viernes, 11 de abril de 2014

NOÉ (2014), DE DARREN ARONOFSKY. UN DIOS SALVAJE.

"Viendo Yahveh que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de contínuo, le pesó a Yahveh de haber hecho el hombre en la tierra y se indignó en su corazón. Y dijo Yahveh: "Voy a exterminar de sobre el haz del suelo al hombre que he creado (...) porque me pesa haberlos hecho". Pero Noé halló gracia a los ojos de Yahveh."

Así se inicia el relato bíblico del diluvio universal, una tradición que al parecer tiene sus orígenes remotos en Babilonia, en recuerdo, seguramente, de varias inundaciones desastrosas en el valle del Tigris y del Eúfrates, que fueron exageradas hasta el punto de darle rasgos de cataclismo universal. Curiosamente esta historia también aparece en textos de culturas tan diferentes como la hindú, la griega o la maya. En la tradición judeo-cristiana nos encontramos con el típico Dios del Antiguo Testamento, un Todopoderoso eterno fiscalizador de la conducta del hombre, al que exige contínuos homenajes  y que elige a un pueblo como favorito, al que otorga carta blanca para exterminar a sus enemigos.

En la extraña visión de Darren Aronofsky de esta historia, se nos presenta a Noé viviendo con su mujer e hijos en una tierra desértica y aparentemente devastada, parecida a la que se nos presenta en películas postapocalípticas del estilo de Mad Max (George Miller, 1979). Noé evita el contacto con el resto de los hombres y no duda en matarlos cuando tiene un encontronazo con ellos. Al parecer la humanidad está corrupta, imbuida de puro mal, tal y como dice la Biblia y Noé es el único ser puro que queda en la Tierra. Pero, oh sorpresa. El hombre no está solo. Coexiste con una extraña raza de ángeles caídos, que a ojos del espectador son un híbrido entre criaturas del universo de El señor de los anillos y los Transformers. Estos seres son un testimonio vivo de la crueldad divina. Al parecer, bajaron a la Tierra a ayudar al hombre cuando se produjo su expulsión del paraíso y por ello fueron castigados. La caída del hombre en el jardín del Edén es una obsesión en esta película: representada en los sueños de Noé (la manzana, la serpiente), es un eficaz recuerdo del anhelo inconsciente del ser humano de alcanzar un día un paraíso eterno.

Por lo demás Noé es un film que se puede calificar de fallido. Precedido por la ya tradicional polémica religiosa que acompaña a este tipo de producciones, resulta que la visión de Aronofsky no satisface a los líderes de las principales creencias que mantienen que este episodio es un dogma de fe. Y si nos atenemos a la antipatía que despierta el personaje de Dios, es muy lógico que así sea. Yahveh es un sin escrúpulos, capaz de programar el exterminio de millones de seres humanos y animales con el argumento de su corrupción moral. Claro que, como se observa desde las primeras imágenes, la tierra que han heredado estos pobres humanos no mana precisamente leche y miel. Es un lugar con poquísimos recursos, por lo que es natural que estos se hallen en permanente disputa y que estas disputas engendren guerras, esclavitud y muerte. La solución divina es la misma que en muchas averías informáticas: formatear y reiniciar el sistema.  

Noé, presentado como modelo de virtud, no es más que, a los ojos del espectador, que el instrumento de un ser infinitamente poderoso y tiránico. El patriarca no se cuestiona sus decisiones, sino que las aprueba de inmediato con una mezcla de miedo y adoración, con la misma lógica con la que los hombres de hoy son capaces de obedecer las órdenes de los peores dictadores, justificándolas en la infalibilidad de su juicio. Todos estos aspectos éticos y de filosofía de la religión son reflexiones interesantes una vez que se ha visto la película, pero mientras esta se está proyectando, lo que prima es el aburrimiento, la sensación de que Aronofsky naufraga por una historia demasiado bien conocida y que quizá se toma demasiado en serio, con el resultado de hastiar a los no creyentes y enfurecer a los que sí lo son. Claro que, como estamos hablando de un buen director, hay escenas que pueden salvarse del sinsentido general, a las que logra dotar de un sutil misterio, como aquella en la que Noé narra la Creación, que nos remite directamente a las más hermosas palabras de la Biblia, aquellas con las que comienza el Génesis, cuando todo eran promesas de felicidad y armonía eternas. Es una lástima que el resto del metraje sea pura espectacularidad para extender un relato que apenas ocupa un par de páginas en la Biblia. 

