En las noches claras, es bueno acudir de vez en cuando al campo y pasar un rato mirando al cielo. Miles de estrellas iluminan el firmamento y puede observarse con claridad uno de los brazos de espiral que forman la Vía Láctea, la galaxia a la que pertenecemos. Teniendo en cuenta que lo podemos admirar no es más que una parte insignificante del Universo, la imaginación no puede más que desbordarse y pensar en la posibilidad, estadísticamente probable a primera vista, de que existan otros seres inteligentes allá arriba, civilizaciones que se han expandido a otros mundos y que quizá algún día lleguen al nuestro. El proyecto SETI nació de la voluntad de unos pocos científicos de embarcarse en una búsqueda tan improbable como fascinante: la captación de señales electromagnéticas que evidencien la existencia de otras civilizaciones más allá del Sistema Solar, donde podemos estar bastante seguros de que solo existe vida en el planeta Tierra.
¿Pero es la existencia de billones de otras estrellas garantía suficiente para que la vida se haya abierto paso en un proceso similar al que se ha dado durante millones de años en nuestro planeta? Davies se muestra escéptico al respecto. Los acontecimientos que dieron lugar a las complejas formas de vida que somos nosotros mismos, quizá sean irrepetibles, puesto que ha sido fruto de condiciones singulares en las que el azar y lo improbable han jugado un papel decisivo. Somos una anomalía extraña y privilegiada, quizá los únicos seres conscientes que pueden contemplar el Universo. Si alguna vez se descubre que no es así, se tratará de la noticia más relevante de la historia:
"Si alguna vez descubrimos signos inconfundibles de una inteligencia
alienígena, saber que no estamos solos en el universo acabará
impregnando todas las facetas de la búsqueda humana del conocimiento.
Alterará irreversiblemente nuestra forma de vernos a nosotros mismos y
nuestro lugar en el planeta Tierra. El descubrimiento se situaría a la
altura de los de Copérnico y Darwin como uno de los grandes eventos
transformadores de la historia humana. Pero pasarían décadas antes de
que la gente se acomodara a la idea y su verdadera significación quedase
establecida en firme, tal como ocurrió con la cosmología heliocéntrica y
con la evolución biológica."
Pero es que esta búsqueda, mucho más complicada que la típica metáfora de la aguja en un pajar, requiere que los extraterrestres hayan accedido a los conceptos de ciencia y cultura, una conquista humana, también plenamente azarosa:
"Si descubrimos una civilización extraterrestre que ha encontrado la ciencia, sería un indicio fuerte de que, en efecto, existen leyes universales de organización social e intelectual. Igual que hay leyes universales de la física."
En cualquier caso, el programa de búsqueda SETI tiene unas limitaciones casi insalvables: depende de que nuestros vecinos galácticos cuenten con una tecnología similar a la nuestra en cuanto a emisiones de radio. Y también de que no se hallen demasiado lejos. Cuanto más alejado se encuentra un planeta, más tiempo tardarían en llegarnos sus hipotéticas emisiones. Una conversación de un par de frases con los extraterrestres podría llevarnos siglos. Además, debemos contar con el auge y la decadencia de las presuntas civilizaciones de la galaxia. Quizá existió vida hace algunos millones de años a unos pocos años luz, pero se extinguió y no tenemos manera de acceder a esa información...
Existen alternativas, por supuesto, pero dependen también del azar. Por ejemplo, que los extraterrestes tomen la iniciativa de visitarnos (y no hay que creer en esas historias de ovnis y humanoides, porque, de existir, estos seres serían inconcebiblemente distintos a nosotros). O que se hayan paseado por nuestro Sistema Solar en algún momento de su historia y dejaran algún recuerdo en forma de baliza o satélite artificial, o que resulten ser seres tan inimaginables que ni siquiera alcancemos a percibirlos. Quizá sean seres tan avanzados que se hayan fusionado con sus máquinas y su existencia sea más espiritual que material... o suceda lo contrario, que se trate de seres primitivos o no racionales. No podemos saberlo. Solo caben las especulaciones y las fantasías de la literatura de ciencia ficción. Quizá lo más sensato sea lo que propone Davies: centrar la búsqueda en nuestro propio planeta, no de seres extrarrestres, sino de seres vivos que provengan de un tronco distinto al del resto. Eso probaría que la vida es un fenómeno común y nos daría muchas más evidencias acerca de la existencia de un Universo repleto de otros seres.
A pesar de todo, hay que seguir intentándolo, puesto que el premio es demasiado importante como para merecer el esfuerzo. Con el tiempo, se irán desarrollando nuevas técnicas, la mente se proyectará hacia el futuro y es posible que demos con el secreto de la vida. Para entonces quizá, aunque no tengamos evidencias empíricas, podremos estar más seguros acerca de si estamos o no solos en el Universo. Mientras tanto solo cabe soñar. Es curioso que el escéptico Davies dedique una parte de su libro a imaginar lo que sucedería si llegara ese día, la presión a la que se sometería a los científicos que descubrieran una señal artificial o cualquier otra prueba. Seguro que ha reflexionado mucho acerca de esa hipotética jornada, la del mayor descubrimiento de la historia de la humanidad que quizá nunca llegue. Leer el libro de Paul Davies, que suma el rigor científico con las más extraordinarias especulaciones, es una tarea fascinante.
viernes, 10 de octubre de 2014
jueves, 9 de octubre de 2014
CALLE DE LAS TIENDAS OSCURAS (1978), DE PATRICK MODIANO. EL TEATRO DE LA MEMORIA.
Todos estamos de acuerdo en que nuestra identidad reside en nuestra memoria. Los recuerdos, esas imágenes, a veces engañosas, que almacenamos precariamente acerca de nuestro pasado son una de las mejores armas para interpretar el mundo, para usar nuestra experiencia en pos de tomar decisiones correctas. Por eso es especialmente trágico el destino del protagonista de Calle de las tiendas oscuras, Guy Roland, un ser desmemoriado sobre sí mismo que, una vez jubilado de su trabajo de detective privado, va a emprender la mayor búsqueda de su carrera, la búsqueda de sí mismo.
