sábado, 3 de noviembre de 2012

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN NOVIEMBRE. LLUVIA DE LETRAS.


Después de muchos meses de Sol y buen tiempo, vuelven los días grises, ideales para pasarlos en casa en compañía de un buen libro. Este mes las propuestas de los clubes de lectura malagueños son muy apetecibles, como un buen café caliente.

En la Biblioteca Provincial leeremos "El club de los estrellados", una novela del zaragozano Joaquín Berges, con el que celebraremos un encuentro.

En la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una novela monumental que ganó en su día el premio Pulitzer: "Middlesex", de Jeffrey Eugenides.

En la Biblioteca Municipal de Arroyo de la Miel, continúan los encuentros con los clásicos con una  novela que ofrece argumentos de debate para varias sesiones seguidas de club de lectura: "Un mundo feliz", de Aldous Huxley.

El club de lectura de la Casa del Libro apuesta este mes sobre seguro con un clásico de la literatura norteamericana que conoció una mítica adaptación cinematográfica: "Matar a un ruiseñor", de Harper Lee.

En el club de lectura de la Fnac, otro clásico con adaptación cinematográfica mítica: "Desayuno en Tiffany´s", de Truman Capote.

Tengo noticias de la existencia de otro club de lectura en otra de nuestras grandes librerías, Luces. Y este mes leen a todo un premio Nobel: "Todo se desmorona", de Chinua Achebe.

Y en el ciclo "Literatura y cine", un film de ciencia-ficción que habla como pocos de nuestra realidad, adaptación de una novela de P.D. James: "Hijos de los hombres", de Alfonso Cuarón.

Como de costumbre, las novedades y los cambios de fechas y horarios aparecerán lo antes posible en la columna de la derecha. Felices lecturas.

viernes, 2 de noviembre de 2012

EL ASTILLERO (1961), DE JUAN CARLOS ONETTI. LA INVENCIÓN DE LA SOLEDAD.


La primera vez que tuve noticias de Juan Carlos Onetti fue cuando leí, hará veinte años, una entrevista con un señor que había decidido postrarse en la cama y no salir de ella. No estaba enfermo ni nada parecido, sino que había tomado esa decisión y le parecía la más cómoda de pasar el resto de su vida. Onetti aparecía despeinado y rodeado de novelas policiacas, con las que distraía sus horas de postración voluntaria.

La escritura de Onetti no es complaciente con el lector, le exige una atención absoluta y aún así, a veces hay que volver a empezar el párrafo para captar toda la riqueza de detalles y de matices que transmite. Porque en realidad lo que más importa en El astillero, como en las novelas de Kafka, es  el ambiente donde sucede la historia, como el absurdo va impregnando a su protagonista que se refugia en una realidad ilusoria, aún sabiendo que este refugio es provisional y que al final tendrá que afrontar la realidad auténtica, esa que lo va a arrojar a la soledad y el desamparo más absolutos que intenta distraer provisionalmente (todo es provisional, nada es sólido en esta narración) con sus fantasías. Estamos ante un mundo gris, derrumbado, sórdido, lleno de desperdicios del pasado que recuerdan tiempos mejores. Pero los personajes tienen que vivir y deben inventar su propia realidad. Es lo único que les queda.

Dice Luis Harss, especialista en literatura iberoamericana, que Onetti era "un tipo muy taciturno y depresivo, pero al mismo tiempo chistoso. Le gustaba burlarse de sí mismo y caricaturizar su propia forma de ser." Hay mucho de esto en El astillero, una caricatura, un simulacro de la vida auténtica. Larsen se entusiasma con su trabajo, aún a sabiendas de que ha sido contratado por una empresa fantasmal y sus honorarios (que puede elegir él mismo) nunca serán satisfechos. En cierto pasaje de la novela se dice que es la desgracia la que se ha instalado en su vida y, cuando eso sucede, hay que convivir con ella de la mejor manera posible. Es la misma desgracia que parece haberse instalado también en nuestra realidad y que todo lo impregna. Como en el libro de Onetti, vivimos entre ruinas de lo que hasta hace poco fue un gran sueño y algunos aún fantasean con la posibilidad, siempre aplazada, de su restauración.

jueves, 1 de noviembre de 2012

NAPOLEÓN (1927), DE ABEL GANCE. EL REDENTOR DE FRANCIA.


