jueves, 25 de mayo de 2017

EL FUTURO DE NUESTRA MENTE (2014), DE MICHIO KAKU. EL RETO CIENTÍFICO PARA ENTENDER, MEJORAR Y FORTALECER NUESTRO CEREBRO.


Cuanto más lee uno acerca de la naturaleza de su cerebro, más extrañeza siente por sí mismo. Somos poseedores de un sistema de pensamiento, procesamiento de la información y control de nuestro cuerpo (entre otras muchas cosas) mucho más complicado de lo que podamos imaginar, conformado por miles de millones de neuronas conectadas entre sí por redes extremadamente complejas y cambiantes. Aunque cada zona del cerebro tiene su función, es difícil establecer exactamente cómo se producen muchos de nuestros pensamientos y acciones, puesto que intervienen en las mismas comunicaciones por corrientes eléctricas entre unas partes y otras que cuya identificación no es sencilla. El sueño de crear un mapa de nuestra mente y, a la postre, crear un cerebro artificial, no es imposible, pero el profesor Kaku nos revela que quizá se trate de un esfuerzo inútil, porque al final obtengamos un mapa que no podemos entender. Pero también es posible que el conocimiento neurona a neurona del cerebro haga posible la más fantástica revolución en la vida de los seres humanos:

"Algún día tal vez podamos controlar de manera rutinaria los objetos que nos rodean usando el poder de la mente, descargar recuerdos, curar las enfermedades mentales, aumentar nuestra inteligencia, conocer el cerebro neurona a neurona, crear copias de seguridad de nuestro cerebro y comunicarnos telepáticamente. El mundo del futuro será el mundo de la mente."

Antes que nada tenemos que aceptar que somos seres mucho más materiales que espirituales, por mucho que algunos mecanismos de la mente nos hagan creer lo contrario. Es caso de Phineas Gage es paradigmático. Gage era un peón de ferrocarriles del siglo XIX que sufrió un terrible accidente: una barra de hierro lanzada por una explosión le atravesó el cráneo. Pronto el amable y bondadoso Gage se convirtió en otra persona, un ser irritable al que nadie reconocía como al antiguo compañero. Esta historia demostró que somos seres maleables, y que nuestras emociones y carácter no están determinadas por un concepto abstracto como el alma, sino por la composición y estructura de nuestro cerebro (unido esto a nuestras experiencias vitales), por lo que cualquier cambio o lesión en el mismo pueden determinar un cambio radical de personalidad, cuando no asuntos más graves, como una enfermedad mental. Quizá algún día, cuando comprendamos bien los mecanismos de funcionamiento del cerebro y sus múltiples conexiones, podamos entender qué es lo que causa dichas enfermedades mentales y podamos reparar lo estropeado, tal y como hacemos con mecanismos infinitamente más simples, como el motor de un vehículo.

Si en algo se diferencia el cerebro del hombre del del resto de los animales es su capacidad de imaginar el futuro, de evaluar posibilidades y actuar en consecuencia. El hombre no vive solo en el presente, sino que es capaz de evocar el pasado, aprender de experiencias propias y ajenas y aplicar dichos conocimientos para emprender proyectos, individuales o cooperativos. En este sentido, el entrenamiento que supone el juego para los niños - y para los adultos - es un factor capital para enfrentarse a las complejidades y exigencias de la vida real.

Pero la duda más inquietante es la siguiente: ¿somos realmente libres o nuestra conciencia es una construcción de un cerebro que lo decide todo por nosotros y nos hace creer que tomamos nuestras propias resoluciones? Por lo pronto, Kaku nos ofrece una ajustada definición de conciencia humana:

"La conciencia humana representa principalmente la actividad  del cerebro, que crea  de manera constante modelos del mundo exterior y lleva a cabo simulaciones proyectadas del futuro."

Y a la postre nos recomienda no seamos demasiado optimistas ni pesimistas a la hora de tomar nuestras decisiones (si es que somos libres de tomarlas):
"Si la conciencia humana implica la simulación del futuro, debe tener en cuenta los resultados de los acontecimientos futuros con algunas probabilidades. Por lo tanto, necesita un delicado equibrio entre el optimismo  y el pesimismo para estimar  las posibilidades de éxito o fracaso de ciertos cursos de acción." 

Otro de los grandes debates que se recogen en este volumen es el de la inteligencia artificial. ¿Seremos capaces de recrearla hasta el punto de que los robots alcancen conciencia de sí mismos? ¿acabarán los robots dejando obsoletos al ser humano? Quizá la solución más diplomática sea la fusión entre ambos mundos, mejorando nuestros cuerpos y nuestras mentes con mejoras artificiales que quizá puedan ser de quita y pon. Es posible también que algún día podamos realizar copias de seguridad de nuestro cerebro y volcarlas en un disco duro, o colocar nuestra conciencia en un rayo láser para realizar viajes estelares... Todos son conceptos revolucionarios y extraños, pero la verdad es que no podemos estar seguros de por dónde va a evolucionar la humanidad. El libro de Kaku, tan estimulante como asequible, es el testimonio de un científico prestigioso que intuye por dónde puede transcurrir este futuro. Pero, evidentemente, todas las posibilidades están abiertas, incluso una terrible: que el exceso de tecnología acabe descontrolándose y termine con la vida en la Tierra.

viernes, 19 de mayo de 2017

MIGUEL STROGOFF (1876), DE JULIO VERNE. EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS.

La inmensa fama de Julio Verne, uno de esos escritores que pudo disfrutar de las mieles del éxito en vida, se cimentó sobre su pasión por la aventura, por la geografía de lugares exóticos para el lector europeo, por la meticulosidad de sus descripciones de paisajes y costumbres y, además, por una fecunda imaginación que le llevó a ser uno de los fundadores de la literatura de anticipación, siendo considerado un adelantado a su tiempo. Miguel Strogoff puede inscribirse más bien en la vertiente de sus aventuras exóticas, en las que el protagonista, siempre intrépido, siempre heroico, se enfrenta a mil peligros en pos de una misión casi suicida de la que, no cabe duda, terminará saliendo triunfante gracias a su valentía.

Miguel Strogoff es un paradigma de entereza, de nobleza y de fidelidad, un sencillo hijo de Siberia que encuentra en el patriotismo ruso su razón de ser y pone sus indudables habilidades al servicio de un Imperio despótico, sí, pero que también es el representante de la civilización frente a la barbarie con la que amenaza la imparable invasión tártara. El correo el zar, una vez asumida su misión, no descansa hasta conseguir los fines de la misma, aunque tenga que renegar de su propia madre para hacerlo. La patria por encima de la familia, puesto que su salvación supone el más elevado de los fines. Es evidente que la compañera que las azarosas circunstancias ponen a su lado es un vivo retrato de él mismo, pero en femenino. Se trata de una mujer inmune a los sufrimientos que impone el duro camino y que sirve incondicionalmente a los fines del héroe, aun cuando no conozca en detalle los términos de su misión. Frente a ellos, el villano perfecto, Iván Ogareff, un oficial traidor y astuto, que lidera a los tártaros en su invasión de la Rusia asiática por mera venganza.

Leyendo Miguel Strogoff, uno no puede evitar los dulces recuerdos de la infancia, de los primeros acercamientos a los libros. En este sentido, Julio Verne puede ser considerado uno de los autores más importantes de la historia, puesto que indudablemente es la puerta de entrada a la literatura para muchos lectores. La odisea del correo del zar era una de mis asignaturas pendientes con el escritor francés y siento no haberla leido hace tres décadas, porque la hubiera disfrutado todavía más. La hubiera leído con ojos más inocentes y más fascinados. Apreciando el vigor de la narración de Verne, mi yo actual sí que echa en falta un poco más de complejidad en los personajes, seres de una pieza, inamovibles en sus convicciones. Me pregunto si todavía quedan niños que se siguen acercando a Julio Verne. Si es así, bendito sea el hijo de Nantes, que todavía sigue siendo el santo apostol de la conversión de nuevos lectores.

jueves, 18 de mayo de 2017

LION (2016), DE GARTH DAVIS. EL ORIGEN.

Es un hecho bien conocido que mientras en occidente la natalidad infantil va en descenso, en consonancia con el acceso a métodos de planificación familiar y la cada vez más acusada costumbre de aplazar el nacimiento del primer - y en muchas ocasiones único - hijo, en los países del Tercer Mundo el número de nacimientos sigue incrementándose. Lo que esto provoca es que la población del mundo siga aumentando, a la par que aumentan las desigualdades. La mayoría de los niños que vienen al mundo son hijos de la miseria y su única posibilidad de escapar de la misma es la emigración a países más avanzados, porque si se quedan en el suyo les espera una existencia, que ya prueban muchos, desgraciadamente, desde muy jóvenes con el trabajo infantil, repleta de sinsabores y frustraciones. El tanta veces denostado occidente aparece entonces como la tierra prometida, la única posibilidad de progreso. Lo que se encuentren aquí los que logren pasar, es otra historia.

