viernes, 1 de noviembre de 2013

LEÓN EL AFRICANO (1986), DE AMIN MAALOUF. LAS DOS ORILLAS DEL MEDITERRÁNEO.

La novela histórica, para ser creíble, tiene que moverse en unas pautas histórico-temporales muy concretas. Pero no tiene por qué atenerse estrictamente a la realidad, a lo que sí está obligado un ensayo. El novelista puede fantasear, inventar personajes que se muevan en el espacio cronológico que ha elegido, pero jamás debe cometer errores históricos de bulto. Es decir, estos personajes quizá no existieron, pero podrían haber existido. En el caso de León el Africano, el protagonista está basado en alguien real, uno de los personajes más interesantes que habitaron en la convulsa primera mitad del siglo XVI.

Hasan bin Muhammed al-Wazzan al-Fas nació a finales del siglo XV en Granada, cuando se inició la guerra que iba a desalojar a los musulmanes de sus últimas enclaves en la península ibérica. Así el protagonista asume desde muy corta edad su condición de exiliado, un exiliado que ha aprendido a anhelar su tierra, que ha conocido solo en su más tierna infancia. Los granadinos que habitan el norte de África constituyen un grupo bien definido, una víctima más de la historia que espera inútilmente que el Imperio Otomano conquiste Andalucía para que ellos puedan volver, aunque poco a poco se irán desengañando: la política de la zona del Mediterráneo, que era prácticamente el centro del mundo en aquella época era demasiado complicada y los turcos preferían combatir contra el Imperio de Carlos V en la zona de centroeuropa, mientras otras dos potencias de la época, el reino de Francia y Egipto, contemplaban su propia decadencia.

León el Africano, que recibió una educación privilegiada en Fez (basada en la enseñanza del Corán, como no podía ser de otra manera), mostró una viva inteligencia desde su juventud y mostró durante toda su vida un espíritu tolerante y curioso, muy alejado de las ramas más fundamentalistas del islam. Sus circunstancias vitales, unidas a su pasión por viajar, por conocer nuevas tierras, le hicieron recorrer varias veces los paises ribereños del Mediterráneo del Norte de África, así como visitar la mítica ciudad de Tombuctú. En estos viajes el granadino fue testigo de importantes acontecimientos históricos, como la caída de El Cairo en manos de los otomanos o el saco de Roma y tuvo la oportunidad de vivir varias vidas. Su aventura más increíble se inicia cuando fue secuestrado en el Norte de África y se le envió al Vaticano, donde se convirtió en una especie de asesor geográfico del papa León X. Roma en aquella época había perdido su poderío militar y se había convertido en una especie de potencia espiritual, que veía amenazada su hegemonía en este ámbito en Europa por el rápido crecimiento del protestantismo. Pero a la vez que todo esto sucedía, en Roma se estaba viviendo otro movimiento revolucionario, el Renacimiento, que reunió en la ciudad eterna a un elenco de artistas irrepetibles que dejaron obras maestras para toda la eternidad, como Miguel Ángel o Rafael. El retrato que ilustra estas páginas, obra de Sebastiano de Piombo, probablemente sea de nuestro protagonista, realizado en sus años romanos.

Si algo aprende León el Africano de sus experiencias es que los hombres comunes están sometidos no solo a los designios de Alá o del Dios cristiano, sino al mucho más mundano capricho de sus gobernantes, en demasiadas ocasiones guiado únicamente por la sed de conquistar nuevos territorios. Amin Maalouf eligió a un personaje fascinante, con una vida realmente novelesca, para escribir una obra de género histórico realmente modélica. Su estructura está muy bien medida, y contiene un perfecto equilibrio entre acción y descripción, usando de manera magistral la principal fuente de su relato, la Descripción de África, escrita por el propio León el Africano a petición del papa. 

miércoles, 30 de octubre de 2013

HISTORIA DE UNA ESCALERA (1949), DE ANTONIO BUERO VALLEJO. ESCENAS DE VIDA VECINAL.

