lunes, 29 de junio de 2015

EL FIN DE LA INFANCIA (1953), DE ARTHUR C. CLARKE. LA UTOPÍA DE LOS SUPERSEÑORES.

En las décadas de la Guerra Fría, sobre todo en los cincuenta y los sesenta, muchos intelectuales estaban convencidos de que el enfrentamiento nuclear entre las dos superpotencias era inevitable. De hecho, el apocalipsis estuvo a punto de suceder en un par de ocasiones. Si la humanidad se salvó fue porque el sentido común se impuso en el último instante. En este contexto, los autores de ciencia ficción especulaban con la llegada de extraterrestres a nuestro planeta para advertirnos de nuestra locura suidida. Una de las visitas más famosas fue la de Klaatu en Ultimátum a la Tierra, película de Robert Wise estrenada dos años antes de la publicación de El fin de la infancia. Muchos no creían, vista la historia bélica del ser humano, que la solución pudiera venir de nosotros mismos e imaginaban la llegada de una raza extraterrestre humanista y redentora.

Este es más o menos el planteamiento de inicio de la novela de Clarke. Los extraterrestres llegan en enormes naves y someten a los gobiernos mediante el uso de su poder blando, es decir haciendo ver que cuentan con una poderosa tecnología, milenios más avanzada que la nuestra, pero usando de medios más suaves para imponernos su utopía. Hay episodios excepcionales, por supuesto, como aquel que transcurre en la plaza de Las Ventas, en Madrid. Karellen, el líder de los llamados superseñores, decreta el fin del maltrato a los animales. Los amantes de la fiesta nacional hacen caso omiso y se reúnen, como es habitual, para celebrar una corrida. El toro recibe su primer puyazo y, de pronto, los espectadores sienten el mismo dolor. Desde ese preciso instante, acaba el sangriento espectáculo. 

Las fronteras entre países van desapareciendo y poco a poco el nivel de vida de los habitantes de la Tierra se eleva, hasta que se llega a una especie de edad de oro, en la que prácticamente se han extirpado la pobreza y la violencia. Hasta las religiones tradicionales, que han opuesto la mayor resistencia a los cambios, dejan de tener sentido, rindiéndose a la evidencia científica. Karellen lo expresa de esta manera, refiriéndose a quienes se oponen a los superseñores:

"Usted sabe por qué Wainwright y los hombres como él me tienen miedo, ¿no es así? —preguntó Karellen. Hablaba ahora con una voz apagada, como un órgano que deja caer sus notas desde la alta nave de una catedral—. Hay seres como él en todas las religiones del universo. Saben muy bien que nosotros representamos la razón y la ciencia, y por más que crean en sus doctrinas, temen que echemos abajo sus dioses. No necesariamente mediante un acto de violencia, sino de un modo más sutil. La ciencia puede terminar con la religión no sólo destruyendo sus altares, sino también ignorándolas. Nadie ha demostrado, me parece, la no existencia de Zeus o de Thor, y sin embargo tienen pocos seguidores ahora. Los Wainwrights temen, también, que nosotros conozcamos el verdadero origen de sus religiones. ¿Cuánto tiempo, se preguntan, llevan observando a la humanidad? ¿Habremos visto a Mahoma en el momento en que iniciaba su hégira o a Moisés cuando entregaba las tablas de la ley a los judíos? ¿No conoceremos la falsedad de las historias en que ellos creen?"

Al tiempo que el bienestar se generaliza, se produce un general desinterés por la producción de obras artísticas, quizá porque las mejores suelen ser más hijas de la desgracia que de la abundancia. De pronto "la holganza no era algo pecaminoso y la pereza no era signo de degenaración". Solo algunos seres humanos, románticos e inconformistas, se oponen al gobierno de los extranjeros, aunque su rebeldía tiene más que ver con la creación de una comuna propia, donde se desarrolle una auténtica cultura humana, que con una oposición violenta a los superseñores.

En cualquier caso, existe un hecho que inquieta a la mayoría de los seres humanos: los superseñores jamás se han mostrado en público y rehusan hacerlo, al menos hasta que hayan transcurrido un par de generaciones humanas bajo su gobierno. ¿Qué secretos esconden los extraterrestres? ¿cuáles son sus verdaderas intenciones? ¿qué significado tiene ese extraño altruismo, a la vez autoritario y desinteresado?