miércoles, 9 de abril de 2014

LA INVENCIÓN DE MOREL (1940), DE ADOLFO BIOY CASARES Y EL AÑO PASADO EN MARIENBAD (1961), DE ALAIN RESNAIS. BREVE HISTORIA DE UN AMOR ETERNO.

Un hombre llega a una isla aparentemente desierta. En realidad es un fugitivo y no le importa que le hayan contado que una misteriosa enfermedad gobierna ese pequeño territorio. De pronto, una aparición inexplicable: grupos de personas que habitan un edificio. Otro día el edificio parece abandonado. Y otro, una visión aún más perturbadora: una hermosa mujer tomando el Sol. Cuando por fin se decide a tomar contacto, las apariciones no le hacen caso, siguen a lo suyo como si él no existiera. Pero no parecen fantasmas, son reales y conversan sobre temas terrenales. Poco a poco el protagonista se va enamorando de la figura de la mujer, que aparece en días alternos en el mismo punto y con las mismas actitudes. ¿Cuál es el misterio de esa mujer y de la isla entera? Bioy Casares nos va llevando poco a poco por un in crescendo sorpresivo hasta que descubrimos las causas de lo que allí sucede. Y lo hace de manera magistral, haciendo que el lector vaya estableciendo hipótesis, aún sin quererlo, ayudado por la perplejidad del narrador-protagonista. Aunque universalmente reconocida como una de las joyas de la literatura fantástica, Borges, en su prólogo, se decanta por añadir el género policial al fantástico, quizá por la estupenda sensación de intriga que produce su lectura:

"Las ficciones de índole policial (...) refieren hechos misteriosos que luego justifica e ilustra un hecho razonable; Adolfo Bioy Casares, en estas páginas, resuelve con felicidad un problema acaso más difícil. Despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante un solo postulado fantástico pero no sobrenatural."

Hay mucho de Borges en La invención de Morel. Pero también de Robert Louis Stevenson o de Herbert George Wells. A pesar de ello la voz narrativa de Bioy Casares es lo suficientemente poderosa y original como para que estos autores sean, más que influencias directas de su prosa, objeto de homenaje en la trama de la novela. Al final lo que queda es una sensación de extrañeza. Aunque se nos ha dado la solución al enigma, esta solución parece entrañar un enigma aún mayor. ¿Es el amor absoluto lo que da fuerzas a su protagonista para tomar su decisión final? La conclusión moral de este acto, que también la hay, es que anhelamos ser felices, pero preferimos que los demás crean que lo somos. 

La atmósfera de misterio de La invención de Morel se mantiene en El año pasado en Marienbad, que más que una adaptación de la novela, es una película inspirada por esta, pero con la suficiente entidad propia como para ser una obra casi independiente a su fuente de inspiración. En la obra de Resnais la isla se convierte en un elegante palacio, lo que parece ser un hotel de lujo. Por él deambulan una serie de personajes que parecen salidos de un sueño buñuelesco, como atrapados en un extraño bucle temporal. En el edificio y los jardines de El año pasado en Marienbad parece hacerse realidad aquel mito del eterno retorno del que habló Nietzsche, basándose en antiquísimas tradiciones provenientes de Oriente y que también fascinaron a Borges. Las imágenes de la película destilan un aire enfermizo, dominadas claramente por el concepto de anacronía, es decir, de la alteración cronológica de las partes de una historia. Pero es, al igual que en la historia de Bioy, el amor lo que lo domina todo, un amor al que no le importa que el marco temporal y los recuerdos sean confusos. Un amor que está condenado a repetirse por toda la eternidad.

martes, 8 de abril de 2014

ADOLFO SUÁREZ, AMBICIÓN Y DESTINO (2009), DE GREGORIO MORÁN. LA VOLUNTAD DE PODER.