El caso que cuenta Lion - película basada en hechos reales - es ligeramente distinto. La primera parte de la cinta está dedicada a mostrarnos la infancia del protagonista, un niño de cinco años, alegre y espabilado, que debe ganarse la vida ayudando a su hermano mayor en los trabajos que éste va consiguiendo. Un día Lion se despista y termina perdido en una ciudad desconocida. Como la India es un país enorme y complejo, ni siquiera sabe volver a su lugar de origen. Por suerte, una ONG lo acoge y consigue que lo adopte una familia australiana: las puertas del bienestar se abren para él gracias a un cúmulo de casualidades.

Pero cuando crece un poco, el protagonista siente que algo importante falta en su vida. Somos hijos del lugar donde hemos nacido y el hecho de atesorar recuerdos de los primeros años de vida, sin poder ubicarlos en el mapa, es una situación que empieza a afectar seriamente a Lion. Con los pocos elementos que puede evocar, el joven irá reconstruyendo el itinerario vital de su infancia, tanto espiritual como físicamente. Y nada mejor que una herramienta como google maps para ayudarse en estas investigaciones: volver a la infancia, a la auténtica familia, aunque esta aparezca como miserable en comparación con la adoptiva, aparece aquí como una necesidad humana de primer orden.

El principal problema de Lion, una propuesta interesante, pero fallida, es el contraste tan acusado entre su magnífica primera mitad, un retrato estremecedor de la dura vida de los desheredados en la India y la segunda, que transcurre en Australia. Además, la película adolece de un guión algo débil, que desaprovecha personajes interesantes, como el hermanastro de Lion (otro ser con problemas, mucho más graves que los del protagonista, por estar fuera de su ambiente) o su pareja sentimental. El único personaje secundario que tiene algunos minutos más para lucirse es el de la madrastra, interpretada por Nicole Kidman, con una filosofía vital respecto a la que deberían reflexionar muchas familias occidentales: a pesar de haber tenido la posibilidad de tener hijos propios, siempre tuvo claro que preferiría adoptar a algún niño del Tercer Mundo. Su filosofía es que ya hay demasiados seres humanos en el mundo desatendidos, y que se hace mejor servicio a la humanidad salvando a alguno de la miseria que trayendo nuevos habitantes a una Tierra ya superpoblada.

martes, 16 de mayo de 2017

GUARDIANES DE LA GALAXIA VOL. 2 (2017), DE JAMES GUNN. UN PLANETA LLAMADO TRAICIÓN.


Hay ocasiones en las que uno acude a la sala de cine buscando pura y simple diversión, una versión del gozo que se sentía en la infancia cuando contemplábamos con ojos libres de prejuicios esas historias en las que los héroes y los villanos eran personajes absolutamente diferenciados, sin matices ni ambiguedades. El comienzo de la segunda parte de Guardianes de la Galaxia es deslumbrante y anticipa lo que nos vamos a encontrar durante buena parte del metraje de la cinta: una película que no se toma en serio en sí misma y funciona precisamente por eso. Cuando el espectador cree que va a contemplar el espectacular enfrentamiento entre los protagonistas y una enorme criatura espacial, la cámara fija su atención en Groot, el más pequeño del grupo que, abstrayéndose de la terrible batalla que sucede a su alrededor, se pone a bailar al ritmo de una de las canciones que siempre lleva consigo en su viejo walkman el líder del grupo, mientras los demás le advierten del peligro (en los momentos que pueden acercarse a él).

En la nueva cinta de James Gunn, que sigue la misma fórmula que tan bien le funcionó en la anterior, prima el sentimiento de la nostalgia, pero no tanto la de Starlord por sus días en la Tierra y por su familia perdida, sino más bien por una forma de entender la vida mucho más desenfadada, la que primaba en los ochenta y noventa. Por eso en la fiesta visual que esta película participan entre otros, iconos como Kurt Russell (en un papel importante), David Hasselhoff o Howard el Pato. Otro elemento muy importante y logrado, para que el resultado sea redondo, es que la química entre los protagonistas está totalmente consolidada: el espectador ya conoce de qué pie cojea cada uno y puede deleitarse con las relaciones entre ellos, con sus discursos de amor-odio que no esconden una amistad cada vez más estrecha de los miembros del grupo.

Con Guardianes de la Galaxia Vol 2, el grupo galáctico de Marvel se gana por derecho propio un lugar importante en el ese universo que con tanta paciencia y oficio (a pesar de algún error), se viene construyendo desde hace algunos años. Lo próximo será, según dicen, ver a los Guardianes unidos a los Vengadores en una de esas aventuras épicas con la que los cómics de autores como George Perez o Roy Thomas nos deleitaban cuando éramos más jóvenes.

viernes, 12 de mayo de 2017

DE LA ESTUPIDEZ A LA LOCURA (2016), DE UMBERTO ECO. CRÓNICAS PARA EL FUTURO QUE NOS ESPERA.

Otro de los sabios que nos ha dejado recientemente es el italiano Umberto Eco. Popular sobre todo por su faceta de novelista, Eco es uno de esos lectores totales, capaces de empaparse de conocimientos y divulgarlos de la forma más amena posible. Además, hasta el final, ha sido un hombre interesado en las nuevas tecnologías y en su inmenso impacto en nuestras formas de vida. Si bien el formato de este libro dedicado a recopilar artículos de diferentes años, no hace la tarea fácil, es posible seguir el rastro de pensamiento de un autor que al principio se fascina por las posibilidades de internet y en los últimos años se ve abrumado al constatar en lo que se han convertido tantas promesas de cultura gratuita y comunicación instantánea.

Es verdad que internet, a pesar de ser una fábrica de procrastinadores, cuenta con muchas más virtudes que defectos, pero ciertamente cada vez se hace más difícil separar el trigo de la paja en una jungla virtual cada día más y más poblada, que en demasiadas ocasiones se asemeja más a una jaula de grillos gritones, exponiendo sus sentimientos agraviados por cualquier nimiedad. A pesar de autodenominarse "red global", en realidad internet fomenta el individualismo, porque muchos creen que pueden arreglar el mundo en pijama desde su habitación. Lo primero que se resiente es la sociedad civil y, como bien argumentó el desaparecido Zygmunt Bauman, la existencia se vuelve líquida, tanto como los datos de los ordenadores que pueden ser hechos desaparecer en un instante por un hacker que también puede actuar en pijama desde la cama:

"Con la crisis del concepto de comunidad surge un individualismo desenfrenado, en el que nadie es ya un compañero de camino de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse. Este "subjetivismo" ha minado las bases de la modernidad, la ha vuelto frágil y eso da lugar a una situación en la que, al no haber puntos de referencia, todo se disuelve en una especie de liquidez. Se pierde la certeza del derecho (...) y las únicas soluciones para el individuo sin puntos de referencia son aparecer sea como sea, aparecer como valor, y el consumismo. Pero se trata de un consumismo que no tiende a la posesión de objetos de deseo con los que contentarse, sino que inmediatamente los vuelve obsoletos, y el individuo pasa de un consumo a otro en una especie de bulimia sin objetivo (el nuevo teléfono móvil nos ofrece poquísimas prestaciones respecto al viejo, pero el viejo tiene que ir al desguace para participar en esta orgía de deseo)."

Por supuesto, el gran afán del ciudadano occidental de nuestro tiempo es consumir, acudir los fines de semana a esos grandes templos llamados centros comerciales y enseñar luego a través de las redes sociales las compras realizadas, ya sea de manera directa, ya indirectamente, subiendo selfies vestidos a la moda. Mientras tanto, las empresas de marketing se hacen ricas recopilando toneladas de valiosísima información acerca de nuestros gustos, de nuestros hábitos, de nuestra psicología y debilidades. Muchos son capaces de relatar su vida entera en facebook. Una vida artificial, por supuesto, repleta de alegrías y momentos cumbre. Organizar tanta perfección virtual debe ser un trabajo agotador, pero también una actividad adictiva. Los likes de facebook son pequeñas satisfacciones que necesitan ser retroalimentadas. Pero, como se ha dicho, los que verdaderamente se aprovechan de este tinglado son las grandes multinacionales:

"(...) por primera vez en la historia de la humanidad, los espiados colaboran con los espías para facilitarles el trabajo, y esta entrega les proporciona un motivo de satisfacción porque alguien les ve mientras existen, y no importa si existen como criminales o como imbéciles."