Nos encontramos ante una película claramente haliográfica, presentando a Napoleón como una especie de redentor destinado a salvar Francia del caos y elevarla a la categoría de imperio. Desde la infacia aparece como un ser predestinado, como un genio en diversos campos humanos: en la famosa batalla de bolas de nieve del principio adivinamos la personalidad del futuro dirigente: el líder que siempre sabe lo que hay que hacer, cuya sola presencia inspira a los demás a emprender brillantes acciones bélicas. Es el Napoleón idealizado al que veneran muchos franceses y que no es más que una parte de la realidad.

Huyendo de juicios ideológicos, hay que decir que esta película es fundamental para la historia del cine: hay en ella un constante aliento épico que estalla al final, cuando la pantalla se divide en tres partes (originariamente el film se exhibió en salas con pantallas especiales con un sistema llamado Polyvision, efecto que se pierde en un televisor) para mostrar la grandeza de las operaciones bélicas napoleónicas. Antes Napoleón ha paseado por la caótica revolución francesa y ha visto con meridiana claridad cómo salvarla de su propio éxito. Porque el protagonista, encarnado prodigiosamente por Albert Dieudonné aparece casi como un ser sobrenatural, siempre sereno mientras el mundo arde a su alrededor.

Ni que decir tiene que en la película (hay que ver la versión larga, restaurada por Francis Ford Coppola, de 225 minutos) acaba cuando Napoleón obtiene sus primeras victorias. Nada de mostrar al emperador derrotado, a Gance (como a Francia) sólo le interesa la gloria. De ahí la cosecha de aplausos y entusiasmo que cosechó el filme cuando se estrenó.

domingo, 28 de octubre de 2012

ARGO (2012), DE BEN AFFLECK. UN RESCATE DE CIENCIA FICCIÓN.


El cine y las historias que cuenta no se agotan nunca. Muchas veces asistimos a una proyección y en seguida nos asalta la desagradable sensación de repetición, de lo mil veces visto. El esfuerzo por ser original en el cine actual brilla en demasiadas ocasiones por su ausencia, por lo que una producción como Argo es un soplo de aire fresco que nos viene a anunciar la buena nueva de que el arte cinematográfico sigue vivo y todavía es capaz de despertarnos emociones, de tenernos pegados a la butaca durante dos horas mientras rememoramos uno de esos episodios históricos de los que los estadounidenses no pueden sentirse muy orgullosos, pero que forma parte de las contradicciones de una nación capaz de lo mejor y de lo peor y que bajo la mirada de un Ben Affleck que progresa a pasos agigantados como director, toma un estupendo aire tragicómico.

A finales de los años setenta, cuando el prestigio de Estados Unidos estaba seriamente tocado por la reciente derrota en Vietnam, al presidente Jimmy Carter se le presentó una crisis endiablada en Irán: la toma de rehenes en la embajada estadounidense de Teherán, auspiciada por el recién instalado gobierno islámico. La potencia estadounidense no podía presentarse como inocente en este conflicto, puesto que décadas antes había participado en el golpe de Estado que había colocado al Sha como un títere de los intereses petrolíferos de las empresas occidentales. El gobierno del Sha había instalado un régimen brutal y represivo, a la vez que rapiñaba todos los bienes del país, dejando a la población en la pobreza. Existe un libro de Ryszard Kapuscinski que se centra en los excesos de este dirigente que despojaba al pueblo de sus bienes mientras él y su familia vivían en la opulencia más desmesurada. 

