miércoles, 6 de mayo de 2020

CUENTOS DE INQUIETUD (1898), DE JOSEPH CONRAD. LA MIRADA DEL OTRO.

Joseph Conrad es uno de esos escasos escritores que pueden ser reconocidos como representantes de una época. El autor de origen polaco utilizó su propia vida aventurera como material habitual de su obra, plasmando así en sus novelas y cuentos una visión muy particular de las relaciones entre oriente y occidente, entre norte y sur en el marco de la época dorada del colonialismo. A Conrad le suele interesar mucho el encuentro entre mundos antagónicos y la relación que surge de ellos, adoptando en muchas ocasiones el punto de vista de esos salvajes que eran el objetivo principal de la misión civilizadora de los europeos. 

En cualquier caso si algo caracteriza a Cuentos de inquietud es su diversidad temática, tanto que Conrad ofrece algunos cambios de registro que resultan una auténtica sorpresa para quienes se acerquen a estos relatos buscando exclusivamente exotismo. Karain, un recuerdo, es la historia de una amistad entre un traficante de armas y un caudillo malayo. Aunque tarda un poco en arrancar, el relato se esfuerza magistralmente en penetrar en la psicología de un hombre con costumbres que al occidental le parecen insólitas y cómo se puede consagrar una existencia en la resolución de un asunto de honor. Además en Karain, un recuerdo, cobra importancia la apelación a lo sobrenatural, cómo, para que los muertos se hagan presentes, basta con creer en ellos y para que desaparezcan, basta con tener fe en un determinado conjuro.

Los idiotas es un relato absolutamente cruel. Trata de cómo una broma del destino puede afectar a una familia que parecía destinada a una próspera felicidad. El nacimiento de hijos con problemas mentales, se convierte aquí en una tragedia que marca la existencia de un joven matrimonio que no sabe cómo afrontar el desconcierto y la vergüenza que ello supone. Un verdadero estudio psicológico de la desdicha y sus tremendas consecuencias.

Una avanzadilla del progreso es una especie de precedente de El corazón de las tinieblas. Se trata del relato de la estancia de dos personajes en una factoría (una especie de establecimiento dedicado a intercambios comerciales con los nativos), en el interior de África. Kayerts y Calier se enfrentan a lo que creen una misión fácil, dedicada solo a la contemplación y a la espera de acontecimientos. Pero ellos son occidentales y no comprenden las motivaciones de sus colaboradores nativos ni de las tribus que los rodean. Acostumbrados a la lógica de occidente, no son capaces de acercarse ni en lo más mínimo al entendimiento del otro. Incluso la naturaleza salvaje que los rodea acaba siendo un elemento hostil que acaba con todas las convicciones que estaban arraigadas en la costumbre de la cómoda existencia en una urbe europea:

"Pocas personas comprenden que sus vidas, la esencia misma de su carácter, sus capacidades y sus audacias, son mera expresión de su fe en la seguridad de su entorno. Valor, compostura, serenidad, emociones y principios, todo pensamiento grande o pequeño, no son del individuo sino de la masa: de la masa que cree ciegamente en la fuerza irresistible de sus instituciones y de su moral, en el poder de su policía y su opinión. Mas el contacto con el salvajismo sin atenuaciones, con la naturaleza primitiva y el hombre primitivo, desencadena repentino y hondo trastorno en su corazón. Al sentimiento de estar aislado de los congéneres, a la percepción nítida de la soledad de los pensamientos y sensaciones propios, a la desaparición de lo habitual, que es lo seguro, se une la aparición de lo inhabitual, que es lo peligroso: una intución de cosas vagas, indomeñables y repulsivas, cuya intromisión turbadora desboca la imaginación y pone a prueba los civilizados nervios, así de necios como de sabios."

La temática de El regreso es toda una sorpresa. Se trata de un cuento sobre una relación matrimonial que bien podrían haber firmado Stefan Zweig o Sándor Márai. Hay en toda la relación una atmósfera de misterio, no solo en la revelación de la esposa, sino en el ambiente opulento en el que se desarrolla la existencia de los protagonistas, que Conrad sabe describir tan bien. Lo que viene a decir El regreso es que las seguridades de una vida próspera no son tales y que cualquier nimio acontecimiento, desarrollado en nuestra ignorancia, puede dar al traste con toda la presunta solidez bajo nuestros pies. Un relato profundamente psicológico y de final imprevisible.

La laguna es el relato más temprano de Conrad y en sus páginas se nota la voz de un escritor todavía en formación, pero absolutamente reconocible, que empieza a desarrollar los temas que le obsesionan. Cuentos de inquietud es, en suma, un acercamiento estupendo a un autor que es capaz de desenvolverse en registros muy variados y que domina a la perfección el género del relato. 

viernes, 1 de mayo de 2020

TRAFALGAR (1873), DE BENITO PÉREZ GALDÓS. CRÓNICA DE UNA DERROTA ANUNCIADA.

