sábado, 25 de julio de 2020

LA CONQUISTA DE PLASSANS (1874), DE ÉMILE ZOLA. EL SUEÑO FRANCÉS.

Marthe y François son primos y están casados. Tienen dos hijos sanos y una hija adolescente con mentalidad de niña. A pesar de esta adversidad entre su descendencia, constituyen un matrimonio razonablemente feliz. Se trata de dos personas que han dedicado su juventud a trabajar duro, a prosperar a través de un humilde negocio. En la madurez de su cuarentena, la familia Mouret-Rougon, puede decir modestamente que ha alcanzado el sueño francés: viven en una casa amplia con un precioso jardín y pueden dedicar muchas horas del día al ocio. Además, están integrados en la comunidad, aunque prefieren no participar demasiado de la vida social en Plassans, Marthe, porque es una persona tímida y François porque tiene una mirada demasiado irónica sobre la existencia. En cualquier caso, como ya he dicho, son felices aunque no sean del todo conscientes de ello.

La llegada de un nuevo inquilino a la planta alta de la vivienda, va a cambiarlo todo. El padre Faujas parece el vecino perfecto: llegado a Plassans junto a su madre, su principal afán parece ser pasar desapercibido y su único interés parece consistir en cumplir con sus deberes eclesiásticos y leer plácidamente su brevario encerrado en su habitación. Poco a poco, con el paso de los meses, Faujas irá mostrando su verdadero rostro. Sin actuar directamente, únicamente con su ejemplo de vida modesta y sacrificada, irá ganándose el fervor de Marthe y, junto a él, el de buena parte de la población de la villa francesa, hasta el punto de influir poderosamente en el rumbo político que va a tomar la ciudad. 

Así pues, el padre Faujas va a convertirse poco a poco en una especie de genio maligno al que todos obedecen inconscientemente y que provoca la desgracia en el matrimonio que le renta la habitación, hasta el punto de acabar siendo el auténtico dueño de la propiedad y luego, de todo Plassans, o al menos de su alma:

"Su triunfo era sentarse tal como era, con su gran cuerpo mal arreglado, su rudeza, sus ropas agujereadas, en medio de una Plassans conquistada. 

(...) Plassans, en efecto, tuvo que aceptarlo mal peinado. Del sacerdote flexible se desprendía una figura sombría, despótica, que doblegaba todas las voluntades. Su cara, de nuevo terrosa, tenía miradas de águila; sus gruesas manos se alzaban, llenas de amenazas y castigos. La ciudad quedó positivamente aterrorizada, al ver al amo que se había dado crecer así desmesuradamente, con los andrajos inmundos, el olor fuerte, el pelaje chamuscado de un diablo. El temor sordo de las mujeres consolidó aún más su poder. Fue cruel con sus penitentes, y ni una se atrevió a dejarlo; acudían a él con estremecimientos cuya fiebre saboreaban."

La religión aparece aquí como una terrible fuerza seductora que primero conquista voluntades y después abandona a su suerte a dichas almas cuando dejan de ser útiles. El sueño francés deviene entonces en pesadilla, al despertar los viejos fantasmas del catolicismo: Marthe, que se transforma en una beata entregada en cuerpo y alma a servir a Faujas, acabará hiriéndose a sí misma ante el desprecio que suscita en éste. François terminará ingresando en un siniestro manicomio, en una transición hacia la locura que, aunque no es descrita con detalle por Zola, contiene pasajes verdaderamente estremecedores. Aunque no sea una novela perfecta (esa fluctuación entre las intrigas políticas de la ciudad y la vida hogareña de los protagonistas no está bien equilibrada), La conquista de Plassans es una pieza maestra más de esa obra arquitectónica y literaria del siglo XIX que constituye la saga de los Rougon-Macquart. 

lunes, 20 de julio de 2020

PANDEMOCRACIA (2020), DE DANIEL INNERARITY. UNA FILOSOFÍA DE LA CRISIS DEL CORONAVIRUS.

