The brutalist prometía ser una gran obra cinematográfica desarrollando una biografía ficticia, pero basada en la vida de algunas personas reales supervivientes del Holocausto. El arquitecto László Toth se formó en la Bauhaus y comenzó una carrera muy prometedora, truncada por la llegada de los nazis al poder. Lásló es un superviviente que ha conseguido llegar a Estados Unidos después de la guerra, aunque desconoce el destino de algunos familiares. Se encuentra absolutamente traumatizado, pero también esperanzado en que su vida va a mejorar. Tras ejercer algunos trabajos muy duros para sobrevivir, encuentra a un mecenas en la figura del empresario Harrison Lee Van Buren. Quizá esta parte sea la mejor de la película, la vuelta del protagonista a su pasión, la reforma de una gran sala convertida en la biblioteca que todos quisiéramos poseer, una obra maestra de la arquitectura que le abrirá puertas para desarrollar su carrera en su país de adopción. A partir de aqui, The brutalist no decide en ningún momento su tono y su guión da vueltas sobre sí mismo en busca de una falsa grandeza que no es sino pretenciosidad. Las esperanzas que tenía como espectador de ver una obra maestra se van desvaneciendo rápidamente y queda una sensación permanente de quiero y no puedo. Ni el personaje se desarrolla adecuadamente ni la película ofrece una historia coherente sino un discurso grandilocuente pero prácticamente vacío. Se queda uno con algunos buenos hallazgos visuales de su director, pero también con la sensación de que se han desperdiciado las más de tres horas de su metraje en contar una biografía que avanza a trompicones y que va produciendo un paulatino desinterés en el espectador.
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