viernes, 24 de agosto de 2012
EL CLUB DE LA LUCHA (1996), DE CHUCK PALAHNIUK. NIHILISMO Y VIOLENCIA.
El ser humano ha sentido desde siempre fascinación por la violencia. A los hombres de nuestra época nos está dado poder contemplarla a salvo, cómodamente instalados en el sillón de casa. Pero por muy realista que sea la representación de la misma, nunca se acercará a la experiencia de la violencia auténtica, la que podríamos sufrir cualquier día en nuestras carnes de la manera más inesperada.
En la novela de Palahniuk su protagonista, un ser tan deshumanizado que ni siquiera tiene nombre, no puede dormir. Eso le lleva a aficionarse a asistir a terapias de enfermos terminales lo que, paradójicamente, le hace sentir vivo, quizá por el sentimiento de superioridad que le otorga saber que goza de buena salud. A pesar de todo, la respuesta definitiva la encuentra al conocer a Tyler Durden, un hombre carismático, un profeta del nihilismo que quiere ejecutar una especie de venganza social por parte de los oprimidos del sistema. Sus intenciones se van a ver favorecidas a través de la creación del "club de la lucha", una institución de reglas sencillas y contundentes: hombres que se reúnen para pegarse y para contemplar la violencia. Parece que esta forma de desahogarse tiene un gran éxito entre los que se pasan la vida sirviendo a otros. ¿Qué mejor terapia que machacar a otro para volver a sentir autoestima?
Pero los planes de Tyler van mucho más allá. El club de la lucha (que va abriendo sucursales en otras ciudades) es sólo la base para la creación del Proyecto Mayhem, una especie de organización terrorista concebida para liberar a los oprimidos a través de acciones cada vez más atrevidas, dirigidas contra los más mimados por el sistema.
Es indudable que, como novela, "El club de la lucha" tiene la capacidad de enganchar al lector a través de la constante provocación y su ágil estilo. Pocas narraciones pueden leerse tan repletas de escenas desagradables y perturbadoras. Pero ¿y la ideología? ¿nos quiere decir algo Palahniuk o simplemente todo esto es una inmensa broma? Para intentar responder a esta pregunta lo mejor es visionar la magnífica adaptación de David Fincher, que supera ampliamente a la novela, ya que el cineasta comprendió desde el principio que se trata de una historia muy visual. Fincher recoge el tono nihilista de la narración y la llena de imágenes impactantes y violentas. El personaje de Tyler, magníficamente interpretado por Brad Pitt, es retratado como una especie de semidiós, como un apóstol de la violencia que predica que en el ordenamiento social actual sólo pueden sobrevivir los más aptos, por lo que los parias deben prepararse para una lucha en la que los que sobrevivan no van a heredar nada, sólo escombros. Pero mientras tanto disfrutarán del poder que otorga la fuerza, de ejercer el terror por la violencia, para que sepan lo que significa sentirse vivos.
Ni que decir tiene que el hecho de la película de Fincher me parezca magnífica no quiere decir que esté de acuerdo con la ideología que parece subyacer en sus imágenes. El cambio social, si debe producirse, no puede llegar jamás a través de la violencia nihilista. Resulta curioso cómo las imágenes finales de la película, con esos edificios desmoronándose, prefiguran de forma tan clara el 11 de septiembre, que llegaría sólo dos años después de su estreno.
miércoles, 22 de agosto de 2012
HERZOG (1964), DE SAUL BELLOW. LAMENTACIONES DE UN PREPUCIO.
Hace tiempo que tenía ganas de leer algo de Saul Bellow, quizá, junto a Bashevis Singer, el gran representante de la literatura judía contemporánea. Seguramente a Bellow no le gustaría que le calificaran de judío, al menos en el sentido religioso, pero la herencia cultural de su pueblo está impresa en cada una de las páginas de "Herzog".
