domingo, 17 de octubre de 2021

SIN TIEMPO PARA MORIR (2021), DE CARY FUKUNAGA. BOND CREPUSCULAR.

Cuando Roger Moore hizo sus últimas interpretaciones como James Bond, poco antes de cumplir los sesenta años, no intentó representar a un hombre de esa edad, sino que siguió siendo el mismo agente capaz de las mismas hazañas de siempre. En las películas de aquella época el personaje no evolucionaba: el transcurrir de las misiones le dejaba indiferente y solo parecía interesarle la recompensa final de acostarse con alguna jovencita que hubiera aparecido en la trama. La etapa de Daniel Craig ha sido muy diferente. Desde el principio pudimos contemplar a un personaje muy humano al que le afectaba todo lo que estaba viviendo, un ser psicológicamente vulnerable, capaz de enamorarse y de sufrir por el amor perdido, como se mostró magistralmente en Casino Royale, que sigue siendo, con diferencia, la mejor película de esta etapa. A esta la siguió Quatum of Solace, que intentaba mantener el tono de la anterior y contaba con algunos momentos muy interesantes, pero resultó una tremenda decepción. Aunque la esencia del personaje seguía ahí, Skyfall supuso un cambio un tanto abrupto respecto a las dos películas precedentes. De pronto Bond era un agente maduro y de vuelta de todo, cuando en las anteriores acababa de debutar como 007. Skyfall tenía un guion muy descompensado, con una primera parte soberbia y una segunda en la que la historia, a mi parecer, naufragaba, aunque la estupenda dirección de Sam Mendes consiguió que el resultado final fuera positivo. La siguiente fue Spectre, de la que lo único que se puede salvar es su magistral escena precréditos. Ahí se presentaba al personaje de Madeline, el siguiente gran amor de Bond. Sin tiempo para morir es una continuación directa de Spectre, que comienza cuando Bond ha dejado el servicio y se ha ido de viaje a Italia con Madeleine.

Bien es cierto que las primeras reacciones a Sin tiempo para morir han dividido a crítica y público. Para algunos el resultado final ha desvirtuado la esencia del personaje. Para otros, humanizar a Bond hasta estos límites es un acierto y toda una revolución para la saga. Yo soy de los segundos, me gusta que el personaje posea sentimientos humanos y que los transmita en pantalla, a la vez que estamos viendo un gran espectáculo cinematográfico. La idea del personaje enamorado y luchando por conseguir una vida familiar tranquila no es mala en sí misma, pero su desarrollo adolece de varios desaciertos que hacen que la película se resienta de manera muy acusada. El más importante de ellos es el desarrollo de la relación entre Bond y Madeleine. Si este es el gran amor del protagonista, su historia en el filme precedente tuvo tan poca chispa que sigue lastrando el guion de éste. Aunque aquí hay algo más de química entre los personajes, su relación nada tiene que ver con la que se establecía entre Bond y Vesper, que se desarrollaba de forma modélica, dando tiempo a explorar los sentimientos del protagonista y las devastadoras consecuencias del final de Casino Royale. Aquí no hay nada de eso. Hay un romance porque le conviene al guión, pero no sabemos qué ha visto Bond en esta mujer que sea diferente a las muchas otras con las se ha cruzado en sus aventuras. Hubiera sido fundamental para la trama que se dedicara más tiempo a explorar esta relación, aunque fuera a costa de eliminar a secundarios como la nueva 007, que poco aporta a la película, más allá de ser un emblema de lo políticamente correcto, algo que debe estar presente en nuestros días, aunque esté metido con calzador.

Otro de los lastres de la irregular Sin tiempo para morir es el villano. Tener a un actor recientemente oscarizado y aprovecharlo tan poco resulta un tanto incomprensible. La presencia de Safin, quitando la primera escena en la que aparece, la del pasado de Madeleine, no resulta especialmente intimidante y su plan maestro es demasiado convencional a la vez que un tanto confuso. Safin es una especie de aglomerado de varios villanos precedentes de la saga, pero carece de una entidad propia, de alguna característica que lo haga especialmente memorable. Mientras tanto tenemos unas escenas de acción muy espectaculares, pero poco trabajadas en el fundamental aspecto de la credibilidad. Más de una vez vemos a Bond en escenas que parecen más sacadas de un videojuego del género shooter que de un contexto verosímil. Nos da la impresión más que nunca de que Bond es el personaje de una película y de que no va a estar en peligro de muerte hasta que le toque. Una lástima que una cinta que tenía todos los elementos para convertirse en una de las mejores de la saga se quede un poco en tierra de nadie: el argumento más audaz de la franquicia termina convertido en un producto muy convencional, polémico, pero con menos sustancia de la que debería haber tenido

P: 6

YAKUZA (1974), DE SYDNEY POLLACK.

