viernes, 12 de agosto de 2011

ACTUALIDAD DE FRANZ KAFKA.


Tradicionalmente agosto ha sido un mes tranquilo en cuanto a noticias se refiere, en el que los telediarios se ocupaban sobre todo de informarnos acerca de altísimas temperaturas, atascos, fiestas, romerías y partidos amistosos. No está sucediendo así este año, en el que no podemos abrir un periódico sin sobresaltarnos. Tras sobrevivir nuestro país a la enésima crisis de la deuda nos llegan imágenes de violentos disturbios en un país que suponemos tan civilizado como Reino Unido, revoluciones en países africanos y aquí mismo, donde la visita del papa está sirviendo de estímulo para denunciar ciertas hipocresías y derroches de un Estado en números rojos. La semana pasada, mi amigo Ignacio publicó un texto en "La opinión de Málaga", en el que evoca la obra de Kafka como metáfora de la situación actual. Aquí lo dejo, breve y sin desperdicio:

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2011/08/03/vaticinios-franz-kafka/441065.html

miércoles, 10 de agosto de 2011

EL RETIRO ESPIRITUAL.


"Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la iglesia católica y las demás confesiones."

Lo que transcribo es el artículo 16 de nuestra Constitución. La foto es de ayer mismo, del parque del Retiro, en Madrid, un parque público, si no me equivoco, que se ha llenado de confesionarios, quizá en el enésimo intento de catequizar a la gente a la calle. Si la gente no va a la iglesia, que la iglesia salga a por la gente.

Con la llegada del papa Ratzinger a Madrid se ha generado un interesante debate acerca de los límites de cooperación del Estado con la iglesia católica. ¿Llegan hasta tal punto las obligaciones que han de asumirse gastos desmesurados en tiempo de crisis? Los peregrinos cuentan con estancia gratis (a cargo de los colegios estatales), transporte prácticamente gratuito (en la misma semana en la que el metro de Madrid sube un 50% para el resto de los mortales), las calles principales de Madrid se cortan desde hoy al tráfico rodado, surgen estructuras gigantescas para los actos y las grandes empresas realizan donaciones amparadas por una suculenta desgravación fiscal. Además, lo que me parece más grave, afean el maravilloso parque del Retiro plantando esas horribles estructuras que hablan de uno de los elementos en los que la iglesia ha basado su poder durante siglos: la confesión. Para quien quiera saber más, remito al interesante libro del historiador Jean Delumeau, "La confesión y el perdón". Me gusta mucho más el Retiro cuando está lleno de casetas de la feria del libro.

A los que argumentan que aunque el Estado va a gastar unos millones de euros los beneficios van a ser mayores, yo les propondría que echaran un vistazo a alguna historia de España de carácter imparcial y evaluaran los beneficios que nos ha traído históricamente la iglesia católica y a quienes ha favorecido sistemáticamente su influencia casi permanente en las decisiones políticas y sociales en este país. No soy yo el único que opina así, hay muchos cristianos de base, simpatizantes del 15-M para más señas, que ven a la cúpula de la iglesia podrida y dando la espalda al mensaje de Jesucristo. Es mejor un caro espectáculo de masas que volcarse con los más desfavorecidos.

Hablando del 15-M, su reciente desalojo de la Puerta del Sol no fue una casualidad. Tiene que ver con todo esto, con el deseo de las autoridades de que el papa vea un Madrid limpio de elementos subversivos. Como era de esperar, han conseguido justamente lo contrario. Ahora intentan que no se celebre una manifestación en contra de la subvención estatal a esta visita. Todas las opiniones son iguales, pero unas más iguales que otras.

A mí particularmente no me parece bien que venga el papa. Si viene como jefe de estado, que trate asuntos de estado (no estaría mal que se volviesen a negociar los abusivos acuerdos con el Vaticano de 1979) y si viene como líder religioso, que pague sus celebraciones de su propio bolsillo. ¿Se imaginan que Hugo Chávez viniera aquí como jefe de Estado y aprovechara para realizar actos masivos de reafirmación socialista? ¿Les parecería bien que el Estado español le subvencionara, le pagara la seguridad, alojara a los seguidores chavistas y plantara banderas bolivarianas en el Retiro? Pues esto es prácticamente lo mismo. Y no me digan que la mayoría de la población española es católica, porque me echo a reir. Yo fui educado como católico y se cuales son las obligaciones básicas de esta religión. Soy muy aficionado a visitar iglesias, no por motivos religiosos, sino artísticos y cuando entro a alguna y da la casualidad de que se está celebrando una misa, las personas de menos de sesenta años brillan sistemáticamente por su ausencia. Ahora bien, para bodas, bautizos, comuniones, semana santa o eventos rocieros, acuden las masas. Pero a eso no podemos llamarlo sentimiento religioso. Eso es otra cosa.