Pero ¿qué es la identidad? ¿podemos fiarnos de nuestros propios recuerdos? En el caso de Roland, cualquier pista, cualquier atisbo del pasado le sirve para ir recuperando vivencias, no sabemos si reales o ficticias, pero que en ningún momento le hacen volver del todo al mundo de la normalidad, porque todos sus éxitos (siempre parciales) son precarios y pueden desmoronarse en cualquier instante:
"Hasta ahora todo me ha parecido tan caótico, tan fragmentario... Retazos, briznas de cosas me volvían de repente según investigaba... Pero, bien pensado, a lo mejor una vida es eso..."
En Calle de las tiendas oscuras encontramos condesadas muchas de las obsesiones de Modiano: la precisión y realismo en las descripciones de las calles de París en las que transcurren las indagaciones del protagonista, los recuerdos de los años de ocupación de los nazis y, sobre todo, la inseguridad de la existencia de un hombre enfermo de soledad, que se conformaría con encontrar algo de felicidad en su turbio pasado. Los críticos de Modiano suelen reprocharle que siempre escribe la misma novela. Él se refería a esta circunstancia en una entrevista que concedió a Álex Vicente hace unos años y que reprodujo el diario Público:
"No es algo premeditado, pero me doy cuenta de que hay ciertos temas que aparecen una y otra vez, como una cantinela que se va repitiendo. A veces incluso me veo obligado a buscar entre mis libros para verificar si hay cosas que ya he escrito antes. Mi literatura es como un caleidoscopio en el que las figuras que se forman parecen diferentes, pese a estar construidas siempre con las mismas piezas.
(...) Pese a estar ambientado en otro momento y en otro lugar, todos mis temas de predilección acaban apareciendo en la novela, como la soledad, la búsqueda de la identidad o la guerra."
Como lector, la prosa de Modiano me seduce y me repele a la vez. Me seduce porque soy capaz de pasearme por los escenarios que describe gracias a sus descripciones casi cinematográficas. Pero la historia que trata de contar no acaba de atrapar mi interés, como si el personaje de Roland fuera más un fantasma que un ser real. Tampoco acaba de convencerme la vocación experimental de algunos capítulos: los que no contienen más que un solo párrafo o los que están dedicados a transcribir fichas de personajes que ayuden al protagonista en su investigación. Mientras escribo estas líneas, me entero de que Patrick Modiano acaba de ganar el premio Nobel. Ahora sus libros reaparecerán en todas las estanterías, se hablará de él y se le leerá aún más. Por mi parte, pienso darle una segunda oportunidad con su famosa Trilogía de la ocupación.
Pero ¿qué es la identidad? ¿podemos fiarnos de nuestros propios recuerdos? En el caso de Roland, cualquier pista, cualquier atisbo del pasado le sirve para ir recuperando vivencias, no sabemos si reales o ficticias, pero que en ningún momento le hacen volver del todo al mundo de la normalidad, porque todos sus éxitos (siempre parciales) son precarios y pueden desmoronarse en cualquier instante:
"Hasta ahora todo me ha parecido tan caótico, tan fragmentario... Retazos, briznas de cosas me volvían de repente según investigaba... Pero, bien pensado, a lo mejor una vida es eso..."
En Calle de las tiendas oscuras encontramos condesadas muchas de las obsesiones de Modiano: la precisión y realismo en las descripciones de las calles de París en las que transcurren las indagaciones del protagonista, los recuerdos de los años de ocupación de los nazis y, sobre todo, la inseguridad de la existencia de un hombre enfermo de soledad, que se conformaría con encontrar algo de felicidad en su turbio pasado. Los críticos de Modiano suelen reprocharle que siempre escribe la misma novela. Él se refería a esta circunstancia en una entrevista que concedió a Álex Vicente hace unos años y que reprodujo el diario Público:
"No es algo premeditado, pero me doy cuenta de que hay ciertos temas que aparecen una y otra vez, como una cantinela que se va repitiendo. A veces incluso me veo obligado a buscar entre mis libros para verificar si hay cosas que ya he escrito antes. Mi literatura es como un caleidoscopio en el que las figuras que se forman parecen diferentes, pese a estar construidas siempre con las mismas piezas.
(...) Pese a estar ambientado en otro momento y en otro lugar, todos mis temas de predilección acaban apareciendo en la novela, como la soledad, la búsqueda de la identidad o la guerra."
Como lector, la prosa de Modiano me seduce y me repele a la vez. Me seduce porque soy capaz de pasearme por los escenarios que describe gracias a sus descripciones casi cinematográficas. Pero la historia que trata de contar no acaba de atrapar mi interés, como si el personaje de Roland fuera más un fantasma que un ser real. Tampoco acaba de convencerme la vocación experimental de algunos capítulos: los que no contienen más que un solo párrafo o los que están dedicados a transcribir fichas de personajes que ayuden al protagonista en su investigación. Mientras escribo estas líneas, me entero de que Patrick Modiano acaba de ganar el premio Nobel. Ahora sus libros reaparecerán en todas las estanterías, se hablará de él y se le leerá aún más. Por mi parte, pienso darle una segunda oportunidad con su famosa Trilogía de la ocupación.
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martes, 7 de octubre de 2014
FACTÓTUM (1975), DE CHARLES BUKOWSKI Y DE BENT HAMER (2005). DÍAS DE VINO Y CURRO.
Charles Bukowski es un autor que ha conseguido una notable popularidad entre muchos lectores de nuestro país, desde el mismo momento en que sus libros comenzaron a ser publicados por estos lares, allá por los años ochenta. Títulos como La máquina de follar o Escritos de un viejo indecente, difícilmente van a pasar desapercibidos entre las estanterías de cualquier librería: Bukowski es la definición de escritor de culto, un tipo que no tiene reparos en usar como materia prima de sus escritos los episodios más sórdidos de su propia biografía.
