jueves, 27 de febrero de 2014

1997, RESCATE EN NUEVA YORK (1981), DE JOHN CARPENTER. UNA JUNGLA DE CEMENTO Y OSCURIDAD.

El clima político cuando se rodó esta película, una de las más míticas de los años ochenta, era muy peculiar. Después de unos años setenta marcados por la derrota de Vietnam, por la depresión económica y por el Waterwate, la revolución conservadora que lideraba Ronald Reagan pretendía volver a recuperar el orgullo de los Estados Unidos a base de recortes en presupuestos sociales, incremento del defensa y desregulación financiera. Respecto a la ciudad de Nueva York, en esos momentos estaba culminando un proceso de decadencia que había comenzado a finales de los sesenta (pueden verse apuntes de ello en las dos últimas temporadas de Mad Men) hasta el punto de que había zonas de la misma que se parecían mucho al Detroit actual. 

A Carpenter se le ocurrió llevar esta idea de decadencia hasta el extremo plasmando una idea genial: convertir a la capital económica de Estados Unidos en una ciudad fallida hasta el extremo de verse convertida en una inmesa prisión. En el futuro (que ya es nuestro pasado) que nos presenta 1997, Rescate en Nueva York, la isla de Manhattan se encuentra circundada por un muro. Quien entra allí en condición de prisionero no vuelve a salir. No hay guardias dentro: los criminales se organizan a su antojo, creándose lógicamente una sociedad de clanes y darwinista. El relato comienza con el secuestro del avión del presidente de los Estados Unidos para estrellarlo contra un rascacielos (¿les suena?), salvándose este al ser arrojado en una cápsula en el último momento. Pero ha caído en territorio hostil y enseguida es capturado por una de las bandas neoyorkinas. Para salvarlo, el inspector de policía de Staten Island, hace un trato con un prisionero recién llegado, un héroe de la Tercera Guerra Mundial en curso que ha robado en la Reserva Federal. Snake es un antihéroe de vuelta de todo, silencioso e individualista al que solo le importa recuperar su libertad. Aunque antes se pensó en Clint Eastwood para interpretarlo, al final Kurt Russell compuso un personaje memorable, que quedó como uno de los iconos del cine de los ochenta.

Con todos estos elementos, tratándose de una película dotada de un presupuesto más bien moderado, lo lógico sería que su historia fuera poco creíble en pantalla. Nada más lejos de la realidad. El maestro Carpenter sabe crear desde el primer minuto un ambiente muy propio para mostrarnos una ciudad apocalíptica. Ya el perfil de Nueva York en sombras, con la silueta de las torres gemelas sin una sola luz, es estremecedor. Una vez dentro de la ciudad, Carpenter consigue que atisbemos un microcosmos de bandas (hay algunas que incluso de mueven bajo las alcantarillas) dentro de una organización social creada por criminales, sugiriendo al espectador en todo momento que hay mucho más de lo que se muestra en esta urbe-prisión. Además, asistimos a varias escenas memorables: la actuación en uno de los abandonados teatros de Broadway de un grupo de convictos disfrazados de mujer, el ataque de la banda subterránea, la persecución final contra reloj... 1997, rescate en Nueva York no es una película complaciente con sus personajes. Todos son negativos, en correspondencia con el mensaje pesimista de Carpenter. Qué diferencia con los héroes reganianos que llegarían poco más tarde capitaneados por John Rambo.

martes, 25 de febrero de 2014

HER (2013), DE SPIKE JONZE. UN REAL ROMANCE VIRTUAL.

Aunque se supone ambientada en un futuro cercano, la sociedad que nos presenta Her es totalmente reconocible para los occidentales de hoy día. Paseando por la ciudad puede observarse a numerosas personas atendiendo obsesivamente su teléfono móvil, como si la auténtica realidad estuviera en la pantalla a la que dirige fijamente su mirada, y no en la calle por la que va circulando. La noticia de un sábado por la tarde sin servicio de whatsapp supone una auténtica tragedia para millones de personas que no pueden informar al mundo de sus banalidades cotidianas y, llueva o haga sol, todo es bueno para ser comentado en twitter. Las redes sociales han traído ventajas, pero también esclavitud y dependencia. Uno de los mejores análisis de este futuro en el que estamos ya inmersos lo encontramos en Sociofobia, del profesor Rendueles, libro de lectura imprescindible para comprender hacia donde caminamos.