A la hora de abordar una obra como Historia de una escalera, hay que tener en cuenta el momento histórico en el que se escribió: nos encontramos todavía en el periodo de nuestra larga postguerra. Buero Vallejo hizo la guerra en el bando republicano y en 1939, capturado, fue condenado a muerte. La pena se le conmutó, pero pasó largos años en prisión hasta que pudo salir en 1946. Por todo ello, parece milagroso que tres años después Historia de una escalera ganara el premio Lope de Vega del Ayuntamiento de Madrid y se estrenara con gran éxito, ya que su temática poco tiene que ver con los valores imperantes en la política oficial de aquella época. Pero dejemos que sea el propio autor el que nos hable acerca de las motivaciones de su obra:

"Creo que fueron dos preocupaciones simultáneas las que me llevaron a escribir la obra: desarrollar el panorama humano que siempre ofrece una escalera de vecinos y abordar las tentadoras dificultades de construcción teatral que un escenario como éste poseía."

Desde luego se trata de una obra con una estructura complicada, ya que el escenario siempre es el mismo y es en la escalera, a la puerta misma de sus viviendas, donde el espectador va a conocer la vida de sus vecinos a través de las relaciones, no siempre fáciles, que se establecen entre ellos. En realidad aquí la vida vecinal se presenta como algo muy sórdido, fuente de envidias, venganzas mezquinas y continuas habladurías. Los habitantes de la casa, casi todos pertenecientes a la clase social más humilde, se atreven a soñar con un futuro mejor, fabricado con esfuerzo, trabajo y tesón. Esto se simboliza en el personaje de Fernando (y después en su hijo), que es un procrastinador de manual: se propone estudiar y llegar a lo más alto. Pero nunca encuentra el momento de empezar. Lo pospone de un día para otro y llegamos a dudar si sus palabras son sinceras o las usa para embelesar al objeto de su deseo.

El otro gran tema de Historia de una escalera es el paso del tiempo. Pasan décadas de un acto a otro, pero la escalera sigue siendo la misma, quizá con algunos arreglos que apenan disimulan su deterioro y antigüedad. También los personajes y sus descendientes siguen siendo los mismos. No evolucionan. Se encuentran atrapados en el círculo vicioso que supone pertenecer a la clase social menos favorecida. Nadie adopta soluciones prácticas para salir de la situación, porque es posible que tampoco sea posible adoptarlas, que queden muy por encima de las posibilidades de estos personajes. Al final se respira un conformismo resignado. Cuando alguno de los vecinos como Urbano, el sindicalista concienciado, se enfada, se indigna, vocifera, amenaza y al final no hace nada. Quizá al final de la obra se atisba algún pequeño cambio, alguna pequeña esperanza, pero Buero Vallejo es pesimista. Parafraseando a Lampedusa, podríamos decir que si algo cambia, es para que todo siga igual.

martes, 29 de octubre de 2013

LA VENTANA INDISCRETA (1954), DE ALFRED HITCHCOCK. EL PLACER DE MIRAR.

"Todos somos voyeurs", decía Alfred Hitchcock a François Truffaut. "Le apuesto a que nueve de cada diez personas si contemplan al otro lado del patio a una mujer que se desnuda antes de irse a acostar, o simplemente a un hombre que ordena las cosas en su habitación, no podrán evitar mirarlo. Podrían apartar la mirada diciendo: «No me concierne», podrían echar las cortinas, pues bien, no lo harán, se entretendrán en mirar."

Y es de la curiosidad de lo que trata este film, quizá el mejor del director británico, o al menos el que mejor resume la filosofía de su cine, el morbo de observar sin ser visto, como lo hace un espectador en la oscuridad de la sala cinematográfica. James Stewart representa a ese espectador. Es un fotógrafo profesional que se ha partido una pierna trabajando. Es alguien a quien le gusta mirar la vida a través del objetivo de su cámara y se desespera por su inactividad. Pero detrás de sus ventanas la vida sigue y Jefferies pronto se interesa por las historias que transcurren en los distintos pisos de sus vecinos de enfrente, como si fuera el espectador de distintos fragmentos de películas que su imaginación debe completar. Está la pareja recién casada, que se pasa el día haciendo el amor, la vecina atractiva y conquistadora, la mujer que vive en un continuo desamor, la pareja madura que quiere a su perrito como si fuera un niño... y un presunto asesino.