Las imágenes del funeral de Estado del otro día me hicieron reflexionar acerca de las reacciones imprevisibles que suscitan los acontecimientos inesperados. El hecho de organizar un homenaje a las víctimas de una pandemia que está lejos de haber llegado a su final contiene una especie de revelación acerca de la necesidad prematura de dejar atrás un episodio que ha traumatizado al ciudadano a varios niveles y le ha creado nuevas categorías de miedos y ansiedades: a la pérdida de la salud suya o de sus seres queridos, al desmoronamiento económico, a los cambios radicales en las costumbres, al distanciamiento social o incluso a que la situación acabe volviéndose caótica. Aunque todos esperamos que dentro de un año, ya con la vacuna, podamos estar haciendo un balance sereno desde la tristeza por la pérdida de tantas vidas, nada garantiza que esto vaya a ser así. Y eso es lo que nos inquieta. El futuro incierto en el que nos sume esta especie de distopía que parece no acabarse nunca y que tantas realidades cotidianas altera. 

Pandemocracia es un libro escrito desde la urgencia de una situación no prevista. Redactado en los días más terribles de la pandemia, entre marzo y abril, el filósofo y politólogo Daniel Innerarity. Nuestra democracia - y buena parte de las de occidente - ha sido puesta a prueba frente a un enemigo invisible y demoledor, que ha hecho obligatorio recortarnos algunas libertades fundamentales al menos durante unos meses, mientras la capacidad de nuestro sistema sanitario era puesta a prueba de manera cruel. Y la gestión de toda esta situación inédita ha debido organizarse en cuestión de días, quizá también por una enorme imprevisión por parte de un gobierno que no consideró prudente tomar medidas, a pesar de los desesperados llamamientos lanzados desde una Italia que fue cabeza de puente en el ataque del virus al Viejo Continente.

Pero ahora no es tiempo de reproches ni lamentaciones, sino de gestionar una situación muy peligrosa de la mejor manera posible, impidiendo que se hunda más la economía sin poner en grave riesgo la salud pública. Se trata de gestionar una nueva normalidad concienciando a la gente de que sigue siendo necesario el distanciamiento social, mientras se trata de salvar la temporada turística. Lo lógico es que la gente acabe relajándose frente a la tensión y el miedo de hace solo tres meses, a pesar del peligro:

"Los seres humanos nos vemos obligados a pensar de otra manera el mundo cuando estábamos acostumbrados a concebirlo de un modo que ya no nos lo hace inteligible. Tenemos dificultades a la hora de enfrentarnos a este tipo de riesgos y ajustar nuestro comportamiento. Pensamos en términos de riesgo individual y se trata de riesgo colectivo; tendemos a pensar causalmente y no probabilísticamente; de un modo lineal cuando los acontecimientos de este estilo discurren de una manera no lineal."

No sabemos cómo va a acabar este episodio, que quedará como uno de los más tristes de la historia reciente de este país. El panorama de rebrotes en pleno verano ha constituido la más desagradable de las sorpresas de un virus imprevisible y cuyos efectos a nivel mundial causan estragos en estos mismos momentos, sobre todo en Sudamérica, Estados Unidos e India. Esperemos que el otoño traiga nuevas esperanzas, aunque sea en forma de mutación del virus en una cepa menos letal, con la que podamos convivir tomando todas las precauciones hasta que se pueda llegar a una solución definitiva. 

sábado, 11 de julio de 2020

ESTADOS NERVIOSOS (2018), DE WILLIAM DAVIES. CÓMO LAS EMOCIONES SE HAN ADUEÑADO DE LA SOCIEDAD.

Recuerdo los primeros tiempos de internet. Aquel era un maravilloso nuevo mundo repleto de posibilidades, en el que cada exploración azarosa reparaba una sorpresa, casi siempre positiva. Los expertos hablaban de internet como de un nuevo instrumento de democratización, con el que cada ciudadano podía ser preguntado regularmente acerca de las más importantes decisiones políticas que abordara el Parlamento. El periodismo también se regocijó cuando los móviles de última generación, con cámaras incorporadas, empezaron a proliferar. Cada ciudadano podía ser un periodista en potencia e informar de manera objetiva en tiempo real de hechos que estuvieran sucediendo en el entorno de su domicilio. Todo iban a ser ventajas, todos íbamos a ser un poco sabios, un poco más iguales...

