jueves, 10 de octubre de 2013

LOS OVNIS ¡VAYA TIMO! (2005), DE RICARDO CAMPO. SOBRE COSAS QUE SE IMAGINAN EN EL CIELO.

Con la bendición del gran filósofo Mario Bunge, la colección ¡Vaya timo! de la editorial Laetoli es una de esas iniciativas que resultan imprescindibles en un país en el que los programas dedicados a la difusión de lo paranormal siguen contando con una importante audiencia. Aunque lleven décadas acercándose a los mismos temas sin aportar ni una sola prueba concluyente de la certeza de las afirmaciones que dejan caer de manera sensacionalista e irresponsable, sus patrocinadores nunca dan su brazo a torcer y siguen convenciendo a su audiencia de que hay que seguir creyendo en la magia de los temas relacionados con el misterio. Algo muy parecido sucede en nuestros kioskos de prensa, de los que soy visitante habitual. En la cada vez más menguada oferta de revistas de todo género, las que se dedican a los temas paranormales, siguen resistiendo, al parecer con buena salud.

Ricardo Campo, doctor en filosofía de la Universidad de La Laguna, es uno de esos pensadores racionales que creen que hay que combatir este tipo de supercherías con todos los medios disponibles. Y esta colección de libros divulgativos, orientados a un público adolescente, pero que pueden ser leídos por cualquier interesado en el estado de la cuestión, son un instrumento ideal para difundir un sano escepticismo, del que carece en general la sociedad. Y él es el autor ideal para hacerlo, ya que ha dedicado mucho tiempo a investigar que hay en realidad detrás de tantos testimonios acerca de presuntos visitantes del espacio.

Respecto a los ovnis, hay que empezar diciendo que ya no son lo que eran. Se trata de un tema que estuvo de plena actualidad en los años setenta y principios de los ochenta (los avistamientos eran prácticamente diarios en cualquier punto de la geografía) pero poco a poco su interés ha ido desinflándose, hasta hacerse acreedores de una atención marginal por parte de los medios de comunicación serios, aunque en internet (y en los kioskos, como ya he dicho más arriba) siga contando con numerosos seguidores o creyentes, como ellos mismos se denominan. No obstante, estos creyentes siguen reclamando atención y dando validez a cualquier testimonio que pueda avalar sus propias tesis, por muy disparatado que sea. Lo primero que hace Ricardo Campo en Los ovnis ¡Vaya timo! es poner en duda el valor de los testigos como pruebas acerca de la existencia de naves que llegan del espacio exterior a nuestro planeta. Casi la totalidad de estos avistamientos pueden ser explicados de manera racional: meteoritos, estrellas fugaces, el planeta Venus, pruebas de misiles u otros prototipos militares o simplemente bromistas, que no faltan en ningún lugar del mundo. Tampoco hay que descartar los falsos testimonios y las habituales exageraciones en las descripciones de hechos que suelen tener explicaciones muy prosaicas. No obstante, ante cualquier declaración insólita, venga de quien venga, aparecerá como por arte de magia el investigador de lo paranormal para hilvanar una historia fantástica a partir de la misma. No me resisto a reproducir un párrafo del libro, dedicado a la descripción del aspecto con el que suelen aparecer en televisión o en fotografías y a su estilo literario:

"El disfraz de investigador no se limita a la locuacidad paranormalista. Se complementa con detalles como un buen equipaje de campo, cuaderno de notas, cámara de fotos, brújula y el imprescindible chaleco sin mangas de dos mil bolsillos. No hay periodista ufológico o investigador paranormal que no se haya hecho una foto con él. Quien lo lleva parece un arqueólogo, aunque el universo intelectual de uno y otros se sitúe a años luz de distancia. También es conveniente adoptar un estilo de escritura ampuloso, poetizante, cursi hasta resultar repelente, para detallar un día de correrías por montes, cementerios e iglesias abandonadas, rellenar con invenciones lo que ignora, mezclar diversas historias o directamente plagiar fuentes que están como un cencerro."

