domingo, 23 de abril de 2023

UNA HABITACIÓN CON VISTAS (1908), DE EDWARD MORGAN FORSTER Y DE JAMES IVORY (1985). AMOR EN FLORENCIA.

Una habitación con vistas comienza con una escena costumbrista que el autor conocía bien, por haberla experimentado en el viaje a Italia que realizó años antes de escribir la novela. Se trata de las relaciones que se establecen entre una serie de viajeros británicos en una de esas pensiones con encanto destinadas casi en exclusiva a éstos. Que se encontraran en los espacios comunes del establecimiento y en las comidas establecía estrechas relaciones entre ellos, relaciones de las que estaba prácticamente excluída la población local, por lo que compartían entre ellos sus impresiones sobre el viaje, por lo que todos volvían mucho más cultos a su tierra, pero sin haber experimentado buena parte de la auténtica Italia. Aquí el lector va a poder ver cómo Florencia era ya hace más de un siglo uno de los grandes destinos turísticos de la gente que se lo podía permitir, viajeros pudientes que llevaban sus propias guías editadas en su país y que estaban deseosos de contar sus exóticas experiencias a sus amistades de vuelta a Inglaterra. En cualquier caso, la exuberante belleza de una ciudad como Florencia no podía sino dejar marcados a muchos, un lugar de contrastes, donde también imperaba la miseria, algo que podían contemplar quienes se atrevieran a alejarse solo unas calles del recorrido turístico convencional y que podía también ser el lugar ideal para las primeras experiencias amorosas.

Esto último es precisamente lo que le sucede a Lucy, la protagonista de la novela, una joven que de pronto se ve atrapada entre unas sensaciones de carácter sensual que no había tenido hasta ese momento y el comportamiento correcto que se espera de una señorita de la alta sociedad como ella. El objeto de la perturbación es George, el hijo de un librepensador que intenta seducir a Lucy obviando las buenas costumbres sociales de acercamiento progresivo a una dama y besándola - sin su consentimiento - cuando cree que están solos. Entonces la protagonista experimenta una especie de catarsis que intenta reprimir, pero que no podrá dejar de acompañarla, sobre todo cuando, tiempo después y ya en Inglaterra, podrá comprobar que su prometido Cecil, con su corrección y buenas maneras, no es capaz de despertar esas pasiones, sintiéndose profundamente decepcionada cuando él le pide permiso educadamente para darle su primer beso:

"En ese momento supremo él no era consciente de nada más que de cosas absurdas. La contestación de ella era inadecuada. Se tomó excesivo trabajo en levantarse el velo del sombrero. Al tiempo que se acercaba a ella encontró ocasión para retroceder. Cuando la besó, la dorada montura de sus gafas saltó cayendo entre ellos.

Así fue el abrazo. Cecil pensó, con razón, que había resultado un fracaso. Dese el punto de vista de la pasión resultaba deplorable. Si la hubiese habido se habría olvidado la buena educación y las consideraciones y otras argucias de una naturaleza refinada. Por encima de todo, nunca hubiese debido preguntar qué era lo correcto. ¿Por qué no podía haberse comportado como cualquier campesino o peón...? ¿Por qué no como cualquier joven de detrás de un mostrador se habría comportado? Vio la escena retrospectivamente. Lucy permanecía como una flor cerca del agua; él se precipitaba y la tomaba entre sus brazos; ella lo rechazaba, luego se lo permitía y lo admiraba para toda la vida por su valor, puesto que él creía que las mujeres admiraban a los hombres por su valor."

He aquí una descripción magistral de la confusión masculina, sobre todo de los hombres que son de naturaleza respetuosa con las mujeres a la hora de abordar la consumación física de sus deseos, un debate que sigue estando plenamente vigente a día de hoy. En la novela triunfa la audacia de George frente a la indecisión, descrita como ridícula, de Cecil, que a partir de este episodio será descartado por completo por parte de Lucy. La sensualidad y la pasión, componentes fundamentales de la naturaleza humana, han sido reprimidos por la estricta educación a la que ha sido sometido el privilegiado Cecil, por lo que considera que en ese campo concreto cualquier campesino es superior a él.

La adaptación de James Ivoy es plenamente fiel al argumento de la novela y se recrea con una exquisita fotografía que retrata de manera excepcional los escenarios en los que transcurre la acción, especialmente Florencia, por lo que se conforma con plasmar en hermosas imágenes la narración de Forster. Lo que sí resulta prodigioso es la elección de su elenco interpretativo, que reune a actores veteranos de prestigio con jóvenes promesas que acabarían convirtiendose en algunos de los mejores intérpretes de su generación. 

P: 6

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