Madrid es una de esas ciudades en las que la vida cultural y literaria se respira en sus calles. No solo por la cantidad de librerías de todo tipo que atesora o por sus museos, sino por la dilatada nómina de autores que han residido en ella y han ambientado allí sus historias. Galdós, por ejemplo, cuenta con varios discretos homenajes que es entretenido buscar mientras uno pasea por allí. Pero lo más sorprendente de todo son las exposiciones temporales de primerísima categoría de las que uno puede gozar en cualquier momento del año: la espiritualidad de Rogier Van der Weyden, cuyas fastuosas crucifixiones parecen recién pintadas, después de las cuidadosas restauraciones de las que han sido objeto o la increíble colección de los siglos XIX y XX del museo de Basilea: Picasso, Ernst, Giacometti, Klee, Munch, Léger, Wharhol, Van Gogh, Monet, Manet, Gaughin, Pissarro, Modigliani... Distintas formas de expresar lo mejor y lo peor del espíritu humano, de reflejar la belleza de la naturaleza o lo absurdo de la existencia.
También merece la pena subir a la terraza del remodelado Ayuntamiento (vamos a excluir de aquí la polémica sobre el altísimo coste de la obra) en la plaza de Cibeles y contemplar la amplísima extensión de la ciudad, reconociendo la silueta de los edificios más importantes, sobre todo en un día tan claro como fue el domingo pasado. Uno no puede dejar de evocar al Diablo Cojuelo de Luis Vélez de Guevara levantando los tejados de Madrid para que los espectadores oteemos los vicios de sus habitantes, como si fueran personajes de la comedia de la vida.
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, comienza el mes con la lectura de un clásico moderno: La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.
En el club de lectura de Más Libros Libres, una de las distopías más terribles jamás escritas, que siempre está de actualidad: 1984, de George Orwell.
En el club de ensayo de Más Libros Libres abordamos un interesante volumen que ya se presentó hace un par de meses en La Noria: Las caras de Bélmez ¿fantasmas o fantasmadas? de nuestro amigo Juan Manuel Alonso.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una novela de uno de los escritores españoles más relevantes de este momento: Absolución, de Luis Landero.
En los clubes de lectura del Centro Andaluz de las Letras, propuestas de lo más variado: La isla de la última verdad, de Flavia Company, Las vidas de las mujeres, de la premio Nobel Alice Munro y El trapero del tiempo, de Rafael García Maldonado.
En el club de lectura del Ateneo de Málaga, una novela excelentemente construída del maestro Onetti: El astillero.
En el club de lectura de Casa del Libro un clásico moderno que aborda el problema de la culpa: El cabellero provisional, de Sebastian Barry.
En el club de lectura de la Librería Luces, Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri, excelentes cuentos sobre emigrantes de La India en Estados Unidos.
En el club de lectura de Fnac Málaga, todo un clásico de nuestra literatura, que fue objeto de una recordada adaptación cinematográfica por parte de José Luis Cuerda: El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez.
En el club de lectura Encuentro con los clásicos, de Arroyo de la Miel, se viaja a los orígenes del teatro con Las suplicantes, de Esquilo.
En el club de visionado obligatorio, una película portuguesa que rinde homenaje al lenguaje del cine mudo: Tabú, de Miguel Gomes.
Y por fin, dentro de las actividades del Festival de Cine de Málaga, veremos la interesante Grupo 7, de Alberto Rodríguez (director de La isla mínima) y debatiremos acerca de los fundamentos de la lucha contra el narcotráfico en España y en el mundo.
Quiero recomendarles también un evento del que seguramente seré moderador, a celebrar en el Salón de Actos de La Noria: se trata de una Mesa Redonda en la que jóvenes autores y creadores debatirán acerca de cómo ha afectado la crisis al mundo cultural. Más información aquí:
http://www.slideshare.net/MasLibrosLibres/mesa-redonda-nuevos-autores-ms-libros-libres-46684464
¡Felices lecturas!
lunes, 6 de abril de 2015
martes, 31 de marzo de 2015
EL PAÍS DEL MIEDO (2008), DE ISAAC ROSA. NUESTROS TERRORES COTIDIANOS.
Hay muchos libros que hablan de eso: vivimos en la sociedad del miedo. Paradójicamente, cuanto más evolucionamos, cuando la vida se va haciendo más confortable y segura respecto a la de nuestros antepasados, más temores acumulamos. Quizá porque tenemos más que perder y no sabríamos como enfrentarnos a ello. A ésto contribuye también nuestro cada vez más permanente acceso a toda clase de informaciones y opiniones. Cualquier hecho que antes solo tenía cabida en un pequeño espacio de la página de sucesos del periódico local hoy puede ser acrecentado y provocar una desmesurada alarma social. Una catástrofe aérea, por ejemplo, provoca un irracional miedo a volar, porque el hombre es un animal muy impresionable, capaz de representarse un hipotético futuro en carne propia, de ser empático en cuanto a los sufrimientos y los miedos ajenos.
