En 1543, Nicolás Copérnico culminaba la obra de toda una vida dedicada a la observación astronómica llegando a la sorprendente conclusión que ya había ido anticipando desde varios años antes: que la Tierra no era el centro del Universo, sino un planeta como muchos otros, que se movía alrededor de una estrella, el Sol. Conforme los científicos fueron avanzando por ese camino, se descubrió que ni siquiera la galaxia a la que pertenecíamos se encontraba en el centro del Cosmos. Es más: es muy difícil ubicarnos en un espacio tan inmenso, del cual solo podemos atisbar una pequeñísima parte, donde las distancias se miden por años-luz. Tampoco sabemos si somos los únicos seres inteligentes que existen, puesto que la vida - y más aún la consciencia y la capacidad de empatía - son fenómenos tan improbables que cabe la posibilidad de que solo se hayan dado en este planeta.
Si algo caracteriza al espíritu humano es su inconformismo, su capacidad de evolucionar hacia nuevas conquistas y conocimientos. En el mundo que presenta Nolan en Interstellar - un futuro muy próximo al nuestro en el que varias plagas están acabando con nuestra capacidad de producir alimentos de manera masiva - la humanidad parece haber tirado la toalla ante el infortunio. Uno de los síntomas más evidentes de esto es que aparentemente se ha renunciado desde hace tiempo a la exploración espacial e incluso se ha oficializado en los libros de texto (si se hace con la teoría de la evolución ¿por qué no se puede hacer también con ésto?) que el hombre jamás puso el pie en la Luna, sino que todo fue una conspiración orquestada para vencer la Guerra Fría a la Unión Soviética. Pero todos sabemos que es muy difícil que nuestra especie se rinda. Si Europa sobrevivió a desastres apocalípticos como la peste negra, el hombre del siglo XXI no puede dejar de buscar, a través de sus abundantes recursos técnicos, una solución a tan espantosa crisis. Y parece ser que la única opción es abandonar la Tierra...
Desde los primeros minutos de Interstellar, el espectador va a percibir los evidentes paralelismos, cuando no homenajes, que éste ofrenda a la obra maestra de Stanley Kubrick, 2001, una odisea en el espacio. Pero sería un error no advertir que la película de Nolan tiene una personalidad propia, que transcurre por derroteros totalmente diferentes, aunque a veces se crucen las líneas argumentales de ambas producciones. La propuesta de Kubrick era mucho más fría: hasta el ordenador HAL mostraba más humanidad que el resto de la tripulación de la nave. En Interstellar se ha apostado por una odisea espacial en la que prevalecen los sentimientos personales, sobre todo los del protagonista, un padre que ha tenido que abandonar a sus hijos, quizá para siempre, para tener la oportunidad de salvarlos. Como dice el propio director en una entrevista que reproduce la revista Dirigido de este mes:
"Creo que si puedo lograr que la gente se conecte emocionalmente, es mucho más fácil que sigan el arco de la historia que si consigues que se conecten intelectualmente y que luego le pidas que resuelvan un rompecabezas. Uno no quiere que su película sea un rompecabezas. Quiere que la sientan. Hay una frase muy brillante de Orson Welles que dice que el público es capaz de entender lo que sea si es que está interesado en lo que le estás contando. Para mí, ese interés nunca es intelectual, siempre está generado por un personaje, una situación emocional particular, una propuesta narrativa diferente o en este caso, un padre que se ve forzado a abandonar a sus hijos."
Si hay un aspecto que provoca especial deleite durante el visionado de Interstellar es el perfecto equilibrio entre el rigor científico - al menos en cuanto a ciencia teórica - y el simbolismo de una misión que es realizada tan a ciegas como la de los navegantes de los siglos XV y XVI cuando se lanzaban al descubrimiento de nuevas tierras. Es curioso que el agujero de gusano por el que la nave terrestre va a acceder a otra galaxia tenga el aspecto de un inmenso espejo, que recuerda al que atravesó Alicia, donde las cosas se parecen a las de aquí, pero están al revés. Una vez en su nuevo destino, los científicos han de tomar decisiones, más por su intuición, por sus emociones, que por la lógica a la que están acostumbrados, mientras en casa la gente literalmente se ahoga en una nube de polvo cada vez más extensa. Al otro lado del espejo toda referencia terrestre se ha perdido. Nuestro planeta no puede atisbarse ni siquiera como aquel diminuto punto azul pálido del que hablaba Carl Sagan. Y a partir de aquí nos damos cuenta de que uno de los grandes temas de la película es la soledad. La soledad del ser humano ante los inquietantes abismos espaciales, ante el inmenso misterio del infinito. Quizá jamás resolvamos el enigma de nuestra existencia, ni siquiera cuando podamos movernos con cierta libertad por la galaxia. Es esta angustia la que nos hace seres inteligentes y la que a la vez nos condena a saber que jamás conoceremos la verdad, si es que existe alguna verdad que haya que conocer.
Con Interstellar Nolan ha filmado una película destinada a convertirse en un clásico de la ciencia ficción, sujeta a cientos de interpretaciones. Se trata de una obra que puede disfrutarse a varios niveles, de las que requieren más de un visionado para captar todo su sentido. Visualmente es impecable. También se beneficia de una magistral utilización del sonido (y de los silencios del espacio), aunque la música en algunas escenas tenga demasiado protagonismo, subrayando el componente emocional que ya está presente en la interpretación de McCounaghey y compañía. Ni que decir tiene que, al menos la primera vez, hay que verla en pantalla grande.
domingo, 9 de noviembre de 2014
sábado, 8 de noviembre de 2014
UNA RELACIÓN PRIVADA (1999), DE FRÉDERIC FONTEYNE. AMOR SIN IDENTIDAD.