Pero no. Casi veinte años después nos encontramos en la distopía de los hechos alternativos. Lo emocional ha arrinconado a lo racional y cualquier hecho debe ser interpretado al momento, siempre favorablemente ajustado a los intereses de quien lo describe. En realidad, el análisis científico y racional de las cosas  ha dejado paso a la urgencia de lo inmediato. Para muchos conspiracionistas, la clase científica y académica es una especie de élite cuyos intereses dan la espalda a los del ciudadano medio. Esto es de primero de populismo.

Hoy nos encontramos en la era de la velocidad, que no permite la profundización en ninguna novedad. Lo que ayer era importantísimo y causaba conmoción es olvidado al día siguiente a favor de una nueva noticia viral. Tanto es así, que al final la manipulación y el miedo campan a sus anchas entre unos ciudadanos sometidos a un empacho de información y opiniones. Cualquier movimiento sospechoso en una estación de metro puede ser un atentado terrorista, cualquier rumor sin fundamento puede ser tomada como la más sagrada de las verdades si se difunde con la suficiente rapidez: la realidad virtual puede convertirse en algo mucho más verosímil que la auténtica:

"En la era digital, el vacío de un conocimiento firme al instante se colma de rumores, fantasías y conjeturas, algunos de los cuales se retuercen y exageran con celeridad para adaptarse al relato que cada cual prefiera. El miedo a la violencia puede ser una fuerza tan disruptiva como la violencia real, y puede resultar difícil de apaciguar una vez que se ha extendido."

Y es que el mundo se ha vuelto mucho más competitivo que nunca. Miles de páginas de noticias viven de llamar nuestra atención y necesitan hacerlo de modo inmediato, apelando no a nuestra necesidad de obtener una información fidedigna, sino directamente a nuestras emociones más básicas, por lo que si hay que apelar a la exageración, al insulto o a la mentira, así se hará. Todo sea por un clic. La sensación de leer tranquilamente un periódico lleno de noticias y opiniones rigurosas es algo casi perdido, en favor de un ansioso vistazo a los últimos titulares de nuestros medios favoritos, Lo mismo sucede con la publicidad, con el agravante de estudiar impunemente nuestros hábitos y costumbres (nada más fácil hoy día, vamos dejando un rastro diáfano de buena parte de nuestras actividades, muchas veces por nuestra propia voluntad) , para afinar cada vez más en nuestros gustos, personalizando los mensajes que nos hacen llegar. Algunos magnates, como Mark Zuckerberg, ya financia estudios del cerebro humano para aplicarlos al negocio publicitario. 

Ahora los auténticos expertos son los políticos y periodistas con más presencia en los medios. Se trata de gente que debe tener poco tiempo para leer textos complejos, de informarse debidamente de los temas acerca de los pontifica, pero que compensa esas carencias con una verborrea hábil y capaz de enfrentarse con opiniones aparentemente sólidas a cualquier asunto que se le ponga por delante. Los debates parlamentarios apenas son seguidos por casi nadie, a no ser que se produzcan insultos (tampoco el nivel de nuestros políticos invita a ello) y la verdadera confrontación política se ha trasladado a los platós de televisión, en los que están vetadas las ideas complejas, en los que los mensajes están altamente condicionados por un límite muy estrecho de tiempo, por lo que, para que lleguen al espectador deben apelar a sus emociones más básicas.

En este terrorífico panorama se han ido alimentado numerosos monstruos nacionalistas y populistas que olvidan el discurso del consenso y utilizan términos bélicos para referirse a sus adversarios:

"Lo preocupante asimismo es que, al menos en el plano retórico, es también un rechazo de la paz. Cuando el lenguaje de la política se vuelve más violento, y los ataques a las «élites» se tornan más clamorosos, la democracia empieza a acercarse a la violencia, ya que cada vez más instrumentos e instituciones se «convierten en armas». ¿Cómo podría ser esto deseable? ¿Qué clase de lógica emocional podría estar sustentando esto? Al  menos  en  el  imaginario  nacionalista,  la  guerra  también ofrece una forma de comunidad y empatía emocional que no se halla en el comercio ni en la política democrática. La guerra parece rendirle al dolor un reconocimiento, una justificación y un tributo que los expertos en políticas y los políticos profesionales parecen incapaces de procurar. Uno de los aspectos más curiosos del nacionalismo es que, a pesar de apelar a batallas y héroes célebres, a menudo se inflama más con los momentos de derrota y sufrimiento, que configuran una identidad de forma más efectiva que las victorias."

