A veces leemos distraidamente titulares en la prensa que nos parecen mil veces vistos: asesinatos, ajustes de cuentas entre narcotraficantes. Todo rutina de un mundo sórdido que solo podemos atisbar. Sabemos que existe pero a la vez no tiene nada que ver con nosotros. Podemos ser testigos de una reyerta ocasional, de un vehículo que huye a toda velocidad de la policía. Lo contamos a nuestros amigos y familiares y al día siguiente seguimos con nuestras vidas y ese recuerdo se va evaporando: no nos pertenece. Pero ¿qué sucedería si la fatalidad nos hace partícipes de una de estas desagradables historias? Hitchcock era un especialista en narrar la experiencia de hombres corrientes enfrentados fortuitamente a acontecimientos extraordinarios. Este es el caso de Jaime, el protagonista de la nueva y magnífica novela de Pablo Aranda, que bebe del género negro sin olvidar el componente social de otras obras previas del mismo autor.
Jaime ha sido uno de esos seres que pasan desapercibidos en su etapa de estudiante, anulados por compañeros con un estilo de vida más rebeldes y a la vez más apetecibles sexualmente para las chicas, aunque ahora es él el que parece ser un imán para sus antiguos objetos de deseo, quizá porque ahora buscan a alguien más tranquilo y responsable. Si bien la vida de Jaime, en un primer vistazo, puede parecer anodina, hay ciertas peculiaridades en ésta bastante curiosas, a la vez que contradictorias. El protagonista es capaz de asumir la paternidad de un hijo que no es suyo y su sentido ético llega hasta el punto de devolver un dinero que quizá nunca será reclamado, pero por otra parte Jaime sufre de vez en cuando conatos de ira que casi siempre logra guardar en su interior, algo que quizá le sirva para actuar con una frialdad poco común cuando se ve enfrentado a circunstancias que no ha buscado, pero que ponen en peligro su vida y la de sus (pocos) seres queridos.
Uno de los mayores aciertos de El protegido es el saber insertar en la novela elementos dispares logrando con ello una historia muy coherente: la cotidianidad de la existencia de un joven que no encuentra la estabilidad vital, el tráfico de drogas, la fina línea que separa la culpabilidad y la inocencia, la ingrata labor de la policía o la adaptación de los inmigrantes económicos a la costa del Sol. En este último aspecto, es importante referirse a Marián, una marroquí adaptada plenamente a las costumbres de occidente, pero que conserva el estigma de sus orígenes. El mismo autor se refiere a ella en una entrevista publicada en El cultural:
"En concreto, me
interesa el desarraigo, del que ya me he ocupado en libros anteriores. Y
para tratar esto el inmigrante es un sujeto perfecto: no es de aquí
pero, al emigrar, tampoco es de allí. En el caso del personaje de
Marián, ella es inmigrante, musulmana y mujer; y cometió el error de
comportarse en Marruecos como una francesa y aquí, en España, aunque
está liberada y va a la universidad, sigue siendo una emigrante."
Entre todos estos acontecimientos, tan anodinos para el lector de periódicos, pero tan insólitos para quien no está acostumbrado a protagonizarlos, se alza la voz interior de Jaime, ese ser cambiante, capaz de adaptarse a las circunstancias y que, a pesar de las mujeres que marcaron su pasado inmediato, parece haberse enamorado por primera vez. Amor y muerte, conceptos difusos y aparentemente antagónicos, se dan cita en una novela de esas que se merece un lugar como la Costa del Sol, donde solo un observador meticuloso de la realidad como Pablo Aranda es capaz de auscultar los hechos cotidianos y dotarlos de un sentido que permanece oculto, de explorar aquellos rincones sórdidos de una ciudad turística como Torremolinos. Una narración ágil en la que - y este es uno de los mejores elogios que pueden hacerse a El protegido - el lector siente la misma angustia que el protagonista en muchos de sus pasajes. Quizá se trate de la mejor publicación de Aranda hasta la fecha. Absolutamente recomendable.
viernes, 16 de octubre de 2015
martes, 13 de octubre de 2015
TERCIOPELO AZUL (1986), DE DAVID LYNCH. LO QUE HACEMOS EN LAS SOMBRAS.
Pocas películas ofrecen un comienzo tan coherente con sus pretensiones como Terciopelo azul. Las imágenes idílicas de un pequeño pueblo de la América profunda pronto son matizadas por la presencia del mal: por una parte la presencia natural de la enfermedad y la muerte y por otra la más sutil maldad subterránea, la que no puede apreciarse a simple vista, pero que está siempre presente en el interior de las ciudades y dentro de nosotros mismos. Desde muy jòvenes, la experiencia vital nos hace sospechar, de manera inconsciente, de cualquier elemento desconocido que surja en nuestro camino. Esta elemental prudencia no siempre es llevada hasta sus últimas consecuencias (en ese caso jamás podríamos aprender nada ni progresar), pero a veces puede salvarnos de un mal paso que desemboca en nuestra perdición. A estas elecciones se enfrenta el joven Jeffrey (Kyle MacLachlan), uno de esos seres de apariencia tranquila e inocente, pero cuyas pasiones están dominadas por una irresistible y morbosa curiosidad por lo que sucede en el lado oscuro de la existencia.
Es curioso que el desencadenante de la acción sea el hallazgo fortuito, por parte del protagonista, de una oreja humana llena de hormigas, una referencia claramente buñuelesca, quizá porque el mundo perfecto de Jeffrey, trastocado por la enfermedad repentina de su padre, se va a volver de pronto nocturno y surrealista. Un mundo marcado por dos mujeres que parecen ser las dos caras de una misma moneda: por un lado la virginal Sandy (Laura Dern), compañera de aventuras y a la vez prudente consejera y por otro la cantante nocturna Dorothy, símbolo de lo prohibido y poseedora de un terrible secreto. Jeffrey se hubiera conformado con su papel de voyeur, de observador fascinado de lo que sucede en las sombras, protegido por ese armario que hace la función de última frontera entre un mundo y otro. Pero las circunstancias harán que tenga que experimentar en sus propias carnes una forma de vida demencial y al límite, con su propio maestro de ceremonias, ese psicópata interpretado por Dennis Hopper, en un papel realmente hecho a su medida, un desequilibrado con un gran carisma entre los de su clase.
Así pues, Jeffrey es capaz de descender a los infiernos, sobrevivir y volver a su existencia idílica del principio, aunque ya sabemos que detrás de esa fachada hay mucho más de lo que parece. Dotada de una fotografía absolutamente maravillosa, con Terciopelo azul, David Lynch sentó las bases definitivas de lo que iba a ser su estilo, su descripción del mundo a partir de ese momento, que continuaría con Twin Peaks y con una serie de realizaciones en las que profundizaría en todas estas obsesiones, hasta el punto de que sus guiones se volverían paulatinamente más incomprensibles para el espectador. Quizá sea Terciopelo azul su película más equilibrada en este sentido puesto que, aunque cuenta con algún punto oscuro en su guión, se trata de una narración lineal y comprensible, aunque, como es lógico, esté diseñada para que el espectador aprecie que hay muchísimo que indagar bajo su superficie. Y es por ello por lo que resulta tan fascinante y a la vez tan perturbadora.