Con el proyecto de los Episodios Nacionales Galdós pretendió establecer una crónica ordenada de los acontecimientos que habían llevado, desde principios del siglo XIX, a nuestro fracaso respecto a la implantación de un verdadero proyecto de país moderno. Y el escritor canario lo concibió como mejor sabía, novelando los episodios históricos para hacerlos más atractivos para el lector, pero siempre respetando el rigor de los hechos. Para elaborar cada episodio realizaba previamente una extensa investigación mediante lecturas, visitas a archivos, a los lugares de los hechos y entrevistas personales con algunos protagonistas. Respecto a Trafalgar, contó con la ayuda inestimable de la casualidad, o quizá del destino, puesto que en una de sus estancias en Santander le fue presentado el último superviviente de la batalla. Lo cuenta Francisco Cánovas en Benito Pérez Galdós, vida, obra y compromiso:

"Uno de aquellos días se encontró con Amós de Escalante, poeta, periodista y escritor de libros de viajes, al que había conocido en el Ateneo madrileño. Paseando por Santander, Galdós le comentó que estaba pensando escribir una novela sobre la batalla de Trafalgar, prosiguiendo la línea narrativa de La Fontana de Oro. «Pero ¿usted no sabe —afirmó Amós— que aquí tenemos el último superviviente del combate de Trafalgar?». Sorprendido por la noticia, Galdós le dijo que estaba interesado en conocerlo. Amós, complacido, le organizó una entrevista unos días después, quedando constancia de ella en las Memorias: «un viejecito muy simpático, de corta estatura, con levita y chistera anticuadas, se apellidaba Galán y había sido grumete en el gigantesco navío Santísima Trinidad»."

Trafalgar comienza casi como una novela picaresca. La Andalucía en la que nace Gabriel, el protagonista y narrador, es una región atrasada, en la que la mayoría de la población sufre una pobreza endémica y además sufre de epidemias como esa fiebre amarilla de la que el protagonista enfermará de niño. La única educación posible para alguien como él estará en la calle, en las pillerías por las calles de Cádiz o en la Caleta. La infancia de Gabriel no es más que un juego de supervivencia cotidiana para huir del hambre día a día. Huyendo de una de las frecuentes levas que se daban en la época, pasará a servir en la familia de Alonso Gutiérrez, un capitán de navío retirado cuya vida existencia se basa sobre todo en evocar viejos episodios gloriosos de su vida marinera. Así, cuando hay rumores de que la marina española (tutelada por la francesa) se va a enfrentar a los ingleses en la Bahía de Cádiz, don Alonso no se lo piensa y, junto a su amigo Marcial y el protagonista, se escapan para embarcarse en la flota, a pesar de la firme oposición al proyecto de su mujer, la terrible doña Francisca.

Los marinos españoles como Churruca, no eran partidarios de salir a buscar a los ingleses. Preferían, ya que admitían la superioridad de aquellos, una defensa ordenada de la bahía de Cádiz sin aventurarse rumbo a Gibraltar. Galdós describe como la oficialidad española sobrevivía como podía al maltrato administrativo al que estaban sometidos. Se debían numerosas pagas y algunos oficiales debían buscarse ocupaciones alternativas para sobrevivir. La mayoría de los marineros eran reclutados en las levas, por lo que, aunque su furor combativo podía motivarse, la experiencia y el conocimiento necesario para entrar con garantías en un combate de estas características no eran los más idóneos. Además, tampoco se trataba bien a los numerosos inválidos de por vida que dejaban las batallas: muchos de ellos eran abandonados por el Estado o recompensados con magras pagas y debían mendigar para sobrevivir.

Los franceses, que eran quienes realmente tutelaban nuestra flota, bajo la sombra amenazante de Napoleón, prefirieron arriesgar y su vicealmirante Villeneuve ordenó la salida sin un plan claro de ataque. La torpe reacción cuando se avistó la flota británica propició una ventaja decisiva de éstos desde el primer instante, pues Nelson pudo dividir a la flota enemiga, realizar una especie de movimiento envolvente, e ir atacando a cada uno de los barcos con neta superioridad en cada uno de los enfrentamientos. Gabriel, cronista privilegiado de los acontecimientos, realiza su narración desde la cubierta del Santa María, el buque insignia de la marina española, el Santísima Trinidad, un coloso de cuatro cubiertas y ciento cuarenta cañones, que presentó una resistencia heroica ante la superioridad enemiga, pero que terminó rindiéndose y finalmente hundido. 

