miércoles, 28 de marzo de 2012

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE THOMAS DE QUINCEY (2006), DE RAFAEL BALLESTEROS. LAS INTIMIDADES DE UN INGLÉS COMEDOR DE OPIO.

Me interesa Thomas de Quincey como escritor provocador, por las temáticas escabrosas que fueron del gusto de su pluma. "Del asesinato considerado como una de las bellas artes", me pareció un libro mediocre, más famoso por una afortunada frase que contiene que por el libro en sí. "Confesiones de un inglés comedor de opio" es otra cosa, porque en sus páginas el escritor se retrata a sí mismo de una manera brutalmente sincera: como un enfermo terminal de la droga que no puede controlar las realidades artificiales que le produce: sus noches son infiernos casi eternos y sus días dolores y sufrimientos.

Que un escritor malagueño se haya interesado por la vida de Thomas de Quincey para escribir una novela ya es de por sí una gran noticia, ya que la mayoría de nuestros profesionales de la literatura suelen estar aferrados al entorno inmediato. Habría que preguntar a Ballesteros que le llevó a trabajar en este retrato del escritor inglés desde varios puntos de vista. Sin duda lo haremos cuando celebremos un encuentro con él. Una vida la de De Quincey, como hemos dicho, marcada por el consumo de opio cada vez en mayores cantidades:

"(...) me confesaba cómo, el consumo de opio, le aseguraba la fortuna de unos sueños luminosos y felices, voluptuosos y enervantes, la plenitud de su vigor corporal y un raudal de imaginación y entendimiento. No sólo le eliminaba por completo el dolor y las afecciones tan antiguas como angustiosas, tan repetidas y atosigantes que sufrí, sino que le ampliaba la vida, convirtiéndola en más intensa y diversa, le potenciaba los sentidos, le aguzaba la inteligencia, lo introducía en un ensueño de imaginaciones maravillosas y quiméricas, intensas y bellísimas, lo transportaba a un mundo de viajes que arribaban a los paraísos más exóticos y a las experiencias más extraordinarias y lo llevaba, como volando, levantado en el aire, a la viveza el espíritu, al donaire en el decir, a la plenitud de la vida."

Si bien en principio la droga es remedio para sus angustias y dolores, pronto se convertirá en un esclavo de la misma, lo que le hará llevar una vida aberrante, como dice Ballesteros a través de su personaje principal:

"Yo conocía ya de esa lucidez que da el opio, de ese impulso de búsqueda angustiosa y desatada que te produce en el corazón y de esa irrefrenable pasión que sientes por ti mismo, por tus oscuridades, por indagar en tu vida, por descubrir los espacios de tu alma donde puedes albergar, al mismo tiempo, lo más sublime de lo que eres capaz o lo más abominable que ni siquiera creías que existiera en el mundo."

"Los últimos días de Thomas de Quincey" es una novela que va de menos a más. Si bien el comienzo es flojo, a través de la voz de sus padres, pronto conoceremos otros puntos de vista mucho más interesantes, como el de su amante y el de su esposa. De Quincey debió ser alguien especial para despertar tantas pasiones (buenas y malas) entre quienes le conocieron. Un romántico que, pudiendo tener un destino burgués, optó por la vida bohemia del literato agobiado continuamente por las deudas. El libro de Ballesteros sirve como aproximación a un escritor muy interesante, del que recomiendo fervientemente una lectura reposada de su libro sobre el opio (y si pueden obtener la edición de Cátedra aprenderán mucho más sobre él).

miércoles, 21 de marzo de 2012

EL PRECIO DE LA CULPA (1994), DE IAN BURUMA. EL PESO DE LA DERROTA.