Es casi seguro que Woody Allen ha inspirado muchos de sus personajes en este protagonista neurótico, al que nada de lo humano le es ajeno, cuyos pensamientos avanzan a tal velocidad que se le convierten en incontrolables, por lo que en muchas ocasiones sus acciones no son coherentes con los mismos:
"El césped estaba en una elevación y desde él se dominaban los campos y el bosque. Formaba una gran mancha de verde, con un gran olmo gris donde se estrechaba más, y la corteza del enorme árbol era de un gris púrpura. Tenía pocas hojas para su enorme tamaño. De sus ramas colgaba un nido de oropéndolas en forma de corazón gris. El velo de Dios sobre las cosas las convierte a todas en unos jeroglíficos. Si no fueran todas ellas tan especiales, detalladas y ricas, me darían más calma. Pero soy un prisionero de la percepción, un testigo a viva fuerza. Y todas las cosas son demasiado excitantes."
A diferencia de sus hermanos, que han montado boyantes negocios y han optado por una vida más material, Herzog es un intelectual puro, pero la cultura le ha hecho infeliz, porque le ha convertido en un ser tan complejo que apenas sirve para las relaciones humanas. Porque para Herzog la cultura, lo académico, no son medios para conseguir prestigio u otras ventajas sociales, sino que son fines en sí mismos. La cultura es una religión que Herzog sigue a rajatabla todos los días de su existencia y por eso su vida personal es un desastre: divorciado dos veces, su última pareja se ha aprovechado de su continua estancia en el limbo para echarlo de su propia casa y presentarse como víctima. La novela cuenta los días de reacción de Herzog, que paradójicamente sólo sabe enfrentarse a esta situación a impulsos, de manera poco racional.
El lector también va a tener que enfrentarse a Moses Herzog y esta no va a ser una tarea sencilla: el continuo torbellino de pensamientos, incluyendo el dictado de cartas imaginarias a los más variados personajes, puede ser apabullante. Pero es mejor zambullirse en esta obra sin ninguna prevención y leer sin demasiadas pausas las aventuras filosófico-sentimentales de este ser que necesita urgentemente encontrarse a sí mismo y ofrecerse una visión del mundo mucho más sencilla que la que hasta ahora ha encontrado en los libros. En el mundo que retrata Saul Bellow, son mucho más felices los simples, los que no buscan una confusa misión trascendental en la existencia.
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PROMETHEUS (2012), DE RIDLEY SCOTT. EL HOGAR DE NUESTRO DEMIURGO.
Recientemente repasé los dos primeros títulos de la saga de Alien. El primero de ellos es incontestablemente una de las mejores películas de ciencia ficción de todos los tiempos. Ridley Scott consiguió retratar magistralmente la pesadilla de la tripulación de una nave de carga que tiene un encuentro nada accidental con una de las criaturas más terribles del universo. El punto fuerte del film era el continuo ambiente de tensión provocado por un ser al que el espectador sólo conocía en toda su plenitud en los minutos finales, un ser que acabaría convirtiéndose en todo un icono cinematográfico.
En "Aliens", James Cameron cambió de manera muy inteligente de registro y se acercó al género bélico, inspirándose en novelas clásicas como "Tropas del espacio", de Robert A. Heinlein. Aquí el enfrentamiento entre los marines espaciales y las criaturas adquiría caracteres épicos y Cameron rodaba, con su habitual meticulosidad, una gran película de acción, del todo coherente con lo narrado en la anterior.
Uno de los puntos que más me gustan del universo Alien es la vertiente sociológica del mismo. En las películas podemos intuir un mundo que está dominado por megacorporaciones, donde el poder político poco tiene que decir, si es que existe todavía. Los viajes espaciales son organizados por compañías que quieren sacar rentabilidad económica de los mismos y los tripulantes de las naves no son sino asalariados, que en más de una ocasión se quejan de sus condiciones de trabajo. Es posible que ese sea el futuro que nos espera. En "Prometheus", que transcurre cronológicamente antes de los acontecimientos de las otras cuatro películas, es una compañía la que organiza el viaje al planeta de nuestros presuntos creadores, aunque, por supuesto, existe un motivo oculto que justifica tamaña inversión económica.
