Aunque Oberstdorf no recibió los terribles ataques aéreos que atormentaron a las grandes ciudades de Alemania ni fue ocupada por los rusos al final de la guerra, su población sufrió en gran medida los rigores del gobierno nazi y la guerra posterior, empezando por los programas de eutanasia destinados a ciudadanos que vivían, desde la óptica nazi, existencias no dignas hasta los numerosos jóvenes del pueblo que cayeron en combate, jóvenes que preferentemente se alistaron en divisiones de montaña de la Wehrmacht y que gozaron de su momento de gloria con el ascenso al monte Elbrus, en plena conquista del Caúcaso, la última ofensiva importante del Tercer Reich.
Una de las paradojas de esta historia es la actuación de Ludwig Fink, el alcalde, un nazi convencido, que sin embargo trabajó activamente para proteger a judíos y otros enemigos del régimen de manera discreta y eficaz. Porque si algo estremece en la narración de Boyd y Patel es la diferenciación social que se estableció de manera brutal entre distintos grupos de ciudadanos. Todo esto no quiere decir que una base importante de habitantes del pueblo no apoyara al nazismo y se entusiasmara con los éxitos militares iniciales de Hitler. El recuerdo de la derrota en la Primera Guerra Mundial se encontraba todavía presente y la idea de revancha era atractiva para muchos, mientras otros recordaban los horrores del combate que habían sufrido en su propia piel y se preocupaban por los jóvenes que estaban siendo sometidos a las mismas terribles experiencias. Lo cierto es que solo a principios de 1945, ante la presencia de las tropas aliadas a pocos kilómetros de la población se organizó un movimiento de resistencia que logró hacerse con el control de Oberstdorf y evitó que se combatiera en sus calles. Un final digno para un lugar en el que se cometieron los mismos pecados que en el resto de Alemania, cuya crónica nos ofrece este libro con sumo detalle.

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