martes, 3 de septiembre de 2013

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN SEPTIEMBRE. LOS MÚLTIPLES ENCUENTROS.

En su blog, Antonio Muñoz Molina habla de las lecturas de verano. Se planifican, se eligen los libros que se van a leer, pero luego los planes no salen como estaba previsto, porque otras lecturas nos llaman  y no podemos resistirnos. Eso me ha sucedido a mí, que he cumplido mi plan inicial a medias, aunque después de todo estoy muy satisfecho con los libros que me ha deparado el destino.

Septiembre. Todo vuelve a la normalidad. Los clubes de lectura comienzan una nueva temporada. Ya hay tantos que incluso algunos libros coinciden... Quizá este mes me someta a la experiencia de un club de lectura virtual. Si tengo tiempo...

En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, un libro que lei hace un par de años (y que es uno de los primeros que comenté en el blog): El último encuentro, de Sándor Márai. El mismo que se va a comentar en la Fnac.

En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, todo un clásico de la literatura de suspense, terror o como quieran ustedes llamarla: Vuelta de Tuerca, de Henry James. (Lo leí hace años y no me importa volver a hacerlo).

Septiembre se consolida como un mes de relecturas para mí, porque también será mi segunda lectura de El maestro y Margarita, un libro maravilloso de Mijáil Bugakov, que inauguró mi costumbre de leer literatura rusa del siglo XX como primer libro del año. Será en el Ateneo de Málaga.

En el club de lectura de librería Luces, otro clásico del siglo XX, esta vez de la mano de Virginia Woolf: La señora Dalloway.

En los clubes de lectura del CAL, dos interesantes propuestas. Uno, un clásico imprescindible de Honoré de Balzac: El pobre Goriot, y el otro una novela del autor de Leon el Africano: Samarcanda, de Amin Maalouf.

Y también vuelve en septiembre el ciclo de Literatura y cine que coordino, esta vez con Woody Allen (que pronto estrenará nueva película en los cines) con una de sus obras mayores: Delitos y faltas.

Cuando me vayan llegando noticias de nuevos clubes (el de Más libros libres, por ejemplo, está al caer), tendrán cumplida información, como de costumbre, en la columna de la derecha. ¡Feliz vuelta de vacaciones!

LA TIERRA DE LA GRAN PROMESA (1975), DE ANDRZEJ WAJDA. LA ERA DEL CAPITAL.

Hay asuntos que el cine no ha tratado con la profundidad necesaria. Uno de ellos es la revolución industrial, el inicio del sistema en el que todavía estamos inmersos, aunque en la actualidad se haya sofisticado hasta tal punto que su funcionamiento real es mucho más difícil de entender que la modalidad que se daba en el siglo XIX, mucho más básica y primitiva, sin protección alguna para el eslabón más débil de la cadena. Algo así está sucediendo ahora en los países del Sudeste Asiático, pero solo se habla de ello cuando suceden tragedias tan enormes que no pueden ocultarse. Es una cuestión de cifras. Si en un incendio o en un derrumbe en una fábrica mueren más de cien personas, es probable que nos enteremos. Si estas cien personas mueren en un goteo contínuo durante un mes, el telediario no tendrá por qué alterar nuestras conciencias.

Considerada una de las cumbres del cine polaco, La tierra de la gran promesa nos sitúa en Lodz a finales del siglo XIX, cuando la revolución industrial ha llegado al este de Europa y sus habitantes más opulentos se disponen a fundar fábricas textiles que les produzcan rápidos beneficios a costa de una mano de obra barata y fácilmente sustituible. Wajda penetra con su cámara en el interior de las fábricas y nos muestra un mundo de trabajadores agotados por un trabajo embrutecedor y poco seguro. A veces alguno de ellos comete una pequeña imprudencia y lo paga con su propia vida, aunque ello no sea motivo para parar la producción ni para realizar una mínima investigación. Lo único que importa es el fastidio de que unos metros de tela queden inservibles por haber sido manchados de sangre y vísceras. 

