Aunque nacido en Estados Unidos, Joseph Campbell fue uno de esos hombres que desde muy temprano se sienten ciudadanos del mundo o más bien, en su caso, un hermano de todos los hombres. Se interesó por diversas tradiciones culturales, quedando fascinado por la filosofía hindú. Su gran obsesión, reflejada en El héroe de las mil caras, fue establecer la pauta que guía las diversas religiones y sistemas mitológicos, sobre todo en cuanto a la habitual presencia de un héroe que es capaz de penetrar a través de la fina tela que nos separa del mundo sobrenatural:
"El héroe inicia su aventura desde el mundo de todos los días hacia una región de prodigios sobrenaturales, se enfrenta con fuerzas fabulosas y gana una victoria decisiva; el héroe regresa de su misteriosa aventura con la fuerza de otorgar dones a sus hermanos."
En estas historias, la humanidad debe muchos de sus conocimientos - tanto espirituales como materiales - al héroe benefactor, que se ha atrevido a emprender un arriesgado viaje en busca del conocimiento secreto. Cuando regresa, es como si renaciera después de una muerte fingida. Y sus hermanos sufren con él esta especie de renacimiento en el que pueden entrever cual es el sentido de una existencia que había sido oscura hasta ese momento. Es decir, el héroe despierta algo que siempre había estado dentro de sus semejantes, algo que les relaciona con la divinidad, una realidad que nunca habrían podido conocer si no llega a ser por la hazaña del héroe.
Estudiando todas estas mitologías con tantos puntos en común, Campbell llega a la conclusión de que el hombre contemporáneo, al rechazar el mito o racionalizarlo, no podemos hacernos partícipes de los beneficios en cuanto a pertenencia plena a una comunidad y sentido de la existencia que estos otorgan (una función que hasta hace poco desempeñaba la religión en nuestra sociedad). El antropólogo hace uso del psicoanálisis, analizando algunos sueños muy comunes para probar que los arquetipos universales (un concepto de Jung) siguen estando presentes y son compañeros inseparables del hombre, dándose así expresión simbólica a los deseos y miedos inconscientes que intentamos que no salgan a flote en la existencia cotidiana.
Uno de los aspectos por los que más se recuerda El héroe de los dos caras es la descripción de las diferentes etapas del viaje del héroe, que suelen estar presentes, a veces de manera tan similar que sorprende, en los relatos de las mitologías de todo el mundo. No es extraño que George Lucas se inspirase en este libro para filmar el viaje de su héroe, Luke Skywalker y que éste tuviera una aceptación tan inmediata en todo el mundo. Lucas se acogía a una fórmula que llevaba siglos funcionando.
martes, 10 de septiembre de 2013
lunes, 9 de septiembre de 2013
ELYSIUM (2013), DE NEILL BLOMKAMP. CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE.
Después del éxito de la magnífica Distrito 9, todo un alarde de imaginación en el difícil género de la ciencia ficción, la siguiente película de Blomkamp era muy esperada, pues el éxito de su opera prima le otorgaba la capacidad de rodar la historia que quisiera y con un presupuesto mucho más abultado.
En Elysium Blomkamp sigue ofreciéndonos su visión sombría del futuro. Nos encontramos a mitad del siglo XXII y la Tierra es un planeta moribundo y sin futuro. La superpoblación ha provocado que la gente se hacine en unas ciudades que se parecen a inmensos barrios de fabelas en los que desapareció hace mucho tiempo la esperanza de un futuro mejor. Porque ese mundo mejor existe, sí, y está en el cielo, como aseguran la religión católica, pero no es un lugar invisible al que se va después de morir, sino que es apreciable a simple vista: se trata de una enorme estación espacial en la que se ha creado un hábitat comparable al de las urbanizaciones más lujosas de Marbella. Y además tiene la ventaja de su aislamiento: solo pueden acceder a Elysium los que consigan ser nombrados ciudadanos, algo que solo está al alcance de los muy ricos. Para quienes lo logran, la vida se convierte en lo más parecido al paraíso: toman posesión de una casa en una urbanización pija y tiene acceso a una gran ventaja: máquinas que curan cualquier dolencia y prolongan la vida de sus usuarios manteniéndolos con una perfecta salud. Además, como vaticinó Santo Tomás, los bienaventurados de Elysium pueden deleitarse contemplando la Tierra a distancia, donde se encuentran los condenados a un infierno muy real.