Es curioso que el desencadenante de la acción sea el hallazgo fortuito, por parte del protagonista, de una oreja humana llena de hormigas, una referencia claramente buñuelesca, quizá porque el mundo perfecto de Jeffrey, trastocado por la enfermedad repentina de su padre, se va a volver de pronto nocturno y surrealista. Un mundo marcado por dos mujeres que parecen ser las dos caras de una misma moneda: por un lado la virginal Sandy (Laura Dern), compañera de aventuras y a la vez prudente consejera y por otro la cantante nocturna Dorothy, símbolo de lo prohibido y poseedora de un terrible secreto. Jeffrey se hubiera conformado con su papel de voyeur, de observador fascinado de lo que sucede en las sombras, protegido por ese armario que hace la función de última frontera entre un mundo y otro. Pero las circunstancias harán que tenga que experimentar en sus propias carnes una forma de vida demencial y al límite, con su propio maestro de ceremonias, ese psicópata interpretado por Dennis Hopper, en un papel realmente hecho a su medida, un desequilibrado con un gran carisma entre los de su clase.
Así pues, Jeffrey es capaz de descender a los infiernos, sobrevivir y volver a su existencia idílica del principio, aunque ya sabemos que detrás de esa fachada hay mucho más de lo que parece. Dotada de una fotografía absolutamente maravillosa, con Terciopelo azul, David Lynch sentó las bases definitivas de lo que iba a ser su estilo, su descripción del mundo a partir de ese momento, que continuaría con Twin Peaks y con una serie de realizaciones en las que profundizaría en todas estas obsesiones, hasta el punto de que sus guiones se volverían paulatinamente más incomprensibles para el espectador. Quizá sea Terciopelo azul su película más equilibrada en este sentido puesto que, aunque cuenta con algún punto oscuro en su guión, se trata de una narración lineal y comprensible, aunque, como es lógico, esté diseñada para que el espectador aprecie que hay muchísimo que indagar bajo su superficie. Y es por ello por lo que resulta tan fascinante y a la vez tan perturbadora.
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domingo, 11 de octubre de 2015
CÓMO SER MUJER (2011), DE CAITLIN MORAN. EL FEMINISMO DE NUESTRO TIEMPO.
Esto ha sucedido en los últimos cinco minutos: mientras me estoy preparando para escribir esta reseña, veo dos publicaciones en facebook que me hacen reflexionar: la primera de ellas es una impecable denuncia de la hipocresía de las religiones, con dos fotos en las que se retratan sendas asambleas, por parte del catolicismo y del islam, dedicadas a establecer cual es papel de la mujer en el mundo. En ninguna de las dos fotos se ve a mujer alguna. La segunda reseña es más simple: una foto de Brad Pitt y George Clooney. "Si todos los hombres son iguales ¿por qué no son iguales a éstos?", dice en la misma. Si la fotografía fuera de dos guapas actrices, sería considerada machista, sin duda. Pero parece que los hombres no tan agraciados no pueden mostrarse sensibles ante la comparación que se establece entre ellos y dos actores de éxito, ricos y tremendamente atractivos. Es uno de los grandes errores del feminismo mal entendido. La igualdad, como el diablo, está en los detalles, y solo puede conseguirse mediante un análisis serio de la historia y de la situación actual, estableciendo qué es lo realmente importante y qué es lo superfluo. E intentaré explicar mi postura, que tiene mucho que ver con las varas de medir que se utilizan en la sociedad actual.
Lo primero que tengo que decir acerca del libro de Caitlin Moran, es que no ofrece todo lo que promete el título (y ella misma lo admite al final). Cómo ser mujer es una divertida autobiografía disfrazada de alegato a favor del feminismo, compuesta sobre todo por anécdotas muy personales en las que no suelen faltar dos ingredientes: la profesión de la autora, que es la de periodista musical y abundantes dosis de alcohol. El primer modelo femenino que pudo tener Moran fue el de su propia madre y éste no resultó muy alentador: una mujer dedicada a parir hijos cada dos años en una casa muy pequeña, en la que los numerosos hermanos debían disputarse cada palmo de terreno. Con este panorama agravado por un cuerpo con tendencia a engordar, la infancia y adolescencia de la autora son poco envidiables, pero estos males no provienen estrictamente del patriarcado, sino de la pura pobreza. Solo se liberaría cuando pudo independizarse, aunque ésta fuera al principio una independencia miserable, conquistada con muy pocos medios. Esta es la pura verdad, a pesar de que la escritora la disfrace inteligentemente con un gran sentido del humor. Su existencia como mujer empezaba con una gran desorientación vital, sin apenas referentes. Y de esta existencia cotidiana, aderezada de pequeñas denuncias, se compone la sustancia de este libro.
Porque, en esencia, a lo que se dedican muchos capítulos de Cómo ser mujer, es a la relación de la autora con su propio cuerpo: su primera regla, sus problemas de sobrepeso o su aterrador primer parto, algo que no es estrictamente denunciable y que no es fruto de opresión alguna, aunque sí que sirve como acercamiento a la condición femenina en su vertiente natural. Lo más interesante viene cuando se analiza la presión a la que es sometida la mujer occidental respecto a su propio aspecto, cómo es juzgada constantemente por sus semejantes, la tortura de tener que llevar zapatos de tacón y ropa a juego. Es posible que todo esto no sea más que una trampa urdida por el machismo, pero a mi me suena más a estrategia de las grandes multinacionales para vender cantidades obscenas de ropa y de productos de belleza. Que una de las principales denuncias del feminismo actual sea la talla de las modelos de pasarela, dice mucho de cómo las propias mujeres pasan por el aro de la esclavitud de la moda, o al menos muchas de ellas. La primera rebelión feminista sería la de hacerse cargo del propio aspecto, sin la manipulación a la que son sometidas constantemente por parte de los medios de comunicación, que en este aspecto dan continuamente una de cal y otra de arena, creándoles necesidades cada vez más sofisticadas (y caras).
La mujer verdaderamente atractiva debería ser la que seduce a través de su inteligencia y no solo por su físico. Personalmente me da mucha rabia que cuando una revista entrevista a científicas o escritoras no es raro que les hagan una sesión de fotos como si fueran modelos, sin olvidar poner al pie quién les hace el estilismo y de qué diseñador es la ropa que lleva puesta. Es como si la revista estuviera diciendo: sí, mirad, son mujeres inteligentes, pero lo verdaderamente importante es que saben mantenerse a la moda y atractivas. Parece que se frivolicen sus logros por el hecho de ser mujeres. Sé que muchas se han negado a entrar en ese juego. Deberían ser todas, porque nunca he visto una entrevista con Antonio Muñoz Molina o Juan Luis Arsuaga posando con el último traje de Armani, algo que sí se da en el mundo del deporte. En cualquier caso, las jóvenes no deberían tomar como figura prototípica a mujeres como la tal Katie Price (personalmente no sé quien es), de la que habla ampliamente en uno de los capítulos, una mujer presuntamente sensual (por sus grandes pechos), muy representativa de la época actual, en la que mucha gente cobra fama por el único mérito de contar con un cuerpo llamativo:
"Durante las tres horas siguientes en el estudio, cualquier otro intento de conversación fracasó. Libros, temas de actualidad, televisión y cine: Price se encogía de hombros ante todo. Cuando le pregunté qué hacía en su tiempo libre, se hundió en un silencio de casi un minuto, y sus acompañantes me dijeron que le gustaba pegar cristales Swarovski en dispositivos electrónicos domésticos, «como el mando a distancia».