La reciente muerte de Adolfo Suárez ha desatado, desde que fuera anunciada por su hijo dos días antes de producirse, un auténtico vendaval de elogios, a veces sonrojantes. Voces de todos los ámbitos políticos, periodísticos y cortesanos se han ido sumando a este festival hagiográfico de un hombre que, en su momento, fue insultado y despreciado con esa misma unanimidad. Leyendo cualquier periódico de hace un par de semanas era muy difícil hacerse una idea objetiva de la auténtica medida del personaje. Lo mismo sucedía si uno visitaba una librería o una biblioteca, donde se habían colocado precipitadamente pequeños altarcitos en forma de volúmenes dedicados a la memoria de Adolfo Suárez. Evaluando los que aparentaban tener mayor calidad, me decanté por el que me parecía el estudio más riguroso de todos, el firmado por Gregorio Morán, que ya había trazado un retrato de Suárez, muy vendido en su tiempo, cuando éste llevaba apenas un par de años en el poder. 

Lo primero que hay que recordar, cuando se aborda la vida del primer presidente de nuestra democracia, son sus orígenes. Y estos no pueden ser otros que su estrechísima relación con grupos tan afines al Franquismo como Acción Católica, el Opus Dei o la Falange. De hecho, su auténtico padrino político fue Fernando Herrero Tejedor, que le introdujo en la sede central de calle Alcalá, donde llegó a convertirse en Ministro Secretario General del Movimiento en el gobierno de Arias Navarro, tras la muerte de Franco. Bien es verdad que hay que decir a su favor que después, cuando ya era él mismo el presidente, tuvo la osadía de dinamitar el Movimiento desde dentro. 

Cuando Adolfo Suárez fue nombrado presidente por sorpresa, el panorama que se encontraba ante sus ojos no era nada alentador. Por un lado estaban los continuistas del bunker, que querían seguir adelante con el régimen a toda costa. Por otro, los reformistas, que pretendían una puesta al día de las instituciones y una apertura democrática y de derechos más o menos controlada. Y por otro, los partidos clandestinos, que luchaban por una ruptura total con el régimen y el advenimiento de un nuevo Estado democrático. La muerte de Franco, el auténtico sostén de todo el tinglado de su régimen, había dejado perlas periodísticas como ésta (con Suárez en la actualidad nadie se ha atrevido a tanto), firmada por Cristóbal Páez, director del diario Arriba:

"Francisco Franco está ya subiendo las impresionantes gradas que conducen ante Dios y ante la Historia. Sin escolta, sin oropeles, sin fanfarria, sin siquiera la mínima sombra de un corneta de órdenes. Va despacioso, humilde y un poco encorvado porque no lleva las manos vacías. Guarda - sospecho - cinco palabras en su boca. Pueden ser éstas: "Sin novedad, Señor, en España".

