sábado, 3 de octubre de 2026

COMO BESTIAS (2021), DE VIOLAINE BÉROT. LA CONSTELACIÓN DEL OSO.

El planteamiento de Como bestias, me recuerda al de una novela de la premio Nobel Doris Lessing que leí hace bastantes años, El quinto hijo, que también describe a un ser singular que se mueve entre lo humano y lo animal. La narración de Bérot reune varios testimonios contradictorios acerca de este joven al que todos llaman el Oso, que parece tener más de salvaje o de animal que de ser humano. Se trata de un tipo grande y asustadizo, con evidentes problemas mentales, que vive con su madre en lo más apartado de las montañas y que es capaz de sacar su parte más feroz si se encuentra acorralado. También es un personaje con su parte de realismo mágico, pues se entiende tan bien con otros animales que es capaz de sanarlos cuando se encuentran heridos.

Los rumores acerca de este personaje se acrecentan cuando se empieza a divisar en ocasiones a el Oso junto a una niña ya crecidita que nadie sabe de dónde ha salido. ¿Es su hija? ¿es una niña perdida a la que él ha adoptado? Todos son rumores y la novela nos va ofreciendo diversos puntos de vista acerca de lo que ha podido suceder. Quizá Bérot quiere escribir una fábula sobre el diferente, acerca de la gente discriminada, aunque en este caso se trata de un ser que, junto con su madre, se ha apartado voluntariamente de la sociedad para disfrutar de una existencia más en comunión con la naturaleza, aunque en ningún momento tengamos todos los detalles de su psicología, solo fragmentos de testimonios muy subjetivos. Como bestias se lee con agrado y, como es frecuente en este tipo de narraciones, deja la duda en el lector acerca de quienes son los verdaderos monstruos.

SI PUDIERA TE DARÍA UNA PATADA (2025), DE MARY BRONSTEIN.

Linda ejerce como psicóloga clínica, pero ante todo necesita terapia para sí misma. Su situación familiar es delicada, dado que su hija necesita cuidados casi constantes por tener que alimentarse por una sonda y el trabajo de su marido lo hace estar ausente durante muchos meses. A todo ello se une la caída del techo del cuarto de baño por humedades, lo cual la obliga a trasladarse a un motel. Desde el principio Si pudiera te daría una patada tiene un aire como de película de terror psicológico, dado que la cámara sigue en todo momento a la exhausta protagonista que debe afrontar completamente sola una situación imposible. De manera inteligente, la directora no muestra el rostro de la niña, solo su voz irritante, consiguiendo que el espectador no empatice con su enfermedad y sí con el hartazgo de una madre que parece en algunos momentos al borde de cometer una locura. Rose Byrne, como protagonista absoluta, sabe transmitir a la perfección todas esas emociones desmoralizantes de una mujer que parece no contar con ayuda estatal para afrontar una situación muy difícil en la que debe dar lo mejor de sí misma las veinticuatro horas para no ser tachada de madre irresponsable. Una propuesta diferente y angustiosa muy alejada de las tópicas familias felices de Hollywood.

P: 6

domingo, 27 de septiembre de 2026

SUFRO, LUEGO EXISTO (2024), DE PASCAL BRUCKNER. LA VÍCTIMA COMO HÉROE.

Al mundo hemos venido a sufrir, así lo han enseñado desde hace siglos diferentes religiones. Solo a partir del siglo XIX, con el auge de la ciencia se ha conseguido que el nivel de vida de numerosas personas mejore. Los espectaculares avances de la medicina han frenado la letalidad de un gran número de enfermedades y llevado la esperanza de vida a niveles nunca vistos. Aunque está poniéndose en cuestión, el Estado de bienestar presente en las sociedades occidentales intenta compensar a los más desfavorecidos y proporcionar al menos los bienes más básicos a los mismos. Pero todo esto ha tenido un precio y Bruckner ya lo había advertido en los años noventa a través de un libro de argumento muy parecido al que nos ocupa. La tentación de la inocencia analizaba la tendencia de numerosos individuos a presentarse como víctimas y declararse inocentes de cualquier mal que ellos mismos hubieran provocado. Sufro, luego existo, va un paso más allá y denuncia la transformación del sufrimiento y de la condición de víctima en una especie de identidad social, que debe ser reconocida por el Estado y por el resto de los ciudadanos:

"¿Qué es la victimización? Una identidad narrativa que nosotros nos atribuimos y que esperamos que los otros nos confirmen. Constituye una patología del reconocimiento, la voluntad de ser identificado sin tener que presentarse."

El mensaje principal de Brucker es que cuando una sociedad alcanza niveles razonables de bienestar, las víctimas se multiplican. Cualquier pequeña molestia es motivo de queja y victimizarse, al contrario de lo que sucedía siglos atrás, otorga prestigio, por lo que ya no interesa tanto una reparación puntual del agravio recibido, sino que esto constituya una especie de identidad permanente que exija continua atención. Pertenecer a un grupo social presuntamente agraviado otorga la legitimidad suficiente para presentarse como víctima, aunque este grupo abarque a la mitad del género humano, como sucede con las mujeres. Lo hemos visto en el auge de un feminismo cada vez más surrealista, en el Me too o en el Black lives matters. Reivindicaciones muy justas e incluso históricas se acaban convirtiendo en excusas para visibilizar de manera permanente unos movimientos que pueden derivar en acusaciones o violencia contra inocentes y cuyos réditos son recogidos casi siempre por los más avispados de quienes los conforman. Las auténticas víctimas suelen ser invisibles, sobre todo porque suelen carecer de los poderosos altavoces que caracterizan a las víctimas profesionales.

Entonces los héroes, según Bruckner ya no son los que se sobreponen a las dificultades, sino quienes eternizan sus problemas, reales o presuntos, y los publicitan con más fuerza. Incluso los males de los antepasados son utilizados con estos fines y el pueblo judío es envidiado por haber sido víctima del Holocausto, la mayor de todas las tragedias, una posición que quiere ser ocupada por la competencia de numerosos colectivos. Todo esto implica que se abandonen las luchas tradicionales, la sindical sobre todo y sean sustituidas por movimientos que son apoyados por los Estados, pues sus reivindicaciones son en muchos casos tan etéreas que los gobiernos se sienten mucho más cómodos dándoles voz que resolviendo problemas reales. "El sufrimiento vende más que el sexo", asegura el autor. Y, pese a algunas exageraciones presentes en un ensayo que ante todo quiere ser polémico, muchas de sus afirmaciones merecen profundas reflexiones en unos tiempos tan líquidos como los que nos han tocado vivir.

ESTÁN VIVOS (1988), DE JOHN CARPENTER.

La idea es tremendamente simple, pero muy eficaz desde un punto de vista cinematográfico: hay una invasión extraterrestre en curso, los alienígenas están infiltrados entre nosotros y solo puede verlos quien consiga unas gafas especiales. Con esta premisa, Carpenter consigue una certera crítica al ultracapitalismo de los ochenta puesto que la invasión oculta no tiene como finalidad acabar con nuestra forma de vida consumista, sino estimularla al máximo para que los recursos acaben en manos de unos pocos (parece como si hoy día estuviéramos sufriendo un fenómeno similar). Hay que decir que existe una gran diferencia entre la primera mitad y la segunda en esta película. Están vivos comienza con un retrato muy acertado de las víctimas de una crisis económica y de los contrastes entre los más desfavorecidos y los más ricos. Los mejores momentos llegan cuando el protagonista encuentra las gafas y puede contemplar - junto al espectador - la realidad. La publicidad aparece sin filtros, desvelando sus auténticos mensajes: "Consume", "obedece", "no pienses", palabras que se repiten en periódicos y revistas. Además, también se puede descubrir que la gente acomodada, los ganadores en la batalla económica son extraterrestres de aspecto horrible. A partir de este descubrimiento la película no opta por el camino de llevar este argumento hasta sus últimas consecuencias y apuesta por encadenar escenas de acción en las que el protagonista, junto a algunos aliados, se dedica a matar extraterrestres con la misma credibilidad que podían tener las películas imitadoras de Rambo que surgieron como rosquillas por esa misma época. Están vivos ha quedado como una película mítica, no por sus mediocres escenas de acción, sino por el ataque a la línea de flotación al capitalismo más inhumano que contiene.

