viernes, 31 de enero de 2014

CAPITÁN PHILLIPS (2013), DE PAUL GREENGRASS. PIRATAS DEL ÍNDICO.

Con una sólida carrera cinematográfica ya a sus espaldas, Paul Greengrass parece dar lo mejor de sí mismo cuando filma sucesos de la historia más reciente: el domingo sangriento irlandés en Bloody Sunday (2002) o los sucesos del 11 de septiembre desde dentro en la impresionante United 93 (2006). El director británico sabe imprimir a estas obras el ritmo narrativo correcto, usando muchas de las técnicas del documental, con lo que consigue dotar de un extremado realismo a sus imágenes. No he visto su aportación a la saga de Bourne, aunque está claro que ha sido una influencia fundamental a la forma de rodar el moderno cine de acción.

Ya en las primeras imágenes de Capitán Phillips, nos damos cuenta de que se trata de una historia anclada en el presente. El protagonista (soberbiamente interpretado por Tom Hanks, cuyo personaje es el principal sostén de la historia) se queja de los tiempos que van a tener que vivir sus hijos: un mundo extremadamente competitivo, en el que cada puesto de trabajo se disputa entre numerosos candidatos como si se echara un trozo de carne en una jaula repleta de leones hambrientos. Además las condiciones de seguridad en el trabajo (como él va a comprobar en breve) se deterioran irreversiblemente en nombre de la rentabilidad. Por eso no es extraño que a su barco, repleto de mercancía presuntamente humanitaria, se le asigne una peligrosísima ruta a pocos kilómetros de las costas somalíes sin escolta alguna. Tan solo le llegan algunas vagas instrucciones de seguridad que, como veremos, van a ser poco eficaces ante unos piratas que poco tienen que perder. 

La Somalia que muestra Greengrass ha cambiado poco desde los tiempos en que estuvieron por allí los soldados americanos cumpliendo la desastrosa misión que tan bien retrató Ridley Scott en Black Hawk derribado (2001): sigue siendo un territorio anárquico, dominado por los clanes de señores de la guerra, que se alimentan del saqueo a los barcos de paises más opulentos que navegan por la zona (y que se aprovechan, por qué no decirlo, de sus ricos caladeros de pesca). El cabecilla de los asaltantes del barco del capitán Phillips también funciona al modo capitalista: él deja claro desde el principio que no pertenece a Al-Queda, sino a una próspera empresa de extorsión y él tiene que rendir cuentas ante su jefe, por lo que es de interés mutuo que todo acabe cuanto antes. Por supuesto, las cosas no fueron tan fáciles y todo derivó en la huida de los secuestradores en una pequeña barcaza con el capitán como rehén, lo que provocó la intervención de la marina de Estados Unidos...

Capitán Phillips es una metáfora de los males de nuestro tiempo: la inseguridad del mundo en el que vivimos (que nunca ha sido seguro, pero en nuestro tiempo la extrema desigualdad lo está volviendo caótico) que deriva en la necesidad de supervivencia de los excluidos, convertidos en criminales a los ojos de occidente y en gente valiente para sus semejantes, vengadores contra los presuntos responsables de que Somalia se haya convertido en una de las peores pesadillas de África. Todo es mucho más complejo, claro y seguramente las culpas estén repartidas entre los muchos actores de este drama que dura décadas. En todo caso, Greengrass no quiere ser juez ni jurado, solo el cronista veraz de un drama humano, el de un profesional atrapado entre las exigencias de su oficio y el hambre que engendra violencia en costas extrañas.

miércoles, 29 de enero de 2014

EL PRÍNCIPE DESTRONADO (1973), DE MIGUEL DELIBES Y LA GUERRA DE PAPÁ (1977), DE ANTONIO MERCERO. EL FABULOSO MUNDO DE QUICO V.

Es curioso el destino de algunas novelas. En el caso de El príncipe destronado (que no se llamaba así en la primera versión que escribió Delibes, sino El fabuloso mundo de Quico V.), cuando el autor la mandó a su editor, éste estimó que no merecía ser publicada, que su calidad desmerecía de anteriores obras del escritor vallisoletano y que además trataba un tema poco interesante. Así que la novela durmió durante diez años el sueño de los justos hasta que Delibes volvió a acordarse de ella y - esta vez sí - consiguió que saliera al mercado. El éxito fue instantáneo, convirtiéndose en uno de los libros más leídos de la literatura española de todos los tiempos.