Pero hay gente en la desértica Tierra que no se resigna a su destino. Gente físicamente enferma o enferma de esperanza que espera poder alcanzar Elysium en utilizando una especie de naves-patera preparadas al efecto. Los desembarcos casi nunca tienen éxito y sus pasajeros casi siempre terminan muriendo, aunque existan voces en Elysium que aboguen por un tratamiento más humanitario al inmigrante ilegal. ¿Qué harían ustedes si la Tierra se convirtiera en un páramo superpoblado y tuvieran la oportunidad y el dinero para huir a una lujosa estación espacial con toda su familia? ¿Se volvería usted un fascista y estaría de acuerdo en aplicar mano dura a quien quisiera entrar ilegalmente en su sacrosanto territorio? En realidad la película de Blomkamp no es más que una metáfora del mundo en el que vivimos, dividido por fronteras muy reales.
Como viene sucediendo con demasiada frecuencia en el cine actual, Elysium comienza de manera impecable: con una impresionante descripción en imágenes de la vida desesperada en un planeta que se ha convertido en un inmenso país tercermundista en el que los pocos que cuentan con un empleo lo ejercen en condiciones deplorables y siempre en servicio de los ricos de Elysium. Lo malo es que cuando acaba la descripción y comienza la narración, la película se pierde en lugares comunes muchas veces visitados por el espectador. Al final todo deviene en la consabida persecución y enfrentamiento a tiros en los pasillos de la estación espacial, con un Matt Damon que pone el piloto automático para firmar una actuación mediocre. El tono de Blomkamp me ha recordado poderosamente a la ciencia ficción de Paul Verhoeven, salpicada de violencia y crueldad, aunque sin la precisión narrativa de éste. Esperemos que las futuras buenas ideas que sin duda nos aportará Blomkamp vayan acompañadas por guiones mejor desarrollados.
En Elysium Blomkamp sigue ofreciéndonos su visión sombría del futuro. Nos encontramos a mitad del siglo XXII y la Tierra es un planeta moribundo y sin futuro. La superpoblación ha provocado que la gente se hacine en unas ciudades que se parecen a inmensos barrios de fabelas en los que desapareció hace mucho tiempo la esperanza de un futuro mejor. Porque ese mundo mejor existe, sí, y está en el cielo, como aseguran la religión católica, pero no es un lugar invisible al que se va después de morir, sino que es apreciable a simple vista: se trata de una enorme estación espacial en la que se ha creado un hábitat comparable al de las urbanizaciones más lujosas de Marbella. Y además tiene la ventaja de su aislamiento: solo pueden acceder a Elysium los que consigan ser nombrados ciudadanos, algo que solo está al alcance de los muy ricos. Para quienes lo logran, la vida se convierte en lo más parecido al paraíso: toman posesión de una casa en una urbanización pija y tiene acceso a una gran ventaja: máquinas que curan cualquier dolencia y prolongan la vida de sus usuarios manteniéndolos con una perfecta salud. Además, como vaticinó Santo Tomás, los bienaventurados de Elysium pueden deleitarse contemplando la Tierra a distancia, donde se encuentran los condenados a un infierno muy real.
Pero hay gente en la desértica Tierra que no se resigna a su destino. Gente físicamente enferma o enferma de esperanza que espera poder alcanzar Elysium en utilizando una especie de naves-patera preparadas al efecto. Los desembarcos casi nunca tienen éxito y sus pasajeros casi siempre terminan muriendo, aunque existan voces en Elysium que aboguen por un tratamiento más humanitario al inmigrante ilegal. ¿Qué harían ustedes si la Tierra se convirtiera en un páramo superpoblado y tuvieran la oportunidad y el dinero para huir a una lujosa estación espacial con toda su familia? ¿Se volvería usted un fascista y estaría de acuerdo en aplicar mano dura a quien quisiera entrar ilegalmente en su sacrosanto territorio? En realidad la película de Blomkamp no es más que una metáfora del mundo en el que vivimos, dividido por fronteras muy reales.
