jueves, 8 de septiembre de 2016

CONGRESO DE FUTUROLOGÍA (1971), DE STANISLAW LEM Y EL CONGRESO (2013), DE ARI FOLMAN. LOS LÍMITES DE LA REALIDAD.

La literatura de ciencia ficción en su vertiente distópica está para advertirnos de futuros posibles (esperamos que no probables) en los que la Humanidad ha llegado a un estado radicalmente opuesto al destino que consideramos digno de las generaciones futuras. Lo mejor de Congreso de futurología, novela que se inscribe plenamente en esta tendencia, es el tono humorístico que le imprime el autor, presente en toda la narración, pero que milagrosamente no tapa ni un ápice el problema de fondo que le interesa plantear a Stasnislaw Lem: qué sucederá cuando la ciencia alcance un estadio (en este caso se trata de extraordinarios avances químicos) que permita a la gente abstraerse de la gris realidad y crear su propio mundo en el que no exista el sufrimiento y todo sea a imagen y semejanza de la propia idea de perfección.

Lo cierto es que los primeros capítulos de Congreso de futurología no son demasiado prometedores. El autor polaco nos introduce en una orgía de violencia y huidas que parecen no llevar a parte alguna. Pero qué equivocado estará el lector que llegue hasta la mitad del libro. A partir de ahí el relato cambia de tono y se convierte en una magistral descripción de una sociedad dominada por unos productos químicos capaces de crear prácticamente cualquier ilusión en su usuario. Cualquiera puede ser Jesús o Mahoma, o llevar a cabo las más recónditas fantasías sin restricción alguna. Uno puede ser dueño hasta del día y la noche y del tiempo atmosférico. El problema es que ésta no es la realidad. ¿O sí lo es? Porque ¿cómo podemos estar seguros de que lo que vivimos en nuestra existencia cotidiana es auténtico y no una creación de nuestra mente? Esta tesis ya fue planteada por Platón hace veinticinco siglos y sigue presente en debates filosóficos y científicos. En los últimos años se popularizó a través de una película como Matrix. Además surgen voces en la comunidad científica, todavía muy tímidas, que teorizan que nuestro mundo podría ser una construcción virtual de una inteligencia mucho más poderosa, aunque sería muy difícil probar esta afirmación.

Como he dicho más arriba, la narración de Lem es plenamente disfrutable por su ácido (y nunca mejor dicho) sentido del humor. Porque entrar inadvertidamente en la era de la psicoquímica puede tener consecuencias indeseadas para un novato. Los bancos la utilizan para cobrar sus deudas, las empresas para enviar publicidad brutalmente subliminal y los jefes para estimular el sentido del deber en sus empleados. También se puede ser víctima de bromas pesadas como ésta:

"La velada resultó muy agradable, pero me gastaron una broma idiota. Uno de los invitados —¡si supiera quién!— me metió en mi té una pizca de convertina-credibilina y en el acto sentí una tal adoración hacia mi servilleta que me puse a improvisar en alta voz una nueva teodicea. Bastan unas cuantas gotas de esa condenada substancia para que uno empiece a creer en lo primero que se presenta: la cuchara, la lámpara, los pies de la mesa, etc. Mi sentir místico era tal que me puse de rodillas para rendir culto a los cubiertos. Fue entonces cuando mi anfitrión me ayudó: bastaron doce gotas de cabecina, una nueva sustancia que infunde un escepticismo tan frío, una tal pasividad ante lo que sea, que hasta un condenado se dejaría cortar la cabeza sin murmurar."