Quedó muy claro que, salvo que fuera un libro que ella hubiera «escrito», un tema de actualidad en el que ella hubiera participado —como vender la exclusiva de su boda por un millón de libras—, o un programa de televisión que ella hubiera protagonizado, Price no tenía el menor interés por nada. Su mundo consistía únicamente en ella misma, en su gama de productos color rosa, y en el constante semicírculo de paparazzi que fotografiaban detalladamente aquella historia de solipsismo continuo. No era de extrañar que sus ojos fueran tan inexpresivos, no tenían nada en que pensar excepto ella misma. Es como el uróboro, la serpiente mítica engullendo su propia cola toda la eternidad."
Pero a la vez que Moran denuncia la falta de sustancia de este ídolo de masas, dedica elogios desmesurados a Lady Gaga (supongo que le cae mejor), que tampoco me parece un modelo que aporte demasiado a las jóvenes:
"En definitiva, creo que va a ser muy difícil oprimir a una generación de chicas adolescentes que ha crecido bajo esta estrella del pop liberal, cultivada y bisexual que lanza fuegos artificiales desde su sujetador y que fue incluida en la lista de la revista Forbes como la séptima Celebridad más Influyente del Mundo."
Uno de los puntos más interesantes cuando se habla de feminismo es el de la maternidad. No voy a hablar del capítulo dedicado al aborto, puesto que se trata de una decisión estrictamente personal, a la par que dolorosa. Es cierto que usualmente a las mujeres se les presiona mucho en este sentido, recordándoles el tic tac de su reloj biológico, pero también lo es que ser madre no es un presupuesto esencial para ser una mujer completa, sino una de las elecciones más responsables que debe tomar una pareja. No hay que emprender la aventura de la maternidad (y paternidad) si no se está muy seguro de lo que se está haciendo, aunque se tema un arrepentimiento posterior si no se hace a tiempo:
"Al mostrar la fertilidad femenina como algo limitado y abocado a desaparecer pronto, existe el riesgo de que a las mujeres les entre el pánico y decidan tener un hijo "por si acaso"."
Les diré un secreto: muchos hombres son partícipes de los problemas que angustian a las mujeres. También pueden ser discriminados por su aspecto físico o por no haber conseguido estabilidad financiera a lo largo de los años. Hay muchos hombres que sufren por su timidez a la hora de establecer relaciones con el sexo opuesto y a los que se explota laboralmente. Estas deberían ser circunstancias de encuentro entre hombres y mujeres. La lucha del feminismo en la actualidad no debe ser el logro de privilegios por pertenecer a un género determinado, sino por la igualdad estricta y esto solo será posible (y ahí acierta plenamenta Moran) a través de una educación libre de prejucios y de la relación amistosa, desde muy temprana edad, de los dos sexos. El verdadero peligro para las mujeres no se encuentra en el eventual piropo lanzado desde lo alto de un andamio (muy limitados en la actualidad, no por el retroceso del machismo en el sector de la construcción, sino por la escasez de andamios) o por el comentario inapropiado escuchado de un político o en una conversación informal, que es más un problema de quien lo pronuncia que de sus destinatarios, sino en aquellas instituciones, como la iglesia católica, muchas veces apoyadas generosamente por los Estados, que siguen otorgando un papel irrelevante a la mujer en su seno y que deberían ser boicotedas masivamente por éstas. Ni que decir tiene que en la actualidad la denuncia principal debería estar enfocada a la sociedad de esos países musulmanes que invisibilizan a sus mujeres o a fenómenos tan intolerables como el Estado Islámico, que nos retrotraen a los peores momentos de la Edad Media.
Como es bien patente, en occidente se ha avanzado muchísimo en cuestiones de igualdad de género, y es una de esas realidades de las que nos debemos felicitar, puesto que surge de una lucha precedente de muchas mujeres, no exenta de grandes dosis de valor y heroísmo. Todavía queda mucho machismo que atajar, pero es un fenómeno francamente en retroceso, reducto de gente rancia o con taras educativas. Bien es cierto que estamos lejos de conseguir la perfección en esta materia (y quizá nunca se consiga), sobre todo respecto a las alusiones indirectas a una presunta inferioridad de la mujer, pero también es hora de advertir que la verdaderamente oprimida no es la famosa a la que las revistas de moda le juzgan constantemente el vestuario o el aspecto físico y que elige libremente someterse a operaciones de cirugía estética para atajar dichas críticas, sino la mujer que vive la marginalidad de una vida sin oportunidades, por no haber tenido acceso a una educación decente y haberse visto obligado a casarse y a aguantar, por ignorancia de sus propios derechos, a hombres que las anulan a la vez que se anulan a sí mismos. Todo es un problema de educación, sí, pero cuyo origen es el desigual reparto de la riqueza, de vidas frustradas por factores económicos y sociales que nada tienen que ver con las tendencias de la moda del momento, a pesar de que por desgracia no falten casos de violencia de género entre clases sociales de más poder adquisitivo.
Y tampoco está de más recordar que la igualdad no solo es un privilegio, también supone una responsabilidad con el otro, con el débil, con el discriminado, sea del género que sea. Hay que dejar de lado esos tópicos arrojadizos que no resuelven problema alguno y afrontar con seriedad un problema histórico que precisa de la colaboración de todos para ser atajado. No creo que haga falta recordar, a tenor de la experiencia de los últimos años, lo fácil que es perder de la noche a la mañana esos derechos tan duramente conquistados.
Lo primero que tengo que decir acerca del libro de Caitlin Moran, es que no ofrece todo lo que promete el título (y ella misma lo admite al final). Cómo ser mujer es una divertida autobiografía disfrazada de alegato a favor del feminismo, compuesta sobre todo por anécdotas muy personales en las que no suelen faltar dos ingredientes: la profesión de la autora, que es la de periodista musical y abundantes dosis de alcohol. El primer modelo femenino que pudo tener Moran fue el de su propia madre y éste no resultó muy alentador: una mujer dedicada a parir hijos cada dos años en una casa muy pequeña, en la que los numerosos hermanos debían disputarse cada palmo de terreno. Con este panorama agravado por un cuerpo con tendencia a engordar, la infancia y adolescencia de la autora son poco envidiables, pero estos males no provienen estrictamente del patriarcado, sino de la pura pobreza. Solo se liberaría cuando pudo independizarse, aunque ésta fuera al principio una independencia miserable, conquistada con muy pocos medios. Esta es la pura verdad, a pesar de que la escritora la disfrace inteligentemente con un gran sentido del humor. Su existencia como mujer empezaba con una gran desorientación vital, sin apenas referentes. Y de esta existencia cotidiana, aderezada de pequeñas denuncias, se compone la sustancia de este libro.