En mi ciudad, por ejemplo, en los ochenta la gente vivía con miedo a los tirones de bolsos y a los atracos: era algo muy habitual, eran los años duros de la heroína, pero aún así los niños seguíamos saliendo a jugar solos a la calle. Y alguna vez recibíamos algún susto, pero al día siguiente estábamos otra vez dándole patadas al balón en el asfalto. Hoy, que han disminuido este tipo de delitos, la obsesión está en las intrusiones en el hogar, ya sea por la fuerza, ya sea por la astucia del ladrón, que puede disfrazarse, por ejemplo, de inspector de la compañía del gas y entrar impunemente en la casa del confiado propietario. Hay programas muy alarmistas en televisión que advierten de nuevos tipos de delitos, que instan al espectador a mantenerse siempre alerta. Algo muy típico de nuestro tiempo. Así lo expresaba el propio Isaac Rosa en una entrevista que concedió a El País cuando fue publicada su novela:
"Cuando uno alcanza ciertos niveles de seguridad y de protección aspira a una seguridad absoluta. Y esa búsqueda genera ansiedad. Vivimos un tiempo de incertidumbres que nos hacen sentir vulnerables, que a lo mejor no sabemos nombrar ni definir, que tiene que ver con lo social, lo económico, lo afectivo, y al final lo derivamos a otro tipo de inseguridades o amenazas más evidentes, cuando realmente la incertidumbre es otra.
(...) Nos sentimos amenazados hacia el futuro, sobre todo por cuestiones que generaban más seguridad y ahora están menos estructuradas, como el trabajo. Los asuntos relacionados con los afectos o la familia que no somos capaces de ponerlos en claro y buscamos fantasmas ya identificados."
Carlos, el protagonista de El país del miedo, vive obsesionado por este tipo de temores de carácter urbano. Es un hombre extremadamente civilizado y a la vez extremadamente prudente, hasta el punto de que examina los pros, los contras y los peligros implícitos en cada acción, incluso en las más cotidianas. Por eso, cuando su hijo empieza a tener problemas con un compañero del colegio, que abusa de él, no sabe cómo reaccionar. Su situación tiene algo de pesadillesca, aunque de pesadilla leve: no sabe cómo reaccionar ante las amenazas verbales y físicas de un adolescente. No puede enfrentarse directamente a él, porque se arriesga a ser acusado de agresión a un menor y además teme que el muchacho pueda con él. Tampoco puede acudir a la policía, porque imagina que no tomarán en serio la presunta amenaza. La única solución que se le ocurre es intentar aplacar a la bestia a base de ofrendas en forma de dinero, aunque, como es lógico, esta solución no hace más que acrecentar el problema.
Carlos sabe que hay formas más expeditivas de enfrentar el asunto, pero nunca se atrevería: su mente no funciona por impulsos, sino por la más estricta racionalidad, la racionalidad que hace que todos podamos convivir pacíficamente en sociedad. Sin embargo, la gente así necesita sentirse protegida, sobre todo los más aprensivos a la violencia, como el protagonista. Ahí es donde aparece el conflicto: ¿debe renunciarse alguna vez a los principios más sagrados para proteger el bienestar familiar?
El país del miedo es una obra original e interesante, aunque de estructura algo desproporcionada. Empieza con una interminable descripción de miedos y tarda en entrar en materia, pero una vez asentada en la historia, la novela va de menos a más. Quizá la clave de su interés estribe en que todos podemos sentirnos identificados en cierto modo con un protagonista un tanto pánfilo, pero a la vez tan prudente, racional y civilizado como la mayoría de nosotros.