Cuando cayó este vergonzoso régimen auspiciado por occidente, los islamistas tenían una lógica sed de venganza manifestada de un modo salvaje, como bien muestra la película en sus primeros momentos, en los que la población de Teherán asalta la embajada estadounidense. La filmación de la escena por parte de Affleck está realizada con una fuerza inusual, trasladando realmente al espectador al corazón del suceso y transmitiéndole la tensión que vivió el personal agregado a la legación. Seis de sus miembros lograron escapar al asalto y refugiarse en la embajada canadiense.  La trama, que está basada en una historia tan inverosímil que solo puede ser real, se centra en la operación de rescate de estos seis estadounidenses que ideó un agente de la CIA interpretado por Affleck: entraría en el país como un productor de cine canadienses que busca localizaciones para una película de ciencia ficción llamada Argo y saldría unos días después con los refugiados haciéndolos pasar por parte del equipo cinematográfico.

Como es lógico una misión tan estrambótica provocó muchas dudas en el gobierno estadounidense, pero fue aprobada, puesto que no se les ocurrió un plan mejor. La misión era tan absurda (había que preparar realmente un subterfugio en forma de un proyecto cinematográfico convincente) que resulta un argumento inmejorable para un guión donde se unen lo trágico y lo cómico de manera magistral: por una parte los estrambóticos productores de Hollywood a los que tiene que recurrir el agente para hacer creíble su plan y por otro, la terrible situación de tensión por la que pasan los refugiados ante el temor permanente y cada vez más probable de ser descubiertos y ahorcados en la plaza pública acusados de ser espías americanos. De hecho, los desgraciados compañeros que se quedaron en la legación americana como rehenes hubieron de pasar por más de un año de secuestro, con la posibilidad de ser condenados a muerte. 

Así pues, en conjunto Argo se nos presenta como una película con un guión excelente, muy bien dirigida y extraordinariamente proporcionada en todos sus elementos. Ben Affleck ha aprovechado el conocimiento de un hecho real desclasificado durante el gobierno de Clinton para construir un excelente retrato del clima de una época que refleja el fracaso moral de Estados Unidos, a pesar de que se tome partido por unos funcionarios, inocentes de las acciones de su gobierno, sometidos al deseo salvaje de venganza de los islamistas. Y no dejen de disfrutar del final de la cinta, dotado de una tensión y un suspense dignos del maestro Hitchcock.

MARÍA, LLENA ERES DE GRACIA (2004), DE JOSHUA MARSTON. COMULGAR CON LA LIBERALIZACIÓN.


Una película dura la que disfrutamos el pasado viernes en la sesión de cine de la biblioteca. Mi conclusión es la de siempre en este tema: hay que comulgar por la liberalización urgente del consumo y tráfico de drogas (bajo el control estricto del Estado) y acabar con la sangría de víctimas que produce este mercado ilegal que se ha dejado como un regalo envenenado a las mafias, para que adquieran un poder comparable al de los Estados que las combaten. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2012/10/maria-llena-eres-de-gracia-historia-de.html

miércoles, 24 de octubre de 2012

MENDEL EL DE LOS LIBROS (1929), DE STEFAN ZWEIG. EL MÁRTIR DE LA LETRA IMPRESA.


Nadie como Stefan Zweig, que narró magistralmente en su autobiografía el paso, que produjo la Primera Guerra Mundial, del plácido mundo burgués decimonónico al turbulento siglo XX. Mendel el de los libros cuenta la historia de un ser improbable y singular: un viejo judío que, aposentado en un café, pasa el día ensimismado en sus lecturas, sin apenas apreciar lo que sucede a su alrededor:

"Leía con un ensimismamiento tan impresionante que desde entonces cualquier otra persona a la que yo haya visto leyendo me ha parecido siempre un profano."

El apasionado lector sólo vuelve al mundo cuando alguien le visita para hacerle una consulta bibliográfica. Por complicada que sea el dictamen que se le encarga, Mendel responderá en pocos segundos exponiendo al asombrado interlocutor la relación completa de libros que pueden encontrarse acerca del tema y las librerías de todo el mundo donde pueden ser encontrados. Mendel es como el moderno google, pero aún más efectivo, porque sus respuestas están colmadas de pasión humana, y por qué no decirlo, de cierta complacencia producida al comprobar que su extraordinaria habilidad ayuda a otras personas.