Hay que recordar que lo de colocar a Suárez en la presidencia del gobierno fue una operación auspiciada por el rey y por Torcuato Fernández-Miranda. Y fue todo un acierto, vistos los resultados. Se necesitaba ser audaz para conseguir que las Cortes franquistas se suicidaran, legalizar el Partido Comunista un sábado santo y convocar elecciones solo un año después de haber sido elegido, todo ello con una creciente presión en todos los ámbitos, incluyendo el terrorista. Y es aquí cuando llega el momento decisivo del personaje porque, si bien había sido nombrado por sus promotores para culminar la transición, en este punto se rebela e intenta ampliar su papel fundando su propio partido polítco y presentándose él mismo a las elecciones. Este movimiento le va a suponer ganarse a muchos y poderosos enemigos. Además, la organización política que crea, la UCD, jamás será un partido cohesionado, sino más bien una amalgama de diferentes familias que van desde la socialdemocracia a la derecha más rancia y que acabarán peleándose entre ellos y echando a su propio secretario general. A pesar de todo, lograría ganar dos elecciones, en 1977 y 1979, consolidando así el proceso democrático y concitando cada vez más odios sobre su persona. La Transición fue la que fue (y ahora estamos viendo que tuvo muchas carencias, sobre todo porque los poderes económicos y sociales herederos del franquismo siguieron donde estaban y siguen ahí hoy día) gracias al pilotaje de Suárez. Un periodo tan contradictorio como él mismo. La intentona golpista del 23 de febrero fue la culminación de su carrera. Se mantuvo en pie frente a los Guardias Civiles, salvando, junto a Gutiérrez Mellado y Carrillo, la dignidad del Parlamento en aquella infausta jornada. Después de esto intentó que su dimisión (cuyos motivos auténticos nunca han sido aclarados del todo), no tuviera efecto, pero ya era demasiado tarde.

Los años ochenta serán los de su travesía en el desierto con su nuevo partido, el CDS, intentando volver a tocar el anhelado poder. A pesar de que su prestigio y el verdadero valor de su trabajo en la Transición iban siendo reconocidos paulatinamente, esto no se traducía en votos. Esta fue también una época de amistades peligrosas para Suárez: Ruiz Mateos, Mario Conde... Porque existe otra versión de Adolfo Suárez que ahora se intenta olvidar, la del Suárez poco escrupuloso con sus negocios, con sus tratos en la sombra... Ya en los años setenta estuvo involucrado en algún escándalo feo, que se tapó como se tapaban esas cosas en la dictadura, como el asunto de ENTURSA o algún otro. En los periodos en los que no ejercía cargos políticos de importancia, nuestro protagonista se entregaba a todo tipo de negocios que le hicieran ganar dinero fácil y rápido. Así lo expresa Gregorio Morán:

"(Sus negocios) para un experto económico tenían las características de singularidad de los negocios rápidos, lucrativos y arriesgados, sin olvidar que siempre que se acumulan tales virtudes aparecen también como primos hermanos, la oscuridad, el amiguismo y el privilegio como forma de lograr fortuna."

Necesitaba el dinero para desarrollar su estilo y tácticas para llegar al poder, que no eran otros que el acercamiento a ciertos personajes (llegó, en los sesenta, a comprar una casa junto a la que veraneaba el almirante Carrero Blanco) como Fernández Miranda o el propio príncipe Juan Carlos, los que, según su intuición, iban a ser influyentes en un futuro próximo. Los seducía con una combinación de simpatía, cercanía y peloteo que casi siempre le funcionó. Porque en realidad Adolfo Suárez no era un hombre, en lo intelectual, excesivamente preparado. Había sacado su carrera de derecho sin brillantez y no se lo conocía afición alguna a la lectura. Por contra, era un animal político, con un gran valor personal y una gran capacidad para aceptar el riesgo calculado. Un hombre repleto de contradicciones al que Gregorio Morán ha sabido retratar muy acertadamente, lejos de los escritos adulatorios que hemos tenido que padecer en los últimos días. Merece la pena su lectura, para tener una imagen más ecuánime de un hombre al que tenemos que estar agradecidos por muchas cosas, pero al que también se le podrían haber reprochado otras.

lunes, 7 de abril de 2014

DALLAS BUYERS CLUB (2013), DE JEAN-MARC VALLÉE. SIDA Y EMPRENDIMIENTO SOCIAL.