El alter ego de Bukowski en Factótum es Henry Chinaski, un hombre a la deriva que va saltando de trabajo en trabajo y de ciudad en ciudad sin un objetivo definido, quizá solo sobrevivir un día más. Para Chinaski la existencia no tiene más sentido que cubrir las necesidades primarias: comer, beber y follar de vez en cuando. Que para eso haya que trabajar, es un fastido. Sobre todo cuando el lector pierde la cuenta de las labores que ejercita y de las que es despedido por diversos motivos, aunque casi siempre tienen que ver con los efectos de la bebida:
"Francamente, estaba horrorizado de la vida, de todo lo que un hombre tenía que hacer sólo para comer, dormir y poder vestirse. Así que solo me quedaba en la cama y bebía. Mientras bebia, el mundo seguía allí fuera, pero por el momento no te tenía agarrado por la garganta."
Después de todo, el protagonista tiene suerte de vivir en la época de la Segunda Guerra Mundial, cuando tantos americanos estaban peleando en Europa y Extremo Oriente, y haber sido declarado inútil para el ejército. Estados Unidos necesitaba brazos para trabajar y las empresas buscaban empleados sin hacer demasiadas preguntas. Se podían dar situaciones tan insólitas como ésta, impensable en nuestra época:
"Algunos trabajos eran increíblemente fáciles de conseguir. Recuerdo un sitio en el que entré, me senté en la silla y bostecé. El tío que estaba detrás del escritorio me preguntó:
-¿Sí, que desea usted?
-Mierda - contesté -, creo que necesito un trabajo.
-Contratado."
Es posible que la actitud de Chinaski ante la vida no sea más que un vano intento de sentirse libre, de no depender de servidumbre alguna, pasar de todo, incluso de sí mismo. Pero al final no tiene más remedio que depender de la botella, del sexo efímero y buscar de vez en cuando un currelo para tirar unos días más. Quizá la clave de su filosofía vital se encuentre en este párrafo:
"Yo era un hombre que me alimentaba de soledad; sin ella era como cualquier otro hombre privado de agua y comida. Cada día sin soledad me debilitaba. No me enorgullecía de mi soledad, pero dependía de ella. La oscuridad de la habitación era fortificante para mí como lo era la luz del sol para otros hombres. Tomé un trago de vino."
La adaptación cinematográfica de Bent Hamer es bastante decepcionante. Es una adaptación bastante literal de la novela a nuestro tiempo, aunque obviando algunos episodios clave y reduciendo otros. Lo mejor es la interpretación de Matt Dillon haciéndose con un personaje a su medida, un tipo en permanente estado de alucinación, que a veces tiene arrebatos de gran lucidez. Merece la pena echarle un vistazo, pero solo como complemento a la lectura del original de Bukowski.
El alter ego de Bukowski en Factótum es Henry Chinaski, un hombre a la deriva que va saltando de trabajo en trabajo y de ciudad en ciudad sin un objetivo definido, quizá solo sobrevivir un día más. Para Chinaski la existencia no tiene más sentido que cubrir las necesidades primarias: comer, beber y follar de vez en cuando. Que para eso haya que trabajar, es un fastido. Sobre todo cuando el lector pierde la cuenta de las labores que ejercita y de las que es despedido por diversos motivos, aunque casi siempre tienen que ver con los efectos de la bebida:
"Francamente, estaba horrorizado de la vida, de todo lo que un hombre tenía que hacer sólo para comer, dormir y poder vestirse. Así que solo me quedaba en la cama y bebía. Mientras bebia, el mundo seguía allí fuera, pero por el momento no te tenía agarrado por la garganta."
Después de todo, el protagonista tiene suerte de vivir en la época de la Segunda Guerra Mundial, cuando tantos americanos estaban peleando en Europa y Extremo Oriente, y haber sido declarado inútil para el ejército. Estados Unidos necesitaba brazos para trabajar y las empresas buscaban empleados sin hacer demasiadas preguntas. Se podían dar situaciones tan insólitas como ésta, impensable en nuestra época:
"Algunos trabajos eran increíblemente fáciles de conseguir. Recuerdo un sitio en el que entré, me senté en la silla y bostecé. El tío que estaba detrás del escritorio me preguntó:
-¿Sí, que desea usted?
-Mierda - contesté -, creo que necesito un trabajo.
-Contratado."
Es posible que la actitud de Chinaski ante la vida no sea más que un vano intento de sentirse libre, de no depender de servidumbre alguna, pasar de todo, incluso de sí mismo. Pero al final no tiene más remedio que depender de la botella, del sexo efímero y buscar de vez en cuando un currelo para tirar unos días más. Quizá la clave de su filosofía vital se encuentre en este párrafo:
"Yo era un hombre que me alimentaba de soledad; sin ella era como cualquier otro hombre privado de agua y comida. Cada día sin soledad me debilitaba. No me enorgullecía de mi soledad, pero dependía de ella. La oscuridad de la habitación era fortificante para mí como lo era la luz del sol para otros hombres. Tomé un trago de vino."
La adaptación cinematográfica de Bent Hamer es bastante decepcionante. Es una adaptación bastante literal de la novela a nuestro tiempo, aunque obviando algunos episodios clave y reduciendo otros. Lo mejor es la interpretación de Matt Dillon haciéndose con un personaje a su medida, un tipo en permanente estado de alucinación, que a veces tiene arrebatos de gran lucidez. Merece la pena echarle un vistazo, pero solo como complemento a la lectura del original de Bukowski.
domingo, 5 de octubre de 2014
BOYHOOD (2014), DE RICHARD LINKLATER. ESAS NUBES QUE PASAN.
Parece ser que la gran vocación de Richard Linklater como director, a tenor de películas como la serie Antes del amanecer o esta misma Boyhood, es una exploración, casi de corte antropológico, de la vida y sentimientos de los seres humanos corrientes, a los que no les sucede nada excepcional, nada de lo que tradicionalmente se estima digno de ser contado, pero que por eso mismo revisten un enorme interés de manera inconsciente en un espectador que puede identificarse en la misma colectividad que los personajes. Pensándolo un poco, el experimento de Boyhood no es enteramente original, aunque quizá nunca se haya realizado un proyecto así de manera tan intencionada. Hay series o incluso sagas de películas en los que podemos ver hacerse mayores a los protagonistas (a todo el mundo se le viene a la cabeza, por ejemplo, Harry Potter), pero no están concebidas para explorar, en tiempo real, el difícil paso de la infancia a la madurez de un chico normal. Quizá lo más parecido que yo he visto (aunque me parece que no estaba planificado) es la serie de películas que François Truffaut dedicó al personaje de Antoine Doinel, que comienza con la afamada Los cuatrocientos golpes (1959).