De hecho, los comienzos del tema ovni no pueden ser más reveladores: uno de los primeros testimonios de avistamiento fue el de Keneth Arnold, que describió lo que contempló mientras volaba con su avioneta. Arnold se refirió a unos objetos voladores con forma de luna creciente que volaban erráticamente "como platos lanzados al agua". El periodista debió confundirse y escribió su crónica describiendo los objetos como "platillos volantes". La descripción hizo fortuna y a partir de entonces se produjeron miles de avistamientos de naves con esa forma geométrica. Otra prueba del efecto contagio que producen estos testimonios es la que recoge James Randi en Fraudes paranormales, cuando cuenta que acudió a un programa de radio y testimonió que la noche antes había presenciado un ovni en aquella misma ciudad, dando una pormenorizada descripción de lo que había visto. Al momento comenzaron a llegar llamadas de gente que aseguraba haber sido testigo de lo mismo que describía Randi. Sobran las palabras.

Uno de los personajes que más llama la atención en este circo que es el tema ovni es la figura del contactado. Como muchas personas viven la creencia en seres extraterrestres como una religión, no es extraño que surjan figuras que aseguren estar en contacto con seres de otros planetas y se inventen sorprendentes revelaciones por parte de éstos (hay que ver que métodos utilizan los sofisticados extraterrestres para comunicarse con nosotros) como que nuestro planeta está en peligro por la proliferación nuclear y que tenemos que querernos más unos a otros. Además, se organizan alertas ovni, una especie de actos sociales en los que se reunen los creyentes en un escenario esperando que aparezca alguna nave, como las fans que esperan horas que Justin Bieber se asome por la ventana de su hotel... Todo muy ridículo, pero capaz de movilizar a miles de personas en pos de una quimera que para muchos da sentido a sus vidas:  

"El mito de los ovnis reconforta, ofrece un sentido a la vida de sus creyentes, toda vez que las religiones tradicionales aparecen como un conjunto monolítico con poco espacio para las imaginaciones personales de sus devotos. Los contactados nos hablan del destino cósmico de nuestra especie, que compartimos con seres inteligentes originarios de otras galaxias."

Está en la naturaleza del ser humano, aferrarse a lo sobrenatural, a lo inexplicable buscando respuestas fáciles al sentido de nuestra existencia. Que lo de los ovnis es un mito lo demuestra el hecho de que, después de décadas de testimonios e investigaciones, no existe ni una sola prueba que avale su existencia. Pero hay que aferrarse a algo: a la religión, a las apariciones de la Virgen, a las caras Bélmez... La ciencia auténtica, que es lo único en lo que debemos creer es mucho más fascinante. Su paso suele ser lento, pero seguro y sus métodos son tan exigentes que, cuando asume una certeza, las pruebas de esa información están disponibles para cualquiera. En cualquier caso, es fascinante acercarse al mundo de la ufología, no desde un punto de vista científico, sino antropológico, como una más de esas creencias a las que a muchos les cuesta renunciar. 

martes, 8 de octubre de 2013

STASILAND (2003), DE ANNA FUNDER. LA VIDA DE LOS OTROS.

Ahí lo tienen. Kilómetros y kilómetros de expedientes dedicados a recoger la intimidad de los ciudadanos de la RDA. Durante cuarenta años la Stasi actuó como el Gran Hermano de la novela de Orwell. Anna Funder escribe este ensayo imprescindible acudiendo a archivos, a museos y a lugares históricos pero, sobre todo, hablando con la gente, con personas que acababan de vivir situaciones tan surrealistas como terribles gracias a un sistema cuya principal misión parecía ser la de proteger a sus ciudadanos contra las tentaciones del imperialismo occidental.

Aquí el artículo:



En 1945, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, Alemania quedó dividida en dos zonas. En el este se fundó la República Democrática Alemana, un Estado de ideología comunista patrocinado por la Unión Soviética. Berlín también quedó dividida y en 1961 el gobierno del este erigió un muro para impedir el paso de personas entre las dos áreas. Durante cuarenta años, la RDA dirigió el destino de dieciséis millones de alemanes a través de un sistema férreamente totalitario e intolerante con el disidente. El brazo ejecutor de esta política de represión era la tristemente famosa Stasi, el servicio de inteligencia que se ocupaba de la seguridad interior y exterior del país. Conocemos esta parte de la historia, pero asomarse a la intrahistoria del país, indagar en las vidas de los ciudadanos a los que le tocó padecer este régimen es la mejor manera conocer la auténtica esencia de la RDA. Y este es el propósito de Stasiland.