En el ciclo Literatura y cine tienen cabida todo tipo de producciones. Intento elegirlas con dos características fundamentales: que posean una esencial calidad cinematográfica y que susciten debate, una vez que cada asistente ha realizado su particular visionado de la película. Tenía algunas dudas acerca de la recepción que iba a tener Una relación privada, pero gustó mucho a todo el mundo y el debate que generó fue tan apasionado como de costumbre. Aquí el artículo:
http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/11/una-relacion-privada_8.html
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jueves, 6 de noviembre de 2014
CONFESIONES (398), DE AGUSTÍN DE HIPONA. EL DIVINO AUTOCONOCIMIENTO.
El otro día, paseando por el Albaicín de Granada, entré a visitar la iglesia del Corpus Christi, que pertenece precisamente a los Padres Agustinos Recoletos. Me pareció un lugar triste a la vez que interesante. Cuando ya iba a salir de nuevo a calle Elvira advertí que, en la mesa donde están expuestas las hojas parroquiales había también unos sobres. Cogí uno y leí que estaban destinados a donativos para celebrar una Solemne Novena por las Almas del Purgatorio. El donante debía escribir en la parte del destinatario del sobre el nombre de los difuntos a los que quería destinar la misa, como dando por sentado que todavía no estaban disfrutando las mieles de la gloria celestial. Cuento esto porque me sorprendió muchísimo que en esta época todavía siga pidiéndose dinero a los fieles para estas cosas. Me recordó, entre otras cosas, a uno de los motivos por los que triunfó la Reforma Protestante: el abuso de las bulas, que básicamente estaban destinadas a la salvación del alma a cambio de una remuneración económica para la Iglesia.
Y precisamente uno de los hombres que conformaron la ideología de la Iglesia tal y como la conocemos fue Agustín de Hipona, uno de los santos más venerados por los católicos. Agustín fue capaz de tomar las ideas de uno de los grandes filósofos paganos, Platón, y adaptarlas a la necesidad de una teología prestigiosa para la Iglesia Católica en una época en la que todavía no había consolidado el poder absoluto del que gozaría en la Edad Media. Para él la clave está en el alma, donde tiene su sede el mundo de las ideas, la perfección que se opone al mundo material, creado por Dios desde la nada, pero contaminado por el pecado de los hombres.
Si hay algo que llama la atención de inmediato al lector cuando se abordan estas Confesiones son las continuas apelaciones del autor a Dios, como sumo bien y sumo conocimiento de donde emanan todas las cosas. Además, para él, que quería a su madre como ejemplo de devoción y sacrificio y despreciaba a su padre, la divinidad se va a convertir en una especie de sustituto de éste. Pero lo verdaderamente interesante, es que nos encontramos ante la creación de un nuevo género literario, al menos en occidente, el autobiográfico. Pero Agustín no se conforma con describir sus episodios vitales, su pecaminosa vida de joven, sus dudas y su conversión final en la auténtica fe, sino que realiza un ejercicio de profunda introspección, un autoanálisis del que sale reforzada su verdad, la que estima inspirada directamente por Dios.
Mientras uno lee este volumen, se van advirtiendo ideas muy curiosas, como contraponer la ficción a las llamadas letras útiles:
"Pecaba yo pues entonces, siendo niño, cuando prefería las ficciones a las letras útiles que tenía en aborrecimiento, ya que el que uno más uno sean dos y dos más dos sumen cuatro, era para mí fastidiosa canción; y mucho mejor quería contemplar los dulces espectáculos de vanidad, como aquel caballo de madera lleno de hombres armados, como el incendio de Troya y la sombra de Creusa."
También se desprecia al teatro, como generador de inútiles y falsos sentimientos:
"¿Por qué será el hombre tan amigo de ir al teatro para sufrir allí de lutos y tragedias que por ningún motivo querría tener en su propia vida? Lo cierto es que le encantan los espectáculos que lo hacen sufrir y que se goza en este sufrimiento. Pero, ¿no es esto una insanía miserable? Porque la verdad es que tanto más se conmueven las gentes cuanto menor sanidad hay en sus sentimientos y, que tiene por miseria lo que ellos mismos padecen, mientras llaman misericordia su compasión cuando eso mismo lo padecen otros. Pero, ¿qué misericordia real puede haber en fingidos dolores de escenario? Pues el que asiste no es invitado a prestar remedio a los males, sino solamente a dolerse con ellos y, mayor es el homenaje que rinde a los actores del drama cuanto mayormente sufre. Y si tales calamidades, o realmente sucedidas antaño o meramente fingidas ahora no lo hacen sufrir lo suficiente, sale del teatro fastidiado y criticando; al paso que si sufre mucho se mantiene atento y goza llorando."