Respecto a la película del autor de Vals con Bashir, se trata de una adaptación muy libre de la novela de Lem, puesto que también quiere ser todo un homenaje a la actriz Robin Wright. Folman sigue explorando la integración narrativa de imágenes reales con las técnicas más avanzadas de animación y crea momentos realmente emocionantes en contraste con otros realmente aburridos. El congreso es una obra tan ambiciosa como irregular, puesto que no consigue la magia que sí se logró en su anterior producción, quizá porque quiere hablar de demasiadas cosas sin profundizar realmente en ninguna: los cambios que se avecinan en el cine, los sentimientos de la protagonista ante la devastadora enfermedad de su hijo, además de todos los que trata Lem en su novela. Merece la pena su visionado, pero es mejor hacerlo sin grandes expectativas, porque El congreso funciona más como experimento cinematográfico que como una historia que realmente llegue al espectador.

martes, 6 de septiembre de 2016

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN SEPTIEMBRE. LOS PROPIOS LIBROS.

Ordenar la propia biblioteca es uno de los ejercicios de autobiografía y autoconocimiento más saludables que existen. Siempre aparece algún volumen cuya compra (e incluso los motivos de la misma), están olvidados en el tiempo. Pero ahí está, mostrándonos una imagen insólita de nosostros mismos. ¿Cómo es que pude estar interesado en este tema? ¿Cómo me gasté mi dinero en un libro de este autor? Lo que es indudable, y corríjanme si me equivoco, es que los libros acaban ahogándonos. Siempre queremos más y, a la hora de la compra, pensar en el espacio que van a ocupar es lo de menos. Todos sabemos que jamás leeremos lo que tenemos acumulado (y más si se acumula lo atesorado en formato digital), pero también que el mero hecho de respirar el perfume que emanan estos objetos tan hermosos basta para dar sentido a la existencia en los días más oscuros. ¿Y qué mejor que compartir todos estos sentimientos en un club de lectura? Los días y horas y las diversas actualizaciones, como de costumbre, se publican en la columna de la derecha. ¡Felices lecturas!

miércoles, 31 de agosto de 2016

VATHEK (1786), DE WILLAM BECKFORD. LA TENTACIÓN Y EL HORROR.

Leyendo el Vathek de William Beckford mi mente no puede dejar de evocar esas magistrales historias de corte oriental que dejó unos años antes el gran Voltaire. Ambos cuentan con cierta ambición moral, aunque a Beckford parece que le gusta decantarse más hacia lo macabro. La historia de Vathek remite también a otro mito literario: Fausto. El protagonista de esta novela es presentado como un gobernante despótico que se vuelve sádico e insensible cuando vislumbra la posibilidad de alcanzar el poder absouto. Vathek ha tenido una vida acostumbrada a los más variados placeres sensuales - de hecho ha hecho construir varios palacios dedicados al goce de los mismos - pero su naturaleza siempre le pide más. Aburrido de su plácida existencia, las circunstancias le van a dar la oportunidad de poner a prueba su ambición de dar un paso más en su ambición hedonista.

Pero dicha prueba no va a ser fácil. La ambición absoluta puede conllevar un sufrimiento absoluto que acabe derivando en la perdición del alma propia. La tentación tiene dos caras: la de la consecución fácil de objetivos complicados y la del precio inmenso que hay que pagar por ello. Si en algo destaca la escritura de Beckford es en su cuidada estética, lo que deriva para el lector en la visión de imágenes tan claras como un cuadro de vivos colores. El escritor inglés es preciso en unas descripciones que buscan despertar el sentido de la maravilla de unos lectores que no podían ni soñar con viajar al exótico Oriente. Aunque al final la trama se alargue algo y resulte un tanto decepcionante - algo que no le sucedía a Voltaire - leer a Beckford tiene algo de delicioso, porque nos damos cuenta de que sabe desarrollar muchos conceptos que apelan a nuestro subconsciente (la posibilidad de la perdición absoluta) y por lo tanto a nuestros peores temores, personalizados en ese viejo horrible, a la vez aciago y tentador.