P: 7

sábado, 26 de septiembre de 2026

¿QUIEN TEME A VIRGINIA WOOLF? (1962), DE EDWARD ALBEE Y DE MIKE NICHOLS (1966). LA INTIMIDAD DE NUESTRO INFIERNO.

Nos encontramos ante una obra mítica, tanto en su versión teatral como en la cinematográfica. Edward Albee escandalizó en su momento al público con este retrato de un matrimonio maduro cuya relación solo puede calificarse como autodestructiva. Una pareja en guerra permanente que se odian y a la vez se necesitan. Conocemos a George y Martha cuando acaban de volver a casa de madrugada después de asistir a una fiesta en la Universidad donde él es profesor. Ya han bebido mucho, pero siguen haciéndolo cuando traspasan el umbral, sobre todo cuando ella le dice a él que tienen invitados: una joven pareja formada por un nuevo profesor y su esposa, una joven que se describe desde el principio como no muy agraciada.

A partir de ahí la pareja protagonista van a actuar como unos anfitriones un tanto peculiares, porque van a dedicarse a exhibir sus radicales desavenencias ante sus invitados, intentando a su vez éstos exhiban el lado más sombrío de su relación. Es como una invitación a vivir por una noche en el pequeño infierno que han creado, cuyo calor a la vez les quema y les da la vida. Martha es una mujer cuyo lenguaje va más allá de la definición de no tener pelos en la lengua. Cada frase que pronuncia es como un punzón afilado dirigido al corazón de su marido, un hombre desgraciado que ha aprendido a defenderse con todo tipo de respuestas sarcásticas y malintencionadas. Contemplar este espectáculo es tan fascinante como desalentador, ya que se trata de una pareja que se ha dedicado a aprender a convivir en una realidad paralela que solo ellos comprenden y en la que se dedican a herirse mutuamente. 

La herida que más supura es la de George, el profesor prometedor que finalmente no llegó a ascender en la escala universitaria debido a su falta de carácter, el hombre que no supo estar a la altura de lo que se pedía de él y que fue despreciado pronto por el padre de ella (el rector de la universidad), desprecio que ella alimentó de manera íntima a partir de entonces. Lo más alucinante en esta obra es que resulta indudable que, a pesar de todo, existe un enorme amor en la pareja. Así lo manifiesta Martha en este sincero monólogo:

"En toda mi vida, solo un hombre... me ha hecho feliz (...) George, mi marido (...) George que anda por ahí, en la oscuridad... George que es bueno conmigo, y a quien trato a patadas; que me comprende y a quien rechazo; que sabe hacerme reir pero me contengo; que me abraza, por la noche, para darme calor, y a quien muerdo hasta hacer sangrar; el que siempre aprende nuestros juegos tan deprisa como yo cambio las reglas; George, que quiere hacerme feliz y yo no quiero ser feliz, y también sí, quiero ser feliz."