Lo más conmovedor de la novela de Zweig es comprobar cuan trágicamente ausente de la realidad se encuentra el protagonista, hasta el punto de desconocer que su país está en guerra. Cuando Mendel escribe a libreros de países enemigos reclamándoles el envío de los habituales catálogos, la inteligencia militar sospecha que puede tratarse de un espía y lo saca de su hábitat natural para  internarlo en un siniestro campo de concentración. Así es la realidad del siglo XX, donde no hay sitio para soñadores como Mendel, que prefiere vivir en su propio mundo, mucho más rico que el que le rodea físicamente. Qué difícil es que surjan seres como Mendel, sabios generosos que ponen su erudición al servicio de cualquiera. Y qué fácil es destruirlos a base de estupidez y fuerza bruta. A Mendel los libros le ofrecían la comprensión de los secretos del Universo, de la conformación del mundo, pero no le prepararon para comprender su propio destino, pues este fue dictado por hombres irracionales.

Todavía existen seres como Mendel, capaces de relacionar cualquier hecho mundano con las lecturas realizadas en el pasado. Muchos dirán que ya no son tan necesarios como antes, puesto que la tecnología puede almacenar millones de datos y podemos tener acceso a ellos en un instante. Pero la tecnología es fría, nos distrae y nos hace descentrarnos de nuestro objetivo, algo que nunca haría un sabio humanista. Si tuviera que proponer a un santo laico para que presidiera las reuniones de los clubes de lectura, optaría sin duda por Mendel. Que sea un personaje literario y no real, no hace sino reforzar su candidatura.

No puedo sino transcribir las últimas palabras del personaje-narrador de Zweig, sintiéndose culpable por haber olvidado durante años a un ser tan singular como Mendel:

"Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido."

APOLO XIII (1995), DE RON HOWARD. UNA ODISEA DEL ESPACIO.


A finales de los sesenta y principios de los setenta, Estados Unidos asombraba al mundo con sus contradicciones. Por un lado mantenía una guerra salvaje en Vietnam, con un impresionante desgaste de su ejército y de su imagen ante la opinión pública. Por otro, gastaba ingentes cantidades de recursos en un programa espacial que le llevó a hacer realidad un muy antiguo anhelo humano: caminar sobre la Luna.

Sin duda la más popular de las misiones fue el Apolo XI, que consiguió el primer paseo por nuestro satélite. El Apolo XIII iba a ser la tercer viaje de humanos a la Luna, por lo que el interés del público había descendido muchísimo, pues los alunizajes se consideraban ya casi un ejercicio rutinario, cuando la realidad (como hemos comprobado tristemente en nuestra época con el transbordador espacial) es que volar al espacio es una aventura peligrosísima, porque son demasiados los elementos que pueden fallar en una misión tan compleja, como se comprobó con el Apolo XIII, que a punto estuvo de convertirse en el sarcófago espacial de sus tres tripulantes.

Como filmar una película sobre el primer alunizaje, el de Neil Amstrong, hubiera sido muy aburrido, puesto que todo salió según lo previsto, Howard se decidió por el vuelo más trágico y también, por qué no decirlo, por la historia donde podía mostrar mejor el espíritu americano de adaptación, de superación de las adversidades. Más heroico aún que los astronautas aparece un Ed Harris, como jefe de control de la misión decidido a devolverlos a casa a cualquier precio. Lo que no funciona en la película es precisamente lo que mejor debería funcionar: el drama. El espectador no puede empatizar con unos personajes demasiado fríos (como son en realidad los astronautas, todo hay que decirlo) y con las explicaciones científicas de los problemas a los que están sometidos, complicados de seguir para el profano.

No obstante, considero que el conjunto es positivo, porque muestra con bastante detalle lo que significaba embarcarse en una misión pionera (como dice acertadamente el personaje de Tom Hawks, ir a la Luna no es ningún paseo), equiparable a la era de los descubrimientos del siglo XVI). Además, también tiene una vertiente sociológica: el público sólo comenzó a interesarse por la misión Apolo XIII cuando estaban a punto de palmarla. Así somos, lo que verdaderamente nos interesa son las novedades y el morbo.