Pero las sabias e irónicas palabras de Jorge Luis Borges, magistral prologuista del libro son las que mejor resumen su esencia, mezclando vida y literatura:

"Sólo tres días y dos noches del invierno de 1782 requirió William Beckford para redactar la trágica historia del califa. Lo hizo en francés. Según un dato registrado por mi compatriota, el crítico y poeta Enrique Luis Revol, Vathek fue el libro de cabecera de Byron. Beckford encarnó un tipo suficientemente trivial de playboy millonario, gran señor, viajero, bibliófilo, libertino y constructor de palacios. Levantó una azarosa mansión en Fonthill; de la cual, quizá afortunadamente para el buen gusto, no queda piedra sobre piedra."

domingo, 28 de agosto de 2016

THE DOORS (1991), DE OLIVER STONE. THIS IS THE END.

Todos los jóvenes y muchos adultos sueñan alguna vez con ser estrellas del rock. Yo creo que lo más atrayente de dicha condición es la posibilidad de ser el centro de atracción permanente. Subir a un escenario y ser el objeto de todas las miradas, sentirse el ídolo de millones de adolescentes debe ser una droga de efectos brutales para estimular el propio ego. Además, el cantante de un grupo de éxito está obligado a comportarse de forma excéntrica, incluso un poco violenta en ocasiones. Como decía Freddie Mercury, lo importante es que el show siga siempre adelante, estar siempre abiertos a la innovación, a ofrecer nuevas sorpresas al público. Entre todos estos cantantes de vida excesiva, irrepetibles y excéntricos, destacan los del llamado "club de los veintisiete", estrellas que murieron a una edad que a todos se nos antoja demasiado temprana (Jim Morrison, Jimi Hendrix, Kurt Cobain, Amy Winehouse...) pero que fue suficiente para forjar unos mitos que dejaron un cadáver joven aunque, en demasiadas ocasiones, no demasiado bonito. Quizá sea esta la edad en la que el cuerpo colapsa cuando se le ha estado estimulando desde la adolescencia con todo tipo de sustancias. 

Conocida es la obsesión del cineasta Oliver Stone con los años sesenta, un periodo en el que tuvo que servir en Vietnam, experiencia que marcaría toda su obra. Precisamente fue durante la guerra cuando conoció la música de Morrison, como le sucedió a muchos otros soldados (una realidad que reflejaría espléndidamente Francis Ford Coppola en Apocalyse Now). Quizá era una música adecuada para sobrevivir a un infierno absurdo e incomprensible. El genio que estaba detrás de todo aquello también era alguien bastante enigmático, Jim Morrison, un joven de personalidad algo errática, pero dotada de un carisma indudable. 

Al principio Morrison se mostraba como alguien extremadamente tímido, que llegaba a ofrecer sus actuaciones de espaldas al público, pero poco a poco fue desatándose como un monstruo del escenario, un tipo que era capaz de ofrecer todo tipo de improvisaciones, cambiar la letra de las canciones o moverse al ritmo de danzas tribales inspiradas en los nativos norteamericanos, hasta el punto de que la policía tenía que hacer acto de presencia en sus conciertos, vigilando al cantante y a un público al que éste era capaz de hacer enloquecer fácilmente. El tema The End fue quizá la más alta expresión de la manera de entender la música de Jim Morrison y su grupo, puesto que la canción podía durar minutos y minutos y el vocalista podía improvisar todo tipo de letras a un timo psicodélico e hipnótico, tomándose todas las libertades al respecto en un tiempo en el que todavía pronunciar una obscenidad en público era motivo de gran escándalo.

La película de Stone es casi tan pretenciosa y extraña como el propio Morrison. Queriendo ser un retrato de un personaje y de una época, a veces se desorienta en el experimentalismo y en intentos de virtuosismo cinematográfico, pero The Doors nunca pierde del todo el norte y acaba siendo una obra tan entretenida como estimulante. Desde luego no tan redonda como la posterior JFK, pero tampoco se trata de una obra fallida, puesto que refleja una visión muy personal de unos acontecimientos que al cineasta le hubiera gustado vivir mucho más de cerca. Mientras buena parte de la juventud estadounidense era machacada en Vietnam, en casa se conformaba un espíritu de rebeldía que se canalizaba a través de la masiva difusión del trabajo de grupos como The Doors. Lo curioso es que el propio Jim Morrison - Val Kilmer lo interpreta con indudable oficio -  parecía estar de vuelta de todo, también de la propia idea de rebeldía y habitar un mundo propio e incomprensible incluso para su gente más próxima, un carácter que en demasiadas ocasiones rozaba la locura. 