Ron Woodroof es un tipo del montón, más bien desagradable. Machista y homófobo en grado sumo, dedica su tiempo libre a apostar en rodeos, al sexo con prostitutas (sin protección), y al consumo desmesurado de drogas y alcohol. En suma, es una de estas personas cuya sociabilidad se reduce a tomar cervezas con individuos como él y no espera más de la vida que la experiencia de placeres inmediatos y básicos. Por eso, cuando en un examen médico efectuado después de un accidente laboral, a Ron le comunican que es portador del virus del Sida, su reacción no puede ser otra que la rabia y la negación. Estamos a mitad de los años ochenta, en la peor época de esta enfermedad. Por aquel entonces estaba muy extendida la creencia de que este mal afectaba casi en exclusiva a la comunidad homosexual (algunos iluminados llegaron a calificar a la enfermedad como castigo divino), por lo que el protagonista, que se sabe muy macho, está seguro de que se trata de un error. Hasta que investiga un poco y advierte que también forma parte de los grupos de riesgo, por no usar preservativos en su promiscua vida sexual. 

Así pues, una vez conocida la irreversibilidad de su enfermedad, Ron va a dar lo mejor de sí mismo para luchar contra ella. Es como si su vida hubiera sido un largo sueño inútil en espera de este momento decisivo, cuando va a tener que concentrarse y dar lo mejor de sí mismo en su afán de supervivencia. Lo primero que advierte es que la medicación que le proporcionan en el hospital no hace más que agravar su estado, así que acude a centros alternativos y comienza a experimentar en sí mismo los efectos de medicamentos que aún no han sido aprobados para su uso público. Con una buena dosis de suerte (es lo que supongo como espectador) da con una combinación de fármacos que parece mejorar su estado. Como no es ningún santo, ni la película pretende reflejarlo como tal, funda el Dallas buyers club, una especie de asociación de carácter alegal que proporciona medicamentos alternativos a sus miembros a cambio de una cuota mensual. Como vemos, la iniciativa de Woodroof, aunque muy bien acogida por quienes viven desesperados por el enfermedad, contiene un importante componente de ánimo de lucro. No en vano está luchando contra el poder de las empresas de medicamentos, que copan el mercado para colocar sus productos, aunque no sean los más eficientes. Y para tener posibilidad de éxito en la tarea, hay que usar algunas de sus armas en la medida de lo posible. Ron es un héroe improbable, un tipo desagradable al que le ha costado tolerar a su compañero de aventuras, un homosexual travesti al que solo unos meses antes no le hubiera importado pegar una paliza. Pero su experiencia al límite parece darle nueva vida, un espíritu emprendedor del que no sabía su existencia y que le hace recorrer el mundo en busca de medicamentos que estén prohibidos en Estados Unidos para introducirlos ilegalmente en el país. 

Dallas buyers club sería una película convencional, casi de sobremesa televisiva si no fuera por un factor importante, que ha sido recompensado con sendos Oscars: la fabulosa interpretación de sus dos protagonistas. Tanto Matthew McConaughey como Jared Leto afrontan papeles muy difíciles, que requieren una prepación física y mental muy importante. Además, en el caso del protagonista, su personaje sufre una evolución muy importante a lo largo del metraje. McConaughey, uno de los actores que mejor está eligiendo papeles en la actualidad (no hay más que verlo en ese portento llamado True detective), lo hace de manera sutil, gradual, consiguiendo que el espectador se crea esta transformación y a la vez la acepte como verosímil, ya que no la lleva hasta el punto de hacer que Woodroof caiga simpático al espectador. Aparte de eso, de la originalidad a la hora de abordar a sus personajes, Vallée no logra firmar una realización que justifique haber estado entre las mejores del año para la Academia de Hollywood. Porque en realidad el esquema básico está mil veces visto: el ciudadano-Quijote que pelea contra el gigante de la administración americana, denunciando alguna injusticia, con procedimiento judicial incluido. Bien es verdad que en esta ocasión el Quijote no es tan desprendido como el de Cervantes, porque este ha nacido en la tierra de las oportunidades. ¿Por qué no lucrarse a la vez que se defiende una causa justa? 

viernes, 4 de abril de 2014

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN ABRIL. LOS LIBROS INESPERADOS.