Ante esta explosión de acontecimientos ante su ventana, Jefferies se olvida de su propia vida y se centra en vigilar permanentemente la de los demás. Ni siquiera duerme en una cama, sino que dormita de vez en cuando en el sillón o en la silla de ruedas. Su rostro está sudoroso y acalorado, por la temperatura y por la curiosidad. Su novia es nada menos que la esplendorosa Grace Kelly, pero ni siquiera le presta a ella la atención suficiente: no quiere casarse y los fragmentos de vida que atisba desde su posición le reiteran en su idea, así que ella debe ir haciéndose cómplice de sus morbosas actividades e ir abandonando su escepticismo inicial respecto a las sospechas de que se ha producido un asesinato para abrazar una fe más ferviente aún que la del propio Jefferies. El mismo proceso sucede con su enfermera. No es difícil. Somos animales muy curiosos y a veces lo arriesgamos todo por disipar una duda...

La ventana indiscreta es un prodigio técnico: un decorado que resume la vida misma por el que nos movemos al mismo ritmo que la mirada de Jefferies, un personaje que no sólo usa su cámara para trabajar y para espiar, sino también como medio de defensa, intentado cegar a su enemigo con el mismo instrumento que él usa para ver mejor. Hitchcock nos recuerda que no hay tanta distancia entre cine y vida, que la curiosidad y la mirada son dos de los instrumentos más poderosos de los que la evolución ha dotado al hombre. Usarlos le hará progresar, pero también, si no lo hace sabiamente, pueden perderle.

lunes, 28 de octubre de 2013

EL TRIUNFO DE LAS CIUDADES (2011), DE EDWARD GLAESER. LA METRÓPOLIS Y LA VIDA DEL ESPÍRITU.

Decía Aristóteles que el hombre es un animal social. Y esta condición humana es la que hace necesario que vivamos cerca unos de otros en ciudades cada vez más extensas. El siglo XX, junto a guerras y calamidades, vivió un asombroso incremento del tamaño de las ciudades, hasta el punto de que hoy día más de la mitad de la población del planeta habita en ellas. Esto plantea interrogantes muy interesantes: ¿Es más ecológica la vida rural que la urbana? ¿Son nocivas estas concentraciones de millones de personas, sería mejor tener una población más dispersa? ¿Qué va a suceder con China e India, dos de los países más pujantes en la actualidad, dentro de algunas décadas?

Desde siempre la base del éxito de las ciudades ha sido no tanto su arquitectura sino las personas que la habitan. La hoy convulsa Bagdad fue entre los siglos VIII y IX un foco de cultura, cuyos dirigentes, los califas abasíes procuraban atraer a la capital a las mejores mentes de su tiempo y terminaron fundando la Casa de la Sabiduría, una especie de instituto de investigación, que recopilaba el conocimiento universal y asumía la tarea de traducirlo a lengua árabe. Algo parecido sucedía en Córdoba por la misma época. A lo largo de la historia las urbes progresan, languidecen, decaen y resurgen. Todo depende de factores sociales y económicos. En los años setenta Nueva York era una ciudad con una profunda crisis, a punto de sucumbir por sus altos niveles de delincuencia. Cuarenta años después, vuelve a ser una de las concentraciones urbanas más pujantes del planeta, porque supo reiventarse y convertirse en el centro mundial de las finanzas. 

Detroit no corrió la misma suerte que Nueva York y hoy es una ciudad moribunda, víctima de la crisis de la automoción y de unas políticas municipales erróneas, que primaron el elemento arquitectónico sobre el humano. El error de Detroit fue basar su economía en una industria que no primaba el conocimiento de sus trabajadores, por lo que difícilmente pudieron reciclarse cuando llegó la crisis. Este es un peligro de las ciudades: que fracasen y que la gente las abandone buscando otras con mejores horizontes. Para Glaeser es un fenómeno lógico y estima que ayudar económicamente desde el gobierno a estas urbes es tiempo perdido: es mejor que la gente emigre a lugares más prósperos. En una de sus páginas más polémicas, critica que se dedicaran cuantiosos fondos a la reconstrucción de Nueva Orleans después de la catástrofe del Katrina, cuando ese dinero hubiera hecho mejor servicio siendo destinado directamente a los ciudadanos para ayudarles a que se buscaran la vida en otra parte. 