En mi ciudad, por ejemplo, en los ochenta la gente vivía con miedo a los tirones de bolsos y a los atracos: era algo muy habitual, eran los años duros de la heroína, pero aún así los niños seguíamos saliendo a jugar solos a la calle. Y alguna vez recibíamos algún susto, pero al día siguiente estábamos otra vez dándole patadas al balón en el asfalto. Hoy, que han disminuido este tipo de delitos, la obsesión está en las intrusiones en el hogar, ya sea por la fuerza, ya sea por la astucia del ladrón, que puede disfrazarse, por ejemplo, de inspector de la compañía del gas y entrar impunemente en la casa del confiado propietario. Hay programas muy alarmistas en televisión que advierten de nuevos tipos de delitos, que instan al espectador a mantenerse siempre alerta. Algo muy típico de nuestro tiempo. Así lo expresaba el propio Isaac Rosa en una entrevista que concedió a El País cuando fue publicada su novela:
"Cuando uno alcanza ciertos niveles de seguridad y de protección aspira a una seguridad absoluta. Y esa búsqueda genera ansiedad. Vivimos un tiempo de incertidumbres que nos hacen sentir vulnerables, que a lo mejor no sabemos nombrar ni definir, que tiene que ver con lo social, lo económico, lo afectivo, y al final lo derivamos a otro tipo de inseguridades o amenazas más evidentes, cuando realmente la incertidumbre es otra.
(...) Nos sentimos amenazados hacia el futuro, sobre todo por cuestiones que generaban más seguridad y ahora están menos estructuradas, como el trabajo. Los asuntos relacionados con los afectos o la familia que no somos capaces de ponerlos en claro y buscamos fantasmas ya identificados."
Carlos, el protagonista de El país del miedo, vive obsesionado por este tipo de temores de carácter urbano. Es un hombre extremadamente civilizado y a la vez extremadamente prudente, hasta el punto de que examina los pros, los contras y los peligros implícitos en cada acción, incluso en las más cotidianas. Por eso, cuando su hijo empieza a tener problemas con un compañero del colegio, que abusa de él, no sabe cómo reaccionar. Su situación tiene algo de pesadillesca, aunque de pesadilla leve: no sabe cómo reaccionar ante las amenazas verbales y físicas de un adolescente. No puede enfrentarse directamente a él, porque se arriesga a ser acusado de agresión a un menor y además teme que el muchacho pueda con él. Tampoco puede acudir a la policía, porque imagina que no tomarán en serio la presunta amenaza. La única solución que se le ocurre es intentar aplacar a la bestia a base de ofrendas en forma de dinero, aunque, como es lógico, esta solución no hace más que acrecentar el problema.
Carlos sabe que hay formas más expeditivas de enfrentar el asunto, pero nunca se atrevería: su mente no funciona por impulsos, sino por la más estricta racionalidad, la racionalidad que hace que todos podamos convivir pacíficamente en sociedad. Sin embargo, la gente así necesita sentirse protegida, sobre todo los más aprensivos a la violencia, como el protagonista. Ahí es donde aparece el conflicto: ¿debe renunciarse alguna vez a los principios más sagrados para proteger el bienestar familiar?
El país del miedo es una obra original e interesante, aunque de estructura algo desproporcionada. Empieza con una interminable descripción de miedos y tarda en entrar en materia, pero una vez asentada en la historia, la novela va de menos a más. Quizá la clave de su interés estribe en que todos podemos sentirnos identificados en cierto modo con un protagonista un tanto pánfilo, pero a la vez tan prudente, racional y civilizado como la mayoría de nosotros.
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sábado, 28 de marzo de 2015
CHAPPIE (2015), DE NEIL BLOMKAMP. EL CORTOCIRCUITO DE ROBOCOP.
Hace pocos años el nombre de Neil Blomkamp saltó a la fama gracias a un debut muy afortunado. En Distrito 9 el espectador disfrutaba de una inteligente trama de ciencia ficción que podía ser leída como una metáfora del mundo actual, lleno de fronteras y de refugiados que anhelan saltar al primer mundo. Su siguiente película Elysium tenía muy buen planteamiento, abundando en la estética feista de ciencia ficción de un futuro inmediato, atreviéndose a llevar los problemas de nuestra sociedad hasta sus últimas consecuencias, pero su trama era muy floja y su último tercio se hacía cansino y repetitivo. Los más optimistas supusimos que este fue un tropiezo pasajero y que en su tercera película Blomkamp daría lo mejor de sí mismo. Lo que nos ha ofrecido es un auténtico desastre de principio a fin.
Y es que de Chappie solo se pueden salvar los primeros diez minutos, cuando presenta la ciudad de Johanesburgo como un foco de delincuencia (al estilo del Detroit de Robocop) que solo puede ser estirpada a través de un cuerpo policial compuesto por robots. Mientras tanto, en la empresa que los fabrica, un joven genio ha descubierto cómo aplicar inteligencia artificial a estas creaciones. Ante la negativa de su jefa a experimentar con su hallazgo, se lleva a casa uno de los robots, pero por el camino es asaltado por tres peculiares delincuentes, que le exigen, nada menos, que ponga a la máquina al servicio de su banda, para saldar una deuda contraída con otro matón casi tan ridículo como ellos.