La técnica que utiliza Anna Funder a la hora de abordar su libro es la del reportaje. Ella viaja a Berlín y a Leipzig en 1996, siete años después de la caída del muro y se dedica a indagar qué ha quedado del régimen comunista. Y pronto advierte que la mejor fuente de información no son los archivos ni los libros de historia, sino las personas, una buena parte de las cuales arrastran historias dolorosas, provocadas por un Estado que dedicaba ingentes medios al espionaje de sus propios ciudadanos.

Aunque es imposible efectuar un cálculo exacto, se estima que en la RDA había un empleado o confidente de la Stasi por cada cincuenta ciudadanos. Otros estudios elevan esa proporción a un confidente cada siete ciudadanos. Las relaciones personales eran difíciles, puesto que existía la permanente sospecha de que cualquiera podía ser uno de ellos, por lo que siempre había tener sumo cuidado en la conversaciones con extraños e incluso con personas conocidas. La Stasi tenía tendencia a reclutar gente en todos los ámbitos sociales para hacer realidad su ambición orwelliana de controlar todos los detalles de la vida cotidiana de todos sus ciudadanos. Lo único que no fue capaz de averiguar fue precisamente el fin del comunismo, por lo que su extenso aparato fue derribado estrepitosamente en pocas semanas.

En Stasiland, Anna Funder recoge testimonios estremecedores: jóvenes a las que se reprimía y se les impedía trabajar por tener relaciones sentimentales con un extranjero, otros que iban a parar a la terrible prisión de Hohenschönhausen por sus intenciones de emigrar al extranjero y, lo más pavoroso de todo, las declaraciones de antiguos miembros de la Stasi que no se arrepienten de nada y siguen arremetiendo contra sus propios compatriotas, a los que aseguran haber protegido del imperialismo. Como sucede con el franquismo en España, la transición alemana apenas depuró a los elementos más criminales del antiguo régimen. Quizá porque, en este caso, la lista de implicados hubiera abarcado la mitad del país. Sí se condenó al anciano Erich Mielke, que durante décadas fue el máximo responsable de la Stasi. También a Erich Honecker, máximo responsable de los destinos de la RDA, protagonista de anécdotas tan surrealistas como la que cuenta uno de los entrevistados:

“Íbamos a ciudades donde los edificios de la calle principal estaban pintados solo hasta la mitad. La parte de arriba era hormigón a pelo. (…) Era porque cuando venía Honecker, esa era la altura hasta donde veía desde el asiento trasero de su limusina. ¡La pintura no les llegaba para pintar hasta arriba!” 

La existencia de tantos confidentes hacía que la Stasi a veces se viera desbordada por el volumen de la información que manejaba y el número de confidentes que trabajaban para ella. En una nota de 1989, un joven teniente alertaba a sus superiores del hecho de que había tantos confidentes infiltrados en los grupos eclesiásticos opositores que cuando se manifestaban hacían parecer estos grupos mucho más fuertes de lo que en realidad eran. Una hermosa paradoja en una sociedad llena de ellas: cuando, también en 1989, un gran grupo de ciudadanos asaltó el edificio de la Stasi, los guardias de la entrada les requirieron su identificación a los manifestantes. Estos sacaron obedientemente sus documentos de identidad, los enseñaron y, seguidamente, tomaron pacíficamente el edificio. Resulta fácil imaginar que, rizando el rizo, el propio Mielke estuviera siendo espiado por sus propios subordinados y al final le llegaran informes de su propia vida, en una situación que hubiera hecho las delicias de escritores como Joseph Conrad o Gilbert K. Chesterton:

“Creo que al final la Stasi tenía tanta información (…) que pensaba que todo el mundo era enemigo porque todo el mundo estaba vigilado. No creo que supiesen quién estaba con ellos, contra ellos o si todo el mundo callaba sin más. (…) Cuando me encuentro ante un expediente sobre una familia a la que estuvieron vigilando en el salón de su casa durante veinte años, no me queda más que preguntarme: ¿qué clase de gente puede querer poseer tantos conocimientos?”

Con Stasiland, Anna Funder ha realizado un trabajo fascinante de evocación de una memoria que muchos quisieran dejar atrás. Un trabajo que no solo tiene valor histórico, sino también literario y que se hizo justamente acreedor de numerosos premios.