A todo esto, hay algo que me ha gustado. El cardenal Rouco, quizá por haber leído ese pasaje de Galdós que dice: "...el mes de agosto, el mes en que Madrid no es Madrid, sino una sartén solitaria" ha pedido rezar para que no haga demasiado calor en los días de visita del papa. No por su santidad, que disfrutará de sofisticados sistemas de aire acondicionado en sus misas y actos, sino por los peregrinos. A ver si entre todos consiguen que el resto de agosto en Madrid sea fresquito. Yo tengo previsto viajar allí al día siguiente de que se vaya el papa. No estaría mal aprovecharse, aunque sea un poquito, de la devoción ajena.

BARTLEBY Y COMPAÑÍA (2001), DE ENRIQUE VILA-MATAS. LA ESCRITURA Y SUS NEGADORES.


Después de leer "Bartleby el escribiente", nada mejor que asomarse a las páginas de esta novela-ensayo de Enrique Vila-Matas que, partiendo del personaje de Herman Melville, nos da noticias de escritores (más o menos conocidos) cuyo mérito consiste en haber renunciado a la escritura:

"Me gustaría haber creado en el lector la cálida sensación de que acceder a estas páginas es como hacerse socio de un club al estilo del club de los negocios raros de Chesterton, donde entre otros servicios el Bartleby Reunidos - tal sería el nombre del club o negocio raro - pondría a disposición de los señores socios algunos de los mejores relatos relacionados con el tema de la renuncia a la escritura."

Quizá el más famoso de este tipo de escritores haya sido Juan Rulfo, que tras entregar dos obras maestras como "Pedro Páramo" y "El llano en llamas" dispuso de la más elaborada coartada para no seguir escribiendo:

"Es que se murió mi tío Celerino que era el que me contaba las historias."

El personaje que elige Vila-Matas para hacer de narrador es un tipo apacible que dedica su tiempo a un coleccionismo muy especial: el descubrimiento de escritores de la negación y sus excusas que sostienen su renuncia. ¿Qué es lo que hace que alguien con conciencia literaria y con talento para la escritura no sea capaz de plasmar sus pensamientos en un papel? Hay quien habla de la imposibilidad de explicar el mundo con una herramienta tan pobre como las palabras, hay quien prefiere ser más lector que escritor, quien piensa que todo está dicho ya y quien sufre bloqueos que lindan con la locura, pero todos tienen algo en común: prefieren no hacerlo.

Tengo que decir que la escritura de Vila-Matas me ha deslumbrado por su sencillez y por su capacidad de transmitir sensaciones al lector. Además, su planteamiento es sumamente original. Otro escritor (o escribiente) enfrentado a esta temática se hubiera limitado a ofrecernos un sesudo ensayo dedicando cada capítulo a un escritor y su problemática particular en su batalla contra las palabras. Vila-Matas prefiere inventar a un personaje, Marcelo, que desde el primer momento empatiza con el lector, ya que no duda en descubrirnos sus pequeñas miserias cotidianas relacionándolas con el objeto de sus investigaciones. Tampoco se limita Marcelo a los escritores del no, sino también a los que rehuyen la fama y ocultan su identidad (Salinger sería un prototipo del escritor del no que se aleja del mundanal ruido), como Pynchon o Traven. Podría seguir este artículo contando algunas de las variadas anécdotas literarias que sazonan el relato, pero prefiero no hacerlo, prefiero que sean ustedes las que las disfruten directamente con el Marcelo de Vila-Matas.

No sino recomendar la lectura de "Bartleby y compañía", a no ser que prefieran no hacerlo (yo mismo me he puesto como deber para este verano leer "Doctor Pasavento", como complemento a la reciente lectura de Robert Walser) y les dejo la frase de Jean de la Bruyere con la que comienza el libro, que da lugar a reflexión:

"La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; el de otros consiste en no escribir."

CAPITÁN AMÉRICA, EL PRIMER VENGADOR (2011), DE JOE JOHNSTON. CIUDADANO ROGERS.