En mi experiencia como lector, El príncipe destronado es uno de esos libros especiales que misteriosamente le visitan a uno en diferentes etapas de la vida, disfrutándose de manera diferente en cada ocasión. Si en la primera lectura lo que más llamó mi atención fueron las ocurrencias de Quico y su mundo infantil, posteriormente fui encontrando nuevos matices insospechados en la novela. Ahora, que he tenido que analizarla con especial atención, es cuando realmente descubro la maestría de un Delibes capaz de hacernos observar la realidad a través de los ojos de un niño de cuatro años, proponiéndonos un juego literario fascinante: una interpretación de lo que sucede a dos niveles, en un primer momento con la mirada de niño, para pasar de inmediato a nuestra mirada adulta, desprovista de inocencia. Del descubrimiento continuo del protagonista, que no para de preguntar acerca de lo sucede a su alredor, a la visión gris propia de quien ya ha experimentado lo suficiente la vida. Delibes no necesita más para montar su artefacto narrativo y que comprendamos enseguida cual es la realidad de esa familia, marcada por la Guerra Civil.

Porque los rescoldos todavía calientes de nuestra contienda son el otro gran tema de esta novela. El padre de Quico es uno de los militares triunfadores y mantiene una relación difícil con su esposa, cuyo padre - que era republicano - fue perdonado, seguramente mediante algún sórdido trato matrimonial, o eso podemos intuir. Se trata de una familia numerosa que habita un gran piso en el centro de Madrid y que cuenta con un par de asistentas para limpiar y cuidar a la numerosa prole, pero bajo este aparente bienestar material laten nuestros eternos conflictos. El padre lo da todo por atado y bien atado con la victoria militar: él es un vencedor por la gracia de Dios, además de buena persona, por lo que su ideología es la única correcta. La madre, un personaje mucho más complejo de lo que parece a primera vista, vive atrapada por la vida que no ha tenido más remedio que elegir para sobrevivir, en una especie de cárcel si no dorada, al menos limpia y espaciosa. Y esto repercute en sus relaciones con sus hijos, sobre todo con Quico, un príncipe destronado que está desconcertado por haber perdido su trono tan repentinamente y hace lo que sea necesario para volver a captar la atención perdida. Sobre la Guerra Civil, Delibes pronunciaba estas lúcidas palabras, recogidas por Ramón García Domínguez en El quiosco de los helados. Miguel Delibes de cerca:

"La visión que estamos dándole a los niños - Delibes está hablando en 1974 - es perniciosa, como lo es la imagen del padre en "El príncipe destronado", un héroe del bando nacional que presenta una mitad, la suya, como la de los buenos, y la otra mitad como la de los malos. Yo también luché en nuestra guerra, me tocó en Valladolid, pero jamás se me ha ocurrido hacerle pensar a un niño que mi postura era heroica. Es decir, que al niño hay que informarle de lo que ocurrió por mutua intransigencia y por incomprensión, y que sea él quien saque sus conclusiones. Ahora, si cada uno depositamos en siete hijos la idea de que esto es lo santo y aquello lo endemoniado, ya estamos haciendo siete caza-herejes en cada casa, y lo mismo en la parte contraria. A este paso vamos camino de armar una guerra civil mucho más extensa y brutal que la del 36, ya que en vez de veinticuatro millones, serán cuarenta los involucrados en ella."

Ensalzada en su tiempo por numerosos pedagogos (Miguel Delibes dijo al respecto que su narración no partía de ningún estudio científico sobre la infancia, sino de la observación directa de niños - hijos y nietos - durante toda su vida), El príncipe destronado no es un canto a la edad más despreocupada de la existencia, sino una novela muy realista acerca de las difíciles relaciones de los niños con el mundo adulto, sobre todo cuando estas están marcadas por conflictos que aquellos no pueden alcanzar a comprender. La actitud de Quico, sus travesuras, no son más que una llamada de atención de alguien que se siente solo, que no recibe suficiente atención y cariño de sus progenitores.