Si bien El fin de la infancia no es una novela dotada de grandes alardes literarios, su fuerza reside en la inmensa imaginación y coherencia filosófica de la que la dotó Clarke. Como no podía ser de otra manera, la narración cuenta con giros sorprendentes, en los que se está jugando el destino de la humanidad. Se trata de una obra muy reflexiva, con bastantes puntos en común con 2001, una odisea del espacio, aunque las intenciones del autor sean muy distintas en una y otra. Lo mejor es disfrutar y dejarse llevar por esta fábula moderna, plena del sentido de la maravilla que caracteriza a la mejor ciencia ficción. 

sábado, 27 de junio de 2015

DIENTES BLANCOS (2000), DE ZADIE SMITH. LONDRES MULTIÉTNICO.

Si bien no hemos dejado de reconocer el inmenso mérito que constituye la concepción de una novela de estas características para una escritora tan joven como la Zadie Smith de hace quince años, a la mayoría de los miembros del club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas se nos ha hecho un poco indigesta la lectura de Dientes blancos, una narración tan ambiciosa como parcialmente fallida. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2015/06/dientes-blancos-de-zadie-smith.html

jueves, 25 de junio de 2015

EX MACHINA (2015), DE ALEX GARLAND. EL FANTASMA DE LA MÁQUINA.

¿Qué harías ante la mirada de súplica de un rostro movido por una inteligencia artificial? ¿Por qué los protagonistas de las películas se enamoran con tanta facilidad de sistemas operativos que simulan emociones humanas? ¿Quizá son emociones genuinas, seremos capaces de eso? Reproducir la vida tal y como la entendemos a base de cables y circuitos es uno de los anhelos más antiguos del ser humano en general y de los amantes de la ciencia ficción en particular. En el cine existe todo un subgénero dedicado a este asunto. A veces se han logrado obras sublimes, como 2001, una odisea en el espacio, Her o Blade Runner y a veces desastres como Chappie, pero sigue siendo un tema fascinante, sobre todo porque, poco a poco, el avance tecnológico camina irreversiblemente hacia computadoras cada vez más avanzadas. Quizá lo que vemos en estas realizaciones es, en cierto modo, un anticipo de lo que nos espera en el futuro inmediato.

El planteamiento inicial de Ex Machina es hijo de nuestro tiempo: Nathan, un genio de la informática, multimillonario gracias al desarrollo de un buscador de internet, que vive en una enorme finca privada, rodeado de naturaleza, organiza un concurso entre sus empleados cuyo premio es pasar una semana con él y quizá tener la oportunidad de conocer algunos de los secretos de su éxito. El afortunado ganador es Caleb, un brillante programador, emocionado ante la perspectiva de conocer en la intimidad a quien considera su ídolo. Pronto van a ser reveladas las verdaderas intenciones de Nathan: pretende que su empleado trabaje esa semana con Ava, su último prototipo de inteligencia artificial y lo someta al test de Turing, para saber si es un ente con emociones propias, si tiene conciencia de sí mismo, en suma.

A partir de esta sencilla premisa, con solo tres personajes (más una sirvienta que esconde algún secreto), Garland construye una intriga en la que poco a poco se van desvelando piezas de un puzzle tan complejo, que Caleb deberá ir cambiando sus más arraigadas convicciones casi sobre la marcha. La relación que establece con Ava pasa rápidamente de fascinante a desconcertante, gracias a una cualidad muy humana, a la que el robot parece saber sacarle provecho: la empatía.

Ex Machina da en todo momento la sensación de realización bien meditada en todos sus aspectos: desde el escenario, que cada vez se hace más claustrofóbico, hasta un guión que funciona como un mecanismo de relojería pleno de lógica interna y que trata al espectador como a un ser inteligente, al que no hay que explicarle más de lo necesario. Uno de los grandes aciertos es la elección de su elenco interpretativo. Nathan (Oscar Isaac) parece un hombre a la vez brillante y de vuelta de todo, con un evidente problema de alcoholismo. Sabe que la obra que está llevando a cabo - el desarrollo de la inteligencia artificial - es tan inevitable como peligrosa, pero tampoco parece que el amor a la humanidad sea una de sus mayores cualidades. Caleb (Domhnall Gleeson) debe transformar su actitud de joven entusiasta y un poco ingenuo para poder afrontar con garantías la ambigua situación a la que se ve sometido. Y por fin Alicia Vikander, la estrella de la función, debe realizar una interpretación basada tan solo en su expresividad facial para componer a una Ava que hace suyo el mito del fantasma de la máquina, puesto que su alma puede ser intercambiable con cualquiera de los cuerpos robóticos que Nathan ha desarrollado. Un brillante debut para Alex Garland, un director que podría seguir ofreciéndonos en el futuro obras tan inspiradas como ésta. 

miércoles, 24 de junio de 2015

CINECLUB (2007), DE DAVID GILMOUR. UNA EDUCACIÓN CINEMATOGRÁFICA.