Un libro como este, de carácter tan misceláneo, da un poquito para todo. Para artículos verdaderamente magistrales y otros bastante carentes de interés para el lector que no haya seguido en detalle los avatares de la política italiana de los últimos años (Berlusconi es una obsesión para nuestro autor), pero poniéndolo todo en la balanza, su lectura merece la pena. Su encendida defensa de la Unión Europea (con todas sus imperfecciones, con solo haber evitado la mera posibilidad de un nuevo conflicto como los que asolaron el continente en la primera mitad del siglo XX, se puede decir que la Unión es la historia de un éxito), sus divertidas diatribas contra adivinos, augures y nigromantes y, por supuesto, la encendida defensa de la literatura y el conocimiento que destilan estas páginas hacen que acercarse a la última obra del maestro italiano sea el mejor homenaje que se le pueda hacer a alguien capaz de dejarnos perlas como ésta:

"Lo ideal es que todo texto sea leído dos veces, una para saber lo que dice y la otra para apreciar cómo lo dice (y de ahí la plenitud del goce estético)."

lunes, 1 de mayo de 2017

LA CARRERA HACIA NINGÚN LUGAR (2015), DE GIOVANNI SARTORI. DIEZ LECCIONES SOBRE NUESTRA SOCIEDAD EN PELIGRO.

La muerte de Giovanni Sartori nos ha privado de uno de esos intelectuales europeos que, más allá de luchas ideológicas, son una especie de voz de la conciencia de occidente. Y dichas voces no tienen por qué ser complacientes con todos nuestros valores, sino más bien críticas, sobre todo con la política errática seguida por la Unión Europea en los últimos años en asuntos económicos y humanitarios, dos temas especialmente sensibles, que requieren mayor celeridad de actuación y cuyas decisiones al respecto afectan directamente a todos los ciudadanos. A pesar de encontrarnos de nuevo en la senda del crecimiento económico, la crisis económica no ha hecho sino acrecentar la inmensa brecha entre los ricos y una clase media cada vez más empobrecida. Y este problema se adereza con una incontenible crisis de refugiados para la que la Unión Europea - ocupada en minimizar los efectos del Brexit - todavía no ha ofrecido una solución creíble. Junto a esto, el miedo al terrorismo islamista se acrecienta cada día. Solo hay que ver el pánico colectivo que tan fácilmente se produce cuando sucede el menor incidente dentro de una gran concentración humana. La relación de Europa con el islam tampoco es un asunto resuelto y el pensador italiano procura ofrecer algunos apuntes al respecto.

Sartori comienza estableciendo que los avances de nuestra civilización se han basado en buena parte en avances científicos que solo pueden conseguirse en sociedades cada vez más tolerantes. Bien es cierto que a veces dichos avances, si nos fijamos en el desarrollo de los medios audiviosuales, también pueden afectar a las capacidades de quien no sabe usarlos sabiamente, algo que el politólogo ya había advertido en 1997 con su famosa obra Homo videns:

"La televisión y el mundo de Internet producen imágenes y borran conceptos, pero así atrofian nuestra capacidad de entender."

Una vez establecida esta afirmación, enésima advertencia de la capacidad de manipulación sobre el ciudadano con la que cuentan los nuevos medios audivisuales, Sartori analiza el último siglo europeo, marcado por terribles guerras y por la tensión ideológica de las últimas décadas del siglo XX entre comunismo y capitalismo. Para él la idea revolucionaria es un bonito ideal que esconde los peores monstruos. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial los partidos comunistas florecienron en las democracias occidentales y en ocasiones estuvieron a punto de desestabilizarlas. La ideología izquierdista que atacaba la única legitimación del uso de la fuerza por parte del Estado, pidiendo también su legitimación para que el pueblo pudiera hacer uso de ella en pos de una idea de justicia perfecta. Asistimos hoy a un evidente desprestigio de la clase política y del Parlamento - que en gran parte se ha esforzado ella misma en fomentar con sus torpes actuaciones - pero el peligro revolucionario parece conjurado después de la terrible experiencia vivida en Rusia y en los países del Este de Europa, cuando la legitimidad de la violencia volvió al Estado, pero sin control alguno, convertida en puro terror desatado contra los ciudadanos disidentes. Eso no quiere decir que la Revolución Francesa no estableciera las bases de nuestra moderna democracia, pero cuando la fuerza se usa para buscar ideas utópicas que deben ser llevadas a cabo por un poder absoluto y en teoría perfecto, los resultados suelen ser infernales.

Respecto a la relación de occidente con el islam, asunto apuntado más arriba, Sartori ha sido claro cuando se le ha preguntado al respecto, para él la sociedad occidental y el islam son incompatibles, lo cual no quiere decir que la convivencia sea imposible. Ante todo jamás hay que olvidar que uno de los pilares de nuestra democracia es su laicismo. Nunca hay que dejar que ideología religiosa alguna se imponga a nuestras Constituciones. Esto no deja de ser un problema inmenso, puesto que, mientras que la natalidad desciende en nuestra sociedad, los grupos musulmanes insertos en ella siguen aumentando su población. Los atentados de París no fueron realizados - quizá inspirados sí - por gente que llegó de fuera, sino por ciudadanos europeos musulmanes de tercera generación, algunos presuntamente integrados en nuestra forma de vida. Esta circunstancia hace saltar todas las alarmas, puesto que el ciudadano siente que no basta con vigilar las fronteras para conjurar el peligro terrorista, sino que el más terrible enemigo está ya en casa, escondido, esperando su oportunidad para ponerse en acción y causar el máximo daño posible. Peor todavía es constatar que esta situación hace subir como la espuma a partidos de ultraderecha como el de Le Pen, con posibilidades reales de ganar la presidencia francesa. Es sabido que cuando impera el miedo, la gente prefiere a quien le ofrece seguridad - a pesar de que ésta sea ilusoria y los métodos sean al final contraproducentes, fábrica de nuevos terroristas - frente al mantenimiento de las libertades. 

Por eso, a la hora de ofrecer soluciones a cuestiones tan acuciantes y que deberían haber sido abordadas hace mucho tiempo, es mejor mantener la cabeza fría y no dejarse arrastrar por sentimentalismos de uno u otro signo. Ni los refugiados son terroristas en potencia ni nuestras sociedades tienen capacidad de acogerlos a todos, a no ser que renunciemos a parte de nuestro bienestar (dudo que haya muchos ciudadanos dispuestos a ello, cuando se les ponga en esta tesitura, sobre todo porque la crisis ha hecho ya este efecto en muchos). Por eso es inteligente volver a Max Weber y a su visión práctica a la hora de abordar problemas complejos:

"Max Weber formuló la distinción fundamental entre "ética de la intención" y "ética de la responsabilidad". La primera persigue el bien (tal como lo ve) y no tiene en cuenta las consecuencias. Aunque el mundo se hunda, la buena intención es lo único que vale. La ética de la responsabilidad, en cambio, tiene en cuenta las consecuencias de las acciones. Si las consecuencias son perjudiciales, debemos abstenernos de actuar."

Es curioso que la última parte del libro sea una divagación frente a la consideración de la Iglesia Católica de los embriones humanos como personas con todos sus derechos. En cualquier caso, Sartori pone parte de la solución en la propia Iglesia, en la responsabilidad de quien predica pero ofrece poco trigo. Muchos dirán que estas palabras son demagogas, pero yo las suscribiría:

"El Vaticano posee muchísimos conventos casi vacíos, iglesias cerradas porque no tiene suficientes sacerdotes para mantenerlas abiertas y una colección de estatuas, cuadros y obras de arte de todo tipo que vendería como el pan por centenares de millones de dólares. ¿No somos "católicos", es decir, universales? Si todo puede circular por todas partes, y si nosotros los italianos no tenemos "tesoros" sino un nuevo agujero de cinco mil millones de euros, el Vaticano podría echar una mano. ¿Es una buena idea? Veremos."

Al final la conclusión del autor de La sociedad multiética es que nos encontramos en guerra, un conflicto subterráneo y de baja intensidad, pero que se deja ver de vez en cuando y de manera inesperada en toda su crudeza. De cómo se afronte una situación inédita, que pone como pocas veces en peligro nuestros valores, depende el futuro que tengamos en las próximas décadas. Porque esta carrera actual hacia ningún lugar debe ser corregida para llevarnos a un puerto seguro que sea compatible con los derechos humanos. Tarea titánica y compleja, pero que no admite más demoras.

viernes, 28 de abril de 2017

EL CIUDADANO ILUSTRE (2016), DE MARIANO COHN. REGRESO A ÍTACA.

Candidata al Oscar a la mejor película extranjera este año, El ciudadano ilustre demuestra que el cine argentino sigue gozando de buena salud, sobre todo cuando aborda un género en el que sus directores son especialistas: la tragicomedia. Aquí el artículo:

http://astoria21.es/critica-el-ciudadano-ilustre/

jueves, 27 de abril de 2017

ESPAÑA INVERTEBRADA (1922), DE JOSÉ ORTEGA Y GASSET. BOSQUEJO DE ALGUNOS PENSAMIENTOS HISTÓRICOS.