No se puede hablar de la novela de Delibes sin dejar de referirnos a la adaptación cinematográfica que realizó Antonio Mercero pocos años después. El principal problema para comenzar el rodaje de La guerra de papá era encontrar un niño idóneo para interpretar al protagonista. Después de ver a cientos de niños, se decantaron por el aspecto angelical de Lolo García. El secreto de su naturalidad en pantalla era el siguiente, tal y como lo explica el novelista en el libro citado:

"(...) Mercero le creó un mundo de juegos paralelo al de esa historia, de tal modo que el niño jugaba durante horas y rodaba durante minutos, pero sin salirse de sus juegos. Los personajes de la película formaban parte de su vida habitual, un poco distorsionados, de manera que levantaran en el alma del pequeño, ya antes de actuar, sentimientos de simpatía o antipatía. Así, cuando el niño golpea al recluta que besa a la Vítora es porque Mercero ha tenido cuidado de que, al margen del rodaje, la Vítora sea un personaje positivo para el pequeño, le comprenda, comparta sus juegos y le obsequie diariamente con dulces y juguetes.  De este modo, cuando Mercero le hace reaccionar ante la cámara diciéndole que el Femio está pegando y mordiendo a la Vítora y que la defienda, el niño se lanza contra él a puntapiés y puñetazos, con sus modestas fuerzas, pero con auténtica furia."

El secreto del éxito de la película es el mismo de la novela: poner todo el énfasis en la mirada del niño hacia el mundo adulto. El peso de la narración estaba en un Lolo García que, como hemos visto, en realidad no actuaba. En la versión de Mercero se insertó una escena muy inquietante que no aparece en la novela: la de los niños jugando con la pistola del padre: el juego y la muerte mezclados. La guerra de broma, a la que ellos juegan, en la que los muertos resucitan enseguida, junto a la guerra de papá, la de verdad, cuyo horror los niños no pueden ni imaginarse. Aunque dista de ser una obra perfecta, Mercero realizó la mejor adaptación posible de una novela magistral. 

martes, 28 de enero de 2014

LA ASCENSIÓN DEL GRAN MAL (1996-2003), DE DAVID B. EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA.

Hay historias que solo pueden contarse a través de este medio maravilloso que es el cómic. David B. hubiera podido describirnos literariamente sus sentimientos e incluso las imágenes de la enfermedad que devora a su hermano, pero nada de esto hubiera causado al lector las sensaciones que producen los dibujos de pesadilla que ilustran una historia durísima. El autor francés debió hacer acopio de grandes dosis de valor para afrontar la realización de La ascensión del gran mal. Se trata de una narración tan íntima que duele por su sinceridad. La vida es algo que intentamos edulcorar cuando se la contamos a los demás. Para David B eso hubiera sido imposible. ¿Cómo obviar una infancia y adolescencia marcada por la terrible enfermedad de su hermano? En las páginas de estos seis álbunes tan maravillosas como estremecedoras, el autor demuestra una gran capacidad para la memoria de instantes claves de su existencia familiar, aunque sabe adornarlos magistralmente con sus impresiones, en muchas ocasiones fantasiosas, pues el joven David B debía defenderse de todo aquello autoexiliándose a su propio mundo. Un mundo onírico a cuyos personajes solía visitar, para reflexionar con ellos sobre la enfermedad de su hermano, por las noches en el jardín de casa de sus padres.

La enfermedad de Jean-Christophe, cada vez más terrible, se va convirtiendo en un personaje con entidad propia, una especie de monstruo que va devorando lentamente a su víctima y amenaza con llevarse también al resto de la familia. Los padres, impotentes y desconcertados ante el inmenso sufrimiento de su hijo, prueban con toda clase de métodos desesperados para intentar derrotar al monstruo y acaban cayendo en manos de toda clase de charlatanes que proponen curar la enfermedad a través de los métodos más extravagentes: espiritismo, alimentación macrobiótica, magnetismo... Pero es que ni siquiera la medicina oficial se pone de acuerdo en el mejor tratamiento para esta clase de epilepsia. La víctima, el hermano al que la enfermedad acaba transformando en un monstruo desconocido se acaba convirtiendo en alguien muy incómodo, que acaba peregrinando por toda clase de hospitales y centros, sin posibilidad de encontrar su lugar en el mundo. La familia acaba aceptando la imposibilidad de la curación, así que cada cual trata de vivir su vida al margen de la locura del gran mal. Así lo expresa el propio David B en el postfacio:

"(...) han pasado muchas cosas: las pasiones llenas de ruido y de rabia y el exilio de cada uno. Yo he pasado lo mío en el terreno de la locura, en lucha constante, esperando a que todo se acabse y la vida pasara. Pero la vida se hace valer con la certeza de tener derecho a hacerlo y de saberse milagrosamente impune. Sin reserva o contención alguna."