ROMMEL (1962), DE DESMOND YOUNG Y DE NIKOLAUS STEIN VON KAMIENSKI (2012). EL HÉROE IMPROBABLE.

Los estudios acerca de la Segunda Guerra Mundial que se empezaron a realizar recién terminada la contienda carecen de la perspectiva histórica con la que cuentan los que se hacen hoy día. Pero en cambio, los historiadores de esa época tenían una inmensa ventaja: podían entrevistar a los protagonistas del evento, que, si eran sinceros, transmitían una valiosa información acerca de unos hechos que acababan de protagonizar. Además, en el caso de Desmond Young, él mismo había peleado en la guerra, como integrante del ejército británico y había conocido brevemente a Rommel, en un episodio que lo dejó fascinado (aparece en la famosa película protagonizada por James Mason) y le motivó a escribir la biografía del general enemigo.

Erwin Rommel es quizá el militar más mitificado de la Segunda Guerra Mundial. Estudiar sus campañas en el desierto del Norte de África, donde solía contar con menos medios que el enemigo, resulta fascinante. Destinado allí con la misión de defender Trípoli frente a los ingleses, estuvo a punto de conquistar Egipto y, por ende, Oriente Medio. Sin embargo todo esto no debe hacernos olvidar la realidad: al final Rommel fue un perdedor. Se dejó llevar por una ambición desmesurada respecto a las tropas que poseía y se centró en la táctica en el desierto para dejar un tanto olvidado algo más importante: la estrategia del Eje en el Mediterráneo, que debería haber priorizado la conquista de una isla de apariencia insignificante, pero imprescindible para garantizar la llegada de suministros sin pérdidas al Norte de África: Malta.

La biografía de Desmond Young, cuya lectura es sumamente entretenida, pero cuenta con el lastre de estar escrita desde la admiración al personaje, por lo que el lector apenas va a encontrar mácula alguna en su retrato. Para Young Rommel era un militar puro, alguien nacido para ser soldado y que ya en su actuación en la Primera Guerra Mundial se distinguió como un oficial valiente que protagonizó sorprendentes acciones en el frente italiano. Quizá el periodo más feliz en la vida de Rommel fue el de entreguerras, en el que pudo entregarse a la enseñanza del arte de la guerra en diversas academias y acuartelamientos. 

Con la llegada de Hitler al poder, las oportunidades de ascenso en las fuerzas armadas se disparaban. Como en la caso de Von Stauffenberg, otro militar alemán glorificado por haberse opuesto al Führer cuando las cosas iban mal para Alemania, al principio de la guerra, Rommel estuvo absolutamente de acuerdo con el salvaje ataque a Polonia, que vivió como Jefe de Seguridad del Cuartel General de Hitler, por lo que tuvo oportunidad de conocer muy de cerca al máximo responsable de la tragedia que acababa de desencadenarse, simpatizando de inmediato con él. Luego vendría la fulminante campaña de Francia, en la que el nombre de Rommel empezó a ser muy conocido y, por fin, su destino en el desierto, aventura que terminó en Túnez, de donde fue evacuado en secreto para evitar que se le capturara junto con los restos de su ejército. Luego vino su cargo de inspector de la muralla del Atlántico, donde gozó de pocos apoyos por parte del resto del alto mando y su gran fracaso en Normandía, donde se vio desbordado por un enemigo muy superior en todos los órdenes.

La película de Von Kamienski, una producción alemana tan sobria como efectiva, se centra en los últimos meses de vida del mariscal, cuando la conjura contra Hitler, que daría lugar al atentado de Von Sttaufenberg, estaba fraguándose y necesitaba del apoyo de alguien tan prestigioso como Rommel para otorgarle credibilidad. La postura de Rommel en aquellos días es bastante ambigua: consciente de la necesidad de derrocar a Hitler, se oponía a que el método fuera un atentado contra su vida. Ulrich Tukur ofrece un retrato muy medido del Rommel decadente de aquellos días, un hombre dotado de un mando que apenas podía ejercer, lastrado por los constantes impedimentos que se ponían a sus planes. También se pone énfasis en dos de las mejores virtudes del personaje: su valentía personal y su sentido del honor (que no tenía más remedio que basarse en un complicado mecanismo psicológico respecto a los monstruosos ideales que defendía su bando).