Resulta evidente que uno de los grandes temas de nuestro tiempo en nuestro país es el del separatismo. Curiosamente, cuando el País Vasco parece sentirse mejor que nunca en el seno de España, es Cataluña la que está desafiando la legalidad vigente insistiendo en organizar un referéndum que les permita legitimar una declaración unilateral de independencia. Si Ortega viviera en nuestros días, es seguro que participaría apasionadamente en el debate sobre la esencia de la nación. No en vano, su España invertebrada ha sido un libro muy citado en el Parlamento, sobre todo en los tiempos en los que sus Señorías contaban con inquietudes intelectuales.

Sorprende el lenguaje que utiliza el filósofo español a la hora de abordar los problemas de la España de hace un siglo. Utiliza mucho términos como raza, aristocracia o masa, que quedaron bastante desfasados después de la Segunda Guerra Mundial. Lo primero que deja claro Ortega es una verdad de perogrullo: la unión hace la fuerza y solo los países con una población sana y consciente de su pertenencia a una comunidad diversa, pero con propósito semejante, son los más capaces de llevar a cabo grandes empresas:

"No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí, esa cohesión a priori sólo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo."

Lo que sean esas grandes empresas depende de la época y del contexto. Para el autor, la gran hazaña de España fue la civilización - que no conquista - de América. Es obvio que algo pasó cuando un territorio que a mitad del siglo XV no se diferenciaba demasiado de los de su entorno fue capaz cincuenta años más tarde de cimentar el inicio de un poder imperial que duraría muchas décadas, y esto fue que se produjo la unificación pretendida por los Reyes Católicos. Con gran rapidez muchos se sintieron parte de esta nueva unidad política, con la misma religión, la misma lengua (en casi todos los territorios) y un propósito de expansión a nuevos territorios estimulado por el poder:

"Las grandes naciones no se han hecho desde dentro, sino desde fuera; sólo una acertada política internacional, política de magnas empresas, hace posible una fecunda política interior, que es siempre, a la postre, política de poco calado."

Pero el autor de La rebelión de las masas no quiere caer en el error de evocar las grandezas del pasado para lamentarse de las desgracias del presente, porque tiene claro que no se construye la nación mirando al pasado con nostalgia, sino con un sólido programa para el mañana. En este punto, Ortega lanza su receta: estimular el gobierno de los mejores, de una aristocracia (no tengo claro si debe ser hereditaria) que consiga la aprobación y el respeto de la masa. Además, debe existir un ejército fuerte, que sea punta de lanza del prestigio de la nación. Quizá el término organización social en castas chirríe un poco al lector del siglo XXI, pero el filósofo no tiene reparos en utilizarlo para describir lo que debería ser España:

"Por un lado, la idea de organización social en castas significa el convencimiento de que la sociedad tiene una estructura propia, que consiste objetivamente, queramos o no, en una jerarquia de funciones."

Para Ortega toda organización social ha tenido su base en el ejemplo de los más fuertes, de los mejores, a los que los dóciles siguen mansamente buscando, entre otras cosas, seguridad, por lo que nada obsta para que esta sea la mejor fórmula. La tragedia de España, según él, es que se trata de un pueblo de labriegos, de gente inculta que no es capaz de reconocer, y mucho menos de respetar, las opiniones más autorizadas, algo que sí sucede en países como Francia o Gran Bretaña. Al final anuncia en una frase cuál será el tema de su más famoso ensayo:

"La rebelión sentimental de las masas, el odio a los mejores, la escasez de éstos - he aquí la razón verdadera del gran fracaso hispánico."

martes, 25 de abril de 2017

ESTO ES AGUA (2009), DE DAVID FOSTER WALLACE. LA VIDA QUE TE ESPERA.

Terminar una carrera es entrar en un nuevo mundo, el mundo definitivo de los adultos, lo cual en nuestro país puede significar una incertidumbre total, puesto que poseer un certificado de estudios superiores no es garantía de nada. Seguramente será distinto en Estados Unidos, donde, quien posee un título expedido por una de sus grandes Universidades intuye que va a formar parte de la élite, de los privilegiados que manejan los hilos de la sociedad. Esto puede suponer un poco de vértigo, de sueños de grandeza. Por eso el discurso que les dedica el escritor David Foster Wallace es tan sorprendente como necesario, ya que rompe una lanza por lo más cotidiano.

Porque Wallace, siendo un poco más adulto que los veinteañeros que se licencian, sabe mejor que ellos que sus vidas - por lo menos las de la gran mayoría - van a estar presididas a partir de ahora por la rutina, cuando no por el aburrimiento. Pequeños problemas cotidianos como los atacos de tráfico, las colas en el supermercado o las discusiones domésticas se instalarán en sus existencias y, poco a poco, los sueños de grandeza irán siendo olvidados. Precisamente esto es lo que no se enseña en la Universidad, a superar las rutinas absurdas que nos va imponiendo la vida. Aunque nos creamos libres, en realidad dicha libertad está mucho más limitada de lo que suponemos. Poco a poco nos vamos creando dependencias y nuestro margen de maniobra va siendo más y más estrecho, hasta que nos damos cuenta de que la ilusión ha sido sustituida por una visión más práctica y más prosaica de la existencia.

Para conjurar en parte este destino, el autor de La broma infinita (novela que me prometo a mí mismo leer en los próximos meses), propone una mirada profunda a la realidad que tenemos delante de nuestros ojos, a darnos cuenta de que somos peces rodeados de agua, aunque a veces nuestras mentes nos transporten a lugares demasiado elevados.

"Probablemente lo más peligroso que tiene la educación académica, por lo menos en mi caso, es que habilita mi tendencia a intelectualizar las cosas en exceso, a perderme en el pensamiento abstracto en lugar de limitarme a prestar atención a lo que está pasando delante de mí."

Quizá se ha mitificado en exceso esta charla, que seguramente no pretendía ser más que una manera original de advertir a los alumnos de lo que les espera, no una catástrofe ni una vida infeliz, sino un término medio entre la felicidad y desdicha, una vida grisácea que seguramente no va a ser muy distinta ni más especial que la de los demás, sometida a las mismas servidumbres y a los mismos miedos. Todo ello conservando siempre una "conciencia crítica", que nos avise constantamente de que jamás debemos dar nada por sentado. Por usar la frase tópica de John Lennon (si es que la pronunció él): "la vida es aquello que te sucede mientras haces otros planes".

jueves, 20 de abril de 2017

UN RUMOR DE GUERRA (1977), DE PHILIP CAPUTO. DENTRO DEL APOCALIPSIS.

La guerra de Vietnam supuso un mazazo para la moral de Estados Unidos. Contando con el Ejército más poderoso del mundo - con el permiso de la Unión Soviética de la época, los ciudadanos de aquel país estaban acostumbrados a ganar todas las guerras. Indudablemente la referencia era la Segunda Guerra Mundial, terminada dos décadas antes de la intervención en el país asiático, en el que la potencia estadounidense había conseguido doblegar a dos enemigos a la vez: Alemania y Japón, sin dejar de asistir con abundante material al resto de sus aliados. Por eso, cuando comenzaron a llegar marines a Vietnam, muchos pensaron que aquello era un asunto menor, una guerra de baja intensidad contra un enemigo escasamente equipado que se ganaría en unos meses y que apenas costaría un puñado de muertos y heridos en las propias filas.

Este es el espíritu con el que el marine Philip Caputo pisó por primera vez Vietnam en 1965, siendo uno de los primeros soldados norteamericanos en hacerlo. Como este es ante todo un libro sincero, el por aquel entonces joven teniente del Cuerpo de Marines confiesa que en aquel momento lo que más anhelaban él y sus compañeros era entrar en combate. Pronto va a descubrir que la realidad del combate va a ser muy distinta a cómo la había imaginado. El clima y la geografía de Vietnam van a convertir el conflicto en uno de los más sucios y confusos de la historia de la guerra. Los soldados pasaban gran parte de su tiempo atrincherados en sus cuarteles, hasta que se les ordenaba salir, para patrullar rutinariamente la selva o para participar en operaciones militares tan planificadas como inútiles. La moral del combatiente iba siendo progresivamente minada por las continuas bajas de compañeros, por las trampas escondidas en cualquier recoveco de la jungla, por la presencia constante de francotiradores y por la capacidad del Vietcong de minetizarse con el entorno, haciendo extremadamente difícil la localización y captura de sus miembros. Se acabó recurriendo a bombardeos salvajes de extensas áreas selváticas que producían resultados escasos. En realidad todo era muy confuso: nunca podía saberse a ciencia cierta cuantas bajas enemigas se habían causado, ni siquiera se podía dibujar claramente el frente de batalla, ya que el enemigo podía atacar en cualquier parte, incluso cuando el soldado estaba de permiso en Saigón.