A Spike Jonze le ha bastado con dar una pequeña vuelta de tuerca a lo que los próximos años nos van a ofrecer. Está claro que continuará el proceso de aislamiento individual para, paradójicamente, estar conectado con el máximo número de personas. Pero pronto no serán solo personas las que entrarán en esta ecuación. La inteligencia artificial tendrá mucho que decir. Theodore, el protagonista, (un Joaquin Phoenix dando lo mejor de sí mismo, como de costumbre), arrastra un reciente fracaso sentimental. Vive solo y su mundo prácticamente lo ocupan los ordenadores: los del trabajo y los de casa y esto parece ser suficiente para soportar su existencia. Un día decide comprar una aplicación que se presenta como revolucionaria: un sistema operativo dotado de inteligencia artificial, que va conociendo poco a poco los gustos de su dueño y (se supone) que le irá haciendo la vida más fácil. Theodore decide que tenga voz femenina y pronto esta voz se convierte en su principal amiga y confidente. Porque Samantha, como se llama esta inteligencia artificial, que comienza funcionando como una ayuda muy útil para organizar la agenda y los archivos de Theodore (reconozcan que no estaría mal que alguien tirara todo el correo inútil que atesoran en sus cuentas de gmail) termina siendo una presencia imprescindible en su vida, hasta el punto de enamorarse de ella.

¿Se puede uno enamorar de lo que en el fondo no es más que un electrodoméstico? Se puede, a tenor de lo que nos cuenta Jonze. Si la premisa para que triunfen ciertas tecnologías es crear adicción y el amor es la adicción suprema, es lógico que pueda haber personas que se enamoren locamente de una voz que les conoce mejor que ellos mismos, siempre está disponible y es complaciente en cualquier circunstancia. Es como la fantasía oculta de mucha gente, de tener a alguien dedicado por entero a su adoración (en cualquier caso lo que buscan los adictos a twitter y facebook es atención las veinticuatro horas del día) y que se adelante a los propios pensamientos. Una idea retorcida y que algunos podrán estimar absurda, pero que en el mundo de Her está mucho más generalizada de lo que el propio protagonista sospecha. Es el concepto de Love Mark llevado hasta el extremo. Porque - recordemóslo en todo momento mientras vemos la película - Samantha es un producto. Un producto que la empresa que lo comercializa presenta como un milagro que resuelve de un plumazo todos los problemas de esta vida (¿y que empresa no intenta presentar así sus productos?), pero que, como todo lo que proviene del mundo informático, puede quedarse colgado de vez en cuando y pronto - lo que es más grave - ser un producto anticuado.

Her es una especie de fábula que nos advierte que el hombre está perdiendo a pasos agigantados algo que ha poseído a lo largo de la historia: la autenticidad de sus relaciones humanas. La vida produce dolor y desde siempre padecer ciertas desgracias y superarlas ha fortalecido al hombre, ya se logre con ayuda de otros o en solitario. Lo que propondrá la tecnología de aquí a pocos años es la felicidad perpetua, pasando de la realidad de este mundo, si es preciso. ¿Es esto bueno o malo? Tendrá su lado positivo, indudablemente, lo que sucede es que seguramente será un eslabón más de la cadena que poco a poco nos va atando a una dependencia a ciertas multinacionales a las que ya no solo ofreceremos nuestro dinero y nuestra privacidad, sino que terminaremos otorgándoles sin pestañear nuestros pensamientos más íntimos a cambio de una felicidad virtual a la que no querremos renunciar. Sin desmerecer en absoluto a Orwell, Aldous Huxley fue el auténtico profeta de nuestro tiempo. Y Spike Jonze ha sabido verlo perfectamente en una película cuidada en todos sus elementos y que consigue hacernos reflexionar acerca de lo que se nos viene encima, porque, pensándolo bien, lo verdaderamente importante no será nuestro auténtico nivel de felicidad, sino conseguir que los demás crean que somos perfectamente felices.

lunes, 24 de febrero de 2014

LOS SURCOS DEL AZAR (2013), DE PACO ROCA. UN REPUBLICANO EN PARÍS.