También hay un ataque a los que quieren entender el mundo apelando a un método científico, todavía muy primitivo, pero contra el que luchará la Iglesia con todas sus fuerzas en siglos posteriores:
"Todo esto llena de asombro y estupor a los que tales cosas ignoran; pero quienes las saben, llenos de complacencia y engreimiento, con impía soberbia se retiran de tu luz; prevén los oscurecimientos del sol pero no ven la oscuridad en que ellos mismos están, ya que no buscan con espíritu de piedad de dónde les viene el ingenio que ponen en sus investigaciones. Y cuando les viene el pensamiento de que tú los creaste no se entregan a ti para que guardes y conserves lo que creaste. Mundanos como llegaron a hacerse, no se inmolan ante ti, no sacrifican como a volátiles sus pensamientos altaneros, ni refieren a ti la curiosidad con que pretenden moverse entre los misterios del mundo como los peces se mueven en los escondidos fondos del mar; ni matan sus lujurias como se matan los animales del campo para que tú, que eres un fuego devorador, consumas sus muertos desvelos para recrearlos en la inmortalidad."
Pero uno de los episodios más recordados, y que aparece en cualquier historia de la lectura que se precie, es aquel en el que Agustín contempla por primera vez a San Ambrosio leyendo sin mover los labios:
"Cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas. A menudo me hacía yo presente donde él leía, pues el acceso a él no estaba vedado ni era costumbre avisarle la llegada de los visitantes."
Y este fragmento es mucho más serio: esta idea derivaría en una constante ambición en la historia de la Iglesia: su supremacía, por emanar su poder directamente de Dios, sobre el Estado, cuyo poder deriva de meros hombres:
"Pues así como en las sociedades humanas la potestad mayor se impone ante las potestades menores, así también toda humana potestad debe subordinarse al mandar de Dios."
Hay que leer las Confesiones, sin prejuicios, como lo que es: un volumen clásico que marcó una influencia enorme en la historia de Europa. Agustín de Hipona es quizás el primer escritor moderno, porque explora su interior en busca de respuestas y, todavía más difícil, es capaz de narrar ese proceso de manera sencilla y franca.
Y precisamente uno de los hombres que conformaron la ideología de la Iglesia tal y como la conocemos fue Agustín de Hipona, uno de los santos más venerados por los católicos. Agustín fue capaz de tomar las ideas de uno de los grandes filósofos paganos, Platón, y adaptarlas a la necesidad de una teología prestigiosa para la Iglesia Católica en una época en la que todavía no había consolidado el poder absoluto del que gozaría en la Edad Media. Para él la clave está en el alma, donde tiene su sede el mundo de las ideas, la perfección que se opone al mundo material, creado por Dios desde la nada, pero contaminado por el pecado de los hombres.
Si hay algo que llama la atención de inmediato al lector cuando se abordan estas Confesiones son las continuas apelaciones del autor a Dios, como sumo bien y sumo conocimiento de donde emanan todas las cosas. Además, para él, que quería a su madre como ejemplo de devoción y sacrificio y despreciaba a su padre, la divinidad se va a convertir en una especie de sustituto de éste. Pero lo verdaderamente interesante, es que nos encontramos ante la creación de un nuevo género literario, al menos en occidente, el autobiográfico. Pero Agustín no se conforma con describir sus episodios vitales, su pecaminosa vida de joven, sus dudas y su conversión final en la auténtica fe, sino que realiza un ejercicio de profunda introspección, un autoanálisis del que sale reforzada su verdad, la que estima inspirada directamente por Dios.
Mientras uno lee este volumen, se van advirtiendo ideas muy curiosas, como contraponer la ficción a las llamadas letras útiles:
"Pecaba yo pues entonces, siendo niño, cuando prefería las ficciones a las letras útiles que tenía en aborrecimiento, ya que el que uno más uno sean dos y dos más dos sumen cuatro, era para mí fastidiosa canción; y mucho mejor quería contemplar los dulces espectáculos de vanidad, como aquel caballo de madera lleno de hombres armados, como el incendio de Troya y la sombra de Creusa."
También se desprecia al teatro, como generador de inútiles y falsos sentimientos:
"¿Por qué será el hombre tan amigo de ir al teatro para sufrir allí de lutos y tragedias que por ningún motivo querría tener en su propia vida? Lo cierto es que le encantan los espectáculos que lo hacen sufrir y que se goza en este sufrimiento. Pero, ¿no es esto una insanía miserable? Porque la verdad es que tanto más se conmueven las gentes cuanto menor sanidad hay en sus sentimientos y, que tiene por miseria lo que ellos mismos padecen, mientras llaman misericordia su compasión cuando eso mismo lo padecen otros. Pero, ¿qué misericordia real puede haber en fingidos dolores de escenario? Pues el que asiste no es invitado a prestar remedio a los males, sino solamente a dolerse con ellos y, mayor es el homenaje que rinde a los actores del drama cuanto mayormente sufre. Y si tales calamidades, o realmente sucedidas antaño o meramente fingidas ahora no lo hacen sufrir lo suficiente, sale del teatro fastidiado y criticando; al paso que si sufre mucho se mantiene atento y goza llorando."
También hay un ataque a los que quieren entender el mundo apelando a un método científico, todavía muy primitivo, pero contra el que luchará la Iglesia con todas sus fuerzas en siglos posteriores:
"Todo esto llena de asombro y estupor a los que tales cosas ignoran; pero quienes las saben, llenos de complacencia y engreimiento, con impía soberbia se retiran de tu luz; prevén los oscurecimientos del sol pero no ven la oscuridad en que ellos mismos están, ya que no buscan con espíritu de piedad de dónde les viene el ingenio que ponen en sus investigaciones. Y cuando les viene el pensamiento de que tú los creaste no se entregan a ti para que guardes y conserves lo que creaste. Mundanos como llegaron a hacerse, no se inmolan ante ti, no sacrifican como a volátiles sus pensamientos altaneros, ni refieren a ti la curiosidad con que pretenden moverse entre los misterios del mundo como los peces se mueven en los escondidos fondos del mar; ni matan sus lujurias como se matan los animales del campo para que tú, que eres un fuego devorador, consumas sus muertos desvelos para recrearlos en la inmortalidad."
