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miércoles, 25 de septiembre de 2013

RUSH (2013), DE RON HOWARD. DEPRISA, DEPRISA.

No soy aficionado a la Fórmula 1. No sé quien lidera el Mundial en este momento ni me importa si Fernando Alonso hace o no podio. Pero, como amante del cine, me llamó la atención que Ron Howard (del que recientemente disfruté la magnífica El desafío, Frost contra Nixon) hubiera filmado una película acerca de la rivalidad entre dos grandes pilotos en la edad de oro de la Fórmula 1: los años setenta, cuando correr era un deporte de alto riesgo y no era raro que se produjeran accidentes mortales, lo que, supongo, era muy morboso para cualquier seguidor de este deporte.

Lo que cuenta Rush - y lo hace de manera magistral - es la relación amor-odio que se estableció en los circuitos entre el austriaco Niki Lauda y el inglés James Hunt. Sus personalidades no pueden ser más antagónicas. El inglés era un tipo extrovertido, mujeriego, de comportamiento frívolo, que parecía correr más por diversión que por otra cosa. Niki Lauda era un hombre calculador, antipático y poco sociable. Él corría porque se consideraba a sí mismo el mejor y quería demostrárselo al mundo (demostrárselo a sí mismo no le hacía ninguna falta). Para Lauda las carreras eran un reto contínuo y una forma de vida, una forma de ganar dinero. Por eso consideraba que la felicidad vital era un obstáculo para sus objetivos, por lo que intentaba evitarla. Su entera existencia estaba consagrada a diseñar el mejor vehículo y a entrenar obsesivamente. Su momento más dramático, el famoso accidente que casi le cuesta la vida, fue para él una especie de incidencia molesta, cuya consecuencia más grave no fue quedar deforme para el resto de su vida, sino perderse algunas carreras y dejar que Hunt se le acercara en la clasificación. La escena en la que Lauda vuelve a correr, tan solo mes y medio después del accidente resulta realmente inquietante. ¿Qué es lo que hace que este hombre continúe como si nada donde cualquier otra persona hubiera tirado la toalla? Realmente la temporada de 1976 fue un acontecimiento épico y esto Howard lo sabe transmitir muy bien. 

Rush es una película con muchos aspectos destacables. El primero de ellos, la dirección de Howard, que transmite toda la emoción y el peligro de las carreras filmando este deporte de una manera absolutamente espectacular. El segundo, el guión de Peter Morgan, muy equilibrado a la hora de retratar la intimidad y la personalidad de ambos corredores, no tomando partido por ninguno. Los mejores momentos son los breves instantes en los que ambos contendientes se miran, conversan y se insultan. Parece que hay una actitud hostil entre ambos, pero en realidad se trata de respeto y reconocimiento. El tercer aspecto a destacar es la soberbia interpretación de Chris Hemsworth y Daniel Brühl, que se apropian de sus personajes (y no solo por el parecido físico de ambos) y saben otorgarles la necesaria profundidad para que el espectador se interese por ellos. Quizá estemos ante la película definitiva sobre el mundo de la Fórmula 1 y las carreras en general.

miércoles, 3 de abril de 2013

EL DESAFÍO: FROST CONTRA NIXON (2008), DE RON HOWARD. LA VERDAD EN LAS MENTIRAS.


En 1977 Nixon era un político acabado. El único presidente estadounidense que había tenido que marcharse por la puerta trasera, humillado tras haber cometido el peor pecado atribuible a un dirigente en ese país: mentir. Esta ética desde luego no tiene cabida en nuestro país. Aquí nos engañan todos los días a sabiendas de que nos están engañando y de que nadie se cree sus mentiras, pero todos siguen en su puesto y, se diga lo que se diga, con un apoyo popular que apenas se erosiona (en Valencia y en otros lugares se premia a los corruptos y mentirosos). No voy a decir que la política en Estados Unidos sea un jardín de rosas, pero me gusta ver que su presidente actual ofrece regularmente auténticas ruedas de prensa y sería impensable que su única comunicación con los periodistas fuera a través de una pantalla de plasma. Me gustaría que la prensa se plantara y se negara a informar de esta manera. Que si un dirigente tiene que anunciar algo a la nación, lo haga a cara descubierta y aceptando cualquier pregunta. Claro que eso solo está al alcance de quien no tiene nada que ocultar...