Al final el único anhelo del autor es volver atrás, a los tiempos inocentes en los que jugaba en la calle con su hermano y sus amigos. Para él la realización de esta obra ha tenido el regusto amargo de los recuerdos infelices, pero también ha sido una especie de exorcismo a un drama enorme e inexplicable: el sufrimiento de la impotencia. El hermano siendo devorado por un monstruo mientras el resto de la familia solo puede mirar es la imagen que resume una batalla perdida. Al menos al final, el odio por esa criatura en la que se ha acabado transformando su hermano se acaba transformando en amor y compasión.

viernes, 24 de enero de 2014

LAS CHICAS DEL CAMPO (1960), DE EDNA O´BRIEN. LA MUCHACHA TRANQUILA.


Irlanda, uno de los países más hermosos del mundo, llena de paisajes teñidos de verde, ha sido tradicionalmente también uno de los más desgraciados. Se trata de una tierra marcada por un catolicismo feroz, dominada por el pensamiento eclesiástico más rancio, algo que los españoles han vivido también en sus carnes. Han tenido que pasar décadas hasta que el monstruoso caso de los abusos a menores perpetrados por sacerdotes ha salido a la luz pública. La Iglesia, como ama y señora, también tenía derecho sobre la educación de los jóvenes irlandeses, incluida la redención de los que se desviaban del recto camino (no hay más que ver una película como Las hermanas de la Magdalena, de Peter Mullan para comprobar como se las gastaban hasta hace bien poco). Quizá sea verdad lo de que la ética protestante es más ventajosa para el desarrollo de un país. Lo cierto es que la historia de Caithleen, narrada en primera persona, está marcada por su nacimiento en la Irlanda profunda, un territorio marcado por los usos tradicionales, produndamente católicos y, por tanto, patriarcales, tal y como sucedió con la propia autora, Edna O´Brien.

En la primera parte de Las chicas del campo, que transcurre en esta cárcel rural, como la denomina la propia autora en una entrevista concedida a El País, asistimos a la vida cotidiana de la protagonista, marcada por la presencia siempre amenazadora de un padre alcohólico, que desaparece de vez en cuando para regresar al cabo de algunas semanas después de haberse corrido unas cuantas juergas monumentales a costa de la hacienda de la familia. La madre aparece a los ojos de Caithleen como una mujer mártir, que se sacrifica por su familia, ya que no puede hacer gran cosa para denunciar el comportamiento de su marido (algo que seguramente ni siquiera se le ocurriría). Solo asume el papel que le corresponde, algo que la protagonista intuye, en su inocencia, que no debe ser su destino como mujer.

La concesión de una beca da pie en la segunda parte a que Caithleen acuda junto a su inseparable amiga Baba como interna a un colegio de monjas. Baba es una chica más abierta y descarada que la protagonista, a la que trata casi siempre como a una inferior, aunque siempre existe un fondo de cariño entre ambas, muy necesario para sobrevivir al ambiente opresor impuesto por las monjas. Estas líneas tragicómicas son un buen ejemplo del tono que emplea O´Brien:  

 "(...)la hermana Margaret irrumpió en el comedor dando palmadas.

  - ¡Silencio!

  Sus palabras parecían flotar largo rato en la estancia, suspendidas por encima de nuestras cabezas. Empezó a leer un fragmento de su libro espiritual, una historia sobre Santa Teresa, que era lavandera y dejaba que el jabón le salpicara en los ojos para mortificarse.

  - Anda que dejar que te entre jabón en los ojos... - masculló Baba, y yo sentí terror, no fuera a ser que la oyeran.