La educación de los hijos es una de las tareas más difíciles de la labor de ser padre. Me imagino que las malas notas escolares o las malas compañías se viven, desde el punto de vista del progenitor, como un fracaso personal. Eso es precisamente lo que le sucedió a David Gilmour, un escritor y crítico de cine canadiense, cuando contempló una tarde de domingo la desesperanza de su propio hijo frente a las tareas escolares. En aquel instante percibió su hastío, su absoluta falta de interés y tomó una decisión drástica: ofrecerle dejar el instituto a cambio de una sola condición: que viera junto a él al menos tres películas a la semana.

En principio la medida puede parecer desacertada: la educación que ofrece un centro escolar no puede compararse con el visionado de unas cuantas películas, por buenas que estas sean. Pero el lector intuye que la auténtica intención del señor Gilmour es un acercamiento a su hijo que hasta aquel momento había sido una labor muy complicada. Quizá el cine le enseñara unas cuantas lecciones de vida y a la vez consiguiera que se conocieran mutuamente mucho mejor. Era la reacción desesperada de un padre que ve como camina rápidamente hacia el fracaso vital o hacia un destino mucho peor. 

Desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, la selección de películas es muy básica y obvia, desde clásicos como El padrino o Los cuatrocientos golpes (es muy revelador que esta sea la primera obra seleccionada) hasta los llamados placeres inconfesables como Showgirls, una pésima película que cuenta con un numeroso club de fans. Y llama la atención el hecho de que casi nunca busquen lecciones morales en las películas que ven, sino que se centren más en aspectos técnicos y artísticos: lo verdaderamente importante es pasar un rato juntos como padre e hijo y, de paso, que la relación entre ambos se enriquezca hasta el punto de poder abordar la caótica vida amorosa y social de Jesse, un adolescente que pide a gritos que le orienten en esta jungla que es el mundo.

En realidad, como lector, a mí me parece insólita la solución educativa que el autor ofrece a su hijo, el cual, por cierto, es una especie de tábula rasa que ni siquiera sabe situar en el mapa a Sudamérica (sin saber tampoco si se trata de un país o un continente ni importarle lo más mínimo). Se trata de sustituir el instituto por la contemplación de tres buenas películas semanales, sin muchas más exigencias a una persona que se encuentra en los años cruciales de su formación. Un muchacho que todavía tiene que aprender a bregar con sus fracasos amorosos y que está empezando a vivir un peligroso romance con la cocaína. Que al final todo salga bien (o eso parece) tiene más que ver con el azar que con otra cosa, aunque hay que reconocer que el cineclub ha servido para que Jesse tenga algo donde aferrarse en sus momentos de más desesperación. Porque el cine y la literatura no son solo evasión: se trata de la contemplación de vidas ajenas cuya experiencia podemos atesorar sin haber arriesgado nada personalmente. Y esto puede ser muy valioso ante ciertas tesituras. 

Cineclub es un libro sin grandes pretensiones literarias, que se lee con mucho agrado, sobre todo si uno ha visionado previamente la gran mayoría de las películas que salen a colación. Su mayor virtud es esa sencillez apegada a la realidad, esa sinceridad que hace que el relato sea verosímil. Es bueno saber que existen las segundas oportunidades, incluso para quien está tirando su vida por la borda y que, a veces, los planes más desatinados, si están condimentados con grandes dosis de entusiasmo, salen bien.

LA ÚLTIMA ESTACIÓN (2009), DE MICHAEL HOFFMAN. EL GENIO Y EL MATRIMONIO.