Así, el nacionalismo catalán tilda de fascista a un Estado democrático y perteneciente a la Unión Europea y describe los disturbios del 1 de octubre como una batalla épica y hasta como una especie de genocidio desatado contra el pueblo catalán, los británicos compran el discurso de unos políticos demagogos que aseguran que la Unión Europea, el mayor espacio de paz y prosperidad creado nunca en el viejo continente, tan imperfecto como necesario, roba miles de millones de euros al país todos los años, mientras que los discursos racionales y analíticos que se les oponen apenan captan la atención de nadie. En Estados Unidos la gente elige como presidente al pseudofascista Trump para que cierre el país sobre sí mismo y lance una sombra de sospecha a todo inmigrante. Lo mismo sucede en lugares tan distantes como Brasil o México. Y a todo esto la izquierda reacciona con un discurso aún más victimista y emocional, saliendo a la calle a derribar estatuas, cometiendo el infantil error de evaluar el pasado con la óptica del presente y tildando de fascista a todo aquel que no comulgue con sus acciones de protesta. 

Mientras tanto, el mundo se enfrenta al mayor reto de los últimos años, a un problema real que no están preparados para afrontar quienes inventan todos los días problemas imaginarios. Los problemas que ha traído esta crisis son enormes: se afronta después de importantes recortes sanitarios y científicos derivados de la crisis económica anterior, sin una coordinación real entre países, que sería fundamental para tratar de parar los contagios y con dirigentes acogiéndose al discurso de la pseudociencia, asegurando al ciudadano, pocos días antes de la llegada de la pandemia al propio territorio, que el coronavirus no es más que una gripe que apenas va a afectar a los nacionales, como si la experiencia inmediata de chinos, iraníes o italianos fuera algo que está sucediendo en un mundo aparte. Sí que es cierto que estos inesperados acontecimientos pueden ser la puntilla que acabe definitivamente con nuestro derecho a la intimidad y otras libertades básicas. Todo dependerá de hacia dónde derive una crisis que ha desatado de manera incontrolada la más básica de nuestras emociones: el miedo. 

sábado, 27 de junio de 2020

MOMENTOS ESTELARES DE LA HUMANIDAD (1927), DE STEFAN ZWEIG. CATORCE MINIATURAS HISTÓRICAS.

La historia es aquello que transcurre mientras la gente común intenta sacar adelante sus vidas de la mejor manera posible. La mayoría de los días son monótonos, rutinarios, pero de vez en cuando se producen acontecimientos, más o menos esperados, que producen cambios importantes. A veces dichos acontecimientos derivan en auténticos cataclismos históricos que hacen que todo cambie, que países y sociedades se tornen irreconocibles. Zweig, fascinado por esos momentos decisivos, recoge en este famoso libro, ayudado por una escritura vigorosa y muy literaria, algunos de estos episodios:

"Lo que por lo general transcurre apaciblemente de modo sucesivo o sincrónico, se comprime en ese único instante que todo lo determina y todo lo decide. Un único «sí», un único «no», un «demasiado pronto» o un «demasiado tarde» hacen que ese momento sea irrevocable para cientos de generaciones, determinando la vida de un solo individuo, la de un pueblo entero e incluso el destino de toda la humanidad.

Tales momentos dramáticamente concentrados, tales momentos preñados de fatalidad, en los que una decisión destinada a persistir a lo largo de los tiempos se comprime en una única fecha, en una única hora y a menudo en un solo minuto, son raros tanto en la vida del individuo como en el curso de la Historia. Aquí he tratado de evocar, a partir de las más variadas épocas y regiones, algunos de esos momentos estelares."

Así, asistimos a los últimos días de Cicerón, un político y pensador que se enfrentó a circunstancias extraordinarias después del asesinato de Julio César e intentó mantener su decencia ética en un escenario muy peligroso. Leemos una descripción muy emocionante de la caída de Bizancio en 1453, el último vestigio del Imperio Romano, que intentó resistir inútilmente a un ejército muy superior comandado por el decidido sultán otomano Mehmed II, que no dudó en prometer a sus hombres el libre saqueo de bienes y personas de la ciudad conquistada, para motivar su vigor combativo. Al final, como sucede en tantas ocasiones, fue la mera casualidad provocada por un error fatal y absurdo la que decantó el resultado final en favor de los otomanos. 