Y aquí es donde Chappie se convierte en un sinsentido, en una historia sin pies ni cabeza, donde el joven creador aparece por la guarida de los delincuentes cada vez que le apetece para regañarles y todos intentan ganarse los favores de un Chappie al que, más que una inteligencia artificial, parecen haberle instalado un programa salido de los primeros Spectrum. Todo es absurdo en esta película, que oscila entre el drama, la comedia y unas presuntas reflexiones profundas de la ciencia ficción cuyo planteamiento resulta más bien risible. Sus actores, desde un Hugh Jackman que en ningún momento se hace con un papel absolutamente plano, hasta los delincuentes, que por lo visto son en realidad los miembros de un grupo de rock sudafricano, no son capaces de transmitir la más mínima emoción ni credibilidad, porque parecen perdidos en todo momento en una trama confusa y más absurda a cada instante.
Pero lo peor se reserva para el final, porque al sentimiento de incongruencia se une el de vergüenza ajena, algo muy difícil de soportar para un espectador que ha pagado religiosamente su entrada. Es como si Blomkamp se quisiera reir de nosotros a base de ridiculeces cada vez peor disimuladas, con un uso penoso de la cámara lenta y de la música para resaltar momentos presuntamente emotivos. Y no termina aquí la catarata de despropósitos: todavía nos queda por ver el legado del robot: conciencas humanas que pueden ser descargadas directamente a través de un pendrive... Si, como se ha dicho, Blomkamp va a ser el encargado de revitalizar la saga Alien, es mejor que los productores se lo piensen dos veces.
Y es que de Chappie solo se pueden salvar los primeros diez minutos, cuando presenta la ciudad de Johanesburgo como un foco de delincuencia (al estilo del Detroit de Robocop) que solo puede ser estirpada a través de un cuerpo policial compuesto por robots. Mientras tanto, en la empresa que los fabrica, un joven genio ha descubierto cómo aplicar inteligencia artificial a estas creaciones. Ante la negativa de su jefa a experimentar con su hallazgo, se lleva a casa uno de los robots, pero por el camino es asaltado por tres peculiares delincuentes, que le exigen, nada menos, que ponga a la máquina al servicio de su banda, para saldar una deuda contraída con otro matón casi tan ridículo como ellos.
Y aquí es donde Chappie se convierte en un sinsentido, en una historia sin pies ni cabeza, donde el joven creador aparece por la guarida de los delincuentes cada vez que le apetece para regañarles y todos intentan ganarse los favores de un Chappie al que, más que una inteligencia artificial, parecen haberle instalado un programa salido de los primeros Spectrum. Todo es absurdo en esta película, que oscila entre el drama, la comedia y unas presuntas reflexiones profundas de la ciencia ficción cuyo planteamiento resulta más bien risible. Sus actores, desde un Hugh Jackman que en ningún momento se hace con un papel absolutamente plano, hasta los delincuentes, que por lo visto son en realidad los miembros de un grupo de rock sudafricano, no son capaces de transmitir la más mínima emoción ni credibilidad, porque parecen perdidos en todo momento en una trama confusa y más absurda a cada instante.
Pero lo peor se reserva para el final, porque al sentimiento de incongruencia se une el de vergüenza ajena, algo muy difícil de soportar para un espectador que ha pagado religiosamente su entrada. Es como si Blomkamp se quisiera reir de nosotros a base de ridiculeces cada vez peor disimuladas, con un uso penoso de la cámara lenta y de la música para resaltar momentos presuntamente emotivos. Y no termina aquí la catarata de despropósitos: todavía nos queda por ver el legado del robot: conciencas humanas que pueden ser descargadas directamente a través de un pendrive... Si, como se ha dicho, Blomkamp va a ser el encargado de revitalizar la saga Alien, es mejor que los productores se lo piensen dos veces.
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viernes, 27 de marzo de 2015
TERRITORIO LÍQUIDO (2014) DE AA.VV. RELATOS DE LA INCERTIDUMBRE.
Hace un par de semanas el suplemento cultural Babelia dedicaba una página al auge de los talleres de escritura. Bajo el título "¿Se puede enseñar a escribir?", publicaba dos artículos discordantes acerca de la verdadera utilidad de la asistencia a estos cursos. Para Ernesto Mallo, servían solo como acicate de un talento ya incipiente, pero para José Antonio Millán, las técnicas del oficio de escritor pueden aprenderse. En lo que ambos coinciden es que es necesario un trabajo intenso para que uno se convierta en algo parecido a un escritor profesional.
