A veces leemos distraidamente titulares en la prensa que nos parecen mil veces vistos: asesinatos, ajustes de cuentas entre narcotraficantes. Todo rutina de un mundo sórdido que solo podemos atisbar. Sabemos que existe pero a la vez no tiene nada que ver con nosotros. Podemos ser testigos de una reyerta ocasional, de un vehículo que huye a toda velocidad de la policía. Lo contamos a nuestros amigos y familiares y al día siguiente seguimos con nuestras vidas y ese recuerdo se va evaporando: no nos pertenece. Pero ¿qué sucedería si la fatalidad nos hace partícipes de una de estas desagradables historias? Hitchcock era un especialista en narrar la experiencia de hombres corrientes enfrentados fortuitamente a acontecimientos extraordinarios. Este es el caso de Jaime, el protagonista de la nueva y magnífica novela de Pablo Aranda, que bebe del género negro sin olvidar el componente social de otras obras previas del mismo autor.
Jaime ha sido uno de esos seres que pasan desapercibidos en su etapa de estudiante, anulados por compañeros con un estilo de vida más rebeldes y a la vez más apetecibles sexualmente para las chicas, aunque ahora es él el que parece ser un imán para sus antiguos objetos de deseo, quizá porque ahora buscan a alguien más tranquilo y responsable. Si bien la vida de Jaime, en un primer vistazo, puede parecer anodina, hay ciertas peculiaridades en ésta bastante curiosas, a la vez que contradictorias. El protagonista es capaz de asumir la paternidad de un hijo que no es suyo y su sentido ético llega hasta el punto de devolver un dinero que quizá nunca será reclamado, pero por otra parte Jaime sufre de vez en cuando conatos de ira que casi siempre logra guardar en su interior, algo que quizá le sirva para actuar con una frialdad poco común cuando se ve enfrentado a circunstancias que no ha buscado, pero que ponen en peligro su vida y la de sus (pocos) seres queridos.
Uno de los mayores aciertos de El protegido es el saber insertar en la novela elementos dispares logrando con ello una historia muy coherente: la cotidianidad de la existencia de un joven que no encuentra la estabilidad vital, el tráfico de drogas, la fina línea que separa la culpabilidad y la inocencia, la ingrata labor de la policía o la adaptación de los inmigrantes económicos a la costa del Sol. En este último aspecto, es importante referirse a Marián, una marroquí adaptada plenamente a las costumbres de occidente, pero que conserva el estigma de sus orígenes. El mismo autor se refiere a ella en una entrevista publicada en El cultural:
"En concreto, me
interesa el desarraigo, del que ya me he ocupado en libros anteriores. Y
para tratar esto el inmigrante es un sujeto perfecto: no es de aquí
pero, al emigrar, tampoco es de allí. En el caso del personaje de
Marián, ella es inmigrante, musulmana y mujer; y cometió el error de
comportarse en Marruecos como una francesa y aquí, en España, aunque
está liberada y va a la universidad, sigue siendo una emigrante."
Entre todos estos acontecimientos, tan anodinos para el lector de periódicos, pero tan insólitos para quien no está acostumbrado a protagonizarlos, se alza la voz interior de Jaime, ese ser cambiante, capaz de adaptarse a las circunstancias y que, a pesar de las mujeres que marcaron su pasado inmediato, parece haberse enamorado por primera vez. Amor y muerte, conceptos difusos y aparentemente antagónicos, se dan cita en una novela de esas que se merece un lugar como la Costa del Sol, donde solo un observador meticuloso de la realidad como Pablo Aranda es capaz de auscultar los hechos cotidianos y dotarlos de un sentido que permanece oculto, de explorar aquellos rincones sórdidos de una ciudad turística como Torremolinos. Una narración ágil en la que - y este es uno de los mejores elogios que pueden hacerse a El protegido - el lector siente la misma angustia que el protagonista en muchos de sus pasajes. Quizá se trate de la mejor publicación de Aranda hasta la fecha. Absolutamente recomendable.
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viernes, 16 de octubre de 2015
viernes, 12 de julio de 2013
LOS SOLDADOS (2013), DE PABLO ARANDA. TRAS LOS MUROS DE LA CASA CUARTEL.