También se ocupa Zweig de la vida de exploradores que consiguieron hazañas imposibles, como la de Núñez de Balboa llegando al Océano Pacífico junto a un puñado de hombres exhaustos, o el inglés Scott llegando al Polo Sur en segundo lugar, para sucumbir en el regreso, un relato en el que el fracaso se transforma en algo glorioso, en un ejemplo formidable de lo mejor del espíritu humano. Además, desfilan por sus páginas genios como Dostoievski, en una evocación poética del famoso episodio de la simulación de su fusilamiento o la muerte real del otro gran escritor ruso, Tolstói, y su extraña decisión de huir de su hogar en sus últimas horas de existencia. En Momentos estelares de la humanidad, también hay espacio para batallas como la de Waterloo, cuya balanza de la victoria se decidió por unos acontecimientos nimios o el improbable viaje en tren de Lenin a través de Alemania, en plena Primera Guerra Mundial, que le llevaría a su liderazgo decisivo de la Revolución Rusa. A destacar el capítulo dedicado a La Marsellesa. Cómo una canción compuesta en una sola noche, que estaba destinada al olvido, se convirtió en un fenómeno viral y ayudó a establecer una moral ganadora en los ejércitos de la Revolución en Francia. 

martes, 16 de junio de 2020

EL CISNE NEGRO (2007), DE NASSIM NICHOLAS TALEB. EL IMPACTO DE LO ALTAMENTE IMPROBABLE.

Vivimos en el caos. A veces creemos tener todo bajo control, pero los pequeños eventos inesperados que perturban nuestra existencia (también los hay positivos) hacen que la mejor de las planificaciones se haga añicos a través de eventos que jamás hubiéramos imaginado. Estamos instalados en un pequeño y confortable paraíso y de pronto un despido, una ruptura o una enfermedad nos ponen entre la espada y la pared, mientras nos preguntamos dónde fue nuestra felicidad. No estamos preparados para eso, porque un optimismo mal entendido nos lleva a confundir los términos inesperado e imposible. Muchos dicen que la llegada del coronavirus es un cisne negro, pero para la teoría de Taleb no lo es, porque lo que está sucediendo ante nuestros incrédulos ojos, acostumbrados a un orden de las cosas que creíamos eternamente sólido, es un evento relativamente esperable, aunque todo el mundo creyera que iba a suceder dentro de mucho tiempo. El hombre siempre ha convivido con pandemias y para nosotros no tenía por qué ser distinto. Bastante suerte hemos tenido con el hecho que durante un siglo Europa se ha librado de las mismas, al menos en sus formas más graves.

Taleb es un hombre acostumbrado a lidiar con lo inesperado. De joven asistió como, de la noche a la mañana, un país próspero y occidentalizado como Beirut se sumía en una terrible guerra civil que muchos vivieron en principio como un malentendido que se acabaría en pocos meses. Después profundizó en sus teorías estudiando los mercados financieros, expuestos siempre a las crisis más inesperadas y a las recuperaciones más insólitas. También se ha acercado a los estudios históricos, solo para concluir que "el análisis aplicado y minucioso del pasado no nos dice gran cosa sobre el espíritu de la historia; solo nos crea la ilusión de que la comprendemos". Taleb no es alguien que le tenga mucha devoción al método académico ni al platonismo. Prefiere la curiosidad intelectual que otorga la afición a la lectura, muchas de ellas escogidas al azar:

" Permítame el lector que insista en que para mí la erudición es muy importante. Es signo de una genuina curiosidad intelectual. Es compañera de la actitud abierta y del deseo de valorar las ideas de los demás. Ante todo, el erudito sabe sentirse insatisfecho de sus propios conocimientos, una insatisfacción que a la postre constituye un magnífico escudo contra la platonicidad, las simplificaciones del gestor de cinco minutos, o contra el filisteísmo del estudioso exageradamente especializado. No hay duda de que estudio que no va acompañado de erudición puede llevar al desastre."