Uno de los momentos más impresionantes de Los surcos del azar, es éste que reproduzco: la huida de los últimos republicanos por la frontera de Francia mientras un agonizante Machado (del que celebramos ahora su aniversario) contempla a la multitud con la mirada indiferente de quien sabe que le quedan pocos días en este mundo. Machado será tratado como un desecho histórico. Igual que Azaña y como tantos españoles anónimos a los que se tragó nuestro conflicto. Pero hubo unos pocos que sobrevivieron y tuvieron la dignidad de seguir luchando, ya fuera por convicción o por desesperación: por no tener un lugar donde ir. Es el caso de Miguel, el personaje del cómic de Paco Roca, que saliendo desde Alicante cuando la República estaba dando sus últimas bocanadas, viaja en un barco atestado hasta el puerto de Orán, donde fueron recibidos por los franceses como apestados.

Entre todos los caminos del exilio que el azar pudo haberle ofrecido, el que tomó Miguel le llevó, después de mucho sufrimiento, a formar parte de la división de Leclerc, uno de esos hombres excepcionales que salvaguardaron el honor de Francia ante la humillante derrota infligida por los alemanes. Nuestro protagonista pasará a formar parte de la mítica Novena Compañía, una unidad de la que pocos españoles tienen noticia, pero que fue la primera que entró en París en la liberación de agosto de 1944, después de haber luchado brillantemente en Túnez.

Ahora que se habla tanto de memoria histórica en nuestro país - lo cual no es más que otra excusa para que los partidos políticos se tiren los trastos a la cabeza en esta España tan triste en la que apenas existe sociedad civil que pueda replicarles - es bueno asomarse al cómic de Paco Roca y contemplar la asombrosa historia de un puñado de hombres que lucharon contra el fascismo durante casi una década sin apenas interrupción. Hombres que se sobrepusieron a la más dura de las derrotas y alimentaron la esperanza de que la caída de Hitler supusiera también la de Franco. Al final el Caudillo se libró del hundimiento general del fascismo y se convirtió en una anomalía en occidente que resultó muy útil a los intereses de la OTAN, pero eso es otra historia. Lo importante es que hubo una España que jamás se dio por vencida, cuyos miembros ayudaron a restaurar la democracia en Europa occidental, viendo como se pasaba de largo respecto a su propio país. Ya no es tiempo de homenajes ni nada parecido: la mayoría de estas personas está muerta. Pero sí es bueno que se las recuerde de vez en cuando, que se sepa de su existencia.

Partiendo de los versos de Machado, para qué llamar caminos a los surcos del azar, Paco Roca ha construido un relato creíble y muy bien documentado, que se mueve entre el presente y el pasado. Lo mejor de esta historia es que el protagonista no se siente en ningún momento un héroe, sino una víctima de la historia que tiene que ser consecuente con sus ideas. Por eso, cuando el dibujante comete la indiscrección de hablar de asesinatos a sangre fría respecto a alguna acción bélica de Miguel, este responde airadamente hablando de la lucha contra el fascismo, algo que no puede entender la gente de hoy. Y es que quien está inmerso en una guerra, por muy justa que sea su causa, acaba cometiendo tropelías. Es el precio de la libertad de la que hoy gozan la mayoría de los países europeos. Alguien se tuvo que ensuciar las manos para defenderla. Y Los surcos del azar cuenta la historia de uno de estos seres - dibujada en una magnífica línea clara - que no necesita justificar sus acciones, porque nadie que no lo haya vivido puede entender lo que significó estar inmerso en la Guerra Civil y después pasar a pelear en la Segunda Guerra Mundial.  

sábado, 22 de febrero de 2014

EL ACORAZADO POTEMKIN (1925), DE SERGEI M. EISENSTEIN. LA GÉNESIS DE LA REVOLUCIÓN.