Quizá lo que se echa en falta en la obra de Stone es una mayor profundización en el personaje, no solo un retrato del mismo. Dicen algunos críticos que la imagen que se proyecta del cantante es demasiado extrema y que algunos de los episodios que se muestran en la película son totalmente inventados o fruto de rumores interesados. Sinceramente, no soy un experto en el tema y no sé hasta que punto la película es históricamente rigurosa. Es mejor contemplar The Doors como una espléndida obra experimental en la que en ocasiones podemos contemplar la existencia con los ojos de su protagonista, una realidad distorsionada por el efecto de las drogas, pero también enriquecida por la creatividad de Morrison. 

martes, 23 de agosto de 2016

UTOPÍA (1516), DE TOMÁS MORO. LA BÚSQUEDA DE LA SOCIEDAD PERFECTA.

Las obras que son capaces de crear un nuevo género literario son muy escasas, sobre todo si la palabra que lo designa - utopía en este caso - acaba haciendo fortuna y siendo utilizada para designar el tipo de sociedad al que debe aspirar el ser humano. Claro que el entusiasmo por crear una sociedad utópica puede degenerar en el peor de los infiernos, como bien nos probó el siglo XX. No obstante, es inevitable que cualquier pensamiento político pueda derivar en pensamiento utópico: el comunista con el socialismo científico al fin funcionando como predijo Marx o el ultraliberal soñando con una sociedad en la que el Estado solo tenga el papel de salvaguardar la sacrosanta libertad de mercado. Lo original es que Tomás Moro, un personaje que cuenta con una biografía muy curiosa e insólita (terminó siendo canonizado por la Iglesia Católica), pensara en estas cosas en un tiempo que se nos antoja muy remoto y las plasmara en un libro que, justo cinco siglos después de su publicación, continua gozando de muy buena salud y suscitando sanas discusiones.

Utopía se muestra al lector como una especie de falsa narración, en la que el propio autor cuenta su encuentro con un viajero que llegó a visitar la nación que de nombre al volumen. Después de esta introducción, el resto del libro está dedicado a describir las diferentes instituciones y forma de vida utópicas, dejando que sea el lector el que juzgue si se trata de la sociedad más perfecta que la humanidad podía concebir en aquel tiempo o de un disparate de imposible realización. La vida en aquella isla se basa en la abolición de la propiedad privada y con ello de todo deseo de enriquecimiento e incluso de estatus. Se supone que la eliminación del deseo por lo material fomenta la espiritualidad, la virtud y las buenas costumbres. La de Utopía es una sociedad igualitaria en la que la principal norma es el trabajo para el bien común. El Estado se organiza en ciudades con una misma estructura y los ciudadanos están obligados a pasar un tiempo trabajando en labores agrícolas, para experimentar en sus propias carnes lo que significa consagrar la vida a las mismas. Solo unos pocos están exentos de trabajo físico, pero primero han de demostrar un singular brillo intelectual que sea provechoso para el avance social.

El gobierno de Utopía intenta ser paternalista, tratando con justicia y benevolencia a sus ciudadanos. Las penas son proporcionadas a la infracción cometida e intentan no ser crueles (un problema muy común en la Europa de aquella época era la desproporción que existía en este ámbito). Además, existen pocas leyes y estas son claras y accesibles a cualquiera que quiera leerlas. El conocimiento perfecto de la legislación supone una gran ventaja, algo que es absolutamente imposible en nuestra sociedad, ni siquiera para los más expertos juristas:

"Tienen pocas leyes, pues para un pueblo instruido y organizado así muy pocas bastan. Sí, esa es la cosa que principalmente censuran en otras naciones: que no basten los innumerables libros de leyes y consideraciones sobre los mismos. En cambio ellos creen que va contra todo derecho y justicia el que los hombres tengan que estar sujetos a esas leyes, que son en número excesivo para poder ser leídas o ciegas y oscuras en demasía para que cualquier hombre sea capaz de entenderlas bien."