En Los dos lados de la ventana, el pequeño ensayo que Pablo Aranda escribió para la feria del libro malagueña de 2007, el autor de Ucrania compara las estanterías de los muebles librería con rascacielos llenos de ventanas con vidas que podemos tomar prestadas. Parece ya un tópico, pero es totalmente cierto: ensimismarse entre las páginas de un libro es como dejar temporalmente este mundo y existir temporalmente en otro en el que, como ocurre en el que habitamos, el final siempre es incierto:
"Compartir este milagro, la conciencia de este poder y esta responsabilidad que supone descorrer las cortinas, lanzar una piedra contra el cristal de una ventana, un cabezazo contra el vidrio que nos permitirá otras vidas, abandonar la cama o el sillón esquinado y ser otro, otra, sentir que la vida crece a lo ancho, que la vida es una pradera donde estamos solos, solos, vulnerables, refugiados tras una ventana de un rascacielos horizontal, este tren, esta vida que son tantas vidas."
Hace ya muchos años que Pablo Aranda decidió aportar su granito de arena en la construcción de estos grandes rascacielos y comenzó una obra literaria - al principio en secreto, según nos comentó hace un par de años - que debe mucho a la observación profunda de los seres que habitan su ciudad, Málaga, seres poco heroicos a primera vista, de vidas ordinarias y humildes, pero profundamente humanos, ya que podemos reconocernos en ellos. Así sucede con los personajes de Los soldados, su última novela, en la que, si bien continua explorando su universo literario malagueño, nos traslada también a Bilbao y, sobre todo, explora el miscrocosmos cerrado de un cuartel de la Guardia Civil.
Lo primero que sorprende de Los soldados es la agilidad narrativa de la que ha dotado en esta ocasión a su obra el escritor malagueño. Sus capítulos son pequeños y precisos, de dos o tres páginas a lo sumo, con un desorden cronológico y geográfico de estructura muy estudiada: un pequeño puzzle cuyas piezas encajan a la perfección y que el lector va armando casi con ansiedad, deseando conocer nuevos elementos de una trama bien hilvanada, que va dosificando sabiamente la información. En esta ocasión, la psicología de los personajes, sus pensamientos, son menos extensos que en anteriores narraciones, pero mucho más precisa. Los soldados se lee en un suspiro y deja una excelente sensación, la de haber asistido a una historia verosímil, protagonizada por gente común que se ve envuelta en circunstancias excepcionales.
Uno de los puntos de mayor interés de la novela es la descripción de la vida cotidiana de los guardias civiles y sus familias: sus pequeñas intrigas, sus envidias, sus miedos y su hábitat, apartado del resto de la sociedad por los muros de una casa-cuartel, con sus propias reglas y sus propias jerarquías, casi como si de monjes soldado se tratara. Lo curioso es que el autor no es un profundo conocedor de esta realidad, por lo que debió documentarse y dejar el resto a la imaginación. Así lo comentaba Pablo Aranda en una entrevista concedida al diario ABC:
"Me interesa la atmósfera de la casa cuartel, que yo no conozco. Sólo tuve contacto con un guardia civil retirado al que veía en un café y le preguntaba cosas sobre la vida doméstica de la casa cuartel: ¿había ascensor?, ¿cuántas plantas? Quería imaginármela y reflexionar acerca de cómo estamos condicionado por los orígenes. Creo que somos muy localistas: por regiones, por ciudades, por barrios. En esta novela quería pisotear los convencionalismos."
El resultado es muy convincente: refleja muy bien lo que significa nacer en un mundo cerrado que nunca se puede dejar por completo, como bien sabe Fran, el protagonista.
Para una ciudad como Málaga, que no se caracteriza por su abundancia de buenos escritores, es un lujo contar con uno en plena y feliz evolución narrativa, que seguramente se consolidará en sus próximas obras, que esperamos con gran interés.