La historia de Boyhood comienza cuando su protagonista, Mason, tiene seis años y finaliza más o menos cuando cumple los dieciocho. Lo más peculiar de la propuesta de Linklater, en su absoluta vocación experimental, es que el espectador debe ir rellenando cuantiosos huecos de la biografía del protagonista en cuanto se producen los cortes que llevan a Mason de una edad a otra. De hecho muchos de los pasajes que se nos muestran son insustanciales: un día normal en la vida del protagonista, sus pequeñas alegrías, miedos o frustraciones. En otras ocasiones, sí hay más trascendencia: los conflictos con su padrastro alcóholico o sus primeros amores: cine naturalista, casi documental, en el que el hilo narrativo es tan imprevisible (y caótico, por qué no decirlo) como la propia existencia. También se aprovecha para mostrar la vida en la primera década del siglo XXI, tan reciente y ya tan lejana, marcada por la caída de las Torres Gemelas, la guerra de Irak y la generalización de internet. Es curioso que en este contexto tan moderno, los abuelos texanos de Mason sigan fieles a la ideología del rifle y la Biblia.
Si algo queda claro después del visionado de Boyhood es que el fracaso y el triunfo vitales son conceptos relativos, quizá más marcados por el momento concreto en el que se piensa en ellos que los típicos conceptos absolutos que siempre nos imaginamos. Además, y esta es una apreciación muy personal, la película es también una reflexión sobre la fugacidad del paso del tiempo. El Mason niño y el Mason que se asoma a la vida adulta son la misma persona, aunque su físico parezca decir lo contrario. Sin apenas darse cuenta, pronto habrá llegado a los cuarenta y después, con una rapidez asombrosa, a la vejez. Quizá en sus últimos estertores se vea a sí mismo de nuevo con ocho años, mirando a las nubes, soñando con una vida plena.
La historia de Boyhood comienza cuando su protagonista, Mason, tiene seis años y finaliza más o menos cuando cumple los dieciocho. Lo más peculiar de la propuesta de Linklater, en su absoluta vocación experimental, es que el espectador debe ir rellenando cuantiosos huecos de la biografía del protagonista en cuanto se producen los cortes que llevan a Mason de una edad a otra. De hecho muchos de los pasajes que se nos muestran son insustanciales: un día normal en la vida del protagonista, sus pequeñas alegrías, miedos o frustraciones. En otras ocasiones, sí hay más trascendencia: los conflictos con su padrastro alcóholico o sus primeros amores: cine naturalista, casi documental, en el que el hilo narrativo es tan imprevisible (y caótico, por qué no decirlo) como la propia existencia. También se aprovecha para mostrar la vida en la primera década del siglo XXI, tan reciente y ya tan lejana, marcada por la caída de las Torres Gemelas, la guerra de Irak y la generalización de internet. Es curioso que en este contexto tan moderno, los abuelos texanos de Mason sigan fieles a la ideología del rifle y la Biblia.
Si algo queda claro después del visionado de Boyhood es que el fracaso y el triunfo vitales son conceptos relativos, quizá más marcados por el momento concreto en el que se piensa en ellos que los típicos conceptos absolutos que siempre nos imaginamos. Además, y esta es una apreciación muy personal, la película es también una reflexión sobre la fugacidad del paso del tiempo. El Mason niño y el Mason que se asoma a la vida adulta son la misma persona, aunque su físico parezca decir lo contrario. Sin apenas darse cuenta, pronto habrá llegado a los cuarenta y después, con una rapidez asombrosa, a la vejez. Quizá en sus últimos estertores se vea a sí mismo de nuevo con ocho años, mirando a las nubes, soñando con una vida plena.
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JUSTICIA (2009), DE MICHAEL J. SANDEL. ¿HACEMOS LO QUE DEBEMOS?
A veces envidio profundamente los sistemas educativos que se dan en otro países. Si en la Universidad que yo conocí, los profesores, salvo honrosas excepciones, se limitaban a cacarear conocimientos desde su poltrona, observando severamente al alumno que se atrevía a intervenir o a objetar cualquier cosa, en otros ámbitos lo que se fomenta precisamente es lo contrario, siendo el catedrático el primero entre iguales, lo cual no contradice la idea del respeto debido al maestro, sino que la fomenta.
Michael J. Sandel es conocido sobre todo por el curso dedicado a la idea de Justicia que imparte en la Universidad de Harvard, que ha llegado a inspirar documentales televisivos y un libro de éxito. El secreto de Sandel es aplicar la árida materia filosófica a la realidad en la que habitamos todos los días. Puede que la justicia sea algo metafísico, más perteneciente al mundo de las ideas que al nuestro, pero, después de todo, muchos de los avances que ha conseguido la humanidad se han derivado de su desarrollo teórico, en forma de leyes y constituciones, que posibilitan la imprescindible organización social necesaria para el progreso. Cuando la gente reflexiona acerca de su idea de lo que es la justicia, su hilo de pensamiento suele derivar en la idea contraria, en la injusticia y los modos de remediarla. Así, habrá quien abogue por un Estado policial y habrá quien piense que la idea del Estado de bienestar no está tan mal. En estos tiempos la idea triunfante es la del liberalismo, quizá con con el ultra delante. Constamente se nos bombardea con mensajes que nos incitan a buscar nuestro potencial interior, que nos dicen que somos triunfadores aunque no lo sepamos: el objetivo es que el fracaso también se individualice. Que no se culpe al Estado o a la sociedad, sino a nosotros mismos.