Soberbio retrato del mundo de la mafia japonesa, que no tuvo éxito en su momento, pero que poco a poco se fue convirtiendo en una película de culto. La trama es observada por los ojos de un occidental - Robert Mitchum -  que pasó muchos años en Japón con el Ejército de ocupación estadounidense y se convirtió en amante de una mujer de Tokio. El guión, muy inteligente y equilibrado, nos muestra, con un esmero exquisito, las costumbres de los integrantes de esta peculiar sociedad criminal, que se rige a través de los valores tradicionales del país del Sol Naciente: el honor y el giri, este último un concepto muy japonés que se entiende mejor leyendo el clásico de Ruth Benedict, El crisantemo y la espada. La película conjuga de manera magistral una historia de cine negro, de profunda amistad y de desatada violencia y ofrece la oportunidad de disfrutar de una de las últimas grandes interpretaciones de ese gigante del cine que fue Robert Mitchum, que ofrece como nunca un perfil melancólico y crepuscular, algo que le viene a la historia como anillo al dedo. Estoy bastante seguro que Yakuza influyó profundamente en artistas como Frank Miller a la hora de concebir obras como Daredevil, Wolverine o Ronin. 

P: 9

sábado, 16 de octubre de 2021

DESENGAÑO (1936), DE WILLIAM WYLER.

El mismo año que nuestro país comenzaba una Guerra Civil que nos haría retroceder casi hasta la Edad Media en ciertos derechos sociales, en Estados Unidos se estrenaba esta especie de apología del divorcio que narraba los secretos de un matrimonio décadas antes de Igmar Bergman. Samuel Dodsworth es un hombre hecho a sí mismo, que ha abierto camino en la industria del automóvil con su trabajo y tesón y, por supuesto, dedicando a esta labor todo su tiempo. Cuando llega el momento de retirarse, sale de viaje con su mujer, mucho más joven que él, y es cuando empieza a conocerla de verdad. Y lo que empieza a descubrir de ella, lo deja desconcertado. Y es que Fran no acepta la llegada de su madurez - pronto será abuela - y se dedica a flirtear con los sofisticados europeos que se le ponen a tiro, gente a la que estima muy superior al simplón y buenazo de su marido. Aunque tarda mucho en aceptar la situación, finalmente Samuel va a tomar la decisión adecuada y el público comprenderá que ciertos matrimonios no deben ser para toda la vida. 

P:7

martes, 12 de octubre de 2021

MESAS SEPARADAS (1958), DELBERT MANN.

Basada en la obra teatral de Terence Rattigan, esta adaptación de Delbert Mann se aprovecha de su prodigioso reparto y de su elegante dirección para ofrecer una obra redonda que habla de la condición humana a través de una narración coral. Destaca la historia entre ese hombre caído en desgracia que se oculta del mundo en un apartado hotel y su exmujer (Burt Lancaster y Rita Hayworth). Son seres que no han sabido adaptarse al mundo y sus circunstancias y ahora viven con miedo, porque no quieren volver a experimentar las pesadas exigencias que impone la existencia en sociedad. Igual le sucede a un magnífico David Niven, que interpreta a un patético inadaptado que se inventa un pasado de héroe de guerra para suplir con algo de dignidad la vergüenza profunda que siente por sí mismo. Además, su arco argumental sería interpretado en la actualidad como profundamente políticamente incorrecto. Una obra hipnótica que merece más de un visionado.

P: 9

viernes, 8 de octubre de 2021

DOS MUJERES (1960), DE VITTORIO DE SICA.

Los desastres de la guerra bajo cierto prisma neorrealista se reflejan en esta magistral obra de Vittorio de Sica. Una mujer y su hija que intentan adaptarse a las circunstancias del conflicto en zona italiana, cuando la península estaba siendo invadida por los Aliados y defendida por los alemanes y por los italianos que quedaban fieles a Mussolini. Una película dura que se transforma en crudísima al final, con esta violación que hoy día no podría filmarse en los mismos términos que lo hizo de Sica hace sesenta años. Una enorme Sophia Loren y un Belmondo que da muy bien como italiano dan lustre a una de las mejores realizaciones del autor de Ladrón de bicicletas.

P: 9

miércoles, 6 de octubre de 2021

EL JEQUE BLANCO (1952), DE FEDERICO FELLINI.

Maravilloso debut cinematográfico de Fellini con una película en la que ya está presente gran parte de su estilo inimitable. La historia de esta pareja de recién casados - él con los pies en la tierra y ella con una vida oculta construida entre sueños de ficción - sirve al director italiano para contar una historia que, al principio, parece moverse entre lo fantástico y lo extravagante, para después darse de bruces con la realidad. El jeque blanco de las fotonovelas que lee la ingenua Wanda (magnífico Alberto Sordi) es solo una hermosa fachada que pronto se desmorona para mostrarnos a un ser vulgar y poco delicado. La película, que transcurre en un par de días en una Roma un tanto tenebrosa, es como un círculo que acaba en el mismo punto en el comenzó.

P: 8