Porque, en esencia, a lo que se dedican muchos capítulos de Cómo ser mujer, es a la relación de la autora con su propio cuerpo: su primera regla, sus problemas de sobrepeso o su aterrador primer parto, algo que no es estrictamente denunciable y que no es fruto de opresión alguna, aunque sí que sirve como acercamiento a la condición femenina en su vertiente natural. Lo más interesante viene cuando se analiza la presión a la que es sometida la mujer occidental respecto a su propio aspecto, cómo es juzgada constantemente por sus semejantes, la tortura de tener que llevar zapatos de tacón y ropa a juego. Es posible que todo esto no sea más que una trampa urdida por el machismo, pero a mi me suena más a estrategia de las grandes multinacionales para vender cantidades obscenas de ropa y de productos de belleza. Que una de las principales denuncias del feminismo actual sea la talla de las modelos de pasarela, dice mucho de cómo las propias mujeres pasan por el aro de la esclavitud de la moda, o al menos muchas de ellas. La primera rebelión feminista sería la de hacerse cargo del propio aspecto, sin la manipulación a la que son sometidas constantemente por parte de los medios de comunicación, que en este aspecto dan continuamente una de cal y otra de arena, creándoles necesidades cada vez más sofisticadas (y caras).
La mujer verdaderamente atractiva debería ser la que seduce a través de su inteligencia y no solo por su físico. Personalmente me da mucha rabia que cuando una revista entrevista a científicas o escritoras no es raro que les hagan una sesión de fotos como si fueran modelos, sin olvidar poner al pie quién les hace el estilismo y de qué diseñador es la ropa que lleva puesta. Es como si la revista estuviera diciendo: sí, mirad, son mujeres inteligentes, pero lo verdaderamente importante es que saben mantenerse a la moda y atractivas. Parece que se frivolicen sus logros por el hecho de ser mujeres. Sé que muchas se han negado a entrar en ese juego. Deberían ser todas, porque nunca he visto una entrevista con Antonio Muñoz Molina o Juan Luis Arsuaga posando con el último traje de Armani, algo que sí se da en el mundo del deporte. En cualquier caso, las jóvenes no deberían tomar como figura prototípica a mujeres como la tal Katie Price (personalmente no sé quien es), de la que habla ampliamente en uno de los capítulos, una mujer presuntamente sensual (por sus grandes pechos), muy representativa de la época actual, en la que mucha gente cobra fama por el único mérito de contar con un cuerpo llamativo:
"Durante las tres horas siguientes en el estudio, cualquier otro intento de conversación fracasó. Libros, temas de actualidad, televisión y cine: Price se encogía de hombros ante todo. Cuando le pregunté qué hacía en su tiempo libre, se hundió en un silencio de casi un minuto, y sus acompañantes me dijeron que le gustaba pegar cristales Swarovski en dispositivos electrónicos domésticos, «como el mando a distancia».
Quedó muy claro que, salvo que fuera un libro que ella hubiera «escrito», un tema de actualidad en el que ella hubiera participado —como vender la exclusiva de su boda por un millón de libras—, o un programa de televisión que ella hubiera protagonizado, Price no tenía el menor interés por nada. Su mundo consistía únicamente en ella misma, en su gama de productos color rosa, y en el constante semicírculo de paparazzi que fotografiaban detalladamente aquella historia de solipsismo continuo. No era de extrañar que sus ojos fueran tan inexpresivos, no tenían nada en que pensar excepto ella misma. Es como el uróboro, la serpiente mítica engullendo su propia cola toda la eternidad."
Pero a la vez que Moran denuncia la falta de sustancia de este ídolo de masas, dedica elogios desmesurados a Lady Gaga (supongo que le cae mejor), que tampoco me parece un modelo que aporte demasiado a las jóvenes:
"En definitiva, creo que va a ser muy difícil oprimir a una generación de chicas adolescentes que ha crecido bajo esta estrella del pop liberal, cultivada y bisexual que lanza fuegos artificiales desde su sujetador y que fue incluida en la lista de la revista Forbes como la séptima Celebridad más Influyente del Mundo."
Uno de los puntos más interesantes cuando se habla de feminismo es el de la maternidad. No voy a hablar del capítulo dedicado al aborto, puesto que se trata de una decisión estrictamente personal, a la par que dolorosa. Es cierto que usualmente a las mujeres se les presiona mucho en este sentido, recordándoles el tic tac de su reloj biológico, pero también lo es que ser madre no es un presupuesto esencial para ser una mujer completa, sino una de las elecciones más responsables que debe tomar una pareja. No hay que emprender la aventura de la maternidad (y paternidad) si no se está muy seguro de lo que se está haciendo, aunque se tema un arrepentimiento posterior si no se hace a tiempo:
"Al mostrar la fertilidad femenina como algo limitado y abocado a desaparecer pronto, existe el riesgo de que a las mujeres les entre el pánico y decidan tener un hijo "por si acaso"."
Les diré un secreto: muchos hombres son partícipes de los problemas que angustian a las mujeres. También pueden ser discriminados por su aspecto físico o por no haber conseguido estabilidad financiera a lo largo de los años. Hay muchos hombres que sufren por su timidez a la hora de establecer relaciones con el sexo opuesto y a los que se explota laboralmente. Estas deberían ser circunstancias de encuentro entre hombres y mujeres. La lucha del feminismo en la actualidad no debe ser el logro de privilegios por pertenecer a un género determinado, sino por la igualdad estricta y esto solo será posible (y ahí acierta plenamenta Moran) a través de una educación libre de prejucios y de la relación amistosa, desde muy temprana edad, de los dos sexos. El verdadero peligro para las mujeres no se encuentra en el eventual piropo lanzado desde lo alto de un andamio (muy limitados en la actualidad, no por el retroceso del machismo en el sector de la construcción, sino por la escasez de andamios) o por el comentario inapropiado escuchado de un político o en una conversación informal, que es más un problema de quien lo pronuncia que de sus destinatarios, sino en aquellas instituciones, como la iglesia católica, muchas veces apoyadas generosamente por los Estados, que siguen otorgando un papel irrelevante a la mujer en su seno y que deberían ser boicotedas masivamente por éstas. Ni que decir tiene que en la actualidad la denuncia principal debería estar enfocada a la sociedad de esos países musulmanes que invisibilizan a sus mujeres o a fenómenos tan intolerables como el Estado Islámico, que nos retrotraen a los peores momentos de la Edad Media.