Teniendo en cuenta que la mayoría de los debates políticos sobre justicia tienen que ver con la economía, con la prosperidad, hasta tal punto que otro tipo de discusiones casi están vetadas del foro público. Así pues, examinemos el mundo ideal del pensamiento ultraliberal, que dice basarse en la meritocracia como fundamento de dicha prosperidad individual. Pero eso es una falacia, puesto que las personas no nacen en las mismas condiciones, no inician su carrera desde el mismo punto de partida. En materia de triunfo vital, al menos desde el punto de vista económico, no es lo mismo nacer en una familia próspera que en un barrio de chabolas. Y las desigualdades no acaban aquí, sino que también se bifurcan hacia la herencia genética. Michael Jordan vive en un mundo en el que el baloncesto es apreciado y por saber meter una pelota en un aro gana millones de dólares. Si llega a hacerlo un siglo antes, sus habilidades naturales (que él ha potenciado, por supuesto, con grandes sesiones de entrenamiento), no le hubieran servido de mucho y se hubiera tenido que buscar la vida de otra manera:
"Prescindir del merecimiento moral como fundamento de la justicia distributiva resulta moralmente atractivo porque socava la complaciente premisa, habitual en las sociedades meritocráticas, de que el éxito corona la virtud, de que los ricos son ricos porque se lo merecen más que los pobres. Como nos recuerda Rawls, "nadie se merece la superior capacidad que por naturaleza pueda tener ni partir de una situación social más favorable". Y no es obra nuestra el que vivamos en una sociedad que tiene a bien recompensar nuestros puntos fuertes. Eso mide nuestra buena suerte, no nuestra virtud."
En el mundo ideal ultraliberal, los ricos no pagarían impuestos, porque detraer parte de la fortuna de alguien para uso social sería considerado un robo (siempre que dicha fortuna tuviera un origen lícito, si no sería demasiado escandaloso). Según parece, en esta sociedad los perdedores lo serían con todas las de la ley: ellos se lo habrían buscado, por lo que el Estado no tendría obligación de ayudarles ni concederles una segunda oportunidad, aunque sí podrían solicitar limosna (recuerden la doctrina del capitalismo compasivo del nefasto presidente Bush II) si alguien se la quiere conceder. Es evidente que los fundamentos de esta teoría hacen agua por los cuatro costados. Muchos ricos lo son de herencia, y el origen de la fortuna se pierde en la noche de los tiempos, siendo ilícito en demasiadas ocasiones. Además, desplazar el papel del Estado como garante de la justicia social hacia la compasión privada sería catastrófico, porque es bien sabido que uno de los más poderosos sentimientos humanos es el de la codicia. Cuanto menos nos ha costado conseguir lo que poseemos, mayor sentimiento de superioridad, de ser unos elegidos nos embarga. Además, cuando se desmorona el sistema capitalista, cuyo funcionamiento actual nadie alcanza a comprender del todo, los grandes empresarios apelan a la ayuda del Estado, no intentan resolver por sí mismos los problemas que han provocado. Como siempre ha sucedido a lo largo de la historia, los débiles deben sacrificarse para que los poderosos sigan manteniendo su nivel de vida.
Como es lógico, el contenido del ensayo Justicia, no termina ni empieza con los asuntos que yo estoy exponiendo aquí. Se trata de un compendio mucho más completo de dilemas éticos actuales y de cómo algunas ideas de los grandes filósofos (Aristóteles, Kant, Rawls o Stuart Mill) han conformado buena parte de nuestros fundamentos como civilización. Yo me quedaría con una frase de Franklin D. Roosevelt, un presidente que verdaderamente trabajó para cambiar su país hacia mejor: "Un hombre necesitado no es un hombre libre".
Michael J. Sandel es conocido sobre todo por el curso dedicado a la idea de Justicia que imparte en la Universidad de Harvard, que ha llegado a inspirar documentales televisivos y un libro de éxito. El secreto de Sandel es aplicar la árida materia filosófica a la realidad en la que habitamos todos los días. Puede que la justicia sea algo metafísico, más perteneciente al mundo de las ideas que al nuestro, pero, después de todo, muchos de los avances que ha conseguido la humanidad se han derivado de su desarrollo teórico, en forma de leyes y constituciones, que posibilitan la imprescindible organización social necesaria para el progreso. Cuando la gente reflexiona acerca de su idea de lo que es la justicia, su hilo de pensamiento suele derivar en la idea contraria, en la injusticia y los modos de remediarla. Así, habrá quien abogue por un Estado policial y habrá quien piense que la idea del Estado de bienestar no está tan mal. En estos tiempos la idea triunfante es la del liberalismo, quizá con con el ultra delante. Constamente se nos bombardea con mensajes que nos incitan a buscar nuestro potencial interior, que nos dicen que somos triunfadores aunque no lo sepamos: el objetivo es que el fracaso también se individualice. Que no se culpe al Estado o a la sociedad, sino a nosotros mismos.
Teniendo en cuenta que la mayoría de los debates políticos sobre justicia tienen que ver con la economía, con la prosperidad, hasta tal punto que otro tipo de discusiones casi están vetadas del foro público. Así pues, examinemos el mundo ideal del pensamiento ultraliberal, que dice basarse en la meritocracia como fundamento de dicha prosperidad individual. Pero eso es una falacia, puesto que las personas no nacen en las mismas condiciones, no inician su carrera desde el mismo punto de partida. En materia de triunfo vital, al menos desde el punto de vista económico, no es lo mismo nacer en una familia próspera que en un barrio de chabolas. Y las desigualdades no acaban aquí, sino que también se bifurcan hacia la herencia genética. Michael Jordan vive en un mundo en el que el baloncesto es apreciado y por saber meter una pelota en un aro gana millones de dólares. Si llega a hacerlo un siglo antes, sus habilidades naturales (que él ha potenciado, por supuesto, con grandes sesiones de entrenamiento), no le hubieran servido de mucho y se hubiera tenido que buscar la vida de otra manera:
"Prescindir del merecimiento moral como fundamento de la justicia distributiva resulta moralmente atractivo porque socava la complaciente premisa, habitual en las sociedades meritocráticas, de que el éxito corona la virtud, de que los ricos son ricos porque se lo merecen más que los pobres. Como nos recuerda Rawls, "nadie se merece la superior capacidad que por naturaleza pueda tener ni partir de una situación social más favorable". Y no es obra nuestra el que vivamos en una sociedad que tiene a bien recompensar nuestros puntos fuertes. Eso mide nuestra buena suerte, no nuestra virtud."