Como viene sucediendo con demasiada frecuencia en el cine actual, Elysium comienza de manera impecable: con una impresionante descripción en imágenes de la vida desesperada en un planeta que se ha convertido en un inmenso país tercermundista en el que los pocos que cuentan con un empleo lo ejercen en condiciones deplorables y siempre en servicio de los ricos de Elysium. Lo malo es que cuando acaba la descripción y comienza la narración, la película se pierde en lugares comunes muchas veces visitados por el espectador. Al final todo deviene en la consabida persecución y enfrentamiento a tiros en los pasillos de la estación espacial, con un Matt Damon que pone el piloto automático para firmar una actuación mediocre. El tono de Blomkamp me ha recordado poderosamente a la ciencia ficción de Paul Verhoeven, salpicada de violencia y crueldad, aunque sin la precisión narrativa de éste. Esperemos que las futuras buenas ideas que sin duda nos aportará Blomkamp vayan acompañadas por guiones mejor desarrollados.
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viernes, 6 de septiembre de 2013
EL PIANISTA DEL GUETO DE VARSOVIA (1946), DE WLADYSLAW SZPILMAN Y DE ROMAN POLANSKI (2002). MÚSICA Y BARBARIE.
Lo más valioso del testimonio de Szpilman es que fue escrito recién terminada la guerra, cuando los atormentadores recuerdos eran algo tan reciente que plasmarlos en una hoja de papel debía ser un ejercicio tremendamente doloroso. Les aconsejo que lean El pianista del gueto de Varsovia antes de volver a ver la tremenda película de Polanski. Será una experiencia mucho más rica. Aquí el artículo:
En la segunda fase de la batalla de Stalingrado, cuando los
alemanes se encontraban cercados por los rusos y su situación se hacía cada día
más desesperada, algunos soldados germanos se evadían tocando un piano que
había quedado abandonado entre las ruinas. La música del piano evocaba la
civilización humana frente al caos de la guerra y, sobre todo, recordaba a un
hogar al que la gran mayoría sabía que no iba a volver.
Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre
de 1939, Wladyslaw Szpilman era un músico famoso en Polonia y trabajaba para la
Radio Nacional Polaca. A finales de ese septiembre fatídico, Szpilman perdió su
trabajo, al estallar una bomba en las instalaciones de la radio mientras
interpretaba a Chopin: los alemanes se hallaban a las puertas de la ciudad. El
pianista pronto descubriría que la pérdida de su empleo iba a constituir la
menor de sus preocupaciones en el futuro. En su condición de judío, era
consideraba automáticamente un enemigo a exterminar por parte del invasor. Lo
más valioso del testimonio de Szpilman es que fue escrito inmediatamente
después de sucedidos los hechos, como si el autor tuviera la necesidad de
conjurar su dolor a través de la escritura. El libro, cuyo primer título fue Muerte de una ciudad, fue censurado en
1946 por las nuevas autoridades comunistas polacas, por lo que su difusión fue
mínima.
La represión contra los judíos de Varsovia fue un proceso
gradual, parecido al que ya se había producido en la propia Alemania. Los
nuevos amos fueron imponiendo restricciones en su vida mediante decretos cada
vez más severos, hasta que ordenaron confinar a los judíos en los límites de un
gueto. La miseria, el hambre y las enfermedades pronto hicieron acto de
presencia en tan reducido espacio. Además, los alemanes comenzaron a hacer
selecciones, para ir trasladando a la población de gueto a campos de trabajo y
de exterminio. En una de estas ocasiones Szpilman tuvo que contemplar como los
nazis introducían a su familia en un vagón de ganado para no volver a verlos nunca
más. Él se salvó en el último instante, cuando un conocido, que trabajaba como
policía judío, le sacó del grupo que estaba a punto de partir.
Uno de los puntos más dolorosos tratados en El pianista del gueto de Varsovia es la
colaboración del Consejo judío, a través de su propia policía, en la
deportación de la población del gueto hacia un destino que en la mayoría de los
casos significaba la muerte. Sus miembros colaboraban, aun a sabiendas de que
su destino futuro sería parecido, con tal de vivir un poco más en unas
condiciones soportables. Pero, en cualquier caso, no podían competir en
crueldad con los amos alemanes, cuyo comportamiento en ocasiones recuerda la
definición de banalidad del mal que
ofreció la filósofa Hannah Arendt años más tarde:
“Un chico de unos diez
años llegó corriendo por la acera. Estaba muy pálido, y tan asustado que olvidó
quitarse la gorra ante un policía alemán que iba hacia él. El alemán se detuvo,
sacó su revólver sin decir una palabra, se lo puso en la sien al chico y disparó.