Para Taleb, los hombres habitamos un territorio que podría llamarse Extremistán, aunque muchas veces queramos ignorar este hecho. Pocos están preparados para afrontar esos sucesos inesperados que a casi todos sorprenden en un rictus de incredulidad. Eso no quiere decir que no debamos correr riesgos, pero es mejor hacerlo de una manera informada, conociendo las auténticas probabilidades de que nuestros planes salgan mal y contando con algún sano plan de contingencia alternativo. A esto se llega estudiando los límites de nuestra racionalidad, que pueden ser bastante más alarmantes de que lo comúnmente se piensa. El asumir riesgos puede llevarnos al éxito, pero también puede acabar con nosotros. La clave está en ir un poco más allá de los esquemas conocidos y no confirmemos nuestras expectativas con demasiada ligereza, aunque en demasiadas ocasiones sea más fácil la teoría que la práctica. Por ejemplo, es complicado recordar, a quien quiere casarse con toda la ilusión del mundo, la tasa de fracasos matrimoniales de la mayoría de países de occidente.

El autor expone que nos fiamos demasiado de los conocimientos acumulados por científicos y sabios a través de la historia, pero tenemos tendencia a olvidar que es mucho más lo que desconocemos que lo que sabemos. Las personas que poseen grandes bibliotecas saben bien que jamás podrán leer todos los libros que atesoran, pero siempre tienen la esperanza de dar con la lectura justa en el momento adecuado, aunque lo más normal sea que el volumen adecuado se nos escape y que solo podamos realizar una lectura retrospectiva del mismo, cuando ya no podemos evitar el mal, pero si aprender a evitar futuras situaciones similares:

"Se trata de la idea de los resultados asimétricos, que es la idea central de este libro: nunca llegaremos a conocer lo desconocido ya que, por definición, es desconocido. Sin embargo, siempre podemos imaginar como podría afectarme, y sobre este hecho debería basar mis decisiones."

domingo, 7 de junio de 2020

DIOS, UNA HISTORIA HUMANA (2017), DE REZA ASLAN. A SU IMAGEN Y SEMEJANZA.

El hombre, como creador de las religiones, es también el creador de los diversos dioses que han jalonado la historia humana, dioses de características y talantes muy diferentes, creados en las más diversas épocas y sociedades:

"De hecho, la historia de la espiritualidad humana en su conjunto puede verse como un esfuerzo constante, interconectado, en permanente evolución y con una notable capacidad cohesionadora para dar sentido a la divinidad otorgándole nuestras emociones y personalidades, atribuyéndole nuestros rasgos y nuestros deseos, proporcionándole nuestras fortalezas y nuestras debilidades, incluso nuestro propio cuerpo; en resumen, haciendo que Dios seamos nosotros. Lo que quiero decir es que muy a menudo, aunque no nos demos cuenta, y con independencia de si somos creyentes o no, lo que la gran mayoría imagina cuando piensa en Dios es una versión divina de nosotros mismos: un ser humano con poderes sobrehumanos."

Desde luego ha existido una evolución desde el animismo primitivo, el sistema de creencias que atribuye poderes sobrenaturales a diversos elementos de la naturaleza (un árbol, por ejemplo), hasta las complejas organizaciones religiosas que han sobrevivido muchos siglos, adaptándose para llegar a nuestra época. Quizá el origen de los sentimientos religiosos está en la necesidad humana de dar sentido a la existencia en un mundo hostil, de aferrarse a algunas explicaciones que otorguen luz a lo que se desconoce. Durkheim anotó también que la religión fue un elemento esencial para la cohesión de las primeras sociedades, aunque los antropólogos han acabado descubriendo que el parentesco es un elemento mucho más fuerte en este sentido. Desde el punto de vista competitivo y adaptativo de la teoría de la evolución, la religión tiene tanto ventajas - unir a los hombres bajo unas creencias comunes -, como inconvenientes, ya que los rituales y la organización religiosa conllevan una inversión en recursos que deben ser sustraídos de otras necesidades más perentorias, con el consiguiente desgaste físico y emocional.