No conocía de nada a Ian Buruma, pero el otro día, cuando encontré por casualidad su libro, fue un amor a primera vista. El tema me pareció muy interesante, sobre todo después de haber leído las reflexiones de Karl Jaspers sobre la culpa alemana. Buruma se ocupa también del Japón y su estudio no se queda en las consecuencias inmediatas de la derrota, sino que llega a nuestros días. Él ha realizado un trabajo de campo impresionante, visitando los escenarios del horror, los monumentos que los conmemoran o los museos que los recuerdan. También ha entrevistado a representantes de varias generaciones de estos dos pueblos. En general los alemanes están mucho más arrepentidos y se horrorizan más de los crímenes de sus antepasados que los japoneses. Aquí el artículo:

Hay un momento en Rumores de guerra, ese excelente documental en el que se deja explayarse a Robert McNamara acerca del terrible siglo XX que tan bien conoció, en el que el anciano confiesa que, de haber perdido la guerra, él hubiera sido juzgado por crímenes de guerra, ya que se ocupaba de maximizar los daños a las ciudades alemanas y japonesas y minimizar las pérdidas de aviones estadounidenses en los ataques aéreos en los que murieron miles y miles de civiles inocentes.

Una vez acabada la contienda, los vencedores determinaron que los crímenes de alemanes y japoneses eran demasiado graves para dejarlos impunes. Esta guerra no se parecía a ninguna otra que se hubiera desarrollado hasta ese momento. Muchas de las acciones de soldados y cuerpos especiales fueron encaminadas al exterminio de civiles inocentes: grupos enteros de seres humanos a los que se tildaba de inferiores bajo el auspicio de delirantes teorías de superioridad racial. En este sentido, aunque los japoneses cometieron crímenes y crueldades en su avance por el Pacífico, jamás llegaron al grado de planificación e industrialización del exterminio que alcanzaron sus aliados alemanes.

Pero el libro de Buruma no se ocupa tanto del desarrollo de la guerra de exterminio (otros magníficos estudios la han descrito antes), como de el impacto que ha tenido en las poblaciones de los países perdedores, que de pronto se encontraron con sus ciudades e infraestructuras destruidas y siendo acusados de cómplices de crímenes jamás vistos. Japón y Alemania se han enfrentado de forma muy distinta a su pasado en las décadas que siguieron a la guerra.

La Alemania de la postguerra era un país arrasado y humillado, que había perdido dos guerras mundiales en menos de medio siglo. Los dirigentes, como Goering o Hess, que no se suicidaron, fueron juzgados en Nuremberg por crímenes contra la humanidad. Como muchos de los delitos de los que se les acusaba no se encontraban tipificados, el tribunal internacional (formado por los países vencedores, que a la vez eran acusadores y jueces), tuvo que apelar al derecho natural, al ideal de justicia, como justificación del proceso.

En este ambiente, en el que la población alemana intentaba sobrevivir entre las ruinas, surgió Karl Jaspers, como voz de la conciencia de todo un país. En El problema de la culpa, que recoge las conferencias de un curso dictado en el invierno de 1945-46, insta a sus conciudadanos a hacer un examen de las propias culpas: por haber ayudado a provocar un conflicto y ser cómplices, por activa y por pasiva, de crímenes aberrantes. Desde entonces, la nación alemana (aunque durante cincuenta años, sólo la República Federal Alemana) se ha enfrentado a su propia historia de una manera que puede calificarse de ejemplar. La imagen de Willy Brandt de rodillas en su visita al guetto de Varsovia es el símbolo de este sincero deseo de perdón. Alemania enseña sus campos de concentración y exterminio como advertencia a las nuevas generaciones acerca de lo que no debe volver a suceder.

Las cosas fueron muy distintas en la República Democrática Alemana. En las escuelas se enseñaba que no todos los alemanes fueron culpables, sino que existió una resistencia interna alentada por el partido comunista: una buena Alemania había seguido existiendo en la clandestinidad, con sus héroes y sus mártires. Esto era sólo una verdad a medias. Si bien es cierto que hubo muchos alemanes en los campos de concentración desde primera hora, también hay que decir que se trataba de un porcentaje insignificante de la población. La mayoría se limitó a adaptarse al nuevo status quo impuesto por Hitler, colaborando con mayor o menor entusiasmo con el régimen nazi.