Antes de que se diera la Revolución definitiva de 1917 (que tuvo que ser consolidada mediante una Guerra Civil), Rusia vivió en 1905 un precedente en forma de levantamientos en varios de sus territorios que terminaron logrando algunas concesiones por parte del Estado zarista, legalizándose algunos partidos políticos y estableciéndose una democracia muy limitada. Uno de los episodios más famosos de aquellos hechos fue el levantamiento de la tripulación de acorazado Potemkin, que, en el proyecto inicial de Eisenstein iba a ser un episodio de una película dedicada a relatar los acontecimientos de 1905. Pero una vez llegado a Odesa y comenzado el rodaje, el director decidió que el film iba a estar enteramente dedicado al famoso buque.

Si nos fijamos bien en el primer acto de la película, el Potemkin aparece como un microcosmos social de toda Rusia. Los privilegiados - los oficiales - son muy pocos, pero manejan el timón del barco y saben como manejar a la mayoría, sin que estos deban cuestionarse sus órdenes: en el buque imperan la desigualdad social y política. En un determinado momento hay un hecho que hace protestar a los oprimidos: que se les ponga de comer carne podrida. Lo que los subleva no es tanto el hecho de la mala calidad de la comida, sino que sus mandos les aseguren que la carne no tiene gusanos, cuando están a la vista de todos. Si hay algo que provoque revoluciones son las mentiras continuadas cuando la verdad de los hechos está a la vista de todos (algo, por cierto, a lo que nuestros dirigentes están acostumbrándonos quizá en exceso), porque a la injusticia se une el desprecio a la inteligencia del pueblo por parte de quien miente. La rebelión no tardará en tener su primer mártir: un cadáver que, una vez desembarcado en el puerto de Odesa, despierta la piedad de una gran masa que acude en peregrinación a venerarlo. Las revoluciones, para triunfar, han de tener un componente religioso y honrar a sus santos y a sus mártires. Realmente es impresionante lo conseguido por Eisenstein en el puerto, una imagen poderosa de un pueblo que apoya a sus héroes y que pronto va a protagonizar su propio martirio en las famosas escaleras de Odesa.

Porque es en la escena de las escaleras donde El acorazado Potemkin - y la historia del cine - llega a su momento culminante. Dotada de una planificación asombrosa, contiene las dosis justa de violencia, caos y dramatismo para reconstruir un hecho histórico que no lo fue en realidad (la masacre de las escaleras por lo visto jamás sucedió). Eisenstein, en su deseo de mostrar, coloca la cámara en los ángulos más inverosímiles, cambia de planos generales a primeros planes, pasando de la confusión de la masa a dramas individuales - la madre con su hijo moribundo - que el espectador no tiene más remedio que hacer suyos. Siendo como es un vehículo propagandístico del nuevo Estado soviético, la obra de Eisenstein no es neutral, desde luego, desde el punto de vista ideológico: los zaristas son bestias salvajes sin piedad ni alma que disparan contra el pueblo y los rebeldes son esforzados y humildes representantes del pueblo. En ningún momento se nos ahorra la visión de la sangre. La revolución es algo necesario, pero no es hermosa. No es como la imagen de la bandera roja ondeando en lo alto del Potemkin. Es algo más sucio que épico y más violento que heroíco. Esta verdad sí que la podemos vislumbrar contemplando la obra inmortal de Eisenstein.  

jueves, 20 de febrero de 2014

VÍA REVOLUCIONARIA (1961), DE RICHARD YATES Y DE SAM MENDES (2008). LOS MALESTARES DEL BIENESTAR.

Para empezar a leer una novela como Vía revolucionaria es importante entender el contexto histórico en el que se mueven sus personajes. Nos encontramos en 1955, en plena guerra fría, en unos Estados Unidos prósperos económicamente y algo siniestros políticamente - la caza de brujas del senador McCarthy- pero que muchos americanos recuerdan como la edad dorada de su país, una especie de paraíso antes de que el país perdiera la inocencia con el asesinato de Kennedy y la guerra de Vietnam.