Pero uno de los episodios más recordados, y que aparece en cualquier historia de la lectura que se precie, es aquel en el que Agustín contempla por primera vez a San Ambrosio leyendo sin mover los labios:
"Cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas. A menudo me hacía yo presente donde él leía, pues el acceso a él no estaba vedado ni era costumbre avisarle la llegada de los visitantes."
Y este fragmento es mucho más serio: esta idea derivaría en una constante ambición en la historia de la Iglesia: su supremacía, por emanar su poder directamente de Dios, sobre el Estado, cuyo poder deriva de meros hombres:
"Pues así como en las sociedades humanas la potestad mayor se impone ante las potestades menores, así también toda humana potestad debe subordinarse al mandar de Dios."
Hay que leer las Confesiones, sin prejuicios, como lo que es: un volumen clásico que marcó una influencia enorme en la historia de Europa. Agustín de Hipona es quizás el primer escritor moderno, porque explora su interior en busca de respuestas y, todavía más difícil, es capaz de narrar ese proceso de manera sencilla y franca.
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martes, 4 de noviembre de 2014
CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN NOVIEMBRE. LOS LIBROS INFAMES.
No todos los libros son nobles. No todos transmiten sabiduría o, cuanto menos entretenimiento. Existen algunos - los menos - que son la vergüenza de sus compañeros, pues sirven de instrumento para organizar las peores infamias. El cuaderno de la foto está en el Museo Municipal de la hermosa ciudad de Osuna. Se trata de una lista de nombres que se elaboró en los primeros días de la Guerra Civil: republicanos, comunistas o sindicalistas que iban a ser fusilados en breve. Estremece ver los nombres y las ocupaciones de gente común apuntados de la misma manera que un oficinista escribe los registros contables de una empresa. Detrás de estos nombres habría miedo, mucho miedo. Quizá algunos habían matado en los días anteriores. Seguramente la mayoría estaban allí simplemente por sus ideas, delatados por sus vecinos. Puedo imaginármelos despidiéndose de los monumentales palacios de su ciudad, encarando la muerte por haber sido inscritos en un libro en el que nadie querría figurar. Con un papel y una estilográfica, los mismos instrumentos con los que puede componerse un poema, también se puede desencadenar el horror.
Pero la mayoría de los libros sirven bien al hombre y abogan por la causa del humanismo. Al menos los que protagonizan los clubes de lectura que mes tras mes se celebran en Málaga, cuyas actividades en noviembre son especialmente abultadas.
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, todo un clásico de la Ciencia Ficción que sigue estremeciendo al lector actual: La guerra de los mundos, de H.G. Wells.
En el club de lectura de Más Libros Libres, otro clásico muy apropiado para estas fechas en las que acabamos de celebrar Halloween: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres rendimos un merecido homenaje a uno de nuestros mejores divulgadores científicos, organizando un debate en torno a El viaje al poder de la mente, de Eduardo Punset.
En el club de lectura en inglés de Más Libros Libres, otra elección acertada: una selección de relatos del gran Edgar Allan Poe.
En el club de lectura de la Librería Luces, se apuesta también por los clásicos, con Jane Austen (autora de la que todavía no he leído nada, mea culpa): La abadía de Northanger.
En los clubes de lectura que organiza el Centro Andaluz de las Letras, se asoma otra novela imprescindible de terror: Frankenstein, de Mary Shelley. Además, dos novelas del italiano Leonardo Sciascia, un autor que siempre se lee con mucho agrado: El teatro de la memoria y El día de la lechuza.
En el club de lectura del Ateneo de Málaga, apuestan por uno de nuestros mejores autores vivos: Juan Goytisolo con Las semanas del jardín.
En el club de lectura de la Casa del Libro de Málaga, dos propuestas: por un lado, Elizabeth Gaskell, con una de sus novelas más conocidas, Norte y Sur y por otro Marian Izaguirre, con Los pasos que nos separan.
En el club de lectura de Fnac Málaga, uno de los más conocidos escritores israelíes: Amos Oz con De repente, en lo profundo del bosque.
Pero lo más peculiar de este mes son los encuentros literarios que se van a producir en Málaga (información más detallada en la columna de la derecha). Nada menos que Muñoz Molina, García Montero, Nativel Preciado y Javier Cercas visitan nuestra ciudad.
Y también los cineforums siguen en activo: en Cristóbal Cuevas, una película francesa muy interesante: Una relación privada, de Frédéric Fonteyne, en Más Libros Libres debatimos sobre Rompiendo las olas, de Lars Von Trier y en el Ateneo, Dublineses, de John Huston, basada en uno de los cuentos del libro de James Joyce.
Pues nada, organicénse y, por fin con temperaturas más otoñales, disfruten de este noviembre literario malagueño. ¡Felices lecturas!
Pero la mayoría de los libros sirven bien al hombre y abogan por la causa del humanismo. Al menos los que protagonizan los clubes de lectura que mes tras mes se celebran en Málaga, cuyas actividades en noviembre son especialmente abultadas.