La invención del automóvil ha sido determinante en la vida de las ciudades. Con la posesión de un vehículo que permitía el desplazamiento individual a gran velocidad, la gente pudo optar por no vivir en los centros urbanos, donde estaba el trabajo, sino hacerlo en la periferia, en casas individuales cercanas a la naturaleza y realizar cada día el trayecto de ida y vuelta, sumando los encantos de la vida rural a la cercanía de las ventajas urbanas. Con el tiempo se ha descubierto que quienes optan por esta opción acaban gastando mucha más energía y perjudicando al medio ambiente mucho más que quienes permanecen en las ciudades. Para Edward Glaeser, lo verdaderamente ecológico es construir hacia arriba, rascacielos que ocupen poco terreno, concentren los servicios urbanos y consigan que la gente, teniendo su necesaria parcela de intimidad, viva plenamente la socialización que implica el contacto con otros seres humanos. De estos contactos surgen a veces intercambios de conocimiento que son decisivos a la hora de innovar. Y los mejores contactos humanos, a pesar de la tecnología actual, siguen siendo los que se producen cara a cara. Vivir en la periferia está muy bien, pero los autodenominados ecologistas que se pasean todos los días en su todoterreno por la naturaleza deben saber que hacen un flaco favor al conservacionismo:

"Nuestra especie aprende sobre todo de las claves auditivas, visuales y olfativas que emiten nuestros congéneres. Internet es una herramienta maravillosa, pero cuando mejor funciona es cuando se combina con los conocimientos adquiridos cara a cara(...) Las comunicaciones más importantes siguen siendo interpersonales, y el acceso por vía electrónica no puede sustituir a la presencia física en el centro geográfico de un movimiento intelectual."

El triunfo de las ciudades aboga también por desarrollar las ciudades que cuentan con mejor clima, puesto que su gasto energético va a ser menor. Saca a colación Glaeser el ejemplo de las restricciones a la construcción en la bahía de San Francisco: al final eso encarece el precio de la vivienda y la gente se irá a buscar hogares más económicos en ciudades como Houston, que ha experimentado un gran crecimiento en los últimos años gracias a su política de libre construcción. Pero Houston padece unos veranos terribles y el gasto energético en aire acondicionado en esos meses hace que concentrar cada vez a más gente en una urbe con ese clima extremo no sea una buena idea. En cualquier caso la idea de Glaeser de que la nula restricción a la actividad constructiva baja automáticamente el precio de la vivienda tiene su contrapunto en la experiencia española de la última década. Esto podría ser cierto si la vivienda se usara únicamente para ser habitada, pero cuando se convierte en moneda de cambio para especuladores, su función económica se corrompe y se crea una burbuja artificial de precios que acaba estallando estrepitosamente.

Entre todas estas buenas y meditadas ideas, a veces encontramos cierta radicalidad en el profesor de Harvard. A veces muestra poca sensibilidad con la arquitectura popular de las ciudades, con el sentimiento de la gente que ha habitado en un determinado barrio y no quisiera verlo arrasado para dejar paso a construcciones más modernas. Conservar los edificios tradicionales es también conservar la esencia de las ciudades, que emana en gran parte de su pasado. Hubiera sido una barbaridad y no una virtud, como insinúa Glaeser, que el barrio de la Défense se construyera mucho más cerca del centro de París. La mejor solución para comunicar unas zonas con otras son transportes públicos eficaces, redes de carril bici y calles agradables para pasear. 

Pero el gran reto del futuro no está en nuestra manos, pues sigue siendo la decisión que tomen los dirigentes y los ciudadanos de China e India respecto a su forma de vida. Si se fijan en los estadounidenses y en sus enormes emisiones por habitante de CO2 estamos perdidos. Si apuestan por grandes ciudades repletas de enormes rascacielos, harán un gran favor al resto de la humanidad. En cualquier caso la tendencia general es la del crecimiento de la ciudades. Que estas ciudades sean  o no habitables en el futuro, depende del nivel de cooperación humana que se logre:   