Ni siquiera un soldado profesional y sólidamente entrenado como Caputo podía salir indemne de todo esto. El proceso no era inmediato, pero poco a poco el soldado iba perdiendo la fe en la victoria y plateándose la utilidad de la intervención en un lugar tan lejano y hostil, cuando ni siquiera sentían el apoyo del ciudadano de a pie que veía las terribles imágenes de la guerra todos las noches en el telediario. El combatiente podía reaccionar de muchas formas, pero era muy común que al final se transformara (al menos a ratos) en animales salvajes y vengativos y tratara de disfrutar de la catársis del combate, contra enemigos reales o imaginarios:

"Todo el que combatió en Vietnam, si es sincero consigo mismo, tendrá que reconocer que disfrutó del compulsivo encanto del combate. Se trataba de un goce peculiar porque se mezclaba con un dolor equivalente. Bajo el fuego, la energía vital del hombre aumentaba proporcionalmente a la proximidad de la muerte, de modo que sentía tanta alegría como miedo. Sus sentidos se aguzaban, alcazaba una placentera y a la vez atroz claridad de conciencia. Parecía el elevado estado de percepción que provocan las drogas. Y podía, también, habituarse a él, ya que hacía que pareciera vulgar cualquier otra cosa que la vida le ofreciese en cuanto a deleites y tormentos."

Pero combatir en Vietnam no significaba solo estar expuesto a los disparos o los explosivos del enemigo, hasta que la visión de compañeros mutilados se convertía en algo habitual, sino también enfrentarse a un clima extremadamente húmedo y caluroso y a una naturaleza hostil, con selvas, montañas y ríos inhóspitos, repletos de insectos que no daban tregua en ningún momento. Las posibilidades de ser herido de gravedad o padecer una enfermedad tropical eran altísimas, por lo que muchos soldados frustrados sentían que estaban viviendo una situación injusta, una guerra no convencional para la que no habían sido preparados. En este contexto, Un rumor de guerra no pretende ser solo una denuncia del conflicto de Vietnam, sino también una evocación del mismo, a la vez que un homenaje a unos soldados que no fueron peores o mejores que los de otras guerras, pero sí que tuvieron que enfrentarse a un ambiente más hostil y, por ende, enloquecedor, en un clima donde todo se corrompía rápidamente: "los cadáveres, el cuero de las botas, la lona, el metal y la moral".

El texto de Philip Caputo ha acabado convirtiéndose en todo un clásico, uno de los escritos más sinceros y realistas acerca de lo que significa combatir en una guerra. Tampoco esconde el periodista estadounidense las faltas propias, que a punto estuvieron de valerle una condena como criminal de guerra. Un episodio estremecedor que nos habla de la facilidad con la que una mente puede dejarse llevar por la locura y el horror cuando ha sido testigo de demasiada sangre:

"Lo que yo quería era que Rumour of war hiciera sentir incómodos a sus lectores, que les arrancara de sus confortables y acogedores búnkers y les hiciera enfrentarse a esa turbadora, caótica y emocionalmente cargada tierra de nadie con la que tenían que vérselas los combatientes. Y además no lo quería hacer ofreciendo mi propia visión polémica del asunto sino escribiendo acerca de la guerra con tal grado de honestidad y obsesiva atención a los detalles que al fin el lector acabara transportado al terreno en la medida en que lo permite la letra impresa. No quería contar mi propia experiencia de la guerra, sino mostrarla."

miércoles, 12 de abril de 2017

LA JAURÍA (1871) DE ÉMILE ZOLA. LA BURBUJA PARISINA.

La llegada al poder de Napoleón III supuso una transformación radical para la ciudad de París. La capital del Imperio debía ser transformada, arrasando sus barrios más populares para construir los amplios boulevares que son hoy la admiración de los turistas del mundo entero. Dicha metamorfosis urbanística iba a ser aprovechada por muchos especuladores sin escrúpulos para hacer dinero fácil especulando con las propiedades y terrenos que debían ser expropiados. Precisamente esta va a ser la obsesión de Aristide Saccard, uno de los protagonistas de La jauría, un vástago de la familia Rougon-Macquart, que ya conocimos en el primer libro de la saga, La fortuna de los Rougon, que se cambia de apellido para darse un porte más aristocrático. Gracias a la ayuda de su hermano, ya instalado en la capital cuando él llega, consigue un puesto en el Ayuntamiento. Sus labores en el Consistorio van a ser una auténtica escuela para Saccard, que con gran paciencia va trazando sus planes gracias a nuevas amistades y, sobre todo, a la información privilegiada que consigue gracias a su posición. Para él París es una especie de tablero de juego, una urbe enorme que puede ser desgajada en trozitos y de la que pueden sacarse millones. Intuyendo por donde van a pasar las nuevas y enormes avenidas, nada más sencillo que comprar propiedades que pronto van a subir de precio. Además, para asegurarse los importantes beneficios que le reportan estas operaciones, consigue formar parte de la Comisión de valoración del Ayuntamiento.

Pero la novela de Zola no trata solo acerca de la especulación inmobiliaria, el inmenso caudal de corrupción que conformó una capital de Francia tal y como hoy la conocemos. También pinta un elaborado fresco de una clase social ascendente, la de los burgueses y antigua nobleza que se aprovechan de la bonanza económica. El autor de La taberna coloca su lupa sobre Renée, joven esposa de Saccard, mujer frívola y hermosa, cuyos días están consagrados a procurarse una existencia lo más lujosa y placentera posible. A Renée no le importa gastarse miles de francos en vestuario, en perfumes, en decoración. No entiende bien de donde surge ese manantial de dinero que parece inagotable, pero acepta su suerte como algo tan natural que, cuando sus finanzas empiezan a torcerse, no entiende muy bien lo que está sucediendo, ya que ella cree que va a vivir eternamente en "una feliz esfera de goce e impunidad divinas"

Y lo que sucede es que su marido, un ser tan inteligente como intrigante, ha maniobrado para quedarse con su herencia. Porque aquí no existe ni mucho menos una idea de familia tradicional. Los tres miembros de la familia Saccard viven existencia totalmente libres, sin tener que dar cuenta a los demás de sus acciones. De ahí que, aburrida ya de una existencia sin límite a las experiencias y placeres, Renée acabe con los últimos rescoldos de moralidad que pudieran quedarle y, después de haber tenido numerosas aventuras amorosas, acabe encaprichándose de su propio hijastro, convirtiéndolo en su amante. El propio Saccard, obsesionado por sus negocios, apenas se preocupa por estos asuntos. Él también toma a las amantes que más le convienen, las que pueden reportarle en el futuro los mejores dividendos y también disfruta de la vida a su manera, aunque sea con la comezón de una permanente angustia que le insta a seguir llenando su bolsa hasta convertirse en uno de los hombres más ricos de París.

La jauría, a pesar de haber sido escrita hace más de cien años es una novela perfectamente actual, que trata del efecto que tiene en la sociedad el enriquecimiento especulativo (aunque en esta ocasión se retrate a las clases más favorecidas por el mismo, en otras de la misma serie Zola descenderá a la miseria de los perdedores) y el fenómeno de las fortunas que surgen a través de lo que hoy llamamos pelotazos urbanísticos. El mismo autor explica sus objetivos en el prefacio:

"He querido mostrar el agotamiento prematuro de una raza que vivió demasiado deprisa y que desembocó en el hombre-mujer de las sociedades podridas; la especulación furiosa de una época, encarnada en un temperamento sin escrúpulos, propenso a las aventuras; el desequilibrio nervioso de una mujer en quien un ambiente de lujo y de vergüenza centuplica los apetitos nativos. Y con estas tres monstruosidades sociales, he tratado de escribir una obra de arte y de ciencia que fuera al mismo tiempo una de las páginas más extrañas de nuestras costumbres."

El gusto por la descripción propio del naturalismo está muy latente en toda la narración: Zola es capaz de recrearse durante páginas enteras en los detalles de los ambientes por los que se mueven los personajes, en sus habitaciones, en sus objetos, en las ropas que visten... trazando así un cuadro hiperrealista de las costumbres de la clase social en la que ha centrado su novela. Además, como es propio de una gran novela decimonónica, la economía doméstica, esa que está repleta de grandes despilfarros, de pagarés, de deudas astronómicas y de pequeñas miserias que se codean con un lujo resplandenciente, tiene una importancia capital en la historia. Zola, como Balzac, Flaubert y otros autores de la época, jamás decepciona a quien quiere conocer los detalles más nimios de un tiempo en el que París empezó a ser la capital del mundo.

martes, 11 de abril de 2017

SOBRE LA TIRANÍA (2017), DE TIMOTHY SNYDER. VEINTE LECCIONES QUE APRENDER DEL SIGLO XX.