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, todo un clásico de la Ciencia Ficción que sigue estremeciendo al lector actual: La guerra de los mundos, de H.G. Wells.
En el club de lectura de Más Libros Libres, otro clásico muy apropiado para estas fechas en las que acabamos de celebrar Halloween: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres rendimos un merecido homenaje a uno de nuestros mejores divulgadores científicos, organizando un debate en torno a El viaje al poder de la mente, de Eduardo Punset.
En el club de lectura en inglés de Más Libros Libres, otra elección acertada: una selección de relatos del gran Edgar Allan Poe.
En el club de lectura de la Librería Luces, se apuesta también por los clásicos, con Jane Austen (autora de la que todavía no he leído nada, mea culpa): La abadía de Northanger.
En los clubes de lectura que organiza el Centro Andaluz de las Letras, se asoma otra novela imprescindible de terror: Frankenstein, de Mary Shelley. Además, dos novelas del italiano Leonardo Sciascia, un autor que siempre se lee con mucho agrado: El teatro de la memoria y El día de la lechuza.
En el club de lectura del Ateneo de Málaga, apuestan por uno de nuestros mejores autores vivos: Juan Goytisolo con Las semanas del jardín.
En el club de lectura de la Casa del Libro de Málaga, dos propuestas: por un lado, Elizabeth Gaskell, con una de sus novelas más conocidas, Norte y Sur y por otro Marian Izaguirre, con Los pasos que nos separan.
En el club de lectura de Fnac Málaga, uno de los más conocidos escritores israelíes: Amos Oz con De repente, en lo profundo del bosque.
Pero lo más peculiar de este mes son los encuentros literarios que se van a producir en Málaga (información más detallada en la columna de la derecha). Nada menos que Muñoz Molina, García Montero, Nativel Preciado y Javier Cercas visitan nuestra ciudad.
Y también los cineforums siguen en activo: en Cristóbal Cuevas, una película francesa muy interesante: Una relación privada, de Frédéric Fonteyne, en Más Libros Libres debatimos sobre Rompiendo las olas, de Lars Von Trier y en el Ateneo, Dublineses, de John Huston, basada en uno de los cuentos del libro de James Joyce.
Pues nada, organicénse y, por fin con temperaturas más otoñales, disfruten de este noviembre literario malagueño. ¡Felices lecturas!
domingo, 2 de noviembre de 2014
LAS VIDAS DE GRACE (2013), DE DESTIN DANIEL CRETTON. HERMANA MAYOR.
Aunque no soy muy amigo de la televisión - en esta época de internet es algo totalmente prescindible - , a veces tengo la oportunidad de ver fragmentos de un programa que se llama Hermano mayor. Su conductor es un exjugador de waterpolo que a punto estuvo de perderse en su juventud en un infierno de alcohol y drogas. Hoy día, ya rehabilitado de sus adicciones, presenta este programa, en el que intenta ayudar a adolescentes que han perdido totalmente el rumbo, ya sea por problemas familiares, desengaños amorosos o por no haber sabido elegir bien sus amistades. Aunque todas las entregas suelen tener el mismo esquema, lo cual induce a pensar que no todo lo que podemos ver está improvisado, la conclusión es interesante: es muy difícil luchar contra los demonios interiores sin contar con un guía espiritual que haya experimentado las mismas emociones negativas. Lo cierto es que en la tele la terapia siempre funciona: el protagonista acaba aceptando el mal cometido y el programa acaba siempre con su propósito de enmienda. Sería bueno que algún día emitieran los casos fallidos, porque, aunque sea por pura estadística, debe haberlos.
La protagonista de Las vidas de Grace ejerce el papel de una especie de hermana mayor para los internos en Short Term 12, un proyecto, fruto de la iniciativa privada de unos filántropos, que intenta encauzar las vidas desgarradas de adolescentes embutidas en conflictos que les superan: abusos sexuales, pobreza, problemas psicologicos... Lo peculiar de Grace y de su compañero Mason, con quien mantiene una relación, es que ellos mismos fueron internos, por lo que arrastran la pesada carga de un pasado difícil, a veces repleto de matices inconfesables. Grace es una joven entregada en cuerpo y alma a su trabajo: algo que a la vez le sirve de terapia y le tortura, puesto que ve reflejados sus propios males pretéritos en el sufrimiento de los chicos con los que convive día a día.
En cualquier caso, sus responsabilidades en Short Term 12 le han dado una oportunidad insospechada: la de ser otra Grace, la Grace que puede experimentar la más inmensa de la satisfacciones, la de ser útil a otros. No obstante hay traumas que no pueden superarse jamás. El pasado siempre acecha en las sombras y el dolor vuelve cuando menos se le espera. Un caso en particular va a hacer rememorar a la protagonista sus propios fantasmas: el de Jayden, adolescente que sufre las agresiones sexuales de su padre.
Las vidas de Grace es una película independiente de muy grata visión, a pesar de la leve inquietud que produce, porque consigue lo que quiere sin grandes estridencias, sin tener que apelar al tremendismo. Contiene una presentación modélica de los personajes y sus conflictos y, a partir de ahí, desarrolla una historia pequeña, pero muy representativa de ese instinto de muerte del que habló Freud, que late en todos los seres humanos, pero que se desarrolla especialmente en aquellos que han sufrido traumas en su infancia y casi consigue purificar con su mensaje terapeútico al espectador.