El niño cayó al suelo agitando los brazos, se quedó rígido y murió. El policía
devolvió con calma el revólver a la funda y siguió su camino. Lo miré; no tenía
unos rasgos especialmente brutales ni parecía enfadado. Era un hombre normal,
apacible, que había cumplido con una de sus obligaciones menores cotidianas y
la había apartado de la mente al instante, porque le esperaban asuntos de mayor
importancia.”
Wladyslaw Szpilman pudo sobrevivir a la guerra escondiéndose
durante años en Varsovia gracias a la colaboración de algunos amigos que
formaban parte de la resistencia, lo cual lo convirtió en un testigo extraño y
privilegiado de diversos horrores, entre ellos los levantamientos de gueto y,
posteriormente, de los nacionalistas polacos, cuando ya los rusos se hallaban
muy cerca de la capital polaca. Ya casi al final, Szpilman conoció a otro
personaje que no encajaba en la cruda realidad de la guerra: el oficial alemán
Wilm Hosenfeld, que lo ocultó dentro del edificio del cuartel general alemán y
le proporcionó víveres cuando su cuerpo estaba al límite de su resistencia. El
pianista no tuvo oportunidad de ayudar a su benefactor cuando éste fue
capturado, ya que desapareció en uno de los inmensos campos de prisioneros en
la Unión Soviética.
En el año 2002, Roman Polanski dirigió una película basada
en las memorias de Szpilman, logrando una pequeña obra de arte cinematográfica
repleta de imágenes estremecedoras. Adrien Brody fue el actor encargado de dar
vida a Szpilman, logrando quizá la mejor interpretación de su carrera. En El pianista, el gueto de Varsovia es
retratado como una pequeña sucursal del infierno por cuyas calles pasean miles
de futuros mártires. Acreedora de numerosos premios, la obra de Polanski
contribuyó decisivamente a que la historia de Szpilman fuera conocida en todo
el mundo. Una historia de supervivencia en las más condiciones más horribles,
que constituye uno de los mejores testimonios que se han escrito contra los
totalitarismos.
LOBEZNO INMORTAL (2013), DE JAMES MANGOLD. HONOR EN JAPÓN.
De niño, cuando ya había dejado de lado a Mortadelo y a Zipi y Zape, un día llegó a mis manos un cómic muy distinto a todo lo que había leído hasta aquel momento. Se trataba de una aventura en solitario de un miembro de la Patrulla-X (en aquellos tiempos nadie se imaginaba que en realidad fueran los X-Men) que ya conocía. Hasta aquel momento Lobezno había sido un personaje secundario que cada vez tomaba más protagonismo. Creado para asumir el rol de pendenciero en el equipo de superhéroes, poco a poco Lobezno fue haciéndose más popular, un hecho que fue potenciado con la llegada del guionista Chris Claremont, que otorgó al personaje un pasado y un singular halo de misterio. Como decía, su aventura en solitario fue realmente algo revolucionario para mis ojos de niño. Lobezno no era un superhéroe al uso: se emborrachaba, se acostaba con mujeres y mataba sin escrúpulos a sus enemigos. Dibujaba nada menos que Frank Miller, que ya había demostrado su valía con la serie Daredevil. En Honor (que así se llamaba el cómic, como descubrí mucho más tarde), Miller demostraba su amor por la cultura japonesa y potenciaba el lado más violento del personaje, enfrentándolo a hordas de ninjas en escenas verdaderamente impactantes. El Lobezno de Claremont y Miller no se parecía demasiado al actual. Era un hombre de aspecto maduro y mucho más asilvestrado. En aquella época se decía que Harvey Keitel hubiera sido el actor ideal para interpretar al personaje.
El Lobezno de Hugh Jackman, un actor que ha sabido hacerse con el personaje hasta el punto de que nadie se imagina a otro intérprete en la piel del mutante canadiense, es una especie de sex-symbol con garras. En la película anterior, dedicada a sus orígenes, parecía un hombre casi inofensivo, que solo anhelaba que le dejaran en paz. Por suerte, en Lobezno inmortal, han echado toda la carne en el asador adaptando a nuestros tiempos el famoso cómic de Claremont y Miller y los resultados son mejores, aunque eso no sea suficiente para que estemos hablando de un trabajo redondo. La historia comienza muy bien, con una impresionante escena que transcurre en 1945 en Nagasaki. Después volvemos a la actualidad y encontramos a un Logan que ha perdido sus ganas de vivir a causa de la muerte de su amor, Jean Grey (que se le aparecerá repetidamente en sueños), hasta que las circunstancias le hacen viajar a Japón para enfrentarse a un enemigo insospechado.