Si yo tuviera que contestar a esta pregunta diría que la escritura tiene mucho de irracional, de dejarse guiar por los sentimientos en el momento de plasmar una historia sobre una hoja de papel en blanco. Yo creo que para esta actividad no existen unas reglas ortodoxas: depende a la vez del trabajo duro, de la lectura de buenos autores y de saber aprovechar los estados de inspiración, que en algunos se dan más frecuentemente que en otros. Pero tengo muy claro que un taller de escritura es para el escritor lo que un gimnasio para el deportista: un centro de entrenamiento para mejorar las propias capacidades.
Si bien la escritura por definición ha sido tradicionalmente una
actividad solitaria, un enfrentamiento, a veces dramático, con la hoja
en blanco, los talleres ayudan a superar los miedos, contando al lado
del escritor en ciernes con voces críticas y experimentadas que son
capaces de guiar los pasos del alumno. Supongo que no existen fórmulas
mágicas que fabriquen a un gran escritor, por lo que hay que apelar a
los métodos tradicionales: estimular el talento a base de trabajo. Pero
aquí la palabra "trabajo" no tiene por qué ser sinónimo de algo
fatigoso, sino más bien de algo tan estimulante como potenciar la
imaginación propia. Pero el fruto de este esfuerzo lo describe magistralmente el profesor Rafael Caumel en el prólogo:
"Desde hace algún tiempo (al hombre) se le revela un impulso de intervenir la realidad, ha reecontrado la diferencia entre tener y ser, y ese ser nuevamente invocado quiere construir. Ya que el mundo lo deja aparte, ¿por qué no crear otros mundos o recrear el que le ha tocado en suerte? Acepta el deseo de acción, la aspiración de existir. Aunque su piel está desertizada, escucha cómo fluye el agua por debajo. (...) Y se alegra al descubrir que ese territorio líquido no se le escurre entre las manos."
Yo recomendaría leer Territorio líquido despacio, tomando tiempo para degustar cada relato, ya que hay un gran contraste de géneros entre ellos: con componente social, eróticos, fantásticos o microrrelatos muy bien concebidos, que siempre me dejan dándole vueltas a su mensaje oculto. Cada noche antes de dormir he disfrutado dos de estos relatos, ninguno me ha dejado indiferente y alguno ha habido que me ha tenido más tiempo del razonable intentando coger el sueño una vez apagada la lámpara. Desde aquí solo me cabe felicitar a mis amigos Nicolás Pérez y Fernando García de la Cruz, junto a todos sus compañeros por haber concebido un volumen con tanta variedad de registros, que a la vez cuenta con una rara coherencia interna. Creo que hace pocos días se agotó la primera edición. Aprovechen cuando salga la segunda y compren estos fragmentos de realidad y de imaginación. Seguro que les hacen soñar nuevos mundos, vivir vidas distintas, lo mismo que a mí.
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miércoles, 25 de marzo de 2015
LA EDAD DE LA NADA (2014), DE PETER WATSON. EL MUNDO DESPUÉS DE LA MUERTE DE DIOS.
Si hay algo que distingue a nuestra época de los siglos precedentes es que la idea de Dios ya no es parte esencial de la vida cotidiana de muchísimos ciudadanos, sobre todo en occidente. Antes la vida era infinitamente más dura que en la actualidad, pero el hombre común contaba con la esperanza cierta de que su paso por el mundo era algo transitorio, que la auténtica existencia vendría después de la muerte y que una vida virtuosa sería recompensada con el paraíso. La religión podía ser algo opresivo, que controlaba casi todos los aspectos de la sociedad, pero también tenía algo de liberador para mucha gente. Al producirse esta simbólica muerte de Dios, los filósofos y pensadores tenían que encontrar algún sustitutivo, ya sea a través de la ciencia (quizá el mayor enemigo de la religión en la actualidad), o de nuevas maneras de pensar (new age, espiritualidad, filosofías orientales...).
Los gigantes del pensamiento de finales del siglo XIX y principios del XX fueron los que profundizaron la brecha que ya había abierto el pensamiento ilustrado: para Marx, la religión era una droga que impide a las masas despertar y conquistar su dignidad, para Nietzsche, la representación de una moral gregaria y para Freud una ilusión reconfortante que sirve para reprimir instintos latentes. Además, Darwin ya había demostrado que no somos una creación divina, sino el resultado de una larga y cruel lucha en el campo de batalla de la ley de la evolución. Pero ¿qué pasaba con las esperanzas del hombre? ¿podían ser sustituidas por pensamiento racional? ¿es mejor que la fe esté generalizada, aunque intuyamos que se basa en una mentira? ¿la muerte de Dios, tal y como preconizaba Dostoiveski significaba que de pronto todo estaba permitido, que la moral moriría con él?