El mariscal fue siempre un militar que parecía centrarse en sus campañas sin ser consciente de lo que sucedía a su alrededor. En el desierto, protagonizó la que quizá fue la campaña más caballerosa de la Segunda Guerra Mundial, en la que se respetaron estrictamente las reglas de la guerra casi como si de una competición deportiva se tratase. En la Francia de principios de 1944 en la que la Resistencia crecía al mismo ritmo que las atroces represalias alemanas, Rommel debió ser consciente, por fin, de la catadura moral del amo al que servía. Personalmente creo que debió darse cuenta mucho antes pero, como hicieron otros muchos militares alemanes, miraron hacia otro lado y se centraron en lo que consideraban el mejor servicio a su país: ganar batallas. Al menos eso es lo que se desprende de la biografía de Young. Creo que hay estudios más modernos que prueban que Rommel, frente a la imagen habitual que se tiene de él, era un nazi convencido. Hubiera sido interesante observar su reacción frente a lo que hubiera sucedido a los judíos de Egipto y Palestina si finalmente el Afrika Korps hubiera extendido hasta allí sus conquistas. En cualquier caso, a día de hoy, Erwin Rommel sigue siendo uno de los militares más respetados de la historia de Alemania, uno de los pocos a los que este país puede nombrar para salvar una pizca de honor frente a la responsabilidad de haber provocado el conflicto más criminal de todos los tiempos.

domingo, 6 de octubre de 2013

LUCES ROJAS (2012), DE RODRIGO CORTÉS. EL ESCÉPTICO CREYENTE.

Otra gran sesión el pasado viernes en el ciclo Literatura y cine. Pero es que el tema a tratar lo requería. Incluso tuvimos el lujo de contar con personas que están muy en contacto con la realidad científica a la que se suele contraponer la de los creyentes en los fenómenos paranormales. ¿Son posturas conciliables? También hablamos un poco sobre ello. Para la próxima sesión estoy preparando otra obra que puede suscitar un debate de máxima actualidad: Furia, de Fritz Lang. 

Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2013/10/luces-rojas-de-rodrigo-cortes.html

jueves, 3 de octubre de 2013

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN OCTUBRE. EL LECTOR ANTE EL ESPEJO.

Como el doctor Jekyll de Stevenson, el próximo libro que leeremos en la Biblioteca Provincial, el lector que asiste a talleres de lectura a veces sufre una transformación (no física, pero sí en sus opiniones) cuando compara las conclusiones que le ha deparado una novela con la de sus compañeros. A veces se nos escapan aspectos fundamentales de la misma, ya sea por haberla leído con prisas, preocupados por aspectos vitales que nos asaltan inevitablemente mientras estamos inmersos entre las páginas de un libro o simplemente porque otros han tenido acceso a textos relacionados con la novela que nosotros no conocíamos. Lo que pensábamos al principio, si no cambia del todo, casi siempre se enriquece con nuevas aportaciones y salimos de la reunión con un equipaje más abultado, pero que no por ello nos pesa más, más bien nos otorga una extraña ligereza, como si nos hubieramos mirado a un espejo que nos ofrece una imagen inesperada de nosotros mismos.

En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, como ya he adelantado, repasamos todo un clásico, que ha sido objeto de numerosas versiones cinematográficas: El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson.

En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, un libro de un autor colombiano que tiene mucho de autobiográfico: El olvido que seremos, de Héctor Abad.

El club de lectura Entrelíneas, del Ateneo de Málaga organiza dos actos este mes, por un lado un cine-forum en torno a la obra maestra de Kurosawa, Rashomon. Por otro, un club de lectura dedicado a una obra que leí hace muchos años y que me gustaría retomar: León el Africano, de Amin Maalouf. En la extensión de Torremolinos, la novela elegida es El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, en torno a Leon Trotsky. 

En el club de lectura de la librería Luces, una novela de Gilbert K. Chesterton, un autor al que es bueno volver de vez en cuando y que en España es solo conocido por un par de novelas: El hombre vivo.

En el club de lectura de Fnac Málaga, otro clásico que está muy presente últimamente en este tipo de talleres: Primer amor, de Iván Turguenev. 