A principios de los años noventa tomó fuerza la hipótesis, defendida en muchos círculos intelectuales, de que la victoria del capitalismo liberal sobre el comunismo había traído una especie de fin de la historia, tesis que plasmó el politólogo estadounidense Francis Fukuyama en un influyente ensayo. Podría haber pequeñas convulsiones, crisis económicas más o menos graves, pero la senda ideológica del mundo estaba ya trazada. Bastó un solo día para que todas esas especulaciones se hicieran trizas. El optimismo de los noventa se vio repentinamente truncado - hablo de optimismo occidental - con el zarpazo del 11 de septiembre de 2001. Un nuevo actor, absolutamente imprevisible, hacía su espectacular entrada en el escenario internacional. El terrorismo islamista, que ya había dado algunas muestras de sus aterradoras posibilidades, conseguía lo que parecía imposible, que el telediario emitiera en directo lo que parecía una mala película de catástrofes made in Hollywood. Unos años después llegó una crisis económica devastadora, que a punto estuvo de quebrar los cimientos del capitalismo, cuyo resultado ha sido ahondar más en la desigualdad entre países y clases sociales. El año pasado no faltaron sorpresas, acontecimentos que apenas ningún analista había conseguido prever: la próxima salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y la llegada de un personaje tan heterodoxo e impredecible como Donald Trump a la Casa Blanca, un asunto que todavía trae de cabeza a intelectuales de todo el mundo.

Ante este panorama tan incierto, lo mejor es reforzar la idea de ciudadanía, de sociedad civil. El historiador Timothy Snyder, especialista en la Segunda Guerra Mundial y en la tiranías nazi y comunista que jalonaron el siglo XX, establece algunos paralelismos entre esa época y la nuestra, pero no porque las estime similares, sino con el fin de que el lector-ciudadano pueda aprender de los errores del pasado y estar advertido de las señales que pueden conllevar el inicio de tiempos muy oscuros. Snyder ha escrito un libro urgente, llevado por la alarma provocada por los más recientes acontecimientos. En su tono se nota que se dirige especialmente a los más jóvenes, a los que van a tener responsabilidades en un futuro inmediato, para que al menos conozcan que las señales que nos están alertando hoy, pueden desencadenar una enorme catástrofe mañana. Porque la democracia, tan consolidada como nos parece hoy en nuestros países, es un sistema frágil, que puede ser violentado. Perderla es mucho más fácil que volverla a recuperar, por lo que Sobre la tiranía puede leerse como una guía para no perder las libertades en unos tiempos tan convulsos.

Lo normal es creer que las aguas volverán a su cauce, que los peores augurios siempre podrán ser neutralizados. Los judíos alemanes que contemplaron la llegada de Hitler al poder quizá se inquietaron, pero jamás pudieron llegar a imaginar cual sería su destino final. En este sentido, Snyder recupera el editorial de un importante periódico alemán destinado a lectores judíos, publicado el 2 de febrero de 1933:

"No suscribimos el punto de vista de que el señor Hitler y sus amigos, que por fin están en posesión del poder que tanto tiempo llevaban a deseando, vayan a poner en circulación las propuestas que circulan (en los periódicos nazis): no van a privar a los judíos de sus derechos constitucionales, ni van a encerrarlos en guetos, ni someterlos a los impulsos envidiosos y homicidas del populacho de la noche a la mañana. No pueden hacerlo porque hay numerosos factores cruciales que ponen freno a los poderes (...) y claramente ellos no quieren ir por ese camino.  Cuando uno actúa como una potencia europea, todo el entorno tiende a la reflexión ética sobre su mejor yo, y a no insistir en sus antiguas posturas de oposición."

Lo que sucedió después no hubiera sido posible sin la complicidad, activa o pasiva, de muchos alemanes a los que no les importó colaborar con un régimen criminal si sus vidas seguían siendo prósperas. La propaganda continuada y machacante hizo el resto: el país entró en un estado de excepción en el que había que estar siempre alerta de enemigos internos y externos, reales e imaginarios. Muchos médicos aceptaron la eutanasia para los enfermos mentales, muchos abogados las ejecuciones sin juicio previo y un gran número de empresarios no le hizo ascos a explotar mano de obra en régimen de esclavitud. Tal degeneración se produjo en pocos meses y con una naturalidad asombrosa. Mientras tanto, el sistema comunista bajo Stalin obraba de un modo parecido, fomentando el terror contra los enemigos del régimen y estimulando el sacrificio personal de sus ciudadanos en pos de un futuro utópico que jamás llegaría.

Una de las advertencias que realiza con mayor énfasis el autor de Tierra negra es acerca del auge de la comunicación y la información a través de internet y las redes sociales. Noticias no contrastadas pululan a sus anchas por la red, manipulando las emociones de la gente, mientras la prensa tradicional, la que dedica tiempo y dinero a investigar profesionalmente las noticias antes de ser publicadas, se ve cada vez más arrinconada, sin medios de vida. Comprar un periódico es hoy casi un acto de rebeldía. Leer un reportaje íntegro, bien elaborado, casi una actividad del pasado. Hoy solo importan los titulares impactantes y los comentarios en ciento cuarenta caracteres. No se profundiza en nada y las novedades se quedan enseguida obsoletas en un mundo en el que la sobreabundancia de información hace cada vez más difícil separar el trigo de la paja. Con este panorama realizar un llamamiento a la lectura reflexiva, a volver a los clásicos, a profundizar en los temas y reflexionar sobre ellos es casi un llamamiento al vacío. Ya George Orwell nos advirtió sobre lo que conllevaría la hegemonía de las pantallas sobre la letra impresa y sus profecías, así como las de Aldous Huxley se cumplen con siniestra exactitud. 

Uno de los escándalos de nuestro tiempo ha hecho su aparición hace tan solo unas semanas. Se trata del término posverdad, la facultad que se atribuyen ciertos dirigentes políticos y ciertos medios de establecer realidades alternativas a los hechos que son noticia. Snyder pone el énfasis en el peligro de acabemos aceptando versiones diferentes de la verdad y no nos preocupemos por conocerla, por muy amarga que ésta sea:

"Te sometes a la tiranía cuando renuncias a la diferencia entre lo que quieres oír y lo que oyes realmente. Esta renuncia a la realidad puede resultar natural y agradable, pero la consecuencia es tu desaparición como individuo, y por consiguiente el derrumbe de cualquier sistema político que dependa del individualismo."

Termina Snyder advirtiéndonos de los peligros del patriotismo mal entendido, como el discurso interesado de una minoría que impone su cosmovisión a la mayoría en beneficio del interés de unos pocos, una deriva que estamos contemplando en la actualidad con el auge del nacionalismo más rancio frente al retroceso de una idea cosmopolita y universal de las relaciones entre pueblos:

"Un nacionalista nos anima a ser la peor versión de nosotros mismos, y después nos dice que somos los mejores. Un nacionalista, "aunque esté permanentemente rumiando sobre el poder, la victoria, la derrota, la venganza", como dijo Orwell, tiende a "no sentir el mínimo interés por lo que ocurre en el mundo real". El nacionalismo es relativista, dado que la única verdad es el resentimiento que sentimos cuando contemplamos a los demás."

La cruda realidad es que nos encontramos ante un mundo mucho más temeroso que el de hace un par de décadas y eso nunca es una buena noticia. Un ciudadano temeroso, al que le han inculcado el miedo al extranjero, como si todos fueran potenciales terroristas, aceptará de buen grado, incluso con alegría, el recorte de sus libertades en pos de una seguridad que siempre es ilusoria. Los dirigentes políticos sin escrúpulos lo saben y conocen también que la mejor manera de aglutinar al pueblo en torno a su persona es exagerar los peligros de un enemigo poderoso y oculto, al que hay que plantear una guerra perpetua, repleta de sacrificios. Muchos ciudadanos empiezan a pensar ingenuamente que la seguridad absoluta solo se conseguirá con el aislamiento total de sus países detrás de altos muros y de controles de inmigración cada vez más estrictos. Un retroceso alimentado por un terror que se alimenta y se acrecienta cada día gracias a los medios de comunicación de masas y a las teorías de la conspiración alentadas a través de las redes sociales. De que surjan o no ciudadanos comprometidos que paren los pies a políticos sin escrúpulos depende el color de nuestro futuro.

lunes, 10 de abril de 2017

¿QUÉ NOS HACE HUMANOS? (2008), DE MICHAEL S. GAZZANIGA. LA EXPLICACIÓN CIENTÍFICA DE NUESTRA SINGULARIDAD COMO ESPECIE.

Al hombre se ha puesto a sí mismo el título de rey de la creación, habitualmente con argumentos religiosos, pero lo cierto es que si la especie humana ha llegado a esta posición de dominio indiscutible sobre el resto de los animales es porque ha vencido - al menos provisionalmente - en esa batalla constante que es someterse a las leyes de la evolución, donde quien se adapta tiene como premio la supervivencia y quien no lo logra, la extinción como especie. Desde luego dicha ventaja adaptativa tiene como principal puntal un cerebro prodigioso, capaz de hacer que nuestro conocimiento del entorno en el que vivimos y de nosotros mismos avance en progresión geométrica. Un cerebro que tiene como característica esencial estar dividido en áreas muy especializadas y - no lo olvidemos - tiene como principal propósito, por mucho que el humano moderno haya desarrollado otros intereses más sofisticados, tomar decisiones que favorezcan el éxito reproductor.