Este problema que conlleva el fin de la fe, ya fue previsto por el escritor Henry James, tal y como comenta Peter Watson:
"En su opinión, la fe en Dios se ha visto sustituida - o debe serlo - por la convicción de que las ficciones compartidas representan algo más que una simple forma de mentir: son un modo de permanecer unidos, de contemporizar con el deseo y refrenarlo, lo que significa que también constituyen un defecto común y un consuelo, además del reconocimiento tácito de que somos todos criaturas expulsadas del paraíso."
Ciertamente en el siglo XX la historia avanzó demasiado deprisa y muchos de sus hitos son causas o consecuencias de nuevas maneras de pensar que sustituyen a unos dioses por otros, con consecuencias nefastas: el nazismo, el fascismo, el comunismo... En contraste, también el bienestar material que alcanzó cotas nunca vistas en el siglo pasado, contribuyó a que la importancia de la religión se fuera diluyendo.
Si a estas alturas podemos decir que el gran triunfador del siglo fue el capitalismo. El nuevo Dios que exige sacrificios constantes a cambio de la salvación aquí en la Tierra: el dinero puede conseguir un sustitutivo instantáneo del escurridizo paraíso prometido. De los conflictos íntimos que derivaban de estas nuevas convicciones hablaba en los años treinta Henry Idema:
"Idema señala la confluencia de tres hechos que dan en cristalizar simultáneamente por esos mismos años: la generalización de las neurosis, debido a la desaparición del consuelo que la gente había venido obteniendo hasta entonces a través de las iglesias dominantes; la "privatización" de la religión; y un alejamiento de las tradiciones religiosas compensado por la aproximación reverencial a la opulencia y el materialismo."
Así pues, las certezas del pasado quedan sustituidas por un volumen cada vez más apabullante de información, un auténtico supermercado de ideologías, creencias y filosofías, en el que el hombre tiene libertad de elegir, pero ante el que comúmente se siente perdido. Ante esto las religiones reaccionan intentando encontrar un sentido racional a su mensaje. Pero al final tenemos que buscar por nosotros mismos como vivir, como comportarnos y como salvarnos. Así lo expresa el canadiense Mark Kingwell:
"Otro de los aspectos del capitalismo moderno que contribuyen a la infelicidad es el enorme volumen de información con que nos inundan la existencia, circunstancia que hace que muchas personas tengan la sensación de estar quedándose rezagadas - generándose así un síndrome al que Kingwell da el nombre de "ansiedad de la puesta al día" y cuyos síntomas se concretan en la íntima convicción de que es preciso "recuperar el retraso", una disposición de ánimo que mina nuestras energías - . Nos hallamos sencillamente saturados de contenidos culturales, con el agravante de que apenas tenemos oportunidad de hallarle sentido al contexto en el que se vierten todas estas informaciones. Y como es obvio, todo esto obstaculiza y torpedea nuestro deseo de plenitud."
El de Peter Watson es uno de esos estudios amplios e inagotables, ricos en información y en sugerencias de nuevas lecturas, de profundización en un tema tan apasionante. Es imposible resumir aquí los autores citados, las doctrinas y las tendencias sociales que se tratan en cada uno de los capítulos de este grueso volumen. Uno solo puede sentir admiración por la erudición del autor de otras obras también de grueso calibre como Ideas o Historia intelectual del siglo XX.
Los gigantes del pensamiento de finales del siglo XIX y principios del XX fueron los que profundizaron la brecha que ya había abierto el pensamiento ilustrado: para Marx, la religión era una droga que impide a las masas despertar y conquistar su dignidad, para Nietzsche, la representación de una moral gregaria y para Freud una ilusión reconfortante que sirve para reprimir instintos latentes. Además, Darwin ya había demostrado que no somos una creación divina, sino el resultado de una larga y cruel lucha en el campo de batalla de la ley de la evolución. Pero ¿qué pasaba con las esperanzas del hombre? ¿podían ser sustituidas por pensamiento racional? ¿es mejor que la fe esté generalizada, aunque intuyamos que se basa en una mentira? ¿la muerte de Dios, tal y como preconizaba Dostoiveski significaba que de pronto todo estaba permitido, que la moral moriría con él?