Eric Hobsbawm cuenta en La era de la revolución como las nuevas técnicas de producción cambiaron la vida de una gran parte de la población. Para los antiguos campesinos, acostumbrados a una forma de vida que apenas había cambiado desde la Edad Media, verse obligados a trabajar en condiciones insalubres por un sueldo de miseria debió ser un auténtico infierno. Para la nueva clase burguesa, en cambio, fue la ocasión de convertirse en la nueva aristocracia, dándose casos tan extremos como el que aparece en la película: el dueño de una fábrica que compra una enorme mansión y la amuebla con todo lujo a pesar de seguir viviendo en su hogar de siempre, simplemente porque tiene dinero y todos deben saber que esa mansión es suya.

Los tres protagonistas de La tierra de la gran promesa son unos arribistas sin escrúpulos, cualidades muy útiles en el mundo capitalista del siglo XIX. Con el fin de fundar su propia fábrica, se mueven en el pequeño mundo del dinero de la ciudad de Lodz, un mundo en el que una pequeña fluctuación del precio del algodón puede arruinar a muchos de la noche a la mañana y en el que los burgueses van al teatro no a ver la obra, sino a observar la vestimenta y el comportamiento de sus compañeros de clase. La brutalidad de los métodos para acumular capital no importa tanto como el lujo y el oropel que conllevan. Este es el sueño de estos tres amigos, un sueño absolutista al que finalmente irán oponiéndose los obreros que con sangre sudor y lágrimas irán conquistando los derechos laborales de que nosotros disfrutábamos hasta hace bien poco y que vamos perdiendo a pasos agigantados. Una película redonda por parte de Wajda, que logra recrear una época con una gran verosimilitud. 

lunes, 2 de septiembre de 2013

SUNSHINE (2007), DE DANNY BOYLE. EL SOL DESNUDO.

Una enorme nave se mueve por nuestro sistema solar, ocupada por un grupo de científicos. Su insólito destino es el Sol. Nuestra estrella se está apagando, creando un irreversible invierno en la Tierra. La única posibilidad de supervivencia reside en colocar un artefacto nuclear en el Sol para reactivarlo a través de una reacción en cadena. Todo esto no suena muy científico, ya que, cuando suceda la decadencia del Sol dentro de millones de años, lo que se prevé es que la estrella, antes de apagarse, se expanda, provocando la muerte de nuestro planeta por la intensa radiación más que por una era glacial. No obstante, el interés de esta propuesta de Danny Boyle no va tanto por la línea científica (aunque este punto está cuidado en otros muchos aspectos) sino por la humanística, e incluso la estética.

Lo primero que sorprende de Sunshine es su esmerado diseño de producción, que no tiene nada que envidiar a las grandes superproducciones norteamericanas. El ambiente de la nave es tenso, ya que se están jugando en la misión el destino de la raza humana, pero los miembros de la tripulación intentan mantenerla controlada. Hay otro factor que resulta inquietante en esta historia: hubo otra misión anterior que resultó fallida, sin que se supiera nunca lo que sucedió. Ahora van a poder averiguarlo, porque cuando se están acercando a su meta reciben una llamada de socorro de la nave que les precedió...

Sunshine es un producto irregular. Sorprende, como he dicho, por su magnífico comienzo, por como sabe introducir al espectador en la historia desde los primeros instantes y, sobre todo, por algunas imágenes hermosísimas dotadas de una espectacular fotografía, cuyo protagonista absoluto es el Astro Rey, como aquella en la que podemos ver al pequeño Mercurio en órbita alrededor de nuestra estrella. La película se tuerce en su recta final, cuando en la nave se introduce un personaje un poco absurdo que no había sido invitado y la narración enloquece. Aun así, es interesante el discurso religioso, que apela a la inevitable destrucción del hombre (hay que tener en cuenta que en este caso dicha destrucción no proviene de actividad humana alguna, sino de la misma naturaleza cósmica) y el discurso científico, que apela a la supervivencia humana, dominando para ello a la naturaleza si es preciso. Hay en Sunshine un nada oculto homenaje a películas que le precedieron: 2001, Alien, Horizonte final... pero la obra de Boyle posee la sufiente identidad propia y ha salido airosa de tantos riesgos que el balance final es positivo, deja un buen sabor de boca y ganas de echarle otro vistazo en el futuro. 

jueves, 29 de agosto de 2013

SEVEN (1995), DE DAVID FINCHER. EL MAL ABSOLUTO.