La trama de Lobezno inmortal va de más a menos, pues después de este comienzo espléndido, Mangold lleva al espectador a terrenos de sobra conocidos, sin apenas desarrollar nuevos aspectos del personaje - aunque Jackman cumple muy bien con su papel - y todo se limita a una especie de videojuego en el que el protagonista debe ir superando pruebas hasta llegar al enemigo final. Todo bien filmado, muy espectacular, pero sin alma. La trama amorosa, que podía haber sido lo más interesante de la película, está resuelta con algunas pinceladas, aunque al menos aquí Mariko no es un personaje tan pasivo como en el cómic. Lo que realmente suscita enorme curiosidad, es la ya clásica escena post-créditos, donde aparecen Ian McKellen y Patrick Stewart, como aperitivo del nuevo proyecto del gran Bryan Singer: X-Men, días del futuro pasado.
El Lobezno de Hugh Jackman, un actor que ha sabido hacerse con el personaje hasta el punto de que nadie se imagina a otro intérprete en la piel del mutante canadiense, es una especie de sex-symbol con garras. En la película anterior, dedicada a sus orígenes, parecía un hombre casi inofensivo, que solo anhelaba que le dejaran en paz. Por suerte, en Lobezno inmortal, han echado toda la carne en el asador adaptando a nuestros tiempos el famoso cómic de Claremont y Miller y los resultados son mejores, aunque eso no sea suficiente para que estemos hablando de un trabajo redondo. La historia comienza muy bien, con una impresionante escena que transcurre en 1945 en Nagasaki. Después volvemos a la actualidad y encontramos a un Logan que ha perdido sus ganas de vivir a causa de la muerte de su amor, Jean Grey (que se le aparecerá repetidamente en sueños), hasta que las circunstancias le hacen viajar a Japón para enfrentarse a un enemigo insospechado.
La trama de Lobezno inmortal va de más a menos, pues después de este comienzo espléndido, Mangold lleva al espectador a terrenos de sobra conocidos, sin apenas desarrollar nuevos aspectos del personaje - aunque Jackman cumple muy bien con su papel - y todo se limita a una especie de videojuego en el que el protagonista debe ir superando pruebas hasta llegar al enemigo final. Todo bien filmado, muy espectacular, pero sin alma. La trama amorosa, que podía haber sido lo más interesante de la película, está resuelta con algunas pinceladas, aunque al menos aquí Mariko no es un personaje tan pasivo como en el cómic. Lo que realmente suscita enorme curiosidad, es la ya clásica escena post-créditos, donde aparecen Ian McKellen y Patrick Stewart, como aperitivo del nuevo proyecto del gran Bryan Singer: X-Men, días del futuro pasado.
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martes, 3 de septiembre de 2013
CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN SEPTIEMBRE. LOS MÚLTIPLES ENCUENTROS.
En su blog, Antonio Muñoz Molina habla de las lecturas de verano. Se planifican, se eligen los libros que se van a leer, pero luego los planes no salen como estaba previsto, porque otras lecturas nos llaman y no podemos resistirnos. Eso me ha sucedido a mí, que he cumplido mi plan inicial a medias, aunque después de todo estoy muy satisfecho con los libros que me ha deparado el destino.
Septiembre. Todo vuelve a la normalidad. Los clubes de lectura comienzan una nueva temporada. Ya hay tantos que incluso algunos libros coinciden... Quizá este mes me someta a la experiencia de un club de lectura virtual. Si tengo tiempo...
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, un libro que lei hace un par de años (y que es uno de los primeros que comenté en el blog): El último encuentro, de Sándor Márai. El mismo que se va a comentar en la Fnac.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, todo un clásico de la literatura de suspense, terror o como quieran ustedes llamarla: Vuelta de Tuerca, de Henry James. (Lo leí hace años y no me importa volver a hacerlo).