La protagonista de Las vidas de Grace ejerce el papel de una especie de hermana mayor para los internos en Short Term 12, un proyecto, fruto de la iniciativa privada de unos filántropos, que intenta encauzar las vidas desgarradas de adolescentes embutidas en conflictos que les superan: abusos sexuales, pobreza, problemas psicologicos... Lo peculiar de Grace y de su compañero Mason, con quien mantiene una relación, es que ellos mismos fueron internos, por lo que arrastran la pesada carga de un pasado difícil, a veces repleto de matices inconfesables. Grace es una joven entregada en cuerpo y alma a su trabajo: algo que a la vez le sirve de terapia y le tortura, puesto que ve reflejados sus propios males pretéritos en el sufrimiento de los chicos con los que convive día a día.
En cualquier caso, sus responsabilidades en Short Term 12 le han dado una oportunidad insospechada: la de ser otra Grace, la Grace que puede experimentar la más inmensa de la satisfacciones, la de ser útil a otros. No obstante hay traumas que no pueden superarse jamás. El pasado siempre acecha en las sombras y el dolor vuelve cuando menos se le espera. Un caso en particular va a hacer rememorar a la protagonista sus propios fantasmas: el de Jayden, adolescente que sufre las agresiones sexuales de su padre.
Las vidas de Grace es una película independiente de muy grata visión, a pesar de la leve inquietud que produce, porque consigue lo que quiere sin grandes estridencias, sin tener que apelar al tremendismo. Contiene una presentación modélica de los personajes y sus conflictos y, a partir de ahí, desarrolla una historia pequeña, pero muy representativa de ese instinto de muerte del que habló Freud, que late en todos los seres humanos, pero que se desarrolla especialmente en aquellos que han sufrido traumas en su infancia y casi consigue purificar con su mensaje terapeútico al espectador.
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BILBAO-NEW YORK-BILBAO (2008). DE KIRMEN URIBE. EL VUELO DEL ESCRITOR.
El escritor se monta en un avión. Va a emprender un viaje a New York desde Bilbao y empieza a desgranar sus emociones al respecto: el ligero temor al despegar, las fugaces relaciones con los pasajeros y con la tripulación e incluso las posibilidades de ocio a bordo. Pero le sucede algo más importante mientras sobrevuela el Atlántico: comienza a rememorar episodios familiares, algunos vividos personalmente, otros escuchados. Y a partir de estos materiales dispersos, construye una narración que básicamente se apoya en su memoria personal, que a la vez es la de su pueblo, Ondarroa.
Y son episodios de la vida en el País Vasco los que quiere evocar Uribe: algunos de gran importancia cultural, como la relación entre el pintor Aurelio Arteta y el arquitecto Ricardo Bastida, fruto de la cual podemos contemplar un edificio tan maravilloso como la sede del BBVA de calle Alcalá, en Madrid. Por supuesto, también está presente la sombra de la Guerra Civil, sobre todo en la persona de su abuelo, un nacionalista que terminó apoyando al gobierno de Franco. Y la violencia etarra, que ha seguido marcando la vida de la gran mayoría de los ciudadanos del Norte hasta hace bien poco, aunque este tema, siendo tan de actualidad cuando se publicó la novela, en la época de la ruptura de la tregua de ETA, no se aborda con la suficiente profundidad. Lo que sí se evoca con más hondura es la durísima vida de los pescadores: la mar es mala mujer, como dejò dicho Raúl Guerra Garrido.
Pero las pinceladas más interesantes de Bilbao-New York-Bilbao se producen cuando Uribe reflexiona acerca de la propia obra que está concibiendo - una novela - y evoca el proceso que conlleva su difícil construcción. Es interesante cuando utiliza el mundo de la pintura para establecer sus comparaciones, empezando por un cuadro de Giovanni Bellini:
"Este detalle del cuadro me hizo pensar sobre el proceso de construcción de una novela. Cómo hablar de quienes te rodean sin que aparezca uno mismo. Quería hablar de mi abuelo, de mi padre, de mi madre. Novelar mi mundo, llevarlo al papel. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Debía inventar nombres fictios o aparecería yo como narrador de la novela?"
Y también haciendo uso de la famosa técnica de Las Meninas velazqueñas:
"Velázquez pinta así lo que hay detrás de un cuadro, nos muestra cómo se pintaba un lienzo en su época, nos revela el artefacto. Pues bien, pensé que yo debía mostrar lo que hay detrás de una novela, enseñar todos los pasos que se dan a la hora de escribirla. Las dudas, las incertidumbres. Pero la propia novela no aparecería en la novela. Tan solo el lector podría intuirla, como intuye el espectador el retrato de los reyes que pinta Velázquez en Las Meninas."
En suma, la novela de Kirmen Uribe es un experimento muy subjetivo, que fue ganador del premio Nacional de Literatura en 2009, una concesión que a mí se me antoja un poco exagerada. Aunque no carece de puntos de interés, la narración está muy descompensada, alternando lo que parecen artículos de la Wikipedia, con descripciones un tanto banales de detalles del vuelo: las películas que pueden elegirse (con su año, su elenco artístico, su argumento...), la música que puede escucharse e incluso el momento en el que hay que ponerse el cinturón de seguridad. El estilo es bueno y la idea de situar al propio escritor en tierra de nadie, sobre el Atlántico, para plantear sus reflexiones, tanto de la historia de su tierra como de su propia carrera artística, es excelente. Pero el resultado dista mucho de ser redondo: demasiada dispersión y muchos detalles intrascendentes que no conducen a parte alguna. Resulta curioso que en un determinado momento se hable de la escasa tradición literaria vasca, de un cierto complejo de las letras de Euskadi. Quizá algún día Kirmen Uribe represente la gran explosión de esta literatura, pero por si tenemos que juzgarlo por esta novela, solo puedo calificarla de experimento muy interesante, pero en buena parte fallido.