Enlace
Muy decepcionante esta adaptación del cómic de Marvel, que venía precedida por muy buenas críticas. Lo cierto es que el comienzo es muy prometedor, con una gran ambientación en los años cuarenta, pero todo falla cuando Steve Rogers da paso al Capitán América y la película se convierte en una vulgar cinta de acción que hemos visto ya mil veces. Aquí el artículo:

El Capitán América es uno de esos héroes de cómic que surgieron para dar moral a las tropas norteamericanas durante la Segunda Guerra Mundial. La portada de su primer número era ya toda una declaración de intenciones: se le veía asestando un puñetazo en la cara al mismísimo Hitler, una acción que debía ser el deseo íntimo de cada combatiente. Estas historias de los años cuarenta ofrecían una versión edulcorada de la guerra, como un enfrentamiento entre buenos y malos, en el que los primeros poseían los valores propios del héroe: valor, coraje, astucia y generosidad.

El Capitán América siempre fue presentado como un guerrero puro que concentra en su persona todos los ideales de libertad que representa el sueño americano, por ello ha sido un personaje tan exaltado como vilipendiado. En cualquier caso su fama se esfumó cuando terminó la guerra. Veinte años después, Stan Lee, el creador de Marvel Cómics, en una hábil maniobra, resucitó al héroe para integrarlo en Los Vengadores, un supergrupo en el que formó equipo con Thor, Iron Man o Hulk. A partir de este momento, en muchas de sus aventuras en solitario el Capitán América, pese a no dejar en ningún momento de ser patriota, o precisamente por ello, cuestionó en muchas de sus historias el status quo estadounidense, repleto de guerras injustas y sucias maniobras políticas.

Precisamente la nueva hornada de películas basadas en los cómics Marvel tienen como intención confluir en una superproducción dedicada a Los Vengadores que se estrenará el año próximo. Capitán América sería el penúltimo escalón, después de las dos partes de Iron Man, las de Hulk y la reciente Thor.

El comienzo de Capitán América es prometedor. En los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, Steve Rogers, un neoyorkino enclenque y propenso a las enfermedades quiere alistarse en el Ejército por cualquier medio, hasta que se le ofrece la oportunidad de partipar en un experimento que pretende crear una nueva raza de supersoldados para combatir a los nazis. El experimento será un éxito, pero será saboteado, por lo que Rogers queda como el único beneficiado.

Hay que decir que durante esta primera parte la ambientación es francamente deliciosa, logrando recrear a la perfección la atmósfera de los años cuarenta. También es un acierto el primer tratamiento que se hace al personaje, tratándolo como un espectáculo de barraca de feria destinado a captar dinero para los bonos de guerra, situación que recuerda poderosamente a la que vivían los héroes de Iwo Jima en Banderas de nuestros padres, de Clint Eastwood. Estas escenas constituyen una especie de parodia del héroe, que aparece en el escenario vestido con unas ridículas mallas y atestando un puñetazo a un actor disfrazado de Hitler, en un claro homenaje a la portada del primer número de cómic.

A partir del momento en el que el Capitán llega a Europa y toma la iniciativa de ponerse a pelear, la película cambia totalmente de registro y se transforma en un vulgar blockbuster veraniego en el que el protagonista asalta fortalezas enemigas con la sola ayuda de su moto y su escudo y las peleas son tan imposibles como incruentas. Parece como si de pronto la historia se transformara en una sucesión de pantallas de videojuego, donde el Capitán va reclutando aliados para asaltar fortalezas hasta la pantalla final, donde le espera su enemigo, Cráneo Rojo.

Respecto a los intérpretes, Chris Evans está correcto como protagonista, aunque le falta transmitir la grandeza y el liderazgo que se suponen que ha de tener su personaje. Además vive una insulsa historia de amor, totalmente falta de química con la oficial Carter, interpretada por Haley Atwell. Además Hugo Weaving, como villano, está totalmente desperdiciado, al igual que Tommy Lee Jones, que ofrece una actuación totalmente plana.

Quizá el mejor modelo a seguir para esta película hubiera sido la genial reinterpretación de Los Vengadores que realizaron Mark Millar y Bryan Hitch en el cómic The Ultimates, publicado hace diez años. En él se presentaba al Capitán América peleando en una escena digna de Salvar al soldado Ryan, la película de Steven Spielberg. Mostrar la verdadera cara de la guerra es una de las mayores carencias de la película de Joe Johnston, que sacrifica el realismo y a los auténticos nazis y los sustituye por enemigos con máscaras, que disparan rayos láser y se asemejan más a robots que a humanos.

viernes, 5 de agosto de 2011

BARTLEBY EL ESCRIBIENTE (1853), DE HERMAN MELVILLE. EL PODER DEL NO.