Este problema que conlleva el fin de la fe, ya fue previsto por el escritor Henry James, tal y como comenta Peter Watson:
"En su opinión, la fe en Dios se ha visto sustituida - o debe serlo - por la convicción de que las ficciones compartidas representan algo más que una simple forma de mentir: son un modo de permanecer unidos, de contemporizar con el deseo y refrenarlo, lo que significa que también constituyen un defecto común y un consuelo, además del reconocimiento tácito de que somos todos criaturas expulsadas del paraíso."
Ciertamente en el siglo XX la historia avanzó demasiado deprisa y muchos de sus hitos son causas o consecuencias de nuevas maneras de pensar que sustituyen a unos dioses por otros, con consecuencias nefastas: el nazismo, el fascismo, el comunismo... En contraste, también el bienestar material que alcanzó cotas nunca vistas en el siglo pasado, contribuyó a que la importancia de la religión se fuera diluyendo.
Si a estas alturas podemos decir que el gran triunfador del siglo fue el capitalismo. El nuevo Dios que exige sacrificios constantes a cambio de la salvación aquí en la Tierra: el dinero puede conseguir un sustitutivo instantáneo del escurridizo paraíso prometido. De los conflictos íntimos que derivaban de estas nuevas convicciones hablaba en los años treinta Henry Idema:
"Idema señala la confluencia de tres hechos que dan en cristalizar simultáneamente por esos mismos años: la generalización de las neurosis, debido a la desaparición del consuelo que la gente había venido obteniendo hasta entonces a través de las iglesias dominantes; la "privatización" de la religión; y un alejamiento de las tradiciones religiosas compensado por la aproximación reverencial a la opulencia y el materialismo."
Así pues, las certezas del pasado quedan sustituidas por un volumen cada vez más apabullante de información, un auténtico supermercado de ideologías, creencias y filosofías, en el que el hombre tiene libertad de elegir, pero ante el que comúmente se siente perdido. Ante esto las religiones reaccionan intentando encontrar un sentido racional a su mensaje. Pero al final tenemos que buscar por nosotros mismos como vivir, como comportarnos y como salvarnos. Así lo expresa el canadiense Mark Kingwell:
"Otro de los aspectos del capitalismo moderno que contribuyen a la infelicidad es el enorme volumen de información con que nos inundan la existencia, circunstancia que hace que muchas personas tengan la sensación de estar quedándose rezagadas - generándose así un síndrome al que Kingwell da el nombre de "ansiedad de la puesta al día" y cuyos síntomas se concretan en la íntima convicción de que es preciso "recuperar el retraso", una disposición de ánimo que mina nuestras energías - . Nos hallamos sencillamente saturados de contenidos culturales, con el agravante de que apenas tenemos oportunidad de hallarle sentido al contexto en el que se vierten todas estas informaciones. Y como es obvio, todo esto obstaculiza y torpedea nuestro deseo de plenitud."
El de Peter Watson es uno de esos estudios amplios e inagotables, ricos en información y en sugerencias de nuevas lecturas, de profundización en un tema tan apasionante. Es imposible resumir aquí los autores citados, las doctrinas y las tendencias sociales que se tratan en cada uno de los capítulos de este grueso volumen. Uno solo puede sentir admiración por la erudición del autor de otras obras también de grueso calibre como Ideas o Historia intelectual del siglo XX.
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sábado, 21 de marzo de 2015
CALLE MAYOR (1956), DE JUAN ANTONIO BARDEM Y LA SEÑORITA DE TREVÉLEZ (1916), DE CARLOS ARNICHES. LA BROMA INFINITA.
La imagen final de Calle Mayor, con esa mujer caminando bajo la lluvia en absoluto desamparo es la viva estampa de las ilusiones rotas, del futuro incierto que a su vez padecía gran parte de los ciudadanos de este país en los años cincuenta del siglo pasado. La de Bardem es una obra grande porque trasciende la mera anécdota de la broma cruel de unos señoritos que se saben amparados por la excusa de un aburrimiento sin moral, que lo devora todo en una pequeña ciudad de provincias. Ha sido una alegría poder contribuir al Festival de Málaga con una de las grandes joyas de nuestro cine. Aquí el artículo:
http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2015/03/calle-mayor.html
http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2015/03/calle-mayor.html
viernes, 20 de marzo de 2015
MAGICAL GIRL (2014), DE CARLOS VERMUT. LA MUJER PERTURBADA Y PERTURBADORA.