  - Voy a beber lejía o algo parecido para largarme de aquí - me dijo cuando salíamos."

Al final consiguen escapar del colegio haciéndose expulsar por el medio más sencillo: un escándalo (de elaboración bastante burda e inocente, por cierto), que choque con la mojigata moral de las monjas. La última parte de la novela transcurre con los esperanzadores aires de libertad de la gran ciudad. Vivir en Dublín permite a las dos amigas evadirse de la moral imperante y empezar a coquetear con hombres mucho mayores que ellas, aunque Baba se siente mucho más cómoda en ese papel que una Caithleen que no se conforma con el mero filtreo: su necesidad de cariño se vuelca en el señor Gentleman, el hombre más distinguido de su pueblo, una especie de semidios a sus ojos. Nosotros como lectores podemos ver la verdad que se le escapa a la inocente protagonista: que no es más que un juguete en manos de un ser detestable, que se aprovecha de la falta de experiencia de ella, deslumbrándola con leves promesas de amor.

Novela en buena parte autobiográfica, Las chicas del campo, seduce desde la primera línea por su sencillo y honesto retrato de la Irlanda más tradicional, un lugar hermoso y opresivo al mismo tiempo. Admirada por autores de la talla de Philip Roth, Alice Munro, John Banville o Samuel Beckett, la obra de O´Brien al fin es accesible al lector español gracias a la primorosa traducción de Regina López Muñoz (antes lo había intentado nada menos que Carlos Fuentes, pero no llegó a terminarla) y a la excelsa labor de dar a conocer autores tan interesantes como desconocidos en nuestro país emprendida desde hace tiempo por la editorial Errata Naturae. Absolutamente recomendable.

LA VELOCIDAD DE LA LUZ (2005), DE JAVIER CERCAS. NADA NUESTRO QUE ESTÁS EN LA NADA.


Leer un nuevo libro de Javier Cercas siempre produce una ilusión especial. La velocidad de la luz fue la novela que Cercas publicó después del enorme éxito de Soldados de Salamina, que hizo de él un escritor enormemente popular, además de prestigioso. Personalmente, quedé deslumbrado hace un par de años con la lectura de Anatomía de un instante, esa lúcida crónica de un momento fundamental de nuestra historia escrita con una prosa precisa que se hacía fascinante por momentos. Así que comencé La velocidad de la luz convencido de que la experiencia iba a merecer la pena. Y en realidad ha sido una pequeña decepción. Quizá la respuesta esté en las palabras al respecto del autor en esta entrevista concedida a José María Brindisi:

"Como digo en el prólogo que escribí para La velocidad de la luz, para un tipo como yo, totalmente desconocido, al que le ocurre algo como lo de Soldados de Salamina, la tentación inmediata es el suicidio. Si no se entiende esto, no se entienden cosas como el silencio de Rulfo o el de Salinger. El problema fue sobre todo el siguiente libro. La velocidad de la luz es un libro que me incomodaba mucho, y ahora nos reconciliamos un poco. Es un libro que escribí para sobrevivir; para mí, lo más importante siempre había sido la literatura, pero nunca imaginé que sería un escritor profesional. Me leían mi madre, alguna de mis hermanas, algún amigo, y se acababa ahí. Me parecía normal, nunca me quejé. Pensé: vas a intentar escribir los mejores libros que puedas escribir, y nada más. Y cuando ocurrió aquello es como si me cayera una especie de tromba encima. Entonces pensé: “Esto no me va a quitar lo mejor que tengo, que es ser escritor, así que voy a escribir como sea”. Y ese libro fue entonces un acto de supervivencia. Y por eso es un libro tan terriblemente agónico, y lleno de culpa increíble… Después de un exitazo, no puedes escribir un libro así, estás loco. Pero te ocurren algunas cosas terribles, entre otras que empiezas a tener enemigos."