"Prefiriría no hacerlo", me he estado repitiendo toda la semana cuando tenía un poco de tiempo para trabajar en este artículo. Y es que, en cierto modo, se me contagió el espíritu de Bartleby, un héroe de la negación que prefiere vivir la vida a su manera, aunque esa forma de vida se parezca más a la vegetal que a la humana. Tanto se me ha contagiado el espíritu que he realizado una lectura complementaria: "Bartleby y compañía", de Enrique Vila-Matas. Próximamente escribiré el artículo, a no ser que prefiera no hacerlo... Por lo pronto, aquí está el de Melville:

La vida del estadounidense Herman Melville (1819-1891) se parece a la de los personajes de sus novelas y relatos. Sus años de formación se repartieron entre el estudio y los viajes marítimos. Su viaje en el ballenero Acushnet fue un punto de inflexión en su vida, pues esta experiencia le inspiraría su obra más célebre, Moby Dick, aunque su sed de experiencias le llevó a desertar de este buque en el Pacífico Sur y pasar una temporada entre los caníbales llamados Typee. Después de diversos avatares en otros buques, volvió a los Estados Unidos, publicando libros como Typee y Chaqueta blanca.

A partir de este momento, decidió asentarse, se casó y se dedicó casi plenamente a la escritura, a lo cual le estimuló su amistad con Nathaniel Hawthorne, el autor de La letra escarlata. Aunque hoy cueste creerlo, cuando fue publicada, Moby Dick no fue un éxito comercial y otra de sus grandes novelas, Pierre o las ambigüedades tampoco. Esta situación le obligó a compatibilizar su pasión por la escritura con la docencia.

De Melville, como de tantos otros escritores, puede decirse que solo comenzó a hacerse popular después de su muerte. El contenido filosófico y reflexivo de sus narraciones no era del gusto del público de su época. Muchos siguen considerando Moby Dick una novela orientada a los lectores más jóvenes, cuando en realidad se trata de un libro plenamente adulto, cuya lectura no resulta fácil ni complaciente. En vida de Melville no llegaron a venderse ni tres mil ejemplares de la que hoy está considerada unánimemente su obra maestra. Uno de los mejores retratos del caracter del autor de Moby Dick nos llegó de la mano del hijo de su gran amigo Hawthorne:

"Melville poseía un genio clarísimo y era el ser más extraño que jamás llegó a nuestro círculo. A pesar de todas sus aventuras, tan salvajes y temerarias, de las que solo una ínfima parte ha quedado reflejada en sus fascinantes libros, había sido incapaz de librarse de una conciencia puritana. (...) Estaba siempre inquieto y raro, rarísimo, y tendía a pasar horas negras, hay motivos para pensar que había en él vestigios de locura."

Bartleby el escribiente es una de sus novelas cortas más leídas. Está narrada en primera persona por un hombre de leyes que un buen día contrata para su oficina al empleado más peculiar del mundo. Bartleby es un hombre extraño y lacónico, de aspecto enfermizo. Al principio cumple con gran efectividad con su labor de copista pero, poco a poco, conforme se va asentando en su mesa de trabajo, va rechazando pequeñas tareas que se le encomiendan y se niega a revisar sus propios escritos. Es el "prefiriría no hacerlo", que ha quedado como una de las frases más recordadas de la literatura universal. Pero, lejos de despedirlo, su jefe siente un extraño apego por Bartleby, un apego parecido al que se tiene por los muebles de una oficina:

"Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente serenos. Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras, si hubiera habido en él cualquier manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Pero, dadas las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón."

Un buen día el narrador descubre que en realidad Bartleby nunca sale de su oficina, alimentándose casi exclusivamente de bizcochos de jengibre y pasando los largos domingos solitarios inmerso en el silencio de un Wall Street desierto. Un hombre atrapado en el escueto espacio de su vida laboral, sin familiares, sin amigos, sin otros intereses que continuar viviendo por pura inercia, quizá porque el suicidio, a pesar de su vacío existencial, constituía una solución demasiado laboriosa. Pero a él no parece importarle nada de esto, pues Bartleby es la pasividad en persona, ante sí mismo y ante los demás. Así lo describe Enrique Vila-Matas en su libro Bartleby y compañía:

"Bartleby, personaje que nunca optó por la grosera línea recta de la muerte por propia mano, y menos aún por el llanto y deserción ante el fracaso; no, Bartleby, ante la idea del fracaso, se rindió de una forma estupenda, nada de suicidios ni amarguras interminables, se limitó a comer bizcochos, que era lo único que le permitía seguir prefiriendo "no hacerlo"."

