La película comienza con la disrrupción en la vida cotidina de un niño, que es sacado precipitadamente de clase por sus padres. Los padres necesitan esconderese y Harry va a terminar, junto con su hermano pequeño, viviendo en una finca apartada, intentando ocultarse de una amenaza invisible que no comprende bien. Dicha amenaza es la dictadura argentina de los años setenta, el equivalente para el cine argentino al franquismo en el de España. Kamchatka quiere ser una película simbólica, una especie de fábula en la que Houdini es símbolo de libertad y el territorio de Kamchatka en el juego del Risk es símbolo de resistencia, pero acaba convirtiéndose en una historia costumbrista, protagonizada por la visión de unos niños a los que no se les entiende lo que dicen. Una vez establecidos estos elementos, la película no da mucho más de sí. Se introduce en una especie de bucle (quizá este sea el sentimiento de sus protagonistas) en el que el tiempo se dilata frente al que transcurría en la existencia anterior. En este sentido puede decirse que Kamchatka es una película tan sentimental como fallida, puesto que solo contiene un planteamiento interesante, un desarrollo plano y un final muy previsible. Quizá si nos hubieran hablado un poco más de quiénes son los miembros de esta familia antes que describir de manera cansina su vida cotidiana mientras permanecen apartados de la sociedad, el guion hubiera sido mucho más interesante.
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