Sobre esta película había leído toda clase de malas críticas antes de ir a verla, pero intenté olvidarlas en cuanto me senté en la butaca del cine. Cierto es que no llega al nivel de las dos primeras, pero "Prometheus" es un espectáculo más que digno, lleno de sorpresas y al que merece la pena darle la oportunidad en una buena pantalla, pues como verdaderamente se disfruta esta película es en alta definición. Ridley Scott ha apostado de nuevo por un diseño de producción impecable y por el impacto visual. Lo malo es que su propuesta no va mucho más allá y se queda en un continuo homenaje a "Alien": la misión con objetivo oculto, el androide subversivo (un magnífico Michael Fassbender) y la chica guerrera que sustituye a Ripley. Bien es cierto que hay tensión e incluso sentido de maravilla, porque como espectador quiero seguir explorando ese planeta junto a los tripulantes, pero lo verdaderamente innovador debe guardarse para la siguiente entrega (que sin duda se rodará) y en esta queda la sensación de un espectacular prólogo de lo verdaderamente importante, que veremos dentro de unos años.
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domingo, 12 de agosto de 2012
INFANCIA (1998), DE JOHN MAXWELL COETZEE. EL NIÑO SUDAFRICANO.
Entrar en la vida es una cuestión de azar, porque nadie nos da a elegir donde nacemos y en qué circunstancias se va a desarrollar nuestra existencia. Para un escritor la propia vida suele ser la fuente principal de inspiración, por mucho que las propias experiencias aparezcan después más o menos camufladas. En el caso de Coetzee, ganador del Premio Nobel en 2003, las circunstancias de su niñez fueron especialmente duras. Él no eligió nacer en la Sudáfrica del apartheid, en una familia que ni siquiera podía identificarse claramente con uno de los grupos de aquella polarizada sociedad en la que todavía coleaba la simpatía que había inspirado la doctrina de los nazis entre una buena parte de la población afrikaner (los descendientes de los colonos holandeses del siglo XVIII). Los afrikaners estaban enfrentados políticamente a los ingleses, que ejercían un dominio colonial que perdieron en 1960, pero ambas partes pertenecían a la minoría blanca dominante que segregaba a la población negra imponiéndole una legislación discriminatoria.
La época por la que transcurre la infancia de Coetzee, finales de los cuarenta y principios de los cincuenta está marcada por la llegada al poder del Partido Nacional, que fue el que desarrolló definitivamente el régimen de apartheid otorgándole respaldo jurídico. El escritor se describe a sí mismo como un niño retraído, cuyo principal afán es no llamar la atención. Con ese fin se impone a sí mismo sacar las mejores notas: uno de sus grandes miedos es que alguno de los profesores le azote en clase, una de las costumbres pedagógicas de la época. Su otro gran temor es ser transferido a una clase de alumnos afrikaners. Para él los afrikaners representan la barbarie: los ve como muchachos brutales de los que conviene mantenerse lo más alejado posible. Una constante en Coetzee es su crisis de identidad, fruto de su pertenencia a una familia mixta: no sabe si idenficarse con los ingleses o si definitivamente su parte afrikaner, de la que él reniega, es más poderosa. Ni siquiera sabe que decir cuando le preguntan por su religión y su apresurada elección le va a costar ser aun más discriminado en el microcosmos de su colegio. Definitivamente, la de Coetzee no es una infancia feliz:
"La infancia, dice la Enciclopedia de los niños, es un tiempo de dicha inocente, que debe pasarse en los prados entre ranúnculos dorados y conejitos, o bien junto a una chimenea, absorto en la lectura de un cuento. Esta visión de la infancia le es completamente ajena. Nada de lo que experimenta en Worcester, ya sea en casa o en el colegio, lo lleva a pensar que la infancia sea otra cosa que un tiempo en el que se aprietan los dientes y se aguanta."
