Mostrando entradas con la etiqueta andrzej wajda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta andrzej wajda. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de abril de 2021

LOS DEMONIOS (1872), DE FIODOR DOSTOYEVSKI Y LOS POSEÍDOS (1988), DE ANDRZEJ WAJDA. LA RELIGIÓN NIHILISTA.

Aunque Dostoyevski ya había comenzado la escritura de esta novela, el suceso que realmente influyó en la forma definitiva que tomó Los demonios fue el asesinato en 1869 de Iván Ivanov, un crimen que sacudió a la sociedad rusa de la época. Se supone que Ivanov era un disidente de un grupo clandestino fundado por Serguéi Neicháiev, La venganza del pueblo, una especie de organización terrorista que pretendía organizar atentados contra el régimen de los zares, aunque más bien servía para difundir ideas de carácter nihilista y radical. En El catecismo del revolucionario, Neicháiev dejaba descritas las características del que él pretendía que fuera el hombre nuevo:

"El revolucionario es un hombre perdido. No tiene intereses propios, ni causas propias, ni sentimientos ni hábitos, ni propiedades; no tiene ni siquiera un nombre. Todo en él está absorbido por un único y exclusivo interés, por un solo pensamiento, un una sola pasión: la revolución."

Para empezar, Los demonios, constituye un soberbio retrato de la sociedad rusa de la época, en concreto de una ciudad provinciana en la que el tradicional dominio de las clases altas se ve levemente amenazado por los rumores de la existencia de un célula terrorista y por la reivindicación de mejoras - pacífica, aunque brutalmente reprimida - por parte de los trabajadores de un fábrica. Para los más conservadores, la reciente abolición de la servidumbre ha abierto una brecha muy peligrosa que puede derivar en la idea revolucionaria de la igualdad entre todos los hombres. A pesar de todo, la vida sigue entre fiestas y opulencia: la sociedad zarista parece algo inamovible y sucesos como los que se producirán cuarenta años después se contemplan como algo inverosímil.

Varios son los personajes que resumen el alma - o almas - rusa de la época. Stepán Trofimovich es como el padre intelectual de los jóvenes nihilistas, aunque a la altura de la época de la novela es un hombre despreciado por éstos (sobre todo por su hijo) y ha alimentado un movimiento demoniaco sin ser consciente de ello. Es mantenido por una de las mujeres más ricas de la provincia, Varvara Petrovna. Piotr Stepánovich Verjovensi es el hijo de Stepán, el organizador en la sombra del grupo revolucionario-terrorista, un joven desequilibrado y manipulador que no conoce otra ideología que la destrucción total de lo antiguo como imprescindible semilla de lo nuevo, aunque todo ello bañado de un insano cinismo. Nikolái Stavroguin, el hijo de Varvara, es un joven amoral capaz de cometer las peores bajezas sin pestañear, pero es indudable que produce fascinación en todos los que le rodean, hasta el punto de que Verjovensi pretende utilizarlo como una especie de mesías de su movimiento. Un falso mesías a todas luces, entre otras cosas por lo que revela acerca de sí mismo en su confesión final. Es una suerte que Stavroguin, a diferencia de Verjovensi, sea finalmente un ser más autodestructivo que destructor. 

Es muy interesante observar con atención al grupo de jóvenes nihilistas que actúan en la clandestinidad sin saber siquiera si existen grupos similares en el resto de Rusia. Son la semilla de las células terroristas actuales y las discusiones y el contenido de sus asambleas son equiparables a las de cualquier grupo radical de nuestro tiempo. Cuando uno de sus miembros les habla de su doctrina filosófica para llevar a la Humanidad al paraíso (que nueve décimas parte de los hombres sean esclavos del resto), los demás no son capaces de mostrarse críticos con tamaña barbaridad. Lo que en tiempos de Dostoyevski podía parecer un exceso retórico se convirtió en el siglo XX en tristes realidades lideradas por el terror de Stalin, de Mao o de Pol Pot, pesadillas engendradas por retorcidos sueños de la razón que se alimentan de la ceguera de regímenes, como el zarista, que no fue capaz de emprender reformas democráticas y de justicia social. 