Los Wheeler son un joven matrimonio que parecen haber cumplido las premisas del sueño americano en un tiempo record: poseen una hermosa casa en el extrarradio, en una época en la que, según escribe Edward Glasser en El triunfo de las ciudades, empezaba a ponerse de moda vivir lejos del lugar de trabajo y dos hijos sanos. Frank tiene uno de esos trabajos anónimos - de los que ya no existen - en un oscuro departamento de una de esas grandes corporaciones que empezaban a proliferar en Estados Unidos. Como la política de personal no estaba desarrollada en aquella época, las empresas podían tener un gran número de trabajadores dedicados a tareas inconcretas, sin control alguno. El mismo Frank pasa sus jornadas de oficina simulando hacer algo útil mientras se amontonan los asuntos pendientes en su mesa. Uno de sus compañeros es un alcóholico que suele llegar en muy mal estado por las mañanas, pero los compañeros lo suelen tomar con naturalidad, porque no es extraño que las bebidas fuertes proliferaran en el entorno laboral (todos hemos visto Mad Men). Asi era el mundo del trabajo de nuestros padres: menos sofisticado y tecnológico, pero más relajado e infinitamente menos exigente. A pesar de todo, las cosas funcionaban, alguien debía llevar bien las riendas, puesto que esta fue la época dorada del despegue económico americano.

A pesar de estar viviendo estas circunstancias aparentemente tan favorables, los Wheeler no están satisfechos. Creen que están rodeados de gente mediocre y que ellos deberían optar a otra forma de vida, que estiman más auténtica, aunque nunca concreten del todo en qué consistiría. Lo que para Frank no es más que un ejercicio intelectual para aliviar tensiones, para April Wheeler es una aspiración legítima que debe ser satisfecha lo antes posible. Para ello idea un plan: conseguir un trabajo de secretaria en un organismo internacional y trasladarse con toda su familia a Francia. Frank tendría entonces tiempo para pensar y decidir que es lo que quiere hacer con su vida. Aunque al principio a este último el plan le parece una locura - después de todo tienen una vida cómoda en Connecticut - pronto tendrá que transigir y dejarse llevar por las ideas de su mujer, sobre todo cuando apela a un discurso tan firme como éste: 

"Así es como los dos nos comprometimos con este engaño mayúsculo (porque no es otra cosa que un mayúsculo y obsceno engaño), esta suposición de que la gente debe renunciar a la vida de verdad y "establecerse" cuando tiene familia. Es la gran mentira sentimental de la vida en el extrarradio, y yo te he obligado a suscribirla todo este tiempo." 

En realidad la verdadera enfermedad que sufre April es el tedio. El tedio de una vida consagrada al papel de madre de familia del extrarradio para una persona con un carácter totalmente volátil e inestable, quizá derivado de una infancia en la que recibió muy poco cariño. Estas variaciones bruscas de carácter traen por la calle de la amargura al pobre Frank, que no sabe cómo hacer uso de su masculinidad - recordemos que estamos en los años cincuenta, cuando los roles en la pareja estaban tristemente bien definidos - y a la vez llevarse bien con la mujer a la que quiere. Como las cosas no le van bien en casa, se echa una amante de usar y tirar, a la vez que espera que el plan de April se venga abajo de alguna manera, aunque ante ella tenga que mostrar entusiasmo y medir bien sus palabras. A pesar de saber guardar las formas ante las visitas del exterior, la situación es explosiva en casa de los Wheeler y cualquier elemento nuevo puede ser el detonante de un desastre. Como ya nos enseñó la magnífica película Lejos del cielo, de Todd Haynes, las aparentemente modélicas familias americanas de los años cincuenta podían esconder graves conflictos y secretos en su seno.

La adaptación de Sam Mendes se ciñe casi literalmente a la novela, aunque resulta en algunos aspectos superior a ésta, ya que se centra - obviando su elegantísima puesta en escena - en explotar el talento de sus dos protagonistas para expresar los complicados sentimientos de los Wheeler. Y esta es una labor especialmente complicada para una Kate Winslet en estado de gracia, que encarna perfectamente a la compleja April y su carácter voluble: sus estallidos de amor y de rabia que desconciertan constantemente a su marido. Una película que se basa en una novela sobre el desamor en la que quizá fue un acierto elegir a los protagonistas de Titanic, donde vivían una historia de amor tan efímera como perfecta. Quizá si él no hubiera muerto en el naufragio, la realidad hubiera sido muy distinta a la de los sueños de Rose. Siendo un poco perversos, podríamos decir que es posible que se hubiera parecido más a la de Revolucionary Road.

