miércoles, 27 de octubre de 2021

jueves, 21 de octubre de 2021

LA TORRE DE LOS AMBICIOSOS (1954), DE ROBERT WISE.

Realizada con uno de los repartos más soberbios que podían conseguirse en aquella época, casi puede decirse que La torre de los ambiciosos inaugura un género muy concreto: el de las intrigas empresariales entre altos ejecutivos, una tradición que ha pasado por películas como Wall Street y desemboca en maravillas como la serie Sucesión. Bien es cierto que la película de Wise es todavía hija de su tiempo y la compañía que presenta basa su riqueza en bienes tangibles - la producción de muebles - y no en extraños productos financieros, derivados, futuros, subprimes y similares. La trama que presenta la película es sólida, al igual que todas las interpretaciones, destacando March, Stanwyck y Holden, pero quizá hubiera sido necesario un poco más de metraje para que nos mostraran con un poco más de detalle las características y de cada uno de los numerosos personajes. Su moraleja final puede seguir prestado un gran servicio en nuestros días.

P: 7

miércoles, 20 de octubre de 2021

SECRETOS DE UN MATRIMONIO (2021), DE HAGAI LEVI.

Extraordinaria puesta al día de la obra de Ingmar Bergman, sostenida ante todo por el sólido trabajo de Oscar Isaac y Jessica Chastain, una pareja que destila aquí una química especial, tanto en las escenas de amor como en las de odio. Creo recordar que en la serie original del director sueco había escenas mucho más crueles entre ambos cónyuges, pero lo que aquí se muestra es suficiente para lo que se pretende: la eterna reflexión acerca de la institución matrimonial, sus pros y sus contras. Mira y Jonathan parecen desatar su pasión mutua solo cuando se hacen daño, cuando se separan. No pueden convivir, pero tampoco vivir demasiado distanciados. Es bueno ver que en estos tiempos no han creado unos personajes maniqueos, siendo incluso ella mucho más egoísta, impulsiva e irracional en sus decisiones que el miembro masculino de la pareja. Apetece volver a acercarse a la de Bergman y comparar versiones.

P: 8

domingo, 17 de octubre de 2021

SIN TIEMPO PARA MORIR (2021), DE CARY FUKUNAGA. BOND CREPUSCULAR.

Cuando Roger Moore hizo sus últimas interpretaciones como James Bond, poco antes de cumplir los sesenta años, no intentó representar a un hombre de esa edad, sino que siguió siendo el mismo agente capaz de las mismas hazañas de siempre. En las películas de aquella época el personaje no evolucionaba: el transcurrir de las misiones le dejaba indiferente y solo parecía interesarle la recompensa final de acostarse con alguna jovencita que hubiera aparecido en la trama. La etapa de Daniel Craig ha sido muy diferente. Desde el principio pudimos contemplar a un personaje muy humano al que le afectaba todo lo que estaba viviendo, un ser psicológicamente vulnerable, capaz de enamorarse y de sufrir por el amor perdido, como se mostró magistralmente en Casino Royale, que sigue siendo, con diferencia, la mejor película de esta etapa. A esta la siguió Quatum of Solace, que intentaba mantener el tono de la anterior y contaba con algunos momentos muy interesantes, pero resultó una tremenda decepción. Aunque la esencia del personaje seguía ahí, Skyfall supuso un cambio un tanto abrupto respecto a las dos películas precedentes. De pronto Bond era un agente maduro y de vuelta de todo, cuando en las anteriores acababa de debutar como 007. Skyfall tenía un guion muy descompensado, con una primera parte soberbia y una segunda en la que la historia, a mi parecer, naufragaba, aunque la estupenda dirección de Sam Mendes consiguió que el resultado final fuera positivo. La siguiente fue Spectre, de la que lo único que se puede salvar es su magistral escena precréditos. Ahí se presentaba al personaje de Madeline, el siguiente gran amor de Bond. Sin tiempo para morir es una continuación directa de Spectre, que comienza cuando Bond ha dejado el servicio y se ha ido de viaje a Italia con Madeleine.