La descripción de la batalla y posterior naufragio por parte de Galdós es magistral, alcanzando en ocasiones un tono propio de la novela de aventuras que posteriormente se vería en Verne o en Stevenson. Para Gabriel, que se había embarcado con sueños de gloria y patriotismo, verá su ingenuo idealismo destrozado en las pocas horas que tarda en hundirse el Santa María y, con él, buena parte de la flota hispano-francesa. También es cierto que don Alonso, que lleva toda la vida sufriendo los rigores de la vida marinera, todavía creía en la victoria, simplemente por la natural superioridad española. Para él la derrota va ser especialmente dolorosa, porque a su edad ya la toma por definitiva. El protagonista sí que parece aprender la lección que será la tónica de nuestro país durante todo lo que resta de siglo: el pueblo español jamás podrá prosperar en manos de estos dirigentes y tal será la conclusión a la que llegue finalmente:

"Un hombre tonto no es capaz de hacer en ningún momento de su vida los disparates que hacen a veces las naciones, dirigidas por centenares de hombres de talento."

miércoles, 29 de abril de 2020

HUMANO, DEMASIADO HUMANO (1878), DE FRIEDRICH NIETZSCHE. UN LIBRO PARA PENSADORES LIBRES.

Cuando Nietzsche habla de espíritus libres, en primer lugar está hablando de sí mismo, no como de un ser superior, sino como de alguien capaz de establecer su propio pensamiento y propósito de vida. De ello trata fundamentalmente Humano, demasiado humano, un libro que quiere ser ante todo filosófico, es decir, al que no le basta con ofrecer conocimiento, sino que busca profundizar en los conceptos, muy humanos, de arte, vida y acción. El mundo que conocemos, después de todo, no es más que una representación del mismo interpretado por la religión y luego por la ciencia, pero dicha interpretación está continuamente sujeta a cambios con el paso del tiempo a través de nuevos descubrimientos y paradigmas.

Para llegar a este autoconocimiento, es necesario no renunciar a la experiencia, tampoco a las dolorosas. Somos hijos de la evolución, animales que se han racionalizado que a veces tenemos la necesidad de volver a un primitivo estado de naturaleza que no tiene que nada tiene que ver con el descrito ingenuamente por Rousseau. Y la comprensión absoluta de la realidad es una quimera, sobre todo si se pretende hacer exclusivamente a través de erudición y conocimiento, abandonando ese lado salvaje que forma parte ineludible de nuestro ser. Tampoco es deseable la experiencia del otro, porque, para la mayoría, la vida solo puede sentirse como algo valioso a través de las vivencias propias. Salir de nuestra estricta individualidad y penetrar en el sentimiento de otros seres podría tener resultados traumáticos:

"Aquel que pudiera tomar parte en ellos, desesperaría de la vida; si llegase a comprender y a sentir en sí mismo la conciencia total de la humanidad, prorrumpiría en maldiciones contra la existencia, pues la humanidad no tiene en su conjunto ningún fin, y por consiguiente, el hombre, examinando su marcha total, no puede encontrar en ello consuelo ni reposo, sino, por el contrario, desesperación."

De aquí pasamos al concepto cambiante de moral, que un cierto periodo histórico puede fomentar costumbres y actitudes que después serán juzgadas como aberraciones. ¿No estaba obrando según un criterio estrictamente moral el inquisidor que estaba convencido de que su labor era imprescindible para lograr el supremo bien de la salvación de las almas? El inmoral sería aquel que no ha asimilado suficientemente "los motivos intelectuales. superiores y delicados que la civilización nueva del momento ha introducido". La civilización y sus profundos cambios crean normas que solo tendrían sentido si establecemos el libre albedrío como una verdad absoluta. Para Nietzsche, el hombre no es libre, pero sí se cree libre, por lo que la responsabilidad de sus acciones sería muy limitada:

"Nadie es responsable de sus actos, nadie lo es de su ser; juzgar tiene el mismo valor que ser injusto, y esto es verdad aun cuando el individuo se juzga a sí mismo. Esta proposición es tan clara como la luz del sol, y sin embargo, todos los hombres quieren volver a las tinieblas y al error, por miedo a las consecuencias."

La aproximación a la verdadera libertad solo es posible dejando de lado la multitud de ideas mortificantes creadas por la religión o el Estado: ni hay pecados ni hay virtudes en un sentido metafísico o absoluto, puesto que la imperfección humana crea imperfectos conceptos del bien y del mal. El verdadero conocimiento de las cosas es aquel que no está lastrado por conceptos morales. El concepto de virtud no es más que la obediencia interna a una determinada moral. El verdadero espíritu libre es aquel que deja atrás lo que se espera de él respecto a su origen, relaciones, situación o empleo, una decisión extremadamente complicada y que muy pocos se atreven a llevar a cabo. Después de todo, lo que nos suele producir vergüenza no es lo que pensamos, sino lo que los otros nos atribuyan ese pensamiento, el juicio ajeno. La solución que propone el filósofo es reforzar nuestra individualidad frente a la moral establecida, porque así preservamos la esencia de nuestro ser y nuestra verdadera libertad:

"Hacer de uno mismo una persona completa, y en todo lo que se hace proponerse uno mismo su mayor bien, vale mucho más que esas miserables emociones y acciones en provecho de otro. Padecemos todavía de demasiado poco respeto a la personalidad en nosotros; se ha separado muy violentamente nuestro pensamiento de la personalidad, para ofrecerla al Estado, a la ciencia, a aquél que tiene necesidad de ayuda, como si la personalidad fuera un elemento malo que debiera ser sacrificado. También hoy queremos trabajar por nuestros semejantes, pero solamente en la medida en que hallamos en aquel trabajo nuestro mayor provecho, ni más ni menos."

Nietzsche es absolutamente crítico con las religiones establecidas, sobre todo con la cristiana, que actúan como una especie de narcótico lanzado sobre la humanidad para que se sume a una moral absurda y lastrante del verdadero potencial de la misma y de sus miembros individuales. La idea de lo natural se convierte en la idea del pecado y, por consiguiente, la de la necesidad de redención que solo puede lograrse acudiendo la correspondiente Iglesia, que ni siquiera ha sido elegida por el individuo entre todas las existentes, sino que le ha sido impuesta:

"Es una artimaña del cristianismo el enseñar tan altamente la total indignidad, pecabilidad y depreciación del hombre en general, que el desprecio de los contemporáneos no es con ello posible. «Soy indigno y despreciable en todos los grados», se dice el cristiano. Pero aun este sentimiento ha perdido su aguijón más penetrante, porque el cristiano no cree en su demérito habitual: es malo como todos los hombres en general, y descansa en el axioma: Todos somos semejantes."

Pero para que todo esto sea posible, para que el hombre puede pensar por sí mismo y decidir, hace falta tiempo, un lujo que muy pocos pueden permitirse. Lo lógico entonces es acogerse a la moral establecida y rechazar a los divergentes. Dicho pensamiento divergente, según épocas, puede llevar simplemente desde la autoexclusión de muchas actividades de la vida cotidiana a arriesgar la propia vida en épocas oscuras. Esto nos lleva a un razonamiento brillante:

"Es señal de lo que ha bajado el valor de la vida contemplativa, que los sabios luchen hoy con las gentes de acción en una especie de gozo apresurado, al punto de que parecen también ellos apreciar más esta manera de gozar que lo que les conviene. Los sabios tienen vergüenza del otium. Y sin embargo, es cosa noble. Si la ociosidad es el comienzo de todos los vicios, también es la proximidad de las virtudes: el hombre ocioso es siempre mejor que el activo. No creas, señor perezoso, que hablo contigo."

Humano, demasiado humano, es un libro profundo, pero cuya lectura es placentera, ya que el autor intenta condensar muchas de sus ideas en esas píldoras filosóficas llamadas aforismos, de las cuales Nietzsche fue un verdadero maestro. También es cierto que mejor no nombrar demasiado las dedicadas al género femenino, pues sería difícil hallar pensamientos más políticamente incorrectos que los del pensador alemán al respecto, aunque es posible que cambiara de idea si pudiera valorar lo que ha conseguido la igualdad de géneros patrocinada por las democracias durante el siglo XX. Me quedo con esta flecha contra los idealistas ciegos, muy necesaria en estos tiempos de partidismos extremos:

"Todos los idealistas se imaginan que las causas a que ellos sirven son mejores por esencia que todas las demás causas del mundo, y no quieren creer que su causa necesita del mismo estiércol pestilente que todas las demás empresas humanas."

lunes, 27 de abril de 2020

BARTON FINK (1991), DE JOEL COEN. EL ESCRITOR Y SUS FANTASMAS.

El dramaturgo Barton Fink está triunfando en Broadway. Fink es uno de esos escritores que se consideran insobornables: para él la única literatura posible es la literatura militante, aquella que describe la existencia y las inquietudes del hombre corriente de la calle. Aunque no lo manifiesta explícitamente, seguramente la idea de Barton es cambiar el mundo a través de su obra, una tarea muy pretenciosa para un hombre que, después de todo, es la timidez personificada: cuando su agente le propone trabajar una temporada como guionista en Hollywood, no sabe decir que no. Así, el alma pura y a la vez cándida del escritor se va a ver enfrentada brutalmente a una fábrica de sueños que en realidad es una factoría de frivolidades. La misión que le encomiendan es simple: escribir el guión de una película de lucha libre, siguiendo el patrón de las convenciones de dicho subgénero.