En el mundo ideal ultraliberal, los ricos no pagarían impuestos, porque detraer parte de la fortuna de alguien para uso social sería considerado un robo (siempre que dicha fortuna tuviera un origen lícito, si no sería demasiado escandaloso). Según parece, en esta sociedad los perdedores lo serían con todas las de la ley: ellos se lo habrían buscado, por lo que el Estado no tendría obligación de ayudarles ni concederles una segunda oportunidad, aunque sí podrían solicitar limosna (recuerden la doctrina del capitalismo compasivo del nefasto presidente Bush II) si alguien se la quiere conceder. Es evidente que los fundamentos de esta teoría hacen agua por los cuatro costados. Muchos ricos lo son de herencia, y el origen de la fortuna se pierde en la noche de los tiempos, siendo ilícito en demasiadas ocasiones. Además, desplazar el papel del Estado como garante de la justicia social hacia la compasión privada sería catastrófico, porque es bien sabido que uno de los más poderosos sentimientos humanos es el de la codicia. Cuanto menos nos ha costado conseguir lo que poseemos, mayor sentimiento de superioridad, de ser unos elegidos nos embarga. Además, cuando se desmorona el sistema capitalista, cuyo funcionamiento actual nadie alcanza a comprender del todo, los grandes empresarios apelan a la ayuda del Estado, no intentan resolver por sí mismos los problemas que han provocado. Como siempre ha sucedido a lo largo de la historia, los débiles deben sacrificarse para que los poderosos sigan manteniendo su nivel de vida.
Como es lógico, el contenido del ensayo Justicia, no termina ni empieza con los asuntos que yo estoy exponiendo aquí. Se trata de un compendio mucho más completo de dilemas éticos actuales y de cómo algunas ideas de los grandes filósofos (Aristóteles, Kant, Rawls o Stuart Mill) han conformado buena parte de nuestros fundamentos como civilización. Yo me quedaría con una frase de Franklin D. Roosevelt, un presidente que verdaderamente trabajó para cambiar su país hacia mejor: "Un hombre necesitado no es un hombre libre".
jueves, 2 de octubre de 2014
CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN OCTUBRE. LA CURIOSIDAD DE LOS LECTORES.
¿No les ha ocurrido nunca ir paseando por la calle y encontrarse con alguien leyendo en un banco? El primer impulso es la curiosidad hacia el otro miembro de la comunidad lectora. Queremos, o más bien necesitamos saber qué libro es el que tiene entre las manos. Nos acercamos disimuladamente y miramos de reojo la cubierta. A veces el lector se siente observado y levanta la vista, pero eso solo sucede cuando la novela es mala. Si lo que lee lo mantiene aislado del exterior, cautivo de las palabras, no reparará en nuestra presencia. Hay veces que ni siquiera los seres retratados en los cuadros que colgamos en casa pueden resistirse al hechizo de la letra escrita y cobran vida momentáneamente, para distraer el aburrimiento con una buena historia.
Y buenas historias nos traen también los clubes de lectura de este octubre que ha empezado bastante caluroso.
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, seguimos leyendo una novela que nos está dejando un poco indiferentes: Calle de las tiendas oscuras, de Patrick Modiano.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, disfrutaremos de la presencia de José Antonio Garriga Vela, en una conversación en torno a su novela El cuarto de las estrellas.
En el club de lectura de Más Libros Libres, un clásico que yo leí hace ya muchos años y que tengo ganas de retomar: Rojo y negro, de Stendhal.
En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres, uno de los libros imprescindibles para entender qué le ha ocurrido a nuestro país en los últimos años: Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina. Se da la circunstancia de que Muñoz Molina visitará Málaga el mes que viene, para ofrecer una charla en torno a este libro, en La Térmica...
En el club de lectura en inglés de Más Libros Libres, todo un clásico de las letras americanas: El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, uno de los libros más leídos (y queridos) de la historia.
En los clubes de lectura del Centro Andaluz de las Letras, por un lado Los adoradores de la serpiente roja, de Miguel Palacios, con presencia del autor. Y por otro, la novela de moda en estos momentos. La autobiografía, sin censuras morales, de Karl Ove Knausgård: La muerte del padre. Además, la presentación de un nuevo club, de literatura y cibercultura, a cargo del escritor de ciencia ficción Rafael Martín Techera, cuya primera lectura, será nada menos que Yo, robot, de Isaac Asimov, una de las cimas del género.
En el club de lectura del Ateneo de Málaga, la apuesta segura de los clásicos: El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara.
En el club de lectura de la Librería Luces, otra apuesta segura, que siempre acaba apareciendo en todo taller que se precie: San Manuel Bueno Mártir, de Miguel de Unamuno.
En el club de lectura de la Casa del Libro, un clásico moderno de la literatura de fantasmas: Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson.
En el club de lectura de Fnac Málaga, buena literatura japonesa: Los años de espera, de Fumiko Enchi.
Y pasando a los cineforums, tenemos por un lado, en la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una producción danesa que fue candidata al Oscar a la mejor película extranjera, la interesantísima La caza, de Thomas Vinterberg. En Más Libros Libres este mes toca una obra maestra del cine negro: Retorno al pasado, de Jacques Tourneur y en el Ateneo, cine francés: La kermesse heroíca, de Jacques Feyder.
Además, el 29 de octubre comienza el taller de escritura de Más Libros Libres. Impartido por la especialista Pilar Arijo, es totalmente gratuíto. Si no te conformas con leer y también quieres emular a tus autores favoritos escribiendo y conociendo a gente con tus mismas inquietudes, apúntate.
Como de costumbre, cualquier cambio o noticia de nuevo club, será colocado en la columna de la derecha. ¡Felices lecturas!
Y buenas historias nos traen también los clubes de lectura de este octubre que ha empezado bastante caluroso.