"La verdad central que hay detrás del éxito de la civilización y el motivo primordial por el que existen las ciudades es la fuerza que emana de la colaboración humana. Para entender nuestras ciudades y comprender qué hacer con ellas, tenemos que aferrarnos a esas verdades y desprendernos de mitos nocivos. Tenemos que deshacernos del punto de vista según el cual ser ecológico significa vivir entre árboles y que los habitantes de las urbes siempre han de luchar para conservar el pasado físico de una ciudad. Tenemos que dejar de idolatrar la propiedad de la vivienda, que favorece las viviendas en serie a expensas de las torres de apartamentos, y tenemos que dejar de idealizar las aldeas rurales. Deberíamos descartar el punto de vista simplista según el cual unas mejores comunicaciones de largo recorrido reducirán nuestro deseo de estar cerca los unos de los otros. Para empezar, hemos de liberarnos de nuestra tendencia a ver en las ciudades ante todo sus edificios, y recordar que la ciudad verdadera está hecha de carne, no de hormigón."

viernes, 25 de octubre de 2013

LA DIVERSIDAD DE LA CIENCIA (2006), DE CARL SAGAN. UNA VISIÓN PERSONAL DE LA BÚSQUEDA DE DIOS.

En mi vida de lector y como estudiante que eligió la rama de letras, estoy particularmente agradecido de que existieran autores como Carl Sagan. Sagan era un científico que se enfrentaba día a día a cuestiones complejísimas pero a la vez poseía el don de saber transmitirlas al gran público con una claridad asombrosa. A mí me viene muy bien leer libros como éste para intentar desecar, al menos en parte, las enormes lagunas que arrastro en estas materias. El autor de Cosmos murió demasiado joven, a los sesenta y dos años, cuando todavía podía haber seguido aportando grandes títulos a la divulgación científica. Por eso es todo un regalo un volumen como éste, que recoge las intervenciones de Sagan cuando fue invitado a impartir las prestigiosas Conferencias Gifford, donde ya habían intervenido nombres tan importantes como William James o Hannah Arendt.

Como las conferencias están destinadas al estudio de la Teología Natural, Sagan eligió el siempre espinoso asunto de las relaciones entre ciencia y religión, aunque con una amplitud de miras que le hizo abarcar otros muchos temas. Lo primero que quiere dejar claro el ponente es que la búsqueda científica de Dios es mucho más honesta que la mera pasividad ante el mensaje religioso. Aplicar el método científico a las creencias religiosas puede parecer algo insólito, pero es la única manera de indagar su auténtica naturaleza y descubrir si hay algo detrás de las meras palabras. Hace unos cuantos siglos, la ciencia estaba totalmente subordinada a la religión. Cualquier mensaje contrario a la fe era peligroso para su promotor. Poco a poco, con muchos mártires en sus filas, el universo de la ciencia se fue ensanchando, empequeñeciendo a su vez al religioso. Cuando la Tierra dejó de ser el centro del Universo y se descubrió que ni siquiera nuestro Sistema Solar se halla en el centro de la galaxia, el hombre empezó a hacerse muchas preguntas acerca de Dios. Si somos el centro de la creación ¿por qué se nos ha colocado en este lugar perdido del Cosmos? Si Dios es bondadoso ¿por qué nos ha creado tan frágiles, sujetos al sufrimiento y mortales? Además, si existen otros mundos habitados ¿de verdad seremos los preferidos del Creador?

Las religiones tradicionales solo piden que se acepte a ciegas una determinada doctrina. No suelen estimular la investigación científica, puesto que puede poner patas arriba sus cimientos, como sucedió, por ejemplo, con la formulación de la teoría de la evolución por Darwin:

"En Occidente tenemos Diez Mandamientos. ¿Por qué ninguno de ellos exhorta a aprender? "Entenderás el mundo. Comprenderás las cosas." No hay ningún Mandamiento así. Y muy pocas religiones nos empujan a potenciar nuestra comprensión del mundo. Me parece asombroso que las religiones, en general, se hayan acomodado tan mal a las sorprendentes verdades que se han descubierto en los últimos siglos."

Una de las empresas por las que el autor de El mundo y sus demonios fue más conocido es la búsqueda de vida extraterrestre. Muy cercano al proyecto SETI, piensa que, de haber vida en otros lugares (algo no descartable, teniendo en cuenta que las leyes físicas y de la evolución de la vida son las mismas en todas partes) las enormes distancias que nos separan de ella hacen casi imposible el contacto. Algo que incluso podría ser una suerte para nosotros, si estos extraterrestres estuvieran mucho más avanzados que nosotros y tuvieran interés en explotar en su beneficio nuestros recursos naturales (algo muy parecido a lo que sucedió durante la conquista de América). En ese caso, de nada nos serviría nuestra religión, nuestra crencia de ser los preferidos de Dios. Todo se desmoronaría ante la presencia de unos seres superiores que pudieran aplastarnos como insectos, aun en el caso de que nos visitaran de forma pacífica.