Para conmemorar el centenario de la muerte del gran León Tolstói se realizó esta película, perfectamente interpretada por su elenco protagonista y que viene a reflejar la culminación de lo que el escritor ruso había narrado en su Confesión: la práctica de una doctrina basada en el cristianismo más puro, que pone todos sus esfuerzos en el desarrollo personal del campesino, hasta el punto de que Tolstói quería dejar su herencia a las clases más humildes del pueblo ruso. Su mujer no estaba muy de acuerdo con esa pretensión... Aquí el enlace:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2015/06/la-ultima-estacion.html

lunes, 22 de junio de 2015

PERDIDA (2014), DE DAVID FINCHER. AMOR LÍQUIDO.

Detrás de las fachadas de los edificios que contemplamos cuando paseamos por la calle, se desarrollan vidas familiares o individuales ocultas. Los matrimonios se inician con preciosas ceremonias ensayadas, en las que debe imperar la alegría, pero después la pareja se encierra entre cuatro paredes y debe gestionar su relación de la mejor manera posible, estableciendo sus propios acuerdos y procurando mantener a buen recaudo su privacidad. Si estas cuatro paredes se desmoronaran de pronto y quedaran al descubierto las bondades y miserias de ambos, lo más seguro es que la relación no pudiera resistir a esta exposición pública y se desmoronara como un castillo de naipes.

Esto es lo que le sucede al matrimonio formado por Nick y Amy Dunne, cuando ella desaparece en extrañas circunstancias. De pronto todos los focos mediáticos, policiales y vecinales iluminan poderosamente las estancias en las que han desarrollado su vida matrimonial y es Nick el que tiene que soportar la presión de tener que explicar todos los detalles de su relación, sobre todo los que los demás pueden considerar extraños, mientras la sombra de la sospecha se va cerniendo sobre él. Porque las estadísticas dicen que en la mayoría de los casos de desapariciones el marido es el culpable (y asesino). Además, los reality shows televisivos están haciendo su agosto con un caso que se antoja perfecto para mantener a grandes audiencias cautivas frente al televisor, porque lo tiene todo: amor, traición, misterio, sordidez... Como se suele decir "el público quiere saber" y hay que ofrecerle algo, no importa que sea verdad o mentira. Algo que escandalice y a la vez fascine. La verdadera historia de Nick y Amy, cuya fachada de matrimonio perfecto se hace trizas a la vez que se convierten en seres mediáticos.

Así lo explica el propio David Fincher en una entrevista concedida a la revista Dirigido:

"Me parece que es la vivisección de un matrimonio. Hay un incidente que se produce en la relación que lleva a un montón de gente a prestar atención a qué es lo que puede haber ocurrido detrás de las puertas del dormitorio de esta pareja. Y como ha caído dentro del círculo de las noticias que generan las primeras planas, es analizada de una manera como ninguna relación entre dos personas podría sobrevivir. De pronto, cada sentimiento y cada actitud es puesta bajo la lupa y sometida a una mirada llena de odio y de indignación, y en cierta forma, descuartizada. De todos modos, diría que es una película de suspense a la vez que es el examen de un matrimonio, y también una sátira sobre la vampirización de una tragedia. Al menos, espero que sea todas esas cosas. Esa ha sido mi intención." 

Perdida es una nueva muestra del fascinante arte cinematográfico de un David Fincher que, partiendo de una novela de éxito, ha creado una equilibrada mezcla de géneros que, entre otras cosas, habla sobre el concepto de Amor líquido que popularizó el filósofo Zygmunt Bauman, esas relaciones capaces de adaptarse a las circunstancias hasta el punto de, si hay interés en ello, cambiar a su vez la filosofía de los miembros de la pareja, no solo para que dicha relación funcione, sino también - y esto es más importante - para que tenga cabida en la sociedad. Relaciones con picos de intenso compromiso emocional y periodos de encefalograma plano. En realidad, todo la vida ha sido así, pero nunca hemos estado tan expuestos al juicio de los demás. La situación retratada, la del matrimonio Dunne, no es más que una metáfora de lo que nos puede suceder a cualquiera de nosotros si un desafortunado día se dan las circunstancias idóneas. 

viernes, 19 de junio de 2015

CONFESIÓN (1882), DE LEÓN TOLSTÓI. LA VERDAD DE LOS HUMILDES.