Septiembre se consolida como un mes de relecturas para mí, porque también será mi segunda lectura de El maestro y Margarita, un libro maravilloso de Mijáil Bugakov, que inauguró mi costumbre de leer literatura rusa del siglo XX como primer libro del año. Será en el Ateneo de Málaga.
En el club de lectura de librería Luces, otro clásico del siglo XX, esta vez de la mano de Virginia Woolf: La señora Dalloway.
En los clubes de lectura del CAL, dos interesantes propuestas. Uno, un clásico imprescindible de Honoré de Balzac: El pobre Goriot, y el otro una novela del autor de Leon el Africano: Samarcanda, de Amin Maalouf.
Y también vuelve en septiembre el ciclo de Literatura y cine que coordino, esta vez con Woody Allen (que pronto estrenará nueva película en los cines) con una de sus obras mayores: Delitos y faltas.
Cuando me vayan llegando noticias de nuevos clubes (el de Más libros libres, por ejemplo, está al caer), tendrán cumplida información, como de costumbre, en la columna de la derecha. ¡Feliz vuelta de vacaciones!
Septiembre. Todo vuelve a la normalidad. Los clubes de lectura comienzan una nueva temporada. Ya hay tantos que incluso algunos libros coinciden... Quizá este mes me someta a la experiencia de un club de lectura virtual. Si tengo tiempo...
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, un libro que lei hace un par de años (y que es uno de los primeros que comenté en el blog): El último encuentro, de Sándor Márai. El mismo que se va a comentar en la Fnac.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, todo un clásico de la literatura de suspense, terror o como quieran ustedes llamarla: Vuelta de Tuerca, de Henry James. (Lo leí hace años y no me importa volver a hacerlo).
Septiembre se consolida como un mes de relecturas para mí, porque también será mi segunda lectura de El maestro y Margarita, un libro maravilloso de Mijáil Bugakov, que inauguró mi costumbre de leer literatura rusa del siglo XX como primer libro del año. Será en el Ateneo de Málaga.
En el club de lectura de librería Luces, otro clásico del siglo XX, esta vez de la mano de Virginia Woolf: La señora Dalloway.
En los clubes de lectura del CAL, dos interesantes propuestas. Uno, un clásico imprescindible de Honoré de Balzac: El pobre Goriot, y el otro una novela del autor de Leon el Africano: Samarcanda, de Amin Maalouf.
Y también vuelve en septiembre el ciclo de Literatura y cine que coordino, esta vez con Woody Allen (que pronto estrenará nueva película en los cines) con una de sus obras mayores: Delitos y faltas.
Cuando me vayan llegando noticias de nuevos clubes (el de Más libros libres, por ejemplo, está al caer), tendrán cumplida información, como de costumbre, en la columna de la derecha. ¡Feliz vuelta de vacaciones!
LA TIERRA DE LA GRAN PROMESA (1975), DE ANDRZEJ WAJDA. LA ERA DEL CAPITAL.
Hay asuntos que el cine no ha tratado con la profundidad necesaria. Uno de ellos es la revolución industrial, el inicio del sistema en el que todavía estamos inmersos, aunque en la actualidad se haya sofisticado hasta tal punto que su funcionamiento real es mucho más difícil de entender que la modalidad que se daba en el siglo XIX, mucho más básica y primitiva, sin protección alguna para el eslabón más débil de la cadena. Algo así está sucediendo ahora en los países del Sudeste Asiático, pero solo se habla de ello cuando suceden tragedias tan enormes que no pueden ocultarse. Es una cuestión de cifras. Si en un incendio o en un derrumbe en una fábrica mueren más de cien personas, es probable que nos enteremos. Si estas cien personas mueren en un goteo contínuo durante un mes, el telediario no tendrá por qué alterar nuestras conciencias.
Considerada una de las cumbres del cine polaco, La tierra de la gran promesa nos sitúa en Lodz a finales del siglo XIX, cuando la revolución industrial ha llegado al este de Europa y sus habitantes más opulentos se disponen a fundar fábricas textiles que les produzcan rápidos beneficios a costa de una mano de obra barata y fácilmente sustituible. Wajda penetra con su cámara en el interior de las fábricas y nos muestra un mundo de trabajadores agotados por un trabajo embrutecedor y poco seguro. A veces alguno de ellos comete una pequeña imprudencia y lo paga con su propia vida, aunque ello no sea motivo para parar la producción ni para realizar una mínima investigación. Lo único que importa es el fastidio de que unos metros de tela queden inservibles por haber sido manchados de sangre y vísceras.