Lo verdaderamente sagrado debería ser la búsqueda de la verdad, aunque esta nos disguste, ya que la tendencia natural humana es la esperanza en una vida eterna. La idea de que estamos aquí por una mera casualidad (una fabulosa casualidad) resulta demasiado absurda, pero es una hipótesis que no debe ser descartada, por ser la más factible. Si un dios omnipotente hubiera creado este Universo ¿por qué su creación es tan imperfecta? ¿por qué impera esta ley del más fuerte tan cruel, que extingue a los que no son capaces de adaptarse para sobrevivir? Son preguntas que precisan respuestas científicas sin cortapisas:

"Si existe un Dios Creador, ¿preferiría Él, Ella o Ello (cualquiera que sea el pronombre apropiado) un tipo de bruto atontado que lo adore sin entender nada? ¿O más bien que sus devotos admiren el Universo real en toda su complejidad? Yo diría que la ciencia, al menos en parte, es adoración informada. Y mi creencia más profunda es que, si existe algo parecido a un dios del tipo tradicional, nuestra curiosidad e inteligencia proceden de Él. Sería no valorar esos dones si sofocásemos nuestra pasión por explorar el Universo y a nosotros mismos. Por otro lado, si tal dios tradicional no existe, entonces la curiosidad y la inteligencia son herramientas esenciales para gestionar nuestra supervivencia en una época extremadamente peligrosa. En cualquier caso, la empresa del conocimiento está sin duda en concordancia con la ciencia; debería estarlo también con la religión, y es esencial para el bienestar de la especie humana."

Cuando Sagan habla de una época extremadamente peligrosa, se está refiriendo a la posibilidad de una guerra nuclear, capaz de extinguir a la raza humana, muy presente en la década de los ochenta. También existe hoy, aunque se hable más de la amenaza terrorista, un factor que difícilmente pueden controlar los gobiernos. ¿Qué hubiera pensado Carl Sagan de nuestra época? Seguramente, a este respecto, seguiría defendiendo más o menos la misma postura que hace veinticinco años:

"En mi opinión, cuando se mira desde el espacio, (la Tierra) se ve enseguida que es un mundo frágil y pequeño, tremendamente sensible a la depredación de sus habitantes. Creo que es imposible ver este planeta y no pensar que lo que estamos haciendo es una insesatez. Estamos gastando un billón al año, en todo el mundo, en armamento. Un billón de dólares. Pensemos en lo que podríamos hacer con esa cantidad de dinero. Un visitante de otra parte - el legendario extraterrestre inteligente - que bajase a la Tierra y preguntase qué hacemos, que descubriese tantos prodigios de la mente humana y tanta parte de nuestra riqueza dedicada no solo a la guera sino a medios de destrucción global masiva... un ser así deduciría sin duda que nuestras perspectivas no son buenas y seguramente se iría en busca de otro mundo más prometedor."

miércoles, 23 de octubre de 2013

EL PAN A SECAS (1973), DE MOHAMED CHUKRI. LOS DEMONIOS DE TÁNGER.


El viajero que llega por primera vez a Tánger encontrará a primera vista una ciudad que se parece a algunas del sur de Andalucía, como Algeciras. Pero conforme vaya adentrándose en ella, empezará a respirar un clima muy especial, el de un lugar que ha hecho del cosmopolitismo un modo de vida mirando siempre hacia el mar, un lugar que ama los intercambios comerciales, donde los negocios pueden surgir del modo más inesperado. Además de todo esto, Tánger es una ciudad de grandes desigualdades sociales, con barrios sin asfaltar que son auténticos pozos de miseria, aunque me imagino que la situación habrá mejorado mucho respecto a la que describe Mohamed Chukri en El pan a secas.

