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jueves, 8 de septiembre de 2016

CONGRESO DE FUTUROLOGÍA (1971), DE STANISLAW LEM Y EL CONGRESO (2013), DE ARI FOLMAN. LOS LÍMITES DE LA REALIDAD.

La literatura de ciencia ficción en su vertiente distópica está para advertirnos de futuros posibles (esperamos que no probables) en los que la Humanidad ha llegado a un estado radicalmente opuesto al destino que consideramos digno de las generaciones futuras. Lo mejor de Congreso de futurología, novela que se inscribe plenamente en esta tendencia, es el tono humorístico que le imprime el autor, presente en toda la narración, pero que milagrosamente no tapa ni un ápice el problema de fondo que le interesa plantear a Stasnislaw Lem: qué sucederá cuando la ciencia alcance un estadio (en este caso se trata de extraordinarios avances químicos) que permita a la gente abstraerse de la gris realidad y crear su propio mundo en el que no exista el sufrimiento y todo sea a imagen y semejanza de la propia idea de perfección.

Lo cierto es que los primeros capítulos de Congreso de futurología no son demasiado prometedores. El autor polaco nos introduce en una orgía de violencia y huidas que parecen no llevar a parte alguna. Pero qué equivocado estará el lector que llegue hasta la mitad del libro. A partir de ahí el relato cambia de tono y se convierte en una magistral descripción de una sociedad dominada por unos productos químicos capaces de crear prácticamente cualquier ilusión en su usuario. Cualquiera puede ser Jesús o Mahoma, o llevar a cabo las más recónditas fantasías sin restricción alguna. Uno puede ser dueño hasta del día y la noche y del tiempo atmosférico. El problema es que ésta no es la realidad. ¿O sí lo es? Porque ¿cómo podemos estar seguros de que lo que vivimos en nuestra existencia cotidiana es auténtico y no una creación de nuestra mente? Esta tesis ya fue planteada por Platón hace veinticinco siglos y sigue presente en debates filosóficos y científicos. En los últimos años se popularizó a través de una película como Matrix. Además surgen voces en la comunidad científica, todavía muy tímidas, que teorizan que nuestro mundo podría ser una construcción virtual de una inteligencia mucho más poderosa, aunque sería muy difícil probar esta afirmación.

Como he dicho más arriba, la narración de Lem es plenamente disfrutable por su ácido (y nunca mejor dicho) sentido del humor. Porque entrar inadvertidamente en la era de la psicoquímica puede tener consecuencias indeseadas para un novato. Los bancos la utilizan para cobrar sus deudas, las empresas para enviar publicidad brutalmente subliminal y los jefes para estimular el sentido del deber en sus empleados. También se puede ser víctima de bromas pesadas como ésta:

"La velada resultó muy agradable, pero me gastaron una broma idiota. Uno de los invitados —¡si supiera quién!— me metió en mi té una pizca de convertina-credibilina y en el acto sentí una tal adoración hacia mi servilleta que me puse a improvisar en alta voz una nueva teodicea. Bastan unas cuantas gotas de esa condenada substancia para que uno empiece a creer en lo primero que se presenta: la cuchara, la lámpara, los pies de la mesa, etc. Mi sentir místico era tal que me puse de rodillas para rendir culto a los cubiertos. Fue entonces cuando mi anfitrión me ayudó: bastaron doce gotas de cabecina, una nueva sustancia que infunde un escepticismo tan frío, una tal pasividad ante lo que sea, que hasta un condenado se dejaría cortar la cabeza sin murmurar."

Respecto a la película del autor de Vals con Bashir, se trata de una adaptación muy libre de la novela de Lem, puesto que también quiere ser todo un homenaje a la actriz Robin Wright. Folman sigue explorando la integración narrativa de imágenes reales con las técnicas más avanzadas de animación y crea momentos realmente emocionantes en contraste con otros realmente aburridos. El congreso es una obra tan ambiciosa como irregular, puesto que no consigue la magia que sí se logró en su anterior producción, quizá porque quiere hablar de demasiadas cosas sin profundizar realmente en ninguna: los cambios que se avecinan en el cine, los sentimientos de la protagonista ante la devastadora enfermedad de su hijo, además de todos los que trata Lem en su novela. Merece la pena su visionado, pero es mejor hacerlo sin grandes expectativas, porque El congreso funciona más como experimento cinematográfico que como una historia que realmente llegue al espectador.

sábado, 3 de enero de 2015

VALS CON BASHIR (2008), DE ARI FOLMAN. LA NIEBLA DE LA GUERRA.