En aquella ciudad llueve siempre, por lo que sus ciudadanos no gozan de mucha luz. Pero la oscuridad que impregna el ambiente parece ser aún más profunda, casi de índole espiritual. No es extraño que del seno de esta urbe, una ciudad sin nombre que actua en la cinta de Fincher casi como un personaje más, surja una criatura como John Doe, dispuesto a redimir a sus habitantes ofreciéndoles un terrible ejemplo de justicia divina.

Porque después de todo lo que más peligro entraña en el asesino es que es un ser moral. Puede que su moral sea equivocada y su predicación a martillazos, pero hay algo en él que atrae y repele de igual modo al detective Somerset, un hombre muy maduro, a punto de jubilarse, que está desencantado con el clima irrespirable de su ciudad. A veces, cuando lo vemos desvelado a altas horas de la madrugada practicando con su cuchillo en la pared, parece como si envidiara secretamente al asesino, pues se está atreviendo a hacer lo que él nunca se atrevería: limpiar la sociedad de los que aquel considera sus peores elementos, aquellos que ejemplifican los pecados capitales. Su compañero, el recien llegado Mills, es otro tipo de policía. Joven e impulsivo, para él John Doe no es más que un asesino chiflado y se niega a otorgar un significado trascendente a sus crímenes. Cuando se asoma a las páginas de Dante o Chaucer tratando de comprender a su adversario, como le aconseja Somerset, no es capaz de sacar nada en claro. Se frustra y discute con su compañero, que le insiste en que tienen entre manos un caso muy especial.

Seven no fue el debut de David Fincher, pero si fue su explosión como creador de un estilo muy personal, que ha intentado ser imitado en otras realizaciones pero nunca ha sido superado. Su guión funciona como un mecanismo de relojería que mantiene al espectador atento a cada detalle de lo que sucede en pantalla. Y esto es importante, porque esta es una película que cuida los detalles, las referencias en las que basa las acciones de Doe. Contiene escenas realmente magníficas, como la de Somerset en la biblioteca o la entrada en el piso del asesino, donde guarda una enorme colección de cuadernos con sus pensamientos más íntimos. Además, se trata de una realización que no se traiciona a sí misma y sigue estrictamente durante todo su metraje la lógica de su propia crueldad. «"El mundo es un bello sitio por el que vale la pena luchar". Yo estoy de acuerdo con la segunda parte», concluye Somerset, parafraseando a Hemingway.

CONCURSANTE (2007), DE RODRIGO CORTÉS. EL GANADOR PERDEDOR.

Martín Circo es un hombre afortunado. O al menos eso cree él al principio. Ha ganado un premio en un concurso televisivo valorado en tres millones de euros. El premio incluye objetos tan útiles como un yate, una avioneta, coches de alta gama y una enorme mansión. Cualquiera envidiaría a Martín: de la noche a la mañana es poseedor de los bienes con los que muchos sueñan, bienes ostentosos que pueden ser exhibidos ante los demás como símbolo de estatus social privilegiado. Pero el protagonista, a pesar de ser profesor (con un contrato precario) de historia de la economía, no contaba con que ser rico cuesta dinero. Mucho dinero. En primer lugar, hay que pagar a Hacienda el IRPF por la mitad del valor de los bienes, además del Impuesto de Patrimonio. Además, hay que pagar cantidades insospechadas por el mantenimiento de los bienes. A Martín no se le ocurre nada mejor que seguir los consejos de su novia y solicitar un cuantioso préstamo al banco...

A partir de esta premisa y narrada por la voz en off del protagonista, Concursante, con una narrativa dinámica y acelerada, construye un interesante discurso acerca de las trampas del capitalismo. Martín es un pobre diablo al que ser rico le viene demasiado grande. En sus clases de economía repetía como un loro un discurso ultraliberal que tildaba de fraudulenta la doctrina de Keynes. Ahora que el triunfo capitalista ha llamado a su puerta, es paradójico que Martín pueda ver por fin su rostro monstruoso, ese que exprime a los incautos que viven por encima de sus posibilidades (definición, por cierto, que engloba a todos los españoles, según ha dicho más de una vez el gobierno).