A partir de esta premisa los hermanos Coen proponen una película no apta para todos los públicos. El escenario principal de Barton Fink es la habitación de un hotel calurosa y opresiva, donde van a desatarse todos los demonios de un protagonista que emprenderá un escalofriante viaje desde el bloqueo literario a la locura. Porque para Fink la situación es de resolución imposible: el dramaturgo se debate entre su deseo de agradar a sus nuevos patrones y su fidelidades ideológicas. De hecho, Fink suele ser un hombre silencioso y apocado exceptuando las contadas ocasiones en las que puede exponer el tema que le obsesiona y al que quiere consagrar su existencia: la descripción del hombre de la calle. Para tirarle de la lengua, nadie mejor que su locuaz vecino de habitación, un magnífico e inquietante John Goodman, que aquí realiza uno de los mejores papeles de su carrera. 

Mientras Barton Fink pasa las horas sudando encerrado en su alojamiento frente a una máquina de escribir con un papel en blanco, mientras las paredes se calientan, haciendo que el papel pintado se desprenda, la mente del protagonista no tiene más remedio que intentar evadirse contemplando el único resquicio de libertad que ofrece la habitación: un cuadro que representa una joven tumbada de espaldas en una playa. Pero eso no es todo: el Purgatorio puede acabar convertido en el Infierno. Enclavada en la etapa creativa más espléndida de los hermanos Coen, Barton Fink fue quizá una de las propuestas más arriesgadas y radicales del cine de la época. Película fuertemente simbólica, su interpretación puede realizarse a varios niveles: el papel del intelectual en la sociedad y el diferente significado del éxito para el escritor y para unos directivos de Hollywood que, paradójicamente, representan mejor los gustos del público general que la literatura militante (y de intenciones redentoras) de Barton. Para él, la obra literaria nace de un sufrimiento prolongado, como un parto difícil, y abomina de la idea de la escritura artesanal, utilizando un molde ya prefabricado, que quieren imponerle. Pero seguir el camino de la pureza ideológica no siempre ofrece los resultados apetecidos...

viernes, 24 de abril de 2020

EL JINETE PÁLIDO (2017), DE LAURA SPINNEY. 1918: LA EPIDEMIA QUE CAMBIÓ EL MUNDO.

Hasta hace poco, la mal llamada gripe española era una de las catástrofes del siglo XX más olvidadas, aunque es muy posible que causara más víctimas que las dos guerras mundiales juntas. La llegada de una pandemia con muchos puntos en común con la de hace un siglo, hace que nuestra mirada se vuelva con interés a las circunstancias que vivieron nuestros antepasados que, aunque contaban con muchos menos medios de información que nosotros, también experimentaron ese miedo a una situación desconocida que sentimos ahora como algo tan cotidiano. Es muy posible que la experiencia de aquellos meses terribles nos puedan servir ahora como modelo de lo que podemos esperar y como esperanza de que la recuperación y la vuelta a la vida normal son posibles.

En 1918, la Primera Guerra Mundial seguía siendo un conflicto demasiado igualado. En las trincheras de Francia ninguna ofensiva conseguía doblegar al enemigo. Los soldados sentían cada vez más el peso de meses y meses de combates e incomodidades, pero la mayoría seguía cumpliendo con lo creía su deber. Es posible que la gripe española tuviera mucho que ver con la victoria final de los Aliados porque, cuando llegó a los campos de batalla, afectó en mucha mayor medida a los alemanes, que se encontraban en mitad de una ofensiva muy ambiciosa y planificada. Quizá los años de bloqueo habían debilitado los organismos de los teutones y se encontraban en aquel punto en una disposición más débil a la hora de combatir al virus. De hecho, uno de los factores decisivos en la propagación de la segunda oleada, la más letal, fue el desplazamiento de soldados una vez acabado el conflicto y las consiguientes reuniones masivas de celebración de la victoria.

Pero la epidemia no limitó sus efectos al resultado de la contienda. Numerosas poblaciones de todo el mundo fueron afectadas, aunque el volumen de su incidencia en cada una de ellas parecía obedecer más a los caprichos del destino que a otros factores. En numerosos casos, los efectos que producía en el cuerpo eran terribles: muchos pacientes no eran capaces de resistir las grave neumonía que podía acompañar al contagio, a veces hasta el punto de que la piel se tornaba de una tonalidad oscura, hasta el punto de que muchos cadáveres eran irreconocibles para los familiares. Para muchos otros, la enfermedad no se distinguía demasiado de una gripe corriente o incluso de un resfriado fuerte, ya que la lógica del virus no es matar a su portador, sino conseguir su propagación masiva. Y esto fue lo que hizo que se produjeran tantas muertes (quizá alrededor de setenta millones): aunque el porcentaje de mortandad fuera moderado, la alta incidencia de la enfermedad y el colapso de los sistemas sanitarios que esto conlleva hace que la suma total de decesos se eleve a cifras difícilmente asumibles. Algo parecido a lo que estamos viviendo hoy en día, aunque a una escala sensiblemente mayor, pero quizá experimentado por la gente con menos alarmismo, ya que, como he señalado antes, los medios de información no eran comparables a los actuales. 