La respuesta quizá esté en nuestros impulsos neurológicos. Como los primeros seres humanos solo tenían su propia existencia como referente, es lógico que buscaran explicaciones a todo a su medida: un árbol o un animal con rasgos que se parecían a una cara debían tener algo similar a nosotros mismos, una especie de alma. Es algo parecido a un niño que atribuye vida a sus juguetes favoritos, porque necesita humanizar la experiencia del juego. Si toda la comunidad aceptaba que algún objeto era sagrado (una montaña, un árbol, ciertos animales), el origen de las religiones está servido. A partir de ahí, cuando es posible que la tecnología humana actúe para construir templos en lugares sagrados, surgen estructuras tan complejas como Göbekli Tepe, un santuario al que debían acudir tribus de muchos kilómetros a la redonda.

A pesar del temprano intento de Akenatón, durante siglos y siglos la práctica religiosa implicaba la creencia en muchos dioses. Ganar una batalla importante, por ejemplo, significaba que el dios o dioses propios eran más poderosos que los de los vecinos, aunque si se perdía, siempre podía justificarse con la excusa de que dios estaba enfadado o poniendo a prueba a su pueblo elegido. La revolución cristiana - religión que sufrió muy importantes modificaciones doctrinales mucho después de los tiempos de Cristo - viene sobre todo por el hecho de que no se reconoce otro dios que el propio. Además, su hijo, que es a la vez dios, estuvo con nosotros en la Tierra para salvarnos. En cualquier caso, el politeísmo de griegos y romanos siguió presente en la doctrina de la Trinidad y en la veneración de cientos de santos y mártires que se especializaban en las peticiones de un determinado gremio o un asunto concreto. 

Si bien Dios, una historia humana, no es ensayo original, puesto que lo narra es bien conocido, su lectura concita interés porque Aslan sabe de lo que habla y lo expone muy bien. Además, el autor es un creyente que ha pasado por varias religiones y por eso entiende bien la tendencia del hombre a humanizar lo divino:

"La gente sencillamente no sabe comunicarse con un Dios que no posea características, atributos o necesidades humanas. ¿Cómo puede uno establecer una relación significativa con un Dios semejante? Al fin y al cabo, la evolución nos lleva a conceptualizarlo en términos humanos. Es una función de nuestro cerebro, y por eso quienes han logrado abandonar este impulso humanizador lo han hecho de manera deliberada y con gran esfuerzo."

jueves, 28 de mayo de 2020

HAMLET (1603), DE WILLIAM SHAKESPEARE, DE LAURENCE OLIVIER (1948) Y DE KENNETH BRANAGH (1996). EL RESTO ES SILENCIO.

Hamlet comienza con un elemento sobrenatural: el padre del protagonista, el rey asesinado por su propio hermano, es un alma en pena que reclama venganza y así consigue transmitírselo a su hijo. Hamlet, que seguramente ya se encontraba atormentado por la sospecha, confirma de esta manera el crimen. Su siguiente paso lógico es el asesinato del traidor, pero antes quiere desenmascararlo. Y aquí es donde comienzan sus dilemas acerca de cual es el mejor momento y método de actuación. Hamlet está solo y además no se siente libre: es prisionero de un mandato sagrado y familiar, pero duda acerca de como llevarlo a cabo. Su único alivio, paradójicamente, está en el espectador, a quien se dirige con soliloquios dominados por emociones contradictorias: está encerrado en su propio yo y su única salida temporal es el juego con el lenguaje. De ahí surgen sus inmortales palabras:

"Ser o no ser... He ahí el dilema
¿Qué es mejor para el alma,
sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos,
o levantarse en armas contra el océano del mal,
y oponerse  a él y que así cesen? Morir, dormir...
Nada más, y decir así que con un sueño
damos fin a las llagas del corazón
y a todos los males herencia de la carne,
y decir: ven consumación, yo te deseo. Morir, dormir,
dormir... ¡Soñar acaso! ¡Qué difícil! Pues en el sueño
de la muerte ¿qué sueños sobrevendrán
cuando despojados de ataduras mortales
recobremos la paz? He ahí la razón
por la que tan longeva llega a ser la desgracia."