Al contrario que en Alemania, para muchos nipones la guerra librada por Japón en el Pacífico no fue criminal, sino un conflicto como cualquier otro. Todavía quedan muchos nostálgicos en aquel país que sostienen que las ofensivas del ejército japonés tenían como principal objetivo liberar Asia del imperialismo occidental. Este argumento no se sostiene si examinamos la actuación de Japón y sus constantes violaciones de los más elementales derechos humanos. Un ejemplo patente de ello son las atrocidades cometidas por los militares nipones en la toma de la ciudad china de Nankín en 1937, en la que se cebaron con civiles indefensos y a la que el ensayo de Buruma dedica un capítulo.

Resulta sorprendente que después del conflicto, uno de los principales instigadores del mismo, el emperador Hiro-Hito, siguiera en su puesto como si nada hubiese sucedido, mientras los jefes militares que no se suicidaban eran juzgados. A McArthur le vino bien que el símbolo de la nación quedara incólume y exento de responsabilidad. Para el pueblo japonés, la inocencia del emperador era un reflejo de su propia inocencia: todos habían sido engañados y seducidos por una camarilla de militares que llevó el desastre a su país.

Pero esta proclamación de inocencia no quiere decir que todos los nipones se sintieran avergonzados por la reciente aventura militar. Muchos de ellos, de ideología derechista, siguieron sosteniendo (hasta el día de hoy) que la guerra de Japón fue lícita y que ellos fueron las verdaderas víctimas, pues dos de sus ciudades fueron fulminadas con el arma más mortífera utilizada hasta el momento: la bomba atómica. Desde entonces Hiroshima se ha proclamado a sí misma como capital de la paz. El victimismo japonés, a decir de Buruma, es absurdo, pues ellos fueron claramente los agresores:

"En las evasivas japonesas había algo del niño petulante que da una patada en el suelo y grita que no ha hecho nada malo porque todos los demás lo han hecho también. Esa pretensión de ser iguales a los demás resulta particularmente extraña, porque lo habitual en los japoneses es que afirmen su singularidad en todos los aspectos: cultural, étnico, político e histórico.

El ensayo de Buruma hace patente las diferentes fórmulas de afrontar el pasado de alemanes y japoneses: los primeros acentúan su sentimiento de culpa y responsabilidad por las atrocidades que llevaron a cabo antes y durante el conflicto. El sentimiento de los japoneses es más complicado: a algunos el pasado les causa vergüenza: la agresión, la derrota, la humillación... Pero para otros el pasado fue glorioso: el ejército japonés emprendió una guerra de liberación asiática y, si se cometieron algunos excesos, fueron los que se cometen en todos los conflictos armados. Buruma posa su mirada escrutadora en estos dos países y viaja, observa, pregunta y saca sus conclusiones, relatando al lector sus propias experiencias, consiguiendo que el ensayo, resultado de estas investigaciones, sea muy convincente.

INTOCABLE (2011), DE OLIVIER NAKACHE. EL PRÍNCIPE DE PARÍS.


Cada pocos meses surge una película europea (muchas veces francesa) que se anuncia como un gran éxito en su país de origen y se presenta como alternativa al cine comercial norteamericano. Muchas veces estas realizaciones son auténticos hallazgos y uno se alegra de que obtenga el buen resultado en taquilla que se merecen. En otras ocasiones, el estreno parece más una operación de marketing que otra cosa, pues su visionado resulta decepcionante.

Este es el caso, al menos a mi parecer, de "Intocable". Tras una buena primera escena inicial, adornada por la magnífica música de Ludovico Einaudi, la película deriva hacia los territorios de lo ya muchas veces visto. La trama se sostiene en la interpretación de Omar Sy, demasiado estereotipada: es el típico representante de su raza, que envidia a los ricos porque en el fondo quisiera ser como ellos y que lleva el ritmo y la gracia en la sangre. Junto a él está el veterano François Cluzet, en un papel ciertamente complicado, pues sólo puede usar de las expresiones faciales para describir los estados de ánimo de su personaje.