Bartleby es la pasividad en estado puro, la prueba más evidente del absurdo de la existencia. Quizá su jefe era el que mejor le comprendía, pues él mismo se había procurado una posición lo más cómoda posible en el mundo del derecho: una labor burocrática sin más complicaciones que la redacción correcta de hipotecas, títulos de renta y acciones. Para Jorge Luis Borges, la narración de Melville es un claro precedente de las de Franz Kafka como escribe en el prólogo para su Biblioteca Personal:

"(...) yo observaría que la obra de Kafka proyecta sobre Bartleby una curiosa luz interior. Bartleby define ya un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento o, como ahora malamente se dice, psicológicas."

La conducta del propio Herman Melville se equiparó a la de su criatura en los últimos treinta y cuatro años de su vida, cuando, tras una prolífica carrera en la que vio fracasar sus mejores obras, bajó su ritmo de escritura hasta unos niveles que nada tenían que ver con el de los años precedentes. Además, existió otro paralelismo: en sus últimos años el escritor se vio obligado a trabajar en una oficina muy parecida a la que habitó su personaje. Extrañas coincidencias del destino, o intuiciones geniales de un escritor que solo se verá reconocido como un genio años después de su muerte. El absurdo de la existencia mucho antes de la llegada del existencialismo.

SECRETOS DE UN MATRIMONIO (1973), DE INGMAR BERGMAN. UNA INSTITUCIÓN EN ENTREDICHO.


De esta historia existen dos versiones: una de 168 minutos, la estrenada cinematográficamente y la versión para televisión, dividida en seis capítulos, de 290 minutos. Yo he podido ver la segunda.

El matrimonio de Johan, profesor universitario y Marianne, abogada especializada en divorcios, parece perfecto: los dos son profesionales respetados, poseen la casa de invierno y la de verano, un pequeño barco, tienen dos hijos y, sobre todo, parecen entenderse a la perfección. Las nubes comienzan a emborronar este idílico paisaje cuando, durante una cena con una pareja amiga, estos les confiensan que están a punto de separarse y protagonizan una escena de un patetismo inigualable. Marianne ha presenciado muchas escenas de divorcio desde la distancia profesional: ahora se enfrenta al de dos seres muy cercanos y puede identificarse con su sufrimiento.

Pronto se dará cuenta de que su propio matrimonio lleva tiempo haciendo aguas, aunque ella no lo percibiera. Su marido le sorprende una noche con la confesión de que tiene una amante mucho más joven que él y que piensa irse al extranjero al día siguiente. La reacción de Marianne oscila entre la incredulidad y la desesperación: ha de enfrentarse con un duro golpe, a un cambio repentino en su vida que le parece inconcebible, por inesperado.

Y es que a partir de esta escena Johan se desvela como un egoísta radical. Confiesa sentirse atrapado en un matrimonio vacío, repleto de obligaciones burguesas y de convenciones que dice no poder soportar. Ni siquiera le interesan sus propias hijas, de las que apenas querrá tener noticias en los meses siguientes. Marianne es todo lo contrario: una mujer entregada a su marido que percibe la separación como un abismo que se abre a sus pies. Ni siquiera es capaz de enfadarse, sino que enfoca el problema desde un punto de vista mucho más racional que pasional, a pesar de la humillación que supone que todos sus amigos supieran de los devaneos de Johan y nadie le dijera nada. Como buena sueca, deja que los sentimientos le ahoguen sin manifestarlos al exterior.

Johan y Marianne se verán más veces. Marianne parece superar la pérdida externamente, pero en realidad es capaz de romper con su pareja por pasar una noche con un Johan que en un determinado momento incluso la maltrata (al menos a nuestros ojos de espectadores del siglo XXI), buscando redención, paradójicamente.