La del Líbano en los años ochenta es una historia terrible. Afectado su precario equilibrio político por la llegada de miles de refugiados palestinos, procedentes de las guerras de Israel con sus vecinos, en la Suiza de Oriente Próximo comenzó una guerra civil que a su vez implicó a sus vecinos. Israel comenzó a intervenir en el país a finales de los años setenta, con la excusa de destruir las bases desde donde lanzaban sus ataques los palestinos de la OLP. La campaña fue exitosa para los hebreos, aunque tuvieron que pagar el precio de una ocupación en la que se veían constantemente acosados por una guerra de guerrillas que a la postre les haría retirarse hacia zonas más seguras. En este contexto, en 1982, sucedió la masacre de Chabra y Chatila. Se trató de una desmesurada venganza, ejecutada por los aliados de Israel en el conflicto, las fuerzas cristianas de la llamada Falange Libanesa, en respuesta a la masacre de Damour, sucedida seis años antes y al reciente asesinato de Bashir Gemayel, el presidente electo de Líbano, llevado a cabo por fuerzas sirias y palestinas. Ante la pasividad del ejército israelí, los falangistas arrasaron los campos de refugiados, repletos de mujeres, ancianos y niños, mientras las bengalas lanzadas por el ejército israelí iluminaban el espectáculo. Aunque las cifras finales de fallecidos nunca estuvieron claras, se estima que superaron las dos mil personas.

Esto es lo que cuenta la historia. Para quien estuvo allí y fue testigo de unos acontecimientos tan terribles, los recuerdos pueden ser otros. Incluso pueden no existir recuerdos. La mente tiene mecanismos de autodefensa tan complejos que pueden dejar zonas de sombra en nuestras vivencias más dolorosas, las que nos hacen sufrir o sentirnos culpables. El mismo Ari Folman, que es a su vez el protagonista de la película, nos habla, desde la página oficial de Vals con Bashir, de como surgió el proyecto:

"Es mi historia personal. La película empieza el día que descubrí que algunas partes de mi vida se habían borrado de mi memoria. Los cuatro años que trabajé en Vals con Bashir me provocaron un violento trastorno psicológico. Descubrí cosas muy duras de mi pasado y, sin embargo, durante esos cuatro años, nacieron mis tres hijos. Puede que lo haya hecho para mis hijos. Para que, cuando crezcan y vean la película, les ayude a saber escoger, a no participar en ninguna guerra."

Quien está inmerso en un campo de operaciones bélico vive la experiencia como una constante confusión. No sabe situarse geográficamente, no está seguro de por qué está peleando, no sabe desde donde dispara el enemigo, ni siquiera si es realmente el enemigo el que está disparando. La guerra no es más que crueldad y caos y quien se ve inmerso en ella, solo quiere olvidar lo que ha vivido. Algo así le sucede a Ari Folman. Vive con zonas de sombra respecto a lo que sucedió en el Líbano en 1982 y le gustaría saber el porqué. Con ese objetivo emprenderá una búsqueda de sus antiguos compañeros del ejército, conversando con ellos para poder reconstruir, fragmento a fragmento, el papel que tuvo en aquella historia.  Quizá el conocimiento de la verdad no sea agradable, pero es el precio que hay que pagar por asumirla.

Vals con Bashir está realizada con una técnica de animación a la vez sobria y expresionista, perfecta para mostrar con toda su crudeza las pesadillas de los ex-soldados, que llegan a confundirse con el conflicto real. ¿Es inocente quien cumple órdenes? ¿Es inocente el soldado que asiste pasivamente a una masacre sin que sus superiores hagan nada para impedirla? Lo más terrible para el espectador es el final, cuando Folman le hace despertarse de lo que hasta el momento no era más que una narración realista, en dibujos animados, para mostrar imágenes reales de las consecuencias de la masacre. Como el protagonista, nosotros también tomamos conciencia de lo que es auténtico y lo que es soñado.