"Compartir este milagro, la conciencia de este poder y esta responsabilidad que supone descorrer las cortinas, lanzar una piedra contra el cristal de una ventana, un cabezazo contra el vidrio que nos permitirá otras vidas, abandonar la cama o el sillón esquinado y ser otro, otra, sentir que la vida crece a lo ancho, que la vida es una pradera donde estamos solos, solos, vulnerables, refugiados tras una ventana de un rascacielos horizontal, este tren, esta vida que son tantas vidas."
Hace ya muchos años que Pablo Aranda decidió aportar su granito de arena en la construcción de estos grandes rascacielos y comenzó una obra literaria - al principio en secreto, según nos comentó hace un par de años - que debe mucho a la observación profunda de los seres que habitan su ciudad, Málaga, seres poco heroicos a primera vista, de vidas ordinarias y humildes, pero profundamente humanos, ya que podemos reconocernos en ellos. Así sucede con los personajes de Los soldados, su última novela, en la que, si bien continua explorando su universo literario malagueño, nos traslada también a Bilbao y, sobre todo, explora el miscrocosmos cerrado de un cuartel de la Guardia Civil.
Lo primero que sorprende de Los soldados es la agilidad narrativa de la que ha dotado en esta ocasión a su obra el escritor malagueño. Sus capítulos son pequeños y precisos, de dos o tres páginas a lo sumo, con un desorden cronológico y geográfico de estructura muy estudiada: un pequeño puzzle cuyas piezas encajan a la perfección y que el lector va armando casi con ansiedad, deseando conocer nuevos elementos de una trama bien hilvanada, que va dosificando sabiamente la información. En esta ocasión, la psicología de los personajes, sus pensamientos, son menos extensos que en anteriores narraciones, pero mucho más precisa. Los soldados se lee en un suspiro y deja una excelente sensación, la de haber asistido a una historia verosímil, protagonizada por gente común que se ve envuelta en circunstancias excepcionales.
Uno de los puntos de mayor interés de la novela es la descripción de la vida cotidiana de los guardias civiles y sus familias: sus pequeñas intrigas, sus envidias, sus miedos y su hábitat, apartado del resto de la sociedad por los muros de una casa-cuartel, con sus propias reglas y sus propias jerarquías, casi como si de monjes soldado se tratara. Lo curioso es que el autor no es un profundo conocedor de esta realidad, por lo que debió documentarse y dejar el resto a la imaginación. Así lo comentaba Pablo Aranda en una entrevista concedida al diario ABC:
"Me interesa la atmósfera de la casa cuartel, que yo no conozco. Sólo tuve contacto con un guardia civil retirado al que veía en un café y le preguntaba cosas sobre la vida doméstica de la casa cuartel: ¿había ascensor?, ¿cuántas plantas? Quería imaginármela y reflexionar acerca de cómo estamos condicionado por los orígenes. Creo que somos muy localistas: por regiones, por ciudades, por barrios. En esta novela quería pisotear los convencionalismos."
El resultado es muy convincente: refleja muy bien lo que significa nacer en un mundo cerrado que nunca se puede dejar por completo, como bien sabe Fran, el protagonista.
Para una ciudad como Málaga, que no se caracteriza por su abundancia de buenos escritores, es un lujo contar con uno en plena y feliz evolución narrativa, que seguramente se consolidará en sus próximas obras, que esperamos con gran interés.
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viernes, 25 de noviembre de 2011
LA OTRA CIUDAD (2003), DE PABLO ARANDA. SOBREVIVIR EN LA CIUDAD AGRESIVA.

Pablo Aranda visitó ayer por segunda vez el club de lectura de la biblioteca Cristóbal Cuevas para hablar con nosotros acerca de su primera novela, que quedó finalista del premio Primavera. Agradecerle desde aquí su gesto, aunque él repita que el gusto es suyo, pues tanto la tertulia en torno a su libro, como la charla-cena posterior, más distendida, sirvieron para conocer un poco mejor la técnica y las influencias de uno de los escritores más prestigiosos de Málaga, que promete volver siempre que se lo pidamos.