EL MUSEO DE LOS NÚMEROS (2001), DE DIMITRIS CALOKIRIS. ONTOLOGÍA DE LOS MAPAS.


Aunque muy poco difundido en España, Dimitris Calokiris es un veterano de las letras griegas, ganador por dos veces del Premio Nacional de Narrativa de su país. El museo de los números demuestra que, partiendo de las ricas tradiciones de Grecia y los Balcanes, puede construirse un discurso universal, no solo geográfico, sino también atemporal. Es bueno conocer las frases que le dedica el autor a su propio país, recogidos en Por una Elena:

“Displicente, cabezota, aireada, las más de las veces desagradecida, en sus relaciones celebra sin cesar los aniversarios pasados, generosa a veces e imprevisible, de formación mediana e igual altura, bastante elocuente, sin embargo, quejumbrosa empedernida y crédula, tan maleable, fácil presa de demagogos, aunque no sin esporádicos destellos de tolerancia, asimila continuamente sus errores, despreocupada y celosa al mismo tiempo, valiente y oportunista por supuesto, burlona y coqueta, se alimenta de noticias y evasivas y de cuando en cuando se lanza impetuosa hacia el futuro aunque en el fondo se mece, triste como un jardín. Y a pesar de todo atractiva, con un gran círculo de amantes todavía. Como una explosión de paciencia. Como un castigo de la Historia… Estoy hablando de Grecia.”

El lector que se adentra en los cuentos que conforman El museo de los números penetra en el muy personal universo e Calokiris, un universo que debe muchísimo al estilo de narrar de Borges, repleto de apelaciones eruditas a la literatura y a la historia universales. Hay que leer muy sosegadamente cada una de las narraciones para comprender su verdadero sentido, aunque a veces es inevitable que se nos escape. Calokiris no pretende ser un autor accesible, sino que lo apuesta todo a un estilo propio, de prosa impecable con fondo claroscuro que a veces puede resultar irritante, por el exceso de información erudita - que a veces roza la pedantería - que coloca en cada uno de sus relatos, hasta el punto de que es imposible saber, en el caso de muchas de ellas, si están basada en la realidad histórica o son meras invenciones. Claro que esto también puede ser tomado como parte de un complicado juego literario, en el que Calokiris a veces nos habla directamente, como en este párrafo de Un sistema solar:

"Ahora bien, en este punto se nos plantea la cuestión puramente técnica de si debemos seguir el desarrollo de la historia del perro, del busto, de la planta, de la anciana que aunque vivió como mormona pasó a mejor vida con toda normalidad o, simplemente, combinar todo eso en una comedia de enredo (...)"

En demasiadas ocasiones el autor griego opta por combinar demasiados elementos, como en esos pequeños platos de alta cocina en las que los chefs de moda mezclan sabores de la forma más insólita, en una continua apelación a la originalidad. Pero es que aquí la sombra de Borges es muy alargada y lo que en el escritor argentino era pura maestría, en la que no faltaba ni sobraba nada, en Calorikis a veces es puro exceso. No obstante, eso no invalida absolutamente la propuesta de El museo de los números, si el lector conoce unas reglas de juego en las que las técnicas de realización de los mapas narrativos pretenden ser innovadoras, aun a costa de la comodidad del propio lector.

Me quedo con esta frase, perteneciente a Oscuridad palpable, tan plena de brillantez, que difícilmente la voy a olvidar:

"Son muchos los beligerantes contra las guerras en general, sin embargo, pocos han advertido que una razón adicional por la que sería conveniente que se evitaran las guerras es porque así se inutilizan los mapas. Esto vale para las dos partes enfrentadas, y sabemos de sobra con qué esfuerzo se levanta un mapa, aun siendo en gran parte producto de la imaginación. "Por eso han de abolirse el asfalto, las guerras, las batallas. Lo siento mucho, pero así ha de ser." No descuidemos, pues, a una ciencia a la que debemos, si no otra cosa, al menos el que nos ha enseñado que el centro del mundo no es Belén."

martes, 18 de febrero de 2014

LA GUERRA DE LAS TRINCHERAS (1993), DE JACQUES TARDI. UN INFIERNO DE SANGRE Y BARRO.

