viernes, 16 de agosto de 2019

PNIN (1957), DE VLADIMIR NABOKOV. EL EXILIADO RUSO.


Vivimos una época en la que no para de hablarse de refugiados, de personas que se ven obligadas a dejar sus países, ya sea por motivos politicos, económicos o de cualquier otra índole, para embarcarse en la aventura de intentar llegar a una nueva patria, con la incertidumbre permantente de la posibilidad de una mala integración en la misma. Nabokov fue uno de estos emigrantes involuntarios que sirven para describir dramáticamente el siglo XX. Primero en Alemania y a Gran Bretaña, huyendo del comunismo y después en Estados Unidos, huyendo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Quizá por eso Pnin, personaje con el que el escritor tiene tantos puntos en común, es descrito con una mezcla de afecto e ironía:

"Idealmente calvo, bronceado y barbilampiño, comenzaba de modo notablemente majestuoso con esa su gran cúpula parda, gafas de carey (que enmascaraban una infantil carencia de cejas), simiesco labio superior, grueso cuello, y torso de forzudo circense embutido en una ajustada americana de tweed, pero terminaba, de forma un tanto decepcionante, en un par de piernas zanquivanas (en aquellos momentos enfraneladas y cruzadas) y unos pies de aspecto frágil, casi femenino."

Pnin es un personaje un tanto grotesco, pero que se hace querer por los colleges y universidades en los que consigue empleos siempre efímeros, siempre inestables que consiguen que cambie con demasiada frecuencia de domicilio. Es un hombre que no consigue integrarse del todo en la sociedad estadounidense, que es incapaz de ocultar un cierto aire de superioridad por ser miembro de la élite rusa, un país de cultura más elevada. En los episodios cómicos que describe Nabokov, en los malentendidos y anécdotas un tanto ridículas en las que siempre anda metido Pnin, late un fondo de amargura, la del exiliado que sabe que no se encuentra en el lugar donde debería estar, que su patria se ha convertido en un lugar hostil y jamás podrá volver a ella.

En cualquier caso, Pnin no me ha parecido una de las narraciones más inspiradas de Nabokov. Bien escrita y con acertados toques humorísticos, le falta un hilo narrativo que empatice con el lector, más allá de lo literariamente anecdótico. 

lunes, 12 de agosto de 2019

CUENTOS FANTÁSTICOS (1980), DE JUAN JOSÉ ARREOLA. LA ESTRATEGIA DE LA ARAÑA.

Para Borges, Arreola era un escritor que podía haber nacido en cualquier lugar o en cualquier siglo, ya que su literatura "fija su mirada en el universo y en sus posibilidades fantásticas". Para este humilde lector, Arreola es el autor de La migala, uno de los cuentos más fantásticos y perturbadores que he leído, que ya había leído hace muchísimos años, en una antología del género de terror y que seguía poblando mi imaginación literaria desde entonces. 

El escritor mexicano es un especialista es mezclar ciencia y fantasía para crear algo tan complicado como una atmósfera propia en cada una de sus narraciones, incluso en las más surrealistas. Sus cuentos están construídos ante todo bajo el signo de la concisión: decir mucho con pocas palabras, sugerir más que mostrar, con un lenguaje que jamás renuncia a la ironía.

En La migala, un cuento de solo dos páginas, el protagonista decide que va a hacerse a sí mismo lo más atroz que puede depararle el destino: compra un ejemplar de la repulsiva araña, notando cuando la lleva a casa el peso leve del animalito dentro de su caja. Una vez, en su hogar, la suelta, la migala se esconde y el narrador comienza una nueva etapa de su existencia, marcada por la presencia (o quizá no), del arácnido escondido en alguna de las habitaciones. Él mismo se ha creado la amenaza perfecta, el terror más refinado y arbitrario, aunque nunca sepamos por qué lo ha hecho (o quizá sí).

LA IDENTIDAD (1995), DE MILAN KUNDERA. LA FUGACIDAD DEL AMOR.

Para Chantal, la protagonista de la novela, amar es tan importante como sentirse amada y tanto como sentirse deseada. Quizá algo que le frustra es que los hombres no parecen mirarla tanto como antes. Aunque quiere a su pareja, también le gusta fantasear, pensar en posibles aventuras. Y estos juegos mentales la llevan curiosamente a mezclar su rechazo a tener hijos con sus circunstancias actuales:

"Chantal se dice: Los hombres se han papaisado. Ya no son padres, tan sólo papás, lo cual significa: padres sin la autoridad de un padre. Se imagina coqueteando con un papá que empuja el carrito con un bebé y lleva además otros dos, uno a la espalda y otro en el pecho; aprovechando un momento en que la mujer se hubiera detenido delante de un escaparate, le propondría al marido una cita al oído. ¿Qué haría? El hombre, convertido en árbol de niños, ¿podría todavía volverse para mirar a una desconocida? ¿Acaso los bebés colgados de su espalda y de su pecho no se pondrían a berrear protestando por aquel movimiento inoportuno? Esta idea le parece divertida y la pone de buen humor. Se dice: Vivo en un mundo en el que los hombres nunca más se volverán para mirarme."