Resulta todo un lujo leer páginas tan sinceras y tan bien escritas. Quizá la labor más importante de un escritor sea ajustar cuentas con su infancia, una época que acaba definiendo en gran medida al individuo. En este caso el ajuste de cuentas no es tan brutal y nihilista como el de Thomas Bernhard, pero sí resulta tan valiente como el de este último. Que John Coetzee sea capaz de narrar algo tan íntimo como el amor desmesurado que sentía por su madre, que describa a un padre totalmente inadaptado, quizá debido a las experiencias que tuvo que soportar en la Segunda Guerra Mundial y que nos cuente el accidente por el que amputó un dedo a su hermano marcan la diferencia entre una mera evocación y una escritura dolorosamente veraz. Coetzee es uno de esos raros escritores que consiguen describir un lugar y una época a partir de una terapia muy incómoda: el recuerdo sin sutilezas.
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viernes, 10 de agosto de 2012
AFINIDAD (1999), DE SARAH WATERS. LAS CÁRCELES DEL ALMA.
Hacía tiempo que quería leer algo de esta autora, pues me la habían recomendado más de una vez. Sarah Waters se ha ido haciendo un hueco en el mercado español y ahora sus novelas (en edición de bolsillo) suelen estar muy visibles en las librerías. Waters es una apasionada de la época victoriana y la descripción de sus ambientes es uno de sus puntos fuertes en esta narración.
Lo primero que llama la atención al lector es la magnífica descripción de la cárcel de Millbank, en cuya sección de mujeres se va a desarrollar buena parte de la trama. A ojos de la protagonista, se trata de un edificio concebido por alguien maligno, destinado a volver locos a sus involuntarios moradores. Su estructura se parece a la del panóptico que ideó el filósofo Jeremy Bentham, con una torre central desde la que se puede vigilar a todas las presas:
"(...)la torre se alza en el centro de los patios pentagonales y desde su altura se dominan todos los muros y ventanas con barrotes que componen la fachada interior del pabellón de mujeres. La habitación es muy sencilla. Tiene un suelo desnudo. Hay una cuerda tendida entre dos postes, donde se obliga a esperar a las presas cuando las llevan allí, y detrás de la cuerda hay un escritorio. Sentada delante, escribiendo en un enorme libro negro, encontramos a la señora Haxby, "la Argos de la cárcel""
La protagonista, Margaret Prior es una joven de clase alta con un pasado muy tormentoso: entre otras cosas arrastra un intento de suicidio que, si llega a ser aireado en la puritana sociedad en la que vive, hubiera dado con sus huesos en la misma cárcel de la que ahora es visitadora. Y hubiera sido un destino ciertamente terrible porque, como puede comprobar con sus propios ojos cuando comienza a realizar su labor caritativa, el principal fin del encarcelamiento de las desgraciadas que moran allí enterradas en vida no es la reeducación, ni siquiera la retribución de los delitos cometidos, sino meramente el castigo. Porque la prisión es una meca del sadismo en la que los sentimientos humanitarios de los guardianes están fuera de lugar. Lo único que se espera de las presas es que trabajen y mediten (ante Dios) sobre el delito cometido. Muchas de ellas, una vez fuera, tendrán que volver a delinquir para sobrevivir, puesto que la sociedad no les ofrece otra alternativa. Y pronto volverán a pisar Millbank.
Nadie mejor para sentirse identificada con las presas que la propia Margaret: desde que murió su padre, con el que le unía una relación muy estrecha, la vida parece carecer de sentido para ella. Su ilusión de viajar con él a Italia se ha hecho trizas y su propia casa, con una madre omnipresente y escrutadora se ha vuelto para ella una cárcel de la que solo puede escapar, paradójicamente, visitando otra cárcel, donde puede encontrar almas afines, hermanas en el sufrimiento.
Margaret cree encontrar el alivio de todos sus males en Selina, una joven angelical a la que han encerrado por un oscuro asesinato relacionado con las prácticas espiritistas con las que se gana la vida. Selina sabrá como ir seduciendo poco a poco a la cándida Margaret y entre ellas surgirá un amor mucho más espiritual que carnal (el amor entre mujeres es uno de los grandes temas de Waters). Esto le sirve a la autora para ofrecer al lector una breve panorámica de una de las grandes pasiones de la Inglaterra victoriana: el espiritismo, el intento científico de comunicar con el más allá, al que tan aficionados fueron escritores del prestigio de Arthur Conan Doyle o Lewis Carroll.