Como es bien patente, en occidente se ha avanzado muchísimo en cuestiones de igualdad de género, y es una de esas realidades de las que nos debemos felicitar, puesto que surge de una lucha precedente de muchas mujeres, no exenta de grandes dosis de valor y heroísmo. Todavía queda mucho machismo que atajar, pero es un fenómeno francamente en retroceso, reducto de gente rancia o con taras educativas. Bien es cierto que estamos lejos de conseguir la perfección en esta materia (y quizá nunca se consiga), sobre todo respecto a las alusiones indirectas a una presunta inferioridad de la mujer, pero también es hora de advertir que la verdaderamente oprimida no es la famosa a la que las revistas de moda le juzgan constantemente el vestuario o el aspecto físico y que elige libremente someterse a operaciones de cirugía estética para atajar dichas críticas, sino la mujer que vive la marginalidad de una vida sin oportunidades, por no haber tenido acceso a una educación decente y haberse visto obligado a casarse y a aguantar, por ignorancia de sus propios derechos, a hombres que las anulan a la vez que se anulan a sí mismos. Todo es un problema de educación, sí, pero cuyo origen es el desigual reparto de la riqueza, de vidas frustradas por factores económicos y sociales que nada tienen que ver con las tendencias de la moda del momento, a pesar de que por desgracia no falten casos de violencia de género entre clases sociales de más poder adquisitivo.
Y tampoco está de más recordar que la igualdad no solo es un privilegio, también supone una responsabilidad con el otro, con el débil, con el discriminado, sea del género que sea. Hay que dejar de lado esos tópicos arrojadizos que no resuelven problema alguno y afrontar con seriedad un problema histórico que precisa de la colaboración de todos para ser atajado. No creo que haga falta recordar, a tenor de la experiencia de los últimos años, lo fácil que es perder de la noche a la mañana esos derechos tan duramente conquistados.
viernes, 9 de octubre de 2015
GETT: EL DIVORCIO DE VIVIANE AMSALEM (2014), DE RONIK Y SHLOMI ELKABETZ. CINCO HOMBRES SIN PIEDAD.
A las religiones les encanta hurgar en la intimidad de sus adeptos y denunciar los comportamientos impíos de quienes no pertenecen a su seno. Es su naturaleza. Últimamente nos llegan toda clase de informaciones acerca de las barbaridades que realiza el autodenominado Estado Islámico con la gente que tiene la desgracia de ser conquistada por sus hordas guerreras. Viendo esto, se nos olvida que también hay otras religiones y otros abusos más sutiles, que, por cotidianos, no salen en las noticias. En Israel, por ejemplo, no existe el matrimonio civil. Quien quiera casarse de esa manera, tendrá que acudir al extranjero. Hacerlo en Israel supone someterse a la ley rabínica, un intrincado conjunto de normas que, a la hora de pedir el divorcio, puede suponer un procedimiento absolutamente kafkiano.
Viviane Amsalem se casó a los quince años con un hombre fiel seguidor del judaísmo. Su historia puede seguirse en dos películas anteriores de los mismos realizadores, pero no existe ningún problema para visionar Gett como una historia independiente. Transcurriendo casi en su totalidad en una sencilla - y casi opresiva - sala de tribunal, la película abarca varios años de procedimiento, ya que a la petición de divorcio de Viviane se opone su marido. Los miembros del Tribunal van a aprovechar para indagar en la intimidad del matrimonio, hurgar en sus heridas y ser tolerantes con las abundantes incomparecencias del marido, que hace todo lo posible por dilatar el proceso. Se trata de tres hombres que quieren representar la decencia y la dignidad de la religión, piadosos sin piedad para los que el sufrimiento de una mujer, cuya vida se encuentra en un callejón sin salida, no es relevante a la hora de adoptar una decisión. Lo único que importa es la voluntad del marido, al que se le puede presionar para que acepte el divorcio, pero no se le puede obligar. Como si Viviane fuera una propiedad de la que puede disponer a su antojo.
Así se pronunciaban los directores en una entrevista concedida a la agencia Efe:
"La existencia de esta ley es absurda, no solo por ser una ley anacrónica, sino porque es una norma religiosa que se aplica a todo el mundo, sea la persona religiosa o no. Es increíble que en 2014, en una supuesta sociedad democrática, una mujer pueda ser considerada propiedad de su marido. Es absurda la determinación de los jueces rabinos de alargar los debates y desquiciar a la demandante para que abandone, renuncie a su voluntad y así salvar otro hogar judío del desastre"
"Es mi destino y yo soy el suyo. Nunca nos separaremos", pronuncia el marido como único argumento. El matrimonio se dedica de vez en cuando miradas elocuentes desde el parapeto de sus respectivos abogados. Las de él son serenas, propias de quien está convencido de estar defendiendo un vínculo sagrado. Las de ella son de desesperación, de hartazgo, las de una prisionera de una ley absurda, diseñada para esclavizar a las mujeres. Su situación recuerda a la de España en el franquismo, con esa ley civil que sometía a la mujer al marido hasta el punto de que ni siquiera podía abrir una cuenta corriente sin su permiso. Las religiones mayoritarias coinciden en este punto: la esposa debe ser sumisa y someterse en todo a los deseos del marido. Y si toda la sociedad conspira en este sentido, al final la mujer se sentirá culpable de tener sus propias ideas. Que en un país supuestamente moderno como Israel la religión siga teniendo este poder sobre la intimidad de buena parte de sus ciudadanos, no deja de ser escandaloso. El buen cine judicial no tiene por qué estar siempre dedicado al crimen. Un buen proceso civil-religioso puede ser incluso más interesante.
Viviane Amsalem se casó a los quince años con un hombre fiel seguidor del judaísmo. Su historia puede seguirse en dos películas anteriores de los mismos realizadores, pero no existe ningún problema para visionar Gett como una historia independiente. Transcurriendo casi en su totalidad en una sencilla - y casi opresiva - sala de tribunal, la película abarca varios años de procedimiento, ya que a la petición de divorcio de Viviane se opone su marido. Los miembros del Tribunal van a aprovechar para indagar en la intimidad del matrimonio, hurgar en sus heridas y ser tolerantes con las abundantes incomparecencias del marido, que hace todo lo posible por dilatar el proceso. Se trata de tres hombres que quieren representar la decencia y la dignidad de la religión, piadosos sin piedad para los que el sufrimiento de una mujer, cuya vida se encuentra en un callejón sin salida, no es relevante a la hora de adoptar una decisión. Lo único que importa es la voluntad del marido, al que se le puede presionar para que acepte el divorcio, pero no se le puede obligar. Como si Viviane fuera una propiedad de la que puede disponer a su antojo.