La primera impresión que tuve como lector de "La otra ciudad" es la de encontrarme con una novela de estructura y temática parecidas a "Ucrania", aunque en esta última la técnica narrativa está mucho más depurada. En "La otra ciudad" la escritura es mucho más densa, lo cual no quiere decir que su lectura sea difícil. Es prodigioso que en una primera novela, que Pablo, según nos comentó, escribió prácticamente en secreto, los rasgos de madurez sean tan acentuados. A mí el estilo de Pablo me transmite seguridad y, lo que es más importante, la certeza de que ha sabido crear un mundo propio, que se parece mucho a la Málaga real, la que habitamos y padecemos todos los días. Los personajes son tan imperfectamente humanos que alguien comentó que mientras leía, prácticamente podía verlos actuar.
Según nos comentó el autor el primer esbozo de la novela surgió de un hecho nimio. Pablo trabajaba como educador en un piso habitado por enfermos mentales a los que se ayuda a ser independientes en la medida de lo posible. Un día de junio muy caluroso caminaba con tres de ellos por la zona del colegio La Goleta, zona en aquella época de derribo de edificios antiguos para sustituirlos por construcciones feas y sin personalidad. Mientras pasaban por un solar todavía sin construir, un drogadicto ya casi en las últimas les pidió un cigarro. Ellos pasaron de largo, pero a Pablo se le activó un resorte mental que acabaría convirtiéndose en una novela. ¿Quién era antes aquel ser que se confundía con las propias ruinas de la ciudad? ¿Fue durante un tiempo el rey del barrio, el chulo al que todos los muchachos miraban con respeto y admiración?
La novela se construye a partir de la imagen de cuatro hombres caminando a pleno Sol por el mar de derribos que era la zona de calle Ollerías y alrededores hace diez años. A través de la vida de Paco, el protagonista, conocemos los avatares de las vidas de los seres que le rodean en el medio hostil que es el centro de Málaga, donde tan fácil es para un muchacho caer en un círculo vicioso de drogas y delincuencia, especialmente para Paco, con un hermano traficante y drogadicto, un padre alcohólico y una madre depresiva. Paco sobrevivirá a todo esto y logrará construirse una vida humilde, pero vida al fín y al cabo.
La otra gran protagonista del relato es la ciudad, de la que se nos ofrecen continuamente imágenes muy vivas que dan aún más verosimilitud a las acciones de los personajes. Le pedimos a Pablo que nos leyera el siguiente fragmento:
"El centro de la ciudad ahora desplazado hacia el oeste. Lo que fue el interior de la ciudad musulmana hoy crece por los arrabales, dejando al centro convertido en un arrabal demolido. Agotado el arrabal que fue el interior de la ciudad amurallada de la que por la noche tenían que salir todos los no cristianos hacia los arrabales que hoy son el centro, la ciudad privilegiada que nadie osa aún hoy – aunque por razones bien distintas – salir para adentrarse de noche en los callejones que desembocan en mares de escombros de lo que fuera el centro memorable. Centro donde muchos sueñan con la posibilidad de construir, en una de esas parcelas obtenidas del arranque, o en hacer tratados costumbristas más cercanos a la sociología que al urbanismo sobre cómo fuera – como si ya no quedara nadie, Dios mío – la vida en esa parte de la ciudad en la que aún cruzan seres que son fósiles las callejas y miran los cortes transversales de lo que fueran casas habitadas por gentes como esos mismos fósiles. La ciudad que va dejando de ser ciudad para convertirse, dicen, otra vez en ciudad, en pocos años, en cuanto consigan ordenar todo: ideas, proyectos, dinero fósiles. En pocos años otra ciudad, pero mientras qué."
Personalmente me llamaron la atención dos cuestiones. Que el autor esté presente en el taller me permitió aclararlas sin problemas. Por un lado, la construcción no lineal del relato. Pablo no había realizado un esquema previo de la estructura de la narración. Mientras avanzaba en la escritura, iba realizando las correcciones precisas y apuntando las notas imprescindibles para que después el lector nunca se encontrara perdido en los saltos temporales de pasado a presente en que abunda la novela. Personalmente le felicité también por un personaje secundario, el padre de Paco, el Mamao, un alcohólico muy bien construido, que podría dar lugar a una novela dedicada sólo a él.