En el club de lectura de Casa del Libro Málaga apuestan por una novela actual en torno a un amor obsesivo: Locura, de Patrick McGrath.

En el club de lectura Encuentro con los clásicos de la Biblioteca Municipal de Arroyo de la Miel, hacen sitio este mes a la mejor poesía en lengua castellana: Cántico Espiritual, de San Juan de la Cruz.

Y recordarles, para los amigos que deseen asistir, que este viernes celebraremos una nueva edición de nuestro ciclo Literatura y cine en la Biblioteca Cristóbal Cuevas. La película elegida para debatir es Luces rojas, de Rodrigo Cortés, que se basa en gran parte en el libro de James Randi, Fraudes paranormales.

Como de costumbre, les recuerdo que en cuento me vayan llegando nuevos datos de clubes a celebrar en el mes de octubre, los tendrán puntualmente en la columna de la derecha. ¡Felices lecturas otoñales!

EL ÚLTIMO ENCUENTRO (1942), DE SÁNDOR MÁRAI. HACE CUARENTA AÑOS.

Llevo ya tanto tiempo asistiendo a clubes de lectura que era inevitable que alguna vez el libro se repitiera. Eso es lo que me ha sucedido con El último encuentro, pero no me ha importado lo más mínimo, porque hay pocas novelas que sean más adecuadas para este tipo de debates, ya que es necesario el intercambio de opiniones entre numerosos lectores para penetrar a fondo en los diversos temas que se tocan en la misma. Hace cinco años yo hablaba sobre todo de la relación extraña entre estos dos personajes, Henrik y Kónrad, que están cuarenta años sin verse después de un hecho traumático que rompe físicamente su relación aunque, al parecer, no espiritualmente.

Una de las cuestiones que nos deja planteada la novela de Márai es cómo puede ser definida la amistad, ese concepto tan difuso y que tantos quebraderos de cabeza procura a los filósofos que intentan definirlo. ¿Es una relación superior al amor? ¿Hasta donde deben consentirse las acciones de un amigo? Lo cierto es que el general espera cuarenta años, prácticamente encerrado en su palacio a que vuelva su amigo para ajustar cuentas acerca de ese momento clave de su pasado común. No se han visto, no se han escrito y sin embargo Henrik está seguro de que Kónrad volverá. Y tiene preparado un extenso discurso - ha tenido cuatro décadas para hacerlo - en el que analiza cada detalle de la relación entre ambos y cómo fue posible tan abrupto final (o paréntesis) en la misma.

El general, el personaje que sostiene la novela a través de sus palabras, es un hijo del imperio austrohúngaro, es decir, una especie en peligro de extinción cuando está llegando al final de sus días. Al igual que la sólida realidad que era su amistad con Kónrad, la que él consideraba su patria se desmoronó, como si el orden natural de las cosas se hubiera extinguido de un día para otro, un sistema de valores decimonónicos, que a los ciudadanos de aquel imperio seguro que se les antojaba eterno:

"Su seguridad se apoyaba en esa base, como la de cincuenta millones de personas: sabía que el emperador se acostaría antes de medianoche y se levantaría con el alba, que se sentaría al lado de su escritorio, a la luz de una vela, en su butaca americana de mimbre, y que todos los que habían jurado fidelidad obedecerían siempre aquellas órdenes, aquellas leyes y aquellas costumbres que regían su vida. Naturalmente, esta obediencia era algo más profundo que el respeto a unas cuantas reglas. Había que llevar la obediencia en el corazón: esto era lo más importante. Había que tener la convicción de que todo estaba en su sitio. Tenían veintidós años por entonces, el hijo del guardia imperial y su amigo."

Lo que el general no ha perdido a través de las décadas es su sentido innato del honor, su sentimiento de superioridad, de pertenecer a una casta privilegiada, por lo que su presunta amistad con Kónrad, procedente de una clase social mucho más humilde, se ha visto seguramente resentida por ello, sobre todo cuando han crecido y han sido más conscientes de este hecho. Además, los caracteres de ambos son antagónicos: Henrik ha nacido para perpetuar la tradición militar de su familia y su entera existencia se funde con el uniforme. Kónrad es un ser mucho más espiritual, que parece comunicarse mejor a través de la música que con las palabras. Sin embargo, en el discurso del general, la amistad entre ambos perdura, como un vínculo inquebrantable:

"No hay un proceso anímico más triste, más desesperado que cuando se enfría una amistad entre dos hombres. Porque entre un hombre y una mujer todo tiene condiciones, como el regateo en el mercado. Porque el sentido profundo de la amistad entre hombres es justamente el altruismo: que no queremos un sacrificio del otro, que no queremos su ternura, que no queremos nada en absoluto, solamente mantener el acuerdo de una alianza sin palabras."