Jean-Marc, su pareja, con el que ha conseguido una relación feliz, que casi los identifica como un solo ser, comete un error estúpido: al advertir que Chantal se encuentra levemente deprimida, se hace pasar por un admirador secreto y escribe cartas a Chantal. A ella solo le hace falta eso para que desbordante imaginación se active: cree ver a su enamorado por todas partes, se imagina quien puede ser y llega a identificarlo con un mendigo. Mientras tanto Jean-Marc asiste pasivamente a las imprevisibles consecuencias de una acción desencadenada por él mismo y que va a poner en peligro su relación o, lo que es lo mismo, su propia identidad que fundió en gran parte y de manera voluntaria con Chantal. 

La última parte de la narración tiene que ver con la reacción de ella y los esfuerzos de él por recuperar su identidad perdida, llegando a buscarla por un Londres onírico, en les sucede lo más inesperado. ¿Se disolverá la identidad común o sobrevivirá a su mayor prueba? Esta novela breve, inteligente y entretenida no ofrece todas las respuestas, pero deja en el aire muy interesantes preguntas.

viernes, 9 de agosto de 2019

MUNDO ORWELL (2019), DE ÁNGEL GÓMEZ DE ÁGREDA. MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA UN MUNDO HIPERCONECTADO.

Que la novela distópica de George Orwell sea utilizada como uno de los grandes símbolos de nuestro tiempo debería producirnos al menos un poco de inquietud. Todo está ya conectado de una manera irreversible. Personas y máquinas. La idea de privacidad hace tiempo que es una quimera, un lujo reservado para las pocas personas que siguen viviendo en un estado salvaje. El resto hemos entrado en una espiral de placeres y comodidades que pagamos a un alto precio. Algorítmos cada vez más sofisticados controlan nuestras vidas y nuestros gustos, la publicidad se personaliza cada vez más y llegará el día en que las agencias elaboren productos totalmente adaptados a nuestros más íntimos deseos, productos que nos serán absolutamente irresistibles y que no podremos dejar de consumir, porque la misma idea de felicidad estará vinculada a ellos. 

El libro de Gómez de Ágreda no es tanto una advertencia como una constatación de lo que viene, de la realidad a la que tendremos que enfrentarnos en los próximos años. Series como Black Mirror no son ciencia ficción, sino una pequeña anticipación (a lo mejor un tanto exagerada, ojalá) de lo que se nos viene encima. Pero no solo están en peligro nuestras libertades. La misma idea de democracia está siendo violentada a favor de oscuros intereses que adaptan su discurso a lo que el ciudadano quiere oir, para después gobernar a favor de unos pocos, mientras siguen siendo capaces de convencer al votante de lo contrario. Unos votantes de mente cada vez más dispersa, incapaces de concentrarse en un solo asunto durante más de diez minutos, acostumbrados al placer inmediato y ajenos a la idea de construir.

Mundo Orwell repite un discurso ya sabido, pero lo hace desde la perspectiva de un militar que conoce bastante el concepto de ciberguerra, un asunto al que dedica bastantes pasajes del libro. Quizá sea éste el peligro más oculto y más terrible de todos: el de un ciberataque que nos deje apagados, huérfanos de una tecnología de la que dependemos para prácticamente todo y abocados a una especie de nueva Edad Media.  

EL ALIADO (2019), DE IVÁN REPILA. REVOLUCIÓN FEMINISTA.

A veces los movimientos sociales de éxito se extreman. Al protagonista de esta novela, un hombre muy de nuestro tiempo, se le ocurre que para hacer avanzar al movimento feminista hasta su siguiente paso lógico, la hegemonía total en la política, la estrategia pacífica no funciona. Por tanto, lo que debería funcionar es el enfrentamiento, el cuanto peor mejor. Desatar los peores demonios del machismo y del feminismo hasta llegar a la disputa violenta en las calles, hasta el estado de excepción si hiciera falta. Las redes sociales son el perfecto caldo de cultivo para calentar la situación hasta ese extremo (en esto la novela exagera, la expresión "arden las redes" suele ser efectiva solo para el mundo digital y no suele contagiar mucho de su ardor al mundo analógico). 