Es un hecho constatado por cualquier lector con experiencia: uno planifica sus lecturas, incluso confeccionando una lista de autores imprescindibles para los próximos meses, pero luego resulta que al azar echa por tierra todas esas previsiones. Y no solo porque en los clubes de lectura uno tiene un control limitado acerca de los libros que se van a debatir, sino porque hay ciertos acontecimientos que hacen que uno acuda irresistiblemente a un determinado título olvidando todos los demás. El más obvio de estos acontecimientos es el encuentro. Que uno coja por azar un volumen que por algo le ha llamado la atención y - aún ni siquiera teniendo la más mínima referencia del autor - comience a leerlo, agradeciendo a los dioses un encuentro tan inesperado. Otro factor es la actualidad: celebración de aniversarios, muertes, nuevas publicaciones o libros de amigos. En mi caso estoy ahora leyendo una biografía de Suárez. Tanto se ha dicho de él al hilo de su muerte (casi como para elevarlo a los altares) que necesitaba hacerme con un relato lo más objetivo posible de su vida. Y así con muchos otros. Este fenómeno me sucede con frecuencia, ya que visito constantemente librerías, bibliotecas y la Asociación Más Libros Libres. La afición a la lectura es algo que se lleva mal con la planificación.

Al hilo de la muerte de la Suárez, en la Biblioteca Provincial leeremos otro libro relacionado con su ilustre figura: Anatomía de un instante, el magnífico relato-reportaje de Javier Cercas.

En la Biblioteca Cristóbal Cuevas, un autor malagueño que nos deleitará con su presencia: Miguel Torres de Uralde con No sé quien eres, una novela que profundiza en el tema del amor y los sentimientos (y me toca a mí moderar el acto).

En el club de lectura que organizamos en la tetería El Harén, una de esas obras que siempre están en mi lista y nunca había tenido ocasión de leer: La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq.

En el club de lectura de Más Libros Libres, una pequeña obra que tuvo una adaptación cinematográfica que gozó de bastante fortuna: El señor Ibrahim y las flores del Corán, de Eric-Emmanuel Schmitt.

En el club de lectura del Ateneo de Málaga, una lectura de un autor imprescindible si se quiere conocer la literatura europea de las últimas décadas: Milan Kundera con La insoportable levedad del ser.

En los clubes de lectura del Centro Andaluz de las Letras, dos espléndidos ensayos este mes: Todo lo que era sólido, o la España de la corrupción según Antonio Muñoz Molina y Sociofobia, de César Rendueles, dedicado a desentrañar si la explosión de las nuevas tecnologías informáticas y las redes sociales son tan milagrosas como nos cuentan. A raíz de este último, el día anterior se celebrará un encuentro global dedicado a la relación entre internet, las redes sociales y las nuevas formas de lectura.

En el club de lectura de la librería Luces, nos proponen un clásico moderno: Leonardo Sciascia con El día de la lechuza.

En el club de lectura de la Casa del Libro, un clásico incontestable de la literatura humorísitica: El diario de Adán y Eva, de Mark Twain.

En el club de lectura de la Fnac (que siempre contraprograma a la Casa del Libro o viceversa), una obra de uno de los mejores escritores españoles vivos: Una casa para siempre, de Enrique Vila-Matas.

En el club de lectura Encuentro con los clásicos, de la Biblioteca de Arroyo de la Miel, una selección de poemas de Antonio Machado.

Respecto a cine-forums, este mes no se va a celebrar el de literatura y cine que coordino, por no poder encajarlo en ninguna fecha (está la semana santa por medio), pero se hará a principios de mayo. Respecto al del Ateneo de Málaga, una de mis películas favoritas de Luis Buñuel, que he revisado más de una vez: El discreto encanto de la burguesía. En Más Libros Libres vamos a ensayar una modalidad distinta de cine-forum: cada cual debe llevar visionada la película desde casa. La primera elegida es 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. A ver que podemos decir que no se haya dicho ya de esta obra maestra.