Eric Hobsbawm cuenta en La era de la revolución como las nuevas técnicas de producción cambiaron la vida de una gran parte de la población. Para los antiguos campesinos, acostumbrados a una forma de vida que apenas había cambiado desde la Edad Media, verse obligados a trabajar en condiciones insalubres por un sueldo de miseria debió ser un auténtico infierno. Para la nueva clase burguesa, en cambio, fue la ocasión de convertirse en la nueva aristocracia, dándose casos tan extremos como el que aparece en la película: el dueño de una fábrica que compra una enorme mansión y la amuebla con todo lujo a pesar de seguir viviendo en su hogar de siempre, simplemente porque tiene dinero y todos deben saber que esa mansión es suya.
Los tres protagonistas de La tierra de la gran promesa son unos arribistas sin escrúpulos, cualidades muy útiles en el mundo capitalista del siglo XIX. Con el fin de fundar su propia fábrica, se mueven en el pequeño mundo del dinero de la ciudad de Lodz, un mundo en el que una pequeña fluctuación del precio del algodón puede arruinar a muchos de la noche a la mañana y en el que los burgueses van al teatro no a ver la obra, sino a observar la vestimenta y el comportamiento de sus compañeros de clase. La brutalidad de los métodos para acumular capital no importa tanto como el lujo y el oropel que conllevan. Este es el sueño de estos tres amigos, un sueño absolutista al que finalmente irán oponiéndose los obreros que con sangre sudor y lágrimas irán conquistando los derechos laborales de que nosotros disfrutábamos hasta hace bien poco y que vamos perdiendo a pasos agigantados. Una película redonda por parte de Wajda, que logra recrear una época con una gran verosimilitud.
Considerada una de las cumbres del cine polaco, La tierra de la gran promesa nos sitúa en Lodz a finales del siglo XIX, cuando la revolución industrial ha llegado al este de Europa y sus habitantes más opulentos se disponen a fundar fábricas textiles que les produzcan rápidos beneficios a costa de una mano de obra barata y fácilmente sustituible. Wajda penetra con su cámara en el interior de las fábricas y nos muestra un mundo de trabajadores agotados por un trabajo embrutecedor y poco seguro. A veces alguno de ellos comete una pequeña imprudencia y lo paga con su propia vida, aunque ello no sea motivo para parar la producción ni para realizar una mínima investigación. Lo único que importa es el fastidio de que unos metros de tela queden inservibles por haber sido manchados de sangre y vísceras.
Eric Hobsbawm cuenta en La era de la revolución como las nuevas técnicas de producción cambiaron la vida de una gran parte de la población. Para los antiguos campesinos, acostumbrados a una forma de vida que apenas había cambiado desde la Edad Media, verse obligados a trabajar en condiciones insalubres por un sueldo de miseria debió ser un auténtico infierno. Para la nueva clase burguesa, en cambio, fue la ocasión de convertirse en la nueva aristocracia, dándose casos tan extremos como el que aparece en la película: el dueño de una fábrica que compra una enorme mansión y la amuebla con todo lujo a pesar de seguir viviendo en su hogar de siempre, simplemente porque tiene dinero y todos deben saber que esa mansión es suya.
Los tres protagonistas de La tierra de la gran promesa son unos arribistas sin escrúpulos, cualidades muy útiles en el mundo capitalista del siglo XIX. Con el fin de fundar su propia fábrica, se mueven en el pequeño mundo del dinero de la ciudad de Lodz, un mundo en el que una pequeña fluctuación del precio del algodón puede arruinar a muchos de la noche a la mañana y en el que los burgueses van al teatro no a ver la obra, sino a observar la vestimenta y el comportamiento de sus compañeros de clase. La brutalidad de los métodos para acumular capital no importa tanto como el lujo y el oropel que conllevan. Este es el sueño de estos tres amigos, un sueño absolutista al que finalmente irán oponiéndose los obreros que con sangre sudor y lágrimas irán conquistando los derechos laborales de que nosotros disfrutábamos hasta hace bien poco y que vamos perdiendo a pasos agigantados. Una película redonda por parte de Wajda, que logra recrear una época con una gran verosimilitud.