La moraleja de la historia es bien simple: mientras estamos vivos, aunque sea en una silla de ruedas, la vida merece la pena de ser vivida. Y para eso está Omar Sy, para darle emoción y humor. Hay que correr con el coche huyendo de la policía y tirarse en paracaídas, siempre con una sonrisa en los labios. A mí personalmente la película me aburrió, pues la trama siempre repetía el mismo esquema: el personaje de François Cluzet deprimido y su cuidador inventando cualquier nueva forma de diversión que el dinero pueda pagar. La propaganda dice que "Intocable" es una mezcla entre "Paseando a Miss Daisy" y "El discurso del rey". A mí más bien me lo parece de "Mar adentro" y "El príncipe de Bel Air".

SAMPEDRO.


Lo ví salir del salón de actos del Rectorado, apoyándose en sus acompañantes. Delgado, casi consumido, y encorvado. Pero lleno de vida. Era José Luis Sampedro, uno de nuestros grandes escritores, que acababa de hablar unos minutos sobre sí mismo en el acto en el que se le homenajeaba ayer. Se fue mucho antes de que el acto terminara, pero no sin antes dedicar al auditorio una hermosa sonrisa etrusca. Llegará a los cien años, seguro. Como Ayala.

viernes, 16 de marzo de 2012

EL RESURGIR DEL CONVENTO DE LA TRINIDAD.


El otro día, paseando, me llevé una grata sorpresa al observar el viejo convento de la Trinidad, por donde tantas veces he pasado, lleno de andamios: por fin ha comenzado su restauración.

El convento está ubicado en los terrenos donde se estableció el campamento de Isabel la Católica durante la conquista de la ciudad en 1487. De hecho se han llevado a cabo prospecciones arqueológicas que confirman este hecho. Yo recuerdo haber visitado el patio del edificio siendo muy pequeño. Son recuerdos nebulosos, pero estimo que mi visita debió producirse cuando ya lo estaban abandonando los últimos militares (su último uso fue el de cuartel, después de la desamortización de Mendizabal). Mi tío acudió allí a realizar alguna gestión y me llevó con él. El patio apareció enorme a mis ojos y el lugar me pareció extraño y fascinante a la vez. No podía entenderlo en aquel momento, pero quizá intuía que el edificio era especial, como todos los que rezuman historia.

Desde entonces el convento se abandonó y así ha estado durante más de treinta años. Los muros que lo circundan aguantan en pie de puro milagro y muchos elementos valiosos, como las columnas del patio o el artesonado fueron progresivamente saqueados. Esperemos que esta restauración sea el principio de la recuperación de un entorno realmente interesante. Junto al edificio existe otra iglesia que debe ser del siglo XIX, que se encuentra en la placeta del compás de la Trinidad, a la que da acceso uno de los pocos arcos de estilo popular que quedan en Málaga. En la acera de enfrente todavía se conserva gran parte de la colonia de San Eugenio, un pequeño barrio obrero diseñado por Fernando Guerrero Strachan y cuyo urbanismo es ejemplar. Todavía puede verse un antiguo letrero que establece las normas de convivencia de la colonia y las multas por contravenirlas por faltas tales como tener cerdos en la calle. Es una pena que la antigua casa donde estaba adosado, haya desaparecido.

LA LIBRERÍA (1978), DE PENELOPE FITZGERALD. LEER LOLITA EN SUFFOLK.


Empecé esta novela con toda ilusión, por la garantía que le confería el haber sido seleccionada por una editorial tan exquisita como Impedimenta. El argumento es sencillo: a finales de los años cincuenta, una mujer madura decide abrir una librería en un pequeño pueblecito de la costa inglesa. Como es de esperar, esta decisión desatará toda clase de habladurías y comentarios en el microcosmos de un lugar bastante aislado del resto del país, donde cualquier acción banal que en una gran ciudad ni sería tenida en cuenta, adquiere aquí significados insospechados. Quizá por los habitantes de Suffolk se aburren demasiado.