Porque después de todo nuestro sistema funciona con el viejo método del palo y la zanahoria. Impulsa la competividad, la adquisición de bienes inútiles y, en última instancia, cuando llegan las crisis económicas exprime a los ciudadanos para pagar los excesos de unos pocos, que son los auténticos ganadores en este juego amañado. Hay dos personajes muy llamativos en Concursante: uno es el asesor fiscal, un tipo que da la impresión de saber moverse en la selva del dinero, dotado de un discurso seguro y agresivo que en realidad no transmite gran cosa. Otro es el del profesor-profeta anticapitalista, con un discurso mucho más lúcido acerca de las trampas de un sistema que se nutre en realidad de un dinero sin respaldo físico alguno, de deudas y promesas de pago futuro. Como corresponde a un hombre así, vive una existencia marginal, pero en menos tiempo del que supone (la película se rodó en 2006), sus predicciones serán cumplidas. Así pues, estos son los grandes méritos de Concursante: crear una historia adictiva, criticar al capitalismo de un modo muy original y, además, hacerlo en un año en el que la euforia económica había alcanzado en España sus más altas cotas.  

martes, 27 de agosto de 2013

PÓRTICO (1977), DE FREDERIK POHL. LA ENCRUCIJADA DEL COSMOS.

Frederik Pohl es coautor, junto a Cyril M. Kornbluth de una de mis novelas favoritas, Mercaderes del espacio, escrita en los años cincuenta y que merecería la celebración de un club de lectura en torno a ella, ya que es una de las críticas más lúcidas que se han realizado del capitalismo y de la injerencia de la publicidad en nuestras vidas. Pórtico pertenece a la etapa de madurez como escritor de Pohl cuando, después de pasar unos años dedicado a la edición (entre otros, publicaba a Isaac Asimov), retomó su prolífica carrera, dando a la ciencia ficción obras que ya se han convertido en auténticos clásicos y que fueron acreedoras de numerosos premios.

En el futuro que presenta Pórtico, la humanidad ha descubierto un asteroide que fue abandonado hace medio millón de años por una misteriosa raza alienígena a los que se denomina heechees. El asteroide opera como una especie de estación de tránsito. Existe un hangar repleto de naves de una tecnología mucho más avanzada que la nuestra. Lo único que se sabe es que, si un humano se monta en ellas y la pone en funcionamiento, la nave le llevará a un destino desconocido y volverá al punto de partida. Con estas premisas, el asteroide Pórtico se ha convertido en un lugar muy peculiar, donde acuden algunos humanos sedientos de fortuna, dispuestos a jugarse la vida en un viaje incierto, que puede realizarse en solitario o en compañía de otros. Algunos vuelven con las manos vacías, otros convertidos en cadáveres y algunos otros encuentran algún emplazamiento heechee abandonado y se llevan los objetos extraterrestres que, una vez comercializados, pueden hacer su fortuna. También existe la posibilidad de realizar nuevos descubrimientos científicos, que se pagan según su relevancia. Una situación que nos remite a una constante en la historia humana: los viajes de exploración arriesgados en los que se embarcaban hombres que no tenían nada que perder (recordemos la expansión por América por parte de los españoles, aunque en este caso importaba más el oro y la religión que la ciencia).

El protagonista de Pórtico, Robinette Broadhead, es uno de estos exploradores o prospectores, como se les denomina en la novela, que consiguió convertirse en millonario en su última misión, pero pagó un alto precio por ello, puesto que las circunstancias de los últimos momentos de la misma fueron dramáticas. Ahora intenta recuperarse acudiendo a terapia con un psicólogo-computador llamado Sigfrid. Pohl va intercalando capítulos terapeúticos con otros que describen la estancia de Robinette en Pórtico, dosificando de manera magistral la información. La experiencia del protagonista estará marcada en todo momento por el miedo, por ese invencible miedo a lo desconocido que asalta al ser humano en los instantes decisivos. En cualquier caso, lo que consigue Pohl para el lector no tiene precio: que se haga presente de principio a fin ese sentido de la maravilla que distingue a la mejor literatura de ciencia ficción.

MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL (1958), DE SIMONE DE BEAUVOIR. LA INTELECTUAL BURGUESA.

A Simone de Beauvoir se la conoce sobre todo por haber sido la gran teórica del feminismo del siglo XX, pero su amplia obra trata otros muchos temas: el existencialismo, la responsabilidad individual o la libertad sexual. Leyendo Memorias de una joven formal, es difícil concebir que esa niña, nacida en una familia burguesa y educada de un modo clasista, llegara a convertirse en el icono filosófico que llegó a ser.