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lunes, 2 de septiembre de 2013
SUNSHINE (2007), DE DANNY BOYLE. EL SOL DESNUDO.
Una enorme nave se mueve por nuestro sistema solar, ocupada por un grupo de científicos. Su insólito destino es el Sol. Nuestra estrella se está apagando, creando un irreversible invierno en la Tierra. La única posibilidad de supervivencia reside en colocar un artefacto nuclear en el Sol para reactivarlo a través de una reacción en cadena. Todo esto no suena muy científico, ya que, cuando suceda la decadencia del Sol dentro de millones de años, lo que se prevé es que la estrella, antes de apagarse, se expanda, provocando la muerte de nuestro planeta por la intensa radiación más que por una era glacial. No obstante, el interés de esta propuesta de Danny Boyle no va tanto por la línea científica (aunque este punto está cuidado en otros muchos aspectos) sino por la humanística, e incluso la estética.
Lo primero que sorprende de Sunshine es su esmerado diseño de producción, que no tiene nada que envidiar a las grandes superproducciones norteamericanas. El ambiente de la nave es tenso, ya que se están jugando en la misión el destino de la raza humana, pero los miembros de la tripulación intentan mantenerla controlada. Hay otro factor que resulta inquietante en esta historia: hubo otra misión anterior que resultó fallida, sin que se supiera nunca lo que sucedió. Ahora van a poder averiguarlo, porque cuando se están acercando a su meta reciben una llamada de socorro de la nave que les precedió...
Sunshine es un producto irregular. Sorprende, como he dicho, por su magnífico comienzo, por como sabe introducir al espectador en la historia desde los primeros instantes y, sobre todo, por algunas imágenes hermosísimas dotadas de una espectacular fotografía, cuyo protagonista absoluto es el Astro Rey, como aquella en la que podemos ver al pequeño Mercurio en órbita alrededor de nuestra estrella. La película se tuerce en su recta final, cuando en la nave se introduce un personaje un poco absurdo que no había sido invitado y la narración enloquece. Aun así, es interesante el discurso religioso, que apela a la inevitable destrucción del hombre (hay que tener en cuenta que en este caso dicha destrucción no proviene de actividad humana alguna, sino de la misma naturaleza cósmica) y el discurso científico, que apela a la supervivencia humana, dominando para ello a la naturaleza si es preciso. Hay en Sunshine un nada oculto homenaje a películas que le precedieron: 2001, Alien, Horizonte final... pero la obra de Boyle posee la sufiente identidad propia y ha salido airosa de tantos riesgos que el balance final es positivo, deja un buen sabor de boca y ganas de echarle otro vistazo en el futuro.
Lo primero que sorprende de Sunshine es su esmerado diseño de producción, que no tiene nada que envidiar a las grandes superproducciones norteamericanas. El ambiente de la nave es tenso, ya que se están jugando en la misión el destino de la raza humana, pero los miembros de la tripulación intentan mantenerla controlada. Hay otro factor que resulta inquietante en esta historia: hubo otra misión anterior que resultó fallida, sin que se supiera nunca lo que sucedió. Ahora van a poder averiguarlo, porque cuando se están acercando a su meta reciben una llamada de socorro de la nave que les precedió...
Sunshine es un producto irregular. Sorprende, como he dicho, por su magnífico comienzo, por como sabe introducir al espectador en la historia desde los primeros instantes y, sobre todo, por algunas imágenes hermosísimas dotadas de una espectacular fotografía, cuyo protagonista absoluto es el Astro Rey, como aquella en la que podemos ver al pequeño Mercurio en órbita alrededor de nuestra estrella. La película se tuerce en su recta final, cuando en la nave se introduce un personaje un poco absurdo que no había sido invitado y la narración enloquece. Aun así, es interesante el discurso religioso, que apela a la inevitable destrucción del hombre (hay que tener en cuenta que en este caso dicha destrucción no proviene de actividad humana alguna, sino de la misma naturaleza cósmica) y el discurso científico, que apela a la supervivencia humana, dominando para ello a la naturaleza si es preciso. Hay en Sunshine un nada oculto homenaje a películas que le precedieron: 2001, Alien, Horizonte final... pero la obra de Boyle posee la sufiente identidad propia y ha salido airosa de tantos riesgos que el balance final es positivo, deja un buen sabor de boca y ganas de echarle otro vistazo en el futuro.
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