Imaginénse que un buen día su vida rutinaria - con sus problemas comunes y pequeñas alegrías - es alterada por la llamada de la patria. De pronto resulta que el país vecino, rival económico desde hace tiempo, vuelve a ser el enemigo jurado de su país. Rápidamente debe usted acudir al cuartel y convertirse en un soldado, mientras en las calles se suceden las celebraciones patrióticas y los linchamientos a quienes no manifiestan el suficiente entusiasmo por el conflicto que se avecina.

Hace exactamente un siglo comenzaba la más absurda de todas las guerras, instigada por una serie de tensiones entre algunos países europeos que podían haberse resuelto diplomáticamente. Se prefirió apelar a la fuerza, esperando que el conflicto durara pocos meses. En Francia, después de un avance alemán que estuvo a punto de conquistar París, el frente se estabilizó, estableciéndose una enorme red de trincheras que atravesaban el país de norte a sur. En ellas se amontonaban los soldados en condiciones inhumanas: bombardeados día y noche por la artillería enemiga, sucios, expuestos a todo tipo de enfermedades, conviviendo con ratas y otras alimañas o gaseados. Pero lo peor no era eso. Lo peor era el miedo: miedo a morir, miedo a ser mutilado, a ser declarado cobarde y terminar siendo fusilado... La ola de patriotismo que encendió la mecha se pasó pronto y solo quedaron la podredumbre de las trincheras, los ataques en masa y las muertes inútiles.

A Jacques Tardi, cuyo abuelo luchó en la Gran Guerra, siempre le ha obsesionado este tema, un conflicto con unos niveles de sufrimiento nunca vistos hasta entonces, puesto que los avances de la sociedad industrial se pusieron al servicio de la muerte:

"No se trata de plasmar la historia de la Primera Guerra Mundial en el cómic, sino de una sucesión de situaciones no cronológicas vividas por hombres manipulados e involucrados, visiblemente descontentos de encontrarse donde estaban y con la única esperanza de vivir una hora más, deseosos sobre todo de volver a sus casas... ¡en una palabra, que la guerra terminara! No hay "héroes" ni "personaje principal" en esta lamentable aventura colectiva que es la guerra. Solamente hay un enorme y anónimo grito de agonía."

Las imágenes de La guerra de las trincheras son lo más cercano que podemos estar de vivir la auténtica experiencia de los combatientes. Dibujadas con gran nivel de detalle y sin ahorrarse los pormenores más espeluznantes, las de Tardi son historias que hipnotizan al lector, lo indignan y le hacen preguntarse como fue posible que unos pocos dirigentes criminales llevaran a tantos millones de hombres al matadero sin que apenas se registraran levantamientos. Y es que cuando el soldado despierta del sueño patriótico se enfrenta a la pesadilla de sobrevivir en el peor de los infiernos. Gentes con vidas ordinarias que fueron arrastradas a combatir contra el enemigo por motivos que no podía comprender, ni nadie se molestaba en explicarle. Al final todos los soldados enferman de miedo y acaban llamando a gritos o en susurros a su madre. Como reflexiona uno de ellos, lúcido ante el horror, cuando contempla que, ante la elevada mortandad, tiene que llamarse a filas a muchachos que son todavía casi niños:

"Mierda, ¿es que todos se esconden en las faldillas de su madre? Esa mamá que concibió carne de cañón del fruto de sus tripas, que lo envió al mundo con casco y armado hasta los dientes... eso pasa en la natura... ¡eso es humano!... No hay de lo que estar orgulloso... después de las cavernas, todo lo que nos cae entre manos es un rompecabezas, como tú dices... No hay mucha más evolución, aparte del gas, de la granada ofensiva o del obús incendiario... los detalles no son importantes... pues todos tenemos la misma idea en la cabeza. No hacia falta hacer que esos chavalines siguieran nuestros pasos, es demasiado cruel... ¡Madre mía, no ha estado nada bien hacer eso!"