"Secretos de un matrimonio" pretende ser una mirada lúcida a la institución matrimonial. La unión entre dos personas, supuestamente para toda la vida, es evidentemente cuestionada en la visión de Bergman, pero también se retrata como un refugio en el que dar algo de sentido a la existencia. Podría ser también perfectamente una obra teatral (supongo que alguna adaptación habrá, aunque lo ignoro), ya que todo está centrado en las conversaciones entre estos dos personajes, que solo adquieren un poco de pasión en los capítulos finales. En cualquier caso, creo que Bergman podría haber desarrollado más otros aspectos de la pareja que se deja en el tintero, sobre todo la relación con sus hijas, que brilla por su ausencia, más allá de breves referencias en las conversaciones. Una obra para ver y reflexionar con tranquilidad, desde un punto de vista antropológico, si se quiere.

miércoles, 3 de agosto de 2011

EL DERECHO A LA PEREZA (1880), DE PAUL LAFARGUE. ELOGIO DE LA OCIOSIDAD.


Aunque comenzó como anarquista, Paul Lafargue fue marxista hasta la médula y visitó nuestro país como valedor de la Primera Internacional. Lafargue fue consecuente con su marxismo hasta la muerte, ya que se suicidó junto a su esposa, la segunda hija de Carlos Marx.

"El derecho a la pereza" es una obra amable y plena de sentido común. En ella critica la toma del poder por la clase burguesa-capitalista, que considera el trabajo como una virtud, sobre todo el trabajo de sus asalariados, dando como resultado periódicas crisis económicas por sobreproducción. En la época de Lafargue no existían apenas derechos laborales y hasta los niños se veían obligados a afrontar jornadas maratonianas. Todo ello se deriva de la obsesión de fabricar cada vez a menor precio, aunque luego muchos productos tengan difícil salida. La pereza para Lafargue no tiene la significación negativa que nosotros le damos, sino que es una recompensa para el obrero que cumple dignamente con su labor. Las condiciones de trabajo decimonónicas se han trasladado a los países del Tercer Mundo. Para nosotros han dejado un largo ocio hasta que vuelva una cierta prosperidad. ¿Por qué los economistas no aprenden a lo largo de las décadas? He aquí la descripción de las crisis de la época. Comprobarán que se parece mucho a la que actualmente padecemos:

"Si las crisis industriales siguen a periodos de sobretrabajo tan fatalmente como la noche al día, arrastrando tras ellas el descanso forzado y la miseria sin salida, ellas traen también la bancarrota inexorable. Mientras el fabricante tiene crédito, da rienda suelta al delirio del trabajo, pidiendo más y más dinero para proporcionar la materia prima a los obreros. Hay que producir, sin reflexionar que el mercado se abarata y que, si sus mercancías no se venden, sus pagarés se vencerán. Aguijoneado va a implorar al judío, se arroja a sus pies, le ofrece su sangre, su honor."

Trasladen estas reflexiones al mercado de la construcción en nuestro país, sustituyendo la expresión "judío", por "banquero". No había horas suficientes para cubrir tanto trabajo. Hasta los fines de semana se trabajaba. La obsesión era levantar miles de viviendas, cuanto más rápido mejor. Al final todo estalló. La sobreproducción era tal que, cuatro años después, seguimos donde estábamos o aún más atrás. ¡Cuanto mejor hubieran ido las cosas con un reparto más racional de las tareas! Algunos no hubieran podido amontonar sacos de dinero, pero la mayoría seguiría trabajando hoy día, atendiendo estrictamente las necesidades, no creando oferta artificial, a sabiendas de que difícilmente iba a venderse.

En realidad, Lafargue está precediendo algunas ideas de la socialdemocracia, que tan magistralmente tomaría a posteriori Bertrand Russell en su "Elogio de la ociosidad". Si los obreros están bien pagados y cuentan con tiempo de ocio, consumirán y este consumo repercutirá en la creación de nuevos puestos de trabajo, en un círculo virtuoso del que solamente se sale cuando los neoliberales comienzan a criticar los excesivos impuestos que pagan para que el Estado tenga mecanismos de control de la economía (no al revés como sucede en estos tiempos) y pueda redistribuir la riqueza entre los más desfavorecidos. Además, el tiempo de ocio es aprovechado por muchos ciudadanos para, de forma altruista, realizar actividades en beneficio de los demás.

Que lejos nos encontramos hoy de estas utopías, en este mundo miserable que está ya organizado únicamente para que las grandes fortunas se acrecienten. Ya lo dijo el señor Burns en un episodio de "Los Simpsons": "Estoy muy orgulloso de mi fortuna, pero lo daría todo por tener un poco más."