywood de la época. Lo que pretende Wyler, que también vivió personalmente la experiencia de la vuelta al hogar tras la guerra, es un retrato de gente normal que fue obligada a viajar al corazón de uno de los acontecimientos más terribles de la historia. Los tres protagonistas, por diferentes circunstancias, se van a enfrentar al reencuentro de una manera muy distinta a a que habían soñado: la readaptación no es proceso fácil, sobre todo para Homer, el soldado mutilado que cree que ahora la relación con su familia y con su prometida se basa solo en la inmensa compasión que despierta su situación y no puede soportar esa idea. Respecto a los otros dos protagonistas, Al, el más acomodado de los tres empieza a ver como algo absurdo su posición como ejecutivo en uno de los grandes bancos de la ciudad y Fred, quizá el que más se adaptó en su momento a la vida militar, es incapaz de conservar sus empleos en la vida civil. No obstante, el mensaje de la película de Wyler es antibelicista pero no pesimista, de ahí el inmenso éxito del que gozó en su momento. Una película única y una auténtica obra maestra del cine.

P: 10

martes, 29 de marzo de 2022

HORIZONTES DE GRANDEZA (1958), DE WILLIAM WYLER.

Civilización contra barbarie o el este contra el oeste. James McKay llega a Texas para casarse con su novia. Allí se va a encontrar con un mundo salvaje, cuya ley es establecida por unos tipos con unos valores muy diferentes a los suyos. Y es que en esta gran tierra hay que estar demostrando de manera continuada que uno es capaz de hacerse respetar y no es raro que las desavenencias se resuelvan a disparo limpio. McKay no está hecho de esa pasta. Se sabe mucho mejor que la mayoría de esta gente que necesita ser presuntuosa para sobrevivir. Él prefiere hacer las cosas para sí mismo, no para mostrarse bravo ante los demás. El choque entre caracteres tan antagónicos va a ser inevitable y es uno de los principales temas de esta película espléndida e inolvidable. Atrapado en el conflicto entre dos familias, solo va a encontrar un alma gemela en la maestra del pueblo, porque pronto se va a dar cuenta de que su actitud decepciona profundamente a su prometida, que se ha educado en unos valores totalmente diferentes a los suyos. Todos los actores están magníficos en esta gran película, hasta Charlton Heston, que dudó en participar en la producción por no tener el papel protagonista saca todo el jugo a un personaje que es capaz de evolucionar a través del ejemplo que le ofrece McKay. Aquí podemos contemplar cómo eran las superproducciones para todos los públicos de aquella época: épica, guion portentoso y cuidado en todos los detalles de la película, hasta el punto de que todo funciona como un mecanismo de relojería. Su larga duración no pesa en ningún momento, puesto que no sobra ni falta nada respecto a la historia que el gran Wyler nos quiere contar. Mención especial al papel de Burl Ives, presentado al principio como el villano de la película, papel que se va matizando mucho conforme transcurren los minutos hasta terminar mostrando una siniestra dignidad. Horizontes de grandeza es una de esas películas a las que siempre se puede volver y uno las va a contemplar con el mismo entusiasmo.

P: 10

sábado, 16 de octubre de 2021

DESENGAÑO (1936), DE WILLIAM WYLER.

El mismo año que nuestro país comenzaba una Guerra Civil que nos haría retroceder casi hasta la Edad Media en ciertos derechos sociales, en Estados Unidos se estrenaba esta especie de apología del divorcio que narraba los secretos de un matrimonio décadas antes de Igmar Bergman. Samuel Dodsworth es un hombre hecho a sí mismo, que ha abierto camino en la industria del automóvil con su trabajo y tesón y, por supuesto, dedicando a esta labor todo su tiempo. Cuando llega el momento de retirarse, sale de viaje con su mujer, mucho más joven que él, y es cuando empieza a conocerla de verdad. Y lo que empieza a descubrir de ella, lo deja desconcertado. Y es que Fran no acepta la llegada de su madurez - pronto será abuela - y se dedica a flirtear con los sofisticados europeos que se le ponen a tiro, gente a la que estima muy superior al simplón y buenazo de su marido. Aunque tarda mucho en aceptar la situación, finalmente Samuel va a tomar la decisión adecuada y el público comprenderá que ciertos matrimonios no deben ser para toda la vida. 