También se tomaron medidas para intentar rebajar la incidencia de la gripe y, como ocurre en la actualidad, en muchos casos se tomaron tarde y en distinto grado según países, medidas que se han hecho tristemente familiares para nosotros, aunque parece ser que el estricto confinamiento en domicilios no fue tomado en consideración en muchos lugares y, como sucede ahora, tampoco las autoridades se ponían de acuerdo respecto a la efectividad del uso universal de mascarillas:

"En 1918, una vez que se hizo obligatorio notificar la gripe y se reconoció que se trataba de una pandemia, se adoptaron diversas medidas de distanciamiento social, al menos en los países que disponían de los recursos para hacerlo. Se cerraron las escuelas, los teatros y los lugares de culto, se limitó el uso de los sistemas de transporte público y se prohibieron los actos multitudinarios. Se impusieron cuarentenas en los puertos y las estaciones de ferrocarril, y se trasladó a los pacientes a los hospitales, que instalaron pabellones de aislamiento para separarlos de los pacientes no infectados. En las campañas de información pública se recomendaba a la población que usara pañuelos cuando estornudara y se lavara las manos con regularidad; que evitara las aglomeraciones, pero mantuviera las ventanas abiertas (ya que se sabía que los gérmenes se reproducen en los ambientes cálidos y húmedos)."

Como es evidente, el gran reto de las autoridades era ajustar las medidas para que su incidencia fuera la menor en cuanto al coste social y económico. En cualquier caso, siempre eran las clases más humildes las que sufrieron en mayor medida la enfermedad, porque era frecuente que habitaran viviendas insalubres y con altos índices de ocupación en barrios con exageradas estadísticas de habitantes por metro cuadrado. En Nueva York, por ejemplo, era difícil que las medidas y recomendaciones llegaran a todos, puesto que existían todavía profundas barreras idiomáticas y de costumbres en un momento en el que la inmigración estaba en auge. En otros lugares, como Odesa, las supersticiones podían imponerse a la ciencia. Se llegaron a realizar bodas negras, una oscura tradición hebrea para protegerse de las enfermedades, un ritual tan curioso como imprudente en aquellas circunstancias:

"Un shvartze khasene, en yidis, es un antiguo ritual judío para protegerse de las epidemias mortales y consiste en casar a una pareja en un cementerio. De acuerdo con la tradición, se debe elegir a la novia y al novio entre los más desfavorecidos de la sociedad, «entre los tullidos más espantosos, los indigentes más degradados y los inútiles más lamentables que hubiera en el distrito», según explicaba Mendele Mocher Sforim, un escritor odesano del siglo XIX, al describir en la ficción una de estas bodas.

Tras una oleada de bodas negras en Kiev y en otras ciudades, un grupo de comerciantes de Odesa se reunió en septiembre, mientras arreciaban las epidemias de cólera e ispanka, y decidió organizar la suya. Algunos miembros de la comunidad judía desaprobaban rotundamente lo que consideraban una práctica pagana e incluso blasfema, pero el rabino de la ciudad dio el visto bueno y también el alcalde, quien consideró que no constituía una amenaza para el orden público. Enviaron exploradores a los cementerios judíos para buscar a dos candidatos entre los mendigos que los frecuentaban y eligieron a un novio y a una novia debidamente pintorescos y desaliñados. Una vez que estos accedieron a casarse en su «lugar de trabajo», los comerciantes comenzaron a recaudar fondos para sufragar la celebración.

Miles de personas se congregaron para presenciar la ceremonia, que se celebró a las tres de la tarde en el primer cementerio judío. A continuación, el cortejo se dirigió hacia el centro de la ciudad acompañado por músicos. Cuando llegó al salón donde se iba a celebrar el banquete, había tal cantidad de gente presionando para poder ver a los recién casados, que estos no pudieron bajar del carruaje. Finalmente, la multitud retrocedió y la pareja pudo entrar en el salón, donde se celebraron las nupcias con un banquete y colmaron de regalos caros a los recién casados."

Aunque los primeros casos se detectaron oficialmente en un campamento militar de Kansas (aunque sigue habiendo distintas teorías acerca de dónde surgió el brote por primera vez), la gripe fue bautizada como española porque la prensa de nuestro país fue una de las primeras en informar sin censura de los contagios en Madrid y otras ciudades, debido a la neutralidad en la guerra. De hecho, en la capital se la empezó a denominar soldado de Nápoles, en referencia a una popular canción incluida en una zarzuela que se representaba por aquellos días. Quizá la ciudad más castigada fue Zamora, en la que el obispo insistió, a pesar de los elevados índices de mortandad, en que la mejor solución para acabar con ella eran las misas multitudinarias.