Otros muchos temas se dan cita en la gran novela del genio ruso: el suicidio, con ese Kirillov decidido a quitarse la vida, por motivos de conversión religiosa, ejercicio de una falsa libertad y de utilidad para el grupo. Un grupo que, como se ha visto en tantas ocasiones, hace del disidente, de aquel que quiere alejarse del mismo, el peor de sus enemigos, por lo que su principal divisa es la obligación permanente de vigilarse unos a otros. El otro gran tema es la religión: el ateísmo, concebido como una ideología antisistema, lleva a la creencia irracional en estos militantes de que ellos solos pueden ser la chispa que dé lugar a una gran explosión revolucionaria en todo el país. En este sentido son gente ingenua y absolutamente manipulable para el siniestro Verjovensi. Lo paradójico es que el plan para redimir a la Humanidad de sus ataduras actuales solo se basa en esclavizar a la gente mucho más profundamente:

"La vida es dolor, la vida es terror, y el hombre es infeliz. Ahora todo es dolor y terror. Ahora el hombre ama la vida porque ama el dolor y el terror. Así lo han hecho. La vida se da ahora para el dolor y el terror, y ahí está el engaño. El hombre todavía no es el que será. Habrá un hombre nuevo, feliz y orgulloso. A quien le dé lo mismo vivir o no vivir, ése será el hombre nuevo. El que conquiste el dolor y el terror, él mismo será un dios. Y el otro Dios ya no será."

La versión cinematográfica de Andrzej Wajda es ambiciosa pero absolutamente fallida, entre otras cosas porque una persona que no haya leído previamente la novela difícilmente podrá entender el argumento de la película. Es una producción que intenta ser épica, pero que se queda en algo muy oscuro y excesivamente teatral o televisivo, en el peor sentido del término. También es cierto que Los demonios no es una obra literaria de fácil traslación a la pantalla, ya que la profundidad de sus ideas solo pueden ser expresadas en toda su dimensión casi en exclusiva en forma escrita.

martes, 3 de septiembre de 2013

LA TIERRA DE LA GRAN PROMESA (1975), DE ANDRZEJ WAJDA. LA ERA DEL CAPITAL.

Hay asuntos que el cine no ha tratado con la profundidad necesaria. Uno de ellos es la revolución industrial, el inicio del sistema en el que todavía estamos inmersos, aunque en la actualidad se haya sofisticado hasta tal punto que su funcionamiento real es mucho más difícil de entender que la modalidad que se daba en el siglo XIX, mucho más básica y primitiva, sin protección alguna para el eslabón más débil de la cadena. Algo así está sucediendo ahora en los países del Sudeste Asiático, pero solo se habla de ello cuando suceden tragedias tan enormes que no pueden ocultarse. Es una cuestión de cifras. Si en un incendio o en un derrumbe en una fábrica mueren más de cien personas, es probable que nos enteremos. Si estas cien personas mueren en un goteo contínuo durante un mes, el telediario no tendrá por qué alterar nuestras conciencias.

Considerada una de las cumbres del cine polaco, La tierra de la gran promesa nos sitúa en Lodz a finales del siglo XIX, cuando la revolución industrial ha llegado al este de Europa y sus habitantes más opulentos se disponen a fundar fábricas textiles que les produzcan rápidos beneficios a costa de una mano de obra barata y fácilmente sustituible. Wajda penetra con su cámara en el interior de las fábricas y nos muestra un mundo de trabajadores agotados por un trabajo embrutecedor y poco seguro. A veces alguno de ellos comete una pequeña imprudencia y lo paga con su propia vida, aunque ello no sea motivo para parar la producción ni para realizar una mínima investigación. Lo único que importa es el fastidio de que unos metros de tela queden inservibles por haber sido manchados de sangre y vísceras. 

Eric Hobsbawm cuenta en La era de la revolución como las nuevas técnicas de producción cambiaron la vida de una gran parte de la población. Para los antiguos campesinos, acostumbrados a una forma de vida que apenas había cambiado desde la Edad Media, verse obligados a trabajar en condiciones insalubres por un sueldo de miseria debió ser un auténtico infierno. Para la nueva clase burguesa, en cambio, fue la ocasión de convertirse en la nueva aristocracia, dándose casos tan extremos como el que aparece en la película: el dueño de una fábrica que compra una enorme mansión y la amuebla con todo lujo a pesar de seguir viviendo en su hogar de siempre, simplemente porque tiene dinero y todos deben saber que esa mansión es suya.

Los tres protagonistas de La tierra de la gran promesa son unos arribistas sin escrúpulos, cualidades muy útiles en el mundo capitalista del siglo XIX. Con el fin de fundar su propia fábrica, se mueven en el pequeño mundo del dinero de la ciudad de Lodz, un mundo en el que una pequeña fluctuación del precio del algodón puede arruinar a muchos de la noche a la mañana y en el que los burgueses van al teatro no a ver la obra, sino a observar la vestimenta y el comportamiento de sus compañeros de clase. La brutalidad de los métodos para acumular capital no importa tanto como el lujo y el oropel que conllevan. Este es el sueño de estos tres amigos, un sueño absolutista al que finalmente irán oponiéndose los obreros que con sangre sudor y lágrimas irán conquistando los derechos laborales de que nosotros disfrutábamos hasta hace bien poco y que vamos perdiendo a pasos agigantados. Una película redonda por parte de Wajda, que logra recrear una época con una gran verosimilitud.