Realmente la trama es débil, pues más allá de la presunta novedad de la apertura del establecimiento y las envidias, enemistades y apoyos que rodean a Florence Green, la historia no da mucho más de sí. Es un error no haber desarrollado mejor las circunstancias que rodean la llegada de una novela como "Lolita" de Nabokov al pueblo y las consecuencias que produce. Pero aún en este particular, la trama se diluye y se debilita hasta quedar en nada.

Eso sí, rescato una frase muy inspirada, acerca de nuestros amigos los libros:

"Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida y, como tal, no hay duda de que debe ser un artículo de primera necesidad."

viernes, 9 de marzo de 2012

EL PROBLEMA DE LA CULPA (1946), DE KARL JASPERS. ALEMANIA, AÑO CERO.


Comencé a aficionarme por la Segunda Guerra Mundial de una manera muy curiosa: en la pequeña biblioteca de mi casa había un único tomo de una enciclopedia dedicada al conflicto. Se trataba del último volumen, que trataba del proceso de Nuremberg. Así yo leía acerca del juicio a unos hombres que habían desencadenado una guerra de agresión brutal y eran responsables de la muerte de millones de personas. Mis ojos, poco habituados a este tipo de cosas, se paseaban entre fotos de seres humanos sometidos a los más terribles experimentos médicos, de esqueletos vivientes cuyos ojos habían perdido todo hálito de vida y de montañas de cadáveres. Las fotografías del proceso estaban tomadas con un blanco y negro turbio, que resaltaba la palidez de los acusados, en cuyos hombros debía caer la responsabilidad de una nación que, de un modo u otro, había participado en la consecución de este desastre.

"El problema de la culpa" recoge las conferencias que dictó Jaspers durante el invierno de 1945-46. La población alemana se encontraba en aquel momento abrumada por la sensación de derrota y sometida a la merced de los vencedores. Muchos no querían ni oír hablar de culpa, cuando ellos habían sufrido tremendos bombardeos, perdiendo a sus seres más queridos y sus viviendas. Pero Jaspers sostiene con contundencia la necesidad de que Alemania realice un examen de conciencia acerca de unos crímenes que no se parecían a ningún otro de los registrados hasta la fecha, por haber sido realizadas con una planificación inhumana.

El libro distingue entre cuatro clases de culpa: culpa criminal, que es la que soportan los responsables y ejecutores de los peores crímenes, culpa política, que es la que tienen los ciudadanos de un Estado criminal, por sostener a ese estado, culpa moral, que es la que tiene el individuo que actúa por indicación de otro, sin poder escudarse en el principio de obediencia debida y en la que el acusador es la propia conciencia y culpa metafísica, que es la que tiene todo hombre que no ha hecho lo suficiente para impedir un crimen.

Es lógico pensar que el régimen de Hitler no podía funcionar con la voluntad de un solo individuo: la mayoría de la población debía colaborar activa o pasivamente con el mismo. Después de la guerra, era corriente que la gente acusara a sus dirigentes de haberles llevado a hacer el mal mediante una especie de seducción demoniaca, pero es evidente que para Jaspers siempre existe la posibilidad de oposición y se dio muy escasamente entre los alemanes, que de una forma u otra se aprovecharon de las ventajas que les ofrecía el régimen, mientras sus vecinos judíos eran deportados ante sus ojos.

Karl Jaspers se erigió con estas ideas como una especie de guía moral de Alemania en su hora más oscura, cuando sus habitantes eran odiados por el resto del mundo y el peso de inmensos crímenes caía sobre su población. Había que realizar una reconstrucción nacional, no sólo de las ruinas de las ciudades, sino también de la ruina moral que dejaba el nazismo. Jaspers creía que era justa una expiación colectiva, algo que se llevó a cabo en la parte occidental con bastante honestidad. Hay que recordar gestos tan importantes como la genuflexión de Willy Brandt en el gueto de Varsovia. Las nuevas generaciones de alemanes han asumido su pasado y la época de Hitler ha quedado muy atrás. Otros países, como España, aún se enfrentan a los fantasmas del pasado y no saben como abordarlos sin que se desaten pasiones que se creían enterradas hace décadas. Quizá el método de Karl Jaspers fuera una buena guía para todas esas naciones.