P:7

jueves, 7 de septiembre de 2017

VACACIONES EN ROMA (1953), DE WILLIAM WYLER. LA PRINCESA QUE QUERÍA VIVIR.

Resulta un placer absoluto ver una obra maestra del cine que transcurre - y muestra ampliamente - el lugar que acaba uno de visitar. Pero no solo eso. Hubo un detalle que me gustó especialmente: reconocer el Palacio Barberini como el edificio que eligió Wyler como localización de la sede diplomática del país de la princesa, desde donde se escapa y a donde al final vuelve, siendo otra. Resulta que el Palacio está frente al hotel donde nos hospedamos. Es un edificio muy hermoso, que alberga una magnífica colección de pinturas, exhibiendo, entre otras obras maestras Judith cortando la cabeza a Holofemes, de Caravaggio, el Retrato de Erasmo, de Quentin Massys o La Fornarina, de Rafael. También fue escenario privilegiado de una de las más grandes infamias cometidas en la Ciudad Eterna, pero ya habrá tiempo de hablar de ello.

El caso es que la princesa Anna, embajadora de buena voluntad de un país nunca nombrado, se encuentra de gira por Europa. Una de sus últimas paradas es Roma. A estas alturas, la princesa está hastiada de su papel como busto parlante, de unas jornadas reguladas hasta el último gesto en las que no cabe la más mínima improvisación. En su primera noche en Roma, está tan alterada que un médico tiene que aplicarle un calmante: eso no impide que se acabe escapando del palacio y comience a caminar por las calles de la capital italiana, medio sonámbula. El encuentro casual con un periodista norteamericano que malvive en la ciudad, desencadena la trama. Él oculta su oficio y hace como que no la reconoce (en realidad al principio no la reconoce, cosas de la era pre-digital). Su intención es conseguir un reportaje sensacional acerca de la verdadera personalidad de la princesa y empezar una auténtica carrera periodística en Nueva York. Por supuesto, el amor hará su aparición y convertirá la película en un relato moral, en un cuento de hadas con final agridulce para los protagonistas, pero que deja un excelente sabor de boca al espectador. Al final el gran tema de la película es libertad versus responsabilidad.

Vacaciones en Roma se convirtió desde el mismo momento de su estreno en una de las más célebres embajadoras de la Ciudad Eterna, pues retrata de modo natural - todavía el neorrealismo estaba de moda - una de las urbes más hermosas del mundo, el escenario perfecto de una historia que transcurre en unos tiempos en los que todavía quedaban personajes cuya principal cualidad era la inocencia. En la retina quedan escenas memorables, como la de la Boca de la Verdad, los paseos en Vespa o esa llegada en avión de los agentes que buscan a la princesa perdida, que parece sacada de una película de Billy Wilder. Vacaciones en Roma, primera comedia de Wyler y primer papel protagonista de de Audrey Hepburn sigue siendo una historia deliciosa e inolvidable. Y no olvidemos que su guión fue escrito, bajo seudónimo por el gran Dalton Trumbo.

martes, 19 de agosto de 2014

LA SEÑORA MINIVER (1942), DE WILLIAM WYLER. SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS.

La Segunda Guerra Mundial, como es lógico, generó una ola de películas de propaganda de uno u otro signo. Los nazis apelaban a la superioridad de la raza aria y al peligro judío, los italianos se asomaban a su gloriosa historia, los rusos prometían vengar la agresión sufrida por la madre patria y americanos e ingleses intentaban convencer al mundo de la integridad de su lucha por la democracia. Si ayer hablaba de cómo algunas multinacionales promocionan sus productos a través de ciertas producciones cinematográficas, hoy hay que apuntar que los países, sea por motivos políticos o bélicos, también han utilizado con largueza este medio para defender sus intereses y promover una determinada visión del mundo. En 1942, cuando se estrenó La señora Miniver, la guerra se encontraba en su apogeo. Estados Unidos acababa de entrar en la contienda, después del bombardeo de Pearl Harbour e Inglaterra empezaba a respirar, a pesar de que los alemanes, que ya se encontraban en serias dificultades en su campaña contra la Unión Soviética, todavía eran capaces de lanzar algún que otro latigazo en forma de bombardeo contra las ciudades británicas.

