En realidad en la ruta emprendida por Merrill se impone la negación de la realidad, a pesar de los evidentes indicios que va encontrando en el camino de que algunas cosas no deben estar del todo bien. El nadador puede leerse - y contemplarse en su magnífica versión cinematográfica - como una parábola del posible derrumbe de la prosperidad de una clase media-alta, ya que se trata de un mundo que nació ya corrompido. En este sentido el protagonista es un personaje patético (algo que representa de manera magistral Burt Lancaster a medida que avanza el relato) que se aferra a los esplendores del pasado para no afrontar un futuro muy incierto. Bien es cierto que el relato y el filme cuentan con un ambiente casi onírico que refuerza su ambigüedad. Incluso podría interpretarse como los últimos pensamientos de un hombre moribundo que repasa su vida de forma simbólica. En la película de Perry esto se ve reforzado por ciertas escenas que tienen mucho de cine experimental y que no han envejecido demasiado bien, aunque esto apenas afecta a la fuerza de un resultado final que anticipa a los antihéroes que van a poblar el cine de la década siguiente, una época mucho más cínica y de valores mucho menos sólidos.
El libro que ha editado exquisitamente Random House cuenta con otros dos relatos magistrales. Uno es Adiós hermano mío, que analiza la distorsión que produce en una familia que pasa sus vacaciones en un lugar de ensueño el regreso del hermano pródigo, que visita a sus parientes después de años de ausencia. Lawrence es la quintaesencia del pensamiento negativo y pesimista, una actitud que irá desgastando la convivencia familiar a pasos agigantados en pocos días, porque el hermano díscolo es alguien que no sabe convivir en sociedad, alguien que no es capaz de utilizar esas pequeñas mentiras o distorsiones positivas de la realidad que hacen que las relaciones sociales fluyan. El final será tan trágico como ambiguo, algo muy propio de Cheever.
El protagonista de El marido rural comienza el relato sobreviviendo a un accidente aéreo, una experiencia que debería hacerle reflexionar sobre su vida, pero a la que apenas se le presta atención cuando intenta relatarla en el seno familiar, a una normatividad en la que su papel social como padre de familia empieza a asfixiarle. Francis cree atisbar una salida en el enamoramiento que experimenta respecto a la adolescente canguro de sus hijos, a la que considera un ser puro con la que podría empezar una vida nueva alejada de las hipocresías de la presente. Poco a poco el protagonista se irá dando cuenta de que sus sueños son una quimera y que, haga lo que haga, la única solución para no acabar en la más absoluta marginación es reintegrarse en su vida social de siempre, por mucho que ésta le resulte insípida. Los tres magistrales relatos de Cheever se encuentran ilustrados en esta edición por unos preciosos dibujos de Pau Gasol Valls, un detalle que estimula más si cabe el placer de su lectura.
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