Significativamente uno de los personajes de la novela escribe un ensayo titulado "La ciudad agresiva". La ciudad inclemente, que devora a sus propios hijos, que establece unas reglas de supervivencia muy estrictas y que raramente ofrece segundas oportunidades. La aguda mirada de Pablo Aranda ha construido una obra, un universo propio, donde el lector puede reconocer su propia realidad, pero con mucha más riqueza de matices, desde puntos de vista inéditos.
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viernes, 25 de marzo de 2011
UCRANIA (2006), DE PABLO ARANDA. MÁLAGA-LVOV-MÁLAGA

Málaga no es una ciudad con una gran tradición literaria. Ni siquiera en el siglo XIX, cuando se desarrollaba la industria y los conflictos laborales estaban a la orden del día no existió entre nosotros ningún sucedáneo de Galdós que recogiera tan interesantes acontencimientos. De ello hablaré un poco más extensamente en el artículo dedicado al último libro de Antonio Soler. Decía esto porque, al menos ahora, Málaga puede presumir de contar con algunos buenos escritores que son reconocidos a nivel nacional. Uno de ellos es Pablo Aranda, que el lunes pasado nos honró con su visita, para compartir con nosotros el club de lectura dedicado a su novela "Ucrania".
"Ucrania" es una novela de estructura complicada, como un gran puzzle que el lector debe ir armando mientras avanza en la lectura. No es un trabajo tan complicado como pudiera parecer, pues la escritura de Aranda, elegante y cristalina, facilita la tarea y bien pronto podemos seguir su sencilla trama entre saltos temporales e importantes lagunas, puestas ahí a conciencia para que el lector decida como se desarrollaron determinados acontecimientos, teniendo en cuenta el carácter de los personajes.
Aranda habla de un periodo que suele recordarse como la edad dorada, la adolescencia, pero que, si lo miramos con atención, no lo es tanto. Se trata de una etapa difícil, donde todo está por construir, donde la frustración es un enemigo constante. Como reflexiona Laura, uno de los personajes:
"La adolescencia (...) ¿acaso éramos felices? (...) La desolación de ir a la cama sin sueño, sin hambre, sin besos a los que regresar a oscuras. La adolescencia."
Jorge, el protagonista, (acerca de cuya inteligencia mantuvimos un pequeño debate en la reunión) es un muchacho desarraigado, sin muchas expectativas de futuro, un muchacho de barrio muy falto de cariño. El típico chico, según palabras de Aranda, que cuando falta algunos días a clase, nadie lo echa en falta. Un día conoce por internet a una chica ucraniana. Jorge, a pesar de las advertencias de sus amigos, la trae a España, para casarse con ella, pero sin aceptar el dinero que ella le ofrece, aún a sabiendas de que le está utilizando para conseguir asentarse en España. Aunque parece que Jorge da mucho a cambio de casi nada, él tiene otra visión, desde su punto de vista ha sido capaz de tomar una decisión, con todas sus consecuencias.
En esta historia, como sucede en la propia vida, se entrecruzan muchas otras, algunas directamente relacionadas, otras un poco más descolgadas del argumento principal, como la del hermano de Jorge. Son pequeñas miradas a momentos vitales que no siempre tienen que ser decisivos, pero siempre importantes. Una mirada serena al pasado a veces nos desvela detalles (como sucede continuamente en "Ucrania") cuya significación solo podemos apreciar con la experiencia que dan los años. Dejo aquí algunas interesantes declaraciones del autor, en una entrevista a El País de diciembre de 2006:
"La historia me interesa mucho, pero es una excusa para meterme en el interior de los personajes. En Ucrania hay uno que me lo imaginaba yo como el típico compañero de clase que si un día falta a clase nadie se da cuenta. Me gusta indagar en la vida de una persona.
Me gusta jugar con las casualidades. Es divertido que una persona pueda coincidir con otra, que sus vidas se crucen, y que lleguen a saberlo con el tiempo o no saberlo nunca.
Intento que las historias no acaben con flecos sueltos, sino que se entrecrucen. Eso pasa con la historia de la ucraniana y con la vida de uno de los tres adolescentes a los que retrato."
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