Al final el protagonista se convierte en un ser casi esquizofrénico, alguien que debe ir cambiando radicalmente de pensamiento a cada paso para que su mascarada no sea descubierta, para que nadie sepa que ha organizado de forma anónima una de las mayores revoluciones de la historia. Y en la descripción de este procedimiento es donde se desarrolla el punto fuerte de la narración: su conseguida vena cómica, que está bien secundada por una acertada agilidad en la escritura.

Cuando cierra este libro, es el propio lector el que debe sacar sus propias conclusiones: ¿Repila nos está advirtiendo de algo? ¿la novela es un mero divertimento, un esperpento que lleva hasta sus últimas consecuencias el espíritu de nuestro tiempo o hay algo más? Lo mejor es considerarla una curiosa pieza del género distópico, una especie de Cuento de la criada, pero al revés.

domingo, 12 de mayo de 2019

LA LLAMADA DE LO SALVAJE (1903), DE JACK LONDON. LA LEY DEL GARROTE Y EL COLMILLO.

El primer gozo lector que se siente al empezar esta novela extraordinaria está en que London adopta el punto de vista de un perro en la mayor parte de la narración. Buck comienza siendo un animal doméstico que disfruta de una existencia regalada en el jardín de una familia adinerada. Todo cambia cuando uno de los servidores lo secuestra y lo vende para ser adiestrado para trabajar como perro de trineo en el Norte. El protagonista va a descubrir bien pronto un mundo insospechado, en el que la ley que impera es la de la supervivencia del más apto. A base de palos y de terribles frustraciones, Buck aprenderá a tener paciencia, a obedecer y a esperar su oportunidad para convertirse en el perro alfa de la manada. Poco a poco irá cambiando sus sentimientos morales por otros más adecuados a las duras condiciones de vida a las que se ha visto arrojado:

"Este primer robo fue la prueba de que Buck era apto para sobrevivir en el hostil ambiente de las tierras del nortel. Indicaba su adaptabilidad, su capacidad para acomodarse a condiciones cambiantes, cuya carencia hubiera significado una muerte rápida y terrible. Y además indicaba la degeneración y resquebrajamiento de sus valores morales, cosa vana y un obstáculo en la despiadada lucha por la existencia. Todo ello estaba muy bien el sur, donde reinaba la ley del amor y el compañerismo y donde se respetaba la propiedad privada y los sentimientos personales; pero en las tierras del norte, bajo la ley del garrote y el colmillo, el que tuviera aquellas cosas en cuenta era un necio y mientras las respetase no podría prosperar."

La adaptación al nuevo ambiente no es fácil y está a punto de acabar con la vida de Buck en varias ocasiones. Pero de eso se trata, de sobrevivir, de comprender las leyes de la naturaleza, de aceptar el proceso de conversión a una existencia primordial basada en la norma implacable de matar para no morir. En un determinado momento de su historia, Buck encuentra a un amo noble, alguien que no le maltrata y su amor por este hombre se manifiesta de manera desmesurada, hasta el punto de que la venganza contra los indios que han provocado su muerte completará su proceso de reversión atávica, su transformación en un animal gozosamente salvaje, sediento de sangre y de poder y dotado además de la inteligencia que le ha proporcionado su dilatada experiencia entre todo tipo de seres humanos. Desde su llegada al gran Norte, el perro ha estado sintiendo esa extraña llamada que justifica el título de la novela:

"(...) Le producía una gran inquietud y unos extraños deseos. Le hacía experimentar una vaga y dulce alegría y despertaba en él ansias y anhelos salvajes no sabía bien de qué. A veces se internaba en el bosque buscando la llamada como si fuera un objeto tangible, y ladraba apenas o con fuerza, según su humor. Hundía el hocico en el musgo del bosque o en la tierra negra donde crecía alta la hierba, y los densos olores lo hacían resoplar de gozo; o bien se acurrucaba durante horas al acecho, detrás del tronco cubierto de liquen de un árbol caído, con los ojos bien abiertos y las orejas muy erguidas, atento a todo cuanto se movía o sonaba a su alrededor. Puede que en esa actitud esperase descubrir la llamada que no lograba comprender. Aunque no sabía por qué hacía aquellas cosas. Se sentía empujado a hacerlas pero no reflexionaba en absoluto sobre ellas."