Así se pronunciaban los directores en una entrevista concedida a la agencia Efe:
"La existencia de esta ley es absurda, no solo por ser una ley anacrónica, sino porque es una norma religiosa que se aplica a todo el mundo, sea la persona religiosa o no. Es increíble que en 2014, en una supuesta sociedad democrática, una mujer pueda ser considerada propiedad de su marido. Es absurda la determinación de los jueces rabinos de alargar los debates y desquiciar a la demandante para que abandone, renuncie a su voluntad y así salvar otro hogar judío del desastre"
"Es mi destino y yo soy el suyo. Nunca nos separaremos", pronuncia el marido como único argumento. El matrimonio se dedica de vez en cuando miradas elocuentes desde el parapeto de sus respectivos abogados. Las de él son serenas, propias de quien está convencido de estar defendiendo un vínculo sagrado. Las de ella son de desesperación, de hartazgo, las de una prisionera de una ley absurda, diseñada para esclavizar a las mujeres. Su situación recuerda a la de España en el franquismo, con esa ley civil que sometía a la mujer al marido hasta el punto de que ni siquiera podía abrir una cuenta corriente sin su permiso. Las religiones mayoritarias coinciden en este punto: la esposa debe ser sumisa y someterse en todo a los deseos del marido. Y si toda la sociedad conspira en este sentido, al final la mujer se sentirá culpable de tener sus propias ideas. Que en un país supuestamente moderno como Israel la religión siga teniendo este poder sobre la intimidad de buena parte de sus ciudadanos, no deja de ser escandaloso. El buen cine judicial no tiene por qué estar siempre dedicado al crimen. Un buen proceso civil-religioso puede ser incluso más interesante.
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lunes, 5 de octubre de 2015
LA CARA OCULTA DEL MISTERIO (2010) Y CRÓNICAS DE MAGONIA (2012), DE LUIS ALFONSO GÁMEZ. PREDICAR EL ESCEPTICISMO.
España es un país que, en algunos aspectos, sigue perteneciendo a la Edad Media. Y no hablo de las creencias privadas, del auge de las supersticiones de todo tipo, sino de la actuación de estamentos oficiales en un país cuya constitución proclama la aconfesionalidad del Estado. Se trata de declaraciones de ministros encomendando su política a la Virgen del Rocío, de otros que condecoran a imágenes por sus méritos, como si se tratara de personas o, más grave aún, confesiones religiosas exentas de impuestos fundamentales y que pueden inscribir propiedades inmuebles a su nombre casi a voluntad. Que todo esto, junto a las enormes audiencias que consiguen los programas dedicados a lo paranormal, esté normalizado en nuestra sociedad, es sobre todo una cuestión de educación, o más bien de falta de ella. Todavía existe un gran porcentaje de gente que ni siquiera entiende que nuestro planeta no es el centro del Universo, aunque en realidad estos temas no interesen demasiado. Pocos son los que reflexionan acerca de las creencias más generalizadas y utilizan los mecanismos que la ciencia tiene dispuestos para dotar a la realidad de explicaciones racionales. Es evidente que son muchísimos los misterios que nos quedan por desentrañar, pero eso no quiere decir que por ello tengan una explicación sobrenatural.
Luis Alfonso Gámez es, entre otras muchas cosas, el autor de un blog imprescindible, llamado Magonia, donde se intenta fomentar el escepticismo y el pensamiento crítico, un ingrediente necesario para el progreso de cualquier sociedad. Él mismo refrenda estas ideas en una entrevista publicada por el blog Hipótesis:
"Creo que un mundo regido por reglas del juego laicas sería mejor. El pilar fundamental deberían ser los derechos humanos y éstos incluyen la libertad religiosa, un descubrimiento laico porque, si algo caracteriza a las religiones, es la intolerancia entre ellas y para quienes no profesan credo alguno. Muchos escépticos consideramos que la mejor filosofía para nuestra especie sería el llamado humanismo secular, que confía en el uso de la razón y el pensamiento crítico para la resolución de problemas, construye su entramado ético sin necesidad de divinidades ni otros mundos, aboga por la democracia y los derechos civiles de todos los seres humanos."
La cara oculta del misterio y Crónicas de Magonia recogen los textos que Gámez escribió para el diario El Correo. Se trata de artículos de pequeño formato, en los que el periodista expone los orígenes y explicaciones racionales de diferentes creencias populares, más o menos generalizadas: los ovnis, la criptozoología, los fantasmas, los milagros o las interpretaciones mágicas del pasado. Se trata de una tarea complicada, puesto que, a día de hoy, los divulgadores de lo paranormal (sin contar entre ellos a los dirigentes de las religiones más o menos oficiales) cuentan con una repercusión infinitamente más amplia que los escépticos. Revertir esta tendencia es difícil, sobre todo porque las explicaciones fantásticas de los fenómenos naturales y las teorías conspirativas suelen ser más seductoras que las científicas. No obstante, es bueno tener acceso a esta munición defensiva para combatir los argumentos más falaces de los amantes del misterio. La frase de David Hume sigue tan vigente hoy como en el siglo XVIII: "Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias".
Luis Alfonso Gámez es, entre otras muchas cosas, el autor de un blog imprescindible, llamado Magonia, donde se intenta fomentar el escepticismo y el pensamiento crítico, un ingrediente necesario para el progreso de cualquier sociedad. Él mismo refrenda estas ideas en una entrevista publicada por el blog Hipótesis:
"Creo que un mundo regido por reglas del juego laicas sería mejor. El pilar fundamental deberían ser los derechos humanos y éstos incluyen la libertad religiosa, un descubrimiento laico porque, si algo caracteriza a las religiones, es la intolerancia entre ellas y para quienes no profesan credo alguno. Muchos escépticos consideramos que la mejor filosofía para nuestra especie sería el llamado humanismo secular, que confía en el uso de la razón y el pensamiento crítico para la resolución de problemas, construye su entramado ético sin necesidad de divinidades ni otros mundos, aboga por la democracia y los derechos civiles de todos los seres humanos."
La cara oculta del misterio y Crónicas de Magonia recogen los textos que Gámez escribió para el diario El Correo. Se trata de artículos de pequeño formato, en los que el periodista expone los orígenes y explicaciones racionales de diferentes creencias populares, más o menos generalizadas: los ovnis, la criptozoología, los fantasmas, los milagros o las interpretaciones mágicas del pasado. Se trata de una tarea complicada, puesto que, a día de hoy, los divulgadores de lo paranormal (sin contar entre ellos a los dirigentes de las religiones más o menos oficiales) cuentan con una repercusión infinitamente más amplia que los escépticos. Revertir esta tendencia es difícil, sobre todo porque las explicaciones fantásticas de los fenómenos naturales y las teorías conspirativas suelen ser más seductoras que las científicas. No obstante, es bueno tener acceso a esta munición defensiva para combatir los argumentos más falaces de los amantes del misterio. La frase de David Hume sigue tan vigente hoy como en el siglo XVIII: "Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias".
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domingo, 4 de octubre de 2015
EL MUELLE DE OUISTREHAM (2010), DE FLORENCE AUBENAS. EL AMANECER DE LA PRECARIEDAD.
La crisis que comenzó en 2008, no afectó solo a nuestro país, sino que la economía de Europa y buena parte del resto del mundo entraron en barrena. A pesar de las famosas declaraciones del presidente Sarkozy, en el sentido de que había que suspender el capitalismo hasta que se arreglara el estropicio, el único gesto importante de intervención de los Estados en la vida económica se despachó a través de una obscena ayuda a los bancos (la piedra de toque de esta crisis y sobre la que no se habla nunca en el debate político) y se dejó a millones de trabajadores a la intemperie, recortando ayudas y permitiendo a esos mismos bancos a los que se había mimado sin exigirles responsabilidad alguna, seguir desahuciando a la gente de sus casas.