Como muchos otros mamíferos, el humano depende para sobrevivir de la la cooperación social, materializada en grupos, contando con una larga historia de agresión intergrupal, lo cual implica que nazcamos con una serie de normas morales que tienen mucho que ver con nuestro sentido de la territorialidad y la cohesión del grupo, para obtener bienes y seguridad de manera recíproca. De hecho - y esto es algo que se mantiene inalterado hoy día - el principal argumento de nuestras conversaciones cuando nos relacionamos con los demás, es el chismorreo, lo cual nos sirve para estrechar lazos con algunos, tomar distancias con otros, poco dignos de confianza, intercambiar información útil y, sobre todo, socializar.

Otra de las características que nos definen como humanos es nuestra capacidad de abstraernos de la realidad y crear ficciones que nos doten de aprendizaje acerca de lo que podría acontecer en el futuro, ya sea de manera realista o metafórica: es una manera de adquirir experiencia, de aprender lecciones sin haber tenido que protagonizar, ni siquiera estar presentes, en los hechos narrados. La capacidad de imaginar, de convertir unos objetos en otros (un niño transformando un plátano en un teléfono, por ejemplo) es algo que aparece desde muy temprana edad. Esta imaginación también consigue que vivamos con la sensación de que la mente y el cuerpo son entidades separadas (una creencia fundamental para la mayoría de las religiones):

"Si crees que la mente y el cuerpo son entidades separadas, que tienes un alma que es algo más que tus células cerebrales y ciertas sustancias químicas, entonces, ¿cómo explicas los cambios en la conciencia o cualquiera de los cambios que tienen lugar a raíz de lesiones cerebrales? ¿Qué hay de Phineas Gage, quien, según descripciones de las personas que lo conocían, ya no fue la misma persona tras la lesión cerebral? Su esencia era distinta debido a un cambio físico en el cerebro."

El hecho de que nuestra conciencia sea una construcción, casi podemos decir artificial, de nuestro cerebro es una idea difícil de asimilar, puesto que todos esperamos íntimamente ser algo más que mera materia. En cualquier caso esta idea habla de la infinita y maravillosa complejidad del cerebro humano, un órgano que empieza a ser comprendido - aunque todavía quedan infinitas preguntas por responder - y que se empieza a intentar reproducir de manera artificial. No es seguro que esto último se consiga o, al menos, no con un éxito total, debido a una complejidad que puede que esté fuera de nuestro alcance:

"El cerebro humano tiene aproximadamente cien mil millones de neuronas, y cada una, por término medio, se conecta con otras mil. Una multiplicación consciente rapidita nos revela que hay cerca de cien mil billones de conexiones sinápticas. Entonces ¿cómo encajar e integrar toda esa información en un todo coherente? Para decirlo antropomórficamente, ¿cómo se las arregla un módulo para saber lo que están haciendo los demás? ¿Realmente lo sabe? ¿Cómo obtener orden a partir de este caos de conexiones? A pesar de que no siempre lo parezca, nuestra conciencia está bastante relajada y tranquila, teniendo en cuenta la gran cantidad de datos que bombardean el cerebro y todo el procesamiento que está llevando a cabo."

Lenguaje, ideas, progreso social y del conocimiento, relaciones complejas con otros seres humanos, un cableado cerebral infinitamente más complejo que el de cualquier manífero, incluidas todas las especies de simios. Capacidad de sonrojarnos, de llorar, de reir, de usar la ironía, de imitar a otros para lograr aprendizajes que luego pueden ser cuestionados o mejorados. El invento del arte. Los humanos somos una especie extraordinaria. ¿Habrá por ahí, por otros sistemas solares, algo parecido a nosotros? Mientras no podamos dar respuesta a esa pregunta, nos toca ser los reyes de la creación, una posición que no solo dota de poder, sino también de una inmensa responsabilidad. Ojalá nuestras inmensas capacidades sean usadas siempre para mejorar la existencia de nuestros congéneres y de la mayoría de los seres vivos del planeta. 

viernes, 7 de abril de 2017

VIDAS IMAGINARIAS (1896), DE MARCEL SCHWOB. EMBELLECER LA HISTORIA.

Un libro que contara la historia de todos los hombres, nombrando todos los detalles de su existencia, hasta los más nimios, sería infinito. Quizá narrar algo así era el sueño de Marcel Schwob, pero tuvo que conformarse con un proyecto mucho más modesto, aunque igualmente estimulante: contar las vidas de personajes que se mueven entre la realidad y el mito y otorgarles un halo literario que refuerce la heterodoxia del paso por el mundo de estos seres especiales. 

Ni que decir tiene que podemos considerar a Schwob como una de las grandes influencias literarias de Jorge Luis Borges. Ese gusto por el detalle, por la ironía del relato y a la vez por la síntesis, por buscar la palabra perfecta que adorne una descripción, retratando a sus héroes o antihéroes con pinceladas muy precisas y casi poéticas. Aquí el arte de la escritura se está utilizando para la evocación de momentos irrepetibles. Sabemos que el autor francés parte de lo real para hacer volar su imaginación y penetrar en lo más íntimo de estos elegidos por la historia. Schwob elige a Eróstrato, destructor de una de las maravillas del mundo antiguo, a poetas, a herejes, a artistas y, en sus últimas narraciones, parece decantarse por los piratas. Acerca de la precisión casi quirúrgica de su literatura, escribió Remy de Gourmont, periodista y crítico de la época:

"El genio particular de Schwob es una especie de sencillez pavorosamente compleja, que hace que, mediante la disposición y armonía de una serie de detalles justos y precisos, sus narraciones den la sensación de un detalle único. La ironía de estos cuentos y relatos biográficos raramente aparece acentuada (...): por lo general es más bien latente, se difunde en sus páginas como veladura a primera vista apenas perceptible. Schwob, en el curso de su narración, nunca siente la necesidad de hacer comprender sus invenciones, no es en modo alguno explicativo, y ello aguza la impresión de ironía por el contraste natural que se descubre ante un hecho que nos parece maravilloso o abominable y la brevedad desdeñosa de un cuento."

Leer a Schwob es penetrar en un universo muy personal en el que lo importante no es el rigor histórico, sino el placer estético y el sentido - a veces moral, a veces meramente edificante -, del relato. Las ilustraciones de George Barbier, muy art déco, que embellecen la edición que yo he manejado ponen la guinda a una lectura muy variada, interesante y placentera.

jueves, 6 de abril de 2017

LOGAN (2017), DE JAMES MANGOLD. RAÍCES PROFUNDAS.

La mejor película que ha dado la franquicia de mutantes de Fox es esta visión, de carácter muy adulto, de su personaje más popular e interesante. Un acierto que haya sido concebida como un western crepuscular. Aquí el artículo:

http://astoria21.es/critica-logan/

lunes, 3 de abril de 2017

EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE (1962), DE JOHN FORD. PRINT THE LEYEND.

Dice Mirce Eliade en El mito del eterno retorno, que hay leyendas que no necesitan del paso de siglos para consolidarse: la distorsión de lo que realmente pasó puede operarse en pocos años y quedar como algo cierto para mucha gente. Esto es precisamente lo que muestra John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance: dos perspectivas distintas de unos mismos hechos a los que inmediatamente se les otorga un evidente halo de misticismo: por un lado lo que todo el mundo observa que ha sucedido y por otro, lo que ha sucedido realmente. Por supuesto, la primera historia es mucho más espectacular, más en la línea de la forja de un héroe que llega un día a un pueblo remoto del Oeste sin nada, después de haber sido atracado y agredido, y termina matando en un duelo al bandido más peligroso de los contornos. La verdad es mucho más prosaica, aunque igualmente interesante e incluso más novelesca, pero cuando algo se convierte en leyenda, la verdad poco tiene que hacer.

Tom Doniphon, ese es el nombre que desencadena toda la trama. Un senador de Estados Unidos, hombre ya muy maduro, llega a un pueblecito del Oeste, ya prácticamente civilizado para asistir al funeral de Doniphon. Hay una historia detrás de este hecho y un periodista quiere saberla. Ransom Stoddart, el senador, llegó hace décadas como joven abogado lleno de ambiciones a aquel lugar perdido, en el que imperaba la ley del más fuerte. Poco a poco, se irá dando cuenta de que sus libros de leyes son papel mojado en una tierra que ni siquiera se ha constituido todavía en Estado de la Unión. Lo único que puede hacer valer cualquier derecho es el hecho de blandir un revólver. Y en eso, pocos son mejores que Tom Doniphon, un vaquero hecho a sí mismo, valiente, hábil y también un poco ingenuo, enamorado de una muchacha que pronto va a poner sus ojos en la antítesisde Doniphon: Stoddart puede ser alguien torpe y demasiado civilizado, pero es el hombre que la va a enseñar a leer. Además, es un tipo tan valiente que es capaz de llegar a la temeridad con tal de que prevalezca su idea de justicia.