Una de las características que hacen de El jinete pálido un ensayo soberbio es que Laura Spinney no se conforma con ofrecernos una panorámica mundial de la incidencia de la enfermedad, sino que nos lleva a la intrahistoria de diversas ciudades, barrios y hogares en lugares tan diversos como Zamora, Río de Janeiro, Nueva York o remotas regiones de China o Alaska, además de rigurosa información científica y sociológica. Así nos hacemos una idea de lo que supuso la llegada de la enfermedad para el ciudadano de a pie y podemos comparar con las sensaciones actuales. Como entonces, hoy se ha activado en gran medida una resiliencia colectiva, que se irá disipando una vez que desaparezca la enfermedad y vuelva a debilitarse la identidad de grupo para dar paso al individualismo cotidiano. Como entonces, es posible que el fin de la pandemia tenga como resultado reforzar la posición del Estado como garante de nuevos derechos: lo que en aquellos días fue la semilla de la asistencia sanitaria gratuita para todos los ciudadanos, en éstos puede convertirse en una renta básica que garantice la supervivencia digna de aquellos cuya posición se tambalee cuando la crisis sanitaria finalice y deje paso a la económica. 

miércoles, 22 de abril de 2020

PALABRA SOBRE PALABRA. OBRA COMPLETA (1956-2001), DE ÁNGEL GONZÁLEZ. MAÑANA NO SERÁ LO QUE DIOS QUIERA..

Aunque la vida de Ángel González estuvo marcada, como tantas de las de su tiempo, por los acontecimientos históricos derivados de una cruenta Guerra Civil y una larga dictadura, leer los poemas de Ángel González supone adentrarse en experiencias tan universales como cotidianas. Al describir éstas, una voz, a veces tierna, a veces irónica, hace complicidad con el lector, que también es habitante de este mundo y parece hablar de lo obvio, pero de una manera insospechada, con ojos muy penetrantes. Pero para que todo esto sea posible, primero el poeta tiene que existir, haber nacido, un trámite que parece vulgar, pero que solo hace posible el caprichoso destino:

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

A veces los hombres son descritos como seres contradictorios que "se aman de dos en dos para odiar de mil en mil". Seres amargos que muestran al mundo una falsa mueca de felicidad. Estos males podrían paliarse haciendo un alto en la existencia, dejando a un lado las prisas y creando un espacio de reflexión propio, hallando "un sitio donde echarte boca abajo y cerrar los ojos, y mirar despacio dentro de tu vida, quizá te resultase fácil averiguar algo , saber a que lugares quieres ir, de dónde vienes, para qué estás aquí, cuál es tu nombre". Y en esto aparece la idea de Dios, siempre presente, siempre esquiva, un ser que aunque no exista, sigue influyendo en nuestra existencia. Una metafísica muy mundana, que quiere quejarse a un responsable que seguramente haga oídos sordos:

Despertar para encontrarme
esto:
la vida así dispuesta,
el cielo
turbio, la lluvia
que lame los cristales.

Abrir los ojos para ver
lo mismo,
poner el cuerpo en marcha para andar
lo mismo,
comenzar a vivir, pero sabiendo
el fracaso final de la hora última.

Si esto es la vida, Dios
si éste es tu obsequio,
te doy las gracias - gracias - y te digo:
Guárdalo para ti y para tus ángeles.

Me hace daño la luz con que me alumbras,
me enloquece tu música
de pájaros,
pesa tu cielo demasiado,
oprime,
aplasta, bajo y gris, como una losa.

Todo está bien, lo sé.
Tu orden
se cumple.

                       Pero alguien
envenenó las fuentes
de mi vida, y mi corazón es
pasión inútil, odio
ciego, amor desorbitado,
crisol donde se funden
contrariedades con contradicciones.

Y mi voluntad sigue,
inútilmente,
empeñada en la lucha más terrible:
vivir lo mismo que si tú existieras.