Beauvoir comenzó su existencia en un ambiente de tradición decimonónica, de un cristianismo rancio, en el papel del hombre y la mujer en el seno familiar estaban claramente delimitados. Su madre era joven y controladora. Debía obtener constantemente información acerca de las salidas, de las amistades y de las lecturas de la niña, algo que seguía sucediendo cuando la futura autora de El segundo sexo comenzó a ir a la Universidad, hasta el punto de que debió reunir valor para pedirle, junto a su hermana, que dejara de leer sus cartas. Su padre era un hombre peculiar, con una ideología que podríamos calificar casi de fascista, destinada ante todo a justificar los privilegios de ciertas familias, aunque sufrieran una decadencia económica, como era su caso. Paradójicamente, esta situación ayudó a Beauvoir a conseguir cierta independencia, puesto que la falta de medios alejó de su vida la sombra de un matrimonio concertado, algo muy común todavía en aquella época.

También fue por influencia familiar la transmisión, desde muy temprana edad, del amor por la cultura y los libros aunque, como ya se ha apuntado, sus lecturas fueran censuradas. En cualquier caso, la palabra escrita siempre es liberadora en cualquier ambiente opresivo. Aquella niña tuvo una experiencia inolvidable cuando obtuvo su primer carné de biblioteca:

"Me planté ante el panel reservado a las "Obras para la juventud", donde se alineaban centenares de volúmenes: "¡Todo esto es mío!", me dije deslumbrada. La realidad sobrepasaba mis sueños más ambiciosos: ante mí se abría el paraíso hasta entonces desconocido de la abundancia. Me llevé un catálogo a casa; ayudada por mis padres, elegí entre los libros marcados con una jota, e hice una lista; cada semana vacilaba deliciosamente entre múltiples apetencias."

Una de las primeras rupturas de Simone de Beauvoir fue la religiosa. Dejó de creer a muy temprana edad, resolviendo un pequeño conflicto personal entre sentimiento y razón a favor de éste último. Esto le hizo descubrir una inexorable condena a muerte que compartía con los demás seres humanos, pero sin el consuelo de la vida eterna. Una mente metafísica precoz, una joven intelectual cuyos intereses la apartaban de los demás, dedicando sus mejores esfuerzos al estudio, su auténtica pasión. Todos estos conflictos podían tener una salida:

"Si antaño había deseado ser profesora era porque soñaba ser mi propia causa y mi propio fin; ahora pensaba que la literatura me permitiría realizar ese deseo. Me aseguraría una inmortalidad que compensaría la eternidad perdida; ya no habría Dios para quererme, pero yo estaría en millones de corazones. Escribiendo una obra alimentada por mi historia me crearía yo misma de nuevo y justificaría mi existencia. Al mismo tiempo serviría a la humanidad: ¿Qué mejor regalo hacerle que libros? Ponía todo interés a la vez en mí y en los demás; aceptaba mi "encarnación", pero no quería renunciar a lo universal: ese proyecto lo conciliaba todo, halagaba todas las aspiraciones que se habían desarrollado en mí en el curso de esos quince años."

Respecto al amor, Beauvoir fue una mujer muy racional: no buscaba alimentar tanto la pasión a través de un hombre (su único intento, con su primo Jacques se saldó con un fracaso muy doloroso), sino su intelecto, de ahí que terminara enamorándose de alguien perfecto para ella: el filósofo Jean Paul Sartre, con quien la joven formal vivió una relación durarera y totalmente liberal que escandalizó a las mentes biempensantes. Esta fue quizá la mayor de las rupturas con el pasado, la más transgesora y el mayor fracaso de la educación burguesa que sus padres se esforzaron por inculcarle. 

Memorias de una joven formal no solo funciona como una autobiografía de la protagonista, sino que en sus páginas podemos obtener una estupenda visión de las costumbres y la cultura francesa de principios del siglo XX: los conflictos sociales, las tendencias filosóficas, la gran tragedia de la Primera Guerra Mundial... Pero lo mejor de todo es la sinceridad de la autora al exponer al lector sus pensamientos más íntimos y sus conflictos internos, convirtiendo el relato de su vida en ejercicio de profunda introspección y hasta de psicoanálisis. Las memorias de Beauvoir tienen su continuación en el volumen titulado La plenitud de la vida, en el que aborda con detalle su relación con Sartre, que solo es esbozada en esta primera parte.