Después está Liberty Valance, el representante de la fuerza, el bandido al que todos temen y que se pasea impunemente por el pueblo pavoneándose de sus hazañas, el tipo que sería capaz de matar a alguien por un filete...  Lee Marvin encarna al malvado perfecto, peligroso y a la vez odioso, al malvado que está justificado matar, porque es una alimaña sin redención posible. El héroe va a ser Stoddart, el ganador, el que se lleve todos los honores y el que será lanzado a una exitosa carrera política. Mientras tanto, Doniphon, el rudo y noble Doniphon siente que lo ha perdido todo a manos de su inconsciente rival. Pero la grandeza del personaje que encarna John Wayne consiste en, después de un arrebato de rabia, aceptar su destino y echarse a un lado, mientras el mundo que conoce, el del salvaje Oeste, va también desapareciendo y siendo sustituido por la aburrida civilización.

El hombre que mató a Liberty Valance es, quizá, el western más perfecto jamás filmado. Equilibrado en todos sus elementos, perfectamente dirigido y mostrando a unos personajes humanos y profundos, la obra de John Ford alcanza con esta película una de sus cumbres. A pesar de ser visionada una y otra vez, la estupenda resolución final sigue sorprendiendo a cualquier espectador. Además, como propina, contiene una lúcida reflexión sobre el oficio de periodista, en unos tiempos en los que el concepto de ética profesional estaba en pañales: decidir si se cuenta la verdad o se mantiene la leyenda que embriagó a tantos lectores parece una elección obvia en la película, pero no lo sería tanto si el conflicto se suscitara en nuestros días.

jueves, 30 de marzo de 2017

EL MITO DEL ETERNO RETORNO (1951), DE MIRCEA ELIADE. ARQUETIPOS Y REPETICIÓN.

Los humanos hemos interiorizado el concepto de historia lineal, de progreso y retroceso histórico, solo desde hace unos cuantos siglos. Una tradición de milenios que aseguraba que la historia era circular nos precede. El hombre arcaico creía que sus gestos, que cualquier acción que pudiera emprenderse, había sido modelada ya anteriormente por otro que no era hombre. Y no solo eso: el mundo en el que habitamos no es más que una imitación imperfecta de otro mundo primigenio, creado antes que éste y que está situado en una especie de nivel cósmico superior. Pero cuando nos referimos a malas acciones o a regiones desérticas u hostiles a la vida, el arqutipo no es aquel mundo primigenio, sino el caos, que acaso es un fenómeno mucho más antiguo y que sigue presente en algunos aspectos de nuestra existencia. Especial importancia tiene la idea de ritual, porque en este caso la sacralidad viene de la evocación del modelo divino en el que se basa: por eso solo puede ser llevado a cabo por alguien cercano a los dioses, como el chamán de la tribu. 

En realidad todas las actividades importantes que regulan la vida humana - la caza, el nacimiento, la muerte... - estaban investidas por el halo de lo sacro, con lo cual contaban con modelos ejemplares instituidos por los dioses. La idea de la reversibilidad y de lo novedoso en la historia humana es bastante reciente. A los primitivos no se les hubiera ocurrido, porque toda su existencia se basaba en la repitición, en la regeneración del tiempo que se repetía simbólicamente cada año con el paso de las estaciones y las actividades que generaba cada una de ellas. La representación del tiempo se parece a esas ruedas de la fortuna que representaban los miniaturistas medievales: a la edad de oro que tan brillantemente evocó don Quijote le sucede una de plata y así sucesivamente, hasta la edad de hierro actual, en la que la vida del hombre supone solo un suspiro respecto a lo que duraban sus predecesores. Pero no obsta para que en algún momento pueda volver la edad de oro y que esa sucesión vuelva a comenzar, una esperanza que está presente en muchos de los escritos de los antiguos. 

Desde luego, nos quedan reminiscencias de estas creencias. Sin ir más lejos, el año litúrgico cristiano que todavía regula la vida una buena parte de la población en occidente:

"El año litúrgico cristiano está, por lo demás, fundado en una repetición periódica y real de la natividad, de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Jesús, con todo lo que ese drama místico implica para un cristiano; es decir, la regeneración personal y cósmica por la reactualización in concreto del nacimiento, de la muerte y la resurrección del Salvador."

Pero si bien esto es una realidad de las creencias cristianas, también es cierto que precisamente la presencia de Dios en la historia, convertido en un mero hombre hace que el ciclo de las repeticiones se torne absurdo: ahora la historia tiene un fin, que es la redención de la humanidad y la llegada del Reino: la muerte de Cristo por nuestros pecados solo sucede una vez y el cristiano solo tiene una oportunidad para salvarse y gozar de la vida eterna. Mircea Eliade, uno de los especialistas más reputados en historia de las religiones, con su prosa erudita a la vez que amena y comprensible, es el mejor guía para reflexionar acerca de las creencias de nuestros antepasados y hacernos ver que conceptos que creemos muy arraigados, como el de historia lineal, fueron desconocidos por muchos milenios por nuestros antepasados. 

lunes, 27 de marzo de 2017

UNA MIRADA A LA OSCURIDAD (1977), DE PHILIP K. DICK Y DE RICHARD LINKLATER (2006). MUERTE LENTA.

Lo primero que hay que decir acerca de una novela tan extraña como Una mirada a la oscuridad es que procede de la mente de uno de los escritores más peculiares del siglo XX, el autor de ciencia ficción Philip K. Dick, un hombre cuyas obsesiones y paranoias se veían estimuladas día a día por el uso y abuso de drogas. De hecho, a principios de los años setenta, después de una separación matrimonial, Dick se sometió a sí mismo a una espiral de consumo autodestructiva, hasta el punto de que abrió su casa a cualquier yonqui que quisiera acompañarle. Volver a la escritura solo fue posible después de una durísima estancia en un centro de desintoxicación.

En realidad, el hecho de que Una mirada a la oscuridad se inscriba en el género de la ciencia ficción es meramente anecdótico. La historia que se cuenta (que en el libro transcurre en el futurista 1994) podía haberse narrado en los años setenta sin perder ni un ápice de su esencia. Fundamentalmente la trama sigue a un grupo de drogadictos en un día a día que no lleva a ninguna parte. El protagonista, Bob Arctor, dueño de la casa que los acoge, es en realidad un policía infiltrado para detener a traficantes, aunque poco a poco su personalidad se diluye y empieza a tener problemas de identidad, hasta el punto de que a veces no está seguro de si en realidad está a un lado u otro de la ley, porque se ha convertido en un adicto como los demás de la sustancia de moda, la muerte lenta. De hecho, sabe que el suyo no es el primer caso similar:

"Mientras conducía, Arctor pensó en otras irónicas maniobras propias de agentes y traficantes especializados en narcóticos. Varios policías conocidos suyos se habían hecho pasar por traficantes en su trabajo clandestino, acabando por vender hachís e, incluso, hero. Era una buena coartada, pero el agente veía como sus ingresos iban superando cada vez más el salario que cobraba oficialmente y el dinero que obtenía al colaborar en la requisa de un buen lote de mercancía. Además, los agentes se acostumbraban a tomar sus propios productos; era algo inevitable, un elemento vital. Con el tiempo se convertían en adictos y traficantes de fortuna, mientras seguían desempeñando su trabajo para la policía y en defensa de la ley..."

Pero lo más importante de la novela de Dick no es la trama, ni los pequeños toques de ciencia ficción que salpican la misma, sino la descripción del mundo de la droga desde dentro, lo cual resulta ciertamente estremecedor, pues el lector lo visualiza como un laberinto sucio y falto de luz del cual no se puede salir, si no es ingresando en una de esas clínicas en las que el individuo queda totalmente despersonalizado y de las que tampoco podrá salir en el resto de su existencia si no quiere volver a experimentar el deseo de consumir. La versión cinematográfica de Richard Linklater abunda en ese ambiente como de pesadilla, acentuado por la decisión de realizar la película en animación a partir de la actuación de los actores, pero sin llegar al extremo de crear una obra desagradable a la vista. Se trata de una de las adaptaciones más fieles de Philip K. Dick, por lo que se mantiene la trama caótica e irracional a ratos, de la novela. El arte también debe estimular la fascinación por lo inquietante y esta es la principal sensación que se va a llevar quien se aproxime a Una mirada a la oscuridad en cualquiera de sus dos versiones.