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, seguimos leyendo una novela que nos está dejando un poco indiferentes: Calle de las tiendas oscuras, de Patrick Modiano.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, disfrutaremos de la presencia de José Antonio Garriga Vela, en una conversación en torno a su novela El cuarto de las estrellas.
En el club de lectura de Más Libros Libres, un clásico que yo leí hace ya muchos años y que tengo ganas de retomar: Rojo y negro, de Stendhal.
En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres, uno de los libros imprescindibles para entender qué le ha ocurrido a nuestro país en los últimos años: Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina. Se da la circunstancia de que Muñoz Molina visitará Málaga el mes que viene, para ofrecer una charla en torno a este libro, en La Térmica...
En el club de lectura en inglés de Más Libros Libres, todo un clásico de las letras americanas: El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, uno de los libros más leídos (y queridos) de la historia.
En los clubes de lectura del Centro Andaluz de las Letras, por un lado Los adoradores de la serpiente roja, de Miguel Palacios, con presencia del autor. Y por otro, la novela de moda en estos momentos. La autobiografía, sin censuras morales, de Karl Ove Knausgård: La muerte del padre. Además, la presentación de un nuevo club, de literatura y cibercultura, a cargo del escritor de ciencia ficción Rafael Martín Techera, cuya primera lectura, será nada menos que Yo, robot, de Isaac Asimov, una de las cimas del género.
En el club de lectura del Ateneo de Málaga, la apuesta segura de los clásicos: El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara.
En el club de lectura de la Librería Luces, otra apuesta segura, que siempre acaba apareciendo en todo taller que se precie: San Manuel Bueno Mártir, de Miguel de Unamuno.
En el club de lectura de la Casa del Libro, un clásico moderno de la literatura de fantasmas: Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson.
En el club de lectura de Fnac Málaga, buena literatura japonesa: Los años de espera, de Fumiko Enchi.
Y pasando a los cineforums, tenemos por un lado, en la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una producción danesa que fue candidata al Oscar a la mejor película extranjera, la interesantísima La caza, de Thomas Vinterberg. En Más Libros Libres este mes toca una obra maestra del cine negro: Retorno al pasado, de Jacques Tourneur y en el Ateneo, cine francés: La kermesse heroíca, de Jacques Feyder.
Además, el 29 de octubre comienza el taller de escritura de Más Libros Libres. Impartido por la especialista Pilar Arijo, es totalmente gratuíto. Si no te conformas con leer y también quieres emular a tus autores favoritos escribiendo y conociendo a gente con tus mismas inquietudes, apúntate.
Como de costumbre, cualquier cambio o noticia de nuevo club, será colocado en la columna de la derecha. ¡Felices lecturas!
miércoles, 1 de octubre de 2014
EL NIÑO (2014), DE DANIEL MONZÓN. CRUZAR EL ESTRECHO.
Una de las frases más celebradas del muy popular sitio de Twitter de la Policía Nacional aseveraraba algo así como que quien juega a Breaking bad acaba convirtiéndose en protagonista de Prison break. Bajo la ingeniosa afirmación late una gran verdad: la mayoría de los que se dedican al lucrativo negocio del narcotráfico acaba entre rejas. Esto no quiere decir que este probable destino sea disuasorio para la mayor parte de los que se dedican a esto, que seguramente lo hacen porque ya han tenido previo contacto con este mundo como consumidores. Supongo que simplemente asumen el riesgo, esperando tener suerte y no piensan demasiado en esa posibilidad. Además, la sensación de peligro queda compensada por la posibilidad de ganar enormes cantidades de dinero de forma relativamente rápida y sencilla.
Como expone Araceli Manjón-Cabeza en La solución, la principal responsabilidad de que se mantenga esta guerra despiadada contra el narcotráfico recae en los Estados. Que el comercio de un producto tan demandado como la droga esté en manos de bandas criminales, que se enriquecen de manera escandalosa, no es una buena idea, como ya se probó en los años de la prohibición de alcohol en Estados Unidos. En México, por ejemplo, los narcos controlan regiones enteras, desafiando al ejército en capacidad militar. Todos los días mueren inocentes en un escenario de violencia despiadada, entre las bandas rivales y éstas contra el ejército. Muchos funcionarios se corrompen, ya sea por ganar dinero o porque temen por su vida. La legalización no sería la panacea que acabaría de un plumazo con todos los problemas, pero sí que podría convertirse en el mejor instrumento para acabar con la financiación de las mafias y velar por la salud pública: quien quiera drogas, que al menos consuma un producto controlado, no adulterado y se le ofrezca información y la posibilidad de rehabilitarse.
En España, el punto más caliente de este problema se encuentra en el Estrecho de Gibraltar, donde en pocos kilómetros cuadrados, como se nos informa al principio de la película, conviven tres soberanías: la española, la marroquí y la británica. Los pocos kilómetros de océano que separan ambas costas son un campo de batalla, a veces secreto, pero intenso. En ocasiones los telediarios se abren con imágenes del último alijo: miles de kilos de estupefacientes que hubieran alcanzado millones de euros en el mercado. Siempre que veo una noticia así, pienso en cuantos cargamentos arribarán con éxito a nuestras costas por cada uno que se captura. También me hace mucha gracia que Europa haya adoptado la medida de contabilizar (supongo que a ojo de buen cubero), para calcular el PIB de cada país, el tráfico ilegal de drogas y la prostitución. Supongo que gracias a estas actividades, España es ahora un país oficialmente más rico.