El lector duda durante toda la lectura acerca de creer o no (dentro de la lógica del relato) en los poderes sobrenaturales de Selina y el desenlace que se nos ofrece es sorprende y se inserta muy bien en dicha lógica. A mí, que sigo leyendo poco a poco los cuentos de Sherlock Holmes, se me presenta en cierto modo como uno de los misterios que tiene que resolver el detective (que precisamente estaba en activo en aquellos años) visto desde dentro. Y una petición: "Afinidad" es una novela muy cinematográfica. Creo que existe una adaptación televisiva, pero el libro de Waters merece que algún director de prestigio se fije en él y lo adapte a la gran pantalla. El resultado podría ser muy satisfactorio.
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martes, 7 de agosto de 2012
EL ESPEJISMO DE DIOS (2006), DE RICHARD DAWKINS. EL ATEÍSMO CIENTÍFICO.
Le tenía un poco de miedo a este libro, puesto que nunca fui bueno en ciencias y creía que iba a contener terminología fuera de mi alcance. Pero, lejos de esto, el ensayo de Dawkins, es un apasionante alegato, desde un punto de vista claramente divulgativo, contra la religión y su intento de acaparar la explicación de nuestra existencia. Dawkins cree que las herramientas que ofrece la ciencia son mucho mejores que las teológicas, a la par que nos descubre un universo mucho más fascinante. Como sucede con los brillantes ensayos de Russell, Hitchens o Sagan, recomiendo fervientemente la lectura del científico británico. Aquí el enlace:
A todos les
sucede más o menos de la misma manera: desde pequeños son adoctrinados en la
idea de que existe un Dios omnipotente, invisible a nuestros ojos, pero que
está en todas partes y vigila nuestras acciones. Además, hace dos mil años,
mandó a su hijo a la Tierra para redimir nuestros pecados. La cosa no acaba
aquí: si crees y obedeces la ley divina, irás al cielo. Si no crees o cometes
pecados, irás al infierno. Esto que parece tan sencillo, se va complicando con
la edad. Las enseñanzas religiosas van a marcarte para siempre, quieras o no y
por mucho que las rechaces racionalmente, siempre estarán ahí, pues el
condicionamiento infantil es prácticamente imborrable:
"Por
supuesto, quien tiene fe es inmune a toda argumentación: su resistencia ha sido
construida durante años de adoctrinamiento infantil, utilizando métodos que han
tardado siglos en madurar (ya sea mediante evolución o mediante diseño). Entre
los recursos inmunológicos más eficaces figura el cuidado extremo para evitar
incluso abrir un libro como este, que seguramente es obra de Satán." (Richard Dawkins, El
espejismo de Dios, pag. 9)
Ciencia y
religión: dos visiones contrapuestas del mundo
Esta es una
de las grandes barbaridades que denuncia el biólogo Richard Dawkins en este maravilloso libro, que debería
ser lectura obligatoria en todos los centros de enseñanza, como alternativa a
las clases de religión. Y es que a la visión del mundo que muestran las
religiones, el divulgador británico opone la visión de la ciencia que, hasta el
momento, excluye completamente a Dios de la ecuación de la creación del mundo.
Diseño
inteligente contra darwinismo
Estimar que
el universo ha sido creado por una especie de diseñador divino es muy tentador:
aparentemente todo parece dispuesto por una inteligencia superior para que
funcione debidamente, pero este argumento es ampliamente superado por la visión
darwiniana del mundo: la evolución natural es
la que ha conseguido que el mundo sea tal y como es hoy, dejándose muchos seres
en el camino que no han sabido adaptarse a las circunstancias: el diseño de
nuestro mundo no es fijo, sino que ha sufrido constantes cambios durante
millones de años. Además, si aceptáramos la idea de un diseñador divino ¿quién
diseñó al diseñador?
La utilidad
de la religión
Para Dawkins
el pensamiento religioso es pura fabulación. Otorga el mismo valor a la
doctrina cristiana que el que podría otorgarse a la mitología romana o a las
religiones precolombinas. Aun siendo falsa ¿es útil la religión al hombre?