Como de costumbre, cuando vayan surgiendo novedades o modificaciones, se pondrán en la columna de la derecha en cuanto se tenga conocimiento de ellas. Y no olviden seguir haciendo listas de próximas lecturas. A pesar de todo son útiles. ¡Felices lecturas! 

jueves, 3 de abril de 2014

EL GRAN HOTEL BUDAPEST (2014), DE WES ANDERSON. FRÍA SIMETRÍA.

Tenía mucho interés en ver esta película, porque ya era hora de acercarme a alguna obra de Wes Anderson, aclamado como uno de los genios del cine actual y uno de sus autores más personales. Así que no tengo más remedio que escribir estas líneas como neófito en su cine. La historia que propone Anderson en El gran hotel Budapest se enmarca en un ámbito temporal reconocible (los años treinta), pero a la vez se mueve entre la estética decimonónica y la moderna. En este punto hay que decir que el diseño de producción y la estética (colores predominantes, vestuario, decoración...) son capitales en el estilo del director, hasta el punto de que la historia queda subordinado a estos y no al contrario. Además se observa una obsesión por los encuadres simétricos, por hacer de cada plano una obra de arte, como si los personajes se estuvieran moviendo en los estrictos límites que impone un lienzo. Además, a Anderson no le importa de vez en cuando utilizar decorados (en sus escenas más panorámicas) y que esto se note. Forma parte de su personalidad cinematográfica.

He leído por ahí que uno de los grandes referentes de El gran hotel Budapest es Sopa de ganso, la obra maestra protagonizada por los Hermanos Marx y firmada por Leo McCarey en 1933. Personalmente, más allá de que ambas transcurren en un país imaginario de Centroeuropa más o menos por la misma época, no veo muchas más similitudes entre ambas obras. El humor de los Hermanos Marx es mucho más caústico que los contenidos y elegantes toques de comedia de Anderson. Y precisamente es ahí donde yo le pongo peros a esta película, cuyo guión es un quiero y no puedo excesivamente lastrado por un reparto coral repleto de estrellas que necesitan su momento de gloria. A pesar de su correcta interpretación, el personaje protagonista, encarnado por Ralph Fiennes, es demasiado plano: parece un elemento más del hotel y la historia que sucede a su alrededor es lo de menos, incluido el robo del cuadro. Todo es una excusa para el lucimiento del director Anderson.

Así pues, a la salida del cine tengo una sensación agridulce. Por un lado, he sentido un evidente placer estético en la sala de cine, pero la historia que se cuenta en la película me ha parecido excesivamente banal, más allá de un par de buenas ideas. Que se recurra al nombre de Stefan Zweig, un escritor que se caracteriza por la profundidad de sus relatos, me parece que está fuera de lugar. Para mí las similitudes más evidentes con el cine de Anderson pueden encontrarse en directores como Jean Pierre Jeunet o el español Javier Fesser, que también son autores a contra-corriente, amantes de lo visual por encima de cualquier otra consideración. Todos ellos dotados de un universo propio que exige complicidad con el espectador desde el primer minuto. Yo no soy reticente a este tipo de propuestas, pero con la de esta película no me he sentido cómodo del todo. De todas maneras, todo esto no obsta para que siga dándome curiosidad ver alguna otra película de Anderson.

martes, 1 de abril de 2014

CAPITÁN AMÉRICA, EL SOLDADO DE INVIERNO (2014), DE ANTHONY Y JOE RUSSO. LOS TRES DÍAS DE HYDRA.