La figura de León Tolstói emerge en la historia de la literatura como uno de los escritores más prodigiosos de todos los tiempos, capaz, como su contemporáneo Dostoyevski, de reflejar sus tormentos interiores en sus escritos. Fruto de estas dudas existenciales que le acuciaron durante su entera existencia es esta Confesión, que toma como modelo escritos precedentes en los que el escritor se autoanaliza espiritualmente, como los de San Agustín, Montaigne o Rosseau. Es este un género muy especial, en el que solo pueden ser maestros unos pocos elegidos capaces de desnudar su alma de manera absolutamente impudorosa, exponer sus eternas dudas y tratar de encontrar una salida al laberinto en el que se ha convertido su propio pensamiento. En el caso de Tolstói, la solución va a venir al observar la experiencia de los más humildes.

Hasta los cincuenta años, Tolstói estuvo viviendo conforme se esperaba que lo hiciera una persona de su cuna, aunque manifestando serias dudas internas respecto a lo establecido. Pero es al cumplir esa edad cuando le sobreviene la auténtica crisis, en la que empieza a dudar del sentido de la existencia, precisamente en el momento más equilibrado de su vida, cuando gozaba de fama, riquezas y era considerado uno de los grandes intelectuales de su tiempo. Para enfrentarse a este peligroso trance, en el que estuvo coqueteando con la idea del suicidio como única salida, el autor rememora su propia vida y analiza la falta de espiritualidad que la ha regido hasta aquel instante. Tolstói parte de la religión que practicaban los miembros de su clase social (él pertenecía a una familia de la antigua nobleza rusa), para concluir que esta fe no es auténtica, sino más bien una tradición utilitarista, casi un instrumento para mantener el status quo, e incluso llega a asegurar que, en este caso, los que se dicen creyentes suelen ser menos bondadosos que los que no lo son:  

"(...) la fe se profesa en algún lugar lejos de la vida e independientemente de ella. Si nos topamos con la fe, será sólo como un fenómeno externo, no ligado a la vida.
 

Por la vida de una persona, por sus actos, hoy igual que ayer, es imposible saber si es creyente o no. Si existe alguna diferencia entre los que profesan abiertamente la ortodoxia y los que la niegan, no es en beneficio de los primeros. Ahora, como entonces, el reconocimiento público y la profesión de la ortodoxia se encuentran, en gran medida, entre personas estúpidas, crueles e inmorales, que se consideran muy importantes. La inteligencia, la franqueza, la honradez, la bondad y la moralidad se suelen hallar, por el contrario, entre los hombres que se reconocen no creyentes."

Tampoco la ciencia, tan prometedora en su compromiso de aumentar el conocimiento de los hombres es capaz de responder a la cuestión fundamental acerca del sentido de la existencia, ni siquiera los grandes filósofos como Aristóteles o Schopenhauer. Al final fija su mirada en las clases humildes, en aquellos hombres y mujeres que son tan abundantes que hasta entonces le han pasado desapercibidos. Analiza su forma de vida, sus creencias y empieza a encontrar una nueva dimensión a la palabra fe. Fe quiere decir vivir conforme a unas creencias, siendo coherente con las mismas. El campesino que trabaja duro toda su vida, comprende cuales son los ciclos de la existencia y está siempre preparado para la llegada de la muerte, es su auténtico modelo:

"Recordé cómo esas creencias me habían repugnado y parecido desprovistas de sentido cuando eran profesadas por gente que vivía en contradicción con ellas, y recordé cómo esas mismas creencias me atrajeron y me parecieron sensatas cuando vi a la gente que vivía de acuerdo con ellas; comprendí por qué las había rechazado y por qué las había encontrado absurdas, mientras que ahora me parecían llenas de sentido."

A partir de aquí, Tolstói se retiraría a sus tierras en Yásnaia Poliana e intentó vivir conforme a las enseñanazas de lo que se ha dado en llamar movimiento tolstoyano, bajo el principio de querer "comprender de tal manera que cada postulado inexplicable se me aparezca como una necesidad de la razón, y no como una obligación de creer", siguiendo en esencia la doctrina de Jesucristo, pero sin estar adscritos a ninguna iglesia oficial, una forma de vida en la que se inspiraría el movimiento anarquista y a la filosofía de la no violencia de Gandhi (que llegaría a cartearse con Tolstói). Que un escritor de fama mundial, venerado por tantos terminara sus días conviviendo con campesinos, instruyéndolos y aprendiendo de ellos, nos habla de la grandeza de una figura irrepetible.