Y son episodios de la vida en el País Vasco los que quiere evocar Uribe: algunos de gran importancia cultural, como la relación entre el pintor Aurelio Arteta y el arquitecto Ricardo Bastida, fruto de la cual podemos contemplar un edificio tan maravilloso como la sede del BBVA de calle Alcalá, en Madrid. Por supuesto, también está presente la sombra de la Guerra Civil, sobre todo en la persona de su abuelo, un nacionalista que terminó apoyando al gobierno de Franco. Y la violencia etarra, que ha seguido marcando la vida de la gran mayoría de los ciudadanos del Norte hasta hace bien poco, aunque este tema, siendo tan de actualidad cuando se publicó la novela, en la época de la ruptura de la tregua de ETA, no se aborda con la suficiente profundidad. Lo que sí se evoca con más hondura es la durísima vida de los pescadores: la mar es mala mujer, como dejò dicho Raúl Guerra Garrido.
Pero las pinceladas más interesantes de Bilbao-New York-Bilbao se producen cuando Uribe reflexiona acerca de la propia obra que está concibiendo - una novela - y evoca el proceso que conlleva su difícil construcción. Es interesante cuando utiliza el mundo de la pintura para establecer sus comparaciones, empezando por un cuadro de Giovanni Bellini:
"Este detalle del cuadro me hizo pensar sobre el proceso de construcción de una novela. Cómo hablar de quienes te rodean sin que aparezca uno mismo. Quería hablar de mi abuelo, de mi padre, de mi madre. Novelar mi mundo, llevarlo al papel. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Debía inventar nombres fictios o aparecería yo como narrador de la novela?"
Y también haciendo uso de la famosa técnica de Las Meninas velazqueñas:
"Velázquez pinta así lo que hay detrás de un cuadro, nos muestra cómo se pintaba un lienzo en su época, nos revela el artefacto. Pues bien, pensé que yo debía mostrar lo que hay detrás de una novela, enseñar todos los pasos que se dan a la hora de escribirla. Las dudas, las incertidumbres. Pero la propia novela no aparecería en la novela. Tan solo el lector podría intuirla, como intuye el espectador el retrato de los reyes que pinta Velázquez en Las Meninas."
En suma, la novela de Kirmen Uribe es un experimento muy subjetivo, que fue ganador del premio Nacional de Literatura en 2009, una concesión que a mí se me antoja un poco exagerada. Aunque no carece de puntos de interés, la narración está muy descompensada, alternando lo que parecen artículos de la Wikipedia, con descripciones un tanto banales de detalles del vuelo: las películas que pueden elegirse (con su año, su elenco artístico, su argumento...), la música que puede escucharse e incluso el momento en el que hay que ponerse el cinturón de seguridad. El estilo es bueno y la idea de situar al propio escritor en tierra de nadie, sobre el Atlántico, para plantear sus reflexiones, tanto de la historia de su tierra como de su propia carrera artística, es excelente. Pero el resultado dista mucho de ser redondo: demasiada dispersión y muchos detalles intrascendentes que no conducen a parte alguna. Resulta curioso que en un determinado momento se hable de la escasa tradición literaria vasca, de un cierto complejo de las letras de Euskadi. Quizá algún día Kirmen Uribe represente la gran explosión de esta literatura, pero por si tenemos que juzgarlo por esta novela, solo puedo calificarla de experimento muy interesante, pero en buena parte fallido.
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miércoles, 29 de octubre de 2014
HISTORIA DE UN ALEMÁN. MEMORIAS 1914-1933 (1939), DE SEBASTIAN HAFFNER. EL YO SAGRADO Y PURO.
En uno de los capítulos más logrados de este libro, su autor intenta justificar el tono empleado, muy personal y, por lo tanto, enormemente subjetivo. Haffner casi se disculpa por no centrarse en los políticos y en los personajes relevantes de la época y hacerlo en el hombre de la calle, en el testigo de una barbarie que iba día a día haciéndose presente con más descaro. Y entonces dice algo muy lúcido. Que las personas corrientes son los auténticos protagonistas de la historia, los que pueden hablar de lo que han visto, de lo que han padecido o del sufrimiento de sus vecinos. Y la Alemania de los años veinte y treinta era una época histórica singular, en la que los germanos debían decidir si empleaban todas las energías nacionales en prepararse para una revancha, tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, o se convertían en una democracia comparable a las del entorno, en un país parecido a Inglaterra o Francia.
Antes, de niño, Haffner ha vivido los años de la Gran Guerra, y ha seguido las batallas casi como si de un juego se tratara. La violencia, que en esos años se hallaba muy lejos de Berlin, se presenta precisamente después de firmarse la Paz de Versalles. Un ambiente de revolución y guerra civil impera durante meses en Alemania y los combates en las calles no son extraños. Después llega una especie de pacificación de una sociedad derrotada que quiere salir adelante, aunque no es fácil. Son los años de la inflación que todavía se recuerdan en aquel país como una auténtica pesadilla. Luego llegarán algunos años mejores, que harán pensar en que la República de Weimar es una alternativa viable frente al tradicional militarismo prusiano. Un espejismo. Los nacionalsocialistas llegarán al poder, no por un golpe de Estado, sino a través de las urnas. Y una vez instalados en él, no lo soltarán hasta que los soviéticos entren en Berlín en 1945, después de una guerra en la que morirán siete millones de alemanes.