Bien es cierto que las primeras reacciones a Sin tiempo para morir han dividido a crítica y público. Para algunos el resultado final ha desvirtuado la esencia del personaje. Para otros, humanizar a Bond hasta estos límites es un acierto y toda una revolución para la saga. Yo soy de los segundos, me gusta que el personaje posea sentimientos humanos y que los transmita en pantalla, a la vez que estamos viendo un gran espectáculo cinematográfico. La idea del personaje enamorado y luchando por conseguir una vida familiar tranquila no es mala en sí misma, pero su desarrollo adolece de varios desaciertos que hacen que la película se resienta de manera muy acusada. El más importante de ellos es el desarrollo de la relación entre Bond y Madeleine. Si este es el gran amor del protagonista, su historia en el filme precedente tuvo tan poca chispa que sigue lastrando el guion de éste. Aunque aquí hay algo más de química entre los personajes, su relación nada tiene que ver con la que se establecía entre Bond y Vesper, que se desarrollaba de forma modélica, dando tiempo a explorar los sentimientos del protagonista y las devastadoras consecuencias del final de Casino Royale. Aquí no hay nada de eso. Hay un romance porque le conviene al guión, pero no sabemos qué ha visto Bond en esta mujer que sea diferente a las muchas otras con las se ha cruzado en sus aventuras. Hubiera sido fundamental para la trama que se dedicara más tiempo a explorar esta relación, aunque fuera a costa de eliminar a secundarios como la nueva 007, que poco aporta a la película, más allá de ser un emblema de lo políticamente correcto, algo que debe estar presente en nuestros días, aunque esté metido con calzador.

Otro de los lastres de la irregular Sin tiempo para morir es el villano. Tener a un actor recientemente oscarizado y aprovecharlo tan poco resulta un tanto incomprensible. La presencia de Safin, quitando la primera escena en la que aparece, la del pasado de Madeleine, no resulta especialmente intimidante y su plan maestro es demasiado convencional a la vez que un tanto confuso. Safin es una especie de aglomerado de varios villanos precedentes de la saga, pero carece de una entidad propia, de alguna característica que lo haga especialmente memorable. Mientras tanto tenemos unas escenas de acción muy espectaculares, pero poco trabajadas en el fundamental aspecto de la credibilidad. Más de una vez vemos a Bond en escenas que parecen más sacadas de un videojuego del género shooter que de un contexto verosímil. Nos da la impresión más que nunca de que Bond es el personaje de una película y de que no va a estar en peligro de muerte hasta que le toque. Una lástima que una cinta que tenía todos los elementos para convertirse en una de las mejores de la saga se quede un poco en tierra de nadie: el argumento más audaz de la franquicia termina convertido en un producto muy convencional, polémico, pero con menos sustancia de la que debería haber tenido

P: 6

YAKUZA (1974), DE SYDNEY POLLACK.

Soberbio retrato del mundo de la mafia japonesa, que no tuvo éxito en su momento, pero que poco a poco se fue convirtiendo en una película de culto. La trama es observada por los ojos de un occidental - Robert Mitchum -  que pasó muchos años en Japón con el Ejército de ocupación estadounidense y se convirtió en amante de una mujer de Tokio. El guión, muy inteligente y equilibrado, nos muestra, con un esmero exquisito, las costumbres de los integrantes de esta peculiar sociedad criminal, que se rige a través de los valores tradicionales del país del Sol Naciente: el honor y el giri, este último un concepto muy japonés que se entiende mejor leyendo el clásico de Ruth Benedict, El crisantemo y la espada. La película conjuga de manera magistral una historia de cine negro, de profunda amistad y de desatada violencia y ofrece la oportunidad de disfrutar de una de las últimas grandes interpretaciones de ese gigante del cine que fue Robert Mitchum, que ofrece como nunca un perfil melancólico y crepuscular, algo que le viene a la historia como anillo al dedo. Estoy bastante seguro que Yakuza influyó profundamente en artistas como Frank Miller a la hora de concebir obras como Daredevil, Wolverine o Ronin. 

P: 9

sábado, 16 de octubre de 2021

DESENGAÑO (1936), DE WILLIAM WYLER.

El mismo año que nuestro país comenzaba una Guerra Civil que nos haría retroceder casi hasta la Edad Media en ciertos derechos sociales, en Estados Unidos se estrenaba esta especie de apología del divorcio que narraba los secretos de un matrimonio décadas antes de Igmar Bergman. Samuel Dodsworth es un hombre hecho a sí mismo, que ha abierto camino en la industria del automóvil con su trabajo y tesón y, por supuesto, dedicando a esta labor todo su tiempo. Cuando llega el momento de retirarse, sale de viaje con su mujer, mucho más joven que él, y es cuando empieza a conocerla de verdad. Y lo que empieza a descubrir de ella, lo deja desconcertado. Y es que Fran no acepta la llegada de su madurez - pronto será abuela - y se dedica a flirtear con los sofisticados europeos que se le ponen a tiro, gente a la que estima muy superior al simplón y buenazo de su marido. Aunque tarda mucho en aceptar la situación, finalmente Samuel va a tomar la decisión adecuada y el público comprenderá que ciertos matrimonios no deben ser para toda la vida. 

P:7