Uno de los aspectos que más llaman la atención, siendo Tomás Moro un reconocido católico, fiel seguidor de las enseñanzas de la Iglesia, es la institución de la libertad religiosa absoluta en la isla, hasta el punto de que lo expone como un bien, ya que la dispersión de credos y la tolerancia con los mismos fomenta la convivencia pacífica. Por supuesto, el único límite a la difusión de las propias creencias es la no utilización de métodos violentos o agresivos. También es sorprendente, en una época como el siglo XVI, que el autor se atreviera a elogiar el concepto de eutanasia. Este párrafo es uno de los contiene ideas más avanzadas en la obra: 

"Y viendo que su vida no es más que una tortura, que no sea reacío a morir, sino mejor que cobre buenos ánimos y se desembarace a sí mismo de esta dolorosa vida como de una prisión o de un potro de tormento, o permita de buen grado que otro le libre de ella. Y le dicen que obrando así hará sabiamente, viendo que con su muerte no perderá ningún privilegio sino que acabará con su dolor."

Aunque la sociedad utópica no esté exenta de puntos oscuros, como la ausencia de libertad de circulación, no invalida la idea que puede asaltar a numerosos lectores de que nos encontramos ante un sistema que merecería la pena poner en marcha. Que cuando se haya intentado establecer una sociedad similar a ésta se haya fracasado casi por sistema, dice mucho de la naturaleza humana, del inevitable deseo individual de poseer un estatus por encima del resto y lo poco atractivo de la idea de dedicar los esfuerzos laborales al progreso de la sociedad, en vez de al enriquecimiento individual. En cualquier caso, la palabra utopía sigue ahí, esperando que el próximo que la reivindique no acabe creando una terrible distopía.

jueves, 18 de agosto de 2016

SEMPER DOLENS. HISTORIA DEL SUICIDIO EN OCCIDENTE (2015), DE RAMÓN ANDRÉS. ANTE EL DOLOR DE LOS DEMÁS.

¿Es el suicidio un acto de libertad última, la decisión más irremediable y a la vez absoluta a la que puede llegar un ser humano? No se trata de un tema que aparezca habitualmente en las conversaciones, el sucidio forma parte más bien de esos tabúes sociales, junto a la muerte misma, que es preciso ocultar de la existencia cotidiana. Ni siquiera las estadísticas existentes al respecto son enteramente fiables, pues muchos casos son ocultados, otorgando a dichas muertes otro tipo de causas. Esta negación de la vida es incomprensible para la mayoría, cuando no moralmente repudiada. Pero un vistazo a las causas que provocan tan dramática opción quizá nos puedan hacer reflexionar: dolores insoportables, el advenimiento de una enfermedad fatal, deudas impagables, la estigmatización social, un fuerte desengaño amoroso... Cualquier causa, incluso las más absurdas puede ser válida desde un punto de vista vital diferente al nuestro. Incluso el castigo. El castigo a quienes quedan atrás, el dolor provocado conscientemente a quienes tendrán que soportar las consecuencias de un acto incomprensible. También está la locura, claro, pero siglos atrás apenas podía distinguirse al que se suicidaba por una enfermedad mental de quien lo hacía por mera desesperación.