El que está considerado uno de los más grandes escritores de Marruecos nació en su región más pobre, el Rif, durante los años del hambre. Su familia se vio obligada a emigrar a Tánger y después a Tetuán para volver más tarde (en solitario) a Tánger. Su infancia va a estar marcada por la figura de su padre, un hombre cruel y borracho que pegaba a su madre, pasaba largas temporadas en la cárcel y llegó a matar, en un arrebato de ira, a su hermano pequeño. Chukri creció en este ambiente sórdido y sin esperanzas, machista y a la vez ultrarreligioso (esa religión que se difunde entre los pobres para que se resignen a su suerte esperando una recompensa en el más allá). Cuando intentaba razonar con su madre acerca de todo esto, se producían entre ambos diálogos como éste:

"Rezaba mucho, imploraba la ayuda de Allah y encendía velas en los mausoleos. Acudía también a las adivinas.
- La libertad, el trabajo y la buena suerte; todo lo dispone Allah y su Profeta - se lamentaba mi madre.
- Pero ¿por qué no nos concede Allah la misma suerte que a los demás? - le preguntaba yo.
- Sólo él lo sabe. Nosotros lo desconocemos todo, y tampoco sabemos preguntar. Él está por encima de todas las cosas."

Así pues, Chukri acabó escapando de su hogar esperando que las cosas le fueran mejor estando solo. Se vio mendigando por un Tánger mísero, gobernado por unos españoles que esperaban terminar quedándose con la posesión de la ciudad internacional, unos españoles que desprecian a sus súbditos musulmanes y fomentan únicamente el miedo al amo colonial. Tánger es un foco de miseria y a la vez de violencia. Por sus calles se pasean proxenetas, prostitutas y pederastas ávidos de experiencias con niños de la calle, como el propio protagonista. No hay ni un atisbo de piedad o de cariño en los recuerdos del autor, solo una existencia en bruto vivida con una especie de neblina permanente en la percepción de la realidad, como si estuviera permanentemente aturdido por un deseo de seguir sobreviviendo, pero sin otras metas, otros objetivos.

La escritura de El pan a secas es árida, sin artificios, tan dura y directa como los acontecimientos que narra. No parece haber en la novela intención alguna de denuncia. La denuncia surge por sí sola ante el estupor del lector frente a una vida cotidiana que por momentos parece emparentarse más con la de un animal guiado meramente por sus instintos que con la de un ser humano. Las peleas son tan brutales como corrientes y las relaciones amorosas están marcadas por un machismo feroz e incuestionable: 

""Tafersiti ya empezaba a comportarse como un hombre con una mujer". 
- Tienes suerte - le dije.
- ¿Por qué?
- Porque tienes una mujer a tu entera disposición y le pegas cuando quieras.
Halagado, sonrió:
- Tú también tendrás una mujer.
- Puede ser."

A veces la fortuna sonríe a los hombres de la manera más sorprendente. Chukri, que seguramente estaba destinado a ser engullido para siempre por la miseria de Tánger, aprendió a leer y a escribir en prisión y aprovechó la oportunidad de acudir a la escuela primaria en la hermosa ciudad de Larache. La educación y los libros le abrieron un mundo nuevo y unos años después su amigo Paul Bowles dio a conocer, traduciéndola al inglés, la novela que le daría la fama El pan a secas, que los propios marroquíes no pudieron leer, al menos legalmente, hasta el año 2000. Sin duda, como suele suceder en los regímenes autoritarios, los dirigentes temían a la verdad, a la realidad de la existencia cotidiana de muchos de sus conciudadanos, algo que casi siempre confuden conscientemente con esa palabra tan cómica, la impiedad.

EL MAYORDOMO (2013), DE LEE DANIELS. LO QUE QUEDA DEL SIGLO.

La carrera cinematográfica de Lee Daniels parece estar marcada por la obsesión de ajustarse a los gustos de los académicos de Hollywood, aquellos que designan todos los años las producciones que van a ser candidatas a los premios Oscar. Ya la publicidad que podemos ver en nuestras calles de El mayordomo lo deja claro: esta es la primera película del año que va a ser candidata a los Oscar. Si en su anterior obra, Precious, Daniels se decantaba por el drama de una muchacha que parecía estar tocada por todas las desgracias, en esta ocasión la apuesta es todavía más segura si cabe: el repaso de la historia estadounidense de la segunda mitad del siglo XX a través de los discretos ojos de un mayordomo que pasa gran parte de su vida trabajando en la Casa Blanca.