Hay que decir que la lógica de Hamlet está impregnada por la moral cristiana de la época. El fallecimiento del rey ha sido especialmente dramático, puesto que ha muerto sin confesarse, teniendo que expiar en el otro mundo los pecados que no ha tenido tiempo de confesar en éste. Además, el protagonista se ve tentado por el suicidio como huida definitiva de sus problemas, pero es frenado de recurrir al "descanso en el filo desnudo del puñal" por la incertidumbre acerca de las consecuencias de dicho acto, al terror a los males desconocidos que conllevarían la disposición de la propia vida, una de las prohibiciones fundamentales de la doctrina cristiana. Confundido por las dudas, tiene incluso la posibilidad de matar limpiamente a su tío, pero éste se encuentra rezando, por lo que presuntamente moriría con el alma limpia, lo que no conseguiría la venganza completa que pretende, a pesar de que lleve el usurpador lleve en sí la marca de Caín. La solución temporal, que le permite ganar tiempo, es fingirse loco, aunque se trate de una locura con método, que le permite ir dejando pistas de sus verdaderas intenciones. Su mejor arma en ese momento son las palabras, a las que intenta impregnar de un profundo sentido moral. En Shakespeare, el lenguaje de los personajes y sus múltiples interpretaciones son extremadamente importantes.

Uno de los momentos más geniales de la obra de Shakespeare es cuando el protagonista decide denunciar públicamente al rey haciendo que los artistas que han llegado al castillo representen una obra que refleje los luctuosos sucesos que le llevaron al trono. Es teatro dentro del teatro, los espectadores de la obra pasan a ser espectadores de otros espectadores, que son los que han sido hasta ahora los protagonistas de la obra y la atención recae en la representación dentro de la representación. Antes de que esto ocurra, Hamlet alecciona a los actores acerca de cual ha de ser el tono de la obra, un verdadero tratado teatral:

"(...) Ajustad en todo la acción a la palabra, la palabra a la acción, procurando además no superar en modestia a la propia naturaleza, pues cualquier exageración es contraria al arte de actuar, cuyo fin - antes y ahora - ha sido y es - por decirlo así - poner un espejo ante el mundo; mostrarle a la virtud su propia cara, al vicio su imagen propia y a cada época y generación su cuerpo y molde."

En la última parte de la obra domina la muerte, la gran igualadora, desde el absurdo asesinato de Polonio, que no parece hacer mella en el ánimo de Hamlet, a pesar del enorme error cometido, hasta la apoteosis final. La muerte aquí es la gran igualadora, que convierte en polvo a reyes y villanos, ya que "puede un hombre pescar con el gusano que comió de un rey, y comerse el pez que se nutrió del gusano". Entre lenguaje y violencia, el héroe trata de llegar a lo considera la justicia, cegado de cualquier otra consideración, centrado solo en su objetivo, aunque tenga que caer el reino en su afán. El orden que debía ser restituido se transforma en un caos de muertes. La verdadera tragedia de Hamlet es no haber sabido elegir la mejor manera de obedecer las imperiosas órdenes del espectro de su padre.

Respecto a las múltiples adaptaciones cinematográficas de la obra, hay dos especialmente interesantes. La de Laurence Olivier es la versión canónica, la que viene primero a la cabeza cuando pensamos en la gravedad de una pieza literaria como Hamlet. El clima general de la película es sombrío y la arquitectura del castillo donde se desarrolla, convenientemente opresiva. Mucho más luminosa y espectacular es la versión de Kenneth Branagh, que traslada la acción a una Dinamarca decimonónica, rodada en el palacio de Blenheim. De cuatro horas de duración, la producción sigue estrictamente el texto de Shakespeare, aunque se toma libertades que no serían posibles en un escenario, haciendo que los personajes hablen mientras recorren los pasillos de palacio y puedan moverse de unas estancias a otras, e incluso mostrar escenas del pasado, como las relaciones sexuales entre Hamlet y Ofelia. A pesar de su duración, Branagh consigue una película ciertamente entretenida, dando una nueva vida a una obra tan conocida a través de un elenco impresionante, que incluye nombres como Derek Jacobi, Julie Christie, Gerard Depardieu, Charlton Heston, Kate Winslet o Robin Williams, consiguiendo una versión a la vez original y fiel al espíritu de Shakespeare.