Vayamos por partes. Lo primero que hay que decir es que la novela tiene un gran fondo autobiográfico. El protagonista, que narra en primera persona, cuenta su viaje a Urbana, una población estadounidense próxima a Chicago, para hacerse cargo de un puesto como profesor visitante. Allí conoce a un compañero, Rodney, un hombre de apariencia tranquila, pero de alma atormentada. No es para menos: arrastra en su conciencia dos años en Vietnam, uno de ellos como miembro de uno de esos cuerpos especiales que se dedicaban a asesinar impunemente con la excusa de luchar contra el Vietcong. Una de las acciones que describe, la que martiriza a Rodney, está inspirada en la famosa matanza de My Lai, en la que miembros del ejército estadounidense arrasaron un pequeño pueblo vietnamita y violaron y asesinaron impunemente a sus habitantes. Rodney ha sido testigo y protagonista del lado oscuro de la existencia y esta marca, como la marca de Caín, es una mácula imborrable. Puede que aparentemente haya superado aquello y funde una famila y parezca que lleva una vida normal, pero en el fondo le va a ser imposible, como a tantos combatientes que acudieron a aquel conflicto creyendo que su experiencia iba a ser equivalente a la de sus padres en la Segunda Guerra Mundial. Y es que Vietnam ha quedado como el paradigma de la guerra sucia: nadie sabía en el ejército estadounidense si estaban ganando o perdiendo, ya que el enemigo era prácticamente invisible, por lo que se dedicaban a patrullar la selva y bombardear con napalm o agentes químicos objetivos en muchas ocasiones ficticios. Cuando volvían a casa, estos héroes eran recibidos como asesinos. Los soldados que regresaron de Vietnam no protagonizaron ningún desfile patriótico.

Lo peor de la novela de Cercas la continua descompensación entre sus elementos. Lo primero es que tarda muchísimo en arrancar, recreándose en detalles superfluos para la trama y, cuando lo hace, es para contarnos una historia de Vietnam que parece inspirada en una mezcla de las tramas de películas como Platoon o Nacido el cuatro de Julio. No hay profundidad ni novedad alguna en esta parte. Luego la novela intenta transformarse en un canto al nihilismo, comparando la culpabilidad de Rodney con la del protagonista, por haberse quedado disfrutando en una fiesta (también se habla extensamente del éxito como fuente de narcisismo y frustración) y no haber acompañado a casa a su mujer y a su hijo la noche en que murieron en un accidente de tráfico. Resulta difícil establecer puntos de conexión entre ambas situaciones, a fuer de ser ambas muy dramáticas. Cercas intenta hacerlo citando en un par de ocasiones la famosa oración a la nada presente en uno de los cuentos de Hemingway, pero no logra el efecto deseado. En conclusión: desde mi punto de vista La velocidad de la luz es una novela fallida de uno de los mejores novelistas actuales de este país. Intenta sacar a colación una serie de temas muy profundos, pero no logra hilvanarlos en un discurso lo suficientemente coherente como para interesar al lector. Además su prosa no logra ni de lejos la brillantez alcanzada en obras como Anatomía de un instante. En cualquier caso, todo esto no ha disminuido ni un ápice las ganas que tengo de leer su última novela, Las leyes de la frontera.  

martes, 21 de enero de 2014

EL LOBO DE WALL STREET (2013), DE MARTIN SCORSESE. UN HÉROE DE NUESTRO TIEMPO.

Para los que no estén avisados: El lobo de Wall Street está basada en hechos reales. O más bien se basa en las memorias de Jordan Belfort, un libro en el que relata los excesos de los que fue protagonista en su vertiginoso ascenso y caída en el maravilloso mundo de los mercados financieros, a los que se privó de una regulación racional en los ochenta.  Es posible que la visión de Scorsese sea la de una comedia bufa y exagerada (y a mí me parece una genialidad que haya adoptado esa óptica), pero eso no hace sino poner el dedo en la llaga en el verdadero problema de nuestro sistema ultraliberal: cómo cualquier sinvergüenza puede aprovecharse de él durante años, robando los ahorros de gente humilde mediante un modus operandi bien sencillo: vender bonos de empresas basura presentándolos como inversiones rentables usando métodos agresivos y fraudulentos. Parece increíble que convencieran a la gente de invertir sus ahorros mediante meras llamadas telefónicas, pero así era. Luego Belfort se dio cuenta de que podía extender sus redes a peces más grandes: a sus clientes más adinerados les hacía primero ganar dinero invirtiendo en acciones de empresas sólidas, para luego pasar a estimular su codicia haciéndoles comprar también bonos basura. Como nadie sabe cuando parar ni en realidad lo desea, el negocio iba viento en popa: la empresa de Belfort pronto dio que hablar, y sus métodos llamaron la atención del FBI, que inició una lenta investigación mientras aquel ganaba cantidades obscenas de dinero que llevaba a su cuenta de Suiza.