El visionado de El mayordomo remite continuamente a otras obras anteriores de exploración del pasado inmediato de Estados Unidos: Forrest Gump, de Robert Zemeckis, El color púrpura, de Steven Spielberg o Malcolm X, de Spike Lee, estas dos últimas dedicadas también a tratar el problema racial que tantos conflictos suscitó en aquellas décadas, lo cual hace que el espectador este asaltado de continuo por una molesta sensación de dejá vu, de fórmula mil veces vista, aunque la mirada de El mayordomo pretenda ser original. El protagonista, Cecil Gaines, nace en una plantación de algodón. Aunque la esclavitud había sido abolida hacía décadas, los trabajadores negros eran tratados como tales. Gaines fue educado como negro doméstico y aprendió a servir al hombre blanco, a quien debía ver siempre como un ser superior y después un golpe de fortuna le llevó a comenzar a ejercer su profesión en la mismísima Casa Blanca.

El primer presidente al que tiene que servir este mayordomo es Eisenhower, personaje interpretado por un sobrio Robin Williams, cuya presencia es simplemente testimonial. Kennedy (James Marsden) es presentado como el presidente de la esperanza, pero también como un joven desconcertado ante los acontecimientos (siempre hablamos de la historia del racismo en los Estados Unidos) que suceden a su alrededor y él parece incapaz de controlar, a pesar de su poder. Johnson ( Liev Schreiber) cuenta con la escena más extraña y escatológica del film. Nixon (un John Cussack que poco se parece al personaje histórico) adquiere protagonismo desde antes de ser presidente, aprovechando cualquier ocasión para hacer campaña, pero después lo vemos, en los días de su caída, como un borracho aislado entre las paredes de la Casa Blanca. Ronald Reagan (Alan Rickman) y su mujer Nancy (Jane Fonda) son desde luego clavados a la pareja presidencial original. Reagan aparece como un hombre más preocupado por caer bien en las distancias cortas que por dar auténticas soluciones a los problemas de sus ciudadanos (el film no tiene empacho en recordar el penoso episodio del rechazo a condenar el aparheid en Sudáfrica). Un hombre peligroso este Reagan, si es verdad lo que dicen respecto a que muchas de sus decisiones estaban influidas por los astrólogos a los que consultaba con frecuencia.

Las escenas relacionadas con la profesión de Cecil Gaines comparten protagonismo con la historia de su familia, sobre todo la de su hijo mayor, que representa el activismo y la lucha de la gente de color estadounidense en pos de sus derechos civiles. Gaines, aislado en su burbuja de servidumbre y relativo bienestar, tarda en comprender el sentido de esta lucha y condena la actitud de su hijo, que pasa, como muchos hicieron, del pacifismo de Luther King al activismo violento de los Panteras Negras, después del asesinato de éste. Desde luego lo mejor del film de Daniels es la denuncia de la impunidad con la que se seguía maltratando a los ciudadanos negros en fechas tan próximas a nuestro tiempo como los años sesenta y setenta. La escena de la cafetería es muy representativa a este respecto: la dignidad de unos ciudadanos que solo quieren tener los mismos derechos a ser atendidos en cualquier zona del establecimiento y el embrutecimiento de quienes se oponen a ello, alegando su superioridad racial. 

Respecto a la ya comentada actitud de Gaines ante los acontecimientos que suceden a su alrededor y de cuya interpretación en las más altas esferas es testigo privilegiado, su lema es siempre el mismo: ver, oír y callar. Esta profesionalidad casi inhumana de Gaines le emparenta con otro famoso mayordomo cinematográfico: el Stevens de Lo que queda del día, de James Ivory. El mayordomo británico era casi como un accesorio más de la mansión en la que habitaba y escuchaba las declaraciones de su amo de apoyo al nazismo sin inmutarse. Finalmente Gaines despierta y todo termina con una exaltación de la llegada de Barack Obama al poder, en una apología con la que estará encantado el actual presidente de los Estados Unidos. El mayordomo es una película entretenida, pero tópica, pues no aporta demasiadas novedades al panorama cinematográfico: al final todo acaba en una deificación del modo de vida americano. Si bien la nación tropieza repetidas veces, al final su fuerza es tal que la justicia acaba prevaleciendo. Y los señores que otorgan los Oscar no pueden ser insensibles a un mensaje tan grandioso.