La versión cinematográfica de Mike Nichols - a la vez su debut como director y la cumbre de su carrera - recrea a la perfección el ambiente malsano de la obra que se desarrolla en la casa de George y Martha, un espacio oscuro y sucio, repleto de botellas y vasos gastados que están por todas partes, aunque siga manteniendo cierto aire de hogar burgués. La película se aprovecha de la presencia de los dos únicos actores que podían interpretar a esta pareja en el medio cinematográfico: unos Elizabeth Taylor y Richard Burton que en la vida real formaban una de las parejas más tormentosas de la historia de Hollywood, por lo que no sabemos exactamente qué hay de real y qué de fingido en su sublime interpretación. Para el espectador, que se convierte en un testigo casi al mismo nivel que la pareja invitada, supone toda una experiencia contemplar como se va desnudando la intimidad de los personajes de una manera tan violenta como obscena.

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LA CHICA DEL CORO (2025), DE URSKA DJUKIC.

Lucia es una adolescente que se ha unido a un coro católico. El coro viaja unos días a un convento para realizar ensayos con una Lucia que se encuentra en pleno despertar sexual. Djukic mezcla diversos elementos - el despertar sexual ya nombrado, la presencia de obreros en el convento, la religión y la ambigua relación con su nueva amiga Ana María - para realizar un retrato complejo de una edad muy difícil, consiguiendo algo tan complicado como filmar sentimientos sutiles. Porque la protagonista se mueve en esos días en los que no se encuentra bajo la presencia a la vez protectora y opresora de su madre entre la culpa y la tentación. La prédica religiosa le dice una cosa y a la vez su cuerpo le está enviado señales contradictorias que no sabe gestionar y todo se hace más confuso ante la actitud de otras chicas que le llevan ventaja en ese terreno. Quizá su vía de escape son los momentos en los que forma parte del coro, cuando se fusiona con las demás y todo se vuelve armónico por unos momentos, aunque finalmente también esta parte comenzará a fallarle. La chica del coro sabe cómo retratar en cada momento lo que sienten las muchachas a través de gestos, rostros y respiraciones para que el espectador comprenda en todo momento las pequeñas represiones cotidianas que nos afectan desde las edades más tempranas.

P: 6

domingo, 20 de septiembre de 2026

YO NO MORIRÉ DE AMOR (2026), DE MARTA MATUTE.

Hace bastantes años vi un documental que se llama La teoría sueca del amor. En él se criticaba, entre otras muchas cosas, que en Suecia el Estado se hiciera cargo de la atención de las personas mayores cuando éstas se volvían dependientes. Venía a decir que todo sería más humano si fueran las familias las que se ocuparan de esta labor, algo casi imposible en un país de ciudadanos egoístas e individualistas, por lo que en naciones mucho más pobres, en la que no existía esta capacidad asistencial por parte del Estado, la gente era mucho más feliz. Yo no moriré de amor viene a negar esta falacia, pues transcurre en una nación como España en la que existe una Ley de dependencia - reformada hace pocos días - que en la práctica es papel mojado y no cuenta, ni de lejos, con dotación económica suficiente para las necesidades de un país cada vez más envejecido. La familia protagonista de la película de Matute se enfrenta a la tesitura de enfrentarse al diagnóstico de enfermedad de alzheimer de la madre. Y deben hacerlo solos, sin ningún tipo de ayuda más que las visitas al médico para que se le receten unas pastillas que apenas pueden contener el río de olvido que acecha la mente de una mujer todavía joven. Yo no moriré de amor muestra con realismo y con la necesaria crudeza la crueldad de esta situación, tanto para la enferma como para quienes se ven obligados a alterar de forma drástica su existencia cotidiana para atenderla. Durante algunos años la cotidianidad de esta familia va a estar marcada por la frustración y el conflicto permanente, mientras deben esperar una ayuda a domicilio que nunca llega, por encontrarse el servicio saturado. Lo que estremece de esta película es que muchos espectadores van a verse reflejados en estas situaciones, que no son propias de un país que presume de ser de los más avanzados del mundo en materia sanitaria. La dependencia es uno de esos grandes elefantes en la habitación que España tendrá que abordar en los próximos años, y Matute denuncia esta realidad de una manera muy meritoria, mostrando el día a día de una familia con la que todos podemos sentirnos identificados.

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