Así pues, Belfort hizo realidad todos los sueños de los que anhelan convertirse en nuevos ricos: su vida era una continua juerga regada por enormes cantidades de drogas y toda clase de pastillas. En sus oficinas organizaba auténticas orgías y toda clase de diversiones extravagantes, como el lanzamiento de enanos. Como bien se muestra en el trailer, el protagonista no sabía como parar: siempre quería más y más. No he tenido oportunidad de leer todavía las memorias de Belfort, pero, aunque puede que Scorsese haya exagerado algo en la filmación de este círculo vicioso (aunque el propio director afirma que muchas de las cosas que sucedieron en ese lugar ni siquiera se atrevió a rodarlas), en lo esencial lo que vemos en pantalla es la verdad. Parece increíble que un personaje de esta calaña pudiera usar las herramientas del sistema para obtener tremendos beneficios. Claro que nuestro protagonista era un arribista que llamaba demasiado la atención. Hay gente mucho más poderosa (también en nuestro país, solo tengo que nombrar las preferentes que vendían nuestros bankeros a gente que no tenía ni idea de finanzas), que se nutre de estos métodos, aunque de modo mucho más sofisticado. Y jamás son molestados por las fuerzas del orden. El propio Leonardo DiCaprio lo resume así: 

"Creo que en un mundo no regulado vamos a encontrar gente que trata de tomar ventaja de cualquier oportunidad. Pero no sólo en Wall Street. Jordan Belfort no era el más rico de todos, no era multibillonario robando miles de millones. En América culpamos a los mediocres, pero somos incapaces de perseguir o castigar a los grandes culpables. En la historia americana mucha gente ha hecho cosas similares y ha quedado libre. De hecho, muchos de ellos siguen cobrando bonus, así que para mí Jordan no es el pez más grande del mar. Él fue utilizado durante esa época como ejemplo de cambio simplemente porque no seguía las normas."

Todo esto nos remite, por supuesto, a las prácticas que hemos vivido en España en los últimos años, aunque aquí han estado vinculadas a la política y a la construcción. Uno puede imaginarse la sede del partido popular en los años dorados del tráfico de sobres casi como las oficinas de Belfort: una fiesta constante alimentada por la adrenalina que da el dinero fácil. En nuestro país tenemos a nuestros propios Belforts, que se reinventan después de pasar una temporadita en prisión. Mario Conde, sin ir más lejos, que está presente constantemente en ciertas cadenas de televisión y escribe libros acerca de cómo salir de la crisis. O Ruiz Mateos, que fue capaz de resurgir de sus cenizas y engañar por segunda vez (¡esto sí que es una hazaña!) a pobres ciudadanos para que invirtieran en sus ruinosas empresas. Si algo caracteriza a este tipo de gente es que poseen una cualidad única: tienen una cara tan dura que son capaces de convencer a mucha gente de su inocencia contra toda evidencia. O quizá la explicación sea aún más oscura: que este modelo de hombre hecho a sí mismo sea el espejo en el que secretamente se miran muchos ciudadanos, que envidian a quienes fueron capaces de robar impunemente durante años y, después de ser pillados, haber sido capaces de quedarse con buena parte del botín para ser disfrutados una vez libres de todo cargo. Eso explica que la gente siga votando masivamente a políticos de los que se ha probado sobradamente su naturaleza corrupta.