A pesar de todo, algunos suicidas ilustres siguen siendo ampliamente admirados. Está el caso de Sócrates, que pudo evitar su muerte, pero prefirió afrontarla para defender su idea de virtud. También está Jesucristo, que dijo más de una vez que se sometía voluntariamente a la muerte, una idea que fue acogida con entusiasmo por los primeros cristianos. Y por supuesto, quien se sacrifica en una batalla es celebrado como un héroe. Hay suidicios y suicidios. Para prácticamente cualquier occidental los terroristas que se estrellaron contra el World Trade Center eran unos fanáticos, unos locos. Para un islamista radical, pueden llegar a ser un modelo a seguir. Como ejemplo de que no siempre el suicidio fue visto como un mal absoluto, el Senado romano llegó a dar su beneplácito al ejercicio de la muerte voluntaria. Así lo expuso el retórico Libiano:

"El que no desee vivir por más tiempo que lo exponga al Senado. Si la existencia te es gravosa, muere; si la fortuna te depara un mal, bebe la cicuta; si el dolor te aflige, abandona la vida. Que el infortunado cuente su caso, que el magistrado le suministre el remedio y así su miseria tendrá un final."

Pero lo más común en el devenir de la historia - paradójicamente impulsado en gran parte por el Cristianismo - ha sido el repudio a la muerte voluntaria. El suicida era visto como alguien que decidía apartarse para siempre de la sociedad o, lo que es lo mismo, del pueblo de Dios. El cuerpo de quien acaba de morir por su propia mano no puede ser sepultado con los cristianos. Hasta el enlosado donde pisaba habitualmente puede estar maldito y debe ser sustituido, incluso puede llegarse a derribar su vivienda y confiscar sus bienes. Renunciar a la vida sin haber sido llamado por Dios es uno de los más mortales pecados: 

"En 1439 llovió tan torrencialmente en Basilea, donde todo quedó malbaratado a causa de la inundación, que sus habitantes atribuyeron la desgracia al hecho de que una mujer, que se dio muerte en la ciudad, había sido enterrada en un lugar sagrado. El consejo municipal decidió exhumar el cuerpo y arrojarlo al Rin. En ciertos países, ya en los albores de la época moderna, el autor de una muerte voluntaria, solía ser defenestrado, aunque no era infrecuente sacarlo de la casa boca abajo con el propósito de que el alma no ascendiera. Su rostro nunca debía dar a una ventana, no fuera que desde la otra vida recordara el camino de vuelta. Otros eran echados a un muladar, sus ropas quemadas y los bienes familiares confiscados. Cuando las había, las sepulturas de los que habían muerto por su mano resultaban de difícil acceso, y a veces se las disimulaba bajo las piedras y la hojarasca, al igual que las reservadas a los leprosos, los herejes y las mujeres que habían muerto de parto."

En nuestros días, como se ha dicho antes, el suicidio sigue siendo un acto estigmatizado. Al menos ahora el debate sobre la eutanasia está más abierto que nunca y la vida empieza a no verse como un valor absoluto, por encima de todo sufimiento. En secreto, todos y cada uno de nosotros sabemos que, en circunstancias extremas, el suicidio, ya sea por propia mano o con la ayuda de un tercero, puede ser un acto liberador. Saber que esta posibilidad está abierta, que es como una especie de último recurso si las cosas se ponen demasiado negras, facilita seguir el camino. En el fondo comprendemos - exceptuando los casos psiquiátricos - que quien opta por el camino del suidicio lo hace porque se encuentra en un lugar insoportable, con todas las puertas cerradas, con solo la de la muerte entreabierta. Bien es cierto que hay que ofrecer toda la ayuda a quien se encuentre en este caso, pues casi siempre existe la posibilidad de salir adelante, pero también hay que empezar a ser respetuoso con este tipo de decisiones, a pesar de que sean difíciles de entender.