Cualquiera podría pensar que al menos, ofrece consuelo y esperanza al hombre,
un punto de vista firme. En realidad esto puede ser así en algunos casos, pero
también es cierto que el sistema de premios y castigos y las irracionales
exigencias religiosas provocan comúnmente miedo y ansiedad, cuando no fanatismo
y cerrazón. Además, la Biblia o el Corán son guías de moralidad cuanto menos
dudosas: están llenas de matanzas, adulterios, destrucción de ciudades, guerras
divinas y muchos otros hechos poco edificantes que son siempre justificados por
la inescrutable voluntad de Dios. Como escribió Ken Hartung:
“La Biblia
es una guía para la moralidad de grupo, completada con instrucciones para el
genocidio, para la esclavización de los grupos ajenos y para la dominación del
mundo. Pero la Biblia no es mala en virtud de sus objetivos o incluso de su
glorificación del asesinato, de la crueldad y de la violación. Muchos trabajos
antiguos lo hacen -la Iliada, las sagas de Islandia, los cuentos de los
antiguos sirios y las inscripciones de los mayas, por ejemplo-. Pero nadie
vende la Iliada como una base para la moralidad. Ahí está el problema. La
Biblia se vende, y se compra, como guía para indicar a las personas cómo
deberían vivir sus vidas. Y es, de lejos, el best-seller mundial de todos los
tiempos.” (citado por
Richard Dawkins, El espejismo de Dios, pag. 231)
El abuso
religioso en la infancia marca la vida de mucha gente
Como se ha
dicho más arriba, una de las principales denuncias de Dawkins, la que él
considera más sangrante, es el adoctrinamiento religioso que prácticamente todo
el mundo recibe desde pequeño. Puede ser más o menos intenso, pero siempre
termina siendo una barrera para que circule el libre pensamiento y para mucha
gente, las primeras dudas acerca de lo que le han enseñado sus padres y
maestros pueden ser una auténtica tortura (sobre todo porque también le han
enseñado que dudar es pecado y que las dudas se castigan con el infierno).
Dawkins llama a este condicionamiento abuso religioso y lo pone al mismo nivel
que el trauma sexual, pues ambos condicionan la vida adulta (por supuesto,
ambos traumas pueden ser sufridos con diversa intensidad).
La educación
religiosa que los padres ofrecen a sus hijos es un derecho constitucionalmente
protegido en prácticamente todos los países de occidente (mejor no hablar de
países fundamentalistas) y estos mismos padres ven como natural que este
adoctrinamiento se de también en la escuela. El Estado protege a las religiones
y les otorga toda clase de privilegios, impensables para otro tipo de
organizaciones, hasta el punto de que son capaces de condicionar las leyes que
dicta el Parlamento de un país democrático. Pero para sobrevivir, las
religiones necesitan savia nueva y el adoctrinamiento temprano es la mejor arma
de la que disponen. La irracionalidad solo puede enseñarse a edades tempranas y
el mejor antídoto contra la misma es la formación sin restricciones mentales de
ningún tipo. Está estadísticamente probado que el ateísmo tiene mucha más
repercusión entre los grupos sociales mejor formados.
Ateísmo
militante
Contra esto,
Dawkins sugiere un ateísmo sin miedo. En muchos países de
occidente, sobre todo en Estados Unidos, los ateos siguen provocando un fuerte
rechazo social. El científico británico propone superar esto inspirándose en el
movimiento gay y normalizar el ateísmo. En una entrevista concedida a Terrence McNally se
expresa así:
"Hasta
hace poco nadie se atrevía a admitir que era gay. Ahora, se sienten orgullosos
de hacerlo. En nuestros días es imposible ser electo para un cargo público si
usted es ateo. Pienso que esto debe cambiar. El Movimiento de Derechos de los
Gays logró reconocimiento. Inició la idea del Orgullo Gay. Creo que debemos
tener un Orgullo Ateo, una Conciencia Atea. Pienso que resulta evidente que
cierto número de miembros del Congreso deben mentir, porque ninguno de ellos
admite ser ateo. La probabilidad de que en un muestreo de 500 miembros
instruidos de la sociedad norteamericana, ni uno de ellos sea ateo, es
estadísticamente muy improbable. Así que algunos de ellos, por lo menos, deben
estar mintiendo y es una tragedia que deban hacerlo."