“El misterio es muy importante en la vida, muy bonito. Y está
desapareciendo en las pantallas, las películas van muy mascadas. Añoro a
Saura, Buñuel, Lynch… Hoy parecen no tener cabida más que el ya y el
ahora. Y lo que se ve se consume automáticamente. En cambio, yo espero
que mi película acompañe al espectador varios días, y que ellos en su
cabeza vayan completándola”, declaraba el año pasado el cineasta Carlos Vermut, cuando presentó Magical Girl en el festival de San Sebastián. Y es verdad que esta es una de esas películas que no dejan indiferente. Tiempo después, uno sigue dándole vueltas a esta historia fascinante, que va desde la inocencia más absoluta a la depravación más aberrante.
Porque lo que activa la historia que cuenta Magical Girl es un deseo. Un deseo que debe cumplirse, porque lo ha pronunciado una niña enferma de leucemia, un mal irreversible que solo puede combatirse haciendo su existencia más llevadera. La intención de hacer el bien, a veces engendra los peores infiernos. El padre de la niña está en paro y el traje que ilusiona a su hija, el de la protagonista de una serie manga, está muy por encima de sus posibilidades financieras. El destino le va a deparar un encuentro con Bárbara, una mujer de belleza perturbadora, que parece llevar la semilla de la desgracia a cuantos se cruzan con ella.
Bárbara está casada. Su marido es un médico prestigioso y de dinero, que solo puede dominarla a base de analgésicos. La existencia de Bárbara es extraña: casi todo el tiempo sola con sus pensamientos encerrada en un piso de lujo. Luis, el padre de la niña, va a ver en ella el instrumento para cumplir sus deseos, por lo que no duda en hacerle chantaje. Para conseguir el dinero, la mujer deberá volver brevemente a su antiguo mundo, a una especie de prostitución de lujo para satisfacer los deseos más depravados de clientes muy ricos. Su cuerpo desnudo está marcado por terribles cicatrices, al igual que su rostro, sangrando de un herida reciente con la que ella parece sentirse muy cómoda.
Está claro que la propuesta de Vermut no es para todo tipo de público. Hay que sentarse en la butaca y saborearla poco a poco, entrando, casi sin darnos cuenta, en un mundo de reglas muy particulares, que se aleja progresivamente del nuestro. La presencia en el tramo final de un gran actor como José Sacristán no hace sino añadir calidad a lo que ya era, sobre todo a partir de su primera media hora, una de las películas españolas más estimulantes de los últimos tiempos, que es capaz de moverse entre géneros con una naturalidad poco común. El minimalismo del que hace gala Carlos Vermut a la hora de filmar no es sino el marco de unos personajes muy complejos, que por momentos parecen carecer de libre albedrío. Habrá que tener muy en cuenta las próximas obras de quien ya se postula como uno de los grandes directores de nuestro cine.
Porque lo que activa la historia que cuenta Magical Girl es un deseo. Un deseo que debe cumplirse, porque lo ha pronunciado una niña enferma de leucemia, un mal irreversible que solo puede combatirse haciendo su existencia más llevadera. La intención de hacer el bien, a veces engendra los peores infiernos. El padre de la niña está en paro y el traje que ilusiona a su hija, el de la protagonista de una serie manga, está muy por encima de sus posibilidades financieras. El destino le va a deparar un encuentro con Bárbara, una mujer de belleza perturbadora, que parece llevar la semilla de la desgracia a cuantos se cruzan con ella.
Bárbara está casada. Su marido es un médico prestigioso y de dinero, que solo puede dominarla a base de analgésicos. La existencia de Bárbara es extraña: casi todo el tiempo sola con sus pensamientos encerrada en un piso de lujo. Luis, el padre de la niña, va a ver en ella el instrumento para cumplir sus deseos, por lo que no duda en hacerle chantaje. Para conseguir el dinero, la mujer deberá volver brevemente a su antiguo mundo, a una especie de prostitución de lujo para satisfacer los deseos más depravados de clientes muy ricos. Su cuerpo desnudo está marcado por terribles cicatrices, al igual que su rostro, sangrando de un herida reciente con la que ella parece sentirse muy cómoda.
Está claro que la propuesta de Vermut no es para todo tipo de público. Hay que sentarse en la butaca y saborearla poco a poco, entrando, casi sin darnos cuenta, en un mundo de reglas muy particulares, que se aleja progresivamente del nuestro. La presencia en el tramo final de un gran actor como José Sacristán no hace sino añadir calidad a lo que ya era, sobre todo a partir de su primera media hora, una de las películas españolas más estimulantes de los últimos tiempos, que es capaz de moverse entre géneros con una naturalidad poco común. El minimalismo del que hace gala Carlos Vermut a la hora de filmar no es sino el marco de unos personajes muy complejos, que por momentos parecen carecer de libre albedrío. Habrá que tener muy en cuenta las próximas obras de quien ya se postula como uno de los grandes directores de nuestro cine.
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