El encuentro entre estos dos hombres que tienen tanto que decirse y que a la vez ya se lo han dicho todo con sus acciones, mantiene la tensión del lector casi como si éste se hallara en el centro de la mesa, deseando saber qué sucedió exactamente, mientras se deleita con las palabras de Henrik, que se muestra a la vez duro y condescendiente con su amigo. La novela de Márai es uno de esos casos en los que tienen similar importancia lo que se cuenta y cómo se cuenta.

martes, 1 de octubre de 2013

NIETZSCHE (2011), DE MICHEL ONFRAY Y MAXIMILIEN LE ROY. PEQUEÑAS DOSIS DE VERDAD.

Y la filosofía se hizo cómic. Nada menos que Michel Onfray, el autor del excelente ensayo Tratado de ateología, firma el guión de esta biografía de un filósofo tan popular como poco conocido. Lo primero que me deslumbra, al abrir el volumen, son los dibujos de Maximilien Le Roy, que enmarcan el pensamiento de Nietzsche en una atmósfera fascinante. Los paisajes de los lugares en los que vivió el filósofo son un marco excelente para exponer unas gotas de sus ideas, las más importantes. Luego me informo un poco acerca de las circunstancias en las que fue concebido este cómic y me entero de que el dibujante viajó expresamente a los lugares que retrata. El mensaje es diáfano: el ambiente en el que uno se mueve puede influir en el propio pensamiento.

Además de ser una excelente introducción a la filosofía de Nietzsche, el cómic es una manera de reivindicar su auténtico pensamiento, que ha sido manipulado a través de los años para servir de base prestigiosa a ideologías infames como el nazismo. Nietzsche nunca fue un antisemita, solo atacaba la raíz judía de la religión cristiana. Tampoco hubiera apoyado nunca la ideología de Hitler. Fue su hermana Elisabeth, que más tarde sería amiga de Adolf Hitler, la que manipuló sus escritos para hacerlos coincidir con su propio pensamiento totalitario, en el que la voluntad de poder no es más que el dominio de unos hombres superiores sobre el resto. Elisabeth hizo tan bien su trabajo que hoy día el filósofo alemán sigue siendo identificado con el pensamiento nacionalsocialista. 

Si bien lo que más puede llamar la atención del pensamiento de Nietzsche a nivel popular es su alegato contra la religión y el concepto de superhombre, lo más interesante del personaje - y lo que muestra repetidamente Onfray - es su intento de vivir conforme a su filosofía, lo cual implicaba unas enormes dosis de soledad. Wagner, Lou Andreas-Salomé o Paul Rée fueron quedando atrás y al final la única realidad fue el eterno retorno de su locura. Los dibujos de Le Roy en torno a este mal que fue invadiendo paulatinamente la mente de Nietzsche son verdaderamente estremecedores, otra de las razones para asomarse a esta obra redonda, que nos hace contemplar al filósofo con un prisma totalmente original.

Aquí unas gotas de pensamiento nietzscheano, formulado mientras recorre la basílica de San Pedro junto a Lou Andreas-Salomé:

"El principio es el fin porque al comienzo está el eterno retorno que, como tal, se encuentra también en el medio y al final. Todo es fatalidad, necesidad, nada se elige. El libre albedrío es una invención de los curas para vengarse y castigar. El devenir es pura inocencia, como un niño... Partiendo de eso, estamos rodeados de ficciones.... Ficciones de la virtud, de la justicia, del amor al prójimo... Ficción de la moral, pues nos situamos más allá del bien y del mal. La voluntad de poderío, ¡he aquí la fuerza que mueve la realidad! Dios ha muerto, Dios ha muerto, creáme. Dios ya no es necesario: no hay más que eterno retorno de las cosas y voluntad de poderío..."