Pascal: una
apuesta marcada por el miedo
A pesar de
todo ¿no sería más prudente acogernos a la apuesta de Pascal? Para Dawkins, esto es una
hipocresía: si creemos para evitarnos un hipotético mal eterno tras la muerte,
nos estaremos engañando a nosotros mismos toda la vida, puesto que esta fe no
es la que demanda la religión. Es mucho más honesto una búsqueda libre, activa
y sin miedo de la verdad, que es la apuesta de la mayoría de los científicos, a
la que se une cada día más gente que cuestiona las verdades religiosas. Aquí
Dawkins sigue la estela de pensadores como Bertrand
Russell, Carl
Sagan o
Christopher Hitchens: ayudar a la humanidad a liberarse de supersticiones que
coarten la libertad de pensamiento.
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EL ANACORETA (1976), DE JUAN ESTELRICH. LAS TENTACIONES DE DON FERNANDO.
He aquí una película injustamente olvidada del cine español. La podría haber dirigido perfectamente Berlanga. O Buñuel. Pero fue el desconocido Juan Estelrich es que se encargó de llevar a la pantalla un genial guión de Rafael Azcona. Fernando Tobajas decidió hace unos años encerrarse en el cuarto de baño de su casa y no salir de allí. Ha arreglado las cosas de modo que su mujer tenga un marido sustituto, que a su vez le lleva la administración de sus cuentas. Él prefiere quedarse con la vida contemplativa, como los eremitas antiguos, como el Simón del desierto de Luis Buñuel, pero con una diferencia fundamental: él es un anacoreta laico y, al no comunicarse con Dios, prefiere hacerlo con el mundo exterior a través de mensajes que lanza por el inodoro. No obstante, su cuarto de baño es un lugar lleno de vida: le visitan los vecinos para echar partidas de cartas y su mujer y el marido sustituto han de usar el baño para la higiene cotidiana. Fernando no se aburre: clasifica sus mensajes y reflexiona acerca de los motivos que le han llevado a tomar tan radical decisión, que el espectador nunca conoce directamente, pero intuye.
Como a todo eremita que se precie, a Fernando le llegarán sus tentaciones, en forma de hermosísima joven que se reta a sí misma a sacar al hombre de su encierro, utilizando como reclamo sus evidentes encantos sexuales. Fernando es un nuevo San Antonio de Flaubert, tentado por la reina de Saba. Pero lo que puede perder este hombre, de caer en la tentación, no es el amor de Dios, que ama sobre todas las cosas el sacrificio humano en su nombre, sino su libertad que, paradójicamente, se encuentra encerrada entre los muros de su prisión voluntaria. Si Fernando pone un pie en la calle, volverá a ser un hombre normal, un hombre vulgar que no se diferenciará en nada de los demás. Si mantiene su encierro, si sigue dando la espalda a la humanidad, seguirá siendo especial, un rebelde de lo espiritual sin religión.
Existen películas geniales rodadas en un sólo escenario: La soga, de Hitchcock, Doce hombres sin piedad, de Lumet o El ángel exterminador, de Buñuel. Solo hacen falta buenos personajes y un guión interesante. Aquí el que sostiene la película es un inmenso Fernando Fernán Gómez, absolutamente creíble en su papel de renegado social. En cuanto a la otra protagonista, Mantine Andó, evidentemente no puede competir con el maestro, así que se limita a enseñar su cuerpo, para tentación de don Fernando y regocijo de la audiencia de aquella época, que acababa de liberarse de la larga sombra del franquismo. Quizá don Fernando tenía razón y la vida merece ser vivida en cualquier parte, incluso en un cuarto de baño, siempre que usemos plenamente de nuestro libre albedrío.
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