El primer gran éxito literario de Jack London es un libro magistral, uno de esos clásicos que se puede leer a cualquier edad y en el que se expone el pensamiento fundamental que jalonaría gran parte de su producción literaria: esa obsesión, basada sobre todo en su lectura de las obras de Herbert Spenser, por la supervivencia del más apto, que no se daba solo en la naturaleza, sino también en la vida en sociedad, como expresaría posteriormente en la también magistral Martin Eden.

sábado, 4 de mayo de 2019

HERNÁN CORTÉS (2002), DE BARTOLOMÉ BENNASSAR. EL CONQUISTADOR DE LO IMPOSIBLE.

La reciente polémica auspiciada por el presidente mexicano López Obrador, en torno a la legitimidad de la conquista de México por parte de Hernán Cortés, ha vuelto a poner de actualidad, quinientos años después de los acontecimientos, a una de las figuras más singulares de nuestra historia. El relato de la vida de Hernán Cortés es tan improbable que solo puede ser cierto. Que un hombre que a los treinta y tres años (una edad ya bastante avanzada en el siglo XVI) era todavía un perfecto desconocido, se embarcara en la aventura de desembarcar con un puñado de hombres en la costa de las desconocidas tierras mexicanas y fuera capaz de liderar una exitosa campaña de conquista contra una civilización muy desarrollada, no deja de ser toda una hazaña, se valore ésta como se valore.

En cualquier caso, para bien o para mal, Cortés fue el hombre que alumbró el México actual, que surgió después de tres siglos de una dominación española que tuvo sombras y luces, pero sin la cual no puede entenderse la realidad del país latinoamericano, como ya señalaron Octavio Paz o Carlos Fuentes. Lo cierto es que el conquistador no se encontró ni mucho menos con un territorio pacífico cuando puso pie en México. Las querellas y conflictos entre tribus indígenas eran constantes, así como las tristemente célebres prácticas de sacrificios humanos. Cortés supo aprovechar esas divisiones en su beneficio:

"Cortés tuvo a su lado lugartenientes y colaboradores de gran valía. Sin embargo, el genio del comandante, el talento de sus compañeros y la evidente superioridad militar de los españoles no habrían sido suficientes para el triunfo de la empresa. Éste se logró gracias a los conflictos existentes en el seno del mundo indígena, por el antagonismo entre los pueblos y por la oposición al reciente y gravoso dominio de los mexicas."

Los rápidos avances por tierras mexicanas y el descubrimiento de civilizaciones muy avanzadas, capaces de construir ciudades tan fabulosas como Tenochtilan (que acabó siendo destruida casi por completo), estimularon la imaginación de los europeos en cuanto empezaron a llegar noticias de las hazañas de Hernán Cortés. La figura del conquistador de Medellín se convirtió en aquellas tierras casi en objeto de veneración. Las querellas entre españoles, que fueron frecuentes debido a las disputas en cuanto al reparto del poder en las nuevas tierras, jamás quebrantaron la aureola de gran líder casi divino de la gozaba Cortés. En una carta de Jerónimo López al emperador se expresan bien estos sentimientos:

"A Cortés, no solo le obedecían en lo que mandaba, pero lo que pensaba, si lo alcanzaban a saber, con tanto calor, fervor, amor y diligencia que era cosa admirable de lo ver, por manera que en cosa alguna había falta ni rebelión ni imaginación dél."

Si hubiera querido, éste hubiera podido convertirse en una especie de soberano de las nuevas tierras, pero su fidelidad a Carlos V siempre fue inquebrantable, aunque durante mucho tiempo arrastrara la amargura de no considerarse suficientemente pagado por los servicios prestados a un rey que le exigía para la corona "todo el oro que pudiese conseguir". No hay que olvidar que en los mismos años que se producía la conquista de México el emperador tenía que atender a diversos asuntos que arruinaban los fondos de la corona: la proclamación como emperador de Alemania, los conflictos con los protestantes, la piratería en el Mediterráneo...

La figura de Hernán Cortés, con sus luces y sus sombras, con sus aciertos estratégicos y sus empresas temerarias, que también las protagonizó, con su fidelidad a la corona y con su avaricia personal en cuanto a acaparación de bienes de la conquista, se alza como una figura histórica inimitable, porque no solo fue un guerrero, sino también un político que supo amar las tierras que conquistaba e intentó organizarlas en torno a sus creencias y sus ideales, aunque a la postre, eso significara la imposición de un régimen de explotación laboral para muchos habitantes de aquellas tierras. En cualquier caso, no se produjo un exterminio, sino una especie de convivencia que duró tres siglos entre conquistadores y indígenas y que dejó en herencia un México mestizo, tanto étnica como culturalmente.