El caso de Sebastian Haffner es singular. No se trataba de un judío, un homosexual, un comunista o un pacifista, cuatro de los grupos más perseguidos desde el primer momento por el gobierno nazi. Al contrario, él podía considerarse un ario puro, un jurista de talante conservador, miembro de una familia pudiente. Pero quizá ese arraigo a la ley y a la justicia es lo que hace que desde el principio rechace los métodos radicales del nuevo gobierno para hacerse con un poder absoluto que no solo abarque lo público, sino también el ámbito privado de la vida de los ciudadanos alemanes. ¿Por qué la mayoría de éstos aceptaron casi sin resistencia esta nueva tiranía totalitaria? Quien mejor puede responder a esta trascendental pregunta es quien lo ha vivido de primera mano:
"(...) el efecto producido por el terror debía intensificarse justo a través del secretismo y del peligro que implicaba el mero hecho de hablar de las barbaridades. La descripción sin ambages de lo que realmente ocurría en los sótanos de las SA y en los campos de concentración —por ejemplo desde la tribuna de oradores o a través de la prensa— podría haber provocado una reacción de resistencia desesperada incluso en Alemania. En comparación, las escalofriantes historias susurradas por lo bajo —«¡Ande con mucho cuidado, vecino! ¿Sabe lo que le ha pasado al señor X?»— conseguían partir por el eje cualquier oposición con mucha más eficacia. Tanto más cuanto que, al mismo tiempo, nos mantenían totalmente ocupados y distraídos con una sucesión ininterrumpida de fiestas, celebraciones y horas solemnes nacionales."
Ante esta grave enfermedad colectiva, el narrador se propone, basándose en la máxima de Stendhal, "el mantenimiento de un yo sagrado y puro", de un pensamiento propio en un entorno cada día más hostil. No es fácil. Los actos nazis se multiplican y también las procesiones. El ciudadano que ve pasar la cruz gamada y no levanta el brazo se arriesga a una paliza o algo peor. Y después están los amigos judíos y la novia, que sufren especialmente el acoso del nuevo Estado, aunque todavía, en 1933, nadie puede imaginarse cuan lejos va a llegar en su política criminal. Él mismo siente miedo casi todo el tiempo. Cuando es llamado para participar en un campamento de instrucción militar para juristas, no tiene más remedio que acudir y allí tiene oportunidad de experimentar los métodos nazis para que el ario se sienta parte de una comunidad nacional que quiere demostrar su superioridad, primero a los ciudadanos considerados inferiores y después a los países del entorno, vengando la "puñalada por la espalda" de la Primera Guerra Mundial y creando un nuevo imperio germánico en Europa. La fórmula era sencilla: el fomento de la camaradería:
"Para poder hacerse una idea de este punto crucial hay que considerar que la camaradería anula por completo el sentido de responsabilidad propia, tanto en el terreno civil, como, lo que es peor, en el religioso. Quien vive en un entorno de camaradería está exento de toda preocupación existencial, de la dureza que conlleva la lucha por la vida. En el cuartel tiene su campamento, comida y uniforme. El transcurso de la jornada está planificado hora por hora. No debe preocuparse lo más mínimo, pues ya no ha de regirse por esa máxima severa de «cada uno es responsable de sí mismo», sino por esa otra, tan generosa y flexible, del «todos para uno». Una de las mentiras más desagradables es la que sostiene que las leyes de la camaradería son más rígidas que las que imperan en el ámbito civil del individuo. Todo lo contrario: aquéllas se caracterizan por una laxitud que casi debilita y únicamente se justifican en el caso de los soldados que van a una guerra de verdad, para quienes van a morir: sólo el pathos de la muerte permite y soporta esa tremenda dispensa de responsabilidad vital. Y ya se sabe cuán incapaces son incluso los valerosos combatientes que han pasado demasiado tiempo sobre el mullido almohadón de la camaradería de adaptarse a la dureza de la sociedad civil."
En el momento en el Haffner escribía estas líneas, 1939, la tempestad iba a desatarse de nuevo sobre Europa, pero él se encontraba a salvo junto a su novia judía en Inglaterra. Desde ahí se dedicó a combatir con la palabra al régimen que había hipnotizado a tanta gente en su país. El veneno del nacionalismo había emponzoñado las mentes de sus compatriotas y fomentado el miedo o la indiferencia. Estas líneas se dedican al que sigue siendo uno de los grandes males de nuestro tiempo:
"El nacionalismo, es decir, la autocontemplación y egolatría nacionales, es en todas partes una enfermedad mental peligrosa, capaz de desfigurar y afear los rasgos de una nación, igual que la vanidad y el egoísmo desfiguran y afean los rasgos de una persona."
Es imprescindible leer a Sebastian Haffner para seguir creyendo en la humanidad, para acercarnos a una de esas escasas voces alemanas que supo decir no, aunque dicho rechazo le costara el exilio. Él podría haber sido un privilegiado en el nuevo régimen, pero supo rechazar a tiempo la tentación y ponerse del lado del humanismo en un tiempo en el que era muy difícil tomar esa opción.
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