Pero estoy divagando. Como decía, el animal político Nixon necesitaba rehabilitar algo su imagen, su legado como presidente, así que aceptó la propuesta del periodista David Frost, un presentador de variedades, de celebrar una serie de entrevistas temáticas acerca de su carrera política. El ex-presidente se las prometía muy felices, porque calculaba que Frost, sin experiencia en el ámbito político, sería muy fácil de manejar y podría dar una imagen ante el mundo de persona honesta que cometió un error, pero cuyo legado perdurará, y así equipararse de alguna manera al resto de sus colegas que le precedieron en la presidencia.

El Nixon que compone Frank Langella es un hombre atormentado, alguien que ha conseguido sus ambiciosos objetivos vitales después de un trabajo sistemático y agotador y que al final de todo ha visto como su prestigio se diluía como un azucarillo en un café. Muchos meses después, Nixon aún no ha asimilado lo sucedido. La presidencia está perdida, pero quiere volver a ganar su credibilidad y la entrevista es la mejor opción. Por otra parte, el periodista Frost se juega su prestigio y su dinero en un evento que solo puede resultar exitoso si logra que el entrevistado confiese sus pecados y entone el mea culpa por el Watergate. Ron Howard sabe recrear la tensión durante todo el metraje, que se dedica en su mayor parte a preparar al espectador para el momento culminante, el histórico instante en el que Nixon se quitó la máscara y se pudo atisbar ante las cámaras a un ser humano destrozado por los remordimientos, roto por dentro. Pocas veces un político ha hecho algo así. Es como si Rajoy saliera mañana en televisión confesando que sí, que cobró los sobres de Bárcenas, pero que el creía que tenía derecho a ello. Algo esperpéntico y terrible. 

miércoles, 24 de octubre de 2012

APOLO XIII (1995), DE RON HOWARD. UNA ODISEA DEL ESPACIO.


A finales de los sesenta y principios de los setenta, Estados Unidos asombraba al mundo con sus contradicciones. Por un lado mantenía una guerra salvaje en Vietnam, con un impresionante desgaste de su ejército y de su imagen ante la opinión pública. Por otro, gastaba ingentes cantidades de recursos en un programa espacial que le llevó a hacer realidad un muy antiguo anhelo humano: caminar sobre la Luna.

Sin duda la más popular de las misiones fue el Apolo XI, que consiguió el primer paseo por nuestro satélite. El Apolo XIII iba a ser la tercer viaje de humanos a la Luna, por lo que el interés del público había descendido muchísimo, pues los alunizajes se consideraban ya casi un ejercicio rutinario, cuando la realidad (como hemos comprobado tristemente en nuestra época con el transbordador espacial) es que volar al espacio es una aventura peligrosísima, porque son demasiados los elementos que pueden fallar en una misión tan compleja, como se comprobó con el Apolo XIII, que a punto estuvo de convertirse en el sarcófago espacial de sus tres tripulantes.

Como filmar una película sobre el primer alunizaje, el de Neil Amstrong, hubiera sido muy aburrido, puesto que todo salió según lo previsto, Howard se decidió por el vuelo más trágico y también, por qué no decirlo, por la historia donde podía mostrar mejor el espíritu americano de adaptación, de superación de las adversidades. Más heroico aún que los astronautas aparece un Ed Harris, como jefe de control de la misión decidido a devolverlos a casa a cualquier precio. Lo que no funciona en la película es precisamente lo que mejor debería funcionar: el drama. El espectador no puede empatizar con unos personajes demasiado fríos (como son en realidad los astronautas, todo hay que decirlo) y con las explicaciones científicas de los problemas a los que están sometidos, complicados de seguir para el profano.

No obstante, considero que el conjunto es positivo, porque muestra con bastante detalle lo que significaba embarcarse en una misión pionera (como dice acertadamente el personaje de Tom Hawks, ir a la Luna no es ningún paseo), equiparable a la era de los descubrimientos del siglo XVI). Además, también tiene una vertiente sociológica: el público sólo comenzó a interesarse por la misión Apolo XIII cuando estaban a punto de palmarla. Así somos, lo que verdaderamente nos interesa son las novedades y el morbo.