Ramón Andrés ha escrito un volumen muy estimulante, repleto de información, que reflexiona admirablemente no solo sobre la muerte voluntaria, sino sobre el dolor absoluto e insoportable que lleva a ella. Comprender el suicidio como fenómeno humano puede también ayudarnos a conocernos un poco mejor. El mismo autor lo expresa así:

"Una de las intenciones de este libro, (...) es recordar que el malestar y la desesperatio son consustanciales al ser humano, y que nada, y acaso todavía menos la razón - o tal vez por ella misma -, las pueden remediar."

miércoles, 17 de agosto de 2016

LA BRUJA (2015), DE ROBERT EGGERS. UN CUENTO DE NUEVA INGLATERRA.

El Martillo de las brujas fue un libro tristemente famoso en la Edad Moderna. Publicado a finales del siglo XV, el Tratado firmado por Heinrich Kramer Jakob Sprenger se popularizó como un manual para detectar a las brujas que vivían ocultas en ciudades, pueblos y aldeas, lo cual justificó las violentas cacerías que se prolongaron hasta el siglo XVIII. De sus páginas podemos extraer perlas como ésta:

"Toda la brujería proviene del apetito carnal que en las mujeres es insaciable (...); está claro que no es de extrañar que existan más mujeres que hombres infectadas por la herejía de la brujería (...); tres vicios generales parecen un especial dominio sobre las malas mujeres, a saber, la infidelidad, la ambición y la lujuría. (...) Y bendito sea el Altísimo que hasta hoy protege al sexo masculino de tan gran delito; pues Él se mostró dispuesto a nacer y sufrir por nosotros, y por lo tanto concedió ese privilegio a los hombres."

Como puede observarse el texto irradia una poderosa misoginia, culpabilizando a las mujeres de suscitar los deseos sexuales masculinos. Como la Eva del Antiguo Testamento, la mujer era más propensa a caer en la tentación de adorar al Diablo para conseguir bienes terrenales. Por cada brujo, se decía, existen diez mil brujas. Había que andar con mucho cuidado en estos asuntos y denunciar a cualquier mujer sospechosa. Las féminas que intentaban alejarse un poco del orden establecido, eran las primeras candidatas a ser señaladas. Todo esto sucedía en un clima de miedo, de vigilancia constante a las acechanzas del Maligno. Por supuesto que este miedo engendró una plaga de histeria y paranoia, que acabaría llegando también a América del Norte, como tan magistralmente contó Arthur Miller en El crisol, basada en hechos históricos.

Este clima de miedo se encuentra magistralmente reflejado en La bruja, película que bebe de una larga tradición antropológica relacionada con estos seres imaginarios (pero muy reales en las mentes de quienes creían en ellos) tan repulsivos como fascinantes, que han inspirado obras maestras de artistas como Francisco de Goya. La película de Eggers oscila entre el relato de terror y la reflexión filósofica acerca del problema del mal. Porque los puritanos expulsados de la comunidad intuyen que, al haber sido separados del resto del grupo, el Mal no va a tener que superar barreras para instalarse entre ellos. Lo mismo dan sus rezos, sus apelaciones a la Fe. Han quedado marcados y la evidencia más patente de esta realidad es la impotencia del padre de familia, que es incapaz de proveer e intenta curar su inmensa frustación en el ejercicio inútil de partir con su hacha troncos y más troncos de leña.

La bruja no es una película concebida para quien busque una obra de género de terror convencional. Eggers, en su debut, ha puesto una especial atención a los detalles, exponiendo al espectador a pequeñas pistas para que trate de averiguar qué es lo que está sucediendo en realidad, si es todo resultado del miedo y la paranoia desatados o lo sobrenatural está realmente presente en esta fábula. La obra de Eggers nos habla también, como lo hacía en su momento la de Miller, de miedos muy contemporáneos. Hoy el miedo a las brujas se ha transformado en la paranoia que provocan los actos terroristas. Ya nadie se siente totalmente seguro en ningún sitio. La mera explosión de un petardo por parte de un niño puede desencadenar escenas de auténtico pánico. Y ya sabemos que el miedo suele engendrar medidas draconianas, aceptadas mansamente por la población en pos de su seguridad, para expulsar a estas nuevas y aterradoras brujas de su vida.