Hace ya bastante que la costa de Cádiz es un lugar económicamente deprimido, con los niveles de paro más altos de la Unión Europea. La única posibilidad para muchos jóvenes de ganarse la vida consiste en emigrar o unirse a las redes de contrabando ilegal, de tabaco o de droga. Esta es la situación en la que se encuentran los dos protagonistas de El Niño. Cuando se les concede una oportunidad de demostrar que son capaces de hacer el viaje de ida y vuelta a Marruecos, comienzan una carrera en un mundo del que es muy difícil salir, aún cuando ellos consiguen vivir unos meses de gloria cuando se montan su propia pequeña empresa, con la ayuda de Rachid, un adolescente de origen marroquí, que cuenta con sobrada experiencia en estas lides. Por otra parte, la policía del Estrecho libra su particular guerra contra el tráfico. Guerra inútil, por otra parte, pero de la que esperan resultados, al menos de cara a la galería. Jesús (Luis Tosar) es el típico miembro del cuerpo que vive para su trabajo. En el fondo sabe que las batallas diarias que protagoniza no son más que una especie de juego de ajedrez, amenizado de vez en cuando con espectaculares persecuciones, un juego que no se acaba nunca, porque por cada sospechoso capturado, otros dos están deseando ocupar su lugar.
Con estas perspectivas, con un Estado que solo es capaz de invertir dinero en una zona deprimida para luchar contra el narcotráfico, la vida de estos jóvenes debe transcurrir deprisa. Saben que las posibilidades de acabar en la cárcel son altas, pero también quieren ganar dinero para acceder a una vida digna, aunque se sepan meros peones en el gran tablero del Estrecho. El Niño y sus socios son los herederos de la mejor tradición de la novela picaresca española, víctimas de un sistema que los ningunea y después pone todos los medios para aplastarlos.
Hay que felicitar a Daniel Monzón, porque ha crecido aún más como director desde la muy interesante Celda 211. En El Niño, los elementos que conforman la acción, aparte de estar desarrollados de una forma mucho más creíble, encuentran un perfecto equilibrio entre comedia y tragedia. Todos los intérpretes están magníficos, destacando el debutante Jesús Castro (aunque uno no se lo puede imaginar en otro tipo de papel) y el siempre solvente Luis Tosar. Si algo demuestra la película de Monzón, es que en la realidad de la España actual sobran tramas para inspirar buenas muestras de género negro y policial.
Como expone Araceli Manjón-Cabeza en La solución, la principal responsabilidad de que se mantenga esta guerra despiadada contra el narcotráfico recae en los Estados. Que el comercio de un producto tan demandado como la droga esté en manos de bandas criminales, que se enriquecen de manera escandalosa, no es una buena idea, como ya se probó en los años de la prohibición de alcohol en Estados Unidos. En México, por ejemplo, los narcos controlan regiones enteras, desafiando al ejército en capacidad militar. Todos los días mueren inocentes en un escenario de violencia despiadada, entre las bandas rivales y éstas contra el ejército. Muchos funcionarios se corrompen, ya sea por ganar dinero o porque temen por su vida. La legalización no sería la panacea que acabaría de un plumazo con todos los problemas, pero sí que podría convertirse en el mejor instrumento para acabar con la financiación de las mafias y velar por la salud pública: quien quiera drogas, que al menos consuma un producto controlado, no adulterado y se le ofrezca información y la posibilidad de rehabilitarse.
En España, el punto más caliente de este problema se encuentra en el Estrecho de Gibraltar, donde en pocos kilómetros cuadrados, como se nos informa al principio de la película, conviven tres soberanías: la española, la marroquí y la británica. Los pocos kilómetros de océano que separan ambas costas son un campo de batalla, a veces secreto, pero intenso. En ocasiones los telediarios se abren con imágenes del último alijo: miles de kilos de estupefacientes que hubieran alcanzado millones de euros en el mercado. Siempre que veo una noticia así, pienso en cuantos cargamentos arribarán con éxito a nuestras costas por cada uno que se captura. También me hace mucha gracia que Europa haya adoptado la medida de contabilizar (supongo que a ojo de buen cubero), para calcular el PIB de cada país, el tráfico ilegal de drogas y la prostitución. Supongo que gracias a estas actividades, España es ahora un país oficialmente más rico.
Hace ya bastante que la costa de Cádiz es un lugar económicamente deprimido, con los niveles de paro más altos de la Unión Europea. La única posibilidad para muchos jóvenes de ganarse la vida consiste en emigrar o unirse a las redes de contrabando ilegal, de tabaco o de droga. Esta es la situación en la que se encuentran los dos protagonistas de El Niño. Cuando se les concede una oportunidad de demostrar que son capaces de hacer el viaje de ida y vuelta a Marruecos, comienzan una carrera en un mundo del que es muy difícil salir, aún cuando ellos consiguen vivir unos meses de gloria cuando se montan su propia pequeña empresa, con la ayuda de Rachid, un adolescente de origen marroquí, que cuenta con sobrada experiencia en estas lides. Por otra parte, la policía del Estrecho libra su particular guerra contra el tráfico. Guerra inútil, por otra parte, pero de la que esperan resultados, al menos de cara a la galería. Jesús (Luis Tosar) es el típico miembro del cuerpo que vive para su trabajo. En el fondo sabe que las batallas diarias que protagoniza no son más que una especie de juego de ajedrez, amenizado de vez en cuando con espectaculares persecuciones, un juego que no se acaba nunca, porque por cada sospechoso capturado, otros dos están deseando ocupar su lugar.
Con estas perspectivas, con un Estado que solo es capaz de invertir dinero en una zona deprimida para luchar contra el narcotráfico, la vida de estos jóvenes debe transcurrir deprisa. Saben que las posibilidades de acabar en la cárcel son altas, pero también quieren ganar dinero para acceder a una vida digna, aunque se sepan meros peones en el gran tablero del Estrecho. El Niño y sus socios son los herederos de la mejor tradición de la novela picaresca española, víctimas de un sistema que los ningunea y después pone todos los medios para aplastarlos.
Hay que felicitar a Daniel Monzón, porque ha crecido aún más como director desde la muy interesante Celda 211. En El Niño, los elementos que conforman la acción, aparte de estar desarrollados de una forma mucho más creíble, encuentran un perfecto equilibrio entre comedia y tragedia. Todos los intérpretes están magníficos, destacando el debutante Jesús Castro (aunque uno no se lo puede imaginar en otro tipo de papel) y el siempre solvente Luis Tosar. Si algo demuestra la película de Monzón, es que en la realidad de la España actual sobran tramas para inspirar buenas muestras de género negro y policial.
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