El lobo de Wall Street es un acertado retrato de los males de nuestro tiempo, realizado con una mezcla magistral de comedia esperpéntica y crítica social. El mismo protagonista se dirige en ocasiones directamente al espectador para explicarle que, técnicamente, es muy difícil saber lo que está pasando en pantalla, pero que lo esencial del asunto es que los métodos que usaban eran totalmente ilegales. Ilegales, sí, pero permitidos durante años por un sistema en el que los poderes económicos parecen regular las leyes del Estado y no al contrario. A veces la historia de Jordan Belfort adopta paralelismos con otras de Scorsese dedicadas a describir los métodos de la mafia. Pero el director de Uno de los nuestros parece simpatizar más con estos últimos, que al menos no esconden sus intenciones:

"La realidad es que el crimen es el crimen, y lo cometan con un código de ética como lo hacen los gángsteres o como se hace en Wall Street, de todos modos hace daño a la gente. Sin embargo, me parece que aquellos que se cometen bajo el disfraz de la legalidad, o aprovechando la oportunidad, como los que se retratan en esta película, suelen provocar un daño aún mayor, y lo peor de todo es que no se hace nada para combatirlo. Esta mentalidad, al menos en lo que he podido investigar, es algo que se estimula desde la sociedad, y parece estar validada por nuestra cultura. Por lo tanto sí, creo que los crímenes que se cometen en Wall Street suelen ser mucho más peligrosos que los que suele llevar a cabo el hampa."

lunes, 20 de enero de 2014

LA CAZA (2012), DE THOMAS VINTERBERG. INSTINTO DE PROTECCIÓN.

El otro día, un buen amigo y compañero del club de lectura de la Biblioteca Provincial apuntaba que los únicos crímenes que no se pueden perdonar son los que se cometen contra los niños. Al mismo Jesucristo se le atribuye esta frase terrible: "Al que escandalice a uno de estos pequeños, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar". El protagonista de La caza es un padre divorciado que trabaja en una guardería en un idílico pueblo nórdico, donde parecen existir sólidos lazos en su pequeña comunidad. Lucas es un hombre pacífico cuyo único anhelo es pasar más horas con su hijo. Aparte de eso, parece alguien en paz consigo mismo y perfectamente intregrado en la vida comunal. Toda esta realidad se hará trizas cuando una de las alumnas de la guardería, estimulada por unos vídeos que ha visto fugazmente en la tablet de uno de sus hermanos, pronuncie unas palabras acerca de Lucas, mezclándola con los comentarios que ha oído a sus hermanos. De repente el protagonista ha pasado a ser un monstruo, alguien ajeno a la humanidad que debe ser expulsado urgentemente de la misma. Otros opinan más bien que debe ser destruído pues, como ya he dicho, ha dejado de pertenecer a la comunidad de los hombres.

La caza es una película dura y seca. Tan fría como la temperatura del pueblo nórdico donde se desarrolla, filmada en ocasiones casi como si de un documental antropológico se tratara. El comentario inocente de una niña se convierte de pronto en una dolorosa realidad y la noticia de que Lucas no es el amable vecino que parecía ser, sino un temible pederasta se extiende como la pólvora por todo el pueblo. Los niños no mienten, por lo tanto las palabras de un ser inocente deben ser tomadas literalmente. Los otros padres que tienen a sus hijos en la guardería los interrogan y concluyen que ellos también han sido objeto de abusos. Las sospechas se convierten en certezas en la psique colectiva y se desata una auténtica caza de brujas contra el monstruo depravado que se enmascaraba detrás de un rostro humano. 

La inocencia de los niños mezclada con el lógico instinto de protección humano pueden llevar implícito el infierno. Al final casi no importa si el crimen se ha cometido o no. El mero hecho de su posibilidad es ya lo suficientemente horrible como para justificar un acoso colectivo, como si hubiera que limpiar la suciedad que inesperadamente ha inundado el pueblo. Por mucho que la policía no encuentre suficientes indicios como para justificar una detención, por mucho que Lucas se esfuerce en hacer comprender la verdad a sus vecinos, la mancha en su frente es ya imborrable. Vinterberg nos regala con alguna de las imágenes más estremecedoras que se han podido ver en mucho tiempo en una sala de cine, sobre todo porque tiene la habilidad de implicar emocionalmente al espectador sin manipularle. Nada de esto sería posible sin la espléndida interpretación de Mads Mikkelsen, que en muchos tramos del metraje tiene que sostener por sí solo la progresión dramática de la película. Si bien el guión no es perfecto - precisamente la parte a la que hace referencia su título, que sirve para justificar la escena final es lo más endeble del mismo - La caza es una propuesta muy estimulante, que da una nueva vuelta de tuerca al tema del falso culpable y es con justicia una de las candidatas al Oscar a mejor película extranjera este año.