El Capitán América es, a priori, uno de los superhéroes que más rechazo provocan fuera de su país. Eso de ir vestido con la bandera estadounidense no resulta precisamente simpático, sobre todo a los que han sido víctimas del agresivo imperialismo de esta potencia en los últimos cien años. Quizá para contrarrestar este hecho, las mejores historias del Capitán América son aquellas en las que el llamado centinela de la libertad pone en duda el sistema estadounidense e incluso se niega a colaborar con su propio gobierno. Porque se supone que Steve Rogers es un hombre que realizó el mayor de los sacrificios por su país - servir de conejillo de indias en el experimento que lo transformaría en un supersoldado - y este país respondió explotando publicitariamente su imagen como símbolo de unos valores que no siempre son los más éticos.

Después de una película de presentación no especialmente afortunada, aunque con algunas buenas ideas y de su intervención en Los Vengadores, Capitán América, el Soldado de invierno, sirve por fin para dar la auténtica medida cinematográfica de las posibilidades del  personaje. Aunque en este tipo de obras no cabe esperar una profundidad shakesperiana en las motivaciones del protagonista, los hermanos Russo han aprovechado para trazar un retrato mucho más complejo de lo que podría esperarse, dibujando a un hombre que reniega profundamente de la época en la que le ha tocado vivir (o mejor sería decir revivir, en este caso). Porque esta película se sale bastante del guión superheroíco al uso para contarnos una historia de conspiraciones al máximo nivel que recuerda muchísimo a la magnífica Los tres días del Cóndor (1975, de Sydney Pollack), el gran clásico de este subgénero cinematográfico. Desde luego, la presencia de Robert Redford, que fue protagonista de aquella película, no hace sino dar lustre a la propuesta y reforzando la calidad del producto.

Capitán América, el Soldado de invierno se basa en un arco argumental escrito por uno de los mejores guionistas de cómic de la actualidad: Ed Brubaker. La historia es una inteligente puesta al día de un personaje tan vetusto como el Capitán América. Y lo consigue haciendo que el protagonista se cuestione los valores por los que pelea a través de una brillante conexión entre el pasado y el presente (recordemos que el Capi luchó en la Segunda Guerra Mundial), donde se nos muestra el contraste entre la realidad del día a día de la guerra y las edulcorados reportajes publicitarios que se mostraban en los cines estadounidenses durante la contienda. Además tenemos incursiones en el frente ruso y algo sumamente interesado: una versión alternativa de la historia de un Capitán América que sobrevive a la guerra, captura a Hitler y vive las posteriores décadas de Estados Unidos teniendo que declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas del Senador McCarthy en los años cincuenta, para acabar desencantado con la realidad de su país. Evidentemente, dos horas de película no dan para tanto, pero los hermanos Russo han logrado condensar la esencia de la historia de Brubaker ofreciéndonos un espectáculo muy medido, con escenas de acción muy planificadas y dirigidas con solvencia (el asalto al barco del principio o la magnífica persecución y acoso al coche de Nick Fury por las calles de Washington).

Así pues, Chris Evans puede estar agradecido por tener la oportunidad de interpretar a un personaje al que se le han desarrollado buena parte de sus posibilidades, un hombre al constantemente se nombra como garante de unas libertades que en realidad están desapareciendo a pasos agigantados con la excusa de la guerra contra el terrorismo, en la que su papel no es otro que el de peón de lujo. Su otra cara es la de leyenda viva, un personaje que sigue sirviendo a su país (cada vez con más desencanto) pero cuya verdadera condición es la de pieza de museo, representante de unos tiempos más ingenuos, en los que no era tan difícil saber donde había que colocarse para luchar en el bando de los buenos. Donde podía haberse filmado el ridículo más espantoso protagonizado por un tipo disfrazado con barras y estrellas, los hermanos Russo han seguido la estela de los mejores cómics del personaje y se han centrado inteligentemente en sus contradicciones. Claro está que este no es más que un producto palomitero, pero al menos cuenta con un buen guión y trata al espectador con un mínimo de inteligencia, sin olvidar, eso sí, que estamos hablando del género de superhéroes.