Tomando conciencia de esta situación, la periodista francesa Florence Aubenas quiso vivir en sus propias carnes la cotidianidad de los trabajadores más humildes, de aquellos desheredados de la fortuna que deben buscarse la vida, no para prosperar, sino meramente para sobrevivir. Para ello se inventó la identidad de una mujer recién separada, de unos cuarenta y cinco años, que no había trabajado nunca. Se desplazó a Caen y comenzó su peregrinación por el submundo de la búsqueda de empleo precario. La única posibilidad de su personaje radicaba en el sector de la limpieza. Pronto se va a dar cuenta de que debe hacer auténticos malabarismos para compatibilizar unos contratos con otros: ni siquiera alternando horas en cuatro empresas diferentes está garantizado un salario digno que permita vivir con tranquilidad. A la falta de estabilidad de los empleos se une su penosidad: en algunos casos, como la limpieza de los transbordadores del muelle de Ouistreham o en un camping, la faena ha de realizarse a toda velocidad, sin poder permitirse respirar y, en muchas ocasiones, dando más horas de las previstas, que nunca se pagarán.
La primera sensación que tiene el parado que emprende la búsqueda de empleo es la de un total desamparo por parte de un Estado que ha hecho dejación de sus funciones y las ha transferido a empresas privadas que se mueven por ánimo de lucro y cuyos empleados ya no son denominados trabajadores sociales, sino comerciales, más preocupados por mantener sus propios puestos que por resolver las situaciones que se les presentan todos los días. Francia está desbordada por la crisis y lo importante es maquillar las estadísticas (un arte que conocemos bien en España), fomentándose los contratos basura e incentivando la contratación a tiempo parcial, con tal de que dos personas trabajen la mitad y bajen las cifras del paro. Mientras tanto, los protagonistas del drama viven su situación entre la resignación y la desesperanza. Muchos de los trabajos que les ofrecen ni siquiera son rentables, ya que el gasto en gasolina para llegar a ellos y limpiar solo un par de horas no compensa. Pero deben aceptarlos, si no quieren ser incluidos en una especie de lista negra y no ser llamados más veces. Como resume una de las compañeras de trabajo de Florence:
"Cuanto más nos hacen trabajar, más nos sentimos como una mierda (...). Cuanto más nos sentimos como una mierda, más nos dejamos aplastar."
Mientras tanto los sindicatos tradicionales tampoco saben cómo afrontar la nueva situación. Son perdedores por partida doble, puesto que ya no cuentan como agentes de cambio social y a la vez son despreciados por los trabajadores precarios, que no pueden esperar nada de ellos. Aunque todavía son capaces de movilizar a algunos obreros, su influencia cada vez es más reducida:
"Por lo demás los sindicatos se consideran, en el mejor de los casos, clubs cerrados que sirven básicamente para proteger a sus propios miembros. En el peor, se les trata de "cabezas rojas" y de agitadores imprevisibles de los que no se puede esperar más que sangre y lágrimas. En cualquier caso conviene mantenerse alejado de ellos."
El muelle de Ouistreham no necesita hacer juicios de valor acerca de las consecuencias de la crisis en los más desfavorecidos, le basta con describir el infierno cotidiano al que se enfrentan, la humillación constante de quienes dependen en gran parte del azar para seguir pagando el alquiler y comiendo todos los días. En cierto modo, el libro de Aubenas sustituye a las grandes narraciones decimonónicas de Zola, Galdós o Dickens, como instrumento de denuncia de los sufrimientos de una clase obrera dividida, asustada, derrotada e indefensa frente a los poderes combinados del Estado, la Banca y las grandes empresas. Lo que nos espera en el futuro inmediato es lo que se ha ido cultivando en los últimos años, lo que se describe en este libro. No va a haber demasiadas resistencias a la generalización de la precaridad. El miedo provocado ha sido demasiado intenso como para ser olvidado de la noche a la mañana.
Tomando conciencia de esta situación, la periodista francesa Florence Aubenas quiso vivir en sus propias carnes la cotidianidad de los trabajadores más humildes, de aquellos desheredados de la fortuna que deben buscarse la vida, no para prosperar, sino meramente para sobrevivir. Para ello se inventó la identidad de una mujer recién separada, de unos cuarenta y cinco años, que no había trabajado nunca. Se desplazó a Caen y comenzó su peregrinación por el submundo de la búsqueda de empleo precario. La única posibilidad de su personaje radicaba en el sector de la limpieza. Pronto se va a dar cuenta de que debe hacer auténticos malabarismos para compatibilizar unos contratos con otros: ni siquiera alternando horas en cuatro empresas diferentes está garantizado un salario digno que permita vivir con tranquilidad. A la falta de estabilidad de los empleos se une su penosidad: en algunos casos, como la limpieza de los transbordadores del muelle de Ouistreham o en un camping, la faena ha de realizarse a toda velocidad, sin poder permitirse respirar y, en muchas ocasiones, dando más horas de las previstas, que nunca se pagarán.
La primera sensación que tiene el parado que emprende la búsqueda de empleo es la de un total desamparo por parte de un Estado que ha hecho dejación de sus funciones y las ha transferido a empresas privadas que se mueven por ánimo de lucro y cuyos empleados ya no son denominados trabajadores sociales, sino comerciales, más preocupados por mantener sus propios puestos que por resolver las situaciones que se les presentan todos los días. Francia está desbordada por la crisis y lo importante es maquillar las estadísticas (un arte que conocemos bien en España), fomentándose los contratos basura e incentivando la contratación a tiempo parcial, con tal de que dos personas trabajen la mitad y bajen las cifras del paro. Mientras tanto, los protagonistas del drama viven su situación entre la resignación y la desesperanza. Muchos de los trabajos que les ofrecen ni siquiera son rentables, ya que el gasto en gasolina para llegar a ellos y limpiar solo un par de horas no compensa. Pero deben aceptarlos, si no quieren ser incluidos en una especie de lista negra y no ser llamados más veces. Como resume una de las compañeras de trabajo de Florence:
"Cuanto más nos hacen trabajar, más nos sentimos como una mierda (...). Cuanto más nos sentimos como una mierda, más nos dejamos aplastar."
Mientras tanto los sindicatos tradicionales tampoco saben cómo afrontar la nueva situación. Son perdedores por partida doble, puesto que ya no cuentan como agentes de cambio social y a la vez son despreciados por los trabajadores precarios, que no pueden esperar nada de ellos. Aunque todavía son capaces de movilizar a algunos obreros, su influencia cada vez es más reducida:
"Por lo demás los sindicatos se consideran, en el mejor de los casos, clubs cerrados que sirven básicamente para proteger a sus propios miembros. En el peor, se les trata de "cabezas rojas" y de agitadores imprevisibles de los que no se puede esperar más que sangre y lágrimas. En cualquier caso conviene mantenerse alejado de ellos."