Porque el poeta tiene muy presente que antes de nacer estuvo la no existencia, un estado al que se ha de volver, sin saber con certeza si es preferible a la imperfección del mundo: "dilema sin salida: no existencia, o vida incendio que el amor devora". Pero de vez en cuando surge la esperanza: si algo puede probar la existencia de Dios es la misma escritura, cómo "el perfecto funcionamiento de mis centros nerviosos que transmiten las órdenes que emite mi cerebro a las costas lejanas de mis extremidades", hacen posible el milagro de la concepción de un poema que cuestiona o ratifica la existencia del ser divino, o la existencia del amor o incluso del propio ser. Pero el concepto de Dios también se utiliza para usar sus poderes omnipotentes para vivir una y otra vez la misma historia de amor, que tiene la cualidad, esta vez sí, de la perfección:

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra

Uno de los poemas que más me ha impresionado es Muerte de máquina. A pesar de su evidente tono irónico, humanizar a una máquina y establecer paralelismos con nuestros decesos resulta ciertamente inquietante:

Derramando tornillos,
con las bielas exánimes,
hizo un esfuerzo último para mover las ruedas
dentadas. Como una oscura arteria
palpitó la polea, pero sólo
transmitió un temblor leve a las turbinas,
que giraron despacio, horrorizadas,
con expresión de ojos que se nublan.
Luego, la vieja máquina
se derrumbó pesadamente,
ahogando en su caída
el estertor agudo de las válvulas.

Otra de las grandes obsesiones de la poesía de Ángel González es el concepto del tiempo, algo que fluye incontrolable, con un pasado de evocación imperfecta, un presente que se escapa entre las manos y un "futuro que se presenta inseguro, turbio, incierto". Pero a veces estos nexos temporales no tienen sentido, se confunden:

Mas sé que el tiempo es cóncavo
y reaparece por la espalda
sobresaltándonos de pronto
con sus inútiles charadas.

¿Te amaré ayer?
                           ¿Te amo hoy en día?
¿No te amé acaso, todavía mañana?

No creo en la Eternidad.
Mas si algo ha de quedar de lo que fuimos
es el amor que pasa.

Pero, inevitablemente, al final del camino está la muerte. La belleza del mundo, que se concentra en el ser amado, será arrebatada para siempre:

Más allá de este sueño
ya no hay nada:

territorio final
en el que permanezco confinado,
desde el que también sueño
hasta perder la memoria de mí mismo

Cuando no sueño,
ese sueño sin sueños
es - a secas - mi vida.

lunes, 20 de abril de 2020

LA STRADA (1954), DE FEDERICO FELLINI. EL EXTRAÑO AMOR DE GELSOMINA DI COSTANZO.

Pocas imágenes más icónicas en el cine italiano que la del forzudo Zampanó (Anthony Quinn), partiendo unas cadenas con la fuerza de su pecho, en un espectáculo que repite todos los días, ya sea en solitario, ya sea formando parte de algún circo ambulante. La Strada es la calle, la vida errante de los que se ganan de la vida de manera incierta, pobres entre los pobres que intentan llevar un poco de alegría a los desheredados. Pero, a pesar de las alegrías ocasionales, la vida que se retrata aquí es, ante todo, sórdida. La supervivencia diaria debe basarse en sacrificios constantes, entre los que se encuentran mostrar una permanente sonrisa ante el público, aunque luego las estrellas de la función tengan que dormir en un carromato destartalado, del que tira una motocicleta vieja.

Zampanó es un ser primitivo, que cuando se le muere la mujer con la que comparte su vida, no duda en, literalmente, comprar a su hermana para sustituirla. Gelsomina, que vive en la miseria más absoluta, acepta su destino con la esperanza secreta de ser feliz. Pasar de una vida tan vacía como la playa en la que habita a formarse como artista. Para ello debe adaptarse a su nueva existencia junto a un Zampanó que la trata como a un animal de compañía. La mujer no es una persona con sentimientos, sino un objeto más, que sirve para complementar su actuación y para aderezarle las noches con un poco de sexo. Vivir con Zampanó significa que la comida es escasa, el vino abundante y el aprendizaje se realiza a base de palos. Gelsomina asume con naturalidad su papel sumiso, asiste impasible a los episodios derivados del carácter pendenciero de su dueño e incluso tiene que ser testigo de cómo éste se emborracha y se va con una prostituta delante de sus narices, dejándola abandonada en la puerta de una taberna. La única defensa de Gelsomina es el llanto, un llanto más parecido al de una perrita asustada que al de una mujer que quiere expresar su frustración.

En contraste con todo lo anterior, conocerá a otro artista, apodado El Loco, que es la antítesis de Zampanó, un equilibrista alegre y bromista y que no evita la confrontación directa con el bruto, lo que traerá graves consecuencias. A pesar de las oportunidades que tiene de abandonar a Zampanó, Gelsomina desarrolla una especie de dependencia o fidelidad a ese hombre que la maltrata, quizá porque es capaz de ver en él una posibilidad de redención que quizá solo pueda manifestarse en circunstancias dramáticas. Cine neorrealista con un Fellini magistral, en una etapa que para mí es bastante superior al barroquismo exagerado de posteriores filmes. Un retrato preciso de la miseria en la Italia periférica, la de los excluidos que viven en tierra de nadie, adornado por la preciosa banda sonora de Nino Rota, complemento perfecto a la expresividad de Guiuletta Masina.