Tal es el poder del cine que, tan solo tres años atrás, en 1939, el estreno de Lo que el viento se llevó había reforzado las posiciones aislacionistas de Estados Unidos frente al conflicto que estaba a punto de desatarse en Europa. Hizo falta un suceso tan dramático como el bombardeo de Pearl Harbour para que esta mentalidad cambiara de repente, a pesar de que ya había muchas voces que clamaban frente al peligro de una victoria fascista. La señora Miniver se inscribe en el esfuerzo por presentar al aliado británico como un pueblo de ciudadanos trabajadores y decentes - muy parecido al estadounidense - que ve su forma de vida agredida por un enemigo implacable. La película tuvo un éxito inmediato y se hizo acreedora de seis premios Oscar. El mismísimo Winston Churchill, el alma de la resistencia británica, dejó dicho que La señora Miniver había contribuido más al esfuerzo bélico de su país que si le hubieran mandado una flotilla de destructores.

Y es que el film de William Wyler es como un mecanismo de relojería preparado para que el ciudadano medio se identifique con unos personajes que gozan de una vida acomodada que han construido por medio de su trabajo. Todo comienza con la existencia feliz del verano de 1939, en el que las inquietantes noticias que llegaban del otro lado del canal no podían ser tomadas totalmente en serio. Londres es una ciudad dinámica, repleta de las tentaciones propias de la sociedad de consumo, en las que caen fácilmente la señora Miniver y su marido, que habitan una casa idílica en la campiña inglesa. Sin dejar de apuntar algún detalle interesante, como que la censura del Hollywood de la época les hace dormir en camas separadas, hay también que señalar el hecho de que su hijo mayor ha empezado a estudiar en Oxford y vuelve de su primer año con algunas ideas de corte socialista, muy críticas con las clases altas, pero la película solo esboza esta situación, pues le interesa progresar por otros derroteros: la unidad del pueblo británico contra la agresión nazi, como ejemplo edificante para los Estados Unidos.

Es en este sentido en el que La señora Miniver funciona con plena eficacia y se convierte a ratos en una película absolutamente magistral. Si el espectador se ha identificado con los personajes con facilidad en el primer acto, no será difícil que se solidarice de inmediato con sus sufrimientos cuando la ofensiva aérea alemana arrecia contra el aeródromo cercano a la población en la que viven. Los Miniver tienen que convertirse en héroes a su pesar, a través de secuencias tan poderosas como la salida de toda clase de embarcaciones de Inglaterra para rescatar a sus soldados copados en Dunkerque o la terrible escena del matrimonio refugiado con sus hijos pequeños en un precario bunker casero mientras el bombardeo arrecia en el exterior y ellos intentan abstraerse leyendo Alicia en el país de las maravillas. 

La conclusión que podía sacar el espectador medio norteamericano es que la guerra es terrible, pues destruye casas y personas. Pero también dignifica al ser humano, que actúa como eslabón imprescindible de la unidad de la patria contra el enemigo común. Para lograr esto no hay que mostrar la cara más sucia de la guerra. Las muertes deben ser asépticas y los daños materiales reparables. Además, la religión ha de cumplir su papel de otorgar significación al sacrificio, acercando aún más entre sí a los miembros de la comunidad, sin distinción de clases sociales: la fórmula perfecta para que dichos sacrificios sean aceptables y se inscriban en la lucha heroica de un pueblo por su libertad. No puede acusarse a La señora Miniver de ser una película manipuladora, sino de ser hija de tiempos oscuros, en los que era necesario movilizar a los ciudadanos por todos los medios y convencerlos de la justicia de su causa. Lo verdaderamente milagroso es que, setenta años después, el film de William Wyler siga siendo una historia conmovedora, que no ha perdido ni un ápice de su fuerza ni de su sentido.