El muelle de Ouistreham no necesita hacer juicios de valor acerca de las consecuencias de la crisis en los más desfavorecidos, le basta con describir el infierno cotidiano al que se enfrentan, la humillación constante de quienes dependen en gran parte del azar para seguir pagando el alquiler y comiendo todos los días. En cierto modo, el libro de Aubenas sustituye a las grandes narraciones decimonónicas de Zola, Galdós o Dickens, como instrumento de denuncia de los sufrimientos de una clase obrera dividida, asustada, derrotada e indefensa frente a los poderes combinados del Estado, la Banca y las grandes empresas. Lo que nos espera en el futuro inmediato es lo que se ha ido cultivando en los últimos años, lo que se describe en este libro. No va a haber demasiadas resistencias a la generalización de la precaridad. El miedo provocado ha sido demasiado intenso como para ser olvidado de la noche a la mañana.
viernes, 2 de octubre de 2015
CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN OCTUBRE. EXPLORANDO OTRAS REALIDADES.
Los clubes de lectura no consisten solo en leer un libro en solitario y luego comentarlo en compañía. Son también auténticos viajes de exploración, en los que podemos recorrer regiones desconocidas con el auxilio de la mirada de los demás. Este mes por ejemplo podemos asomarnos al feminismo actual de la mano de una mujer que nos cuenta su experiencia de un modo divertido, a los prejuicios en las relaciones de pareja, a la intolerancia y supersticiones del siglo XVII en norteamérica o a la esclavitud moderna que supone para muchas personas buscarse la vida en medio de la crisis más devastadora de las últimas décadas. A la emoción que supone imbuirse en estos relatos literarios, ensayísticos o cinematográficos, se suma después la no menos atrayente de comparar la propia visión con la de los demás compañeros. A veces es fascinante cuanto nos parecemos en unas cosas y como tomamos distancia en otras. Los humanos estamos hechos de la misma materia, pero nuestra percepción de la realidad puede ser totalmente divergente respecto a la de los demás. Y eso es lo fascinante, lo que genera los mejores debates.
En otro orden de cosas, hablando de mi ciudad, tengo que decir que entre Vírgenes que son proclamadas novia de la ciudad, vírgenes que son condecoradas por la Guardia Civil y Cristos que son paseados por los legionarios (todo esto en el último mes, muy lejos todavía de la semana santa), hay una noticia estupenda: el regreso de la feria del libro de ocasión a Málaga. Y en un magnífico emplazamiento, la plaza de la Merced. Den un paseo por allí y aprovechen para rebuscar entre libros antiguos y restos de edición. Seguro que hay algún libro esperándoles. O más de uno. Y a precios excepcionales.
Respecto a los clubes de lectura de Más Libros Libres hablo de ellos en este enlace:
http://maslibroslibres.com/clubes-de-lectura-en-mas-libros-libres-en-octubre/
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial estamos leyendo un ensayo sobre la crisis, escrito por una periodista que se hizo pasar por una mujer separada que buscaba trabajo al comienzo de la crisis: El muelle de Ouistreham, de Florence Aubenas. Un gran éxito en el país vecino.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una nueva oportunidad de acercarse a uno de los grandes clásicos de las letras estadounidenses, para quien no lo hizo ya en el club de Más Libros Libres: Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.
En el club de lectura de la Librería Luces, una novela de uno de los más exitosos y mejores escritores españoles de la actualidad: La isla inaudita, de Eduardo Mendoza.
En el club de lectura de Fnac Málaga, otro clásico que ya fue comentado por aquí: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
En el club de lectura de la Casa del Libro de Málaga, todo un veterano en este tipo de talleres, seguramente porque su temática es ideal para organizar un gran debate: El lector, de Bernhard Schlink.
En los clubes de lectura del Centro Andaluz de las Letras, por una parte rinden homenaje al recientemente fallecido Oliver Sacks a través de su ensayo Alucinaciones y se acercan a una de las novelas más vendidas en los últimos años en Europa: La cena, de Herman Koch.
En el club de lectura del Ateneo de Málaga, precisamente un libro del que se habló por aquí hace un par de semanas, el gran clásico de la literatura iberoamericana, Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
En el club de lectura de la librería Proteo, cumpliendo con su programación de invitar a autores de la tierra, contarán con la presencia de Justo Navarro para hablar de su última novela, Gran Granada.
Y por fin, en el ciclo Literatura y cine de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, la película triunfadora en la ceremonia de los Oscar de 2013: Argo, de Ben Affleck. Hablaremos de las complicadas relaciones entre Estados Unidos e Irán.
Aprovechen estos días de tiempo tan espléndido, tómense algo en el nuevo Mercado de la Merced y paseen por los puestos de libros. ¡Felices lecturas!
En otro orden de cosas, hablando de mi ciudad, tengo que decir que entre Vírgenes que son proclamadas novia de la ciudad, vírgenes que son condecoradas por la Guardia Civil y Cristos que son paseados por los legionarios (todo esto en el último mes, muy lejos todavía de la semana santa), hay una noticia estupenda: el regreso de la feria del libro de ocasión a Málaga. Y en un magnífico emplazamiento, la plaza de la Merced. Den un paseo por allí y aprovechen para rebuscar entre libros antiguos y restos de edición. Seguro que hay algún libro esperándoles. O más de uno. Y a precios excepcionales.
Respecto a los clubes de lectura de Más Libros Libres hablo de ellos en este enlace:
http://maslibroslibres.com/clubes-de-lectura-en-mas-libros-libres-en-octubre/
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial estamos leyendo un ensayo sobre la crisis, escrito por una periodista que se hizo pasar por una mujer separada que buscaba trabajo al comienzo de la crisis: El muelle de Ouistreham, de Florence Aubenas. Un gran éxito en el país vecino.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una nueva oportunidad de acercarse a uno de los grandes clásicos de las letras estadounidenses, para quien no lo hizo ya en el club de Más Libros Libres: Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.
En el club de lectura de la Librería Luces, una novela de uno de los más exitosos y mejores escritores españoles de la actualidad: La isla inaudita, de Eduardo Mendoza.
En el club de lectura de Fnac Málaga, otro clásico que ya fue comentado por aquí: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
En el club de lectura de la Casa del Libro de Málaga, todo un veterano en este tipo de talleres, seguramente porque su temática es ideal para organizar un gran debate: El lector, de Bernhard Schlink.
En los clubes de lectura del Centro Andaluz de las Letras, por una parte rinden homenaje al recientemente fallecido Oliver Sacks a través de su ensayo Alucinaciones y se acercan a una de las novelas más vendidas en los últimos años en Europa: La cena, de Herman Koch.
En el club de lectura del Ateneo de Málaga, precisamente un libro del que se habló por aquí hace un par de semanas, el gran clásico de la literatura iberoamericana, Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
En el club de lectura de la librería Proteo, cumpliendo con su programación de invitar a autores de la tierra, contarán con la presencia de Justo Navarro para hablar de su última novela, Gran Granada.
Y por fin, en el ciclo Literatura y cine de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, la película triunfadora en la ceremonia de los Oscar de 2013: Argo, de Ben Affleck. Hablaremos de las complicadas relaciones entre Estados Unidos e Irán.
Aprovechen estos días de tiempo tan espléndido, tómense algo en el nuevo Mercado de la Merced y paseen por los puestos de libros. ¡Felices lecturas!
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